HA NACIDO OTRA ESTRELLA

Ahora que todo el mundo habla del fenómeno Rosalía, ahí va este bloguero a decir la suya. Para empezar, las modas son algo especialmente refractario a la explicación racional, y como, en estos momentos, Rosalía es una moda, no intentaré intelectualizar algo tan poco propicio a ese noble ejercicio como es el capricho ajeno. Lo que sí puedo decir es que la cantante nacida en Sant Esteve de Sesrovires corre el peligro de convertirse en un icono de usar y tirar del flamenco moderno como lo fue, en su momento, Pitingo. No tengo otra explicación para la omnipresencia de Rosalía en los grandes eventos musicales y en los medios de comunicación de mayor predicamento que una bien simple: a los que parten el bacalao les ha dado por ella. El público… bueno, se traga lo que le echen, en su mayoría. ¿Existen motivos puramente artísticos que justifiquen esta fiebre? No, en mi opinión. Sin salir del mundo del flamenco, hay cantaoras jóvenes mejores que Rosalía. Pondré sólo un ejemplo: Rocío Márquez, artista de una pieza que también ha hecho viajes por la heterodoxia que han provocado el rechazo de los más puristas. Ni las canciones de Rosalía, ni su forma de interpretarlas, me dicen gran cosa. El flamenco es, sobre todo, emoción, y me resulta difícil creer que a quienes aprecien a Camarón, a Morente, a Pastora Pavón, al Chocolate, a Mairena, a La Paquera, al Lebrijano, a Menese, a Carmen Linares, a Mercé, a Poveda o a Arcángel, Rosalía no les deje fríos. Vi por televisión su concierto en el pasado Primavera Sound, acompañada por Raúl Refree a la guitarra, y llegué a la conclusión de que Rosalía no transmite jondura, que su quejío no es arrebatador, que le faltan años y tablas para ser una artista con mayúsculas, algo para la que no creo que tenga madera. No toda la culpa fue suya: Raúl Refree, un tipo de aguda inteligencia musical, se me queda corto como guitarrista flamenco. Servidor conoce la obra de los grandes (Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Tomatito, Vicente Amigo, Riqueni, Gerardo Núñez, Cañizares, Niño Josele y otros muchos) y, en lo que a las seis cuerdas se refiere, no acepta pulpo como animal de compañía. Rosalía es, en la actualidad, nada más (y nada menos) que una alumna aplicada con estrella, así que, por favor, moderen su entusiasmo. Prefiero que el éxito de masas sea para ella y no para cualquier triunfito de karaoke, para DJ´s sin talento, para los cavernícolas del reggaetón o para esos raperos que intentan suplir sus nulas aptitudes vocales con frases más o menos ingeniosas, pero ser un artista de verdad y ser muy popular no son, desde luego, la misma cosa.

CALLES DE FUEGO

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STREETS OF FIRE. 1984. 86´. Color.

Dirección: Walter Hill; Guión: Walter Hill y Larry Gross; Director de fotografía: Andrew Laszlo;  Montaje: Freeman A. Davies, James Coblentz y Michael Ripps; Música: Ry Cooder;  Diseño de producción: John Vallone; Dirección artística: James Allen; Producción: Lawrence Gordon y Joel Silver, para Universal Pictures- RKO Pictures (EE. UU.).

Intérpretes: Michael Paré (Tom Cody); Diane Lane (Ellen Aim); Rick Moranis (Billy Fish); Willem Dafoe (Raven); Amy Madigan (McCoy); Michael Lawson (Oficial Ed Price); Deborah Van Valkenburgh (Reva Cody); Rick Rossovich (Oficial Cooley); Bill Paxton (Camarero); Lee Ving, Elizabeth Daily, Lynne Thigpen, Ed Begley, Jr., Stoney Jackson, Grand L. Bush, Robert Townsend, Mykelti Williamson, Marine Jahan, John Dennis Johnston, Olivia Brown.

Sinopsis: Una cantante de rock en pleno ascenso a la fama regresa a su antiguo barrio para dar un concierto benéfico. En mitad del espectáculo, una banda de moteros la secuestra. Un antiguo soldado, y amor de juventud de la vocalista, acude al rescate.

Después de conseguir el mayor éxito comercial de su carrera con Límite 48 horas, Walter Hill dirigió Calles de fuego, una fábula de rock & roll (según nos informa un rótulo al dar comienzo la película) en la que se mezclan el western, los films sobre bandas de delincuentes juveniles y el musical ochentero. Al parecer, la idea original era que Calles de fuego fuese el primer film de una trilogía protagonizada por su personaje estrella, Tom Cody, pero la tibia acogida que tuvo la película en las taquillas estadounidenses dio al traste con el proyecto.

Para mí, Calles de fuego supone el primer indicio serio de declive en la carrera, hasta entonces muy brillante, de Walter Hill como director de cine. En esta película vuelven a darse cita diversos elementos de una de las obras maestras de Hill, Los amos de la noche, pero sin el mismo grado de inspiración. Los años 80, sin duda, hicieron daño, hasta el punto de que, en muchos momentos, la puesta en escena del film se asemeja a un largo videoclip, vigoroso pero disfrutable sólo a ratos. El guión, que tampoco es que sea gran cosa, sitúa la acción en un entorno que podría llamarse retrofuturista, con muchos guiños a la época en la que surgió el rock & roll, la segunda mitad de la década de los 50, mezclados con paisajes de degradación urbana que remiten al mencionado film anterior de Hill, o incluso a Mad Max. Esto me parece un acierto, pero que no se lleva hasta el final: vista hoy, la película es muy deudora de la época en la que se rodó (por los vicios típicos de la década de los que hace gala, más que nada), y el peso de lo ochentero se impone sobre su presunta atemporalidad. Por poner un ejemplo, la música, que es un elemento fundamental de la película, brilla sobre todo en dos momentos (la interpretación del grupo de doo wop en el autobús y la impresionante, y muy western,  llegada de los moteros al ritmo de Rumble antes de la pelea final) que poco tienen que ver con el edulcorado y sobreproducido rock estadounidense que escuchamos en las mejorables canciones interpretadas por la protagonista femenina del film (sí, la música de moda en los 80 suena hoy más antigua que la de décadas anteriores). Dicho lo cual, la escena en la que ésta es secuestrada por la banda liderada por Raven en mitad de un concierto me parece cojonuda.

Planos muy cortos, acertada iluminación tenebrista y velocidad (la importancia de los diversos vehículos en el desarrollo de la trama es capital) son los tres aspectos que más cabría destacar en la puesta en escena, que pese a los tópicos ya mencionados supera en calidad a la parte narrativa, en la que ni el tipo duro, ni la cantante salida del ghetto que se enfrenta al dilema entre el amor verdadero y el ascenso a la fama, ni una galería de secundarios retratados de una manera demasiado esquemática, acaban de dar el pego. Los diálogos juegan a ser potentes y lapidarios, pero más de cuatro veces provocan la sonrisa irónica del espectador.

El reparto es, como mínimo, curioso, y no para bien. Para empezar, Michael Paré es un actor muy limitado, que se queda en un intento de tipo duro cuyas viriles palabras y actitudes no ocultan sus carencias interpretativas. Ese renegado que es Tom Cody requería de un actor en el que la impostura no fuese tan obvia. Por su parte, Diane Lane sí es una buena actriz, pero ni canta las canciones ni consigue imponerse a las limitaciones de un personaje muy tópico. El mejor del reparto es un casi novato Willem Dafoe, que sí sabe hacer de tío duro. Bien Amy Madigan en el papel de mujer nada femenina, y en cuanto a Rick Moranis, pues no desentona, pero tampoco destaca, cosa que sí hace Bill Paxton en el papel de camarero.

Calles de fuego es una película de ritmo frenético y francamente entretenida, pero que, salvo en escenas como la del secuestro aludido anteriormente, o la pelea final entre Cody y Raven, no llega al nivel de The Warriors ni de lejos.

UN TROMPETISTA DE LUJO

Gran músico, de enorme técnica y exuberante en sus interpretaciones. Hasta siempre, Roy.

OFERTA DE EMPLEO

En menos de medio año, Julen Lopetegui (o Torpetegui, como le llaman por ahí) se ha cargado a la selección española y al Real Madrid. El día que se presente a lehendakari, arrasa. Podría entrenar al San Pedro, colista del grupo vasco de Tercera División con ocho derrotas y una sola victoria en diez jornadas. Ahí está el verdadero nivel de Lopetegui como entrenador, y será difícil que empeore la trayectoria del equipo.

LA ZÍNGARA Y LOS MONSTRUOS

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HOUSE OF FRANKENSTEIN. 1944. 71´. B/N.

Dirección: Erle C. Kenton; Guión: Edward T. Lowe, basado en una historia de Curt Siodmak; Director de fotografía: George Robinson;  Montaje: Philip Cahn; Música: Hans J. Salter; Dirección artística: John B. Goodman y Martin Obzina; Producción: Paul Malvern, para Universal Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Boris Karloff (Dr. Niemann); Lon Chaney, Jr. (Larry Talbot); J. Carrol Naish (Daniel); John Carradine (Barón Latos); Anne Gwynne (Rita Hussman); Peter Coe (Carl Hussman); Lionel Atwill (Inspector Arnz); George Zucco (Profesor Lampini); Elena Verdugo (Ilonka); Sig Rumann (Sr. Hussman); William Edmunds, Charles Miller, Philip Van Zandt, Julius Tannen, Frank Reicher, Glenn Strange.

Sinopsis: Un científico, Niemann, seguidor del doctor Frankenstein, y su ayudante, escapan de la cárcel y emprenden el camino de regreso hacia la ciudad natal de Niemann haciéndose pasar por los responsables de un espectáculo ambulante.

Muchas de las obras míticas del cine de terror fueron producidas, como es sabido, por los estudios Universal en los años 30, verdadera época dorada del género. Después llegó la decadencia, con la compañía intentando alargar esplendores pasados con productos de cada vez menor enjundia, muchos de los cuales no provocaron otra cosa que una creciente decepción en los aficionados. En este clima se enmarca La zíngara y los monstruos, peculiar título español para House of Frankenstein, película modesta, en intenciones y resultados, dirigida por un experto artesano como Erle C. Kenton.

Esta vez, se trata de reconquistar al público por acumulación, porque en la cinta aparecen Drácula, Frankenstein, el hombre-lobo, un jorobado y un mad doctor, que es quien protagoniza este cóctel de criaturas venidas a menos. Aunque el film se basa en una historia surgida del ingenioso, y muchas veces brillante, cerebro de Curt Siodmak, lo cierto es que todo se queda en un atropellado batiburrillo que intenta abarcar mucho más de lo que puede. De hecho, House of Frankenstein son dos películas, unidas por la presencia del doctor Niemann,  un científico deseoso por continuar los experimentos del hombre que quiso ser Dios, y su jorobado ayudante. Al principio, ambos están en prisión por robo de cadáveres, pero un oportuno derrumbe en la penitenciaría les facilita la huida, que finaliza con éxito gracias a una atracción ambulante que, casualidades de la vida, transporta en un ataúd al mismísimo conde Drácula. El doctor Niemann ansía dos cosas: conseguir los papeles en los que Frankenstein plasmó sus experimentos, y vengarse de quienes le enviaron a prisión. Para ello, no duda en resucitar a Drácula, pero el aristócrata transilvano termina por sucumbir a su sed de sangre y a su afición por los cuellos de las jovencitas de buen ver. Hasta aquí, la primera parte, que por lo menos es narrativamente ágil  y se ve lastrada por unos efectos especiales bastante ridículos, además de por mostrar la venganza del doctor de un modo más bien atropellado.

En su trayecto hacia los papeles de Frankenstein, y hacia su antigua mansión, en la que busca desarrollar los experimentos de éste, Niemann y su ayudante se encuentran con una familia gitana que lleva su espectáculo musical por los pueblos. En ella destaca Olinka, una joven bailarina que enamora al deforme ayudante del científico, quien decide auxiliarla frente a su maltratador y, con ello, se gana la gratitud de la muchacha, que decide unirse a ellos en un recorrido que les lleva a resucitar a Frankenstein y al hombre-lobo, un ser torturado que se gana el corazón de Olinka. Con semejante tropa, Niemann llega a su mansión, donde sus andanzas no tardan en ser descubiertas por los lugareños.

Querer meter todos los elementos descritos en el párrafo anterior en poco más de cuarenta minutos de metraje obedece, sin duda, a un optimismo desmedido que la realidad deja en intento parcialmente logrado. Kenton le pone oficio, pero no es James Whale o Tod Browning, la antigua magia se ha perdido y lo que queda es un confuso embrollo del que se sale con dignidad, pero sin encanto. Se nota la escasez de medios, algunos personajes apenas tienen entidad (el monstruo de Frankenstein, sin ir más lejos), y falta pausa, tomarse algún tiempo para explicar mejor las cosas. Efectos especiales al margen, la película es buena en lo técnico, pero en lo narrativo llega a empachar al espectador, por mucha simpatía que éste pueda sentir hacia unos personajes que requerían un mejor desarrollo, ya que estaban ahí.

Resulta peculiar que no sea Boris Karloff quien interprete a la criatura de Frankenstein, pero la intervención de ésta es poco más que testimonial, así que a la estrella se le reserva, como no podía ser de otra manera, el papel principal, un mad doctor que el actor interpreta dando muestras de su indudable carisma. J. Carrol Naish retoma el papel de jorobado que hizo célebre al padre de uno de sus compañeros de reparto, Lon Chaney, Jr., y lo hace a buen nivel, al igual que Chaney como el torturado licántropo. John Carradine por momentos parece Salvador Dalí interpretando a un vampiro. Elena Verdugo, la joven zíngara, posee gracia, y buenos secundarios como Lionel Atwill o Sig Rumann aportan su calidad, que no es poca. En cambio, los actores que interpretan al matrimonio Hussman son tan sosos como los personajes que interpretan.

House of Frankenstein posee el valor de lo nostálgico, de recordarnos momentos de gran cine, pero deja un aire de ilusión insatisfecha, de película antigua ya cuando se realizó. Simboliza en cierto modo la decadencia del gran cine de terror clásico, cuya magia recuperó algo más de una década después una productora británica, la Hammer.

 

LA BOTELLA MEDIO LLENA

Si hacemos caso a esta sentencia del físico Robert Oppenheimer, debo de ser un pesimista de libro:

“EL OPTIMISTA CREE QUE ESTE ES EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES, Y EL PESIMISTA TEME QUE ESO SEA CIERTO”.

UN HOMBRE SOLTERO

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A SINGLE MAN. 2009. 97´. Color. 

Dirección: Tom Ford; Guión: Tom Ford y David Scearce, basado en la novela de Christopher Isherwood; Dirección de fotografía: Eduard Grau; Montaje:  Joan Sobel; Música: Abel Korzeniowski; Diseño de producción: Dan Bishop; Dirección artística: Ian Phillips; Producción: Tom Ford, Andrew Miano, Robert Salerno y Chris Weitz, para Fade to Black Productions-Depth of Field (EE.UU.)

Intérpretes: Colin Firth (George); Julianne Moore (Charley); Nicholas Hoult (Kenny); Matthew Goode (Jim); Jon Kortajarena (Carlos); Paulette Lamori (Alva); Ginnifer Goodwin (Mrs. Strunk); Ryan Simpkins (Jennifer Strunk); Teddy Sears, Aline Weber, Lee Pace, Paul Butler, Nicole Steinwedell.

Sinopsis: Un catedrático de literatura inglés, afincado en California, observa los cambios que vive la juventud a principios de los años 60 mientras sufre la pérdida de su pareja.

El prestigioso diseñador de moda Tom Ford, conocido por haber sido el director creativo de Gucci durante varios años, dio un giro a su trayectoria profesional al pasarse a la dirección cinematográfica para llevar a la gran pantalla la adaptación de Un hombre soltero, novela de Christopher Isherwood que, a buen seguro, Ford consideró como la obra de un espíritu muy afín al suyo. La película recibió buenas críticas, que alabaron en especial sus cualidades estéticas, y dejó claro que el cambio de tercio de Ford obedecía a algo más que a un simple capricho.

Al margen de su evidente temática homosexual, creo que Un hombre soltero es una película que versa sobre el difícil deambular por el mundo de las personas dotadas de una especial sensibilidad. George, el protagonista del film, es el paradigma del esteta: su triple condición de inglés, gay y profesor de literatura ya explica bastantes cosas, pero su indumentaria, sus modales, su domicilio y la apariencia de sus amantes nos dicen muchas más. Incapaz de superar la pérdida del amor de su vida, George ha decidido suicidarse, pero su esteticismo llega a lo cómico cuando su desmedido afán por conseguir la perfección estilística le disuade de cometerlo. Un hombre soltero es, pues, una de esas películas que narran el último día en la vida de alguien, aunque la realidad nunca se ajusta a los planes de los hombres porque la vida es, muchas veces, una ironía macabra. Ford, que también es coguionista y productor de la película, debe lidiar de continuo con el fantasma de la vacuidad, de la intrascendencia del dolor de un pobre hombre rico en un mundo de pobres hombres pobres (¿qué es el drama de una sola persona en mitad de la crisis de los misiles?), pero le salvan la sensibilidad y la ausencia de impostura. Sí, al artista de una de las disciplinas más superficiales que puedan llegar a existir no le es ajena la profundidad, y por ello es capaz de captar el dolor de la pérdida. Hay escenas que rayan lo superfluo, pero otras, como la comentada del suicidio no consumado de George, o la que transcurre en la casa de la mejor amiga de éste, Charley, en la que se manifiesta que la amistad entre un hombre y una mujer sólo es posible desde la frustración sexual de una de las partes, me parecen sublimes.

En lo que se refiere al envoltorio de la película, Tom Ford no decepciona, pues la estética es impecable: para empezar, su ropa, que es la que luce el protagonista desde el primer fotograma en el que aparece, posee una elegancia que uno, que no es un entendido en cuestiones indumentarias, sólo ha encontrado en Giorgio Armani. En los aspectos puramente cinematográficos, Ford consigue que el cineasta no quede a la zaga del diseñador, pues la fotografía, la composición de los planos y los decorados hacen gala de una distinción difícil de ver. Un hombre soltero es un ejercicio de buen gusto, en el que cada plano parece haber sido objeto de un estudio minucioso y cada movimiento de cámara busca, a veces hasta lo exagerado, la perfección estética. A Tom Ford parece escapársele la alegría de la nota disonante, pero no se le puede negar la fidelidad a sus principios.

Dicho lo anterior, hay que hacer constar que, de todas las decisiones que tomó Tom Ford respecto a esta película, la mejor de todas fue escoger a Colin Firth como protagonista. Gran actor, gran personaje, interpretación fuera de serie, ante la que sólo cabe levantarse y aplaudir. No menos parabienes merece Julianne Moore, actriz superlativa, capaz de que la actuación de Firth aún gane enteros en la memorable escena que ambos comparten. Matthew Goode, como de costumbre, está a buen nivel, la interpretación del joven Nicholas Hoult no me parece nada del otro mundo, y al modelo español Jon Kortajarena no le ha llamado Dios por el camino de la actuación.

Drama sensible, en el mejor sentido del término, de una perfección estética que puede llegar a apabullar, Un hombre soltero es un muy buen debut cinematográfico para un tipo tocado por el talento.

EN LA VÍA LÁCTEA

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ON THE MILKY ROAD. 2016. 125´. Color.

Dirección: Emir Kusturica; Guión: Emir Kusturica; Dirección de fotografía: Martin Sec y Goran Volarevic;  Montaje: Svetolik Zajc; Dirección artística: Nevena Mijuskovic; sicaStribor Kusturica; Diseño de producción: Goran Joksimovic; Producción: Lukas Akoskin, Paula Vaccaro y Álex García, para Pinball London-BN Films (Serbia-Reino Unido).

Intérpretes: Monica Bellucci (La novia); Emir Kusturica (Kosta); Sloboda Micalovic (Milena); Predrag Manojlovic (Zaga); Novak Bilbija (Pastor); Milojka Andric (Anciana); Vitomir Jofic (Vito); Aleksandar Sasa Saric (El Gordo); Sergej Trifunovic, Bajram Severdzan, Davor Janjic, Petar Mircevski, Ninoslav Culum, Milorad Ukropina, Elvedin Musanovic, Branislav Fistric, Tomislav Sokic, Marko Ukropina, Milorad Supic.

Sinopsis: En plena guerra de los Balcanes, un lechero se enamora de la mujer que ha llegado a su aldea para desposarse en un matrimonio concertado.

Tras casi una década sin dirigir un largometraje de ficción, Emir Kusturica estrenó En la Vía Láctea en el festival de Cannes, certamen en el que el director nacido en Sarajevo ha logrado sus mayores éxitos. No fue el caso de esta película, basada en un episodio rodado por el líder de la No Smoking Orchestra para un film colectivo, y recibida con comentarios poco favorecedores por la crítica, que vio en ella un pálido reflejo de las mejores obras de Kusturica y condenó al film a una irrelevancia que, desde luego, no merece.

Emir Kusturica es uno de esos cineastas con un estilo único, que en el fondo siempre hacen la misma película. Su obra nunca ha dejado de generar controversias, en especial por su lectura política, pero antes que nada hay que hacer constar que estamos ante un personaje muy talentoso, que ha dirigido obras que deben pasar y pasarán a la posteridad. Quizá En la Vía Láctea no sea una de ellas, pero de ahí a desdeñarla hay mucho trecho, porque esta película contiene momentos de gran brillantez, que demuestran que Kusturica puede estar algo oxidado, pero retiene esa excéntrica genialidad tan suya. El director serbio nos cuenta la historia de Kosta, el lechero de una zona rural ubicada en la República Srpska. Músico y amigo de los animales salvajes, Kosta lleva su mercancía a través del frente en plena guerra de los Balcanes, y es amado por la un tanto desquiciada belleza local, Milena. La madre de ésta ha concertado un matrimonio de conveniencia entre su hijo, un héroe de guerra, y una mujer medio italiana que huye de un desdichado matrimonio con un oficial británico. Cuando Kosta y la recién llegada se conocen, la atracción mutua es instantánea, pero él va a casarse con Milena, ella con su hermano, la guerra parece eterna y, cuando deja de serlo y se firman los acuerdos de paz, aparecen los esbirros del militar inglés dispuestos a capturar a la esposa fugada sin reparar en medios.

Kusturica es tan sutil como la imagen con la que se inicia la película, la de unos patos bañándose en la sangre de un cerdo al que acaban de sacrificar. La crítica a la mayor cagada geopolítica de Occidente entre los años 50 y la guerra de Irak, que no es otra que la decisiva contribución a la partición de Yugoslavia, es feroz, y a veces panfletaria, pero, al margen de unos efectos especiales de medio pelo que no hacen mucho más que dar carnaza a quienes ya venían predispuestos a cargarse la película por su incómodo mensaje político, la verdad es que la vestimenta cinematográfica de la trama es excelente. El estilo barroco, excesivo, surrealista y onírico de Kusturica (que antes de nada nos avisa, mediante un rótulo, de que su film se basa en tres historias reales y muchas fantasías) brilla como en sus mejores tiempos, creando algunas imágenes mágicas y, sobre todo en la primera parte de la película, volviendo a ese humor básico y a esa brutal y festiva alegría de vivir que son dos de sus grandes marcas de fábrica. Luego, la película se hace más agria, y el final, pese a su indudable carga poética y belleza visual, no me convence del todo, pero, incluso en una obra irregular y a veces caótica, Kusturica puede llegar muy arriba como cineasta. Toda la escena de la fiesta anterior a las dos bodas que jamás llegan a celebrarse merece un diez, por poner un ejemplo. En cambio, la frenética huida de Kosta y su amada se acaba dilatando en exceso.

La música, otro elemento primordial en la obra de Emir Kusturica, corre esta vez a cargo de Stribor, hijo del director, y posee el encanto de siempre, pues la etílica alegría de los personajes interpretando a coro canciones populares serbias es contagiosa, y el acompañamiento a la acción funciona. Por su barroquismo visual, por su capacidad para crear imágenes cargadas de simbolismo y por su tino a la hora de combinar realidad y magia, Kusturica vuelve a dejar claro que es uno de los pocos cineastas que, sin llegar a tan altas cotas, sí puede considerarse heredero de algunas de las mejores virtudes de Federico Fellini.

Emir Kusturica no es el mejor actor del mundo, pero el hecho de interpretar a un personaje que le es muy próximo en muchos aspectos ayuda a que su interpretación sea más conseguida. No obstante, el vértice sobre el que gira el film a nivel actoral es sin duda Monica Bellucci, que consigue aquí una de las mejores interpretaciones de su carrera al servicio de un personaje que lucha y sufre, que ama y huye rayando siempre a muy buen nivel y demostrando que la italiana es más que una belleza única. Nota alta también para Sloboda Micalovic, salvaje y vital, y para uno de los rostros más habituales en el cine de Kusturica, el de Predrag Miki Manojlovic. Como es norma de la casa, aparecen secundarios impagables, personajes que sólo pueden surgir de la mente de este director, como el piloto del helicóptero, el camarero o la anciana. Por no hablar de lo bien que actúan los muchísimos animales que intervienen en la película, y hasta el gigantesco y malvado reloj austro-húngaro…

Excelente primera parte, desarrollo con altibajos y epílogo discutible: esto es En la Vía Láctea, notable film al que no me atrevo a calificar de menor porque, si hablamos de Emir Kusturica, semejante calificativo no puede ser menos propio.

SÉPTIMO DE CABALLERÍA

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7TH CAVALRY. 1956. 75´. Color.

Dirección: Joseph H. Lewis; Guión: Peter Packer, basado en una historia de Glendon H. Swarthout; Director de fotografía: Ray Rennahan;  Montaje: Gene Havlick; Música: Mischa Bakaleinikoff; Dirección artística: George Brooks; Producción: Harry Joe Brown, para Scott/Brown Productions-Columbia Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Randolph Scott (Capitán Tom Benson); Barbara Hale (Martha Kellogg); Jay C. Flippen (Sargento Bates); Frank Faylen (Sargento Kruger); Jeanette Nolan (Charlotte Reynolds); Leo Gordon (Vogel); Denver Pyle (Dixon); Russell Hicks (Coronel Kellogg); Harry Carey Jr., Michael Pate, Donald Curtis, Frank Wilcox.

Sinopsis: Un capitán del ejército estadounidense debe responder a la acusación de cobardía por haberse ido de permiso en vísperas de la batalla de Little Big Horn.

Aunque las mejores películas de Joseph H. Lewis pertenecen al género negro, lo cierto es que este prolífico director filmó numerosos westerns, si bien ninguno de los cuales alcanzó el reconocimiento, muy merecido por otra parte, que sí obtuvieron obras como El demonio de las armas o Agente especial. Séptimo de caballería es una de esas películas sobre las que Randolph Scott cimentó su prestigio, aunque no figura entre las mejores que este actor protagonizó.

Hablamos de un film del Oeste típico de su época, que carece de elementos que le distingan del grueso de producciones del género que en aquellos años llenaban las pantallas cinematográficas del todo el mundo. La historia gira alrededor de Benson, un oficial del Ejército, hombre de confianza del general Custer, que es acusado de cobardía por no haber participado en la mayor derrota de los soldados yanquis frente a los indios, la batalla de Little Big Horn, presuntamente por haber recibido un permiso personal del general para ausentarse unos días e ir en busca de su amada, hija de un coronel por más señas. Para demostrar su valentía, Benson se presenta voluntario para liderar una misión poco menos que suicida: recuperar los cadáveres de Custer y el resto de oficiales caídos en la batalla, en un lugar ya dominado de nuevo por los indios, que lo consideran territorio sagrado.

Séptimo de caballería es una película que cualquier cinéfilo ha visto muchas veces, y se revela inferior a la gran mayoría de films protagonizados por Randolph Scott que contaron con Budd Boetticher como director. Todo es muy correcto, pero nada más, hasta la pirueta final, por la que Benson y sus hombres salen ilesos de una incursión en territorio indio que tenía todos los números para convertirse en una carnicería. Aquí, pasamos del tópico al absurdo, factor que lastra una película de la que, hasta entonces, había que destacar el vigor y la concisión de su puesta en escena, en la que nada era especialmente distinguido, pero todo estaba bien hecho y era capaz de entretener.

Nunca he sido un gran fan de Randolph Scott, que aquí vuelve a encarnar al tipo hierático y valeroso que fue el sello distintivo de su carrera, sin especiales virtudes y defecto a añadir a los habituales. El papel de Barbara Hale, buea actriz, no puede ser más tópico, y ella se limita a cumplir. Quizá el mejor del elenco sea el veterano, y eterno secundario del western, Jay C. Flippen, Jeanette Nolan sólo puede lucir su talento en una escena, y del resto del reparto me quedo como uno de los soldados pendencieros y traidores que se rebelan contra Benson.

Por resumir, un rutinario western que no figura entre los mejores rodados por sus principales artífices. Se deja ver, simplemente, y el final no ayuda a ensalzar el producto, sino más bien al contrario.

CARS 2

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CARS 2. 2011. 105´. Color.

Dirección: John Lasseter y Brad Lewis; Guión: Ben Queen, basado en la historia de Dan Fogelman, John Lasseter y Brad Lewis; Dirección de fotografía: Jeremy Lasky; Montaje: Stephen Schaffer; Música: Michael Giacchino; Diseño de producción: Harley Jessup; Producción: Denise Ream, para Pixar Studios-Walt Disney Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Larry the Cable Guy (Voz de Mate); Owen Wilson (Voz de Rayo McQueen); Bonnie Hunt (Voz de Sally); Michael Caine (Voz de Finn McMissile); Emily Mortimer (Voz de Holley Shiftwell); Eddie Izzard (Voz de Sir Miles Axelrod); John Turturro (Voz de Francesco Bernoulli); Joe Mantegna (Voz de Grem); Thomas Kretschmann (Voz del Profesor Z); Peter Jacobson (Voz de Acer); Franco Nero (Voz del Tío Topolino); Brent Musburger, Darrell Waltrip, Tony Shalhoub, Michel Michelis, Jason Isaacs, Bruce CampbelL, Jenifer Lewis, Teresa Gallagher, Guido Quaroni, Vanessa Redgrave, Cheech Marin, John Ratzenberger, Lewis Hamilton, Fernando Alonso, Sebastian Vettel (Otras voces).

Sinopsis: Mientras Rayo McQueen se disputa con un fanfarrón piloto italiano un prestigioso trofeo cuyo objetivo es promocionar un nuevo combustible no fósil, Mate se ve envuelto en una trama de espionaje.

Un lustro fue lo que tardó Pixar en seguir rentabilizando el éxito de Cars con una secuela. Com0 suele suceder en las franquicias cinematográficas, la segunda parte no acabó de igualar las virtudes de la primera, pero amplificó sus defectos, si bien su éxito comercial fue considerable.

La principal novedad que encontramos en Cars 2 es que el protagonismo se traslada al mejor amigo de Rayo McQueen, Mate, el viejo camión-grúa de Radiador Springs que pone toda su bondad y escasez de entendederas al servicio de una trama bondiana en la que se ve involucrado a causa de una confusión. El enfrentamiento entre Rayo McQueen y el sobradito piloto italiano Francesco Bernoulli parece no interesar demasiado ni a los responsables de la película, que sólo lo aprovechan para introducir un puñado de espectaculares escenas automovilísticas y algunos chistes de gracia dispar. Todo gira alrededor de una pareja de intrépidos espías británicos que, en su intento por desenmascarar una trama criminal de altos vuelos, confunden a Mate con el agente estadounidense con el que deben contactar y acaban compartiendo con él un buen número de arriesgadas aventuras.

Película frenética desde su mismo comienzo, que narra la espectacular huida portuaria del espía inglés Finn McMissile, Cars 2 es tan virtuosamente prodigiosa en lo técnico como su predecesora, aunque en su contra juega el hecho de que ya se ha perdido el factor sorpresa: la película impresiona por su maestría técnica, pero aporta escasas novedades respecto a la primera parte. Cars no era precisamente uno de los mejores logros narrativos de Pixar, y su secuela nos muestra un guión endeble, en el que las escenas y los diálogos están por debajo del puro espectáculo visual que es la película. En los escasos momentos en los que no todo es adrenalina y acción a raudales, las carencias del guión se hacen evidentes, pues está muy bien la defensa de las energías alternativas, o la denuncia de las siniestras actividades de las grandes corporaciones petrolíferas, pero todo sería mucho mejor con un libreto que no pareciera escrito con el piloto automático, en el que no es sencillo encontrar situaciones o diálogos de esos que tanto abundan en las obras mayores de Pixar. Esta vez, la exuberancia visual supera en mucho a la calidad narrativa, y ni siquiera la música pasa de correcta. Hay de nuevo un número importante de guiños cinéfilos, algunos incluso autorreferenciales, pero se echa en falta algo más de inspiración.

En lo que sí se vuelve a acertar es en la elección de los intérpretes que ponen voz a los distintos personajes de la trama. En primer lugar, brilla la presencia de Michael Caine como Finn McMissile, ese espía británico que es puro Bond. El veterano actor londinense es, una vez más, de lo mejor de la película. Tampoco se quedan cortos Emily Mortimer, como la intrépida agente Shiftwell, o John Turturro en el papel de un piloto italiano que viene a ser como un Cristiano Ronaldo en versión Ferrari. De los actores que repiten, hay que mencionar que Larry the Cable Guy lleva muy bien el aumento del protagonismo de Mate, y que Owen Wilson cumple con buena nota como Rayo McQueen. No está de más mencionar la labor de otro actor de alto nivel como Joe Mantegna, o las breves intervenciones de la gran Vanessa Redgrave, o de Franco Nero.

En definitiva, un gran espectáculo algo hueco, que no deja de ser un Pixar menor, que a buen seguro satisfará al público infantil, pero no tanto al adulto.