REMANDO AL VIENTO

REMANDO AL VIENTO/ ROWING WITH THE WIND. 1988. 93´. Color.

Dirección: Gonzalo Suárez; Guión: Gonzalo Suárez; Dirección de fotografía: Carlos Suárez; Montaje: José Salcedo; Música: Alejandro Massó; Diseño de producción: Wolfgang Burmann; Producción: Andrés Vicente Gómez, para Iberoamericana-Ditirambo Films-Viking Films (España-Noruega)

Intérpretes: Hugh Grant (Lord Byron); Lizzy McInnerny  (Mary Shelley); Valentine Pelka (Percy Shelley); Elizabeth Hurley (Claire Clairmont); José Luis Gómez (Polidori); Ronan Vibert (Fletcher); Virginia Mataix (Elisa); José Carlos Rivas (Monstruo); Jolyon Baker (Edward Williams); Terence Taplin (Godwin); Kate McKenzie (Jane Williams); Karen Westwood (Fanny); Josep Maria Pou, Bibi Andersen, Aitana Sánchez-Gijón, Miguel Picazo.

Sinopsis: La escritora Mary Shelley rememora sus pasadas vivencias, íntimamente relacionadas con su más célebre creación, Frankenstein, durante un viaje por el Ártico.

De Gonzalo Suárez siempre se ha dicho que es un literato que con frecuencia se viste de cineasta, y bajo el tópico, como suele suceder, se esconde no poca verdad. Su irregular filmografía, que en general ha apostado más por lo intelectual que por lo popular, abarca varias décadas con la literatura como eje fundamental. No es de extrañar, por ello, su interés por los grandes nombres del romanticismo decimonónico británico, germen de Remando al viento, una de las mejores películas de Suárez y, sin duda, la más galardonada de todas ellas, pues obtuvo seis premios Goya, entre ellos el de mejor dirección.

Película muy poco española tanto por los hechos narrados como por las localizaciones, a lo que hay que sumar que su reparto está encabezado por actores ingleses, su punto de partida son los recuerdos de Mary Shelley, mujer de ideas muy avanzadas para su época que alcanzó la celebridad gracias a una novela, Frankenstein, sobre la que Suárez hace girar su historia en un doble sentido: por un lado, recreando el conocido episodio de su concepción, en una villa suiza en la que residió durante unos meses junto a su marido, el poeta Percy Shelley, el médico y escritor John Polidori y el mismísimo Lord Byron, quienes eran, por su talento y modo de vida, algo así como las estrellas del rock de su época; en un segundo plano que de forma progresiva va adueñándose de la narración, Suárez se vale de uno de sus habituales ejercicios metaliterarios para explicar cómo la propia escritora ve a su más célebre criatura literaria como la plasmación de una relación con la muerte que marcó su vida desde su mismo comienzo, pues su madre falleció al dar a luz a la futura narradora, que también perdió a tres de sus cuatro hijos a edades muy tempranas y enviudó de Percy Shelley pocos años después de su matrimonio… que tuvo lugar una vez se supo que la esposa legal de Shelley se había suicidado.

Suárez se toma muchas licencias respecto a los hechos históricos (por ejemplo, la figura de Polidori apenas se ajusta a la realidad en cuanto al desprecio que Byron sentía hacia él como literato), pero construye una narración muy bien hilvanada que demuestra que su conocimiento del romanticismo como corriente literaria dominante en las primeras décadas del siglo XIX no es precisamente superficial. El film se estructura como un largo flashback, que culmina con la muerte de Percy Shelley en las aguas de la costa italiana. Suárez siempre fue un director frío, y ni siquiera en una narración sobre personajes de acciones tan arrebatadas se desprende de esa característica intrínseca a su cine. Esto perjudica al relato, ambicioso pero falto de un fuego que estaba muy presente en la vida y la obra de sus protagonistas.

Se trata de una película oscura, salvo en algunas de las escenas ambientadas en Italia, en cuya fotografía y encuadres se perciben claras influencias de la pintura romántica. Paisajes helados, mares embravecidos (el agua, y el propio monstruo de Frankenstein, actúan como ejecutora y precursor de varias de las muertes que acontecen en la película) e interiores sombríos marcan una puesta en escena cuidada y llena de esa elegancia decadente tan propia de la época. Se utilizan de forma adecuada diversas obras de Paganini o Beethoven, que contribuyen a crear una atmósfera turbia, en la que los personajes miran cara a cara a la muerte, desafiándola con frecuencia aun sabiendo que, para ella, nada es un juego.

El muy cosmopolita reparto está encabezado, como ya se ha dicho, por actores británicos. Lizzy McInnerny, actriz que ha desarrollado la práctica totalidad de su carrera en la televisión, interpreta de forma más que convincente a una Mary Shelley enérgica y atormentada. Hugh Grant siempre me ha parecido un actor blando e insípido, y ni siquiera en la piel de un personaje como Lord Byron, que es un caramelo para cualquier actor, logra hacerme cambiar de idea. Tampoco se luce especialmente Valentine Pelka, que da vida a Percy Shelley. Una de las curiosidades de la película radica en ver a una casi debutante Elizabeth Hurley antes de que eligiera ser una celebridad antes que una actriz, decisión en la que aprecio no poca inteligencia. Destacable José Luis Gómez como el intrigante doctor Polidori, y muy bien Terence Taplin como Godwin, el padre de Mary Shelley. En roles más secundarios, encontramos a un desaprovechado Josep Maria Pou en el papel de un funcionario de aduanas, y a una Aitana Sánchez-Gijón cuyo talento empezaba a emerger.

Remando al viento permanece como la mejor película de Gonzalo Suárez porque en ella lo literario complementa, más que solapa, lo cinematográfico, por su inteligencia narrativa y por la belleza de muchas de sus imágenes. Falta eso que los flamencos llaman duende, pero aun así estamos ante una película notable.

¡MADRE!

MOTHER! 2017. 118´. Color.

Dirección : Darren Aronofsky; Guión: Darren Aronofsky; Dirección de fotografía: Matthew Libatique; Montaje: Andrew Weisblum; Diseño de producción: Philip Messina; Dirección artística: Isabelle Guay (Supervisión); Producción: Ari Handel y Scott Franklin, para Protozoa Pictures-Paramount Pictures (EE.UU.)

Intérpretes: Jennifer Lawrence (Madre); Javier Bardem (Él); Ed Harris  (Primer visitante); Michelle Pfeiffer (Mujer); Domhnall Gleeson (Hermano mayor); Brian Gleeson (Hermano menor); Kristen Wiig (Editora); Jovan Adepo, Amanda Chiu, Patricia Summersett, Eric Davis, Raphael Grosz-Harvey, Emily Hampshire, Laurence Leboeuf, Abraham Aronofsky, Luis Oliva, Stephanie Ng Wan, Chris Gartin, Stephen McHattie, Ambrosio De Luca, Gregg Bello, Arthur Holden, Henry Kwok, Alex Bisping.

Sinopsis: Un escritor en pleno vacío creativo y su joven esposa viven una existencia aparentemente idílica en una solitaria casa de campo. La llegada de un hombre, que dice ser médico, modifica el estado de cosas de forma irreversible.

Tras el tropiezo que supuso Noé para su carrera, Darren Aronofsky hizo lo que no haría cualquiera: continuar en la misma línea con su siguiente trabajo, Mother!, un inclasificable drama de notorias reminiscencias bíblicas que creó una gran controversia en el momento de su estreno y volvió a demostrar que Aronofsky es uno de esos cineastas capaces de generar pasiones encontradas entre la cinefilia.

De entrada, opino que hay que agradecerle a Aronofsky su valiente y arriesgada propuesta, máxime en una época en la que lo más complejo que suele ofrecer el cine manufacturado en Hollywood es el carácter algo turbio de un tipo con superpoderes y vestido con un traje ridículo. En este momento, considero que la pretenciosidad en un director de cine es más una virtud que un defecto aunque, como es el caso, los resultados no alcancen la grandeza buscada. Porque lo que pretende Aronosfsky no es moco de pavo: explicar la historia de la humanidad, observada desde una perspectiva actual, en un film de dos horas, y tomando como punto de partida el libro más leído de todos los tiempos. Porque lo que vemos, como ya se nos ha contado más de una vez, es el Génesis: tenemos el Paraíso, tenemos al Creador, tenemos a la Madre Tierra… y tenemos una criatura defectuosa que viene a joderlo todo. Hay una misantropía muy poco disimulada en la visión del mundo que proyecta Aronofsky, lo que acredita la inteligencia de este director. Véase, por ejemplo, el contraste entre la belleza entre el propio acto de crear vida y la forma tan sucia y caótica en que finalmente ese acto tiene lugar, al margen de la agria forma en la que se nos muestra en qué se convierten esas vidas aparentemente sagradas e inocentes con el paso de los años o, por decirlo de otra manera, la amargura que se trasluce al ilustrar los efectos del “creced y multiplicaos”.

En la primera parte de la película, las alusiones bíblicas son más evidentes, por cuanto todos conocen la historia de Adán y Eva. Después de la primera catarsis, consecuencia de la tragedia de Caín y Abel, y del interludio que supone el propio acto de creación, la conclusión es clara: entre la Tierra y los hombres, el Creador ha escogido a éstos; la consecuencia de ello es el caos más absoluto, ese en el que, de una manera más o menos consciente, vivimos cada día. Aronofsky equipara la creación en sentido absoluto con la de la obra artística, pues el artista no es otra cosa que el Dios de su obra. El papel otorgado a la madre no es otro que el de la abnegación y el sacrificio, concepción que, en cierto modo, emparenta esta película con el grueso de la obra de otro cineasta tan brillante como controvertido: Lars Von Trier. Puede decirse que el Creador opera en círculos (y, por tanto, su pesar ante la destrucción de su obra se ve muy atenuada a causa de su propia capacidad de crear), y que el devenir de la Tierra y de sus millones de pequeños, salvajes, perversos, insaciables y codiciosos pobladores, se desarrolla en línea. Y esta historia está cerca del final, nos dice Aronofsky de una forma harto explícita.

El enfoque narrativo y filosófico de la película me parecen, en gran parte, muy acertados. No puedo decir lo mismo del apartado visual, que malogra más que aporta. Pienso que los primeros planos funcionan muy bien como recurso puntual, pero utilizarlos de una manera tan abusiva como hace Aronofsky, de quien ya sabemos que además es un director de cámara inquieta, incluso febril por momentos, no tarda en resultar cargante. Amigo del exceso, tal vez el director hubiera debido pensar que una historia como la que quiere contar llegaría mejor al público si se explicara con mayor sobriedad en la puesta en escena y menos tics efectistas. La no presencia de la música, una de las cosas que me impiden desear la aniquilación de toda mi especie, es una opción que respeto aunque puedo no compartir, pero la fotografía es mejorable, teniendo en cuenta que la búsqueda del impacto visual no queda precisamente en segundo plano. En cambio, el montaje sí me parece acertado, y denota una clara visión de lo que se quiere contar. La manera de contarlo es el talón de Aquiles de esta película.

Jennifer Lawrence, actriz dotada de talento y belleza pero demasiado aficionada a protagonizar bodrios, realiza aquí su mejor trabajo interpretativo hasta la fecha: el rodaje no debió de ser fácil para ella, por cuanto su papel es muy exigente, pero el resultado es muy satisfactorio. Ella es capaz de hacernos partícipes de la luz, de la perplejidad, del miedo y de la rabia que ha de mostrar su personaje, así que su trabajo merece una nota muy alta. A similares parabienes se hace acreedor un Javier Bardem que casi vocaliza mejor en inglés que en español: actor de raza, Bardem vuelve a brillar en una película de verdad como no lo había hecho en más de un lustro. Muy bien, como casi siempre, un Ed Harris en el papel de desastrado Adán, y en la misma línea una Michelle Pfeiffer a la que la cirugía ha estropeado su bello rostro. El resto de los actores apenas tiene presencia, salvo los hermanos Gleeson y una eficaz Kristen Wiig.

“El libre albedrío nos hará desaparecer”, podría ser la moraleja de Mother!, una película que no deja indiferente a nadie. En mi caso, aplaudo la propuesta y aplaudo el resultado, aunque alguien debería decirle a Aronofsky que, cuando se tiene algo interesante que contar, casi siempre funciona mejor la templanza.

JUEGO DE PATRIOTEROS

Los hay que, cegados en la búsqueda del liderazgo de la oposición de derechas, reniegan de sus orígenes, pactan bajo la mesa con elementos reaccionarios y parecen haber olvidado que las últimas elecciones generales fueron ganadas con claridad por Pedro Sánchez. Si tanto aborrecen (y razones no les faltan) al independentismo y al populismo, que hagan gala de ese sentimiento patriótico que dicen tener, y que uno no ve por ninguna parte, y faciliten la investidura de quien fue escogido por los españoles para presidir el Gobierno de la nación. Lo demás, se mire por donde se mire, es patrioterismo de baja estofa.

ROCK EN EL SUR

El motivo: ver el primer (y, posiblemente, también el último) concierto de rock de Ritchie Blackmore en España en más de treinta años. Los artífices: mis amigos (por riguroso orden de antigüedad) Sergio, Óscar y Tomás. El lugar: Fuengirola, sede de la primera edición del festival Rock The Coast. ¿Qué podía fallar? Infinidad de cosas. La mejor noticia es que Murphy se tomó el fin de semana libre y no falló ninguna.

Vuelo de ida puntual y sin sobresaltos (con Ryanair, pero qué es la vida sin riesgo), llegada a un bonito hotel con vistas a la Costa del Sol y tapeo selecto en La Carihuela Chica: sus calamarcitos a la plancha, su rosada frita o en adobo o su tortilla de camarones, un placer a precio asequible. Vuelta al hotel y… a prepararse para un encuentro con una leyenda del rock que uno ansiaba desde los años 80.

Al margen de algunas modernidades festivaleras que alargaban en exceso la entrada en el recinto, opino que el festival, ubicado en el muy estético marco del castillo de Sohail, estuvo muy bien organizado. Ahora sí, la música.

Cuando accedí, por fin, al epicentro del festival, sobre el escenario estaban Magnum, un grupo que se mantiene activo desde hace más o menos el mismo tiempo que uno lleva en el mundo. Buen ambiente, entorno privilegiado, mucho público ya a esas horas y unas canciones bien interpretadas que le transportaban a uno hasta su primera juventud, época en la que el rock duro estaba en el centro de mi existencia. Magnum no fue una de mis bandas favoritas, aunque me atrajeron algunas piezas suyas como Don t wake the lion o When the world comes down. Los años no pasan en balde, pero fue gozoso comprobar que el cantante, Bob Catley, mantiene un buen tono vocal y posee la suficiente presencia escénica como para enganchar a una audiencia variopinta. Merecidos aplausos para ellos.

A continuación, una banda a la que hacía tiempo que quería ver actuar en directo: Opeth. El propio Mikael Akerfeldt reconoció que ellos no son precisamente una banda festivalera: lo suyo es un metal progresivo, denso, con piezas extensas y texturas musicales diversas y complejas. De hecho, su actuación dio para ocho canciones, cada una de un álbum distinto. Sonaron bien, su nivel como instrumentistas es alto, y supieron ganarse a la audiencia gracias a su potencia, su talento y las alusiones a la admiración que sentían hacia la estrella de la noche, Ritchie Blackmore. Prefiero a los Opeth de Heritage y los discos posteriores, pero Deliverance, la canción con la que los escandinavos dieron por finalizado su concierto, es un temazo de esos que uno escucha una y otra vez con admiración.

Y llegó el momento más esperado, cuando aún era de día: uno de los guitarristas verdaderamente legendarios de la historia del rock iba a aparecer ante miles de espectadores interpretando muchas de las canciones que le hicieron célebre. Recinto abarrotado y pelos como escarpias, oigan. Uno ya había perdido la esperanza de poder ver en directo al genial e imprevisible Blackmore. Cuatro conciertos tenía programados este año al frente de sus reformados Rainbow, y la organización del Rock The Coast se marcó el tanto de conseguir que uno de ellos fuese en su festival.

Y el mito apareció en escena, rodeado de la habitual parafernalia, para atacar Spotlight kid ante el aullido de miles de amantes del rock. Pueden decirse muchas cosas acerca de lo que representa Ritchie Blackmore para esta música, pero voy a hacerlo recordando algunas de las canciones en las que él ha sido parte fundamental y que no sonaron en la noche costasoleña: Highway Star, Speed king, Child in time, Space truckin´, Lazy, Strange kind of woman, Catch the rainbow, Temple of the king, Still I m sad, Kill the king, Gates of Babylon, Can´t happen here, Power, Death alley driver, Anybody there, Knocking at your back door… Lo que sí sonó fue una colección de himnos irrepetibles, coreados hasta la ronquera por el público: I surrender, Mistreated, Man on the silver mountain, Black night, Difficult to cure, Since you been gone, Stargazer, All night long, Burn, Long live rock & roll y, por supuesto, Smoke on the water, que puso el colofón a una noche que todos los presentes concebimos como única. No nos engañemos: los años y la artritis han hecho mella en Blackmore, que ya no es capaz de tocar su Stratocaster al nivel que le hizo leyenda, pero verle sobre el escenario, tocando sus grandes éxitos y muy lejos de mostrar su también legendario mal carácter, es algo que recordaré siempre. Porque además fue un gran concierto, gracias a los golpes de genio del guitarrista, que eso no se pierde, al talento de Jens Johansson a los teclados y, sobre todo, a la demostración de poderío vocal de Ronnie Romero, un cantante que, sobre todo en los temas más dramáticos, como Mistreated o Stargazer, logró que todo el Rock The Coast cayera rendido a sus pies. Romero vive en España, y aseguró que fue él quien convenció a su líder de que en pocos lugares encontraría una audiencia tan entregada como en nuestro país. Gracias también por eso, Ronnie.

Metido en mi particular nube blackmoriana, apenas presté atención al concierto de The Darkness, grupo que no me entusiasma. Cuando se planteaba la retirada, apareció en escena Michael Monroe, un cantante a quien un servidor había perdido la pista allá por los primeros años 90, y unos pocos acordes nos hicieron entender que lo mejor era quedarse. El finlandés ofreció un espídico concierto, se comió el escenario, bajó en repetidas ocasiones a darse un baño de multitudes con el público situado en las primeras filas y desplegó una energía inaudita para un señor de 56 años. Guitarrazos contundentes y chulería brutal. Créanme: Michael Monroe es como una Lola Flores del metal. Ni canta, ni baila, pero hay que verlo. Joder, si hay que verlo.

La música terminó, pero uno no podía dejar la Costa del Sol sin probar los típicos espetos y boquerones que son el sello distintivo de la gastronomía malagueña. Los del chiringuito La Cepa Playa están deliciosos, puedo asegurarlo.

Así empezó un concierto verdaderamente memorable:

Los Rainbow de 1977. Nivel Dios:

EL ANILLO, PARA CANADÁ

Por primera vez, un equipo con sede fuera de los Estados Unidos es campeón de la NBA. Ese logro corresponde a los Toronto Raptors, que esta madrugada vencieron por tercera vez en el Oracle Arena de Oakland, y con esta vitoria se adjudican unas finales en las que participaban por primera vez. Cierto es que las lesiones han diezmado en gran manera al equipo que ha dominado la liga en los últimos años, los Golden State Warriors, pero el triunfo de la franquicia canadiense tiene un mérito incuestionable.

Toronto es un equipo muy bien manejado desde los despachos, que lleva años instalado en la élite, pero tenía la mala costumbre de estrellarse un año tras otro en las eliminatorias de play off. Para evitar nuevas decepciones, la franquicia contrató a un nuevo entrenador, Nick Nurse, cuya eficacia en la gestión de la plantilla y en el manejo de las situaciones de máxima presión se ha revelado como muy superior a la que podría esperarse en un debutante. Pero la verdadera clave ha estado en la pista, con la explosión del camerunés Pascal Siakam y, sobre todo, con el fichaje de un crack sobre quien se cernían muchas dudas, por su estado físico y su peculiar carácter, y que quizá sea la mayor mancha en el expediente de uno de los grandes tótems de los banquillos, Gregg Popovich. Una buena porción del anillo de Toronto le corresponde a Kawhi Leonard, una verdadera estrella del baloncesto. El fichaje a mitad de temporada de Marc Gasol, que ha aportado defensa, seriedad y un excelente entendimiento del juego, le dio a Toronto el punto competitivo que necesitaba. La aportación desde el banquillo de Serge Ibaka y Fred Van Vleet ha sido muchas veces decisiva, pero quiero dedicar un capítulo especial a Kyle Lowry, un base que arrastraba el estigma de no haber llegado a ser el jugador franquicia que muchos esperaban, pero que ha suplido sus limitaciones con un trabajo encomiable y, en muchas ocasiones, brillante. A Lowry le debemos, además, la frase de la temporada, cuando dijo que la auténtica presión es la que sentían personas como su madre y su abuela ante la necesidad de alimentar a sus hijos y nietos.

Eso sí, Toronto fue fiel a su tradición, y perdió su primer partido de play off de la temporada, contra los Orlando Magic. Pese a ello, superó esa eliminatoria sin mayores dificultades, fue capaz de vencer a los Sixers pese a estar 2-1 abajo en la serie, y conquistó su primer título de conferencia ante el mejor equipo de la fase regular, Milwaukee Bucks, remontando un 2-0 adverso. En la final, la suerte sonrió a Toronto y se ensañó con unos Warriors a quienes ha pesado mucho la falta de recambios fiables para su quinteto de la muerte. Ahí, me sobró la reacción de la hinchada canadiense ante la nueva lesión de Kevin Durant pero, aun así, brindo por el merecido título de los Toronto Raptors. Que lo disfruten.

EL CLUB

EL CLUB. 2015. 94´. Color.

Dirección: Pablo Larraín; Guión: Guillermo Calderón, Pablo Larraín y Daniel Villalobos; Dirección de fotografía: Sergio Armstrong; Montaje: Sebastián Sepúlveda; Música: Carlos Cabezas; Dirección artística: Estefanía Larraín; Producción: Juan De Dios Larraín y Pablo Larraín, para Fábula Films (Chile)

Intérpretes: Alfredo Castro (Padre Vidal); Roberto Farías (Sandokan); Antonia Zegers (Hermana Mónica); Marcelo Alonso (Padre García); Jaime Vadell (Padre Silva); Alejandro Goic (Padre Ortega); Alejandro Sieveking (Padre Ramírez); Francisco Reyes (Padre Alfonso); José Soza (Padre Lazcano); Diego Muñoz, Gonzalo Valenzuela, Catalina Pulido, Paola Lattus, Gio Fonseca.

Sinopsis: Cuatro sacerdotes viven en una solitaria casa de un remoto paraje chileno tras haber sido apartados por la Iglesia a causa de sus comportamientos pasados. La llegada de un quinto clérigo, contra el que existen acusaciones muy graves, provocará el regreso de antiguos fantasmas.

El club fue la película que afianzó la carrera internacional del cineasta chileno Pablo Larraín, gracias a la fantástica acogida que tuvo el film en la Berlinale, donde logró el Gran Premio del Jurado. El éxito de este drama duro, aunque no exento de humor negro, le abrió a Larraín las puertas del mercado estadounidense, siempre atento a las nuevas hornadas de directores a reclutar.

Lo que le propone Larraín al espectador es un viaje por el lado más terrible del alma humana, aquí representado por un grupo de siervos del Señor para quienes nunca habrá un infierno lo bastante cruel. Las personas informadas ya saben lo que van a encontrar: abusos sexuales y violaciones cuyas víctimas son siempre menores indefensos, robos de niños, apoyo activo a las torturas y los asesinatos políticos… los protagonistas cometieron esos crímenes en el pasado, y por ello la Iglesia católica, tan proclive a ocultar sus fechorías bajo la alfombra, decidió recluirles en una casa situada en mitad de ninguna parte, es decir, en las afueras de una pequeña población costera chilena. Les acompaña una monja, mitad carcelera, mitad sirvienta. Nadie les molesta: comen, beben, rezan, ven la televisión e incluso se lucran con las victorias de un galgo a quien adiestran para ganar carreras. Sin embargo, cuando un quinto desterrado llega a la casa, todo cambia, porque su presencia atrae a una presunta víctima, no precisamente discreta a la hora de airear los abusos que contra él cometió el nuevo huésped. Ocurre la tragedia, y un joven sacerdote llega al lugar para conocer las causas de lo sucedido.

No por casualidad, la película comienza con una cita del Génesis: “Y vio Dios que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas”. En adelante, sólo veremos oscuridad: la de una casa donde habita el horror, la de un cielo eternamente gris, la de unos personajes cuya teórica misión consiste en hacer penitencia, algo imposible por cuanto en su interior no anida el más mínimo atisbo de culpa. Lo más repulsivo de un film que busca provocar ese sentimiento en el público no es el cúmulo de maldades que cometieron los personajes (y que vuelven a cometer en cuanto su impunidad se ve amenazada), sino su total ausencia de arrepentimiento. Sus plegarias no son más que fórmulas vacías e hipócritas que repiten por pura inercia: son tan insinceras como inútiles.

Muchas personas han visto ecos del cine de Michael Haneke en El club, aunque la mirada de Larraín está lejos de la frialdad casi clínica que caracteriza al director austríaco. Para mi gusto, la huella más visible es la del Pasolini de Pocilga y Salò, por el estilo visual áspero y por el indiscutible espíritu de denuncia que anida en una película en la que ni uno solo de los personajes merecería esquivar el fuego eterno. Tampoco los que no forman parte del clero (los surfistas, seres superficiales, y los criadores de perros, unas bestias irreflexivas) ni, desde luego, el padre García, ese psicólogo que representa a la nueva Iglesia que nos quieren vender desde que se inició el pontificado de Bergoglio y cuyo espíritu redentor no es, en el fondo, más que cosmética: entre el castigo ejemplar y la salida a la luz de lo que ocurre, el joven sacerdote también escoge las tinieblas…

La oscuridad del conjunto está presente en el muy buñueliano sentido del humor, perceptible sobre todo en las escenas finales; también en una fotografía deliberadamente borrosa, en una música escogida para intensificar el drama e incluso, para el espectador español, en unos diálogos en ocasiones difíciles de seguir por las diferencias entre nuestra forma de hablar el castellano y la utilizada en el Cono Sur. No obstante, lo esencial se entiende a la perfección: véanse los interrogatorios que el padre García realiza por separado a cada uno de los habitantes de la casa; en ellos, encontramos la maldad en estado puro, la de unos seres virtuosos en el arte del autoengaño e incapaces de verse a sí mismos como los delincuentes que realmente son. La escena en la que uno de los curitas justifica los robos de niños en los que participó me parece inmejorable.

La labor del reparto es, en general, eficaz. En concreto, la manera en la que Antonia Zegers es capaz de mostrar la maldad que puede esconderse detrás de una sonrisa devota haría las delicias del gran Christopher Hitchens, uno de los pocos seres que supo hallar la verdadera naturaleza de cierto demonio albanés. Los trabajos de Alejandro Goic y Alfredo Castro me parecen igualmente destacables, estando el resto de intérpretes un escalón por debajo de los mencionados.

El club no es, ni por asomo, una película fácil de ver. Por lo que cuenta, y por lo que deja a la imaginación del espectador. Con todo, me parece una excelente obra cinematográfica, intensa, claustrofóbica, enérgica, cruda y con voluntad de estilo. De altos vuelos.

LA PARADOJA DE LA MEMORIA

Lo dijo Lord Byron, hombre de vida breve e intensa:

“EL RECUERDO DE LA DICHA YA NO ES DICHA, PERO EL RECUERDO DEL DOLOR TODAVÍA ES DOLOR”..

SUSPIRIA

SUSPIRIA. 1977. 93´. Color.

Dirección: Dario Argento; Guión: Dario Argento y Daria Nicolodi; Director de fotografía: Luciano Tovoli;  Montaje: Franco Fraticelli; Música: I Goblin, Dario Argento; Diseño de producción: Giuseppe Bassan; Producción: Claudio Argento, para Seda Spettacoli (Italia).

Intérpretes: Jessica Harper (Susy Benner); Stefania Casini (Sara); Flavio Bucci (Daniel); Miguel Bosé (Mark); Joan Bennett (Madame Blanc); Alida Valli (Miss Tanner); Udo Kier (Dr. Frank Mandel); Barbara Magnolfi (Olga); Susanna Javicoli, Rudolf Schündler, Eva Axén, Margherita Horowitz, Renato Scarpa, Renata Zamengo.

Sinopsis: Una bailarina estadounidense llega a una prestigiosa academia alemana la noche en que una de las alumnas es asesinada.

El nombre de Dario Argento es uno de los más importantes del cine de terror italiano. Heredero de los primeros maestros del giallo, como Mario Bava, Argento modernizó el subgénero, le dio vocación internacional y lo fue acercando al slasher, dotándolo además de un barroquismo visual marca de la casa. Por todo ello, el director romano goza de gran prestigio entre ciertos sectores de la cinefilia, aunque existe consenso al afirmar que sus primeras obras son de mayor calidad que las que le sucedieron. Suspiria pertenece a esa primera etapa, y fue rodada justo a continuación de la que tal vez sea la mejor película de Argento, Rojo oscuro.

Inspirada en una narración de Thomas de Quincey, la película es una especie de versión macabra de Alicia en el país de las maravillas en la que la protagonista, Susy Benner, una joven bailarina norteamericana llegada a la Selva Negra, se ve sumida en un entorno pesadillesco nada más aterrizar en el aeropuerto de Friburgo. Allí, la reciben una fenomenal tormenta, un taxista de lo más hosco y una voz que desde el interfono le veda el acceso a la academia en la que ha de continuar sus estudios. La joven se ve obligada a volver sobre sus pasos, no sin antes ver a una joven abandonar el edificio en estado de shock y deambular por los bosques cercanos mascullando palabras sin sentido. A la mañana siguiente, Susy es informada de que esa joven fue brutalmente asesinada, y se ve inmersa en su propio mal sueño.

Hay dos aspectos fundamentales a reseñar en Suspiria: su endeblez narrativa y su notable eficacia como espectáculo de terror. El guión es flojo, se mire por donde se mire: que todo sea una gigantesca pesadilla no justifica los diálogos pobres o la ausencia de lógica de las situaciones planteadas. Argento, también guionista del film junto a Daria Nicolodi, juega a acumular elementos clásicos en el cine de terror (brujería, mansión encantada, asesinos muy diestros en el manejo del cuchillo jamonero y hasta muertos vivientes), pero no logra darle una mínima coherencia al conjunto, que en algunas escenas funciona muy bien como hecho aislado, sin que jamás llegue a hacerlo como un todo. Los secundarios aparecen y desaparecen sin atender a una lógica, y el desenlace de la trama, que me parece brillante en un film que pierde fuelle en su parte central (la escena en la que Susy habla con los psiquiatras en el Palacio de Congresos es aburrida, un verdadero anticlímax), no deja de estar sostenido con alfileres.

Dicho lo cual, Suspiria me parece un gran guiñol terrorífico muy logrado, colorista y bizarro, en el que todos los elementos (escenografía, encuadres, efectos de sonido, la recurrente melodía de I Goblin…) se conjuntan con el único objetivo posible, el de provocar miedo en el espectador. Argento es un cineasta efectista, rasgo más que evidente desde sus primeras obras, pero en las más certeras, y ésta lo es, también sabe ser efectivo. La atmósfera fantasmagórica, esa delirante pesadilla que es la película entera desde que Susy sale del aeropuerto en la escena inicial, no sólo redime buena parte de las deficiencias narrativas, sino que, por momentos, las sublima. Se nota que a Argento le interesa más la sangre que el ballet, lo mismo que los encuadres rebuscados más que lo meramente funcional, y su gusto por el exceso se agradece, en especial cuando la película se desata y Susy recorre los alucinantes (y alucinógenos) corredores ocultos del castillo. La trama puede no tener sentido, pero el disfrute visual, en particular para los cinéfilos amantes del barroquismo, es importante.

En el internacional reparto, de todo hay. Jessica Harper, que por entonces se hallaba en el momento álgido de su guadianesca carrera, contribuye al conjunto poniendo una cara de miedo permanente, como si se tratara de una Judy Garland metida en el cerebro de Mr. Hyde. Bien, pero echo en falta más matices. Stefania Casini, actriz cuyo talento brilla más en otros contextos, también aprueba, cosa que no podemos decir de un Miguel Bosé, etapa Don Diablo, que hyace gala de unas dotes interpretativas más bien escasas. Lo mejor son dos veteranas, una Joan Bennett rescatada de su retiro y muy siniestra, y la siempre carismática Alida Valli, aquí metida en la piel de un muy germánico personaje.

Suspiria es un compendio de las virtudes y defectos de Dario Argento como cineasta. Eso sí, gana las primeras. Como mal sueño de hora y media, la película no defrauda.

COMPÁS DE ESPERA

Uno hubiese preferido los de Zamora, pero la verdad es que los resultados de las elecciones municipales en la que todavía es mi ciudad, Barcelona, prometen diversión durante un tiempo, o más bien durante toda la legislatura. Mi opinión al respecto es que el candidato más votado, Ernest Maragall, un socialista de toda la vida, que lleva la palabra establishment grabada en la frente y que se ha metido a indepe a una edad en la que uno está mejor mirando obras, no debería ser alcalde. Primero, porque alguien de su edad lo que debería hacer es dejar las altas responsabilidades en manos de los más jóvenes en lugar de quererlas para él, y también porque su objetivo es supeditar las políticas de ciudad a un independentismo que, la aritmética no miente, suma 15 de los 41 concejales del consistorio. Pero pasemos a los hechos.

El pacto ERC-Barcelona en Comú estaba más que cocinadito antes de las elecciones, pero después de ellas han sucedido algunas cosas importantes que alteran el mapa: para empezar, que la suma de ambas fuerzas no otorga la mayoría absoluta; pero la circunstancia que considero más relevante es que Ada Colau tiene la perentoria necesidad de seguir siendo alcaldesa de Barcelona, visto el derrumbe electoral de su marca política, que en toda Cataluña ha perdido más de un centenar de regidores (aproximadamente, un tercio de los que tenía) y ha sufrido una derrota incontestable a manos socialistas en toda el área metropolitana. Retener la alcaldía de la capital se perfila como el imprescindible dique para evitar una desbandada que, en otro caso, puede ser de grandes proporciones. Colau propone un tripartito progresista a todas luces inviable, pues sus dos posibles socios se excluyen entre sí. ERC, por su parte, propone un pacto con los comunes que incluya a lo que queda de Convergència, formación política en caída libre que ya dejó su habitual rastro de corrupción e ineptitud en su etapa al frente del Ayuntamiento. Por prudencia elemental, los comunes no quieren oír hablar de esa entente. Lo lógico, si se trata de formar un gobierno efectivo, sería descartar los tripartitos, y ahí Colau tiene las de ganar, pues un pacto con el PSC le garantiza unos 18 votos (aunque para ser proclamada alcaldesa tendría que contar con los que ha ofrecido, teóricamente sin condiciones, Manuel Valls, aunque su apoyo sea difícil de asumir por su destinataria) que Ernest Maragall no podría alcanzar, salvo pactando con los comunes y excluyendo del gobierno municipal a la otra fuerza independentista que ha conseguido representación. Veremos en qué queda el espectáculo, pero el aburrimiento está excluido de la ecuación.

EL OJO PÚBLICO

THE PUBLIC EYE. 1992. 98´. Color.

Dirección: Howard Franklin; Guión: Howard Franklin; Director de fotografía: Peter Suschitzky;  Montaje: Evan Lottman; Música: Mark Isham; Diseño de producción: Marcia Hinds; Dirección artística: Bo Johnson y Dina Lipton; Producción: Sue Baden-Powell, para Universal Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Joe Pesci (Leon Bernstein); Barbara Hershey (Kay Levitz); Stanley Tucci (Sal); Jerry Adler (Arthur Nabler); Dominic Chianese (Spoleto); Richard Foronjy (Frank Farinelli); Jared Harris (Danny, el portero); Richard Riehle, Gerry Becker, Bob Gunton, Peter Maloney, Patricia Healy, Toni Fleming.

Sinopsis: El más conocido fotógrafo de sucesos de Nueva York se ve involucrado en un caso de corrupción en el que la Cosa Nostra juega un papel protagonista.

Aunque probablemente será recordado por haber escrito la adaptación cinematográfica de El nombre de la rosa, Howard Franklin puede presumir de haber dirigido una de esas películas que justifican toda una carrera. Se trata de El ojo público, film retro que se inspira en las andanzas de Weegee, un famoso fotógrafo neoyorquino, que tuvo un discreto éxito en el momento de su estreno y que está lejos de poseer el prestigio que merece.

Franklin nos traslada al Nueva York de los primeros años 40, por lo que es fácil deducir que estamos ante un homenaje al cine negro clásico, pero también ante una revisión del mismo. El hecho de que el protagonista de la película sea un fotógrafo cuya especialidad era retratar a los residentes de los barrios bajos, y cuya mayor habilidad consistía en llegar al lugar del crimen antes incluso que la policía (para ello había interceptado la frecuencia de radio utilizada por los agentes en sus comunicaciones) hace que, además del glamour que uno espera encontrar en este tipo de películas, centrado en el célebre Café Society, nos topemos también con lo más sórdido de las entrañas de una gran ciudad. Con frecuencia se nos muestra lo desubicado que se encuentra Bernstein, un tipo cuyo hábitat natural son los bajos fondos, cuando ha de interactuar con personas que están mucho más arriba que él, un tipo que sí, lleva gabardina, pero es bajito, poco agraciado, vive en un cuchitril y fuma puros baratos, en la pirámide social. Por ejemplo, su lugar de acceso al Café Society es, hasta que la dueña del local no dice lo contrario, la puerta de servicio…

Franklin crea un fantástico protagonista, con una personalidad llena de matices en la que su nobleza se resalta tanto como sus miserias. Por un lado, Bernstein es un tipo carente de ética, capaz de cualquier cosa con tal de conseguir la mejor fotografía; por otro, es un hombre entregado a su profesión, sin apenas vida personal (mucho menos, sentimental, circunstancia que sobrelleva con íntimo dolor), que tiene alma de artista y demuestra, con su cámara, su capacidad para extraer poesía de la sordidez. Esa poesía, que Bernstein ha plasmado en un libro, es rechazada por las editoriales serias por demasiado vulgar.

No obstante, ocurre con frecuencia que los seres superiores deben recurrir a quienes no tienen reparos en meterse en el fango para que les solucionen sus problemas. Eso es lo que le sucede a Kay, la dueña del Café Society, quien, acosada por la Mafia a causa de unos negocios turbios que enriquecieron a su difunto marido, piensa en Bernstein para que la saque del atolladero. El fotógrafo es la persona idónea: conoce como nadie lo que se cuece bajo las alfombras de la Gran Manzana, posee excelentes contactos tanto en la policía como en la Mafia y, naturalmente, se enamorará de una mujer que es la encarnación de lo que siempre deseó. Ellos son la Bella y la Bestia (o Quasimodo y Esmeralda la Zíngara, en palabras de quienes asisten como espectadores a su peculiar relación), pero también son dos seres fuera de lugar que no pueden ser otra cosa que lo que son, y defenderlo a cualquier precio. Esto salta a la vista en la bella escena en la que Kay sigue a Bernstein bajo la lluvia y, desde la entrada de un lúgubre callejón, ve cómo ese hombre que la socorre cual caballero andante hace gala de una absoluta carencia de escrúpulos cuando se trata de obtener la mejor fotografía. En ese momento, Kay obtiene la coartada moral que necesita para no dar el definitivo paso en falso que la devolvería al lodo del que salió.

Al igual que sucede con la narrativa, a la puesta en escena me es difícil encontrarle defectos. El vestuario, los decorados, el montaje o la delicadeza con la que Franklin mueve la cámara desde el mismo prólogo, en el que se nos enseñan las fotos de Bernstein, son dignos de elogio, aunque los mayores deben reservarse a la fotografía de Peter Suschitzky (sublime el modo de alternar color y blanco y negro) y a la envolvente música de Mark Isham. El tono retro no se queda en el simple pastiche, sino que muestra personalidad: conforme al temperamento de su protagonista, no hay recato a la hora de retratar la violencia.

Otro detalle nada nimio: aquí encontramos la mejor interpretación en la carrera de Joe Pesci, un actor encasillado en papeles de mafioso y muy dado a la sobreactuación que aquí está sencillamente perfecto. La réplica que le da Barbara Hershey, una bella y talentosa actriz, no le va a la zaga. La excelencia se extiende a unos secundarios de peso, como Stanley Tucci, Jerry Adler o un Dominic Chianese que anticipa todo ese encanto que desplegará en Los Soprano.

Poco más hay que decir de una de las grandes joyas ocultas del cine norteamericano de finales del siglo XX. Realista, poética, violenta y sensible, El ojo público es una de esas películas que conviene revisitar con cierta frecuencia, pues su visionado supone una gozosa experiencia cinematográfica.

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