BEGIN AGAIN

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BEGIN AGAIN. 2013. 107´. Color.

Dirección: John Carney; Guión: John Carney; Director de fotografía: Yaron Orbach;  Montaje: Andrew Marcus; Diseño de producción: Chad Keith; Música: Gregg Alexander; Dirección artística: Anne Allen Goelz; Producción: Anthony Bregman, Judd Apatow, Tobin Armbrust, Lauren Selig, Ian Watermeier y Shira Rockowitz, para Exclusive Media Group-Sycamore Pictures – Apatow Productions-Likely Story (EE.UU.).

Intérpretes: Keira Knightley (Gretta); Mark Ruffalo (Dan); Adam Levine (Dave); Hailee Steinfeld (Violet); James Corden (Steve); Catherine Keener (Miriam); Yasiin Bey (Saul); Ian Brodsky (Malcolm); Shannon Maree Walsh (Rachel); CeeLo Green (Troublegum); Rob Morrow, Jennifer Li, Harvey Morris, Terry Lewis, Aya Cash.

Sinopsis: Un productor en caída libre y una joven cantautora que acaba de sufrir una dolorosa ruptura sentimental se encuentran y deciden emprender un proyecto musical en la ciudad de Nueva York.

Con Begin again, el director John Carney consiguió su película de mayor repercusión hasta la fecha. Al igual que sucedía en Once, para muchos el mejor de sus largometrajes, la música ocupa un lugar central en la trama de Begin again, una comedia de espíritu indie, aunque protagonizada por estrellas, que funcionó bien en taquilla y obtuvo críticas favorables tanto en Norteamérica como en el resto del mundo.

Lo indie y lo mainstream se dan la mano en Begin again, una película conservadora en el fondo y transgresora en la superficie que se ve con agrado pero no llega a desgarrar. Lo mejor, según mi parecer, es la pasión por la música (la mejor droga del mundo, posiblemente) que desprende todo el conjunto. El tópico americano de la redención después de la caída se presenta de un modo que considero demasiado amable, descubriéndose la vocación de film para mayorías que realmente posee la obra de Carney, pero a veces no sienta mal un poco de buen rollo, incluso para los que sabemos que detrás de él casi siempre hay humo. Aquí, un talentoso productor en horas muy bajas y una joven cantautora que acaba de romper con su novio, un músico que va camino del éxito, se encuentran por casualidad en un garito nocturno y conectan por amor a su arte y por pura necesidad: él ve en ella la oportunidad de demostrar que no ha perdido el olfato para detectar el talento, y la muchacha comprende que el productor (cada vez que escribo esta palabra me viene a la mente la canción de Martirio) es capaz de llevar su música a otra dimensión, tanto en lo artístico como en lo comercial. La forma de registrar el proyecto es original, pues se opta por grabar las canciones al aire libre, en diferentes lugares de Nueva York, haciendo que el ruido de la ciudad actúe como telón de fondo para las composiciones de Gretta. Hasta aquí, bien. La forma de reflejar los vaivenes sentimentales de productor y cantante no está, ni mucho menos, exenta de clichés, aunque se agradece que se evite el mayor de todos ellos. Pese a lo anterior, en esta parte fundamental el guión es tópico y termina por ser blando. No ocurre lo mismo con la forma en la que se muestra el funcionamiento del negocio discográfico, genial invento en el que unos tipos listos, de costumbres tirando a mafiosas, explotan el talento ajeno y viven de maravilla a costa de él. Ahí la película es incisiva, con lo que consigue exponer el eterno conflicto arte-negocio de una forma en la que la buscada rebeldía no cae en el postureo snob.

No es necesario recalcar que, en una película que gira alrededor de la música, las canciones originales tienen una gran importancia. Algunos de los temas compuestos por Gregg Alexander son buenos, pero no me llegan a entusiasmar. De hecho, el mejor momento musical de la película sucede cuando Dan y Gretta intercambian sus listas de canciones (ahí Carney acierta de lleno: hay pocas maneras mejores de conocer a una persona que descubriendo cuál es su música favorita), y recorren Nueva York escuchando a Sinatra cantar Luck be a lady, para acabar bailando al son de For once in my life, de Stevie Wonder. Palabras mayores.

No me parece que la dirección de actores sea la mejor posible: creo que Mark Ruffalo es un buen intérprete, pero en Begin again lo encuentro más desatado de lo que debería. Casi siempre, la sobriedad es un valor añadido, incluso si la naturaleza de los personajes te lleva por otro camino, y esto también podría aplicarse a una Keira Knightley cuyos mohínes me llegan a veces a cargar, cosa que no me había ocurrido al ver sus trabajos anteriores. Una actriz notable como Catherine Keener debe de lamentar que su personaje sea un puro estereotipo, y tampoco la labor de Adam Levine o de la joven Hailee Steinfeld llega al notable. En mi opinión, el único actor del reparto que merece esa calificación es James Corden.

Begin again es una película agradable, lo que dicho por mí es un elogio sólo hasta cierto punto, pues significa “obra resultona que no llega a conmover”. Y que eso le ocurra a un apasionado de la música revela ciertas inconsistencias, que impiden una recomendación entusiasta que, de otra forma, sería el final más lógico para esta reseña.

 

EL HIJO DE SAÚL

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SAUL FIA. 2015. 107´. Color.

Dirección: Laszlo Nemes; Guión: Clara Royer y Laszlo Nemes; Dirección de fotografía: Matyas Erdely;  Montaje: Mathieu Taponier; Diseño de producción: Laszlo Rajk; Música: Laszlo Melis; Producción: Gabor Rajna y Gabor Sipos, para Laokoon Film Group (Hungría).

Intérpretes: Geza Röhrig (Saul Ausländer); Levente Molnar (Abraham); Urs Rechn (Biederman); Todd Charmont (Prisionero barbudo); Jerzy Walczak (Rabino Frankel); Sandor Szoter (Dr. Nyiszli); Amitai Kedar (Hirsch); Juli Jakab (Ella); Marcin Czarnik, Kamil Dobrowolski, Uwe Lauer, Christian Harting, Mihaly Kormos, Gergo Farkas, Tamas Polgar.

Sinopsis: Saúl está preso en un campo de exterminio alemán. Pertenece a un colectivo de presos utilizados por los nazis para trabajar, y reconoce como su hijo a un muchacho que sobrevivió a las cámaras de gas para morir poco después. Decide buscar a un rabino para darle al chico un entierro digno.

El húngaro Laszlo Nemes se dio a conocer en el cine como discípulo de Béla Tarr, director asiduo a los festivales cuyo cine oscila entre lo atractivo y lo cargante. El hijo de Saúl es el primero largometraje de Nemes, y tuvo el mérito de devolver a Hungría al primer plano del panorama cinematográfico internacional con un film que reúne diversos méritos y fue recompensado con un buen número de premios en distintos certámenes.

La principal virtud, y a la vez el mayor defecto, de El hijo de Saúl es su apuesta estética, consistente en ofrecer un punto de vista absolutamente subjetivo. La cámara sigue en todo momento al protagonista (que el primer plano de la película esté desenfocado ya es toda una declaración de intenciones), con lo que se consigue que el espectador sienta la experiencia de vivir en los campos de exterminio alemanes en la Segunda Guerra Mundial y que el film se diferencie de la infinidad de títulos que, desde diversos prismas, han abordado el tema del Holocausto. La invasiva posición de la cámara y su continuo movimiento pueden resultar molestas para el espectador en algunos momentos, pero esto se compensa con un enfoque que rehuye el sentimentalismo y apuesta por la frialdad: lo que se describe es lo suficientemente duro como para que el director tenga que recurrir a trucos sensibleros, y le agradezco sinceramente que no lo haga. Ni siquiera se afirma que el muchacho al que Saúl quiere enterrar dignamente, pese a que ello le suponga poner en riesgo su propia vida y la de muchos otros prisioneros (“ya estamos muertos” dice cuando uno de ellos se lo recrimina) sea su propio hijo: su empecinamiento puede deberse a una fijación por hacer algo puro y noble en mitad del horror antes de que éste le arrastre hacia la muerte a manos de unos individuos que ejemplificaron como nadie lo peor de la naturaleza humana.

Pìenso que la película es mejor en el plano estético que en el narrativo, pese a la fuerza de algunas escenas (la ópera prima de Laszlo Nemes muestra cómo se utilizaron las cámaras de gas para el exterminio masivo -que lo fue tanto, que éstas no daban abasto- , así como el miserable trato -chanzas racistas incluidas- que los alemanes daban a los judíos), y a que el film nos enseñe, de un modo que linda con el humor más negro, que dentro de su horrible existencia, el protagonista es un privilegiado en la jerarquía de los campos, pues pertenece a un colectivo de trabajadores, elegidos por los alemanes para desempeñar las labores más duras, y esa pertenencia le permite mantenerse con vida, en contra de lo que le sucedía a la mayor parte de los prisioneros de su pueblo, que eran gaseados nada más llegar a lugares tristemente célebres como Auschwitz, Treblinka o Sobibor, y lanzarse a una cruzada personal, insignificante para todo el mundo (por momentos, también para el espectador, lo que denota cierta incapacidad narrativa para implicar del todo a la audiencia en los aspectos más puramente individuales de la trama), que quizá sólo busque ser una ráfaga de luz en la oscuridad más absoluta. El empleo que se hace de los difuminados me parece excelente, y en general las cuestiones técnicas están muy logradas, lo que prueba que Laszlo Nemes tomó buenas lecciones de su maestro.

Respecto a los actores, casi es obligado referirnos a uno solo, pues Geza Röhrig nos acompaña a lo largo de todo el metraje, y su mirada es la nuestra. Este actor, totalmente desconocido para mí, basa su trabajo en el laconismo más absoluto, pero logra transmitir la ciega convicción de su personaje de una forma que a veces el guión no consigue por sí solo. En general, la labor de los intérpretes es más que correcta, destacando el estoicismo de Sandor Szoter, la nobleza primaria de Urs Rechn… y que los actores que encarnan a los soldados y oficiales alemanes (nota alta para Christian Harting) son tan repugnantes como lo fueron las personas reales en las que se inspiran.

El hijo de Saúl no es otra película sobre el Holocausto, sino una cautivadora obra de ficción que retrata unos hechos que aún hoy, por todas partes, seres mononeuronales (no pocos de ellos, para más inri, se las dan de progresistas) intentan relativizar y trivializar. Estamos ante uno de esos films imprescindibles, por lo que cuentan y por cómo lo hacen, que deberían ser objeto de análisis en institutos y universidades.

LA BROMA MACABRA DEL TIEMPO

Schiller, el famoso poeta alemán, demuestra una vez más que el sarcasmo es una magnífica medicina:

“LA DIVERSIÓN ES COMO UN SEGURO: CUANTO MÁS VIEJO ERES, MÁS TE CUESTA”.

STEVE MCQUEEN: THE MAN & LE MANS

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STEVE MCQUEEN. THE MAN & LE MANS. 2015. 102´. Color.

Dirección: Gabriel Clarke y John McKenna; Guión: Gabriel Clarke; Dirección de fotografía: Matt Smith;  Montaje: Matt Wyllie; Música: James Copperthwaite; Producción: Gabriel Clarke y John McKenna, para Content Media-McQueen Racing-Pit Lane Productions (Reino Unido-EE.UU.).

Intérpretes:  Steve McQueen, Neile Adams, Chad McQueen, John Sturges, Siegfried Rauch, Louise Edlind, Alan Trustman, Mario Iscovich, Bob Rosen, Robert E. Relyea, David Piper, Derek Bell, Peter Samuelson, Craig Relyea, Jonathan Williams, Les Sheldon.

Sinopsis: Crónica de la producción de la película Las 24 horas de Le Mans, con la que el actor Steve McQueen pretendió rodar el film definitivo sobre las competiciones automovilísticas.

Es harto conocida la pasión que sentía el actor Steve McQueen por las carreras automovilísticas. Por ello, lo primero que hizo cuando adquirió la consideración de superestrella fue fundar su propia productora y plantearse realizar la película definitiva sobre el automovilismo de velocidad, centrada en las míticas 24 horas de Le Mans. El proyecto fue, desde distintos puntos de vista, un fracaso, que más de cuatro décadas después fue revisado con pulcritud por el equipo de documentalistas que forman los británicos Gabriel Clarke y John McKenna.

Steve McQueen: The man & Le Mans es un producto formalmente intachable cuyas carencias afloran en cuestiones de enfoque: por un lado, el film sufre porque oscila demasiado entre el homenaje a la estrella que fracasó en su proyecto más querido y las inevitables alusiones al lado oscuro de McQueen, que no era precisamente insignificante. El actor se propuso hacer una película que captara la pasión que el sentía por las carreras de coches, y en su obcecación de divo endiosado perjudicó a todos aquellos a quienes, de una u otra forma, involucró en su proyecto. McQueen podía ser un tipo encantador y, a la vez, alguien insensible y cruel: nadie salió bien parado de su aventura, empezando por él mismo. En el documental, se compara a la estrella con Ícaro, y el símil me parece afortunado.  Ambos creyeron en su infalibilidad, pero sólo eran hombres. La película acabó siendo un costoso fiasco, que gustó mucho más a los fanáticos de las carreras que a los cinéfilos y que es, en todo caso, inferior a Grand Prix, el film al que pretendía enviar al olvido. Ello fue, en buena parte, debido a las erróneas decisiones de su artífice, que hizo un desembarco hollywoodiense en la tranquila villa de Le Mans, ordenó que el equipo filmara un sinfín de imágenes de la carrera (en la que, presionado por las compañías de seguros, no pudo participar, como era su deseo) sin que hubiera algo ni siquiera parecido a un guión con cara y ojos, e incluso hizo que se ocultara al público (y a la que entonces era todavía su esposa, Neile Adams) un accidente provocado por él y que pudo haberle costado la vida a su acompañante, la actriz sueca Louise Edlind. Las maneras dictatoriales de la estrella le enfrentaron al director y al guionista responsables de sus mayores éxitos, John Sturges y Alan Trustman, que abandonaron la película en mitad del rodaje, y provocaron que Cinema Center, la compañía que había contratado a la productora de Steve McQueen para hacer la película, tomara el control y obligara a éste a ejercer únicamente como actor. La estrella se tomó esto como una humillación, y se sintió traicionado por Robert Relyea, su mano derecha en la productora, con quien también rompió. El matrimonio del actor no duró mucho más. No está mal para una sola película. ¿O sí? David Piper, uno de los pilotos profesionales que intervinieron en la película, perdió una pierna a causa de un accidente ocurrido durante el rodaje. Lo peor de todo es que el resultado artístico no justificó en modo alguno tanta megalomanía.

El error de Clarke y McKenna, cuya labor técnica es excelente, es el de jugar a dos bandas y, en ocasiones, perderse en rodeos innecesarios. Se nota para mal que Chad McQueen, primogénito del actor, es uno de los productores ejecutivos de la película, pues en ella abundan los intentos de justificar lo injustificable (por ejemplo, que David Piper no recibiera compensación alguna por su accidente). Muchas veces, ser auténtico y amable es imposible, y la película peca de eso. La intención de que Steve McQueen dé algo de pena al espectador es demasiado evidente a lo largo del metraje, y no acaba de conseguirse. Sí son, en cambio, muy destacables las imágenes del rodaje de las 24 horas de Le Mans, así como la recuperación de distintos audios de su protagonista. En esto, y en su aspecto formal, sí estamos ante un documental de primera fila, que pierde algo de su encanto por sus mal disimuladas pretensiones hagiográficas. Steve McQueen: The man & Le Mans es mucho mejor cuando, cotilleos al margen, nos permite entrever la verdad.

DEFINICIÓN DE LA MÁS PELIGROSA DE LAS PESADECES

La dio, en mitad del convulso siglo XX, un auténtico experto en crear frases memorables, Winston Churchill:

“UN FANÁTICO ES ALGUIEN QUE NO PUEDE CAMBIAR DE OPINIÓN Y NO QUIERE CAMBIAR DE TEMA”.

EL CÓDIGO DE JUSTINIANO

He aquí un artículo, publicado ayer en El País, que quizá contenga la mayor suma de verdades que he leído en bastante tiempo. Justiniano Martínez Medina, un hombre de principios ante el que me quito el sombrero:

“GRACIAS, PACO

El pasado 29 de octubre, en la manifestación convocada en Barcelona, Paco Frutos dio voz a la izquierda antiindependentista; gracias, Paco.

Gracias, Paco, por recordar que las instituciones catalanas democráticas no fueron producto de apaño como dicen el vocero de la mentira populista o el barato independentismo.

Pero mi historia viene de antiguo. Fui guerrillero, pasaba la muga con las planchas del prohibido Mundo Obrero a mis espaldas, fui responsable del PCE de Murcia en la clandestinidad, fui detenido, fui torturado, como atestiguan mis vértebras, cumplí seis años de cárcel, grité amnistía, perdoné a mi torturador. No me hablen de libertades quienes solo las han disfrutado.

No importa, me llaman fascista. Pero el fascismo mata, el franquismo mataba, que lo sepan esos miserables que al mentir, insultan la memoria de nuestros muertos y muertas. Gracias, Paco, por recordar a catalanes y catalanas la voz del estimado PSUC, partido nacional que no nacionalista, la voz de la izquierda comprometida con su clase.

Fui secretario general del PCE en Madrid, hasta que mi salud me lo permitió, miembro de su Comité Central. Partido de militancia y no grupúsculo, como el que hoy usurpa la sigla, convertido en un sindicato amarillo de intereses personales.

No dude nadie, gracias Paco por recordarlo, que el nacionalismo grande o pequeño es una traición a la clase obrera. Fui secretario de la Construcción de las Comisiones Obreras de Cataluña; y algunos pijos me llaman burgués y fascista, mientras asisten a huelgas pagadas por patrones y gobiernos.

Necesitamos que se recuerden las voces, la historia y la verdad porque necesitamos que nuestros nietos no compren las revoluciones en las redes sociales o las pistas cubiertas, necesitamos que se recuerden las huelgas de semanas, las cajas de resistencia, los salarios no cobrados. Hoy se hacen huchas para los responsables del “tres per cent”, no para ningún trabajador en huelga

Gracias Paco por recordar que la democracia no se conquistaba huyendo ni comiendo butifarras en las plazas, sino conquistando las plazas.

Nos lo explicó a ambos Manuel Vázquez Montalbán: nuestro propósito es la palabra libre en la ciudad libre. Gracias Paco por recordarnos que no debemos permitir que, en nombre de la libertad, se niegue la posibilidad de un proyecto solidario para España.

Gracias, Paco, por recordar la bandera de la izquierda que no le baila el agua al independentismo, sino que es capaz de crear un proyecto autónomo.

Me llamo Justiniano Martínez. Y yo sí fui preso político”.

AL LÍMITE

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BRINGING OUT THE DEAD. 1999. 123´. Color. 

Dirección: Martin Scorsese; Guión: Paul Schrader, basado en la novela de Joe Connelly; Director de fotografía: Robert Richardson;  Montaje: Thelma Schoonmaker; Música: Elmer Bernstein; Diseño de producción: Dante Ferretti; Dirección artística: Robert Guerra; Producción: Scott Rudin y Barbara De Fina, para De Fina/Cappa- Touchstone Pictures-Paramount Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Nicolas Cage (Frank Pierce); Patricia Arquette (Mary Baker); John Goodman (Larry); Ving Rhames (Marcus); Tom Sizemore (Tom Wolls); Marc Anthony (Noel); Mary Beth Hurt (Enfermera Constance); Cliff Curtis (Cy Coates); Néstor Serrano (Dr. Hazmat); Aida Turturro (Enfermera Crupp); Sonja Sohn (Kanita); Cynthia Roman (Rose); Afemo Omilami (Criss); Cullen Oliver Johnson (Mr. Burke); Arthur Nascarella, Martin Scorsese, Queen Latifah, Julyana Soelistyo, Phyllis Somerville, Larry Fessenden, John Heffernan, Charlene Hunter.

Sinopsis: Frank es conductor de ambulancias, y trabaja de noche en uno de los barrios más deprimidos de Nueva York. Su rutina diaria le lleva a convivir constantemente con la muerte, lo que le lleva a una crisis por llevar varios meses seguidos intentando salvar a personas que luego no consiguen sobrevivir.

Para reponerse del fracaso comercial y artístico que supuso Kundun, Martin Scorsese regresó a sus orígenes con Al límite, una película que en muchísimos aspectos remite a una de las obras mayores del director neoyorquino, Taxi driver. Como sucedía en aquel mítico film, en Al límite nos encontramos con un ser humano que cada noche, al volante (en este caso, de una ambulancia), se enfrenta cara a cara con lo más degradado de la existencia urbana mientras trata de encontrar su propia redención.  El Nueva York más decadente, un conductor que busca una salida noche tras noche, el guión de Paul Schrader… no obstante, las similitudes con Taxi driver no hicieron que Al límite repitiera el éxito de su predecesora. De hecho, no pocos cinéfilos (entre quienes me incluyo) la consideran una de las películas más injustamente minusvaloradas de la trayectoria de Scorsese.

En pocos oficios se necesita tanto estómago como en el de conductor de ambulancias. A Frank Pierce le gustaba ese trabajo pero, después de unos meses de mala racha, en los que todas las personas que recoge acaban muriéndose, sus demonios empiezan a aparecer en forma de hastío, insomnio y whisky, o con el rostro de Rose, una joven sin techo a la que no consiguió, quizá por impericia, rescatar de la muerte. En mitad de su naufragio, del frenético ir y venir por calles abandonadas a su suerte de cada noche, Frank encuentra en Mary Burke, la hija de un paciente en coma, la posibilidad de redención que tanto ansía, porque él es un hombre solo, perdido, del todo superado por el choque entre la visión diaria de lo más trágico de la existencia y lo poco que un solo hombre puede hacer para ponerle remedio. Frank patrulla casi siempre en el barrio en el que creció, atiborrado de putas, adictos a drogas cada vez más destructivas, personas sin hogar, locos, alcohólicos e individuos que reúnen varias de las características mencionadas. El tipo de atención médica a la que estos seres olvidados pueden acceder es fácil de imaginar: auténticos hospitales de campaña, escasos de personal y de medios técnicos, en los que uno puede pasarse horas desangrándose en el pasillo sin que nadie le atienda. Que es a lo que vamos por aquí, todo hay que decirlo. Quienes trabajan en mitad de ese caos lo sobrellevan como pueden, cada cual a su manera, ya sea marcando distancias entre ellos y su entorno, buscando cobijo en la religión, sumergiéndose con entusiasmo en la locura o, como hace Frank, intentando aportar luz a la negrura que le rodea.

Al límite es a la vez adrenalínica y reflexiva, con diversas incursiones en el humor negro que uno agradece porque, nos pongamos como nos pongamos, la vida es tragicómica. Schrader recupera esa inspiración que por momentos parecía perdida y crea un libreto en el que no falta ni sobra nada: los personajes están muy bien definidos, se expresan con esa ingeniosa naturalidad que sólo existe en las películas de alto nivel e incluso la voz en off del protagonista es más enriquecedora que redundante. Se retrata a la perfección el contraste entre el frenetismo de la velocidad, las sirenas y los primeros auxilios con el vacío entre servicio y servicio. Además, se incluye una alusión explícita a la eutanasia, que tal vez sea la primera en el cine comercial norteamericano, y la historia de amor, al contrario de lo que suele suceder en esa industria, no chirría.

Podría resumir los comentarios sobre la técnica del film con dos palabras: Martin Scorsese. La fotografía (del gran Robert Richardson), el montaje y la dirección artística responden a las altas expectativas que siempre genera una obra dirigida por uno de los mejores cineastas del último medio siglo (como poco). Por supuesto, la banda sonora es una enciclopedia musical, en la que brillan nombres como los de Van Morrison, Frank Sinatra y The Clash. Los virtuosos movimientos de cámara, que llaman especialmente la atención en la escena del accidente de ambulancia, no son gratuitos, pues están diseñados para reflejar mejor el mundo de la noche en los barrios pobres o el frenesí de los hospitales colapsados.

Y sí, Nicolas Cage está realmente bien, siendo ésta una de las mejores interpretaciones de su singular carrera, pues consigue que la simbiosis entre actor y personaje sea perfecta. Patricia Arquette, actriz de moda en aquellos años, nunca me ha acabado de convencer, pero a las órdenes de Scorsese da lo mejor de sí misma, sin llegar al nivel de Cage, ni de secundarios de lujo como John Goodman, Ving Rhames o un desquiciadísimo Tom Sizemore. Mencionar el buen trabajo de Cliff Curtis como estiloso narcotraficante, y la presencia del cantante Marc Anthony en un papel que oscila entre lo pintoresco y lo patético.

¿Un Scorsese menor? No estoy en absoluto de acuerdo. Prefiero hablar de una película mayor, cuya falta de éxito hay que buscarla en su temática: Al límite hace que el espectador observe con atención todo aquello que en la vida real prefiere no observar: los barrios marginales, la desigualdad social, la impotencia del ser humano, lo crueles que pueden ser las grandes ciudades, la enfermedad, el vacío existencial, la muerte…

TARDE PARA LA IRA

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TARDE PARA LA IRA. 2016. 89´. Color.

Dirección: Raúl Arévalo; Guión: Raúl Arévalo y David Pulido; Dirección de fotografía: Arnau Valls Colomer;  Montaje: Ángel Hernández Zoido; Música: Vanessa Garde y Lucio Godoy;  Diseño de producción: Antón Laguna; Producción: Beatriz Bodegas, para Agosto la Película- La Canica Films (España).

Intérpretes: Antonio de la Torre (Jose); Luis Callejo (Curro); Ruth Díaz (Ana); Raúl Jiménez (Juanjo); Manolo Solo (Santi); Font García (Julio); Pilar Gómez (Pili); Alicia Rubio (Carmen); Gaizka Ardanaz, Luna Martín, Chani Martín, Enrique de la Torre, Inma Sancho, Paco Benjumea, Berta Hernández.

Sinopsis: Curro sale de la cárcel después de cumplir una condena de ocho años por haber estado implicado en el atraco a una joyería que acabó con una mujer fallecida y un hombre en coma. Nada más volver a su barrio, Curro ve cómo esos hechos vuelven a estar presentes.

El debut en la dirección del actor Raúl Arévalo no pudo ser más exitoso, pues triunfó en taquilla, acaparó premios y fue, para muchos, la mejor película española estrenada durante el año 2016. Se trata de un thriller seco y duro, de referencias más estadounidenses que patrias, sobre la consumación de una venganza largamente tramada. Para quien esto escribe, un film magnífico.

Tarde para la ira se sobrepone con rapidez a su presunta condición de película pequeña. Lo es en medios y presupuesto, pero no en talento. La venganza es uno de los grandes temas del arte desde el principio de los tiempos, y Arévalo y su coguionista, David Pulido, no juegan a inventar la sopa de ajo, sino que van al grano y nos cuentan una historia que hemos visto centenares de veces, pero lo hacen con un talento indudable. Viendo la película, he recordado esa gran letra de Rubén Blades que dice que las cuentas del alma no se acaban nunca de pagar. La gente actúa diariamente como si los actos no tuvieran consecuencias, pero las tienen, vaya si las tienen. Sobre todo cuando hay un tipo silencioso que se niega a olvidar. Nos han machacado siempre con frases brillantes sobre la inutilidad de la venganza, seguramente dichas con el noble fin de preservar una estabilidad social siempre precaria, pero un servidor piensa que lo único malo de la venganza es no poderla consumar. Cobrarse las deudas da gustico, pueden creerme. Con una novia muerta a golpes y un padre en coma producto de las heridas recibidas durante el atraco a la joyería de su propiedad, Jose no tiene nada que perder, porque lo que de bueno tenía su vida le fue arrebatado de la manera más cruel posible en unos pocos y aciagos minutos. Por eso, cuando Curro, el único detenido por ese atraco, y también el único no implicado en los hechos violentos que ocurrieron en el interior de la joyería, vuelve a su barrio tras su larga estancia en prisión se desencadena una revancha perfectamente diseñada desde mucho tiempo atrás.

Raúl Arévalo nos planta en las narices, con la sutileza de un boxeador, un drama duro, en el que se muestra la cara más oscura del ser humano. La puesta en escena es eficaz, impropia de un neófito (esos planos del destornillador sobre la mesa, ese final abrupto…): se nota que Arévalo ha trabajado a las órdenes de grandes directores, y que en los rodajes aprendió mucho de ellos. El montaje, que siempre es un factor importante en el resultado final de una película, es excelente, por lo que el film posee la concisión, el laconismo y la dosificación de la tensión que necesita. Me gusta especialmente el retrato de los barrios periféricos, con sus bares de toda la vida, de pizarra y partida, sus rumbas arrebatadas como hilo musical y sus gentes, que se mueven entre fiestas y broncas sin saber que pronto pagarán por el mayor error de sus vidas. De todos los protagonistas, Jose es el que menos habla, y también el único que utiliza el cerebro: su aspecto engaña a quienes le rodean, seres más primarios y, en apariencia, más duros: de ahí la reacción de Curro cuando, en los sótanos de un gimnasio marginal, descubre que el tipo que busca a sus cómplices en el atraco, y que también ha conseguido enamorar a su mujer, es capaz de cualquier cosa: malos, lo somos todos, pero sólo los inteligentes son capaces de convertir su maldad en arte.

Siempre se espera de los actores que se han pasado al otro lado de la cámara que sean capaces de sacar lo mejor de sus colegas de profesión. Con Antonio de la Torre, Raúl Arévalo lo tenía fácil, pues se trata de un actor excelente, de esos que poseen el talento de saber interpretar desde dentro, expresando a partir de la contención. El trabajo del malagueño es formidable. Del resto de intérpretes destaco a Ruth Díaz, en el papel de una mujer honesta, pasional y con mal ojo para los hombres, a un acertado Luis Callejo y, sobre todo, la breve pero brillante aparición de Manolo Solo, protagonista de la escena que marca el giro definitivo de la película.

Tarde para la ira merece los muchos elogios que se le han dedicado, y también los míos. Es una película que se sufre y se disfruta de manera intensa, un ejercicio de cine sin edulcorantes que hace concebir las mejores esperanzas en la futura carrera como director de Raúl Arévalo.

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS

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EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS. 2016. 123´. Color.

Dirección: Alberto Rodríguez; Guión: Rafael Cobos y Alberto Rodríguez, basado en la novela Paesa, el espía de las mil caras, de Manuel Cerdán; Dirección de fotografía: Alex Catalán;  Montaje: José M. G. Moyano; Música: Julio de la Rosa;  Dirección artística: Pepe Domínguez del Olmo; Producción: Gervasio Iglesias, Antonio Asensio, Mercedes Gamero, José Antonio Félez, Mikel Lejarza y Francisco Ramos, para Atípica Films- Sacromonte Films- Atresmedia Cine (España).

Intérpretes: Eduard Fernández (Francisco Paesa); José Coronado (Jesús Camoes); Carlos Santos (Luis Roldán); Marta Etura (Nieves Fernández Puerto); Emilio Gutiérrez Caba (Osorno); Christian Stamm (Hans); Mireia Portas (Gloria); Enric Benavent (Casturelli); Philippe Rebbot (Pinaud); Craig Stevenson (Starckman); Jim Arnold (Stuart); Luis Callejo (Juan Alberto Belloch); Alba Galocha, Miquel García Borda, Jimmy Shaw, Santiago Molero, Rafael Sandoval, Jons Pappila, Israel Elejalde, Tomás del Estal, Gilles Treton, Pedro Casablanc.

Sinopsis: Francisco Paesa, espía que trabaja para los servicios secretos españoles, descubre la manera de cobrarse antiguos no pagados cuando el director de la Guardia Civil, Luis Roldán, es acusado de corrupción.

Después del incontestable éxito de La isla mínima, Alberto Rodríguez decidió que su siguiente largometraje abordara uno de los episodios más oscuros de la etapa presidencial de Felipe González: el escándalo de corrupción que salpicó a toda la cúpula del Ministerio del Interior y tuvo como principal protagonista al director de la Guardia Civil, Luis Roldán. La película toma como punto de partida una novela que retrata la figura de Francisco Paesa, espía, experto en sobrevivir en las cloacas del Estado y figura clave de la trama. El film recibió críticas positivas y diversos premios, y constituye una rareza en el cine español, poco dado a sumergirse en la historia recviente, y aún menos a narrar historias de espionaje.

Rodríguez presenta una película con un hándicap externo: en general, los españoles poseen escasa cultura política, y no mucha más memoria en lo que a esta cuestión se refiere. El hombre de las mil caras necesita de ambas cualidades para ser entendida en toda su extensión. Quien explica la historia es Jesús Camoes, piloto comercial, bon vivant y, sobre todo, amigo y cómplice de Paesa, “el hombre que engañó a todo un país”, tal como se nos dice en el prólogo. Paesa fue pieza clave en la operación policial más exitosa jamás realizada contra la banda terrorista ETA, la que llevó a la detención de su cúpula y al hallazgo de los célebres papeles de Sokoa. Sin embargo, quienes manejan los hilos del poder en España suelen pecar de ingratitud, y Paesa nunca recibió la recompensa pactada: se la cobró con creces años después gracias a Luis Roldán, primer no uniformado en dirigir la Guardia Civil y ávido salteador del erario público. Rodríguez, cineasta de agudo sentido visual e indiscutible afán realista, estructura la obra a partir de un largo flashback mediante el que, con todo detalle, se cuenta una historia sobre la podredumbre en las altas esferas, que discurre en distintos países pero es inequívocamente española. La fuga de Roldán finalizó, tras casi un año de pistas falsas, torpes intentos de búsqueda y crisis política galopante, con la entrega/detención del prófugo… y con los 1500 millones de pesetas sustraídos por éste depositados en cuentas bancarias controladas por Paesa, el hombre más inteligente de cuantos aparecen en la película. Hay mucho del espíritu Le Carré en El hombre de las mil caras: no vemos tiros, ni persecuciones, ni chicas de bandera, sino personajes cuya principal arma, o cuya principal condena, es su cerebro, capaces de bucear en las alcantarillas del poder con la falta de escrúpulos que semejante actividad requiere. Rodríguez narra con el dinamismo y buen pulso habituales, y se apoya en el excelente equipo técnico que le secundó en su magnífico film precedente. Una vez más, Alex Catalán acierta en el cromatismo (gris esta vez, como corresponde a la historia), mientras que Julio de la Rosa intenta imprimir un dinamismo al conjunto que, en mi opinión, no le es indispensable, por mucho que los abundantes diálogos y la acumulación de datos puedan resultar farragosos para el espectador más acomodaticio. Esto podría ser un lastre en manos menos expertas, pero Alberto Rodríguez va sobrado de estilo narrativo, sabe contar mucho y hacerlo bien, con un estilo visual propio de quien película a película se impone como uno de los cineastas europeos contemporáneos de mayor nivel. Los personajes (seres cuya desmedida ambición les conduce a un vértigo que muy pocos son capaces de revertir en provecho propio) y sus reacciones son creíbles, y los diálogos podrían haber sido perfectamente en la realidad los que en la película se recitan. Hay una frase de Luis Roldán que, sin dejar de ser cierta, suena en sus labios a pésima excusa: “Yo hice lo que hacía todo el mundo”. Paesa hizo lo que nadie más que él era capaz de hacer.

La labor de los actores aporta un valor añadido: destaca sin duda Eduard Fernández, actor de talento que borda su papel de hombre calculador que, encontrada su gallina de los huevos de oro, es capaz de ir varios pasos por delante de todos los demás. Fernández sale triunfante de un desafío interpretativo que requiere de mucho autocontrol por parte de quien lo asume. José Coronado deja otra vez claro que la madurez le ha sentado muy bien, y el mucho menos conocido Carlos Santos le da un sinfín de matices a un personaje al que su trabajo ayuda a alejarlo de la caricatura. Bien Marta Etura, en el papel femenino más importante, y mejor aún Emilio Gutiérrez Caba, todo un actor de raza.

No creo que, siendo más que notable, El hombre de las mil caras sea la mejor película de Alberto Rodríguez, pero sí que es la mejor película que alguien en España podría haber hecho con esta historia, que merecía una adaptación cinematográfica de semejante calibre.

 

BREVE APUNTE SOBRE POLÍTICA DOMÉSTICA

Hay por ahí demasiada gente a la que, si tuviera problemas verdaderamente graves, se le quitarían las ganas de jugar a los paisitos.

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