CONSPIRANOICOS

La edición de este año de la Copa del Rey de baloncesto ha sido de todo, menos aburrida. De la ya cansina polémica acaecida en la final, sólo decir que el Real Madrid debería buscarse una excusa mejor para dejar la ACB, objetivo que barruntan sus dirigentes desde hace años. Es cierto que se produjeron tremendos errores arbitrales, que además se vienen sucediendo sin tregua en las últimas temporadas (no olvidemos el grosero campo atrás de Llull en 2017, cuya omisión fue clave para que los blancos obtuvieran su más reciente título copero), pero el principal motivo de la derrota madridista tiene que ver con dejar escapar una sustancial ventaja (quince puntos, ya iniciado el último cuarto) en tiempo récord y haciendo gala de una lectura de partido absolutamente desastrosa. Los árbitros de la final merecen ser castigados, por compensar de una forma tan grosera el catedralicio error de no señalar la clamorosa falta antideportiva de Randolph a Singleton en la jugada previa a un dos más uno de Carroll que devolvió al Madrid sus opciones de triunfo y que jamás debió producirse, pero dejémonos de excusas baratas, que tanto lloro agota. En Madrid, y en Cataluña.

EL CASO SLOANE

MISS SLOANE. 2016. 132´. Color.

Dirección: John Madden; Guión: Jonathan Perera; Dirección de fotografía: Sebastian Blenkov;  Montaje: Alexander Berner; Música: Max Richter; Diseño de producción: Matthew Davies; Dirección artística: Mark Steel; Producción: Ariel Zeitoun, Kris Thykie y Ben Browning, para FilmNation Entertainment-Archery Pictures-Transfilm-France 2 Cinéma (EE. UU.-Francia).

Intérpretes: Jessica Chastain (Elizabeth Sloane); Mark Strong (Rodolfo Schmidt); Gugu Mbatha-Raw (Esme Manucharian); Michael Stuhlbarg (Pat Connors); John Lithgow (Senador Sperling); Sam Waterston (George Dupont); David Wilson Barnes (Daniel Posner); Alison Pill (Jane Molloy); Jake Lacy (Forde); Lucy Owen (Cynthia Green); Ennis Esmer (Brian); Chuck Shamata (Bill Sandford); Dylan Baker, Aaron Hale, Douglas Smith, Noah Robbins, Al Mukadam, Grace Lynn Kung, Raoul Bhaneja, Zach Smadu.

Sinopsis: Una poderosa ejecutiva de una empresa lobbística decide abandonarla y dirigir una campaña promovida para aprobar una ley que restringe la venta de armas.

Si bien es cierto que hace dos décadas obtuvo innumerables reconocimentos por su película Shakespeare enamorado, la carrera como cineasta del británico John Madden es bastante irregular y carente de obras de verdadero fuste. Su última película estrenada, El caso Sloane, es lo que más se acerca a un film redondo que jamás haya hecho Madden, pero su acogida popular fue más bien tibia y su cosecha de galardones, casi inexistente.

Muchas películas se han rodado, a partir de los contestatarios años 60, en las que se pone el foco sobre la corrupción existente en la Administración estadounidense. En pleno apogeo del descrédito generalizado de la clase política, El caso Sloane aborda uno de los aspectos que más han influido en ese estado de ánimo colectivo: la enorme influencia de los lobbies, cuyo sentido de la ética es inexistente, sobre los legisladores. El protagonismo recae en Elizabeth Sloane, una alta ejecutiva tan inteligente como fría que trabaja para una de las principales empresas dedicadas al innoble arte de corromper el sistema. Sin embargo, cuando la corporación para la que trabaja se pone al servicio de la industria armamentística, que busca neutralizar un proyecto de ley ideado para restringir la venta de armas de fuego, Elizabeth decide cambiar de bando y trabajar para quienes buscan que esa ley sea aprobada. Para ello, se lleva a buena parte de su equipo y organiza una campaña mediática que degenera en una espiral de juego sucio entre los defensores y los detractores del proyecto de ley que, finalmente, lleva a Elizabeth a declarar ante una comisión del Senado para hacer frente a acusaciones de malas prácticas.

Una de las grandes bazas de El caso Sloane es su guión, escrito por un Jonathan Perera que, por momentos, parece un Aaron Sorkin en estado de gracia. El problema es que Perera acaba gustándose demasiado a sí mismo y se saca de la manga un giro final que, sin dejar de ser ingenioso, resta verosimilitud a una película que ya era grande antes del último truco y que, con él, lo es algo menos. Perera construye una compleja trama en torno a una protagonista que es bella, inteligente, brillante… y una psicópata de manual, capaz de destrozar a quien haga falta para obtener sus fines y a la que, pese a que ocasionalmente recurre a prostitutos para satisfacer sus necesidades sexuales, lo que de verdad excita es el poder. Perera y Madden aciertan al exponer que el cambio de bando de Elizabeth se debe más a su desmedido ego (al comprobar lo burda que es la estrategia con la que el lobby de las armas pretende aumentar su predicamento entre el público femenino, cuyo apoyo le resulta imprescindible, Sloane sabe que el reto a su altura no es apoyar a los más poderosos sino, por una vez, combatirlos) que a razones personales, aunque las haya.  También es de alabar que la película deje claro que, en un mundo podrido y sin ética, que diría Makinavaja,  las buenas causas necesitan, para prosperar, que algunos hijos de puta las apoyen, empleando los mismos métodos que los seres de esa especie suelen utilizar casi siempre para perjudicarlas. No obstante, la película se toma demasiadas molestias durante el metraje en mostrar que la psicópata que la protagoniza (adversarios y subordinados comentan sin prejuicios la ausencia de feminidad en Elizabeth Sloane: ciertamente, ella es un verdadero macho Alfa, aunque tenga vagina) no es integral, sino que puede ser también vulnerable y no estar exenta de principios, como para que resulte creíble que todo lo que hemos visto sea fruto de un plan diseñado al milímetro.

John Madden no es un artista, ni tampoco un autor, pero sí un cineasta competente, que sabe ilustrar una buena historia sin estridencias ni excesivo afán de protagonismo. En general, el envoltorio técnico de la película es más que correcto: los thrillers judiciales acostumbran a ser planos y mucho más satisfactorios para el intelecto que para la vista, pero Madden, que es consciente de que no va a inventar la sopa de ajo, y su notable equipo de colaboradores saben transmitir la fuerza de una historia que, de eso, va bastante sobrada, sin que su trabajo interfiera en la recepción de ésta por parte del espectador.

La otra gran baza de la película es su reparto o, mejor dicho, la impresionante interpretación de esa actriz mayúscula llamada Jessica Chastain. La perfección no existe, pero lo que ella hace en esta película se le acerca bastante. Protagonista absoluta (es difícil encontrar un fotograma en el que ella no aparezca), la actriz californiana hace un verdadero tour de force acompañada de un puñado de excelentes actores, como los veteranos John Lithgow y Sam Waterston, o con intérpretes de acreditada valía como Mark Strong y Michael Stuhlbarg. Otros actores, como Gugu Mbatha-Raw o Jake Lacy, están a un nivel más discreto, por debajo del que muestran, por ejemplo, David Wilson Barnes o Alison Pill.

El caso Sloane es un ejercicio de buen cine al que quizá le sobre el último regate. Con todo, posee un guión brillante, unos diálogos cargados de inteligencia y mala baba y un trabajo actoral de categoría. Mucho talento para mostrar las cloacas del poder en la que es la mejor película dirigida por John Madden.

HOGAR, DULCE HOGAR

Ah, la paz del hogar… cuanto más loco está el mundo exterior, que lo está y mucho, más se la valora. Para aislarse del bullicio sin salir de la ciudad, no hay mejor solución que quedarse en casa. Estoy seguro de que el domingo 28 de abril no me apetecerá otra cosa.

FRANCOTIRADOR

TOWER BLOCK. 2012. 83´. Color.

Dirección: Ronnie Thompson y James Nunn; Guión: James Moran; Director de fotografía: Ben Moulden;  Montaje: Kate Coggins; Música: Owen Morris;  Dirección artística: Dave Tincombe;  Diseño de producción: Kajsa Soderlund; Producción: Suki Dulai, Ronnie Thompson, James Harris y Mark Lane, para Tea Shop & Film Company-Creativity Media (Reino Unido).

Intérpretes:  Sheridan Smith (Becky); Ralph Brown (Neville); Russell Tovey (Paul); Jack O´Connell (Kurtis); Jill Baker (Violet); Julie Graham (Carol); Christopher Fulford (Kevin); Kane Robinson (Mark); Nabil Elouahabi (Gary); Harry McEntire, Montserrat Lombard, Ralph Laurila, Michael Legge, Tony Jayawardena, Jamie Thomas King, Steven Cree, James Weber Brown.

Sinopsis: Los últimos habitantes de un bloque de viviendas en proceso de derribo son asesinados por un pistolero anónimo.

Francotirador supuso el debut en el largometraje para dos jóvenes cineastas británicos, James Nunn y Ronnie Thompson. La película fue muy bien acogida en el festival de Sitges, y tuvo una destacable carrera internacional, llegando a audiencias en principio vetadas para un thriller de bajo presupuesto, no estadounidense y dirigido por dos novatos, pese a que las críticas recibidas no fueron, en su mayoría, demasiado entusiastas.

Unos rótulos explicativos de lo que son los bloques, construcciones pensadas para ofrecer viviendas más o menos dignas a personas de baja extracción social, y convertidas con el paso del tiempo en nidos de delincuentes y deshechos de la sociedad de consumo, y un frenético prólogo que culmina en la paliza mortal que dos matones infligen a un adolescente, nos ponen en situación. Pese a que el homicidio tuvo lugar en el único rellano de todo el bloque que continuaba habitado, y a que incluso una vecina intentó evitar el delito, recibiendo ella también diversos golpes, la policía se encuentra con lo de siempre: nadie vio ni oyó nada, nadie denuncia, el asesinato quedará impune. Tres meses después, un francotirador empieza a hacer puntería con los vecinos del bloque, quienes, incomunicados y presa del miedo, intentan sobrevivir a la cacería.

Thriller adrenalínico y, a la vez, cuento moral, Francotirador funciona muy bien en el primero de esos aspectos, pues consigue crear una atmósfera opresiva en un escenario gris y ya de por sí tétrico, muy londinense pero, a la vez, extrapolable a cualquier ciudad occidental de gran o mediano tamaño. Allí viven una joven recién separada, una madre soltera nada modélica, un veterano de guerra y su esposa, un muchacho alcohólico, una madre y su hijo enganchado a los videojuegos y un grupo de pequeños narcotraficantes comandado por un hooligan que extorsiona a sus vecinos a cambio de protección. En ese microcosmos coinciden la decencia y el matonismo, pero ante todo prima la ley del silencio, incluso cuando muere un inocente. Becky, la protagonista, fue la única que hizo algo por salvar a la víctima, pero negó saber nada del asunto ante la policía. Su prometedor ligue de una noche es el primero en caer asesinado por las balas de un personaje que ha planificado su acción para que no quede ni un solo habitante del bloque con vida. La cámara, según el esquema de Nunn y Thompson, se mueve nerviosa a través del largo pasillo, de las precarias viviendas y de los rostros de unos personajes que saben que su vida puede acabar en cuestión de segundos. Ritmo excelente, buen montaje, música electrónica y vigor extremo en una puesta en escena inspirada.

Como cuento moral, en Francotirador se alternan virtudes y flaquezas, y ello porque el guión, que parte de una premisa más que interesante, se diluye en una parte final que cae en lo previsible y chirría en un aspecto tan fundamental como la identidad del asesino, elemento que resta verosimilitud a una historia cuyas virtudes iniciales no llegan, sin embargo, a desaprovecharse del todo. Se incide en la problemática de la basura blanca, se toca el muy actual tema de la gentrificación (de hecho, lo primero que piensan los vecinos es que, al ser los últimos habitantes del bloque por realojar, el asesino puede estar enviado por la inmobiliaria que desea sacárselos de encima) y se tiene el acierto de no caer en el buenismo: las desgracias de los personajes no son, precisamente, fruto de la casualidad. Si son víctimas, lo son, en primer lugar, de sí mismos.

No me parece que el apartado interpretativo sea especialmente brillante, lo cual es casi una novedad en una película británica. El trabajo de Sheridan Smith, en el papel de una oficinista convertida, por el peso de las circunstancias, en una especie de superheroína, me parece correcto, pero no más. Creo que la película acierta al mostrar que muchos de los matones de barrio no tienen media hostia expuestos a situaciones de verdadero peligro, y que la gente común puede mostrar más fortaleza y claridad mental en esos momentos, pero el personaje de Becky cae en el estereotipo moderno, y la actriz que lo interpreta no aporta mucho más a lo escrito por James Moran. Mi favorito del reparto es Jack O´Connell, muy bien en el papel de hooligan del ghetto, aunque no tengo muy claro si el muchacho actúa demasiado. Si lo hace, lo hace muy bien, que conste. Del resto, bien Russell Tovey, Jill Baker, Julie Graham y Ralph Brown. Otros, como Loui Batley o Christopher Fulford, me parecen intérpretes más flojos.

Francotirador es un film vibrante, que entretiene desde el primer minuto y, dentro de su irregularidad, tiene el don de no limitarse a ser un rutinario thriller de acción justiciera. Sus directores tienen cosas por pulir, pero no son torpes a la hora de contar historias capaces de llegar al gran público y, a la vez, de no conseguirlo ofreciéndole un producto espectacular, pero vacío.

ME QUEDO CONMIGO

Ahora que el mejor producto de marketing que la música española ha elaborado en, como poco, la presente década, ha vuelto a poner de moda uno de los clásicos de la balada rumbera, me ha dado por recordar que nunca he soportado la letra de Me quedo contigo, canción interpretada de verdad por Los Chunguitos (la impostura queda para otras) que escuché docenas de veces a lo largo de mi infancia de extrarradio. No sé qué opinarán mis lectores, a quienes supongo un nivel educativo superior a la media española, pero si a mí una persona me obliga a elegir entre ella y la riqueza, la gloria o mis ideas, mis carcajadas se iban a oír hasta en Australia. Es más , si esa persona me diera a elegir entre ella y ver un partido del Betis por la tele, mi elección dependería fundamentalmente de las opciones que tuviera el Betis de ganar el partido en cuestión. Llámenme sentimental. Por otra parte, alguien dispuesto a renunciar a todo a cambio de (no nos engañemos) sexo con coartada romántica me parece un ser tan patético que me hace desear pertenecer a cualquier otra especie. Sin duda, Los Chunguitos nos han regalado canciones con textos mucho más inspirados…

LOS DÍAS DE LA IRA

I GIORNI DELL’IRA. 1967. 109′. Color.

Dirección: Tonino Valerii; Guión: Ernesto Gastaldi, Tonino Valerii y Renzo Genta, basado en la novela Der tod ritt dienstags, de Ron Barker (Rolf Becker); Dirección de fotografía: Enzo Serafin;  Montaje: Franco Fraticelli; Música: Riz Ortolani;  Diseño de producción: Piero Filippone; Producción: Alfonso Sansone y Henryk Chroscicki, para Sancroslap-Corona Filmproduktion-Divina Film (Italia-República Federal Alemana).

Intérpretes: Lee Van Cleef (Frank Talby); Giuliano Gemma (Scott Mary); Walter Rilla (Murph); Christa Linder (Gwenn); Lukas Ammann (Juez Cutcher); Ennio Balbo (Turner, el banquero); Andrea Bosic (Abel Murray); José Calvo (Bill, el ciego); Giorgio Gargiullo (Sheriff Nigel); Anna Orso (Eileen Cutcher); Al Mulock (Wild Jack); Hans Otto Alberty, Yvonne Sanson, Nino Nini, Virgilio Gazzolo, Ferruccio Viotti.

Sinopsis: Un joven, que se encuentra en lo más bajo de la escala social por ser hijo de una prostituta, se convierte en la mano derecha de un pistolero que ha llegado a la ciudad para apropiarse de un botín.

El italiano Tonino Valerii fue uno de los muchos cineastas que hizo fortuna en los años 60 gracias al boom del spaghetti-western, género que reventó taquillas a la sombra de los grandes éxitos del dúo que formaron Sergio Leone y Clint Eastwood.  Los días de la ira incorpora a uno de los estandartes de la trilogía del dólar leoniana, Lee Van Cleef, y, aunque no es la película más célebre de las dirigidas por Valerii (esa condición le corresponde a Mi nombre es ninguno), sí existe cierto consenso a la hora de considerarla como la mejor.

Si bien directores como Corbucci o Sollima hicieron estimables contribuciones al western europeo, lo cierto es que la calidad cinematográfica de la gran mayoría de los spaghetti-westerns que no llevan la firma de Sergio Leone es escasa. Los días de la ira es una excepción a esta regla, pues está rodada de una forma competente y se apoya en un guión bastante más trabajado de lo que era habitual en el subgénero. El elemento más característico del mismo a nivel argumental, que es la venganza, es el eje de la narración, pero aspectos como el clasismo o la relación maestro-discípulo son también muy relevantes en la trama. Scott es, socialmente, un apestado, que desde niño ha conocido poco más que el desprecio y la humillación. Sólo un viejo caído en desgracia y un ciego le respetan. Sueña con convertirse en pistolero, pero sus ahorros ni siquiera le alcanzan para comprarse un arma. Todo cambia para él con la llegada a su ciudad de Frank Talby, que encarna todo lo que Scott quisiera ser: un tipo duro, experto tirador y temido incluso por los poderosos. A la sombra del recién llegado, Scott adquiere destreza en el manejo de las armas y, lo que es más importante, status social, lo que le sirve para devolver pasadas afrentas a quienes le maltrataron. El giro que provoca el enfrentamiento entre ambos personajes me resulta forzado y poco creíble pero, hasta ahí, la película está bien construida. Se agradece, por otra parte, que se prescinda del habitual romance metido con calzador.

La tentación de imitar a Leone es importante, pues él fue quien marcó la estética del spaghetti-western, además de ser un director fascinante en lo visual. Valerii cae en ella más de una vez, con resultados a veces interesantes (la escena del duelo entre Talby y Wild Jack es un buen ejemplo de ello), pero en general opta por un estilo más sobrio y pulido que le diferencia de los imitadores menos distinguidos del genio romano, con aseados movimientos de cámara y una utilización del zoom que huye del trazo grueso. La música, de Riz Ortolani, sí que me parece una copia mediocre de las recordadas partituras de Ennio Morricone, pero el tema principal tiene su punto.

En mi opinión, uno de los detalles que fallan en la película es la diferencia de calidad entre los dos actores protagonistas. Mientras Lee Van Cleef está perfecto en un papel que tiene mucho que ver con el coronel Mortimer de La muerte tenía un precio, Giuliano Gemma, un intérprete que empezó a hacerse un nombre en los péplums y encontró su lugar en el sol en los films rodados en Almería, me parece poco creíble en la piel de un hombre humillado que acaba imponiendo su ley gracias al dominio del revólver que ha adquirido gracias a su mentor. No me parece que Gemma sea tan buen actor como para hacer verosímil la metamorfosis de su personaje, que es una especie de Cenicienta con espuelas y cinturón de balas. Entre el batiburrillo de secundarios de procedencias bastante diversas es de destacar la labor del veterano Walter Rilla, así como la belleza de una Christa Linder cuyo personaje debería haber tenido mayor relevancia, un poco a lo Marlene Dietrich. Sólo la escena en la que Linder interpreta una canción en el saloon le otorga protagonismo.  Del resto, bien Lukas Ammann y el español José Calvo.

Los días de la ira es un film francamente entretenido que, con todas sus imperfecciones, está bastante por encima de lo que cabría esperar de la enésima imitación de Sergio Leone. El carisma de Lee Van Cleef y una elaborada historia consiguen que esta película sea una referencia para todo fan del spaghetti-western que se precie.

LA VENGANZA DE FRANKENSTEIN

THE REVENGE OF FRANKENSTEIN. 1958. 89´. Color.

Dirección: Terence Fisher; Guión: Jimmy Sangster, basado en la novela de Mary W. Shelley. Diálogos adicionales de Hurford Jones; Dirección de fotografía: Jack Asher; Montaje: Alfred Cox; Música: Leonard Salzedo; Diseño de producción; Bernard Robinson; Producción: Anthony Hinds, para Hammer Films (Reino Unido)

Intérpretes: Peter Cushing (Barón Victor Frankenstein); Francis Matthews (Dr. Hans Kleve); Eunice Gayson (Margaret); Michael Gwynn (Karl); John Welsh (Bergman);  Lionel Jeffries (Fritz); Michael Ripper (Kurt); Oscar Quitak, Richard Wordswoth, Charles Lloyd Pack, John Stuart, Arnold Diamond, Marjorie Gresley, Anna Walmsley, George Woodbridge.

Sinopsis: El barón Frankenstein escapa de la guillotina y se refugia en una  pequeña villa alemana, en la que vuelve a ejercer la medicina y continúa  con sus experimentos.

El éxito de La maldición de Frankenstein hizo que la productora británica Hammer Films, que hasta entonces alternaba películas de bajo presupuesto de diversos géneros, y que en el del terror ya había conseguido logros notables con dos films dirigidos por Val Guest (El experimento del doctor Quatermass del que se rodó una secuela pocos años después- y El abominable hombre de las nieves), comprendiera que ese género era su llave de acceso a la historia del cine y volcó sus esfuerzos en la revisión de los clásicos del terror que habían hecho triunfar a la Universal un cuarto de siglo antes. Hallado el tesoro, qué mejor que rodar una continuación de las aventuras del doctor creado por Mary Shelley, encargada al más eficaz de los directores con los que contaba la productora, un Terence Fisher cuyo nombre pasó a estar indisolublemente unido al cine de terror.

La historia comienza donde terminaba (y también se iniciaba) la anterior, con el barón Frankenstein yendo hacia el patíbulo como castigo por los crímenes cometidos por el monstruo que él creó. Como es de prever, el científico logra esquivar a la muerte, en una maniobra que incluye la decapitación de un sacerdote (que Fisher no muestra en pantalla, probablemente porque quería que su película llegara a los cines) y en la que el doctor recibe la inestimable ayuda de Karl, un ser deforme al que Frankenstein ha prometido dotar de un cuerpo apolíneo a cambio de sus servicios. Consumada la huida, el barón modifica su identidad y encuentra una población en la que los lugareños no le reconocen como el hombre que recibió su justo castigo por desafiar a Dios, y se instala en ella para seguir su particular lucha.

Esta segunda entrega de la saga acentúa el protagonismo del creador frente a la criatura, apuesta que ya era evidente en La maldición de Frankenstein y que resulta ganadora a todas luces. El científico nos es presentado en todo su esplendor mesiánico, con su soberbia, su brillantez y su nula empatía: el doctor es un hombre totalmente entregado a sus experimentos, y manipula por igual a ricos y pobres en provecho propio: su exitosa consulta (que provoca los celos del colegio de médicos de la localidad, al que Frankenstein se jacta de no pertenecer) le proporciona los ingresos que necesita para poder desarrollar sus investigaciones, y su presuntamente altruista labor al frente de un hospital para menesterosos le sirve en realidad para obtener las partes anatómicas que necesita para construir sus criaturas. Este talante, unido a una notable capacidad para la ironía, convierten a Frankenstein en un personaje de lo más carismático, no sólo para el espectador, sino también para el más joven de los médicos de Carlsbrück, que reconoce al eminente doctor que se esconde bajo el nombre de Victor Stein y, asombrado por su genialidad, decide convertirse en su ayudante. Llama la atención el absoluto desdén que Frankenstein siente hacia el otro sexo, como puede verse en la hilarante escena en la que una oronda aristócrata trata de que el doctor repare en los juveniles encantos de su sobrina casadera.

Una vez más, Terence Fisher demuestra su habilidad para conseguir mucho con muy poco: con una historia sencilla pero eficaz y unos mínimos decorados, el director logra trascender las estrecheces presupuestarias y consigue una película que es un ejemplo de concisión narrativa y de máximo aprovechamiento de los recursos técnicos y humanos disponibles. Como es habitual en la Hammer, el montaje es uno de los puntos fuertes en el apartado técnico, y lo mismo puede decirse de la fotografía,. que alterna vistosidad (la productora decidió explotar a fondo su condición de pionera en rodar en color las aventuras de los monstruos más célebres del cine) y tinieblas, de Jack Asher. Como apuntes finales, destacar el carácter irredento de Frankenstein, cuyos fracasos son siempre mejores que el anterior, y ese final lleno de ironía que nos prepara para una nueva secuela.

En lo que a las interpretaciones se refiere, casi todo empieza y acaba en un frío y excelso Peter Cushing, actor capaz de llevar sobre sus hombros todo el peso de la película y que posee la habilidad de adornarse desde el hieratismo. Francis Matthews, que encarna a su joven ayudante, hace una labor simplemente correcta, y Eunice Grayson aporta belleza a lomos de un personaje que precipita el giro trágico de la historia, pero que por lo demás posee escaso protagonismo. Los mejores de entre los secundarios son los siempre notables Lionel Jeffries y John Welsh, con buena nota también para Michael Gwynn, que interpreta al deforme Karl en una película en la que la ausencia de Christopher Lee subraya el carácter secundario del monstruo.

Secuela más que digna, La venganza de Frankenstein supo apartarse con éxito del sendero marcado por la novela de Mary Shelley y dar continuidad a una saga que constituye uno de los grandes hitos de la mítica productora Hammer.

PARA LOS VENDEDORES DE INJUSTICIAS

Puestos a subrayar obviedades, costumbre muy necesaria en tiempos de sinrazón, no está de más recordar a Séneca.

“NADIE SE CREE CULPABLE SI ÉL MISMO ES SU JUEZ”.

LA DECENTE

LA DECENTE. 1971. 98´. Color.

Dirección : José Luis Sáenz de Heredia; Guión: José Luis Sáenz de Heredia, basado en la obra teatral de Miguel Mihura; Dirección de fotografía: Federico G. Larraya; Montaje: Antonio Ramírez de Loaysa; Música: Antón García Abril; Diseño de producción: Ramiro Gómez, Augusto Lega y Félix Michelena; Producción: Andrés Velasco, para Hidalgo Producciones Cinematográficas-Filmayer (España)

Intérpretes: Concha Velasco (Nuria); José Luis López Vázquez (Roberto Clavijo); Alfredo Landa (Inspector Miranda); Fernando Guillén  (José Orozco); Julia Caba Alba (María); Josele Román (Paloma); Sergio Mendizábal (Erich); Julián Navarro (Paulino Ripoll); Antonio Alfonso (Fermín); Blanca Sendino, Roberto Cruz, Alfredo Santacruz, Guillermo Carmona, José Mata.

Sinopsis: Nuria, una mujer infelizmente casada, visita a un antiguo amor y le dice que será suya para siempre si asesina a su marido. El hombre se niega a cometer el crimen, pero a la mañana siguiente se descubre que el esposo de Nuria ha sido asesinado.

Los últimos años de la carrera cinematográfica de José Luis Sáenz de Heredia están marcados por el carácter eminentemente comercial de sus películas, muchas de ellas realizadas a mayor gloria de grandes estrellas de la época como Manolo Escobar o Paco Martínez Soria. En ese páramo destaca La decente, adaptación de una comedia de Miguel Mihura estrenada en 1967, que sirvió como vehículo para el lucimiento de quien era la pareja sentimental no declarada del director, Concha Velasco. Existe unanimidad al afirmar que la película no consigue captar toda la gracia de la obra teatral, pero, a pesar de ello, es uno de los escasos films de la postrera etapa como cineasta de Sáenz de Heredia que merecen ser rescatados del olvido.

Mezcla de comedia de enredo y parodia del cine policíaco clásico, La decente cuenta, en clave de humor negro, una disparatada historia protagonizada por una dama malcasada y sus dos enamorados, un ornitólogo y un corredor de fincas. La mujer, de nombre Nuria, desea escapar de un matrimonio tedioso, y para ello cree que lo mejor es quedarse viuda., por lo que le propone a Roberto, el apocado ornitólogo, que ejecute el crimen como prueba de amor hacia ella, que a cambio le entregará sus favores de por vida. Roberto no se ve capaz de cometer semejante atrocidad, y huye para evitar formar parte de ella. Su amigo José, el corredor de fincas, le proporciona una coartada, aunque su interés en el asunto no es precisamente altruista. A la mañana siguiente, se descubre que el marido de Nuria ha sido asesinado, y un inspector de policía entra en escena para esclarecer lo ocurrido.

Resulta obvio que Sáenz de Heredia no pasaba por su momento creativo más brillante, pero su discreto quehacer no oculta las virtudes de un texto que posee agilidad, gracia y bastante mala uva. La puesta en escena no pasa de ser teatro filmado con más oficio que inspiración, pero la chispa de los diálogos, lo surrealista de las situaciones y el buen trabajo de los actores consiguen que la película sea muy entretenida y haga sonreír al espectador con cierta frecuencia, a fuerza de estirar los caracteres arquetípicos del cine policíaco (la femme fatale, el pelele, el detective duro y listillo, la criada gruñona) a la manera cañí. Por un lado, tenemos una conspiración para asesinar a un hombre que no hace daño a nadie, pero al que su esposa, a la que no le faltan ni pretendientes ni ganas de complacerles (se lo impiden su natural decencia y el hecho de que el divorcio sea ilegal), desea liquidar porque ya no le soporta. Por otro, a los ejecutores del crimen diciendo que ni hablar. Sólo que el asesinato se produce de acuerdo a lo que Nuria había previsto, con candelabro, planos y todo. Resulta llamativo que la inductora del homicidio se muestre en todo momento fría y calmada, mientras que a quienes debían cometerlo les entra el tembleque antes y después del trágico suceso. Sólo el inspector Miranda, un policía con buen olfato, es capaz de estar a la altura de la feliz viuda.

Protagoniza la película una Concha Velasco en su época de mayor esplendor, que se aferra al estereotipo y sabe darle la vuelta con su saber hacer y la ayuda de unos diálogos llenos de ingenio. José Luis López Vázquez está grandioso, como por otra parte sucede casi siempre con él. Alfredo Landa parece interpretar una precuela en clave cómica del papel de detective que bordaría años después a las órdenes de Garci, y también logra destacar. Fernando Guillén me resulta inferior al trío nombrado en las primeras escenas en las que aparece, pero a medida que avanza la narración y nos acercamos al esclarecimiento del crimen, su trabajo gana altura. El de Julia Caba Alba la tiene desde su primera aparición en escena: ella es, con su mezcla de sabiduría popular, mal genio y poso entrañable, uno de los grandes valores de la película.

Muchos dirán que La decente es una españolada más, y seguirán instalados en ese pedestal de alta cultura que se han construido para ellos mismos y para sus cuatro amiguetes. Un Miguel Mihura menor no es poca cosa, y más si se cuenta con buenos intérpretes para hacer los honores a sus textos. No se engañen: de las comedias populares del tardofranquismo, ésta es, sin duda, una de las mejores.

MAL DE IZQUIERDA

Tengo claro que la izquierda política está todavía lejos de recuperarse del mazazo que supuso la caída del bloque comunista hace ya tres décadas. Desde entonces, la ausencia de referentes válidos y universales, los bandazos ideológicos, la adhesión a causas parciales y muchas veces intrascendentes y la rendición tácita a la lógica del capitalismo son el pan nuestro de cada día.

Parece obvio que, en Occidente (del resto del planeta, mejor ni hablamos) estos treinta años de descontento han traído un generalizado retroceso de los derechos laborales y sociales, así como de las libertades públicas, de las clases trabajadoras. El drama, a mi juicio, es que la izquierda política ha aceptado, y lo que es peor, asumido, que la lucha de clases es algo pasado de moda, cuando continúa siendo el conflicto básico en todas las sociedades modernas, frente al que todos los demás deberían palidecer. En su lugar, la izquierda alternativa se ha dedicado durante todo este tiempo a vender humo disfrazado con grandes palabras (más adelante desmenuzaré esta cuestión),  y la socialdemocracia a gobernar, cuando y donde ha podido hacerlo, de una forma demasiado parecida a como lo ha hecho la derecha, salvo en cuestiones cosméticas, algunas muy loables, pero secundarias. La triste verdad es que muy pocas veces la izquierda, asumido el poder, ha logrado revertir la lógica del capitalismo salvaje, ya sea porque no ha sabido, no ha querido o no ha podido hacerlo. Lo máximo que se ha hecho es poner paños calientes sobre una herida que, desde hace tiempo, tiene muy mal color, y que toma la forma de una sociedad de individuos atomizados, obligados a lidiar con su doble condición de bestias de carga del sistema y objeto de consumo. Este hecho genera una tensión que esconde una paradoja: que en sociedades que han alcanzado un grado de bienestar jamás conocido, la crispación sea la nota dominante. La lógica del tanto tienes, tanto vales se ha impuesto de una manera casi absoluta, hasta el punto de que una de las ideas más arraigadas en el subconsciente colectivo es el miedo a ser arrojado del tren de la sociedad de consumo, pues todos sabemos que, fuera de él, nuestro valor como individuos será cero. Lo curioso es que, si el tren quedara semivacío, el sistema quebraría con rapidez, lo que me lleva a pensar que la fuerza de esos individuos-isla, convenientemente agrupados en torno a un beneficio común, sería poderosa. ¿Qué ha hecho la izquierda para aprovechar esa fuerza? Pues beberse de un trago la lógica capitalista de divide y vencerás, abrazando causas que, tomadas una a una, pueden ser muy loables, pero que lo que en verdad consiguen es dividir a las clases populares y alejarlas del que debería ser su principal objetivo: un reparto más justo de la riqueza. La izquierda acierta al denunciar las injusticias del sistema, pero no pasa del balbuceo cuando se le plantea la gran pregunta: “¿Qué ofreces tú en su lugar?”. ¿Movimientos antiglobalización? Bien, pero mejor si no plantearan alternativas que, llevadas a la práctica, arrastrarían a la sociedad al economato y la autocracia. ¿Feminismo? Bien, pero no utilizado para dividir por sexos a las clases trabajadoras y a fomentar la promoción de mediocres para cubrir cuotas. ¿Ecologismo? Bien, pero de un modo que tenga en cuenta el carácter esencialmente egoísta y depredador de la especie. ¿Populismo bolivariano? Siguiente pregunta. La empanada mental es tan grande que, en lugares como Cataluña, la izquierda política se ha lanzado a abrazar algo tan intrínsecamente reaccionario como el nacionalismo, fenómeno que, por otra parte y volviendo a la primera pregunta, ha acabado por ser el mar proteccionista en el que han desembocado mucho ríos llamados movimientos antiglobalización.

Más drama: la solución a este desbarajuste nos queda muy lejos. Históricamente, la izquierda ha cometido el error de tomar como modelos a países como la Unión Soviética o Cuba cuando, si de lo que se trata es de lograr sociedades en las que las clases trabajadoras tengan una superior calidad de vida, el ejemplo más digno de imitar lo constituyen los países del centro y norte de Europa. Sociedades capitalistas, sí, pero pioneras en justicia y protección social. ¿Está usted diciendo que la solución es la socialdemocracia, poco después de afirmar que ha claudicado? Esto requiere una explicación: para empezar, la izquierda política debería adoptar el modelo adecuado, y éste, en sociedades avanzadas, es la socialdemocracia. Pero una socialdemocracia que dé miedo (por lo tanto, cualquier parecido con la actual es mera anécdota), porque los poderosos difícilmente renuncian a sus privilegios si no se les obliga y, lo que es más importante, que no se deje comprar. Soy consciente de que acabo de formular una utopía, porque ni la izquierda política da señales de aproximarse a modelos realistas, al tiempo que retoma la lucha de clases como eje vertebrador, ni el mundo está lleno de personas bien preparadas, justas y honestas que puedan y quieran gobernar en favor de las clases trabajadoras. De ahí mi conclusión: vayámonos acostumbrando al desasosiego.

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