OLD BOY

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OLDEUBOI. 2003. 118´. Color.

Dirección: Park Chan-Wook; Guión: Park Chan-Wook, Lim Chun-Hyung y Hwang Jo-Yun, basado en el argumento de Garon Tsuchiya para el cómic de Nobuaki Minegishi; Director de fotografía: Chung Chung-Hoon;  Montaje: Kim Sang-Beom; Música: Jo Yeong-Wook; Diseño de producción: Ryu Seong-Hie; Dirección artística: Ryu Seong-Hie; Vestuario: Jo Sang-Gyeong; Producción: Kim Dong-Joo y Lim Seung-Yong, para CJ Entertainment-Egg Films- Show East-Moho Film (Corea del Sur).

Intérpretes: Choi Min-Sik (Oh Dae-Su); Yu Ji-Tae (Lee Woo-Jin); Kang Hye-Jeong (Mido); Ji Dae-Han (Hwan-Joo); Oh Dal-Su (Park Cheong-Woong); Kim Byeung-Ok (Mr. Han); Lee Seung-Shin (Hyung Ja-Yoo); Yoon Hin-Seo (Lee Soo-Ah); Lee Dae-Yeon, Oh Kwang-Rok, Oh Tae-Kyung, Ahn Yeon-Suk, Oo Il-Han.

Sinopsis: Un hombre es secuestrado y encerrado en un cuarto durante quince años. Al salir de su cautiverio debe averiguar quién buscó vengarse de él por un hecho del pasado.

Pese a que ya había logrado cierta repercusión internacional con Joint Security Area, fue su trilogía de la venganza la responsable de la fama como cineasta del surcoreano Park Chan-Wook. En concreto, la segunda película de esta trilogía, Old boy, constituye todavía hoy el mayor de sus éxitos. Brutal a la vez que sofisticada, esta obra triunfó entre la cinefilia y logró una repercusión comercial que fue más allá de la que habitualmente se atribuye al cine de autor.

La vida de Oh Dae-Su, un pequeño empresario algo borrachuzo, desaparece como tal cuando es secuestrado en plena calle y recluido en un cuarto durante quince años. El protagonista desconoce los motivos de su encierro, durante el cual se le responsabiliza del asesinato de su esposa. Finalizado el cautiverio, a Dae-Su se le conceden cinco días para averiguar las causas que lo motivaron, y que no son otras que la venganza de alguien a quien él hizo daño en el pasado. A partir de esta intrigante premisa, el director nos sumerge, con un estilo visual barroco y un macabro sentido del humor, características ambas del mundo del cómic del que esta historia procede, en un tour de force de desquites encadenados que consigue salir bien parado de su paulatina apuesta por el más difícil todavía. El recurso a la hipnosis para justificar lo injustificable puede parecer fácil, pero no deja de ser eficaz. Tampoco parece que a Park Chan-Wook le interese demasiado la verosimilitud de la trama argumental, que no deja de ser heredada, porque lo que busca es ofrecer un siniestro espectáculo en el que la omnipresente violencia está filmada con mucho estilo y el ritmo no permite demasiados respiros al público. La venganza, uno de los grandes temas del arte (y de la vida), ofrece muchas posibilidades para el lucimiento y más bien pocas para la originalidad, pero el director consigue ambas cosas a base de rizar el rizo. Old boy es una película que no has visto muchas veces antes de verla, que sorprende y que engancha. Desde luego, no es para estómagos débiles, pero el disfrute es intenso, como sus excesos. De hecho, es la ausencia de complejos una de las grandes virtudes de la película, ya sea en cuanto a la exposición de la violencia, a colarnos pulpo como animal de compañía en el plano argumental o a la hora de incluir apuntes de saludable humor chusco en mitad de una larga y multitudinaria escena de lucha. Todo este despliegue no está en absoluto exento de lirismo, como puede apreciarse en la escena de la presa o en los planos sobre la nieve con los que concluye la película. Los, no pocas veces estridentes, movimientos de cámara y el acelerado montaje marcan la pauta, y la banda sonora pone el contrapunto poético.

El reparto está compuesto íntegramente por actores surcoreanos prácticamente desconocidos para quien esto escribe. En general, las interpretaciones son bastante extremas, muy de cómic, sin que haya mucho término medio entre lo parco y lo histriónico. Quien más me convence es el protagonista principal, Choi Min-Sik, que es quien demuestra poseer más registros y saberlos utilizar de manera más precisa para lo que se requiere en cada escena. A su antagonista, Yu Ji-Tae, le encuentro poco expresivo, y a la principal estrella femenina del elenco, Kang Hye-Jeong, le sucede justo lo contrario. El plantel de secundarios sigue la línea general, la del buen hacer al servicio de unos personajes de rasgos esquemáticos pero muy bien definidos.

Old Boy fue, y sigue siendo, una propuesta rompedora y llena de aciertos, en especial visuales. Tan rabiosamente moderna, en el mejor sentido de la expresión, ahora como en la fecha de su estreno, esta película reúne grandes dosis de calidad y entretenimiento, y es del todo recomendable para todos aquellos cinéfilos que no huyen de las obras radicales.

LOS MUNDOS DE CORALINE

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CORALINE. 2009. 96´. Color.

Dirección: Henry Selick; Guión: Henry Selick,  basado en la novela de Neil Gaiman; Dirección de fotografía: Pete Kozachik; Montaje: Christopher Murrie y Ronald Sanders; Música: Bruno Coulais; Diseño de producción: Henry Selick; Dirección artística: Phil Brotherton, Bo Henry, Tom Proost y Dawn Swiderski; Producción: Claire Jennings, Bill Mechanic, Mary Sandell y Henry Selick, para Laika Entertainment-Pandemonium-Focus Features (EE.UU.).

Intérpretes: Dakota Fanning (Voz de Coraline Jones); Teri Hatcher (Voces de la Sra. Jones y La Otra Madre); Jennifer Saunders (Voces de April Spink y de La Otra Spink); Dawn French (Voces de Miriam Forcible y de La Otra Forcible); Keith David (Voz del gato); John Hodgman (Voces del Sr. Jones y El Otro Padre); Robert Bailey, Jr. (Voz de Wyborne); Ian McShane (Voces del Sr. Bobinsky y El Otro Bobinsky); Aankha Neal, George Selick, Hannah Kaiser, Harry Selick, Marina Budovsky, Emerson Tenney, Jeremy Ryder, Carolyn Crawford.

Sinopsis: Coraline es una niña que se acaba de mudar y se siente olvidada por sus padres. En una pared de su nueva casa descubre el camino hacia un nuevo mundo, que es una versión mejorada del real.

Conocido en todo el mundo por haber dirigido esa maravilla burtoniana llamada Pesadilla antes de Navidad, Henry Selick realizó para el estudio Laika, otra de esas factorías que han ayudado a engrandecer el mundo de la animación, Los mundos de Coraline, un sombrío cuento de hadas que remite en muchos aspectos al clásico moderno mencionado. Rodada en 3-D, Coraline adapta una exitosa novela de Neil Gaiman en la que las huellas de los hermanos Grimm y, sobre todo, de Lewis Carroll, se encuentran a cada paso.

Suele decirse que el paso de la infancia a la edad adulta supone el descubrimiento de dos factores que, en buena medida, marcan las vidas de la gran mayoría de las personas: el sexo y la frustración. De esta última se alimenta Coraline, que narra la historia de una niña que empieza a no serlo y que se encuentra en un nuevo hogar sola, sin amigos y sin recibir apenas atención por parte de sus ocupados padres. La joven, por la que sólo se interesan un extraño muchacho que vive en los alrededores y su esquelético gato negro, descubre un nuevo mundo en los muros de su casa. Detrás de una pared hay un pasadizo que lleva a Coraline hasta una versión colorida y mucho más acorde a sus deseos de su vida real. Sus otros padres son atentos, considerados y no tienen otra prioridad que complacerla, el jardín es muy bello, sus vecinos gente peculiar pero de lo más agradable… sin embargo, en ese lugar habitado por criaturas con botones en lugar de ojos no es oro todo lo que reluce, y la niña no tarda en descubrir el lado oscuro de su otra madre cuando se empeña, pese a todas las bondades de ese mundo paralelo, en regresar a su existencia real, aunque sólo sea a ratos.

Por lo que se refiere a los aspectos técnicos, Los mundos de Coraline es una película magistral, algo que puede apreciarse desde los mismos títulos de crédito, en los que se muestra al espectador cómo se construye una muñeca de trapo. La cámara se mueve con exquisitez y Henry Selick se revela escena tras escena como el puto amo del stop-motion. Los logros visuales de este film impresionan, ya sea mostrando la belleza como el horror. Porque lo que empieza como un agradable cuento de hadas da un giro (un punto forzado en algunos aspectos, todo sea dicho) gótico en su parte final y se convierte en una película de terror en toda regla, de esas que los que piensan que los niños son idiotas (y disfrazan ese prejuicio con el barniz hipócrita del paternalismo) jamás recomendarían al público infantil. El film puede verse como una adaptación moderna de Alicia en el país de las maravillas con guarnición de Hansel y Gretel, pero no deja de ser una fábula moral en la que se nos advierte de la necesidad de adaptarnos a una realidad muchas veces frustrante sin refugiarnos en mundos paralelos muy brillantes en apariencia, pero que esconden maldades terribles. Esto puede ser la parábola de muchas cosas (de la adicción a las drogas, sin ir más lejos): como ni Selick, que hace una adaptación bastante libre que, sin embargo, gustó tanto a Neil Gaiman como a los fans de la novela, ni el mencionado autor de la misma son barceloneses, resulta aventurado decir que se anticiparon a lo que iba a resultar el mandato de Ada Colau, pero no puedo negar que en las escenas finales esa curiosa idea me vino a la cabeza.

La muy prolífica actriz Dakota Fanning, que ya había protagonizado años atrás una adaptación en clave adolescente de Hansel y Gretel, demuestra estar en su salsa dando voz a una despierta y caprichosa niña que descubre la maldad dentro de lo que creyó un mundo ideal. Esa maldad la encarna Teri Hatcher, actriz que nunca ha sido santa de mi devoción pero que cumple bien en el doble papel de madre desdeñosa y bruja mala. Destacar a Keith David, que pone voz al gato que se convierte en el ángel de la guarda de la protagonista, y a Ian McShane, que se convierte en la voz del personaje más excéntrico de una película que lo es en grado sumo.

Brillante en todos los aspectos, Los mundos de Coraline merece estar en la lista de los mejores films de animación de este siglo. La filmografía de Henry Selick no destaca por su extensión, y aún así en su trayectyortia hay algún sonado traspìés, pero la que todavía es su última película estrenada como director posee una oscura belleza que la convierte en una siniestra maravilla.

EL MONSTRUO DE LA TIENDA DE MÓVILES

Les pongo en situación: llega este simpático bloguero a un local de esos en los que se agolpan los amantes de las apps, de los gigas y de gastarse un dineral en gilipolleces, con su teléfono-antigualla en estado catatónico y ocurre lo siguiente:

ALFREDO: Buenos días. Se me ha estropeado, creo que del todo, el móvil y quería comprar uno nuevo que sea sencillo, pequeño y barato.

VENDEDOR (Podría llamarse Washington Darwin, pero es sólo una hipótesis): Pequeño no va a poder ser, si lo que quiere es un smartphone.

A: ¿Mande?

V: Un teléfono que le permita tener whattsapp.

A. Ah. Pues dame el más pequeño que tengas de esos.

V: Es que el tamaño mínimo de los que hacen ahora es de cinco pulgadas.

A: Mal empezamos. Pues dame uno de 32 y le llamaré tele.

El vendedor, que no parece congeniar con mi lado cómico, me enseña un catálogo de modelos y precios. Señalo el más barato y digo sin titubear:

A: Quiero este. Pónmelo en funcionamiento y eso, que yo de estas cosas ni entiendo, ni quiero.

V (Mientras hace sus labores de puesta en marcha de ese mamotreto que apenas cabe en bolsillo alguno) Tiene instalados Facebook e Instagram de serie.

A: Pues ya puestos, desinstálalos tú mismo.

V (Noto cómo el que se empieza a desprogramar es él) ¿Quiere ir mirando fundas en lo que yo termino la instalación?

A: Para qué, si no pienso ponerle ninguna.

V: Listo. Ahora dispone de muchos más gigas para almacenar fotos.

A: Yo no hago fotos.

Pagué el importe del artilugio y dejé la tienda atravesando una nube de humo grisáceo. ¿Tendrá Movistar exorcistas en nómina?

HE OÍDO QUE HOY ES HOY

Un clásico de la lírica hispánica (galaica, por más señas) que me dedico a mí mismo, porque sí.

WOODY ALLEN: EL DOCUMENTAL

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WOODY ALLEN: A DOCUMENTARY. 2011. 120´. Color.

Dirección: Robert B. Weide; Guión: Robert B. Weide; Dirección de fotografía: Neve Cunningham, Anthony Savini, Nancy Schreiber, Bill Sheehy y Buddy Squires;  Montaje: Karoliina Tuovinen y Robert B. Weide; Música: Benson Taylor; Producción: Robert B. Weide, para Whyaduck Productions-Mike´s Movies-Rat Entertainment-Insurgent Media (EE.UU.).

Intérpretes:  Woody Allen, Letty Aaronson, Diane Keaton, Marshall Brickman, Scarlett Johansson, Martin Scorsese, Dick Cavett, Mira Sorvino, Josh Brolin, Owen Wilson, Larry David, Robert Greenhut, Jack Rollins, Charles H. Joffe, Martin Landau, Mariel Hemingway, Sean Penn, Dianne Wiest, Penélope Cruz, Eric Lax, Louise Lasser, Tony Roberts, Richard Schickel, Naomi Watts, Gordon Willis.

Sinopsis: Documental que repasa la carrera profesional de Woody Allen.

Vaya por delante que lo que voy a reseñar es la versión de dos horas de un documental cuyo primer montaje tenía alrededor de sesenta minutos más de duración. Dirige Robert B. Weide, conocido por haber dirigido diversos films del género, entre ellos uno relativo al célebre cómico Lenny Bruce, y también por sus colaboraciones con Larry David. Weide hace aquí un trabajo aplicado, pero no distinguido. Más allá de la curiosidad que pueda despertar entre los fans de Woody Allen ver su lugar de trabajo, y las más bien arcaicas herramientas que el director utiliza para dar forma a sus guiones, este documental no ofrece muchas novedades respecto a lo que los cinéfilos conocemos sobre el director neoyorquino.

Recorrido estándar, pues, por la trayectoria vital y profesional de un gran cómico de trasfondo pesimista que nunca ha escondido su frustración por no haber sido capaz de crear un drama a la altura de los de sus ídolos, como Ingmar Bergman o el Federico Fellini de su etapa neorrealista. Criado en Brooklyn, estudiante inquieto y aburrido y precoz comediante en las revistas, los clubs nocturnos y la televisión, Allen, como Billy Wilder, saltó a la dirección cinematográfica con el noble propósito de no permitir que nadie destrozara sus guiones. Lo ha conseguido, pues es uno de los pocos cineastas de larga trayectoria que puede presumir de haber tenido el control sobre todos los films que llevan su firma.

La película alterna las declaraciones del propio Allen con fragmentos seleccionados de algunas de sus obras más representativas y, por supuesto, con numerosos testimonios de colegas y colaboradores. Entre ellos, figura Diane Keaton, una de sus musas y la mujer que cambió el modo de escribir de Woody Allen y contribuyó a que el director haya sido capaz de crear algunos de los mejores papeles femeninos de las últimas décadas. Allen conoció a Keaton en la primera etapa de su filmografía, de perfil marcadamente cómico, y junto a ella desarrolló su estilo y creó una película superlativa que expandió su cine y le dio su forma definitiva: Annie Hall. Weide pasa de puntillas por algunas de las que considero obras mayores de Allen, como Broadway Danny RoseSombras y nieblaMisterioso asesinato en Manhattan o la que para mí es la última de ellas, Desmontando a Harry, mientras se recrea en trabajos menos distinguidos como Recuerdos, vanidoso intento de emular al Fellini de Ocho y medio que no merece más que un lugar discreto entre las películas de Allen.

2011 era un año propicio para homenajear a Woody Allen, pues la taquilla norteamericana le volvió a sonreír, después de muchos años, con la floja Medianoche en París. Ahora todo es distinto, pues el afán inquisidor, disfrazado de progresismo, de gentes que se permiten el lujo de dictar condenas respecto de hechos juzgados hace un cuarto de siglo, lleva camino de convertir a Allen casi en un proscrito. Weide tira por lo funcionarial y firma un trabajo correcto pero carente de inspiración, que se contempla con agrado pero deja el aroma de lo ya visto.

ADIÓS AL REY

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FAREWELL TO THE KING. 1989. 109´. Color.

Dirección: John Milius; Guión: John Milius, basado en la novela de Pierre Schoendoerffer; Dirección de fotografía: Dean Semler; Montaje: Anne V. Coates y C. Timothy O´Meara; Música: Basil Poledouris; Diseño de producción: Gil Parrondo; Dirección artística: Bernard Hides; Producción: Albert S. Ruddy y André Morgan, para The Ruddy/Morgan Organisation-Film Plan Financing Number 1- Cine Location Services-David Hannay Productions-Southeast Asia Film Location Services Sdn. Bhd.(EE.UU.)

Intérpretes: Nick Nolte (Learoyd); Nigel Havers (Capitán Fairbourne); Frank McRae (Tenga); James Fox (Ferguson); Marius Weyers (Conklin); Gerry López (Gwai); Marilyn Tokuda (Yoo); Elan Oberon (Vivienne); Chang Wing Choy, Aki Aleong, William Wise, Wayne Pygram, Richard Morgan, Michael Nissman, John Bennett Perry.

Sinopsis: En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, un oficial inglés llega a Borneo para intentar reclutar a las tribus aborígenes para la lucha contra los japoneses. Allí, se encuentra con que una de esas tribus está dirigida por un desertor del ejército de los Estados Unidos.

Hubieron de transcurrir cinco años desde la que considero su peor película como director, Amanecer rojo, para que John Milius regresara a la dirección de largometrajes con Adiós al rey, adaptación de la novela homónima de Pierre Schoendoerffer. Amanecer rojo fue bien acogida por el público, debido muy probablemente a que se estrenó en pleno apogeo de la era Reagan, pero su discurso tan derechista hizo que Hollywood, que siempre ha pretendido ser mucho más liberal de lo que en realidad es, empezara a mirar con recelo a Milius, hecho que sin duda contribuyó a que el recibimiento de su siguiente película fuera mucho más discreto.

Si bien es cierto que con resultados menos distinguidos, Adiós al rey recupera muchos elementos de las dos obras más importantes de Milius, una como director, El viento y el león, y la otra como guionista, Apocalypse now. Con esta última, las similitudes a nivel argumental son notables, pues tenemos a un militar que se adentra en lo más profundo de las selvas del Sureste asiático para dar (esta vez por casualidad) con un estadounidense, desertor del ejército por más señas, que ejerce como rey de una tribu nativa. La inicial desconfianza del oficial británico, que viaja acompañado de su radiotelegrafista, hacia el renegado metido a rey aborigen muta en admiración al comprobar que ese hombre, que en la civilización occidental era un don nadie, se comporta como un verdadero rey, cuida de su pueblo y lo gobierna con benevolencia y firmeza. Sin embargo, la guerra está llegando a ese paraíso selvático, que puede estallar en pedazos en cuanto los enfrentamientos entre japoneses y aliados alcancen el hasta entonces aislado territorio.

Es obvio que el terreno favorito de John Milius es la épica, las historias de superhombres cuya moral se encuentra mucho más allá de las convenciones. Por eso, no duda en mirar hacia el pasado y los confines de la civilización para encontrar modelos que se adapten a su filosofía. En ocasiones, la ampulosidad y el afán de trascendencia traicionan a este excelente guionista, que además sabe aprovechar de manera destacable la salvaje belleza de las localizaciones. Por ejemplo, la escena nocturna en la que Learoyd acude a la cabaña en la que se encuentran sus uniformados prisioneros y, en cuclillas y bajo la lluvia, escucha sus palabras con rostro pétreo, es Milius en estado puro y consigue brillar también en lo estético, terreno en el que, al margen de alguna concesión al paisajismo de postal, la película es notable. De nuevo, la música de un compositor tan potente como Basil Poledouris encaja a la perfección en el universo épico de Milius, que podrá gustar más o menos, pero no es impostado. La muestra es que, al final, Fairbourne, que pese a simpatizar con la forma de vida de la tribu regida por Learoyd, nunca deja de ser un civilizado oficial británico, comprende que éste pertenece a la selva, y al que por elección es su pueblo. Aunque lo pretende, Adiós al rey, que se resiente de la falta de entidad de la mayoría de personajes secundarios, no alcanza la grandeza de los films de aventuras exóticas de David Lean o Richard Brooks que le sirven como modelos, pero en sus mejores momentos, casi todos concentrados en los primeros y últimos minutos de la película, se queda bastante cerca.

Del reparto, cabe destacar a un magnífico Nick Nolte, gran actor que por entonces estaba en el mejor momento de su carrera y que supo dotar al rey Learoyd de la grandeza, la solemnidad y el carisma que necesitaba. A su lado, el televisivo Nigel Havers consiguió la interpretación cinematográfica más distinguida de su larga carrera, en el papel de un militar tan elegante en sus maneras como firme en sus convicciones. Si exceptuamos a James Fox, actor de gran presencia, el resto del elenco no está a la altura de los protagonistas, y esto perjudica a la película porque le resta amplitud narrativa. Eso sí, con la escena en la que interviene John Bennett Perry interpretando al general McArthur, queda clara la admiración que John Milius siente hacia los jefes militares.

Vista hoy, Adiós al rey es una película que, aunque ya estaba fuera de tiempo en la época en la que se estrenó, merece ser valorada como uno de los últimos films importantes de aventuras bélicas. En cierto modo, y mucho más que la posterior, y mucho más mediocre, El vuelo del IntruderAdiós al rey es un anticipado, a causa del ostracismo que mencioné al principio, testamento cinematográfico de un hombre de indudable talento.

CLOCKERS (CAMELLOS)

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CLOCKERS. 1995. 128´. Color.

Dirección: Spike Lee; Guión: Richard Price y Spike Lee, basado en la novela de Richard Price; Director de fotografía: Malik Hassan Sayeed;  Montaje: Sam Pollard; Música: Terence Blanchard; Diseño de producción: Andrew McAlpìne; Dirección artística: Tom Warren (Supervisor); Producción: Martin Scorsese, Jon Kilik y Spike Lee, para 40 Acres & A Mule Filmworks-Universal Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Harvey Keitel (Detective Rocco Klein); John Turturro (Detective Larry Mazilli); Delroy Lindo (Rodney Little); Mekhi Phifer (Ronald Strike Dunham); Isaiah Washington (Victor Dunham); Keith David (André); Pee Wee Love (Tyrone Jeeter); Regina Taylor (Iris Jeeter); Tom Byrd (Errol); Sticky Fingaz (Científico); Fredro (Go); Michael Imperioli (Detective Jo-Jo); Elvis Nolasco, Lawrence B. Adissa, Hassan Johnson, Frances Foster, Lisa Arrindell, Paul Calderón, Brendan Kelly, Mike Starr, Spike Lee.

Sinopsis: Un pequeño traficante de drogas muere asesinado en uno de los barrios más conflictivos de Nueva York. Cuando Victor Dunham, un modélico padre de familia, confiesa ser el autor del crimen, el veterano policía Rocco Klein decide investigar las circunstancias que rodearon el crimen.

Superado el paréntesis ligero que supuso Crooklyn, Spike Lee regresó a las temáticas potentes habituales en su filmografía con Clockers, película que adapta una novela de Richard Price, escritor que había colaborado en diversas ocasiones con Martin Scorsese. De hecho, el director italoamericano es uno de los productores de esta película, en la que sus huellas no son difíciles de percibir. Pasada la moda Spike Lee que invadió Hollywood a finales de los 80 y se disipó después de la polémica, y para mí fallida, Malcolm XClockers tuvo mucha menos aceptación de la que merecía.

Clockers es el primer largometraje de Spike Lee cuyo protagonista es de raza blanca, y también el primero en el que su continua denuncia del racismo ofrece una mayor variedad de matices. Los títulos de crédito iniciales, ilustrados con explícitas fotografías de hombres negros asesinados, avisan sobre lo que vendrá; las dos primeras escenas, en las que unos adolescentes muestran sus preferencias por los raperos adscritos al matonismo más extremo del género, y otra en la que diversos miembros de la policía emiten comentarios jocosos mientras asisten al levantamiento del cadáver de un hombre negro muerto de cuatro balazos, suponen un excelente punto de partida para una película que versa sobre la investigación policial de ese crimen. A Rocco Klein, un experto detective de la policía, le resulta extraño que el autor confeso sea un ciudadano hasta entonces ejemplar, y decide ver qué hay detrás de todo ello. Para sus compañeros, lo que ha ocurrido es el enésimo ajuste de cuentas entre los narcotraficantes de un barrio peligroso como pocos. Un pequeño traficante muerto, un asesino confeso… cosas de negros, caso resuelto. Klein no opina de la misma forma, y fija su atención en Strike, el hermano de Victor que trabaja, como mucha otra gente del barrio, para Rodney, el narcotraficante que todo lo controla. La víctima estafaba a Rodney, que es la presa que Klein quiere cobrarse, y el detective estrecha el cerco sobre él utilizando a Strike.

Spike Lee habla, como de costumbre, del racismo, pero también de los negros cuya manera de vivir no hace más que ratificar en sus prejuicios a quienes les consideran, sin distinción, seres primarios e incapaces de llevar una vida pacífica y digna. La discriminación crea ghettos, pero es elección de cada cual (y no precisamente fácil) el salir de él, o al menos intentarlo, mediante el trabajo duro y honrado, o a través del tráfico de drogas, la violencia y el crimen. El poder y la influencia de seres como Rodney, una especie de Mefistófeles de barrio que proporciona estatus y dinero fácil a cambio de una sumisión total a sus designios, le convierte en un imán para un sinfín de jóvenes con tan pocas oportunidades como capacidad de esfuerzo. Es Nueva York, es Río de Janeiro, es La Línea, es Barcelona. Con un guión preciso, las oportunas dosis de efectismo y mucho conocimiento del terreno que pisa, Spike Lee traza un inspirado retrato de la vida en esos lugares en los que cualquiera que ame su pellejo no debería vivir. Cineasta de cámara inquieta, a veces demasiado, y clara vocación realista, Lee es capaz de hacer una buena película de Martin Scorsese, y eso no es poca cosa. Discurso potente, colores vivos, incluso chillones, elaborado montaje y una banda sonora, compuesta por ese pedazo de trompetista llamado Terence Blanchard, de calidad.

Encabeza el reparto un Harvey Keitel en su mejor momento, que ofrece una fantástica interpretación en un papel que, en ciertos aspectos, viene a ser la antítesis de uno de sus roles más recordados, el policía en pleno hundimiento de Bad lieutenant. Rocco Klein, el personaje al que da vida Keitel es un policía bregado, pero íntegro, que sólo deja de serlo cuando esa integridad le supone un obstáculo para imponer su particular, pero muy razonable, sentido de la justicia. A su lado, John Turturro saca buena nota como detective de homicidios más típico que su compañero, y tanto un Delroy Lindo muy convincente en su papel de traficante desalmado, como el debutante Mekhi Phifer, que saca buen partido de un papel complejo y sabe mostrar todas las contradicciones de su personaje, están a la altura que exige la película. Isaiah Washington, Keith David y un Tom Byrd algo pasado de vueltas en sus primeras escenas completan un reparto que en todo momento ofrece sensación de autenticidad.

Que el nombre de Richard Price esté detrás de The Wire quiere decir algo: parte de lo que allí se encuentra estuvo antes en Clockers, una de las mejores películas de Spike Lee y un excelente film policíaco rodado con vigor e inspiración.

ABRE LOS OJOS

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ABRE LOS OJOS. 1997. 118´. Color.

Dirección: Alejandro Amenábar; Guión: Alejandro Amenábar y Mateo Gil; Dirección de fotografía: Hans Burmann;  Montaje: María Elena Sáinz de Rozas; Música: Alejandro Amenábar y Mariano Marín; Dirección artística: Wolfgang Burmann; Producción: José Luis Cuerda y Fernando Bovaira, para Sogetel-Las Producciones del Escorpión- Les Films Alain Sarde-Lucky Red (España-Francia-Italia).

Intérpretes: Eduardo Noriega (César); Penélope Cruz (Sofía); Fele Martínez (Pelayo); Najwa Nimri (Nuria); Chete Lera (Antonio); Gérard Barray (Duvernois); Jorge De Juan, Miguel Palenzuela, Tristán Ulloa, Pedro Miguel Martínez, Ion Gabella, Joserra Cadiñanos, Jaro, Pepe Navarro.

Sinopsis: César, un joven rico y guapo, sufre un accidente que le desfigura el rostro, provocado por una de sus amantes.

Tras su impactante debut, Tesis, Alejandro Amenábar regresó a la dirección con un proyecto que seguía la misma línea de su ópera prima pero superaba a ésta en presupuesto y ambiciones. Abre los ojos fue un rotundo éxito, que confirmó el talento de su director e incluso fue objeto de un olvidable remake norteamericano, Vanilla sky.

En parte thriller hispánico con vocación de modernidad, y en parte adaptación en clave juvenil del mito de la bella y la bestia, el segundo film de Amenábar comienza con la que quizá sea la escena de mayor impacto de toda su carrera, la de Eduardo Noriega bajando de su automóvil y corriendo asustado a través de una sorprendentemente desierta Gran Vía madrileña, y se desarrolla, con ciertos altibajos, de una manera que en ocasiones atenta contra la lógica pero siempre con capacidad de mantener la tensión. En general, resulta arriesgado mezclar sueños y realidad de manera coherente, pero Amenábar hace gala de ingenio, cuela con estilo las trampas que almacena el guión coescrito con Mateo Gil, y consigue ir un paso más allá de lo logrado con su ópera prima. Una de las claves del éxito del film consiste en dirigirse al público juvenil, que entonces y ahora es el que llena las salas de cine, hablando su mismo lenguaje e, incluso, haciéndole creerse más inteligente de lo que en verdad era (y es). En 1997 no existían los móviles, Internet daba sus primeros pasos antes de que tipos como Mark Zuckerberg se hicieran de oro convirtiendo el mundo un lugar aún más jodido, y Amenábar hace uso de ese creciente interés por la tecnología para emplearlo en una trama que mezcla realidad, mundos oníricos, criogenización y reflexiones acerca de la vida, el amor y la amistad muy propias de veinteañeros, todo ello colocado en el cerebro de un joven que lo tiene todo y se convierte en su peor pesadilla por obra y gracia de una amante despechada. El juego entre lo real y lo soñado funciona muy bien a lo largo de las casi dos horas de metraje, y es cierto que el final es discutible mas, dados los derroteros por los que discurre la película, era muy difícil construir uno que no lo fuera.

Poseedora de una estética fría, pero adecuada para la narración, Abre los ojos supone un salto adelante en cuestiones técnicas respecto a Tesis: las cualidades allí apuntadas, una de las cuales es la capacidad del del director para (co)escribir buenas bandas sonoras, quedan mejor expuestas, y los defectos propios de una obra primeriza, mejor tapados. El montaje, fundamental en un film que juega mucho con la alternancia entre el sueño y la vigilia, me parece bastante logrado, y las escenas que necesitan de mayor capacidad visual, como la ya citada en la Gran Vía o la del clímax final en la azotea de un rascacielos, poseen la suficiente calidad.

El capítulo interpretativo es, sin lugar a dudas, uno de los grandes puntos flacos de la película, por no decir el mayor de todos ellos. Eduardo Noriega, elevado a la categoría de guaperas oficial gracias a Amenábar, nunca fue un buen actor y, aunque mejora su floja interpretación en Tesis, quizá gracias a que durante la mayor parte de las escenas aparece desfigurado o con máscara, no llega al aprobado. Lo mismo ocurre con Fele Martínez, otro miembro de la troupe Amenábar incapaz de ofrecer una interpretación convincente. Penélope Cruz, al menos, es una actriz; no tan buena como nos han hecho creer, pero con el suficiente talento como para superar a sus dos compañeros de reparto con la gorra. Los mejores del reparto son, sin duda, la insinuante y perversa Najwa Nimri, el aplicado Chete Lera y un Gérard Barray que, sin destacar en exceso, al menos cumple.

He leído que Amenábar opina que Abre los ojos es su peor película. Mal juez de su propia obra demuestra ser, porque no creo que después haya rodado nada mejor o, al menos, más fresco. De lo mejorcito que dio el cine español entre El día de la bestia Barrio, dos de los grandes films rodados en la década de los 90 en nuestro país.

REGRESO AL FUTURO

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BACK TO THE FUTURE. 1985. 116´. Color.

Dirección: Robert Zemeckis; Guión: Robert Zemeckis y Bob Gale; Dirección de fotografía: Dean Cundey;  Montaje: Harry Keramidas y Arthur Schmidt; Música: Alan Silvestri. Canciones de Huey Lewis and the News; Diseño de producción: Lawrence G. Paull; Producción: Neil Canton y Bob Gale, para Amblin Entertainment-Universal Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Michael J. Fox (Marty McFly); Christopher Lloyd (Doc); Lea Thompson (Lorraine); Crispin Glover (George McFly); Thomas F. Wilson (Biff); Claudia Wells (Jennifer Parker); Marc McClure (Dave McFly); Wendie Jo Sperber (Linda McFly); James Tolkan (Sr. Strickland); Billy Zane (Cerilla); Casey Siemaszko (3-D); George DiCenzo, Frances Lee McCain, J.J.Cohen, Lisa Freeman, Will Hare, Courtney Gaines, Huey Lewis.

Sinopsis: Un científico crea una máquina del tiempo. Su amigo, el adolescente Marty McFly, se traslada con ella a la década de los 50, en la época en la que se conocieron sus padres.

Pocas cosas originales pueden decirse acerca de Regreso al futuro, clásico incontestable del cine ochentero y obra que encumbró a su director, Robert Zemeckis. Se trata de una película que reventó taquillas, marcó a toda una generación, de la que formo parte, ha resistido muy bien el paso del tiempo y sigue gustando a personas que ni siquiera habían nacido en la fecha de su estreno.

Vista hoy, Regreso al futuro continúa destacando por su frescura, la extrema jovialidad de su propuesta y la pericia técnica con la que ésta es desarrollada. Su argumento, tomado en serio, no deja de ser un disparate, pero el gran mérito de esta película es que, durante su metraje, la seriedad se toma unas gozosas vacaciones. Y se trata de cine comercial, de puro entretenimiento, pero no es imbécil: el guión acierta al mostrar, por ejemplo, que con los años puede cambiar el color, o la ropa interior, de los gobernantes, pero lo que no cambia son sus discursos. O que una mujer que se casa por pena con un tipo apocado y asustadizo tiene todos los números para acabar siendo un ama de casa frustrada y alcohólica. Más allá de esto, y de las inevitables concesiones al gusto del gran público, la película ofrece un vibrante carrusel de escenas espectaculares, rebeldía adolescente, simpáticos anacronismos, confusos romances fuera de época y una amistad, la que une al hiperactivo científico Doc Brown y al despreocupado adolescente Marty McFly, que se mantiene firme más allá del tiempo. Al primero no se le ocurre otra cosa que inventar una máquina del tiempo, instalada nada menos que en un Delorean. El problema es que, para garantizar la potencia necesaria, el invento de Doc necesita plutonio, material de interés para un grupo de terroristas libios que entra en escena justo cuando la máquina está en mitad de su gran prueba. Marty, decidido a evitar que la falta de sentido del humor de los terroristas acabe con sus planes de futuro, le da caña al Delorean y aparece en 1955, poco antes de que sus padres comiencen a convertirse en… sus padres. Por un lado, Marty debe conseguir que el científico le ayude a regresar a su época, y por el otro, conseguir que sus progenitores acaben siéndolo, tarea harto difícil porque el joven George McFly posee menos virilidad que los reclutas sarasas de los chistes de Arévalo (otro clásico ochentero, éste en clave local) y, como es lógico, cuando Marty aparece en escena, su futura madre se enamora de él, y no del medio lelo de George.

Aunque quizá alguno de los giros finales (el último de todos, en concreto) aporta más bien poco, es de destacar el vigor del guión, lleno de diálogos ingeniosos y capaz de mezclar los distintos elementos de la propuesta con notable tino, así como el frenético montaje, clave para que las casi dos horas de película se pasen en un santiamén. Buena nota también para la parte musical, tanto en lo que se refiere a la partitura de Alan Silvestri como a las canciones de un grupo que se hizo de oro en los 80, Huey Lewis and the News. Un último acierto: cuando Marty hace que los asistentes al baile vibren con Johnny B. Goode, pero les deja de una pieza con su desaforado desparrame guitarrístico posterior, la clava cuando dice: “Tal vez no estéis preparados para esto, pero a vuestros hijos les gustará”. Sí señor: gloria a Eddie Van Halen.

Podrá decirse, y con razón, que ni los actores que intervienen en esta película son nada del otro mundo, ni su labor interpretativa es un modelo de contención, pero, una vez más, Regreso al futuro salva con honores este no desdeñable hándicap. Michael J. Fox, que con esta película pasó de estrella de la televisión a icono del celuloide, le da a Marty McFly todo el carisma, la vivacidad y el desenfado que necesita. Christopher Lloyd está sobreactuadísimo, pero como su personaje no deja de ser la versión amable de los mad doctors que poblaron los clásicos del fantástico y el terror, se le perdona con gusto. Del resto, lo mejor es Lea Thompson, aunque el resto de actores están, como poco, resultones.

Regreso al futuro tiene un merecido puesto en la mitología popular. Su Delorean, su condensador de fluzo y su The power of love forman parte del imaginario colectivo, pero lo mejor es que, detrás de eso, encontramos uno de los mejores films de entretenimiento dirigidos al público juvenil que ha producido Hollywood en las cuatro últimas décadas.

TRUMAN

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TRUMAN. 2015. 106´. Color.

Dirección: Cesc Gay; Guión: Cesc Gay y Tomàs Aragay; Dirección de fotografía: Andreu Rebés;  Montaje: Pablo Barbieri; Música: Nico Cota y Toti Soler; Diseño de producción: Irene Montcada Producción: Diego Dubcovski y Marta Esteban, para Kramer and Sigman Film- Trumanfilm- Impossible Films-BD Cine (España-Argentina).

Intérpretes: Ricardo Darín (Julián); Javier Cámara (Tomás); Dolores Fonzi (Paula); Troilo (Truman); Eduard Fernández (Luis); Alex Brendemühl (Veterinario); Pedro Casablanc (Médico); José Luis Gómez (Productor); Javier Gutiérrez (Asesor de la funeraria); Elvira Mínguez (Gloria); Oriol Pla (Nico); Nathalie Poza, Ágata Roca, Susi Sánchez, Francesc Orella, Silvia Abascal, Kira Miró, Lucie Desclozeaux, Lucas Hamming.

Sinopsis: Un español establecido en Canadá regresa a Madrid para visitar a su amigo Julián, enfermo de cáncer.

Después de la coral Una pistola en cada mano, el barcelonés Cesc Gay contó con dos de los actores principales de aquella película, Ricardo Darín y Javier Cámara, para interpretar a los dos personajes clave de Truman, drama intimista que aborda una cuestión complicada como el cáncer y que concedió a su director los mayores reconocimientos de su carrera.

La historia de un actor enfermo de cáncer, divorciado, que vive en un apartamento madrileño junto a su perro, Truman, y que ha decidido no continuar con un tratamiento que tampoco le ofrece demasiadas garantías de salvación, se presta a un indigesto despliegue lacrimógeno que obliga, tanto al guión como a los actores, a un significativo ejercicio de contención que, por suerte, encontramos en el libreto y en los intérpretes. Gay, guionista metido a director, muy buen dotado para la construcción de personajes y diálogos pero demasiado teatral en sus planteamientos estéticos, presenta un drama intenso, pero con concesiones. Le entiendo: nadie querría ver la historia de un hombre de mediana edad que se enfrenta a una muerte inminente con toda su crudeza. En consecuencia, el director nos presenta una versión dulcificada, aunque no directamente tramposa, de algo que en la realidad es más devastador, y también más mezquino. Todo es ideal, tal vez demasiado: la amistad entre los protagonistas, a los que separan muchos años y todo un océano de distancia, la relación entre Julián, su ex-mujer y su hijo universitario… por momentos, Truman es más lo que debería ser la realidad que lo que ésta en verdad es (pocas veces la gente es tan madura, tenga la edad que tenga, como los personajes de la película). y lo más creíble de todo es la relación de Julián con su perro… aunque opino que, en la realidad, esa clase de entendimiento profundo persona-mascota sólo se da cuando el ser humano es un solitario irredento, algo que Julián sólo es hasta cierto punto. Hay varias escenas brillantes: la aparición de la mezquindad, de esos amigos o conocidos que nos evitan cuando olemos a muerto, el retrato de la manera tan aséptica y profesional en la que se desarrolla el macabro negocio funerario, o varias situaciones en las que el personaje de Julián debe encarar el doloroso trance de intentar que todo quede como a él le gustaría cuando ya no esté, como la visita al veterinario. En otras situaciones, veo una madurez demasiado forzada que apenas el personaje de Paula consigue alterar.

Como ya he señalado, los aspectos técnicos se resienten de la teatralidad del conjunto, y se quedan sólo en lo funcional, siendo lo mejor de los elementos no puramente dramáticos la bella música de Toti Soler que ilustra los títulos de crédito iniciales. Truman basa todo su atractivo en los campos literario e interpretativo: el primero de ellos alterna escenas conmovedoras con otras que se antojan forzadas: el segundo es excelente, casi sin matices. Ricardo Darín es un actor magnífico, capaz de salvar papeles mal construidos y de enaltecer los buenos, como el de Julián. Javier Cámara, intérprete al que a veces no consigo cogerle el punto, demuestra aquí ser un gran actor dramático (en mi opinión, el terreno donde el riojano da lo mejor de sí). Dolores Fonzi, uno de los rostros conocidos del cine y la televisión en Argentina, camina a veces en el límite de la sobreactuación pero consigue insuflarle arrebato a la película, y las breves apariciones de grandes de la interpretación como Eduard Fernández o José Luis Gómez no hacen más que confirmar la elevada talla actoral de la película. Incluso la labor del perro que da vida a Truman es de lo más convincente.

Por momentos conmovedora y por momentos artificialmente embellecida, Truman nos enfrenta al dolor de la pérdida, ya sea de la vida propia o de la de un ser querido, de un modo elegante, en el que aún queda un pequeño margen para el humor. Lo de que el ateo deje de serlo a las puertas de la muerte es un topicazo, pero por lo demás Truman, sin ser una obra maestra, sí es un film más que digno, realzado por la presencia de grandes actores.

 

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