EL IRLANDÉS

THE IRISHMAN. 2019. 210´. Color.

Dirección: Martin Scorsese; Guión: Steven Zaillian, basado en la novela de Charles Brandt I heard you paint houses; Director de fotografía: Rodrigo Prieto;  Montaje: Thelma Schoonmaker; Música: Robbie Robertson; Diseño de producción: Bob Shaw; Dirección artística: Laura Ballinger (Supervisión); Producción: Gastón Pavlovich, Troy Allen, Martin Scorsese, Randall Emmett, Robert De Niro, Irwin Winkler, Gerald Chamales, Jane Rosenthal y Emma Tillinger Koskoff, para Tribeca Productions-Sikelia Productions-Winkler Films-Netflix (EE.UU.).

Intérpretes: Robert De Niro (Frank Sheeran); Al Pacino (Jimmy Hoffa); Joe Pesci (Russell Bufalino); Harvey Keitel (Angelo Bruno); Ray Romano (Bill Bufalino); Bobby Cannavale (Navaja flaca); Anna Paquin (Peggy Sheeran); Stephen Graham (Tony Pro); Stephanie Kurtzuba (Irene Sheeran); Jack Huston (Robert Kennedy); Kathrine Narducci (Carrie Bufalino); Jesse Plemons (Chucky O´Brien); Domenick Lombardozzi (Tony Salerno); Paul Herman (Whispers Di Tullio); Gary Basaraba (Frank Fitzsimmons); Marin Ireland (Dolores Sheeran); Lucy Gallina (Joven Peggy Sheeran); Welker White (Jo Hoffa); Louis Cancelmi (Sally Bugs); Jonathan Morris, Dascha Polanco, Bo Dietl, Sebastian Maniscalco, Aleksa Palladino, Steven Van Zandt, Jim Norton, Daniel Jenkins, Billy Smith, Kevin O´Rourke, Patrick Gallo, Jake Hoffman, Barry Primus, Craig Vincent, Robert Funaro, Al Linea.

Sinopsis: Frank Sheeran es un transportista, veterano de la Segunda Guerra Mundial, que empieza a subir enteros en el sindicato del gremio gracias a sus amistades en la Mafia y a su cercanía con el líder del sindicato, Jimmy Hoffa.

La adaptación cinematográfica de la novela de Charles Brandt I heard you paint houses era un viejo deseo de Martin Scorsese que ha estado cerca de no convertirse en realidad. Varias décadas después de su génesis, el proyecto vio la luz gracias al respaldo de Netflix, por otra parte una de las compañías que más ha contribuido a vaciar las salas de cine en los últimos años. La larga postergación del proyecto ha acabado por generar una obra crepuscular, por no decir testamentaria, que quizá no deba figurar entre las obras maestras de Scorsese, pero sí merece la etiqueta de gran cine.

La película se podría haber titulado The last Gangster movie, porque en muchos aspectos supone el punto final a un modo de entender el género que bebe de los monumentos al cine que dirigieron Coppola, Leone, De Palma y el propio Scorsese, y que está destinado a desaparecer con ellos. De hecho, la vejez y la muerte son dos de los grandes temas del film, y lo que éste viene a decirnos es que la esperanza de vida de los mafiosos es menor que la de las personas corrientes, pero que, si consiguen llegar a viejos, los gángsters degeneran y mueren igual que los demás.

El eje argumental es la todavía hoy no aclarada desaparición de quien en tiempos fue el líder sindical más poderoso de la historia de los Estados Unidos, Jimmy Hoffa, y lo que hacen la novela de Brandt, el guión de Steven Zaillian y la mano maestra de Scorsese es ofrecernos una teoría bastante plausible sobre ese hecho, narrada en primera persona por alguien que tuvo mucho que ver en lo ocurrido: Frank Sheeran, un camionero irlandés que aprendió a matar en la guerra y que prosperó gracias a que sus trabajos para la Mafia le permitieron seguir haciéndolo mientras escalaba peldaños en la pirámide social. La suma de estas circunstancias hizo que Sheeran fuera testigo directo de algunos de los episodios más relevantes acaecidos en la etapa más convulsa de la Norteamérica de posguerra, a caballo entre la Cosa Nostra, cuyos tentáculos llegaban prácticamente a todas partes, y el poderoso sindicato de transportistas liderado por Hoffa. La ligazón entre ambas organizaciones era notoria, pero eso no significa que fueran lo mismo: lo comprobará Sheeran cuando, ya caído Nixon, deba escoger entre la lealtad a Russ Bufalino, el hombre que le hizo prosperar y le protegió después de dar algún significativo paso en falso, y la fidelidad a Hoffa, que con los años convirtió a Sheeran en su mano derecha. El antiguo soldado y camionero, de cuyo pasado no sabemos absolutamente nada, cuenta su historia con la libertad de quien ve acercarse la hora de la muerte, pero también con el temor propio de alguien que afronta su final dejando atrás una existencia nada ejemplar.

La mirada de Scorsese sobre el crimen organizado se distingue por ser más realista y menos glamourosa que las de Coppola o Leone, y esa antigua inclinación es más fuerte que nunca en El irlandés, una obra que muestra algunas facetas de los mafiosos que, de tan mundanas, han sido casi siempre obviadas en el cine. Por citar otro gran referente del género gangsteril contemporáneo, la película está, por su dimensión desmitificadora, más cerca de Los Soprano que de, por ejemplo, Érase una vez en América, film con el que coincide en subrayar que la presencia de la Mafia en la historia de los Estados Unidos no es precisamente anecdótica. De hecho, creo que uniendo ambas películas se obtiene un fresco bastante preciso de lo que ha significado el crimen organizado en la América del siglo XX. Dicho lo cual, hay un par de similitudes más entre El irlandés y la obra maestra de Leone: la avanzada edad de su protagonista (en el film de Scorsese, también narrador) y la importancia que se le otorga a un tema, el de la amistad traicionada, que es el eje central de la filmografía de otro cineasta fundamental como Sam Peckinpah.

A la hora de filmar la historia, Scorsese opta por el clasicismo y deja bastante de lado su faceta más virtuosa, aunque algunos movimientos de cámara, como el que muestra el recorrido hasta el fondo del río de un arma con la que se ha cometido un crimen, o la forma de filmar el gélido rostro de Russ Bufalino mientras en la televisión anuncian el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, dejan el inequívoco rastro de un verdadero artista. La fotografía opta por los tonos grises, acordes con la naturaleza de una historia, como ya se ha dicho, eminentemente crepuscular, y el montaje de Thelma Schoonmaker es, una vez más, modélico, dando forma a una película que dura tres horas y media y no se hace larga. Al margen del típico ejercicio de erudición musical del que el director neoyorquino vuelve a hacer gala, hay que señalar que la banda sonora de Robbie Robertson opta por lo funcional y se aleja de las piezas que Rota y Morricone han fijado en la memoria de los cinéfilos. En este aspecto, creo que el film yerra la apuesta. Con todo, el aspecto más debatido de El irlandés en la vertiente técnica es el rejuvenecimiento digital de sus principales protagonistas, todos ellos de avanzada edad. Sobre esto, he de decir que la cuestión facial está muy bien resuelta, pero no sucede lo mismo con los movimientos de los actores, carentes del necesario nervio cuando la historia retrocede en el tiempo, ni en sus miradas, que no poseen el brillo propio de la mediana edad cuando los protagonistas se supone que están en ella.

El tema de la expiación y la culpa, tan presente en la obra de Scorsese, ocupa también un lugar importante en esta historia, en la que la culpa tiene un rostro, el de Peggy, la hija mayor de Frank Sheeran. El perdón divino puede servir de alivio, pero si algo queda claro es que, más tarde o más temprano, de una manera o de otra, a todo el mundo le llega el momento de pasar cuentas. Peggy sabe la verdad: que los mafiosos imponen un sistema basado en el miedo para servirse, fundamentalmente, a sí mismos, y que las personas como Jimmy Hoffa, aunque no sean trigo limpio porque nada hay menos humano que la santidad, al menos sí fueron útiles para que los trabajadores mejoraran sus condiciones de vida. Hoffa es, en cierto modo, un poderoso atípico, porque la fuerza dominante en él no es el cinismo.

De Niro. Pacino. Pesci. Poco más se puede decir, salvo que es un placer verles juntos en la pantalla. El protagonista de Taxi Driver opta por un registro más contenido, mientras que Pacino da vida a un Jimmy Hoffa mucho más histriónico. Ambos están mejor cuanta más edad tienen sus personajes, y pocas veces han brillado tanto en las dos últimas décadas. La gran suerte de Scorsese, no obstante, fue convencer a Joe Pesci de que abandonara por unos meses su retiro y aceptara interpretar a Russ Bufalino, porque su actuación es inmejorable, quizá por ser una de las más contenidas de su carrera. La intervención de otro de los actores de cabecera de Scorsese, Harvey Keitel, es más episódica, pero también acertada. Del resto del reparto, el rostro más conocido es el de Anna Paquin, eficaz en su doble papel de hija adulta y materialización del sentimiento de culpabilidad. Los secundarios cuyas apariciones ocupan mayor metraje son Ray Romano, Bobby Cannavale y Stephen Graham, y la verdad es que todos ellos consiguen destacar, en especial los dos últimos. Entre Pacino y Graham existe la chispa necesaria para que las escenas que comparten sean de alto voltaje. Por último, el plantel de secundarios italoamericanos cumple con nota.

El irlandés deja el regusto triste de ser el final de una forma de entender el cine que a muchos nos hizo enamorarnos de este arte. No alcanza el grado de perfección de Uno de los nuestros, pero tampoco por mucho. En todo caso, supera por un amplio margen al 95% de las películas que se estrenan anualmente, y creo que está destinada a perdurar. Sería un digno epílogo a la trayectoria de un gran maestro del cine, pero espero que Martin Scorsese llegue a dirigir más largometrajes.



I AM THOR

I AM THOR. 2015. 82´. Color.

Dirección: Ryan Wise; Guión: Ryan Wise; Dirección de fotografía: Ryan Wise;  Montaje: Ryan Wise; Música: Christopher Ward (Original)/Thor (Canciones); Producción: Alan Higbee y Ryan Wise, para Blue Lame 61 Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Jon Mikl Thor, Rusty Hamilton, Mike Favata, Steve Price, John Holmstrom, Keith Zazzi, Michael Pilmer, Lou Ferrigno, Ben Perman, John Fasano, Katherine Elo, John Hartman, Ed Prescott.

Sinopsis: Biografía de Jon Mikl Thor, culturista y cantante de hard rock.

Curtido en la realización de series televisivas, el director Ryan Wise se adentró en el terreno del documental musical para narrar la trayectoria de uno de los personajes más peculiares (y eso es mucho decir) del rock duro: Jon Mikl Thor, un hercúleo vocalista de origen canadiense en cuya carrera hay muchas más sombras que luces. La película ha circulado casi en exclusiva por los certámenes dedicados al género al que pertenece, pero constituye un impagable documento sobre el lado menos glamouroso del rock and roll.

En síntesis, el film cuenta la historia de alguien que ha empleado tanto esfuerzo como poca traza en la búsqueda del éxito. Personaje a la vez entrañable y patético, Thor, o más bien dicho su incapacidad para alcanzar el estrellato, es la suma de una falta de consciencia de las propias limitaciones y de un cúmulo de decisiones erróneas propias de alguien que vive en su propio mundo y cuyo contacto con la realidad es más bien difuso. La película sigue el habitual orden cronológico, y hasta que se sitúa en el primer regreso de Thor a los escenarios la narración es bastante sintética, incluso atropellada por momentos. No obstante, permite que el espectador acceda a la mente de esta especie de Ed Wood del rock & roll que ya desde pequeño soñó con convertirse en un superhéroe y creó un personaje, a medio camino entre la mitología nórdica y el culturismo kitsch, que se ha mantenido ajeno a los cambios vividos en las varias décadas transcurridas desde su irrupción, más allá de que el hipermusculado cuerpo primigenio haya degenerado en un superhéroe fondón, ya autoparódico a primera vista.

Primero forzudo de feria, más tarde protagonista de espectáculos cuasipornográficos, Jon Mikl Thor creyó, iniciada la segunda mitad de la década de los 70, que el rock sería la plataforma desde la que su personaje obtendría la ansiada fama. De acuerdo a su relato, el infortunio y el contacto con algunas de las distintas especies de chupasangres que pueblan el negocio musical impidieron su éxito masivo. Esta creencia derivó en una desmedida ansia por controlar cualquier aspecto de su carrera que, vista en retrospectiva, tuvo consecuencias más bien funestas para el protagonista de esta película, y para todos los que han acompañado, ya sea por lealtad o por pura compasión mal entendida, a Thor en su alocada carrera hacia el estrellato. El biografiado no tiene en cuenta que sus muy limitadas cualidades como vocalista y compositor (en su larga carrera, Thor no ha producido nada que se parezca a una canción perdurable), sus psicotrónicos videoclips y el hecho de que siempre haya optado por incluir en sus espectáculos elementos no menos descacharrantes tomados de sus vidas profesionales anteriores han impedido que alguna vez el público entendido pudiera tomarle en serio como músico. Servidor habla con conocimiento de causa, pues un amigo compró el vinilo del Live in Detroit y tuvo el detalle de grabármelo en cassette: para un adolescente fanático del heavy metal, era un disco que se dejaba escuchar, pero que musicalmente hablando no tenía nada que lo distinguiera de los cientos de grupos que buscaban su lugar en el sol en el universo metalero de la época; puestos a escuchar heavy inflado de testosterona, Manowar eran mejores (y, comparados con Thor, un modelo de clase y saber estar).

El siguiente paso de Jon Mikl Thor, ya que las puertas del estrellato rockero eran infranqueables para él, fue probar suerte en el cine. El resultado: unas cuantas películas de terror de esas que veías con tus colegas para reírte de lo malas que eran. Quizá si el canadiense hubiera optado por la acción musculosa, tan en boga en los 80 y que llevó a la fama a un puñado de forzudos incapaces de actuar, el destino de Thor hubiese sido otro, pero la cuestión es que el cine tampoco le dio lo que buscaba. Ello le provocó una crisis nerviosa de grandes proporciones (o un arranque de lucidez, vaya usted a saber) que se tradujo en un retiro de más de diez años junto a su esposa, Rusty Hamilton. Pero el gusanillo seguía picando, y Thor decidió regresar a los escenarios.

Ryan Wise narra la historia de este curioso personaje desde la óptica del fan, pero sin caer en la idolatría: muestra la infinita paciencia de la que hacen gala quienes siguen a Thor (por otro lado, una buena persona), o como éste es incapaz de asimilar su realidad, y también enseña la buena acogida que su espectáculo tuvo en varios grandes festivales escandinavos o la exquisitez con la que Thor ha tratado siempre a su público. Graves dolencias, hoteles de mala muerte y confesiones en las que la ciega esperanza se mezcla con el inconfundible olor de la derrota conforman el marco de este notable documental, que reclama a gritos una versión más extensa. Mención especial para Mike Favata y Steve Price, batería y guitarrista de Thor, dos auténticos obreros del rock cuyos testimonios rezuman honestidad. En conjunto, una pequeña joya del documental musical, artesana en la forma pero de contenido mucho más atractivo para el espectador que muchos de los films autorizados con los que las estrellas suelen dorarse la píldora a sí mismas.

ACABÁRAMOS

Servidor de ustedes se vanagloria de tener amigos peculiares, sobre todo porque la gente que dice ser normal es aburrida de cojones. Uno de esos amigos, trasnochado cuarentón y antiguo defensor de diversas causas perdidas, me dice desde hace tiempo que la especie humana debe extinguirse cuanto antes, y que cada uno de nosotros, dentro de sus posibilidades, debe hacer lo posible para que esa extinción se produzca a la mayor brevedad. Para ello,y por poner unos ejemplos, come carne a todas horas, se ha hecho independentista pese a ser un charnegazo que no tiene ni medio apellido catalán (hasta fue un día a incendiar contenedores en el Eixample, su barrio natal, después de hacer el vermut en Alella y comprar un Iphone para uno de sus sobrinos en el FNAC), ha hecho una petición en Change.org para que los carritos de bebé sean prohibidos en el transporte público y se ha convertido en uno de los más exitosos abogados matrimonialistas de la comarca. Su estado de ánimo es usualmente mustio, por aquello de que su anhelado Apocalipsis no se está produciendo al ritmo que le gustaría, pero anteayer le encontré de un humor magnífico. Yo salía del trabajo, y él fumaba en la puerta de un gimnasio próximo al centro comercial junto al que un servidor se paga los garbanzos y las cervezas de importación. Me vi obligado a preguntarle el motivo de su alegría. Sonriendo, me contestó: “Si el mundo tiene que salvarlo Greta Thunberg, es que ya queda poco para el fin”.

CASI FAMOSOS

ALMOST FAMOUS. 2000. 122´. Color.

Dirección: Cameron Crowe; Guión: Cameron Crowe; Director de fotografía: John Toll; Montaje: Joe Hutshing y Saar Klein; Música: Nancy Wilson; Dirección artística: Clay A. Griffith, Clayton Hartley y Virginia Randolph-Weaver; Producción: Ian Bryce, Lisa Stewart y Cameron Crowe, para Vinyl Films-Dreamworks Pictures-Columbia Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Patrick Fugit (William Miller); Frances McDormand (Elaine Miller); Billy Crudup (Russell Hammond); Kate Hudson (Penny Lane); Jason Lee (Jeff Bebe); Philip Seymour Hoffman (Lester Bangs); Zooey Deschanel (Anita Miller); Michael Angarano (Joven William); Anna Paquin (Polexia); Fairuza Balk (Sapphire); Noah Taylor (Dick Roswell); John Fedevich (Ed Vallencourt); Mark Kozelek, Liz Stauber, Jimmy Fallon, Olivia Rosewood, Bijou Phillips, Terry Chen, Pauley Perrette, Peter Frampton, Eric Stonestreet, Kevin Sussman.

Sinopsis: Un quinceañero amante del rock es requerido por una revista musical para hacer un reportaje sobre un grupo de moda. Acabará por unirse a otra banda en su gira por los Estados Unidos.

El éxito de Jerry Maguire empujó a Cameron Crowe a abordar un proyecto personal, de notorios tintes autobiográficos, sobre sus inicios como crítico musical allá por los primeros años de la década de los 70, en plena época dorada del rock. El regreso de Crowe a su primera juventud le granjeó buenas críticas, pues no en vano muchos, entre los que me incluyo, consideran que Casi famosos es la película más redonda de este irregular cineasta.

El film es la historia de un quinceañero, de gran inteligencia y convertido en el tesoro de una madre hiperprotectora que es además maestra, metido en plena vorágine de sexo, drogas y rock & roll. En una época en la que la música, y en especial el rock, disfrutaba de una relevancia cultural que hoy en día nos resulta impensable, William Miller se dedica a escribir críticas de sus discos favoritos, con la buena fortuna de que algunos de esos textos llaman la atención de Lester Bangs, todo un pope de la prensa musical, y de una de las publicaciones de referencia, Creem. Por obra y gracia de un puñado de jóvenes adictas al rock (y a los músicos que lo tocaban), lo que en principio iba a ser una entrevista frustrada a Black Sabbath se convierte en una inmersión en el universo de una banda en pleno ascenso, Stillwater, que de un día para otro considera al joven William su periodista de cabecera y se lo lleva con ellos de gira, en una experiencia que cambiará la vida del muchacho y despertará el interés de la revista musical más importante del momento, Rolling Stone. Se trata de un típico film iniciático, que destaca por su tono marcadamente nostálgico y por retratar desde dentro un ambiente, el de las postrimerías de la gran explosión de talento que vivió la música popular desde finales de la década de los 50, que por fuerza ha de interesar a todo melómano que se precie.

Tenemos al joven que despierta a la vida, a sus raíces, simbolizadas en su madre, que por suerte es retratada de un modo muy distinto al estereotipo de mujer posesiva y corta de entendederas, al ídolo (Russell, el guitarrista de Stillwater), a la chica (Penny Lane, algo más que una simple groupie) y a la voz de la sabiduría, personificada en Lester Bangs. Sobre las relaciones de todos ellos con el protagonista se articula este film ágil, muy bien escrito y, como por otra parte era casi un mandato bíblico, dueño de un banda sonora que es una maravilla en sí misma. Crowe consigue que el espectador se imbuya de esa atmósfera que él conoció de primera mano y es capaz de mostrar la complejidad de unos personajes que participan del tópico (en ellos suele haber mucho de verdad), pero van bastante más allá de él. Aún no se había llegado a la época en la que los viejos rockeros rememoraban sus antiguos desmanes en forma de autobiografía, y por ello lo que cuenta Crowe era bastante novedoso, y rezuma autenticidad. Como ocurre en toda la obra de este director, el film peca de blando, sobre todo en su tramo final, pero rezuma autenticidad y mejora al resto en lo que a la construcción de personajes y al desarrollo de la narración se refiere. Dentro de lo que es una evocación amable, Crowe también refleja la cara oscura del rock: la mercantilización, los hinchados egos de los músicos, nublados por la adulación y las drogas, la forma que los artistas tienen de utilizar a quienes en el fondo consideran sus súbditos, ya sean éstos periodistas o mujeres, su permeabilidad ante los manejos de los buitres que se lucran gracias al talento ajeno o el desmedido narcisismo de todo el conjunto. En la gloria estaba el embrión de las futuras miserias, nos dice Crowe con conocimineto de causa y la perspectiva que da el tiempo. En este aspecto, la escena del avión, en la que todo el mundo se sincera creyendo que está a punto de morir, es antológica, por ingeniosa y por divertida. Lástima que el edulcorado final rompa una magia que el film posee casi desde el primer fotograma.

Cameron Crowe no es un cineasta especialmente imaginativo en el aspecto visual, pero sí un cinéfilo aplicado y con oficio que conoce bien algunos de los trucos más válidos para ilustrar con acierto una historia siempre interesante porque, como dijo alguien, los músicos son personas como los demás pero con vidas mucho más apasionantes. La presencia de John Toll, que venía de hacer un trabajo majestuoso a las órdenes de Terrence Malick en La delgada línea roja, es el gran plus de la película a nivel técnico, al margen de su excelente montaje.

El título de la película se puede utilizar, no sin cierta ironía, para hablar de la carrera de muchos de sus principales intérpretes. No es el caso, desde luego, de dos monstruos que elevan el nivel de cualquier película en la que participan, como son Frances McDormand y el añorado Philip Seymour Hoffman. Ambos están, una vez más, sobresalientes. Patrick Fugit, que ha desarrollado una discreta carrera, posee expresividad, pero se le ve falto de tablas en algunos de los momentos más emocionalmente fuertes. Billy Crudup, un buen actor aquí en el papel de un guitarrista que por momentos parece haber perdido el sentido de la realidad, es de los que merece una nota más alta, junto a un Jason Lee al que el papel de vocalista más bien descerebrado le viene muy bien para sus capacidades. Kate Hudson, actriz de indudable encanto, no acaba de sacarle todo el jugo a un personaje que oscila entre lo despreocupado y lo melodramático, y, pese a que su labor hay que calificarla como buena, no mejora el trabajo de otras actrices del elenco como Fairuza Balk o Anna Paquin.

Lo dicho, la mejor película de Cameron Crowe, por la veracidad que desprende y la nostálgica gracia con la que está narrada. Un homenaje a una música y a una época inolvidables, que nos recuerda la importancia que tiempo atrás tuvo el rock & roll… y también los motivos por los que con el tiempo dejó de tenerla.



ABDUCIDO

LIFTED. 2006. 4´. Color.

Dirección: Gary Rydstrom; Guión: Gary Rydstrom, basado en una historia de Jeff Pidgeon y Max Brace; Montaje: Steve Bloom; Música: Michael Giacchino; Diseño de producción: Mark Cordell Holmes; Producción: Katherine Sarafian, para Pixar Studios-Walt Disney Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Animación.

Sinopsis: Unos alienígenas intentan abducir a un niño terrícola, pero el encargado de hacerlo es un espécimen bastante torpe.

Abducido es uno de los cortometrajes con los que Pixar acompañó el estreno de Ratatouille, una de las mejores producciones del estudio en toda su historia. Este pequeño film significó el.salto a la dirección de Gary Rydstrom, un prestigioso técnico de efectos visuales que acumula galardones en este apartado.

La historia que cuenta este cortometraje es tan sencilla como efectiva: el intento de abducción por parte de una nave alienígena a un niño que duerme plácidamente, llevado a cabo por el extraterrestre más torpe que pueda uno imaginarse, mientras su instructor se hace cruces ante la manifiesta incapacidad de su alumno para hacer algo a derechas. El film funciona como parodia del subgénero de abducciones extraterrestres, y permite una vez más comprobar el insultante poderío visual de la factoría Pixar. En cierto modo, la película es un chiste de cuatro minutos, que se ve con notable agrado porque ese chiste tiene gracia. La torpeza, sea humana o alienígena, resulta cómica, y más si va acompañada de un estilo visual tan potente. No hablamos de un producto magistral, pero sí, como digo, de una broma muy graciosa y muy bien hecha, disfrutable tanto para los niños como para esos adultos que no han perdido del todo la alegría infantil y han visto unas cuantas películas de invasiones extraterrestres. Sin duda, quienes vean Abducido pasarán cuatro buenos minutos.

QUEEN. LOS PRIMEROS AÑOS

QUEEN. FROM RAGS TO RHAPSODY. 2015. 57´. Color.

Dirección: Simon Lupton y Rhys Thomas ; Guión: Simon Lupton y Rhys Thomas; Dirección de fotografía: Ric Clarke;  Montaje: Christopher Bird; Música: Queen. Producción: Simon Lupton y Rhys Thomas, para Queen Productions-Eagle Rock-BBC Music (Reino Unido).

Intérpretes: Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor, John Deacon, Norman Sheffield, Bob Harris.

Sinopsis: Documental que repasa la trayectoria musical de Queen desde la formación de la banda, en 1971, hasta la llegada al estrellato gracias al álbum A night at the opera.

Antes de que el bombazo que significó el estreno de Bohemian rhapsody resucitara el fenómeno Queen con toda su fuerza, la BBC ya se dedicó a subrayar el legado de la legendaria banda británica que lideró Freddie Mercury. Queen: Los primeros años toma el testigo del magnífico Days of our lives, aunque se centra en el origen de la banda y finaliza justo cuando ésta consiguió un éxito masivo con su cuarto álbum.

Al margen de la recuperación de algunas imágenes inéditas que ilustran varios de los primeros conciertos de la banda, tampoco es que este documental, que es de tan buena factura como es norma de la casa, ofrezca novedades demasiado significativas para quienes, como un servidor, son fans de Queen desde hace décadas. Se trata de un film oficial, en el que Brian May y Roger Taylor tienen la última palabra, y por ello quien busque revelaciones escandalosas, o incluso testimonios contemporáneos, no los encontrará. Sí hallará, en cambio, muy buena música, la energía de una banda especialmente poderosa en directo y la constatación de que estos estudiados muchachos británicos, alejados del estereotipo del joven rockero inglés de clase obrera y perfil asilvestrado, no lo tuvieron fácil para alcanzar la cima. Fracasaron con Smile, el primer grupo que formaron May y Taylor, y estuvieron a punto de hacerlo cuando, ya unidos los cuatro eternos miembros de Queen, su poco convencional estilo les hizo resultar chocantes para muchas audiencias y nada simpáticos para la inmensa mayoría de la prensa musical británica. Por todo ello, el primer LP de Queen no tuvo ningún éxito, y los dos posteriores incrementaron la popularidad y el prestigio de la banda, pero no sus cuentas corrientes, a causa de las triquiñuelas de esos depredadores del talento ajeno tan frecuentes en el universo musical. En su conclusión, el film de Lupton y Thomas se explaya al explicar el proceso de creación y grabación de la pieza que ha permanecido hasta hoy como el símbolo de lo que ha significado Queen en el mundo del rock: Bohemian rhapsody, y en cómo este tema ha calado en el público generación tras generación. Bien, cómo no, aunque echo en falta una mayor reivindicación del que para mí es uno de los mejores discos de Mercury, May, Deacon & Taylor: Sheer heart attack. Con todo, un documental técnicamente perfecto, muy bien montado y lleno de interés para los fans antiguos, pero sobre todo para quienes se aficionaron a la música de Queen cuando su líder había fallecido.

JOHN FORD: EL HOMBRE QUE INVENTÓ AMÉRICA

JOHN FORD. THE MAN WHO INVENTED AMÉRICA. 2019. 55´. COLOR-B/N.

Dirección: Jean-Christophe Klotz; Guión: Jean-Christophe Klotz y François Bringer; Dirección de fotografía: Alberto Marquart y Olivier Raffet;  Montaje: Pascal Ariel y Baptiste Filloux; Música: Jean-Christophe Klotz ; Producción: François Bringer, para Arte Films-Hauteville Productions-Lobster Films (Francia).

Intérpretes: John Ford, Paul Bandey, Joseph McBride, Cécile Gornet, Michel Cieutat, Jennifer Ortiz, Fermín Ortiz, Dan Ford, Nancy Schoenberger.

Sinopsis: Documental que analiza la importancia de los westerns de John Ford en la creación de la mitología norteamericana.

El realizador galo Jean-Christophe Klotz ha desarrollado la práctica totalidad de su trabajo en el campo del documental, género al que pertenece esta producción televisiva que intenta explicar lo relevante que es, incluso más allá de lo estrictamente cinematográfico, la obra de uno de los cineastas más importantes de la historia: John Ford. Se trata de un film de pequeño formato y factura europea que sirve para calibrar también las lecturas que del cine de Ford se han hecho a este lado del Atlántico.

Si hemos de clasificar a los directores de cine en virtud de su disposición a prestarse al análisis de su arte, está claro que John Ford fue uno de los maestros más reacios a explicar en público su forma de entender el cine y, por extensión, la vida. Sus películas hablan por él, aunque muchas de ellas son tan ambiguas como su creador. Lo que sí es cierto es que Ford recogió el testigo del primer verdadero narrador de Norteamérica en la gran pantalla, David Wark Griffith y, cual Homero moderno retrató una nación que, en cierto modo, sólo existió en su imaginación de hijo de inmigrantes irlandeses.

La mayor creación de John Ford, y en esto acierta Jean-Christophe Klotz en su enfoque, no fue ninguna de sus películas, sino el lugar en el que ambientó la mayor parte de sus westerns sonoros: Monument Valley, lugar que no posee ninguna relevancia histórica en la conquista del Oeste, se ha convertido, por obra y gracia de un cineasta que descubrió esos paisajes casi por casualidad y supo ver la grandeza cinematográfica que encerraban, en el marco en el que el imaginario colectivo sitúa el origen de los Estados Unidos como potencia mundial. Klotz cuenta con el documentado testimonio de Joseph McBride, biógrafo del director de El hombre tranquilo, que le sirve para narrar la evolución de Ford, un hombre mucho más culto de lo que quería aparentar, lo cual ya le convierte en un espécimen raro, en el campo del western a lo largo de los años. En esa evolución tuvo mucho que ver la relación directa que el director entabló con los indios navajos que vivían en Monument Valley. No hay que olvidar que los Estados Unidos de Norteamérica fueron durante mucho tiempo un país dividido, que vivió una cruenta guerra civil y en cuya génesis se encuentra el genocidio de la población india. No hay rastro de esa poco edificante parte de la historia del Tío Sam en La diligencia, primer western sonoro rodado por Ford, inicio de una larga y fructífera relación con Monument Valley y comienzo también de la relación del director con John Wayne, intérprete al que convirtió en símbolo de la virilidad y del espíritu de los pioneros. En cambio, su último western, El gran combate (desafortunada traducción española de Cheyenne autumn), puede leerse como una condena sin paliativos al trato dado por la población blanca a las tribus nativas de Norteamérica. Entre una y otra película, varios westerns míticos (en el documental se omiten films excelentes, como Misión de audaces o Dos cabalgan juntos) que crearon el mito de cómo se forjó una nación, analizado por la pensadora Cécile Gornet a medio camino entre el didactismo y la pedantería. Más interesante me parece el testimonio de Dan Ford, nieto del cineasta y uno de los pocos parientes vivos que llegó a conocerle en persona.

La puesta en escena es meramente funcional, supeditada siempre al valor divulgativo de la propuesta. Eso sí, me parece superflua la contemporánea absolución, también presente, y no poco, en esta película, que se le ofrece a John Ford de las reiteradas acusaciones de ser un individuo de ideas políticas reaccionarias: quien haya visto con un mínimo de atención las películas más personales del biografiado, varias de las cuales no eran westerns, sabe que John Ford, que vivió y filmó sobre el terreno la Segunda Guerra Mundial, no es John Wayne. Al margen de esto, Jean-Christophe Klotz firma un documental de buena factura que me permito recomendar a todo buen amante del cine.

MANCHA

BAVURE. 2019. 4´. Color.

Dirección: Donato Sansone; Guión: Donato Sansone; Dirección de fotografía: Donato Sansone; Montaje: Donato Sansone; Música: Enrico Ascoli; Producción: Nicolai Schmerkin, para Autour de Minuit Productions (Francia).

Intérpretes: Animación.

Sinopsis: Un pincel e infinidad de combinaciones de colores dan pie a mostrar la evolución del ser humano a través de una sucesión de imágenes.

Licenciado en Bellas Artes, el italiano Donato Sansone ha tocado varios palos en el campo del audiovisual, entre ellos la dirección de cortometrajes de animación, uno de los cuales, Topo glassato al cioccolato, fue bien acogido en el festival de Venecia. El último de sus trabajos en este terreno, Mancha, es un compendio de las experiencias de Sansone en la pintura, la live action y el video-arte, que se plantea el reto de reflexionar sobre la creación, tanto en el sentido humano como en el artístico, en apenas cuatro minutos de metraje.

Lo que encontramos es una cámara estática y un pincel en perpetuo movimiento, que va creando y borrando imágenes de un modo nada arbitrario, pues lo que se intenta es explicar el devenir del ser en el mundo con un claro guiño, evidente sobre todo en la parte final, a una de las películas filosóficas por excelencia: 2001: una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. La obra de Sansone posee encanto visual y resulta atractiva a la vista, lo que constituye un importante punto a favor; las pretensiones narrativas, por lo elevadas que son y por las propias dimensiones del proyecto, se quedan necesariamente en lo esquemático. Pese a ello, Mancha es un buen intento de un artista que sin duda tiene cosas que decir.

COLD WAR

ZIMNA WOJNA. 2018. 85´. B/N.

Dirección: Pawel Pawlikowski; Guión: Janusz Glowacki y Pawel Pawlikowski, con la colaboración de Piotr Borkowski; Dirección de fotografía: Lukasz Zal;  Montaje: Jaroslaw Kaminski; Diseño de producción: Marcel Slawinski y Katarzyna Sobanska-Strzalkowska; Música: Miscelánea. Obras de Tadeusz Sygietynski, Cole Porter, Frédéric Chopin, Johann Sebastian Bach, canciones populares polacas, etc.; Producción: Ewa Puszczynska y  Tanya Seghatchian, para Opus Film- Apocalypso Pictures-Protagonist Pìctures-Film4-BFI Film Fund (Polonia).

Intérpretes: Joanna Kulig (Zula); Tomasz Kot (Wiktor); Borys Szyc (Kaczmarek); Agata Kulesza (Irena); Cédric Kahn (Michel); Jeanne Balibar (Juliette); Adam Woronowicz (Cónsul); Adam Ferency, Drazen Sivak, Slavko Sobin, Aloise Sauvage, Adam Szyszkowski, Anna Zagorska, Tomasz Markiewicz.

Sinopsis: En la Polonia de posguerra, un dúo de profesores de música recorre las zonas rurales en busca de cantantes útiles para formar un conjunto folklórico auspiciado por el incipiente gobierno comunista. Así, Wiktor, el que ha de ser el director artístico del grupo, conoce a Zula, una vocalista con la que vivirá una intermitente y profunda historia de amor.

Si ya con Ida, su anterior largometraje, el polaco Pawel Pawlikowski consiguió que buena parte de la cinefilia se arrodillara a sus pies para alabar su talento, Cold war, estrenada un lustro después de su antecesora, no hizo sino confirmar las expectativas creadas alrededor de un director ya definitivamente instalado en la cima del escalafón de cineastas europeos contemporáneos. Cold war le dio a Pawlikowski el premio a la mejor dirección en Cannes, entre otros galardones, y para mi gusto es uno de los mejores films realizados en Europa en la presente década.

Pawel Pawlikowski insiste en varios de los elementos que dieron forma a la película que le hizo traspasar las fronteras de su país: rueda de nuevo en blanco y negro, ubica la acción en plena posguerra y da rienda suelta al irredento melómano que lleva dentro. No es sólo que la música sea el oficio al que se dedica la pareja protagonista, además de ser el elemento que hace que ambos lleguen a conocerse, sino que toda la película supura música: la majestuosidad de los clásicos inmortales, la melancólica belleza del folklore popular (debidamente manipulada en pro del ideario oficial por los comisarios políticos de rigor), la libertad del jazz o la explosión que provocó la llegada del rock & roll marcan el paso de una película en la que Pawlikowski vuelve a hacer gala de su capacidad de síntesis y de su privilegiado sentido de la elipsis. Esto aleja al espectador que desea que todo se lo ofrezcan muy bien explicado y masticadito, pero dudo que el director vea esto como algo negativo. En un mundo en el que nadie parece interesado en hacer pensar a su público, o simplemente en explicar una historia con cara y ojos en menos de dos horas, se agradece que alguien sea capaz de contar una trágica historia de amor, que abarca casi dos décadas y transcurre en diversos países, en menos de hora y media, sin dejarse en el tintero nada realmente importante. Hablemos, pues, del amor según Pawlikowski: cuando Wiktor, un hombre cercano ya a la mediana edad y consagrado por completo a la música, conoce a Zula, una joven vocalista de fuerte carácter que huye de un padre abusador, la chispa surge de forma inevitable; pero, como dijo un poeta judío nacido en Canadá, el amor no es una marcha triunfal, sino un frío y solitario aleluya. Quien espere ver un romance al estilo Hollywood, que vuelva a Sandra Bullock y demás engendros fílmicos del Averno: esto es otra cosa, porque lo que veremos se acerca más al espíritu de El amor en tiempos del cólera o a la letra de esa vieja copla que decía algo así como ni contigo ni sin ti/tienen mis males remedio… salvo por el hecho de que un auténtico amor entre espíritus sensibles no admite el sin ti, por mucho que el entorno sea hostil o que los antagónicos caracteres de la pareja aconsejen a sus miembros buscar un refugio más calmo en otros brazos: primero, Wiktor transige con las injerencias políticas en el repertorio del conjunto musical del que es responsable (cosa que no hace Irena, su compañera en esa tarea) movido por el amor que siente hacia Zula, pero pronto el ambiente de una dictadura en la que todo librepensamiento es visto como una actitud burguesa a erradicar le asfixia y decide aprovechar un viaje a Berlín para huir a Occidente junto a su amada: cuando llega el momento, ella, que ya ha conseguido prestigio en su país, decide no dar el paso, y Wiktor acaba ganándose la vida como compositor, arreglista y músico de jazz en París. Años después, ambos amantes vuelven a reunirse, pero nunca logran la estabilidad y siguen uniéndose y separándose a lo largo del tiempo, hasta que acaban por darse de bruces contra una realidad que ya no tiene sentido para ellos.

Las grandes películas unen la belleza estética a las virtudes de un guión bien escrito: por eso, Cold war es una gran película, que uno dedicaría especialmente a quienes por principio se niegan a ver films rodados en blanco y negro: Lukasz Zal hace un trabajo prodigioso captando la belleza de los nevados campos polacos, la frialdad de las ciudades del país, la luz del París nocturno, la solemne fuerza de la música coral interpretada en grandes teatros o ese lúgubre hastío, salpicado por ocasionales momentos de éxtasis, que desprende el rostro de los protagonistas. Ya hemos hablado de la capital importancia de la música en esta obra, pero queda referirnos al montaje, cáustico, sereno y brillante. Pawel Pawlikowski mueve poco la cámara: no lo necesita para componer una serie de planos técnicamente soberbios.

Junto al director, la gran triunfadora de la película, con todo merecimiento, es Joanna Kulig, que hace una espléndida interpretación como cantante de carácter voluble, de espíritu conformista pero a la vez eternamente insatisfecha. Un sobrio Tomasz Kot, que encarna a un personaje que lleva sus pasiones de una forma más soterrada, da buena réplica a Kulig: la escena en la que ambos, sentados en el suelo de un cuarto de baño (ella, hastiada y borracha, recién salida de hacer algo tan ridículo como cantar música latina con unos polacos vestidos de mariachis -contrapunto de cómico patetismo ante la tragedia de dos seres destruidos-; él, convertido en una sombra de lo que fue por la reeducación comunista), sellan su destino me parece sublime, un ejemplo de pasión contenida. Borys Szyc está muy acertado como burócrata de buen fondo, que tiene su mejor momento en otra de las contadas escenas de humor -corrosivo, eso sí- de la película, cuando le pregunta al hombre al que ama de verdad su esposa si el hijo que ella le ha dado se parece a él. Agata Kulesza, que sólo interviene en la primera parte del film, es una actriz de talento, y lo vuelve a demostrar. Más flojo veo a Cédric Kahn como el cineasta francés que se cruza en la etapa parisina de Zula y Wiktor. Por último, mencionar el gran trabajo de los cantantes y bailarines que aparecen en la película, y por supuesto de aquellos que les han dirigido.

Cold war es una magnífica película, fría sólo en la superficie: posee infinidad de virtudes estéticas, explica una historia trágica sin concesiones, pero haciendo gala de sensibilidad, y confirma el enorme talento de un director al que hay que seguir. Pawel Pawlikowski dedicó esta película a sus padres, en cuya vida se inspiró al engendrar la historia: sin duda, es un inmejorable homenaje.

UN ABRAZO Y MUCHAS DUDAS

Hala, pues ya tenemos gobierno de coalición al canto, forjado en un día por los mismos que fueron incapaces de pactarlo en seis meses, y que se han dejado más de 1.300. 000 votos por el camino desde abril a octubre. Mi limitado intelecto no es capaz de comprender los motivos por los que largos meses de reproches mutuos han derivado en un sentido abrazo exprés a la luz de los focos. He de confesar que, en otro tiempo y en otro lugar, la formación de un gobierno de izquierdas en España me hubiera ilusionado bastante. Hoy, ilusión respecto a la política, no me queda ninguna, y además creo que la situación económica que se nos viene encima (la buena noticia de la semana es que Alemania ha esquivado la recesión, aunque sea por la mínima) requiere de un gobierno más sólido y preparado que el que previsiblemente vamos a tener. Por otro lado, intuyo que quienes vivimos en Cataluña y nos oponemos al independentismo seremos los principales damnificados de este preacuerdo, así que la sensación que a uno le queda después de todo es la de una inmensa tomadura de pelo, máxime cuando ese preacuerdo es una verdadera carta a los Reyes Magos que da muy pocas pistas respecto a cómo va a materializarse en medidas concretas, que es lo que de verdad importa.

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