FULANO Y MENGANO

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FULANO Y MENGANO. 1957. 70´. B/N.

Dirección: Joaquín Luis Romero Marchent; Guión: José Suárez Carreño y Jesús Franco, basado en la novela de José Suárez Carreño; Dirección de fotografía: Ricardo Torres; Montaje: Alfonso Santacana y Bienvenida Sanz; Música: Odón Alonso;  Decorados: Francisco Canet; Producción: Ricardo Sanz, para UNINCI, S.A. (España)

Intérpretes: José Isbert (Eudosio); Juanjo Menéndez  (Carlos); Julita Martínez (Esperanza); Emilio Santiago (El Jaula); Manuel Arbó (Damián); Antonio García Quijada (El Anguila); Rafael Bardem (Don Vicente); Rafael Romero Marchent (Paco); Emilio Rodríguez, Aníbal Vela, Manuel Alexandre, José María Caffarel, Xan Das Bolas, Julia Delgado Caro, Rosario Royo, Manuel Requena, Félix Briones.

Sinopsis: Dos hombres, encarcelados por robos que no cometieron, salen a la calle y no tienen dónde vivir. Les acoge Damián, un trabajador enfermo, en su destartalada casa de las afueras de Madrid.

Antes de especializarse en el spaghetti western, subgénero al que se adscribe la mayoría de su producción como cineasta, Joaquín Luis Romero Marchent se dedicó al cine de aventuras y, en la parte que nos ocupa, a realizar una trilogía de comedias sociales que concluyó con Fulano y Mengano, film casi desconocido que constituye uno de los mejores trabajos del director madrileño.

Si exceptuamos algunos logros puntuales, puede afirmarse que las películas más memorables del cine español en la década de los 50 son aquellas que mejor asimilaron, y supieron adaptar a nuestra peculiar situación como país, las influencias del Neorrealismo italiano. Si Juan Antonio Bardem exploró la vena más dramática y socialmente crítica, otros autores escogieron la comedia, y un tono más ligero, no exento de algunos apuntes punzantes respecto a la realidad de una época negra en la historia de España. En esta última corriente se enmarca Fulano y Mengano, film que, bajo su apariencia de comedia blanca y moralizante, oculta una contundente denuncia de la realidad social de la época, lo que sin duda es la razón principal por la que la película pasó desapercibida en su estreno.

El film adapta una novela del escritor mexicano José Suárez Carreño. Para la redacción del guión, el autor del libro contó con la ayuda de un Jesús Franco próximo a dar el salto a la dirección cinematográfica. Del trabajo de ambos surgió una obra que, desde su mismo título, ya dice mucho: sus protagonistas no son especiales, sino dos de los cientos de miles de españoles que vivían en una miseria que el régimen franquista prefirió ocultar a combatir. Entonces, la Justicia se equivocaba mucho más que ahora, y por eso no es de extrañar que dos inocentes acabasen en prisión acusados de robos que no habían cometido. Eudosio y Carlos no son más que dos pobres hombres: al primero, ya casi un anciano, la injusticia no le aparta de su natural bonhomía; en cambio, el más joven de la pareja, Carlos, está decidido a darle a la sociedad lo que quiere y a convertirse, al salir de la cárcel, en el ladrón que de hecho todos creen que es. Con el estigma de ser unos ex-presidiarios, a estos dos tipos cualquiera sólo les quedan dos alternativas: vivir de la caridad ajena, o del robo. Lo primero, pese a que no faltan burgueses tan deseosos de limpiar sus conciencias que hasta van en busca de los pobres para darles limosna, no va con su talante; para dedicarse a lo segundo hay que ser, además de pobre, miserable, y ni Eudosio ni Carlos tienen habilidad ni espíritu para vivir de robar a seres que son casi tan pobres como ellos.

Joaquín Luis Romero Marchent le pone oficio al asunto, ayudado por un libreto que opta por lo entrañable, en el mejor sentido de la palabra, sin dejar de denunciar la miseria moral, la hipocresía y la brutal desigualdad que reinaban en la época. Como ocurre en tantas producciones similares, las limitaciones presupuestarias se suplen con voluntad e ingenio, y la localización en escenarios reales hace que el espectador pueda hacerse un preciso croquis de lo que se le explica, al tiempo que dota de verismo a la narración. Los aspectos siguen la senda de la dirección: más oficio que genio, pero mucha eficacia. Véase, por ejemplo, la labor de montaje.

Cualquier película en la que actúe José Isbert ya tiene algo bueno. Con el personaje de Eudosio, este fantástico intérprete muestra lo mejor de su repertorio: su candidez, su desamparo, su bondad. Un joven Juanjo Menéndez le da una acertada réplica en el rol de un hombre que quiere ser malo pero al que, sencillamente, eso no le sale, porque el hijo de puta nace bastante más de lo que se hace. Tampoco desentona Julita Martínez en un papel cuyo nombre (Esperanza) dice muchísimo, de sí misma y de la propia película. Entre los secundarios, veteranos ilustres como Rafael Bardem, que interpreta al hombre enfermo que da cobijo a la pareja protagonista, Manuel Arbó o José María Caffarel aparecen junto a algún excelente joven actor que iba abriéndose paso, como Manuel Alexandre.

Lo dicho, una muestra más de que el Neorrealismo italiano hizo mucho bien al cine español, y una notable comedia a recuperar.

EL MAL MENOR

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No sé quién ganará la final del Mundial de fútbol, pero me gustaría que lo hiciera Francia, porque alli sólo la mitad del país apoyó el nazismo.

LA INGENUA EXPLOSIVA

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CAT BALLOU. 1965. 96´. Color.

Dirección: Elliot Silverstein; Guión: Walter Newman y Frank R. Pierson, basado en la novela de Roy Chanslor The ballad of Cat BallouDirección de fotografía: Jack Marta;  Montaje: Charles Nelson; Música: Frank DeVol;  Decorados: Richard Mansfield; Dirección artística: Malcolm Brown; Producción: Harold Hecht, para Columbia Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Jane Fonda (Cat Ballou); Lee Marvin (Kid Shelleen/Strawn); Michael Callan (Clay Boone); Dwayne Hickman (Jed); Nat King Cole (Sunrise Kid); Stubby Kaye (Sam the Shade); Tom Nardini (Jackson); John Marley (Frankie Ballou); Reginald Denny (Sir Harry Percival); Jay C. Flippen (Sheriff Cardigan); Arthur Hunnicutt (Butch Cassidy); Bruce Cabot, Burt Mustin, Paul Gilbert, Dorothy Claire.

Sinopsis: Cat Ballou, una joven que ha estudiado para ser maestra de escuela, llega al Oeste para reencontrarse con su padre. Allí descubre que los poderosos del lugar han contratado a un pistolero para que elimine a su padre y así poder quedarse con sus tierras.

Mientras en Europa hacía furor el spaghetti western, la década de los 60 marcó el declive del cine del Oeste en las preferencias de los espectadores estadounidenses. Esto contribuyó a que se iniciara una revisión del género en clave crepuscular, pero también hizo que se produjeran una serie de comedias ambientadas en el Salvaje Oeste, de entre las cuales destaca La ingenua explosiva, debut en el largometraje de Elliot Silverstein, director curtido en el medio televisivo. Mezcla de comedia, musical y western, Cat Ballou fue un éxito en su país de origen.

La aparición en la primera escena de dos cantantes (uno de los cuales es nada menos que Nat King Cole) que, siguiendo la tradición de los juglares, explican la historia de una joven que ha de ser ajusticiada en unas pocas horas, marca el tono de la película, jocoso y distendido. Esa joven, Catherine Ballou, llega al Oeste siendo una tímida joven pulcramente educada y, tras el asesinato de su padre por parte de un despiadado pistolero, termina por convertirse en la cabecilla de una singular banda de forajidos. En el fondo, se trata de la eterna historia de venganza, con la única salvedad del protagonismo femenino, pero el guión opta siempre por buscar la comicidad, huir del exceso de pretensiones y entretener al personal de la mejor manera posible. Lo mejor es que la metamorfosis de la protagonista, que desde un prisma realista se antoja poco creíble, está explicada con gracia. Aunque el guión no rehúya los lugares comunes (peleas de saloon, forajidos con buen fondo enfrentados a otros de espíritu inmisericorde), su apuesta por la ligereza es la adecuada. No estamos ante una gran comedia, pero sí ante una historia simpática que conquista al espectador por su agilidad narrativa, por su manera de jugar con los estereotipos del género sin llegar a ser directamente una parodia del mismo, y por su jovialidad.

Artesano todoterreno, Silverstein se ciñe a la propuesta sin intentar llevarla por otros derroteros y filmando de manera convincente, con abundancia de planos cortos y de escenas de interior y poco aprovechamiento de la espectacularidad de los paisajes naturales. El montaje está muy logrado, y en la música de Frank De Vol se dan la mano el tono ligero y las influencias de un Ennio Morricone cuyo talento ya había atravesado el Atlántico. Destacar el contraste entre el brillo y la oscuridad en las apariciones de Strawn, que marcan las mayores similitudes de la película con los westerns clásicos, el trabajo de los especialistas, de cuya dirección se encarga el legendario Yakima Cannutt, y todas las escenas que transcurren en el ferrocarril, pues son de lo mejor de la película.

Ya había interpretado algunos papeles dignos de mención, pero el personaje de Cat Ballou significó el espaldarazo definitivo para la carrera de Jane Fonda, que poco bueno dio de sí más allá de sus primeros años. De familia le venía lo de brillar en westerns, y Fonda cumple con creces dando vida a un personaje cuya transformación es lo que da sentido a la película. Con todo, si ésta es recordada es, sobre todo, por la actuación de un Lee Marvin que obtuvo gracias a su doble papel ese Oscar que ya merecía de sobras, y que muestra todos sus registros: el borrachuzo simpático, el asesino inclemente y el actor de sobrado talento. Al lado de Marvin, el resto flojea, en especial un Michael Callan blando y un Dwayne Hickman que tampoco es que fuera un actor excelso. La pareja de vocalistas, formada por Stubby Kaye y Nat King Cole, demuestra gracia y talento, y entre los secundarios destaca la labor de John Marley, como el obstinado padre de la protagonista, y de un Jay C. Flippen muy eficaz como sheriff vendido.

Salvo en lo que respecta a Lee Marvin, no puede decirse que Cat Ballou sea nada del otro mundo, pero funciona como western cómico y basa buena parte de su encanto en la ausencia de pretenciosidad.

ASÍ SOMOS

Antes de contaminar el universo todavía más, deberíamos tener presente esta frase de C.S. Lewis:

“RECEMOS PARA QUE LA RAZA HUMANA NUNCA SALGA DE LA TIERRA Y DIFUNDA SU MALDAD A OTROS PLANETAS”.

EL DEMONIO BAJO LA PIEL

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THE KILLER INSIDE ME. 2010. 106´. Color.

Dirección : Michael Winterbottom; Guión: John Curran, basado en la novela de Jim Thompson; Director de fotografía: Marcel Zyskind;  Montaje: Mags Arnold; Música: Joel Cadbury y Melissa Parmenter;   Diseño de producción: Rob Simons y Mark Tildesley; Producción: Andrew Eaton, Chris Hanley y Bradford L. Schlei, para  Hero Entertainment, Muse Productions, Stone Canyon, BOB Film Sweden AB, Indion Entertainment Group, Film I Väst y Revolution Films (Reino Unido-EE.UU.-Suecia).

Intérpretes: Casey Affleck (Lou Ford); Kate Hudson (Amy Stanton); Jessica Alba (Joyce Lakeland); Ned Beatty (Chester Conway); Elias Koteas (Joe Rothman); Tom Bower (Sheriff Maples); Simon Baker (Howard Hendricks); Bill Pullman (Billy Boy Walker); Brent Briscoe (Bum); Liam Aiken (Johnny Pappas); Jay R. Ferguson (Elmer Conway); Matthew Maher, Ali Nazary, Blake Lindsley, Noah Crawford, Michael Gibbons, Caitlin Turner.

Sinopsis: Lou Ford, ayudante del sheriff en un pueblo de Texas, encuentra la ocasión para dar rienda suelta a sus instintos criminales cuando se le encarga que expulse del lugar a una joven prostituta que tiene una aventura con el hijo del hombre más poderoso de la zona.

Ecléctico, prolífico e irregular, Michael Winterbottom suele cambiar de registro con frecuencia. Por eso, después del aclamado documental La doctrina del shock, decidió meterse de lleno en el cine negro y dirigir la adaptación de una de las novelas más conocidas de todo un clásico del género, Jim Thompson. El film dividió a la crítica, que en su mayoría consideró que el director británico se quedó a medio camino a la hora de plasmar en pantalla el universo sórdido del novelista de Oklahoma. Coincido.

En esta ocasión, los problemas de la adaptación cinematográfica se deben más a la falta de inspiración de sus artífices que a las licencias respecto al texto original. Como en la novela, es el propio asesino quien explica la historia. Se trata de un ayudante del sheriff, que cometió un crimen en su juventud pero que, desde entonces, ha normalizado su vida: trabaja al servicio de la ley, mantiene un largo noviazgo con una bella joven de buena familia y es considerado un tipo honesto, aunque poco brillante, por la inmensa mayoría de sus conciudadanos. Sin embargo, la visita a una prostituta hace que reaparezca en Lou Ford el asesino que en el fondo nunca dejó de ser. A partir de ese momento, Ford irá sembrando el pueblo de cadáveres mientras trata de alejar las sospechas que el fiscal y el propio sheriff tienen acerca de él.

En una historia de gran violencia, en la que escasea el sentido del humor del que hace gala Jim Thompson en otras obras, las escenas de buen cine se alternan con otras en las que nadie parece tener claro lo que se está explicando: sin duda, el máximo responsable de este defecto es John Curran, pues su guión está lejos de darle a la historia el empujón que necesita en las escenas menos violentas, la complejidad del perfil psicológico del protagonista, que sí está bien expuesta, contrasta con la linealidad de los secundarios y, entrando en terrenos más específicos, se ahonda demasiado en los traumas de juventud de Lou Ford para el poco tino que se demuestra a la hora de explicarlos. Winterbottom se muestra firme y preciso en los momentos más logrados de la película, que coinciden con los de mayor violencia explícita, pero incapaz de elevar el interés de las escenas de transición. El estilo seco y directo de Jim Thompson, trasladado con brillantez a la gran pantalla por cineastas como Stephen Frears, Bertrand Tavernier o Sam Peckinpah, se encuentra aquí diluido, hasta confuso en las escenas que comparten Ford y ese personaje mal definido que es Joe Rothman. En lo referente a la puesta en escena, la película es notable, pues su ambientación en la Texas profunda de los 50 es bastante creíble y los aspectos técnicos terminan por brillar más que los narrativos.

El reparto es de mucha calidad, lo que en cierto modo es una lástima porque algunos de los intérpretes están desaprovechados, bien por lo poco que aparecen, por la escasez de aristas de sus personajes, o por ambas cosas. Casey Affleck hace una interpretación notable, que está entre lo mejor de la película porque es capaz de mostrar sin desvaríos al psicópata que se esconde bajo la apariencia de un ayudante del sheriff algo garrulo. Le acompañan dos bellas actrices, en cuyas filmografías escasea el cine de calidad: Kate Hudson y Jessica Alba. La primera siempre me ha parecido mediocre, y aquí no hace otra cosa que confirmar mis sospechas; Jessica Alba, sin ser una gran actriz, sí logra sacarle algo de punta a un personaje que tampoco es que sea para tirar cohetes. En el notable plantel de secundarios es de resaltar la aparición del veterano Ned Beatty como cacique local, así como la de otro viejo rockero, Tom Bower, en el papel de sheriff. El televisivo Simon Baker y un casi no visto Bill Pullman cumplen sin más, y el trabajo de Elias Koteas se resiente de la falta de cuerpo de su personaje.

Pudo haber sido una gran película de cine negro contemporáneo, pero El asesino dentro de mí lo consigue sólo a ratos, ocupando un lugar no preeminente tanto en lo que se refiere a las adaptaciones cinematográficas de las novelas de Jim Thompson como en la propia filmografía de Michael Winterbottom.

 

RENUNCIEMOS A LA CARNE

Hoy me apetece hablar de una subespecie en expansión en el decadente Occidente: los veganos, también llamados comeberzas. Se trata de unos especímenes de talante pijeril que, como es fácil deducir, no han pasado hambre en su vida. Creen que todos los problemas del mundo se acabarían si los humanos dejásemos de comer carne, de la misma forma en la que todos los devotos de cualquier religión creen que quienes no comulgamos arderemos en el infierno y pasaremos toda la eternidad con una piel morena de la hostia. Olvidan (la capacidad de los creyentes para ignorar todo aquello que no se ajusta a sus cuadriculados esquemas me admiraría, de no ser porque en mi opinión constituye el verdadero gran problema de la humanidad) que a nuestra poco respetable especie, su querida madre Naturaleza la hizo omnívora. ¿Significa esto que la naturaleza debe ser destruida porque hizo que ciertos primates disfrutemos con un solomillo a la pimienta, un pulpo a feira o un plato de morcón ibérico? Pues no lo sé, tendrán que preguntárselo a algún vegano. A ser posible, háganlo mientras mordisquean una hamburguesa. Comprobarán que el sentido del humor es una de las principales características de la subespecie.

LA VIDA EN UN BLOC

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LA VIDA EN UN BLOC. 1956. 96´. B´/N.

Dirección: Luis Lucia; Guión: José Luis Colina, Carlos Llopis y Luis Lucia, basado en la obra de teatro de Carlos Llopis; Dirección de fotografía: Cecilio Paniagua; Montaje: José Antonio Rojo; Música: Juan Quintero; Decorados: Enrique Alarcón; Producción: Manuel J. Goyanes, para Guión Producciones Cinematográficas-Suevia Films-Cesáreo González  (España)

Intérpretes: Alberto Closas (Nicomedes); Elisa Montés (Gerarda); Fernando Rey (Voz del bloc); María Asquerino (Lupe Tovar/Calixta); Mary Lamar (Olegaria/Margot);  Encarna Fuentes (Pili); Marta Mandel (Miss Fanny); Julia Caba Alba (Madre de Pili); José Luis Ozores (Pepe); Raúl Cancio (Ernesto); Manuel Bermúdez Boliche (Abelardo); Joaquín Roa (Melquíades, el brigada); José Franco (Padre de Pili); Irene Caba Alba (María); José Luis López Vázquez (Mago Roberto); Josefina Serratosa, Eduardo Calvo.

Sinopsis: Nicomedes, un médico destinado en provincias, le pide matrimonio a la maestra del pueblo, que acepta encantada el compromiso. Sin embargo, el doctor cree que no haber sido un soltero juerguista puede perjudicar su matriminio y decide correrse unos días de farra en Madrid para evitar que le vengan ganas de hacerlo una vez casado.

Antes de convertirse en el director oficial de las películas con niñas-prodigio, el valenciano Luis Lucia llevó a la gran pantalla La vida en un bloc, adaptación de una obra teatral de Carlos Llopis. Se trata de una de las películas de Lucia con mejor valoración crítica, dentro de una trayectoria extensa y volcada hacia el cine más comercial.

Se trata de una comedia blanca, de acuerdo a los cánones imperantes en la época, sobre el matrimonio y sus daños colaterales. Su protagonista masculino es Nicomedes, un médico destinado en una población rural zamorana, de recto proceder y tan metódico que todo lo que para él es digno de relevancia lo anota en un bloc que, dentro de la narración, es tan importante que hasta tiene voz propia. Nicomedes se enamora de Gerarda, la joven maestra del pueblo, y le propone matrimonio. Sin embargo, el doctor cree que su falta de experiencia en la parte lúdica de la vida (el no haber ejercido de hombre soltero, en definitiva) puede volverse en su contra una vez instalado en la rutina del matrimonio, y decide irse unos días a Madrid para saber lo que es el mundo de la farra, la juerga y el despendole. Allí, en la capital, el educado y más bien tímido doctor se revela como un verdadero galán.

La vida en un bloc funciona por su gracia, y también como testimonio fílmico de los valores morales de una época en la que la larga sombra del nacional-catolicismo condicionaba todas las relaciones sociales, y en especial las amorosas. La película se permite algunos chistes al respecto, como la recurrente presencia del brigada de la Benemérita en los encuentros pre-nupciales entre Nicomedes y Gerarda, cuya castidad debe quedar fuera de toda duda, o la respuesta de los amigos madrileños del doctor cuando éste les pregunta por algún espectáculo con gente ligera de ropa: “El fútbol”. El médico convertido en seductor comprende que la juerga le sobrepasa, que lo de ser un imán para las mujeres tiene sus inconvenientes (por ejemplo, en forma de huida a la carrera de una moza que al segundo día ya te obliga a ir a la sierra con toda su familia) y que el whisky no es lo suyo, antes de comprobar que el matrimonio le aburre. Existe una tercera opción que en esta comedia apenas se contempla, salvo en la parte final, en la que el protagonista regresa a Madrid no para irse de fiesta, sino para poder estar tranquilo. Sin embargo, el descubrimiento del bloc de su marido, y por tanto de todos sus pensamientos íntimos, hace que Gerarda haga propósito de enmienda… o no.

Lucia filma con oficio, hasta el punto de que su eficaz labor pasa desapercibida. La agilidad y el ingenio de esta comedia hacen el resto, apartándola del carácter rutinario que por puesta en escena seguramente le correspondería. El arte lo ponen los actores, empezando por un Alberto Closas capaz de alternar grandes papeles dramáticos a las órdenes de Juan Antonio Bardem con perfiles mucho más cómicos como el que demuestra en esta película. Elisa Montés es la santa esposa, de buen corazón, llena de ganas de complacer a su marido, pero aburrida como ella sola. Interpretación más que correcta, la suya. Un buen plantel de secundarios, en el que figuran dos monstruos llamados José Luis, Ozores y López Vázquez, una excelente María Asquerino y otros nombres de prestigio, como Julia Caba Alba o el mismísimo Fernando Rey, que pone voz al bloc que casi protagoniza la película, remata un apartado interpretativo que la enaltece.

Agradable comedia, que pese a sus limitaciones tiene chispa y calidad, La vida en un bloc es, en efecto, de lo mejorcito de la obra de un director eminentemente comercial.

CRIMEN FERPECTO

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CRIMEN FERPECTO. 2004. 106´. Color.

Dirección: Álex de la Iglesia; Guión: Jorge Guerricaechevarría y Álex de la Iglesia; Dirección de fotografía: José L. Moreno;  Montaje: Alejandro Lázaro; Música: Roque Baños;  Diseño de producción: José Luis Arrizabalaga y Arturo García Biaffra; Producción: Gustavo Ferrada, Roberto Di Girolamo y Álex de la Iglesia, para Sogecine- Planet Pictures- Pánico Films (España).

Intérpretes: Guillermo Toledo (Rafael González); Mónica Cervera (Lourdes); Luis Varela (Don Antonio); Enrique Villén (Comisario Campoy); Fernando Tejero (Alonso); Javier Gutiérrez (Jaime); Kira Miró (Roxanne); Gracia Olayo (Concha); Eduardo Gómez, Manuel Tallafé, Rosario Pardo, José Alias, Penélope Velasco, Montse Mostaza, Alicia Andújar, Isidro Montalvo, Javier Jurdao, María Alfonsa Rosso.

Sinopsis: Un dependiente de unos grandes almacenes confía en dar el salto a la dirección de planta. Elegante y seductor, confía en su ascenso, pero el puesto es para Don Antonio, el jefe de la sección de moda para caballeros.

Después del ejercicio ácrata teñido de nostalgia que fue 800 balas, Álex de la Iglesia continuó con su encomiable labor de dinamitar el costumbrismo hispánico situando su siguiente película en uno de los lugares que mejor describen lo que quiere ser, y también lo que es, una sociedad: unos grandes almacenes. Crimen ferpecto supuso una nueva incursión del director bilbaíno en su terreno favorito, la comedia negra, y sin estar considerada como una de sus mejores películas, sí obtuvo una buena respuesta crítica y de audiencias.

En los cursos de formación de los nuevos dependientes todavía se recuerda a Rafael, el número 1, toda una leyenda de las ventas. En tiempos, ese hombre fue la viva encarnación del éxito: en la sección de moda para señoras de los grandes almacenes Yeyo´s, él era el rey, con sus inigualables artes para engatusar a las clientas y venderles lo que se le antojara. Sus compañeros le adulaban, las empleadas más bellas rivalizaban entre sí por llevárselo al catre, y él disfrutaba de su hechizo como de algo natural, de algo que el mundo le debía. Para culminar su triunfo, Rafael sólo tenía que derrotar a don Antonio, el veterano jefe de la sección de moda para caballeros, en la lucha por conseguir el puesto de jefe de planta. Pero el destino es un maricón sin decoro, que dijo el maestro, y Rafael no consigue el soñado ascenso. Sus desventuras sólo han hecho que empezar: en una violenta disputa entre ambos, Don Antonio muere de forma accidental, y todo se desmorona para el antiguo gentleman cuando descubre que la dependienta más fea de todo el centro comercial ha sido testigo de un suceso que puede llevarle a la cárcel. El silencio de Lourdes, que incluso ayuda a Rafael a deshacerse del cadáver del jefe de planta más breve de la historia, tiene un precio.

Con su característica mala leche, y muy buen ojo a la hora de saber dónde clavar sus cuchillos, Álex de la Iglesia, junto a su guionista de cabecera Jorge Guerricaechevarría, reflexiona acerca del éxito y el fracaso, de los cánones de belleza imperantes en nuestra sociedad y de las leyes de la atracción sexual. Lo hacen a través de su protagonista masculino, que es quien nos explica, recurriendo con frecuencia al destrozo de la cuarta pared, su historia, la de un hombre a quien le gustan la ropa cara y las tías buenas (como a todos, con la diferencia de que él las tiene) al que su ambición y un cúmulo de infortunios le llevan a vivir su peor pesadilla, que para mayor ironía se llama Lourdes. Ahí tienen  al gran macho alfa convertido en un pelele, en la clase de tipo al que siempre despreció, por culpa de un chantaje llevado hasta las últimas consecuencias. Rafael sabe que la única forma de escapar de su calvario es eliminar a Lourdes, pero estamos en España y, en un giro lingüístico ya utilizado previamente por Los Enemigos para titular uno de sus álbumes, aquí todo es ferpecto…

Quien espere encontrar aquí la destreza visual que distingue a Álex de la Iglesia de la práctica totalidad de los cineastas españoles actuales, no quedará decepcionado. El tour de force final, con la muy bien rodada estampida en los grandes almacenes, el incendio y, de nuevo, un desenlace en el que interviene mucho el vértigo, marca el punto álgido en lo estilístico de una película muy cuidada en este aspecto., que tiene momentos impagables (la cena familiar en casa de Lourdes, las apariciones del fantasma de don Antonio o el descuartizamiento del cadáver de éste) y provoca en más de una ocasión la carcajada. La música de Roque Baños ilustra de manera eficaz los cambios de tono de la película, con ese tema como de anuncio de colonias que acompaña al Rafael triunfador y, si alguien tiene dudas de la capacidad de Álex de la Iglesia de poner una cámara en su sitio, que miren los planos contrapicados que acompañan al gran jefe de la compañía mientras la voz de Rafael le describe: se pueden escribir libros muy largos sobre la adulación que genera el poder, pero también se puede mostrar todo eso en unos cuantos planos.

El personaje de Rafael González le va que ni pintado a Guillermo Toledo, actor por entonces en la cumbre de su éxito: un caradura con estilo, labia y carisma que acaba sumido en la desesperación. Toledo, una persona que cuando no interpreta debería hablar mucho menos en público, o pagar por cada idiotez que dice, consigue hacer creíble el giro de su personaje. Mónica Cervera, actriz de carrera breve y muy encasillada por su físico, vivió con esta película su mejor momento profesional, en el rol de una mujer fea y llena de complejos a la que la fortuna le da la ocasión de tomarse cumplida venganza de pasados desprecios. Bien Luis Varela como maduro vendedor con peluquín, y enorme como fantasma. Enrique Villén, miembro habitual de la troupe de Álex de la Iglesia, está tan eficaz como siempre en el papel de policía, y del dúo de lameculos del protagonista masculino, formado por Fernando Tejero y Javier Gutiérrez, hay que decir que el segundo ya apuntaba muy buenas maneras. En cuanto a Kira Miró, cuyo personaje viene a ser la antítesis del de Lourdes, decir que detrás de su enorme sex-appeal no se esconde una actriz sobresaliente.

Muy buena, desde el prólogo al epílogo, muy divertida, nada menor. Enésima confirmación de que Álex de la Iglesia es un gran director de cine.

LA JAURÍA

Servidor, que tiene la carrera de Derecho, no estudió para juez por lo difícil que es acceder a esta profesión y por lo complejo que es ejercerla. Los jueces, que como humanos pueden equivocarse, dictan sus sentencias en base a la ley, a su criterio y a las pruebas. Los que no conocen las leyes, tienen criterios dudosos, o directamente interesados, ejercen profesiones que requieren un nivel intelectual bastante inferior al recomendable para la judicatura e ignoran las pruebas cuando éstas contradicen sus prejuicios, deberían hablar de lo que saben o, mejor aún, cerrar sus putas bocazas.

THE JAM: ABOUT A YOUNG IDEA

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THE JAM: ABOUT A YOUNG IDEA. 2015. 88´. Color.

Dirección: Bob Smeaton; Guión: Bob Smeaton; Dirección de fotografía: Tim Sutton; Montaje: Julian Caiden; Música: The Jam; Producción: Martin R. Smith, para Channel X (Reino Unido).

Intérpretes: Paul Weller, Steve Brookes, Rick Buckler, Bruce Foxton, Adrian Thrills, Chris Parry, Barry Cain, Vic Coppersmith-Heaven, Keiko Egawa, Martin Freeman, Derek D´Souza, Maria McHugh, Eddie Piller, Den Davis, Nicky Weller.

Sinopsis: Documental que ilustra la trayectoria musical de The Jam.

Uno de los grupos más influyentes de la música británica post-punk es, sin duda, The Jam, el trío liderado por Paul Weller que tal vez sólo llegara a tener un éxito mayoritario en su país natal, pero cuyos estilo e imagen han sido imitados, con mayor o menor fortuna, por bandas de medio mundo. The Jam: about a young idea es un documental fresco y ágil, como lo es la música de esta formación originaria de Woking, una pequeña ciudad cercana a Londres famosa por albergar la sede de una de las escuderías históricas de la Fórmula 1, McLaren. Bob Smeaton recurre al testimonio de los miembros del grupo, de algunos ex-miembros y de varios de sus fans más acérrimos en lo que es también la crónica de una época apasionante en el plano musical.

La historia de The Jam es la de tantos conjuntos surgidos de las clases medias o populares, en la que se funden la amistad y las inquietudes musicales comunes para, después de años ensayando en garajes y actuando en fiestas juveniles, dar el salto hacia los conciertos de verdad, las grabaciones discográficas y el éxito. The Jam comenzó su andadura en los años previos a la explosión del punk, y sus influencias más marcadas eran las de Dr. Feelgood y los primeros álbumes de The Who. La mezcla entre la estética mod, un sonido deudor de la banda cuyo guitarrista es el gran Wilko Johnson, y la inmediatez y contundencia del punk le dieron al cuarteto de Woking, pronto convertido en trío, un sello distintivo que le hizo destacar de entre el sinfín de bandas de cresta, imperdibles y guitarrazos a diestro y siniestro que proliferaban en las islas británicas en la era pre-Thatcher. Su período de actividad fue relativamente corto, pero frenético, llegando a facturar varios discos de verdadera relevancia en apenas una década de trayectoria. El repaso a la misma es, como casi siempre en esta clase de películas, cronológico: los miembros de la banda la recuerdan sin acritud, con orgullo y un saludable desinterés en volver a reunirse: los fans explican cómo las canciones de The Jam influyeron en sus vidas de forma positiva, al tiempo que rememoran la tremenda incredulidad que experimentaron cuando Paul Weller decidió disolver el grupo justo cuando éste se hallaba en la cima de su popularidad. Músico brillante e inquieto, Weller creyó que la formación de voz, guitarra, bajo y batería no daba para más y decidió buscar nuevos caminos musicales con The Style Council, formación en la que la influencia soul estaba muy marcada.

La película se ve en un suspiro, aunque a los aficionados acérrimos de The Jam no les explica nada que no supieran y sea más recomendable para no iniciados. Los melómanos la disfrutarán: los que busquen sexo, drogas y rock & roll, sólo encontrarán lo tercero. Estilo, actitud y lucidez en el análisis hallarán bastante, eso sí. Y buena música. Me resulta difícil creer que a quienes vean este documental y no conozcan demasiado al grupo, no les entrarán ganas de hacerlo. En este punto, el objetivo de la película se ve cumplido. Para cualquier aficionado a la música, hora y media de disfrute. Para los fans de The Jam, muchos buenos recuerdos. Mi educación musical fue por otro lado, y llegué a conocer al grupo muchos años después de su disolución, pero estos tíos eran buenos. Por ello, este homenaje me parece muy merecido.

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