FREE FIRE

FREE FIRE. 2016. 91´. Color.

Dirección: Ben Wheatley; Guión: Amy Jump y Ben Wheatley; Dirección de fotografía: Laurie Rose;  Montaje: Amy Jump y Ben Wheatley; Música: Geoff Barrow y Ben Salisbury; Diseño de producción: Paky Smith; Dirección artística: Nigel Pollock (Supervisión); Producción: Andy Starke, para Film4-BFI-Rook Films-Protagonist Pictures (Reino Unido).

Intérpretes: Enzo Cilenti (Bernie); Sam Riley (Stevo); Michael Smiley (Frank); Brie Larson (Justine); Cillian Murphy (Chris); Armie Hammer (Ord); Sharlto Copley (Vernon); Babou Ceesay (Martin); Noah Taylor (Gordon); Jack Reynor (Harry); Mark Monero (Jimmy); Patrick Bergin (Howie); Tom Davis (Leary).

Sinopsis: Una venta de armas entre traficantes norteamericanos y terroristas irlandeses degenera en un tiroteo sin cuartel.

El británico Ben Wheatley consiguió llamar la atención de la crítica internacional con films como Kill list, que le hicieron ganarse un prestigio como director de películas de acción en clave moderna. Free fire supone una nueva incursión de Wheatley en dicho género, menos conseguida que la anterior a juzgar por la reacción de público y especialistas.

Pongan a un puñado de individuos con muchas más armas que cerebro en una nave industrial abandonada y sumérjanlos en un sálvese quien pueda a balazo limpio. Esto es, a grosso modo, Free fire, una película que puede verse como un homenaje al cine de acción setentero aunque, yéndonos más cerca en el tiempo, es el Reservoir dogs de Ben Wheatley. En la ópera prima de Tarantino eran un atraco y varios tipos trajeados y sanguinarios; aquí, una venta de armas entre traficantes de Boston y terroristas irlandeses. El tono de comedia negra y el progresivo todos contra todos en que se convierte la película marcan las muchas similitudes existentes entre ambas obras. Pero Tarantino sólo hay uno, y Wheatley, más allá de algunos diálogos ingeniosos y de un buen estilo rodando tiroteos, se queda a medio camino. En Free fire sobran disparos y falta sustancia.

Entendida como un alegato contra las armas de fuego (tengo mis dudas de que lo sea), Free fire tiene bastante gracia, pues muestra con toda crudeza las consecuencias de que un puñado de idiotas tenga a su alcance un verdadero arsenal. La gracia se acaba en cuanto uno repara en que, en la vida real, esa clase de sujetos siempre tendrá armas, y lo que tenemos todos los demás es un gran problema. No obstante, creo que si algo quiere demostrar Ben Wheatley es la condición de verdad absoluta que posee la frase más célebre de Thomas Hobbes. Todos los personajes, ya sean los descerebrados de serie, los que tienen el seso sorbido por el abuso de estupefacientes o los que conservan un ápice de cordura, acaban reducidos a la condición de bestias, salvajes y codiciosas, en una espiral de violencia en la que las lealtades se pierden a medida que crece el número de disparos. La película, que al principio dosifica bien la tensión y retrata de forma precisa a los distintos protagonistas, acaba por desaparecer entre disparos y sangre. Creo, además, que la idea de situar la acción en horario nocturno es desafortunada: una nave industrial ya es de por sí un lugar oscuro, y al final cuesta incluso reconocer a los cada vez más perjudicados personajes en mitad de la tiniebla. A la hora de mostrar la violencia, Wheatley oscila entre el realismo descarnado y la estilización, y uno piensa que se le da mejor lo primero.

Mejor el montaje, que adquiere una importancia añadida en una película que se desarrolla en un solo escenario, que la fotografía. De la música, pocas noticias, porque lo más destacable es la chocante presencia de algunas de las canciones más recordadas de John Denver.

Llegamos al reparto, cuya labor me parece, en general, bastante correcta. Destaco a Cillian Murphy, actor talentoso que vuelve a brillar, a Sam Ripley en el papel del más estúpido de los terroristas irlandeses, a Armie Hammer como estiloso pistolero y a Sharlto Copley como peculiar traficante de armas de acento exótico. Brie Larson pone la (en estos tiempos) imprescindible presencia femenina, que aquí me parece metida con calzador, y su labor no desmonta mi opinión de que es una actriz normalita, en cuya filmografía hay más cantidad que calidad. De hecho, el personaje de Larson es el que, al final, amenaza con cargarse del todo la película, pero hay un volantazo en forma de giro argumental que salva los muebles. Resaltar, por último, la breve aparición del veterano Patrick Bergin.

Entretiene, pero se queda a medio camino del Peckinpah/Hill/Tarantino que quiere ser. Ben Wheatley es un director capaz, pero en Free fire flaquea en la cuestión narrativa.

EVA

EVA. 2011. 94´. Color.

Dirección: Kike Maíllo; Guión: Sergi Belbel, Cristina Clemente, María Roca y Aintza Serra; Dirección de fotografía: Arnau Valls Colomer; Montaje: Elena Ruiz; Música: Evgueni Galperine y Sacha Galperine; Dirección artística: Laia Colet y Gemma Fauria; Producción: Tim Belda, Sergi Casamitjana, Lita Roig, Aintza Serra y Eric Tavitian, para Escándalo Films (España)

Intérpretes: Daniel Brühl (Alex Garel); Marta Etura (Lana Levy); Alberto Ammann (David Garel); Claudia Vega (Eva); Anne Canovas (Julia); Lluís Homar (Max); Sara Rosa Losilla, Manel Dueso, Ona Casamiquela, Peter Vives.

Sinopsis: Un joven científico regresa a su hogar, tras diez años de ausencia, para encargarse de un importante proyecto de robótica.

Eva supuso el debut en el largometraje del barcelonés Kike Maíllo, quien hasta entonces había dirigido algunos cortos y trabajos para la televisión. Maíllo fue alumno de la ESCAC, una de las escuelas de cine más prestigiosas de España, y para su ópera prima se atrevió con un género poco explorado en nuestro país: la ciencia-ficción, con resultados que recibieron numerosos elogios por parte de la crítica.

Maíllo sitúa su película en un futuro cercano, y en un enclave geográfico permanentemente nevado que marca el tono melancólico de la propuesta. Todo comienza con el regreso a casa de Alex, un científico que se marchó diez años atrás dejando a medias un ambicioso proyecto y, de paso, renunciando a una hipotética vida en común junto a Lana, una investigadora que terminó casándose con David, el hermano de Alex. Éste vuelve con la intención de terminar con su proyecto, que consiste en la creación de un niño-robot de última generación, dotado de todas las emociones que pueda poseer un ser humano y, a la vez, de muchas más capacidades. En busca de un modelo para su creación, Alex repara en una niña que posee un encanto especial, Eva, que resulta ser la hija de David y Lana.

Para empezar, hay que reconocerle a Maíllo su arrojo por meterse en un berenjenal tan importante siendo un director novel. El reto era doble: por un lado, hacer una película convincente en lo técnico, que no ahuyentara al espectador en un aspecto en el que tantas veces fallan las producciones españolas: los efectos especiales. Por el otro, evitar que, como tantas veces sucede en el cine contemporáneo, el atractivo del film se circunscribiera a lo visual y naufragara en lo narrativo. Opino que Maíllo salió triunfante del doble desafío, porque los efectos especiales están entre los aspectos más destacables de la película y porque ésta, sin resultar especialmente original en cuanto al guión, sí posee alma. Veo muchas huellas de Inteligencia artificial , esa obra que inició Kubrick y empeoró Spielberg, pero, ojo, el clímax de la película trajo a mi memoria la escena más recordada de Blade Runner. Y esas son palabras mayores. Me interesa la idea, que por supuesto es una de las fundamentales de esa obra clave que es 2001, que apunta a una circunstancia que jamás deberíamos olvidar: un robot es más peligroso cuanto más humano.

Creo que donde la película se queda más corta es en sus pretensiones de thriller, porque tanto el modo de resolver el suceso planteado en la escena inicial como la revelación de la verdadera identidad de Eva no constituyen ninguna sorpresa para un espectador mínimamente atento. Tampoco el triángulo amoroso se aleja de los cánones, aunque esta subtrama está resuelta con mayor habilidad y coherencia, pues se tiene en cuenta que somos humanos en lugar de robots y, cuando aparecen (o reaparecen) en escena ciertos sentimientos, la inteligencia salta por la ventana. Maíllo se muestra muy académico en cuanto a la puesta en escena, marcada como dije por el gélido ambiente, y aprovecha unos efectos especiales brillantes, que cobran un merecido protagonismo cuando aparece en pantalla Max, el robot-mayordomo de Alex, y sobre todo cuando éste explica a Eva todo lo que encierra el cerebro humano. La niña posee un encanto especial, pero es también un ser caprichoso y perverso, lo que acaba por desencadenar un drama que ya se nos anuncia desde la primera escena. No sorprende, dije, pero más importante me parece el cómo se llega hasta allí y, en eso, Maíllo y su equipo de guionistas lucen buen pulso. En el fondo, Eva es una película triste, cuyo tema es la pérdida, pues al final todos y cada uno de los personajes principales quedan sumidos en el vacío. Y la última escena que comparten Alex y Eva me parece magnífica. En ella, la música cumple muy bien su función, aunque en otros momentos de la película (la tragedia en las nevadas montañas) la banda sonora me resulta demasiado enfática.

En el reparto, división de opiniones. Daniel Brühl me parece, además de un buen actor, un tipo que suele elegir bien sus proyectos, y aquí está a la altura exigible. A Marta Etura la considero una buena actriz, aunque aquí repite un papel de mujer sufriente en el que la veo bastante encasillada. En cambio, Alberto Ammán está muy lejos de resultar creíble, cosa que por otra parte es lo más habitual en este actor del montón. El encanto de la niña Claudia Vega está más en su aspecto y diálogos que en su habilidad para recitarlos, y Anne Canovas no merece más que un aprobado. Por suerte, Maíllo cuenta con un soberbio actor llamado Lluís Homar para darle un toque de distinción a un apartado interpretativo que presenta algunas carencias.

Conste que no elogio ni recomiendo Eva desde el buenismo ni desde el orgullo patrio: alegra que una obra de ciencia-ficción hecha en estas latitudes sea mucho más reivindicable que risible, pero estamos ante una película que nunca deja de ser buena, y que por momentos es notable. Gran debut de un director que hasta ahora no ha logrado confirmar lo que apuntaba en su ópera prima, pero del que cabe esperar buenas cosas, ya sea en España o desde el otro lado del Atlántico.

AL RICO RECLAMO

Debo decir que mi desinterés respecto a las elecciones generales que se celebrarán la próxima semana es absoluto. No obstante, voy a permitirme opinar sobre los carteles electorales con los que las diferentes formaciones políticas embadurnan nuestras ciudades y pueblos, ya de por sí tan limpios. Empezaré por el indiscutido candidato a la victoria, el socialista Pedro Sánchez, cuya petición del voto a las masas se resume en la frase: “Haz que pase la España que quieres”. Se refiere, obviamente, a la España que quiere él, porque a la gente aún no le han preguntado qué modelo de país quiere. Tiene su mérito el intento de vender ilusión de un hombre cuyo éxito se basará casi en exclusiva en los deméritos ajenos, pero, y le ruego al señor Sánchez que me disculpe, la España que él quiere me parece una versión muy pobre de la que a mí me gustaría. En cambio, el eslogan del Partido Popular, que será la segunda formación más votada si atendemos a lo que dicen las diferentes encuestas, me parece mucho más acertado: una foto de su candidato a la presidencia del Gobierno, acompañada de dos palabras: “valor seguro”. Es raro en ellos, pero esta vez parece que juegan la carta de la honestidad, porque con Pablo Casado uno puede tener la completa seguridad de que va a cagarla. Ciudadanos va más allá, y resume su estrategia en una sola palabra: “vamos”. El problema es que me da que ni ellos mismos saben hacia dónde. Unidas Podemos juega, por lo visto, la carta del humor, porque el propio nombre de la candidatura es un chiste en sí mismo. Su eslogan: “La historia la escribes tú”. Se les agradece el paso al lado, porque, vista la forma en la que han dilapidado el caudal de esperanza que generaron en su día, apañados vamos si la historia la han de escribir ellas. Ah, y tenemos a Vox, cuyo mensaje electoral abarca todo su ideario: “Por España”. Uno quizá preferiría que se presentaran por Liechtenstein, pero en fin, es lo que hay. Al menos, reconocen que detrás de su exaltación patriótica no hay nada.

En clave carcalana, tenemos a las fuerzas independentistas, siempre dispuestas a cobrar de ese país que no es el suyo. “Va de llibertat”, dicen los de ERC, presumibles ganadores de la contienda. Se refieren, al igual que Pedro Sánchez, a la suya, porque la de quienes no pensamos como ellos respecto al monotema se la trae al pairo. Junts per Catalunya (otro nombre harto chistoso) se presenta a las elecciones respetando sus más profundas esencias, con un cartel electoral encabezado por una investigada por corrupción y por un presunto rebelde. Por cada foto, una frase: “Tu ets la nostra veu” y “Tu ets la nostra força”. Si yo he de ser su voz, se quedarán mudos. Con la segunda frase, supongo que se dirigen a los presidentes de empresas constructoras.

Esta vez, dejaré que mis compatriotas la caguen por sí solos sin participar de la fiesta.

THE ACT OF KILLING

THE ACT OF KILLING. 2012. 117´. Color.

Dirección: Joshua Oppenheimer; Guión: Joshua Oppenheimer y Christine Cynn; Dirección de fotografía: Carlos Arango de Montis y Lars Skree;  Montaje: Niels Pagh Andersen, Mariko Montpetit, Janus Billeskov Jansen, Charlotte Munch Bengtsen y Ariadna Fatjó Vilas-Mestre; Producción: Anne Köhnke, Christine Cynn, Michael Uwemedimo y Signe Byrge Sorensen, para Final Cut For Real-Piraya Film-Novaya Zemlya-Spring Films (Dinamarca-Noruega-Reino Unido).

Intérpretes:  Anwar Congo, Herman Koto, Syamsul Arifin, Ibrahim Sinik, Yapto Soerjosoemarno, Safit Pardede, Jusuf Kalla, Adi Zulkadry, Soaduon Siregar, Suryono, Haji Marzuki, Haji Anif, Rahmat Shah, Sakhyan Asmara.

Sinopsis: Varios asesinos confesos de opositores a la dictadura de Suharto recrean sus crímenes ante las cámaras.

Poca gente había oído hablar de Joshua Oppenheimer antes del estreno de The act of killing, un documental que causó un notable impacto por su capacidad para mostrar los aspectos más detestables de esa especie presuntamente racional a la que pertenecemos. La película triunfó en festivales de medio mundo, y no pocos consideran que estamos ante uno de los films imprescindibles estrenados en el siglo XXI. Por motivos morales y estrictamente cinematográficos, me sumo a la opinión.

Es sabido que todo régimen político de carácter totalitario (es decir, la mayoría de los existentes)  necesita, para alcanzar el poder y, por supuesto, para mantenerlo, que de su masa de entusiastas brote un número significativo de gente dispuesta a matar a los enemigos de la causa. Cuando al entusiasmo le sucede, de manera inevitable, la decepción, el miedo es la mejor forma de mantener la obediencia del rebaño, y los asesinos son, si cabe, todavía más necesarios para el régimen. Esto, que ha ocurrido en todas partes, y sigue sucediendo en muchas, ocurrió en Indonesia a mitad de los años 60, cuando un golpe militar llevó al poder a un grupo de fanáticos anticomunistas que puso un excepcional celo en exterminar a cualquier sospechoso de abrazar esa ideología. Casi medio siglo después de esos hechos, el régimen creado entonces permanecía en el poder, y Oppenheimer y su equipo viajaron al país para entrevistar a algunos de los responsables directos de aquellas matanzas. El monstruo más conocido que creó la Guerra Fría en el Extremo Oriente se llama Vietnam, pero Indonesia también tiene lo suyo. En otras latitudes, quienes torturaron y asesinaron en nombre de una dictadura fueron juzgados y condenados, aunque para ello haya sido necesario un cambio de régimen político que, en Indonesia, no se ha dado. Por ello, los sicarios de Suharto jamás han pagado por sus crímenes y viven desde hace décadas en la más absoluta impunidad, amparados por una organización paramilitar (la Juventud Pancasila) que campa a sus anchas por el país y posee más de tres millones de miembros.

Oppenheimer elabora su film desde una doble vertiente: como análisis de lo absurdo de la barbarie y como crónica de una toma de conciencia, la del único asesino confeso que declara ante las cámaras sentir algún tipo de remordimiento por lo que hizo en su juventud. En la primera cuestión, The act of killing es tan afilada como terrorífica; sus protagonistas, que no sólo no niegan sus crímenes, sino que se jactan de ellos y no rehúsan recrearlos ante las cámaras, son individuos de apariencia más ridícula que terrible: de hecho, nos parecerían unos secundarios de película ochentera de Jackie Chan de no ser porque sabemos que cometieron infinidad de asesinatos a sangre fría. Ellos se llaman a sí mismos gángsters (palabra que, para ellos, es sinónimo de “hombres libres”) y tratan de imitar a los glamurosos criminales del cine negro facturado en Hollywood, pero se parecen tanto a ellos como los mafiosos sicilianos a Don Vito Corleone. El mal es, casi siempre, mucho más vulgar que sofisticado, mucho más zafio que retorcido y, las más de las veces, en él no hay ni pizca de inteligencia. Esto es lo que vemos y oímos. Y la perspectiva es completa: se muestra a los verdugos como peones sanguinarios de un régimen corrupto hasta la médula, en el que se extorsiona sin disimulo a los comerciantes de origen chino, se utiliza a las jóvenes como a prostitutas y se goza en todo momento de la protección de las más altas instancias del Estado. Oppenheimer no necesita manipular al espectador (sí lo hace con los protagonistas, que durante mucho tiempo creen estar protagonizando un panegírico que se mueve entre el sadismo y lo kitsch): el testimonio de los propios retratados y el descaro con el que narran su pasado y muestran su presente posee mucha más elocuencia que cualquier discurso que se hubiera podido elaborar.

Queda analizar el otro aspecto fundamental: la toma de conciencia de uno de los verdugos. Aquí, Oppenheimer descubre el filón en las pesadillas que dice sufrir Anwar, uno de los asesinos, y hurga hasta que la herida se hace imposible de ocultar. Utiliza para ello el poder de su arte: es precisamente en el momento en el que Anwar interpreta a un prisionero torturado y asesinado a las órdenes de Oppenheimer cuando Anwar deja atrás la cosificación de sus víctimas y asume que todas ellas eran seres humanos a quienes arrebató la vida sin piedad, seres como él que murieron sólo por haber sido acusados de simpatizar con el bando perdedor. En el resto de los verdugos, la miseria moral no deja otro resquicio que la percepción de que lo que se narra en la película puede perjudicar a su movimiento. De hecho, el discurso exculpatorio de Ady Zulkhadry, otro de los ejecutores, llega a sobrecoger porque, al margen de su crueldad, en él sí que se trasluce una inteligencia perversa que lo hace difícil de rebatir.

En las grandes películas, estilo y discurso van muy unidos, y The act of killing pertenece a esa categoría. Oppenheimer oscila entre lo tenebroso de lo narrado y el colorismo chillón tan propio de la zona y tan presente en la estrafalaria vestimenta de los protagonistas. El contraste entre el paisaje de Indonesia y la maldad que en él se encierra es el mismo que existe entre la película que filman los personajes (lo que ellos creen ser) y la descripción de sus brutales asesinatos (lo que son). El director juega con estos elementos sin pretender buscar una falsa objetividad (interviene en su obra, y mucho), hasta conseguir narrar otras historias, además de la de un horrible crimen de lesa humanidad semidesconocido en Occidente, y conseguir darle un sentido a su historia, un carácter de verdadera denuncia, gracias al poder catártico del arte. Utiliza, además, a todos los tipos humanos posibles en semejante contexto; el asesino torturado, el vulgar carnicero aficionado a travestirse, el ejecutor despiadado con discurso, los cabecillas paramilitares que se comportan como verdaderos señores feudales, los instigadores de la masacre, los que lo sabían todo y niegan saberlo, los políticos cómplices (y principales beneficiarios de los delitos cometidos por los paramilitares), preocupados por la mala imagen y gerifaltes de un régimen que se encuentra entre los más corruptos del mundo, e incluso las víctimas que han decidido enterrar su pasado para seguir sobreviviendo. Hay varias escenas magistrales, en las que el director pone a sus protagonistas cara a cara con sus crímenes para mostrar su banalidad, así como un videoclip estilo Bollywood que no pretende atenuar el horror, sino acentuarlo. El conjunto es excelente, como duro retrato de la naturaleza humana y como radiografía del verdadero terror. En la frase de Voltaire que da inicio a la película está toda ella, pero el mérito de Oppenheimer es saber plasmar todo eso con tal riqueza de matices y con un saber hacer estilístico propio de alguien mucho más experto. Gran obra cinematográfica, sin duda.

LOS GUARDIANES DE LA VIRTUD

Existen tres instintos primarios en todo ser humano: el de supervivencia, el sexual y el don de la estupidez. Por desgracia, vivimos en una época en la que este último parece primar sobre todos los demás y, para más inri, a uno le ha tocado sobrevivir en un lugar en el que la estupidez campa a sus anchas. El último episodio que demuestra que la presunta gente normal no sólo se droga demasiado, sino que utiliza las sustancias equivocadas, lo encontramos en esa furia castradora que ha llevado a diversas escuelas barcelonesas a limpiar sus bibliotecas de libros considerados sexistas, sin prestar la más mínima atención a detalles tan nimios como la calidad de esos libros. Es obvio que los pijoprogres son los nuevos curas, pues en ellos subyace la misma furia censora y el mismo odio al pensamiento libre. En los territorios más afortunados, liberarse de los guardianes religiosos de la moral ha costado siglos, además de muchas vidas. Es triste, aunque también sintomático, ese afán por sustituir una tiranía por otra. Y más triste todavía es ver cómo los padres inoculan a sus hijos el viscoso resultado de sus pajas mentales, logrando con ello acentuar la decadencia intelectual de la especie. Yendo más allá, algunas de esas aberraciones suponen un serio problema de salud pública, como ocurre con los antivacunas. Sinceramente, opino que, si la mayoría de padres y madres desea dejar a sus hijos un mundo mejor, lo disimula muy bien. No obstante, hago a estos nuevos guardianes de la virtud una sugerencia: si quieren prohibir libros machistas, podrían empezar por uno que contiene frases como las que siguen:

“Los hombres son responsables del cuidado de las mujeres en virtud de lo que Dios les ha concedido en mayor abundancia a ellos que a ellas,  y de lo que ellos gastan de sus bienes. Y las mujeres virtuosas son las verdaderamente devotas, que guardan la intimidad que Dios ha ordenado que se guarde. Pero a aquellas cuya animadversión  temáis, amonestadlas [primero]; luego dejadlas solas en el lecho; luego pegadles;  pero si entonces os obedecen, no tratéis de hacerles daño. ¡Ciertamente, Dios es en verdad excelso, grande!”. Hala, a ver si hay huevos. U ovarios.

REBOBINE, POR FAVOR

BE KIND REWIND. 2008. 102´. Color.

Dirección: Michel Gondry; Guión: Michel Gondry; Dirección de fotografía: Ellen Kuras;  Montaje: Jeff Buchanan; Música: Jean-Michel Bernard; Diseño de producción: Dan Leigh; Dirección artística: James Donahue; Producción: Georges Bermann, Julie Fong y Michel Gondry, para Partizan Films-Focus Features-New Line Cinema (EE.UU.).

Intérpretes: Jack Black (Jerry); Mos Def (Mike); Danny Glover (Mr. Fletcher); Mia Farrow (Sra. Falewicz); Melonie Díaz (Alma); Irv Gooch (Wilson); Sigourney Weaver (Srta. Lawson); Kid Creole (Empleado del videoclub West Coast); Paul Dinello (Mr. Rooney); Chandler Parker, Arjay Smith, Quinton Aaron, Tomasz Soltys, Heather Lawless, David Slotkoff, Frank Heins, Karolina Wydra, Harvey Hogan, Jon Glaser, Matt Walsh.

Sinopsis: El mejor amigo de un joven dependiente de videoclub cree que una central eléctrica cercana es utilizada por el gobierno para controlar a la gente. Al intentar sabotearla, queda magnetizado, y eso hace que todas las videocasettes del videoclub se borren.

Michel Gondry, cineasta que cimentó su prestigio entre la modernidad gracias a sus trabajos en el videoclip, se ha construido una carrera tan personal como irregular, en la que el hito más destacable es la excelente Olvídate de mí. Su siguiente proyecto importante, Rebobine por favor, que Gondry escribió, dirigió y produjo, no suscitó idéntico entusiasmo, pues pocos la consideraron una película tan redonda como su antecesora. En lo que a mí respecta, el visionado de esta mezcla de homenaje surrealista al cine popular y cuento de hadas cotidiano me dejó un buen sabor de boca.

Cuando uno lee el argumento de Rebobine por favor, lo normal es que espere que la película sea una marcianada, y en verdad lo es (bueno, es una suecada, para ser exactos). Dicho esto, no estamos ante la modernez insustancial que cabría suponer en un producto de esta naturaleza: el film tiene alma, ya sea en su aproximación al humor absurdo o en su postrero giro hacia la comedia amable. El epicentro de la trama, en la que por cierto se aprecia más ingenio que verosimiltud, se sitúa en un videoclub que en más de un aspecto recuerda al de Clerks , aunque aquí el punto gamberro es más ingenuo que cafre. Los protagonistas son dos verdaderos inadaptados, pero llenos de bondad y entusiasmo. Al principio, sus actos y diálogos marcan el tono surrealista de las escenas, que culmina cuando descubren que el fracaso de Jerry en el sabotaje de la central eléctrica ha tenido una consecuencia inesperada, a la par que desastrosa para el negocio en el que Mike trabaja: el joven ha quedado magnetizado, y accidentalmente borra el contenido de todas las cintas VHS de la tienda. Para más inri, esto ocurre en ausencia del dueño del local. ¿Cómo arreglar semejante despropósito? Pues con otro mayor: cuando una de las clientas más fieles del videoclub pide alquilar Los Cazafantasmas, a Mike y Jerry no se les ocurre otra cosa que rodar una versión de la película. Cutrísima, obviamente, pero viva. Quizá por ello, el invento obtiene un éxito insospechado, y los dos tipos raros se convierten, primero, en los suministradores de ocio más solicitados del barrio y, después, en los artífices de unos filmes en los que interviene buena parte de la vecindad.

Michel Gondry es un notable creador de imágenes. Como narrador, sus flaquezas son perceptibles, pero a nivel visual es un director dotado de mucho talento que asume bien el cambio de medio y no trata de hacer videoclips en sus largometrajes. Se nota, además, que el hombre se lo pasó en grande rodando esas descacharrantes versiones de Paseando a Miss Daisy, Robocop (en mi opinión, la más divertida al margen de la que da inicio al experimento), El rey león o 2001. En escenas como la del frustrado asalto a la central eléctrica o la del no menos estrambótico robo al videoclub de la competencia queda claro que Gondry tenía cada plano en su cabeza antes de rodar la película, al margen de la capacidad técnica suficiente como para que lo que vemos en pantalla difiera poco de la idea original. El director, además, tiene su corazoncito (reservado a los talentos del pasado que abrieron el camino a gente como él: en todo lo relacionado con el film de homenaje a una de las primeras leyendas del jazz, Fats Waller, pericia técnica y lirismo van de la mano), y su mala leche, que se centra en Hollywood como industria monopolística y en quienes destruyen la esencia de los viejos barrios con fines especulativos.

Considero que Jack Black es un sobreactor estomagante, y a estas alturas veo difícil que una interpretación suya pueda llegarme a convencer. A las órdenes de Gondry, Black recrea su personaje de toda la vida y, con ello, logra desentonar de un modo paradójicamente acorde con el conjunto. Tampoco es que Mos Def sea un actor destacable pero, no me pregunten cómo, esta curiosa pareja funciona. Melonie Díaz da el pego en su papel de actriz y colaboradora imprescindible en las fechorías fílmicas de Mike y Jerry, pero las notas más altas son para los veteranos: un entrañable Danny Glover, una lunática Mia Farrow que no da la impresión de estar actuando mucho y una Sigourney Weaver que entra en la película como una apisonadora, nunca mejor dicho.

Rebobine por favor es una película divertida, que juega mucho con la idea de lo que es y representa el cine, y que sabe ir variando de tono hasta formar un conjunto mucho menos deslavazado y trivial de lo que aparenta. No encuentro ni rastro del tropiezo que muchos han visto en esta película, aunque considero que Michel Gondry es un director al que hay que seguir la pista, incluso cuando tropieza. Que, repito, no es el caso.

TERRENO FANGOSO

Tengo claro que, en España, la puerta de la eutanasia debe ser abierta. Pero conozco a la gente, y no oculto que me da cierto miedo pensar en la clase de especímenes que por ella se puedan colar. Ese miedo se agrava al pensar en el nivel de quienes habrán de legislar sobre el tema. Mejor una ley mala que ninguna, es cierto, pero dejar cuestiones tan delicadas en las manos de quienes estamos no deja de inquietarme.

BURNING: NOCHES DE ROCK AND ROLL

BURNING. NOCHES DE ROCK AND ROLL. 2018. 82´. Color-B/N.

Dirección: Fernando Colomo; Guión: Fernando Colomo y Roberto J. Oltra; Montaje: Arturo Perpiñán; Música: Burning; Producción: David Bufalá, Susana López Corcuera y Roberto J. Oltra, para Uhura Audiovisual (España).

Intérpretes: Johnny Cifuentes, Eduardo Pinilla, Carlos Guardado, Kacho Casals, Maikol Slingluff, Nico Álvarez, Enrique Pérez Lastrung,.Gonzalo García Pelayo, Javier García Pelayo, Maribel Casas, Maker Casas, Luz Casal, Loquillo, Carlos Tarque, Enrique Bunbury, Josele Santiago, Álvaro Urquijo, Edi Clavo, Rosendo Mercado, Jesús Ordovás, Ramón Arroyo, Alberto Marín, Fernando Colomo, Carmen Maura, Óscar Aibar.

Sinopsis: Documental sobre Burning, grupo madrileño de rock con más de cuatro décadas de historia.

Noches de rock & roll es, además del título de uno de los álbumes más recordados de Burning, un homenaje a estos auténticos resistentes del rock, que iniciaron su andadura como banda antes del fallecimiento del dictador Francisco Franco y permanecen en activo pese a las bajas y los achaques. Para hacer esta película, el director más inidicado era, sin duda, Fernando Colomo, un cineasta cuyo nombre está unido al del grupo por una frase que no necesita mayores comentarios: ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?

El punto de partida de este documental es el concierto-homenaje que dio la banda, con motivo del cuadragésimo aniversario de su fundación, en Madrid, su ciudad. En ese espectáculo, los supervivientes de Burning contaron con el apoyo de figuras relevantes del rock español como Luz Casal, Enrique Bunbury o Josele Santiago. Las imágenes de los ensayos para ese concierto se alternan, al modo usual en esta clase de productos, con entrevistas a los miembros supervivientes de la banda  en las que éstos rememoran su pasado, y con artistas que fueron coetáneos o discípulos de Burning. Siendo una banda tan de barrio, uno echa a faltar la presencia de algunos fans veteranos del grupo que añadan pasión y perspectiva, pues, al margen de la intervención de dos de las hermanas del elemento más carismático del grupo, Pepe Risi, apenas se recogen testimonios de lo que ha significado Burning no sólo para músicos o gente del cine, sino para esa fiel legión de fans que, en algunos casos, lleva siguiéndoles desde sus inicios.

Los comentarios más agudos provienen, lo cual no es ninguna sorpresa, de Josele Santiago, quien además parece ser, a juzgar por las imágenes de los ensayos que se ven en el documental, el único de los invitados que parece conocer bien el cancionero de Burning. Dice el líder de Los Enemigos que de ninguna manera el Madrid pre-Movida era el desierto musical que después nos han querido vender. Otra cosa es que al rock urbano, que era el movimiento de moda durante la Transición, se le hayan dado más palos que bombo. Cosas de la pre4nsa musical, siempre tan snob. Burning fue, junto a Leño, el grupo puntero de ese movimiento, y facturó, al rebufo del exitazo que fue la canción mencionada en el primer párrafo, un disco notable, El fin de la década. Después, la Movida y la heroína entraron arrasando y, pese a la buena acogida de Noches de rock & roll, Burning pasó a un segundo plano del que, a nivel popular y de ventas, no ha vuelto a salir. Demasiado blandos para los heavies, demasiado rockeros de extrarradio para quienes marcaban tendencias en los 80, de Burning empezó a hablarse poco, pero ahí siguen, pese a la temprana baja de Toño, su primer vocalista, y a la llorada muerte de Pepe Risi, ya en la segunda mitad de los 90.

Colomo, ya se ha dicho, no arriesga mucho ni en el formato, ni en el estilo. Deja que los intervinientes se explayen lo justo, barre para casa dedicando una parte significativa del metraje a recordar el momento en que su propia trayectoria y la del grupo se juntaron, con resultados triunfales para ambos, y, más allá de los ensayos, coloca pocas canciones para tratarse de un documental musical. Me parece justo que se homenajee a la banda más stoniana, y también más longeva, del rock español, pero el film acaba sabiendo a poco.

LA PRESUNCIÓN

Siempre es bueno volver a Frank Zappa, un espécimen único en su género:

“TODO EL MUNDO ES IDIOTA HASTA QUE DEMUESTRE LO CONTRARIO”.

MASTERSON DE KANSAS

MASTERSON OF KANSAS. 1954. 70´. Color.

Dirección: William Castle; Guión: Douglas Heyes; Director de fotografía: Henry Freulich; Montaje: Henry Batista; Música: Mischa Bakaleinikoff; Dirección artística: Paul Palmentola; Producción: Sam Katzman, para Columbia Pictures (EE.UU).

Intérpretes: George Montgomery (Bat Masterson); Nancy Gates (Amy Merrick); James Griffith (Doc Holliday); William Henry (Charlie Fry); Bruce Cowling (Wyatt Earp); Jean Willes (Dallas); John Maxwell (Amos Merrick); David Bruce (Clay Bennett); Benny Rubin, Gregg Barton, Donald Murphy, Gregg Martell, Sandy Sanders, Jay Silverheels.

Sinopsis: Bat Masterson, sheriff de Dodge City, y Doc Holliday, jugador y pistolero, deben aparcar sus diferencias y unir sus fuerzas para socorrer a un inocente que ha sido condenado a muerte.

1954 fue, sin duda, el año más prolífico para el conocido director de películas de serie B William Castle, pues durante ese año filmó la friolera de ocho largometrajes, casi todos westerns, género en el que este cineasta se especializó en aquellos años. Masterson de Kansas es uno de esos films, ideados para las sesiones dobles de los cines, que tuvo más reconocimiento que otros de semejante calibre, seguramente porque su guión incorporaba a tres mitos del Oeste: Wyatt Earp, Doc Holliday y el menos conocido de todos, Bat Masterson, que aquí es el protagonista de la función.

Desde el movido inicio, con la persecución a una diligencia por parte de un numeroso grupo de jinetes indios, el espectador tiene claro que aquí nadie pretendía hacer arte, sino elaborar un producto de evasión, un puro entretenimiento para el espectador medio. Lo bueno es que eso se consigue con creces, y que la falta de pretensiones no es sinónimo de descuido en la realización o de ausencia de un guión con cara y ojos. Es cierto que en Masterson de Kansas poco hay de original, pero no por ello su argumento es sólo digerible por cerebros simples. Para empezar, la película presenta a los indios como defensores de una causa justa, la de mantener con vida a Amos Merrick, un hombre de principios que ha logrado un acuerdo de paz con los nativos a cambio de cederles unas tierras que los ganaderos de la zona ansían poseer. Sin embargo, Merrick es acusado de asesinato, motivo por el cual Bat Masterson, sheriff de Dodge City y amigo de Wyatt Earp, decide intervenir en el asunto por creer en la inocencia de Merrick, pese a que su prioridad es batirse en duelo con Doc Holliday, el famoso jugador y pistolero, quien hace caso omiso a la advertencia de Masterson de que pagaría con su vida un eventual regreso a Dodge City. La acusación y el juicio contra Masterson marcan una tregua en la enemistad de ambos hombres. Dicha tregua es producto de las gestiones del mejor amigo de ambos, Wyatt Earp, y también de los sentimientos amorosos que despierta en Masterson y Holliday la joven hija de Merrick.

Todo esto lo apaña, con no poco dominio del medio, William Castle en 70 minutos contados. Apenas hay tiempos muertos, y siempre se va al grano, lo que es fundamental en el caso de una película de esta naturaleza. Las escenas en exteriores son, básicamente, persecuciones y tiroteos rodados con intachable corrección. Todos los tópicos del western están en Masterson de Kansas (los dos hombres unidos pese a sus diferencias por una causa justa y enamorados de la misma mujer, los ganaderos y terratenientes sin escrúpulos, la rectitud de los servidores de la ley, la cantante de cabaret, los tiroteos contra bandadas de enemigos en los que los héroes acaban con los maleantes y siguen llevando la camisa impoluta…), pero ninguno de ellos chirría en exceso, gracias en parte a que el libreto de Douglas Heyes deja espacio para algunos diálogos ingeniosos y sabe combinar todos esos tópicos con gracia. La puesta en escena no merece más que un aprobado, pero la película no hace trampas en la manera de conseguir lo que busca. Me gusta, por ejemplo, cómo se muestra el carácter irreflexivo de las personas, y la facilidad con que son manipuladas para proceder al linchamiento de un hombre que ha sido condenado merced a un falso testimonio, pues ni siquiera se hallaba cerca del lugar del crimen. También aprecio que la subtrama romántica se exponga, como todas las demás, únicamente lo imprescindible. Y me gusta la manera en la que Castle filma el tiroteo final, con Earp, Hollyday y Masterson caminando al unísono sobre el suelo polvoriento de Dodge City. Por muy de serie B que sea, un western precisa de épica.

El reparto no es demasiado distinguido, pero cumple. George Montgomery, actor visto en docenas de películas del Oeste, no es muy expresivo que digamos, y la parquedad de su personaje parece más fruto de sus limitaciones que de las exigencias del libreto. En cambio, James Griffith nos presenta a un convincente Doc Holliday, sin duda el personaje con más gancho de cuantos aparecen en pantalla. Nancy Gates, actriz hiperactiva por aquella época, demuestra buen nivel, lo mismo que Jean Willes en el papel de Dallas, la cantante de cabaret. William Henry, el malvado de la función, cumple a secas, e igual comentario, siendo algo más generosos, merece la labor de Bruce Cowling, actor de breve carrera, como Wyatt Earp.

Un buen western para pasar el rato, con todas las virtudes y todos los defectos que de esa frase cabe extraer. Un producto bien manufacturado, en todo caso, que agrada por su ausencia de pretensiones, por su concisión y por su corrección estilística.

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