HE OÍDO QUE HOY ES HOY

Un clásico de la lírica hispánica (galaica, por más señas) que me dedico a mí mismo, porque sí.

WOODY ALLEN: EL DOCUMENTAL

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WOODY ALLEN: A DOCUMENTARY. 2011. 120´. Color.

Dirección: Robert B. Weide; Guión: Robert B. Weide; Dirección de fotografía: Neve Cunningham, Anthony Savini, Nancy Schreiber, Bill Sheehy y Buddy Squires;  Montaje: Karoliina Tuovinen y Robert B. Weide; Música: Benson Taylor; Producción: Robert B. Weide, para Whyaduck Productions-Mike´s Movies-Rat Entertainment-Insurgent Media (EE.UU.).

Intérpretes:  Woody Allen, Letty Aaronson, Diane Keaton, Marshall Brickman, Scarlett Johansson, Martin Scorsese, Dick Cavett, Mira Sorvino, Josh Brolin, Owen Wilson, Larry David, Robert Greenhut, Jack Rollins, Charles H. Joffe, Martin Landau, Mariel Hemingway, Sean Penn, Dianne Wiest, Penélope Cruz, Eric Lax, Louise Lasser, Tony Roberts, Richard Schickel, Naomi Watts, Gordon Willis.

Sinopsis: Documental que repasa la carrera profesional de Woody Allen.

Vaya por delante que lo que voy a reseñar es la versión de dos horas de un documental cuyo primer montaje tenía alrededor de sesenta minutos más de duración. Dirige Robert B. Weide, conocido por haber dirigido diversos films del género, entre ellos uno relativo al célebre cómico Lenny Bruce, y también por sus colaboraciones con Larry David. Weide hace aquí un trabajo aplicado, pero no distinguido. Más allá de la curiosidad que pueda despertar entre los fans de Woody Allen ver su lugar de trabajo, y las más bien arcaicas herramientas que el director utiliza para dar forma a sus guiones, este documental no ofrece muchas novedades respecto a lo que los cinéfilos conocemos sobre el director neoyorquino.

Recorrido estándar, pues, por la trayectoria vital y profesional de un gran cómico de trasfondo pesimista que nunca ha escondido su frustración por no haber sido capaz de crear un drama a la altura de los de sus ídolos, como Ingmar Bergman o el Federico Fellini de su etapa neorrealista. Criado en Brooklyn, estudiante inquieto y aburrido y precoz comediante en las revistas, los clubs nocturnos y la televisión, Allen, como Billy Wilder, saltó a la dirección cinematográfica con el noble propósito de no permitir que nadie destrozara sus guiones. Lo ha conseguido, pues es uno de los pocos cineastas de larga trayectoria que puede presumir de haber tenido el control sobre todos los films que llevan su firma.

La película alterna las declaraciones del propio Allen con fragmentos seleccionados de algunas de sus obras más representativas y, por supuesto, con numerosos testimonios de colegas y colaboradores. Entre ellos, figura Diane Keaton, una de sus musas y la mujer que cambió el modo de escribir de Woody Allen y contribuyó a que el director haya sido capaz de crear algunos de los mejores papeles femeninos de las últimas décadas. Allen conoció a Keaton en la primera etapa de su filmografía, de perfil marcadamente cómico, y junto a ella desarrolló su estilo y creó una película superlativa que expandió su cine y le dio su forma definitiva: Annie Hall. Weide pasa de puntillas por algunas de las que considero obras mayores de Allen, como Broadway Danny RoseSombras y nieblaMisterioso asesinato en Manhattan o la que para mí es la última de ellas, Desmontando a Harry, mientras se recrea en trabajos menos distinguidos como Recuerdos, vanidoso intento de emular al Fellini de Ocho y medio que no merece más que un lugar discreto entre las películas de Allen.

2011 era un año propicio para homenajear a Woody Allen, pues la taquilla norteamericana le volvió a sonreír, después de muchos años, con la floja Medianoche en París. Ahora todo es distinto, pues el afán inquisidor, disfrazado de progresismo, de gentes que se permiten el lujo de dictar condenas respecto de hechos juzgados hace un cuarto de siglo, lleva camino de convertir a Allen casi en un proscrito. Weide tira por lo funcionarial y firma un trabajo correcto pero carente de inspiración, que se contempla con agrado pero deja el aroma de lo ya visto.

ADIÓS AL REY

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FAREWELL TO THE KING. 1989. 109´. Color.

Dirección: John Milius; Guión: John Milius, basado en la novela de Pierre Schoendoerffer; Dirección de fotografía: Dean Semler; Montaje: Anne V. Coates y C. Timothy O´Meara; Música: Basil Poledouris; Diseño de producción: Gil Parrondo; Dirección artística: Bernard Hides; Producción: Albert S. Ruddy y André Morgan, para The Ruddy/Morgan Organisation-Film Plan Financing Number 1- Cine Location Services-David Hannay Productions-Southeast Asia Film Location Services Sdn. Bhd.(EE.UU.)

Intérpretes: Nick Nolte (Learoyd); Nigel Havers (Capitán Fairbourne); Frank McRae (Tenga); James Fox (Ferguson); Marius Weyers (Conklin); Gerry López (Gwai); Marilyn Tokuda (Yoo); Elan Oberon (Vivienne); Chang Wing Choy, Aki Aleong, William Wise, Wayne Pygram, Richard Morgan, Michael Nissman, John Bennett Perry.

Sinopsis: En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, un oficial inglés llega a Borneo para intentar reclutar a las tribus aborígenes para la lucha contra los japoneses. Allí, se encuentra con que una de esas tribus está dirigida por un desertor del ejército de los Estados Unidos.

Hubieron de transcurrir cinco años desde la que considero su peor película como director, Amanecer rojo, para que John Milius regresara a la dirección de largometrajes con Adiós al rey, adaptación de la novela homónima de Pierre Schoendoerffer. Amanecer rojo fue bien acogida por el público, debido muy probablemente a que se estrenó en pleno apogeo de la era Reagan, pero su discurso tan derechista hizo que Hollywood, que siempre ha pretendido ser mucho más liberal de lo que en realidad es, empezara a mirar con recelo a Milius, hecho que sin duda contribuyó a que el recibimiento de su siguiente película fuera mucho más discreto.

Si bien es cierto que con resultados menos distinguidos, Adiós al rey recupera muchos elementos de las dos obras más importantes de Milius, una como director, El viento y el león, y la otra como guionista, Apocalypse now. Con esta última, las similitudes a nivel argumental son notables, pues tenemos a un militar que se adentra en lo más profundo de las selvas del Sureste asiático para dar (esta vez por casualidad) con un estadounidense, desertor del ejército por más señas, que ejerce como rey de una tribu nativa. La inicial desconfianza del oficial británico, que viaja acompañado de su radiotelegrafista, hacia el renegado metido a rey aborigen muta en admiración al comprobar que ese hombre, que en la civilización occidental era un don nadie, se comporta como un verdadero rey, cuida de su pueblo y lo gobierna con benevolencia y firmeza. Sin embargo, la guerra está llegando a ese paraíso selvático, que puede estallar en pedazos en cuanto los enfrentamientos entre japoneses y aliados alcancen el hasta entonces aislado territorio.

Es obvio que el terreno favorito de John Milius es la épica, las historias de superhombres cuya moral se encuentra mucho más allá de las convenciones. Por eso, no duda en mirar hacia el pasado y los confines de la civilización para encontrar modelos que se adapten a su filosofía. En ocasiones, la ampulosidad y el afán de trascendencia traicionan a este excelente guionista, que además sabe aprovechar de manera destacable la salvaje belleza de las localizaciones. Por ejemplo, la escena nocturna en la que Learoyd acude a la cabaña en la que se encuentran sus uniformados prisioneros y, en cuclillas y bajo la lluvia, escucha sus palabras con rostro pétreo, es Milius en estado puro y consigue brillar también en lo estético, terreno en el que, al margen de alguna concesión al paisajismo de postal, la película es notable. De nuevo, la música de un compositor tan potente como Basil Poledouris encaja a la perfección en el universo épico de Milius, que podrá gustar más o menos, pero no es impostado. La muestra es que, al final, Fairbourne, que pese a simpatizar con la forma de vida de la tribu regida por Learoyd, nunca deja de ser un civilizado oficial británico, comprende que éste pertenece a la selva, y al que por elección es su pueblo. Aunque lo pretende, Adiós al rey, que se resiente de la falta de entidad de la mayoría de personajes secundarios, no alcanza la grandeza de los films de aventuras exóticas de David Lean o Richard Brooks que le sirven como modelos, pero en sus mejores momentos, casi todos concentrados en los primeros y últimos minutos de la película, se queda bastante cerca.

Del reparto, cabe destacar a un magnífico Nick Nolte, gran actor que por entonces estaba en el mejor momento de su carrera y que supo dotar al rey Learoyd de la grandeza, la solemnidad y el carisma que necesitaba. A su lado, el televisivo Nigel Havers consiguió la interpretación cinematográfica más distinguida de su larga carrera, en el papel de un militar tan elegante en sus maneras como firme en sus convicciones. Si exceptuamos a James Fox, actor de gran presencia, el resto del elenco no está a la altura de los protagonistas, y esto perjudica a la película porque le resta amplitud narrativa. Eso sí, con la escena en la que interviene John Bennett Perry interpretando al general McArthur, queda clara la admiración que John Milius siente hacia los jefes militares.

Vista hoy, Adiós al rey es una película que, aunque ya estaba fuera de tiempo en la época en la que se estrenó, merece ser valorada como uno de los últimos films importantes de aventuras bélicas. En cierto modo, y mucho más que la posterior, y mucho más mediocre, El vuelo del IntruderAdiós al rey es un anticipado, a causa del ostracismo que mencioné al principio, testamento cinematográfico de un hombre de indudable talento.

CLOCKERS (CAMELLOS)

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CLOCKERS. 1995. 128´. Color.

Dirección: Spike Lee; Guión: Richard Price y Spike Lee, basado en la novela de Richard Price; Director de fotografía: Malik Hassan Sayeed;  Montaje: Sam Pollard; Música: Terence Blanchard; Diseño de producción: Andrew McAlpìne; Dirección artística: Tom Warren (Supervisor); Producción: Martin Scorsese, Jon Kilik y Spike Lee, para 40 Acres & A Mule Filmworks-Universal Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Harvey Keitel (Detective Rocco Klein); John Turturro (Detective Larry Mazilli); Delroy Lindo (Rodney Little); Mekhi Phifer (Ronald Strike Dunham); Isaiah Washington (Victor Dunham); Keith David (André); Pee Wee Love (Tyrone Jeeter); Regina Taylor (Iris Jeeter); Tom Byrd (Errol); Sticky Fingaz (Científico); Fredro (Go); Michael Imperioli (Detective Jo-Jo); Elvis Nolasco, Lawrence B. Adissa, Hassan Johnson, Frances Foster, Lisa Arrindell, Paul Calderón, Brendan Kelly, Mike Starr, Spike Lee.

Sinopsis: Un pequeño traficante de drogas muere asesinado en uno de los barrios más conflictivos de Nueva York. Cuando Victor Dunham, un modélico padre de familia, confiesa ser el autor del crimen, el veterano policía Rocco Klein decide investigar las circunstancias que rodearon el crimen.

Superado el paréntesis ligero que supuso Crooklyn, Spike Lee regresó a las temáticas potentes habituales en su filmografía con Clockers, película que adapta una novela de Richard Price, escritor que había colaborado en diversas ocasiones con Martin Scorsese. De hecho, el director italoamericano es uno de los productores de esta película, en la que sus huellas no son difíciles de percibir. Pasada la moda Spike Lee que invadió Hollywood a finales de los 80 y se disipó después de la polémica, y para mí fallida, Malcolm XClockers tuvo mucha menos aceptación de la que merecía.

Clockers es el primer largometraje de Spike Lee cuyo protagonista es de raza blanca, y también el primero en el que su continua denuncia del racismo ofrece una mayor variedad de matices. Los títulos de crédito iniciales, ilustrados con explícitas fotografías de hombres negros asesinados, avisan sobre lo que vendrá; las dos primeras escenas, en las que unos adolescentes muestran sus preferencias por los raperos adscritos al matonismo más extremo del género, y otra en la que diversos miembros de la policía emiten comentarios jocosos mientras asisten al levantamiento del cadáver de un hombre negro muerto de cuatro balazos, suponen un excelente punto de partida para una película que versa sobre la investigación policial de ese crimen. A Rocco Klein, un experto detective de la policía, le resulta extraño que el autor confeso sea un ciudadano hasta entonces ejemplar, y decide ver qué hay detrás de todo ello. Para sus compañeros, lo que ha ocurrido es el enésimo ajuste de cuentas entre los narcotraficantes de un barrio peligroso como pocos. Un pequeño traficante muerto, un asesino confeso… cosas de negros, caso resuelto. Klein no opina de la misma forma, y fija su atención en Strike, el hermano de Victor que trabaja, como mucha otra gente del barrio, para Rodney, el narcotraficante que todo lo controla. La víctima estafaba a Rodney, que es la presa que Klein quiere cobrarse, y el detective estrecha el cerco sobre él utilizando a Strike.

Spike Lee habla, como de costumbre, del racismo, pero también de los negros cuya manera de vivir no hace más que ratificar en sus prejuicios a quienes les consideran, sin distinción, seres primarios e incapaces de llevar una vida pacífica y digna. La discriminación crea ghettos, pero es elección de cada cual (y no precisamente fácil) el salir de él, o al menos intentarlo, mediante el trabajo duro y honrado, o a través del tráfico de drogas, la violencia y el crimen. El poder y la influencia de seres como Rodney, una especie de Mefistófeles de barrio que proporciona estatus y dinero fácil a cambio de una sumisión total a sus designios, le convierte en un imán para un sinfín de jóvenes con tan pocas oportunidades como capacidad de esfuerzo. Es Nueva York, es Río de Janeiro, es La Línea, es Barcelona. Con un guión preciso, las oportunas dosis de efectismo y mucho conocimiento del terreno que pisa, Spike Lee traza un inspirado retrato de la vida en esos lugares en los que cualquiera que ame su pellejo no debería vivir. Cineasta de cámara inquieta, a veces demasiado, y clara vocación realista, Lee es capaz de hacer una buena película de Martin Scorsese, y eso no es poca cosa. Discurso potente, colores vivos, incluso chillones, elaborado montaje y una banda sonora, compuesta por ese pedazo de trompetista llamado Terence Blanchard, de calidad.

Encabeza el reparto un Harvey Keitel en su mejor momento, que ofrece una fantástica interpretación en un papel que, en ciertos aspectos, viene a ser la antítesis de uno de sus roles más recordados, el policía en pleno hundimiento de Bad lieutenant. Rocco Klein, el personaje al que da vida Keitel es un policía bregado, pero íntegro, que sólo deja de serlo cuando esa integridad le supone un obstáculo para imponer su particular, pero muy razonable, sentido de la justicia. A su lado, John Turturro saca buena nota como detective de homicidios más típico que su compañero, y tanto un Delroy Lindo muy convincente en su papel de traficante desalmado, como el debutante Mekhi Phifer, que saca buen partido de un papel complejo y sabe mostrar todas las contradicciones de su personaje, están a la altura que exige la película. Isaiah Washington, Keith David y un Tom Byrd algo pasado de vueltas en sus primeras escenas completan un reparto que en todo momento ofrece sensación de autenticidad.

Que el nombre de Richard Price esté detrás de The Wire quiere decir algo: parte de lo que allí se encuentra estuvo antes en Clockers, una de las mejores películas de Spike Lee y un excelente film policíaco rodado con vigor e inspiración.

ABRE LOS OJOS

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ABRE LOS OJOS. 1997. 118´. Color.

Dirección: Alejandro Amenábar; Guión: Alejandro Amenábar y Mateo Gil; Dirección de fotografía: Hans Burmann;  Montaje: María Elena Sáinz de Rozas; Música: Alejandro Amenábar y Mariano Marín; Dirección artística: Wolfgang Burmann; Producción: José Luis Cuerda y Fernando Bovaira, para Sogetel-Las Producciones del Escorpión- Les Films Alain Sarde-Lucky Red (España-Francia-Italia).

Intérpretes: Eduardo Noriega (César); Penélope Cruz (Sofía); Fele Martínez (Pelayo); Najwa Nimri (Nuria); Chete Lera (Antonio); Gérard Barray (Duvernois); Jorge De Juan, Miguel Palenzuela, Tristán Ulloa, Pedro Miguel Martínez, Ion Gabella, Joserra Cadiñanos, Jaro, Pepe Navarro.

Sinopsis: César, un joven rico y guapo, sufre un accidente que le desfigura el rostro, provocado por una de sus amantes.

Tras su impactante debut, Tesis, Alejandro Amenábar regresó a la dirección con un proyecto que seguía la misma línea de su ópera prima pero superaba a ésta en presupuesto y ambiciones. Abre los ojos fue un rotundo éxito, que confirmó el talento de su director e incluso fue objeto de un olvidable remake norteamericano, Vanilla sky.

En parte thriller hispánico con vocación de modernidad, y en parte adaptación en clave juvenil del mito de la bella y la bestia, el segundo film de Amenábar comienza con la que quizá sea la escena de mayor impacto de toda su carrera, la de Eduardo Noriega bajando de su automóvil y corriendo asustado a través de una sorprendentemente desierta Gran Vía madrileña, y se desarrolla, con ciertos altibajos, de una manera que en ocasiones atenta contra la lógica pero siempre con capacidad de mantener la tensión. En general, resulta arriesgado mezclar sueños y realidad de manera coherente, pero Amenábar hace gala de ingenio, cuela con estilo las trampas que almacena el guión coescrito con Mateo Gil, y consigue ir un paso más allá de lo logrado con su ópera prima. Una de las claves del éxito del film consiste en dirigirse al público juvenil, que entonces y ahora es el que llena las salas de cine, hablando su mismo lenguaje e, incluso, haciéndole creerse más inteligente de lo que en verdad era (y es). En 1997 no existían los móviles, Internet daba sus primeros pasos antes de que tipos como Mark Zuckerberg se hicieran de oro convirtiendo el mundo un lugar aún más jodido, y Amenábar hace uso de ese creciente interés por la tecnología para emplearlo en una trama que mezcla realidad, mundos oníricos, criogenización y reflexiones acerca de la vida, el amor y la amistad muy propias de veinteañeros, todo ello colocado en el cerebro de un joven que lo tiene todo y se convierte en su peor pesadilla por obra y gracia de una amante despechada. El juego entre lo real y lo soñado funciona muy bien a lo largo de las casi dos horas de metraje, y es cierto que el final es discutible mas, dados los derroteros por los que discurre la película, era muy difícil construir uno que no lo fuera.

Poseedora de una estética fría, pero adecuada para la narración, Abre los ojos supone un salto adelante en cuestiones técnicas respecto a Tesis: las cualidades allí apuntadas, una de las cuales es la capacidad del del director para (co)escribir buenas bandas sonoras, quedan mejor expuestas, y los defectos propios de una obra primeriza, mejor tapados. El montaje, fundamental en un film que juega mucho con la alternancia entre el sueño y la vigilia, me parece bastante logrado, y las escenas que necesitan de mayor capacidad visual, como la ya citada en la Gran Vía o la del clímax final en la azotea de un rascacielos, poseen la suficiente calidad.

El capítulo interpretativo es, sin lugar a dudas, uno de los grandes puntos flacos de la película, por no decir el mayor de todos ellos. Eduardo Noriega, elevado a la categoría de guaperas oficial gracias a Amenábar, nunca fue un buen actor y, aunque mejora su floja interpretación en Tesis, quizá gracias a que durante la mayor parte de las escenas aparece desfigurado o con máscara, no llega al aprobado. Lo mismo ocurre con Fele Martínez, otro miembro de la troupe Amenábar incapaz de ofrecer una interpretación convincente. Penélope Cruz, al menos, es una actriz; no tan buena como nos han hecho creer, pero con el suficiente talento como para superar a sus dos compañeros de reparto con la gorra. Los mejores del reparto son, sin duda, la insinuante y perversa Najwa Nimri, el aplicado Chete Lera y un Gérard Barray que, sin destacar en exceso, al menos cumple.

He leído que Amenábar opina que Abre los ojos es su peor película. Mal juez de su propia obra demuestra ser, porque no creo que después haya rodado nada mejor o, al menos, más fresco. De lo mejorcito que dio el cine español entre El día de la bestia Barrio, dos de los grandes films rodados en la década de los 90 en nuestro país.

REGRESO AL FUTURO

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BACK TO THE FUTURE. 1985. 116´. Color.

Dirección: Robert Zemeckis; Guión: Robert Zemeckis y Bob Gale; Dirección de fotografía: Dean Cundey;  Montaje: Harry Keramidas y Arthur Schmidt; Música: Alan Silvestri. Canciones de Huey Lewis and the News; Diseño de producción: Lawrence G. Paull; Producción: Neil Canton y Bob Gale, para Amblin Entertainment-Universal Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Michael J. Fox (Marty McFly); Christopher Lloyd (Doc); Lea Thompson (Lorraine); Crispin Glover (George McFly); Thomas F. Wilson (Biff); Claudia Wells (Jennifer Parker); Marc McClure (Dave McFly); Wendie Jo Sperber (Linda McFly); James Tolkan (Sr. Strickland); Billy Zane (Cerilla); Casey Siemaszko (3-D); George DiCenzo, Frances Lee McCain, J.J.Cohen, Lisa Freeman, Will Hare, Courtney Gaines, Huey Lewis.

Sinopsis: Un científico crea una máquina del tiempo. Su amigo, el adolescente Marty McFly, se traslada con ella a la década de los 50, en la época en la que se conocieron sus padres.

Pocas cosas originales pueden decirse acerca de Regreso al futuro, clásico incontestable del cine ochentero y obra que encumbró a su director, Robert Zemeckis. Se trata de una película que reventó taquillas, marcó a toda una generación, de la que formo parte, ha resistido muy bien el paso del tiempo y sigue gustando a personas que ni siquiera habían nacido en la fecha de su estreno.

Vista hoy, Regreso al futuro continúa destacando por su frescura, la extrema jovialidad de su propuesta y la pericia técnica con la que ésta es desarrollada. Su argumento, tomado en serio, no deja de ser un disparate, pero el gran mérito de esta película es que, durante su metraje, la seriedad se toma unas gozosas vacaciones. Y se trata de cine comercial, de puro entretenimiento, pero no es imbécil: el guión acierta al mostrar, por ejemplo, que con los años puede cambiar el color, o la ropa interior, de los gobernantes, pero lo que no cambia son sus discursos. O que una mujer que se casa por pena con un tipo apocado y asustadizo tiene todos los números para acabar siendo un ama de casa frustrada y alcohólica. Más allá de esto, y de las inevitables concesiones al gusto del gran público, la película ofrece un vibrante carrusel de escenas espectaculares, rebeldía adolescente, simpáticos anacronismos, confusos romances fuera de época y una amistad, la que une al hiperactivo científico Doc Brown y al despreocupado adolescente Marty McFly, que se mantiene firme más allá del tiempo. Al primero no se le ocurre otra cosa que inventar una máquina del tiempo, instalada nada menos que en un Delorean. El problema es que, para garantizar la potencia necesaria, el invento de Doc necesita plutonio, material de interés para un grupo de terroristas libios que entra en escena justo cuando la máquina está en mitad de su gran prueba. Marty, decidido a evitar que la falta de sentido del humor de los terroristas acabe con sus planes de futuro, le da caña al Delorean y aparece en 1955, poco antes de que sus padres comiencen a convertirse en… sus padres. Por un lado, Marty debe conseguir que el científico le ayude a regresar a su época, y por el otro, conseguir que sus progenitores acaben siéndolo, tarea harto difícil porque el joven George McFly posee menos virilidad que los reclutas sarasas de los chistes de Arévalo (otro clásico ochentero, éste en clave local) y, como es lógico, cuando Marty aparece en escena, su futura madre se enamora de él, y no del medio lelo de George.

Aunque quizá alguno de los giros finales (el último de todos, en concreto) aporta más bien poco, es de destacar el vigor del guión, lleno de diálogos ingeniosos y capaz de mezclar los distintos elementos de la propuesta con notable tino, así como el frenético montaje, clave para que las casi dos horas de película se pasen en un santiamén. Buena nota también para la parte musical, tanto en lo que se refiere a la partitura de Alan Silvestri como a las canciones de un grupo que se hizo de oro en los 80, Huey Lewis and the News. Un último acierto: cuando Marty hace que los asistentes al baile vibren con Johnny B. Goode, pero les deja de una pieza con su desaforado desparrame guitarrístico posterior, la clava cuando dice: “Tal vez no estéis preparados para esto, pero a vuestros hijos les gustará”. Sí señor: gloria a Eddie Van Halen.

Podrá decirse, y con razón, que ni los actores que intervienen en esta película son nada del otro mundo, ni su labor interpretativa es un modelo de contención, pero, una vez más, Regreso al futuro salva con honores este no desdeñable hándicap. Michael J. Fox, que con esta película pasó de estrella de la televisión a icono del celuloide, le da a Marty McFly todo el carisma, la vivacidad y el desenfado que necesita. Christopher Lloyd está sobreactuadísimo, pero como su personaje no deja de ser la versión amable de los mad doctors que poblaron los clásicos del fantástico y el terror, se le perdona con gusto. Del resto, lo mejor es Lea Thompson, aunque el resto de actores están, como poco, resultones.

Regreso al futuro tiene un merecido puesto en la mitología popular. Su Delorean, su condensador de fluzo y su The power of love forman parte del imaginario colectivo, pero lo mejor es que, detrás de eso, encontramos uno de los mejores films de entretenimiento dirigidos al público juvenil que ha producido Hollywood en las cuatro últimas décadas.

TRUMAN

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TRUMAN. 2015. 106´. Color.

Dirección: Cesc Gay; Guión: Cesc Gay y Tomàs Aragay; Dirección de fotografía: Andreu Rebés;  Montaje: Pablo Barbieri; Música: Nico Cota y Toti Soler; Diseño de producción: Irene Montcada Producción: Diego Dubcovski y Marta Esteban, para Kramer and Sigman Film- Trumanfilm- Impossible Films-BD Cine (España-Argentina).

Intérpretes: Ricardo Darín (Julián); Javier Cámara (Tomás); Dolores Fonzi (Paula); Troilo (Truman); Eduard Fernández (Luis); Alex Brendemühl (Veterinario); Pedro Casablanc (Médico); José Luis Gómez (Productor); Javier Gutiérrez (Asesor de la funeraria); Elvira Mínguez (Gloria); Oriol Pla (Nico); Nathalie Poza, Ágata Roca, Susi Sánchez, Francesc Orella, Silvia Abascal, Kira Miró, Lucie Desclozeaux, Lucas Hamming.

Sinopsis: Un español establecido en Canadá regresa a Madrid para visitar a su amigo Julián, enfermo de cáncer.

Después de la coral Una pistola en cada mano, el barcelonés Cesc Gay contó con dos de los actores principales de aquella película, Ricardo Darín y Javier Cámara, para interpretar a los dos personajes clave de Truman, drama intimista que aborda una cuestión complicada como el cáncer y que concedió a su director los mayores reconocimientos de su carrera.

La historia de un actor enfermo de cáncer, divorciado, que vive en un apartamento madrileño junto a su perro, Truman, y que ha decidido no continuar con un tratamiento que tampoco le ofrece demasiadas garantías de salvación, se presta a un indigesto despliegue lacrimógeno que obliga, tanto al guión como a los actores, a un significativo ejercicio de contención que, por suerte, encontramos en el libreto y en los intérpretes. Gay, guionista metido a director, muy buen dotado para la construcción de personajes y diálogos pero demasiado teatral en sus planteamientos estéticos, presenta un drama intenso, pero con concesiones. Le entiendo: nadie querría ver la historia de un hombre de mediana edad que se enfrenta a una muerte inminente con toda su crudeza. En consecuencia, el director nos presenta una versión dulcificada, aunque no directamente tramposa, de algo que en la realidad es más devastador, y también más mezquino. Todo es ideal, tal vez demasiado: la amistad entre los protagonistas, a los que separan muchos años y todo un océano de distancia, la relación entre Julián, su ex-mujer y su hijo universitario… por momentos, Truman es más lo que debería ser la realidad que lo que ésta en verdad es (pocas veces la gente es tan madura, tenga la edad que tenga, como los personajes de la película). y lo más creíble de todo es la relación de Julián con su perro… aunque opino que, en la realidad, esa clase de entendimiento profundo persona-mascota sólo se da cuando el ser humano es un solitario irredento, algo que Julián sólo es hasta cierto punto. Hay varias escenas brillantes: la aparición de la mezquindad, de esos amigos o conocidos que nos evitan cuando olemos a muerto, el retrato de la manera tan aséptica y profesional en la que se desarrolla el macabro negocio funerario, o varias situaciones en las que el personaje de Julián debe encarar el doloroso trance de intentar que todo quede como a él le gustaría cuando ya no esté, como la visita al veterinario. En otras situaciones, veo una madurez demasiado forzada que apenas el personaje de Paula consigue alterar.

Como ya he señalado, los aspectos técnicos se resienten de la teatralidad del conjunto, y se quedan sólo en lo funcional, siendo lo mejor de los elementos no puramente dramáticos la bella música de Toti Soler que ilustra los títulos de crédito iniciales. Truman basa todo su atractivo en los campos literario e interpretativo: el primero de ellos alterna escenas conmovedoras con otras que se antojan forzadas: el segundo es excelente, casi sin matices. Ricardo Darín es un actor magnífico, capaz de salvar papeles mal construidos y de enaltecer los buenos, como el de Julián. Javier Cámara, intérprete al que a veces no consigo cogerle el punto, demuestra aquí ser un gran actor dramático (en mi opinión, el terreno donde el riojano da lo mejor de sí). Dolores Fonzi, uno de los rostros conocidos del cine y la televisión en Argentina, camina a veces en el límite de la sobreactuación pero consigue insuflarle arrebato a la película, y las breves apariciones de grandes de la interpretación como Eduard Fernández o José Luis Gómez no hacen más que confirmar la elevada talla actoral de la película. Incluso la labor del perro que da vida a Truman es de lo más convincente.

Por momentos conmovedora y por momentos artificialmente embellecida, Truman nos enfrenta al dolor de la pérdida, ya sea de la vida propia o de la de un ser querido, de un modo elegante, en el que aún queda un pequeño margen para el humor. Lo de que el ateo deje de serlo a las puertas de la muerte es un topicazo, pero por lo demás Truman, sin ser una obra maestra, sí es un film más que digno, realzado por la presencia de grandes actores.

 

TRAIN TO BUSAN

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BUSANHAENG. 2016. 118´. Color.

Dirección: Yeon Sang-Ho; Guión: Park Joo-Suk y Yeon Sang-Ho; Director de fotografía: Lee Hyung-Deok;  Montaje: Yan-Jing Mo; Música: Jang Young-Gyu; Diseño de producción: Lee Mok-Won; Vestuario: Seung Hee-Rym y Kwon Joo-Hin; Producción: Lee Dong-Ha, para RedPeter Film- Next Entertainment World (Corea del Sur).

Intérpretes: Gong Yoo (Seok-Woo); Jung Yu-Mi (Seong-Kyeong); Ma Dong-Seok (Sang-Hwa); Kim Su-An (Soo-An); Kim Eui-Sung (Yon-Suk); Choi Woo-Sik (Yong-Guk); Sohee (Jin-Hee); Choi Gwi-Hwa (Mendigo); Yeong Seok-Jong (Maquinista); Woo Do-Im (Azafata); Ye Soo-Jung, Park Myung-Shin, Yang Hyuk-Jin, Han Seong-Soo, Kim Jae-Rok, Lee Joo-Sil.

Sinopsis: Un ejecutivo, egoísta y adicto al trabajo, acepta a regañadientes acompañar a su hija hasta Busan, donde la pequeña se reunirá con su madre. De pronto, el caos se adueña del país.

El cineasta surcoreano Yeon Sang-ho, cuya carrera se había desarrollado en el terreno de la animación, dio el salto internacional con Train to Busan, película que viene a ser la versión con actores reales de su anterior Seoul station. Este vibrante drama zombi, que en mi opinión supone una de las propuestas más estimulantes que ha dado este subgénero en lo que llevamos de siglo, triunfó en muy distintas latitudes y se convirtió en un film de culto instantáneo.

Es evidente que, tanto en la pequeña como en la gran pantalla, las historias de zombis tienen una gran aceptación en nuestra hastiada y confusa época. En muchas de ellas, empezando por la seminal Zombi (Dawn of the dead, 1978), de George A. Romero, subyace el deseo de que el apocalipsis provocado por el despertar de los muertos vivientes suponga una catarsis que provoque la redención moral de una civilización a la deriva. Train to Busan participa de esta corriente y no está exenta de moralina, aunque debo decir que su punto de vista sobre los males de la humanidad coincide bastante con el mío: la codicia, la insolidaridad, el egoísmo y el cotidiano sálvese quien pueda son algunas de las grandes lacras de nuestras sociedades: llegado el gran desastre, sólo quienes consigan cambiar su forma de actuar obtendrán la salvación, si no física, cuanto menos ética. El símbolo de esto es Seok-Woo, un ejecutivo todavía joven y adicto al trabajo cuyo matrimonio se fue a pique y que apenas presta atención a la hija que surgió de él. Es la insistencia de ella la que hace que el ocupado yuppie acepte acompañarla en el tren que la llevará hasta Busan, ciudad en la que vive su madre.

La película tiene la virtud de perfilar a los personajes con certeras pinceladas para ir rápidamente al grano: al principio, todo parece un furioso ataque de ira colectiva que se extiende por las grandes ciudades, pero cuando las imágenes empiezan a transmitir cómo los cadáveres atacan a los vivos, que casi de inmediato pasan a convertirse ellos también en zombis en busca de carne fresca, la cosa no puede estar más clara. Un rutinario viaje en tren se convierte en una huida desesperada hacia una salvación tan complicada como dudosa. Yeon Sang-ho ofrece una propuesta visualmente atractiva y narrativamente vibrante, en la que los tiempos muertos, cargados de tensión, sólo son una breve toma de aire antes de encarar desafíos todavía mayores. Train to Busan consigue ser una gran película de zombis, y a la vez, ofrecer a sus espectadores un convincente drama familiar y social con moraleja. O, dicho de otra forma, resuelve en dos frenéticas horas situaciones que ocupan una temporada entera de The walking dead. El aprovechamiento que se hace de un escenario tan cinematográfico como un ferrocarril muestra una competencia técnica importante, que se extiende al muy eficaz montaje y a una cuidada fotografía. Por no hablar de esa frase antològica que le suelta el forzado al ejecutivo metido a héroe antes de ponerse a liquidar zombis:” Es usted gestor de fondos, así que se le ha de dar bien machacar a inútiles”.

El desempeño de los actores, todos ellos desconocidos para mí hasta el momento, es en general bastante satisfactorio. Gong Yoo consigue mostrar la conversión de su personaje en héroe altruista sin que esa metamorfosis resulte forzada, y el matrimonio que forman esa mujer fuerte a la que interpreta Jung Yu-Mi y ese tipo fuerte en lo físico y en lo psicológico al que da vida Ma Dong-Seok funciona de maravilla. Es verdad que los malos son muy malos, pero Kim Eui-Sung es un buen villano. Quizá los actores jóvenes, sobre todo Choi Woo Sik, flojeen algo más, pero reitero que en general el capítulo interpretativo me parece bien resuelto.

Train to Busan es una muy buena película, se mire donde se mire, y con razón se ha convertido en uno de los mayores éxitos del cine surcoreano en los últimos años, y también en una referencia moderna indiscutible del cine de muertos vivientes. Dos horas vibrantes, un apocalipsis zombi de lo más brutal, y un mensaje ético claro. No es sencillo dar más.

MANCHESTER FRENTE AL MAR

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MANCHESTER BY THE SEA. 2016. 135´. Color.

Dirección: Kenneth Lonnergan; Guión: Kenneth Lonnergan; Dirección de fotografía: Jody Lee Lipes;  Montaje: Jennifer Lame; Dirección artística: Jourdan Henderson; Música: Lesley Barber; Diseño de producción: Ruth De Jong; Producción: Kimberly Steward, Chris Moore, Kevin J. Walsh, Matt Damon y Lauren Beck, para Amazon Studios-K Period Media-Pearl Street Films-The Media Farm-The A/Middleton Project-BStory-Oddlot Entertainment (EE.UU.).

Intérpretes: Casey Affleck (Lee Chandler); Lucas Hedges (Patrick); Michelle Williams (Randi Chandler); Kyle Chandler (Joe Chandler); Anna Baryshnikov (Sandy); C. J. Wilson (George); Gretchen Mol (Denise Chandler); Tom Kemp (Stan Chandler); Kara Hayward (Silvie McCann); Matthew Broderick (Jeffrey); Heather Burns (Jill); Ben O´Brien, Quincy Tyler Bernstine, Missy Yager, Stephen Henderson, Ruibo Qian, Chloe Dixon, Tate Donovan, Josh Hamilton, Erica McDermott, Danae Nason.

Sinopsis: Lee, un hombre que abandonó su pueblo natal después de un hecho traumático, debe regresar allí para hacerse cargo de su sobrino adolescente.

Curtido como guionista, Kenneth Lonnergan dio el salto a la dirección al comienzo de este siglo con la celebrada Puedes contar conmigoManchester frente al mar es sólo su tercer largometraje, y también el más exitoso de ellos. La película acaparó reconocimientos, incluyendo el Oscar al mejor guión original.

El drama de Lee Chandler, el protagonista de la película, es el de tantas personas que forman una familia sin ser lo suficientemente responsables como para asumir tan complicada tarea. La diferencia es que, mientras la mayoría de esos irresponsables pasa por la vida sin cometer tropelías demasiado gordas, una negligencia de Lee provoca un incendio cuyas consecuencias son las peores que uno pueda imaginar. Aunque, como es del todo punto lógico, el hombre trate de borrarse del mapa, también fracasa en eso y, consumido por la culpa, cambia de lugar y se obliga a una especie de muerte en vida que se ve alterada por el fallecimiento de su hermano, un ser generoso aquejado de una grave enfermedad cardíaca. Lee debe regresar a sus orígenes para hacerse cargo de su sobrino, un chico de dieciséis años de lo más centrado, teniendo en cuenta el trauma que acaba de sufrir, y que su madre es una loca borracha en paradero (casi) desconocido. A quienes la trama les parezca deprimente, he de decirles que aciertan: la película lo es.

El mérito del director es que siempre se mueve en el límite de lo folletinesco sin caer casi nunca en ese pozo. Eso sí, cuando lo hace (la escena del reencuentro entre Lee y su ex-esposa, que acaba de tener un hijo de otro hombre) lo hace con estrépito. En mi opinión, lo mejor del film son las escenas que comparten los dos protagonistas masculinos, el devastado Lee, que se gana la vida como conserje en la gran ciudad y tiene más talento con las manos que con el cerebro, y su sobrino Patrick, un adolescente racional y deportista que no tendrá padres, pero huye como un poseso ante la idea de vivir con su tío en Boston porque en su pueblo tiene dos novias, toca la guitarra en un grupo de rock, está en los equipos de hockey y baloncesto y residen todos sus amigos. Tío y sobrino son la luz y la sombra, el fracaso consumado y la promesa de éxito. Lee pasa su tiempo libre viendo deportes y bebiendo cerveza. Cuando abusa del alcohol, asoma su yo violento, algo por lo demás común entre los fracasados. Con sabiduría, huye de las mujeres que se interesan por él, porque sabe que, como dijo el poeta, su corazón maltrecho y ajado está cerrado por derribo. Hay heridas tan profundas que, simplemente, no cicatrizan jamás. Decía Pavese que lo peor de un dolor terrible es ser consciente de que algún día serás capaz de superarlo, pero eso no siempre ocurre. En esto, el guión de Lonnergan no puede ser más certero.

El aroma que emana de la película es de la tristeza, y en los aspectos técnicos, Lonnergan, lejos de suavizar la carga emocional de su obra, la aumenta. Pese a que se presenta al mar como un entorno liberador, el paisaje es siempre gris, marcado por la nieve y un cielo que no parece conocer el sol. Manchester frente al mar es un film sin un ápice de luminosidad, en el que las imágenes muestran el vacío emocional de los personajes. Por si esto fuera poco, la dramática banda sonora, rematada con distintas piezas de música clásica que no son precisamente valses y polkas, acentúa aún más la atmósfera melancólica de la película. Los únicos contrapuntos están siempre relacionados con los personajes jóvenes, a los que aún les cabe la esperanza, y con algunas situaciones que muestran que, incluso en los momentos más trágicos, en la vida casi siempre hay lugar para lo grotesco.

Encabeza el reparto un actor condenado sin juicio por los escuadrones feministas de la venganza, Casey Affleck, que demuestra haberse quedado con todo el talento interpretativo que había en su familia. No entraré a valorar si su estatuilla es o no merecida, pero sí diré que su trabajo es más que notable. Affleck sabe ser parco sin parecer una momia, explotar cuando toca y mostrar con acierto la desolación. Muy bien el joven Lucas Hedges, que además de saber actuar tiene buena mano a la hora de elegir las películas en las que interviene. A Michelle Williams, que me parece una actriz de mucho talento, la veo aquí un poco pasada de rosca, como dándole demasiada rienda suelta al caudal emocional que encierra su personaje. Defecto parecido encuentro en otra actriz de nivel, Gretchen Mol, especializada en los últimos tiempos en encarnar a mujeres de psique complicada. Bien C. J. Wilson y la joven Anna Baryshnikov, y anotar también la breve aparición de Matthew Broderick como intento de redentor religioso de Denise, la madre de Patrick.

No lo he dicho hasta ahora, pero Manchester frente al mar, pese a que carga demasiado los tintes melodramáticos, tiene hechuras de gran cine. Su visionado no va a alegrarle la vida a nadie, pero el buen arte suele ser triste, como la vida misma.

LA CAPRICHOSA PARCA

Con la de gente que podría palmarla sin que el mundo saliera perdiendo, o incluso se convirtiera por ese solo hecho en un lugar mejor, es una pena que haya tenido que tocarle a Stephen Hawking.

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