NAGASAKI: RECUERDOS DE MI HIJO

HAHA TO KURASEBA. 2015. 130´. Color-B/N.

Dirección: Yoji Yamada; Guión: Emiko Hiramatsu y Yoji Yamada; Dirección de fotografía: Masashi Chikamori; Montaje: Iwao Ishii; Música: Ryuichi Sakamoto; Dirección artística: Mitsuo Degawa; Producción: Hiroshi Fukazawa, para Shochiku (Japón)

Intérpretes: Sayuri Yoshinaga (Nobuko Fukuhara); Kazunari Ninomiya (Koji Fukuhara); Haru Kuroki (Machiko); Tadanobu Asano (Kuroda); Keniji Kato (Hombre de Shanghai); Yuriko Hirooka (Tomie); Miyu Honda (Tamiko); Nenji Kobayashi, Kazunaga Tsuji, Christopher McCombs, Wade Reed.

Sinopsis:   Una mujer japonesa, que perdió a su hijo menor en el bombardeo de  Nagasaki, ve cómo el chico se le aparece tres años después de su muerte.

La segunda juventud de Yoji Yamada, que le ha llevado a ser uno de los cineastas japoneses más conocidos en el mundo, vivió un nuevo capítulo con Nagasaki: Recuerdos de mi hijo, drama intimista sobre los desastres de  la guerra. La película fue, ni es, considerada como una obra mayor de Yamada, pero contiene muchos de los elementos distintivos de los mejores trabajos del director.

Creo que, para valorar en su justa medida Nagasaki: Recuerdos de mi hijo, el espectador debe partir de la premisa de que, en la guerra, también entre los agresores (porque, en la Segunda Guerra Mundial, Japón no fue otra cosa) hay víctimas inocentes, si entendemos como tales a las personas que, mientras el conflicto se desarrolla en otras latitudes, viven ajenas al sufrimiento que sus tropas infligen a individuos iguales que ellas. Se agradecería que la película no presentara a Japón como nación agredida, si bien es cierto que la derrota militar tuvo consecuencias terribles para el país nipón. Sin duda, la peor de todas ellas fue el lanzamiento de sendas bombas atómicas contra dos ciudades importantes, Hiroshima y Nagasaki. El protagonista y narrador de la película es una víctima de la segunda de esas bombas, un joven estudiante de medicina que, como la práctica totalidad de sus compañeros de aula, falleció a los pocos segundos de la explosión atómica. No es la primera vez que una película es narrada por un cadáver, pero Yamada lleva esta circunstancia hacia su vertiente más espiritual: la madre del joven, que es una cristiana devota, al igual que muchos otros miembros de su comunidad, y ya había perdido a su esposo, a causa de la tuberculosis, y a su hijo mayor, muerto en combate, ve cómo su más joven descendiente se le aparece a los tres años de su fallecimiento, cuando la mujer pierde definitivamente las escasas esperanzas que tenía de volver a verle con vida. En todo este tiempo, su único apoyo ha sido Machiko, la prometida del muchacho, cuya reaparición reanima a una mujer corroída por la enfermedad y la depresión. Madre e hijo tienen ocasión de conversar sobre el pasado, el presente y un futuro que, en su caso, no tiene más fundamento que el de reencontrarse en la otra vida.

Más allá de que resulte llamativo para un espectador occidental el encontrarse con un universo plenamente japonés, pero cristianizado, la película, cuyo guión coescriben el director y su mano derecha en cuestiones literarias, Emiko Hiramatsu, destaca por su sensiblidad. Conmover al público es algo que muchos buscan y no tantos encuentran: Yamada lo consigue a través de la sencillez, lo cual es loable. Nobuko, la madre, es  un ser lleno de virtudes, por medio de la cual Yamada hace un encendido elogio de la abnegación y la capacidad de sufrimiento de la mujer japonesa, en la línea de cineastas míticos como Yasujiro Ozu. El film transcurre de un modo apacible, y se articula tomando como eje las sucesivas apariciones del hijo fallecido, Koji. Quizá lo más flojo sea el prólogo, rodado en blanco y negro, que narra el bombardeo de Nagasaki. Cuando la película adopta el color, y la acción se traslada al tercer aniversario de la muerte de Koji, se entra en un terreno intimista que el veterano director demuestra dominar con maestría. Hay algún pasaje más ligero, como cuando Koji recuerda sus canciones del instituto, pero todo se centra en el dolor de la pérdida y la manera de superarla o, como mínimo, de poderla sobrellevar. Las apariciones de Koji tienen siempre un aire plácido, que contrasta con la escena en la que se recrea la aparición de su hermano mayor y de sus compañeros muertos en la batalla, en mi opinión uno de los hitos visuales de la película. La sensibilidad que de ella mana se ve también reflejada en la virtuosa banda sonora compuesta por Ryuichi Sakamoto, y en los pasajes de Mendelssohn utilizados en la narración. Como ateo interesado en la espiritualidad, es obvio que no comparto el mensaje posterrenal de la película, pero no por ello dejo de elogiar sus virtudes cinematográficas.

Nagasaki: Recuerdos de mi hijo es un film de pocos actores, pero buenos. La interpretación de Sayuri Yoshinaga es excelente, pues en su trabajo es imposible distinguir una chispa de impostura. Kazunari Ninomiya, el actor que interpreta a Koji, me pareció algo flojo en las primeras escenas, pero su nivel mejora a medida que avanza el metraje. Bien Haru Kuroki, y aún mejor Keniji Kato, en el papel del contrabandista enamorado de Nobuko.

Una vez más, Yoji Yamada filmó una notable película, mejor a mi parecer de lo que puede leerse en las webs cinematográficas con más seguidores. Nagasaki: Recuerdos de mi hijo es un drama que plantea el siempre espinoso tema de cómo enfrentarse a la muerte, tanto a la propia como a la de nuestros seres queridos, y lo hace con un buen gusto que debería estar más de moda.

LA CIENCIA AVANZA

Ahora que ya han pasado unos meses desde que se implantó el VAR en el fútbol español, he de decir que, en mi opinión, esta herramienta tecnológica ha supuesto una mejora significativa en un mundo demasiado tendente al error arbitral, y aún más inclinado a utilizar estos errores, ya sean reales o ficticios, para camuflar cagadas propias. Es evidente que el VAR no va a eliminar del todo los fallos arbitrales, como también lo es que subsana muchos. Varias docenas de ellos en pocos meses, lo cual no es poca cosa para un sistema que aún arrastra las taras propias de toda implantación reciente. El VAR molesta a algunos tragaldabas del periodismo deportivo patrio porque, como llevan décadas ganándose los chuletones hablando de un deporte del que no tienen ni idea, ven que el invento puede llegar a dejarles sin trabajo. También molesta a Florentino Pérez, que de alguna manera ha de intentar ocultar que el cambio de Cristiano por Mariano es la  principal razón de la zozobra deportiva madridista en lo que llevamos de temporada. Uno puede no entender cómo alguien puede ver penalti en la ya famosa jugada del Valladolid-Getafe copero de anteayer (error mucho más flagrante que el aún más famoso penalti de Rulli a Vinicius, jugador al que, dicho sea de paso, se ensalza más por su edad y maneras que por lo que efectivamente ha hecho sobre el césped con la camiseta del Real Madrid), pero querer cargarse el VAR por jugadas como esas es no entender de matemáticas: sin él, el número de errores arbitrales evitados sería cero. La tecnología ha de servir para mejorar el fútbol, como lo hace en otros ámbitos de la vida. Los problemas de este deporte hay que buscarlos en otro sitio. En su progresiva y ya asfixiante mercantilización, por ejemplo.

PRESTO

PRESTO. 2008. 5´. Color.

Dirección: Doug Sweetland; Guión: Doug Sweetland, basado en un argumento de Ted Mathot, Valerie LaPointe y Justin Wright; Montaje: Katherine Ringgold; Música: Scot Stafford; Diseño de producción: Harley Jessup; Producción: Richard Hollander, para Pixar Studios-Walt Disney Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Doug Sweetland (Voces).

Sinopsis: Un conejo hambriento, que forma parte del espectáculo de un mago, trata sin éxito de conseguir su comida. Como el prestidigitador se 
resiste a dársela, el animal se dedica a sabotear la actuación.

Presto se estrenó para acompañar la puesta de largo de Wall-E, para mi gusto una de las mejores películas de Pixar, y es la primera obra firmada como director por Doug Sweetland. Y lo cierto es que este cortometraje en poco desmerece a su hermana mayor, porque es un fabuloso homenaje a los dibujos de la Warner, con especial mención a Chuck Jones, aderezado con esa técnica asombrosa ya habitual en el estudio.

Son cinco minutos deliciosos y frenéticos, que explican la conveniencia, ignorada por tantos y tantos jefes que el mundo pueblan, de tener al personal contento. Si el patrón, en este caso un mago, te deja sin zanahoria, pues le revientas el espectáculo… o no, porque las sucesivas trastadas que el conejo va haciéndole a su amo no hacen más que incrementar el nivel de entusiasmo del respetable, que cree, santa ingenuidad, que todo está preparado… Sweetland hace lo que hubiese hecho Jones en caso de disponer de los mismos medios, y el resultado no es un simple pastiche, sino una pequeña joya con entidad propia que está entre los mejores cortometrajes realizados por Pixar en toda su historia.

EL LUGAR QUE NOS PROMETIMOS

KUMO NO MUKOU YAKUSOKU NO BASHO. 2004. 88´. Color.

Dirección: Makoto Shinkai; Guión: Makoto Shinkai ; Dirección de fotografía: 
Makoto Shinkai ; Montaje: Makoto Shinkai ; Música: Tenmon; Dirección artística: Takumi Tanji; Producción: Makoto Shinkai, para CoMix Wave (Japón).

Intérpretes: Hidetaka Yoshioka (Voz de Hiroki Fujisawa); Masato Hagiwara (Voz de Takuya Shirakawa); Yuka Nanri (Voz de Sayuri Sawatari); Unsho Ishizuka (Voz de Okabe); Kazuhiko Inoue (Voz de Tomizawa); Risa Mizuno (Voz de Maki Kasahara); Hidenobu Kiuchi (Voz de Arisaka); Masami Iwasaki, Eiji Takamoto, Takahiro Hirano, Takeshi Maeda.

Sinopsis: En un Japón dividido en dos partes, una controlada por los Estados Unidos y la otra por la Unión Soviética, dos jóvenes ingenieros comparten la amistad con Sayuri, una muchacha de su escuela, y el deseo de construir un avión que llegue a alcanzar una gigantesca torre construida en la otra mitad del país.

El lugar que nos prometimos es el primer largometraje de Makoto Shinkai , considerado por muchos como el gran estandarte del anime japonés en el siglo XXI. En este debut, que consiguió que el nombre de su creador empezara a ser tomado en consideración por los entendidos en la materia, Shinkai mezcla el tránsito hacia la vida adulta con el romance y la política-ficción, con resultados que muestran un talento considerable, pero todavía por pulir.

Aunque lo más exacto es decir que una película es siempre un trabajo colectivo, es obvio que la ópera prima de Makoto Shinkai, que lidera la práctica totalidad de los apartados fundamentales del film, es un proyecto personal, preciosista y valioso, que no obstante presenta uno de los defectos más usuales de todo director primerizo, como es el de querer abarcar demasiado. La primera parte de la película, que retrata de manera sensible a unos adolescentes ejemplo de pureza y llenos de sueños, puestos en mitad de una situación política de lo más convulsa, es la mejor desarrollada a nivel narrativo. Después, cuando Hiroki, Takuya y Sayuri se separan, el relato se vuelve más confuso, alternándose los diversos escenarios de la acción con un engarce dudoso y haciendo un uso de la elipsis que hace que la historia, explicada desde el punto de vista de Hiroki, avance a saltos, o más bien a golpe de revelación. Sabemos que, cuando Sayuri desaparece de forma repentina, los dos muchachos cesan en su empeño de continuar con la construcción de la aeronave que les permitirá alcanzar la misteriosa y gigantesca torre que les observa desde el otro lado de su país, pero no entendemos el motivo de ese desinterés, por cuanto la obra estaba ya bastante desarrollada cuando la muchacha apareció en escena por primera vez. Sabemos también que, como sucede en tantísimas ocasiones, el paso del tiempo hace que Hiroki y Takuya tomen senderos distintos y acaben distanciándose, aunque la explicación de esta circunstancia, que ofrece Hiroki a Maki, su compañera investigadora, no es del todo satisfactoria. Por último, la manera de cuadrar el círculo, de ligar la resolución del grave conflicto político con la necesidad de que el trío protagonista cumpla su gran sueño adolescente y llegue a realizar su vieja promesa, me parece forzada.

Todo lo anterior no es obstáculo para que la película sea notable, en especial porque la espectacularidad y belleza de sus imágenes revela al espectador un talento que no puede pasar desapercibido. Makoto Shinkai posee un sentido de la estética digno de todo elogio, que en esta película alcanza sus cotas más altas en los innumerables planos de ese cielo siempre luminoso, que no es gris ni siquiera cuando lo sobrevuelan los aviones de combate. Diría que sólo contemplar las imágenes de la torre, y del entorno que la rodea, ya justifica de lleno el visionado de la película, y por supuesto la aprobación del espectador, que percibe que detrás de esas imágenes se esconde un cineasta a seguir. Aquí hay verdadera magia visual, que no se iguala en las escenas que transcurren en Tokio y se echa algo de menos en los espacios cerrados de esa ciudad. Con ese enfoque, el director nos muestra, sin necesidad de explicaciones teóricas, la pureza de la adolescencia y la necesidad de perseguir los sueños inherentes a esa edad. La adolescencia es luminosa y la madurez, mucho más sombría, qué duda cabe. Los escasos personajes adultos que aparecen en la historia (Okabe y Tomizawa, principalmente) son seres ya dotados de ese escepticismo ante la vida tan propio de los mayores que, con el tiempo, también alcanza a Takuya, personaje al que redime su deseo de recuperar su época más feliz. La banda sonora también participa de la belleza visual de la película, llegando a amplificarla en los pasajes más intimistas. Que lo necesitan, porque el romance entre Hiroki y Sayuri no se ilustra de un modo convincente en el guión.

Existen dos elementos más que me resultan llamativos en este debut cinematográfico de Makoto Shinkai: el hecho de que en el film ni se aluda a las familias de los tres jóvenes protagonistas, y la visión política del director, que imagina un mundo paralelo distópìco para su país, condenado a un destino como el que sufrió durante décadas Alemania y que, todavía hoy, soporta Corea. Esta circunstancia, la de situar a Japón como epicentro de la Guerra Fría resulta, cuanto menos, peculiar.

Buena nota en general para los actores que prestan sus voces a los personajes de la historia. Quien más interviene es Hidetaka Yoshioka, pues no en vano entre sus funciones se encuentra la de ser el narrador de la película, y lo cierto que este intérprete, siempre contenido, sale bien parado del reto. En la voz de Yuka Nanri vemos toda la pureza, rayana en la ingenuidad, de esa Sayuri que en muchos momentos es el motor de la película. A Masato Hagiwara quizá le falten matices, porque su personaje cambia más en la narración que en la voz, pero tampoco desentona, y Unsho Ishizuka acierta con el tono viril y descreído de Okabe, un personaje siempre acompañado de un cigarrillo.

El lugar que nos prometimos es una película muy interesante por lo que es en sí misma, y también por ser una muestra primeriza de ese gran talento que Makoto Shinkai ha ido desarrollando con precisión en sus obras posteriores. Por decirlo de la manera más tópica, un diamante en bruto que es mejor no perderse.

RELATIVIDAD

Cómo llevarlo mejor, según Hermann Hesse:

“NO HAY QUE HACER A ESTE CÓMICO MUNDO EL HONOR DE TOMARLO EN SERIO”.

EN REALIDAD, NUNCA ESTUVISTE AQUÍ

YOU WERE NEVER REALLY HERE. 2017. 88´. Color.

Dirección: Lynne Ramsay; Guión: Lynne Ramsay, basado en la novela de Jonathan Ames; Dirección de fotografía: Tom Townend;  Montaje: Joe Bini; Música: Jonny Greenwood; Diseño de producción: Tim Grimes; Dirección artística: Eric Dean; Producción: Rosa Attab, James Wilson, Lynne Ramsay, Pascal Caucheteux y Rebecca O´Brien, para Why Not Productions- Film4-BFI (Reino Unido).

Intérpretes: Joaquin Phoenix (Joe); Judith Roberts (Madre de Joe); Ekaterina Samsonov (Nina Votto); Frank Pando (Ángel); Alex Manette (Senador Albert Votto); Dante Pereira-Olson (Joven Joe); Alessandro Nivola (Gobernador Williams); John Doman (John McCleary); Scott Price (Pistolero agonizante); Larry Canady, Vinicius Damasceno, Claire Hsu, Jonathan Wilde, Kate Easton.

Sinopsis: Un veterano de guerra, que se dedica a rescatar a chicas raptadas por redes de prostitución de menores, reciba la llamada de un senador cuya hija ha sido víctima de una de esas redes.

La directora escocesa Lynne Ramsay consiguió un notable reconocimiento internacional con Tenemos que hablar de Kevin, lo que le abrió la puerta de acceso a producciones más ambiciosas como su siguiente largometraje, En realidad nunca estuviste aquí, que adapta una novela de Jonathan Ames y fue recibido con gran expectación y críticas dispares, aunque con un consenso generalizado en cuanto a que el film más reciente de Ramsay no tenía la misma calidad que su antecesor.

La película, oscura y sórdida, ha sido comparada con Taxi driver, lo cual es todo un pasaporte a la decepción porque es casi imposible acercarse al nivel del film de Scorsese. Es cierto que hay prostitución de menores, y un hombre solitario empeñado en liberar a las chicas atrapadas en esas redes, así como también hay una campaña electoral para designar gobernador de por medio, pero las similitudes no van mucho más allá, y las comparaciones son odiosas. Ramsay se empeña, quizá demasiado, en conseguir una atmósfera turbia, lo que resulta redundante por cuanto el relato ya lo es por sí solo. Uno diría que la directora se ha imbuido del espíritu de un Nicolas Winding Refn y opta por un estilo visualmente recargado, y por una narración fragmentaria y parca en diálogos, que por momentos se imponen a la historia y la hacen avanzar a trompicones. A la hora de mostrar la violencia, Ramsay elige mejor, pues lo hace de forma seca, cortante, sin esquivarla y sin recrearse.

El espíritu del film es nihilista: su personaje principal es un antihéroe que trata de combatir a su peculiar manera una de las plagas más repugnantes de este mundo nuestro. Se trata de un hombre instalado en la cuarentena, que vive con su anciana madre y ha conocido desde muy pequeño los aspectos más siniestros de la naturaleza humana. Un superviviente, casi a su pesar, que se enfrenta, en solitario y a golpe de martillo, a seres tan despreciables como peligrosos. El encargo de rescatar a la hija adolescente de un senador hará que el protagonista compruebe, de la manera más cruda, que la escoria de la sociedad no se encuentra sólo en los estratos más bajos de la pirámide, como tantas veces se nos quiere hacer creer. Ramsay, mejor directora que guionista en mi opinión, mezcla momentos muy crudos con otros en los que busca crear poesía visual, algo que consigue sin ninguna duda en una escena submarina que me parece uno de los grandes logros de la película. Otras veces, lo que vemos en pantalla no está a la altura de las pretensiones de su máxima artífice, pues al falso flashback final no le encuentro el sentido, y el clímax, que se desarrolla en la villa del gobernador Williams, no está resuelto de la mejor manera.

Si bien los tics modernos en el enfoque narrativo y visual de la propuesta no me acaban de convencer, sí lo hace la banda sonora, compuesta por un tipo talentoso como Jonny Greenwood. La mezcla entre su partitura, en la que predomina lo electrónico, con viejas canciones ligeras sí me parece un acierto, pues consigue mostrar la faceta más sensible del protagonista y mostrar la relación con su madre con una brillantez que no encuentro en la descripción del resto de personajes.

Para Joaquin Phoenix, actor siempre intenso que se ha especializado en interpretar a personajes que viven en el alambre (o en el más puro desequilibrio), el personaje al que da vida en esta película le supone retomar el que bordó a las órdenes de Paul Thomas Anderson en Puro vicio, aunque aquí el rol de Phoenix está desprovisto de todo distanciamiento irónico. El trabajo del actor es bastante bueno, aunque le veo encasillado en esta clase de papeles. Del resto del reparto, mucho más desconocido para quien esto escribe, la que se lleva la palma es Judith Roberts como la anciana madre del protagonista, pues esta actriz nunca deja de acertar con las esencias de un personaje complejo, pero a la vez el único que es retratado con cariño. La casi debutante Ekaterina Samsonov me parece inexpresiva, y las intervenciones de Frank Pando y Alessandro Nivola son demasiado episódicas como para poseer verdadera entidad.

Hay otra similitud con Taxi driver: el mensaje de la película es que, para quienes prostituyen a menores, el justo castigo es la muerte. Mensaje que, también, encontramos en muchas películas protagonizadas por Charles Bronson, aunque a éstas siempre se las calificaba de fascistoides, cuando ese calificativo estaba mucho menos de moda que ahora. En todo caso, En realidad nunca estuviste aquí es una buena película que deja la sensación de que, con menos ínfulas de modernidad, podría haber dado más de sí.

VIERNES 13

FRIDAY THE 13 TH. 1980. 92´. Color.

Dirección: Sean S. Cunningham; Guión: Victor Miller; Dirección de fotografía: Barry Abrams;  Montaje: Bill Freda; Música: Harry Manfredini; Diseño de producción: Virginia Field; Producción: Sean S. Cunningham, para Sean S. Cunningham Productions-Paramount Pictures-Warner Bros. (EE.UU).

Intérpretes: Betsy Palmer (Mrs. Voorhees); Adrienne King (Alice); Jeannine Taylor (Marcie); Robbi Morgan (Annie); Kevin Bacon (Jack); Harry Crosby (Bill); Laurie Bartram (Brenda); Mark Nelson (Ned); Peter Brower (Steve Christy); Rex Everhart (Camionero); Walt Gorney (Ralph); Ronn Carroll, Ron Millkie, Willie Adams, Debra S. Hayes, Sally Anne Golden, Ari Lehman.

Sinopsis: Un grupo de jóvenes monitores llega a un campamento que va a ser reinaugurado, muchos años después de su clausura a causa de una sangrienta tragedia.

Viernes 13 ocupa, en mi opinión, un lugar destacado en la galería de éxitos cinematográficos difíciles de explicar. Este hito adolescente del subgénero slasher fue la gallina de los huevos de oro para Sean S. Cunningham, un cineasta mediocre que ni antes ni después dirigió un film estimable… ni falta que le hizo: Viernes 13 arrasó en las taquillas de medio mundo y marcó el punto de partida para una franquicia cinematográfica de escasa calidad e indiscutible tirón comercial.

Por aquello de ir dejando claros los conceptos, Viernes 13 es un poco distinguido híbrido entre Psicosis y La noche de Halloween, protagonizado por adolescentes y destinado a ese público quinceañero que va (o iba) al cine con la sana intención de darse el lote entre susto y susto. En el guión es complicado encontrar algún elemento mínimamente original: lo del lugar maldito en mitad de la nada al que van a parar unos muchachos despistados ya estaba muy visto en 1980, y la idea de no mostrar al asesino hasta la parte final del film, confiando todo el efecto terrorífico anterior a la cámara subjetiva, ya fue explotada con mucha mayor maestría por Jacques Tourneur en La mujer pantera allá por los años 40 (y, ni que decir tiene, por Steven Spielberg en Tiburón). Además, no hablamos de una película que haya envejecido demasiado bien, por la endeblez de su guión y porque, a la hora de mostrar los asesinatos, juega la carta del efectismo, la cual es obvio que funcionó en su época, mucho más discreta a la hora de obsequiar con sangre y vísceras al espectador, pero que hoy, con lo que ya hemos visto, no impresiona en absoluto.

Ojo, la película no es torpe en cuestiones técnicas, lo que la diferencia del sinfín de subproductos similares que por aquel entonces intentaron, casi siempre sin éxito, llegar a lo que Cunningham sí consiguió. Al menos, el director y sus principales colaboradores se muestran, si no creativos, sí al menos competentes en el apartado visual, pese a que la primera escena, que muestra los hechos acaecidos en 1958 en el campamento de Crystal Lake, hace temer lo peor. La música de Harry Manfredini es intrusiva y redundante, por lo que parece que el compositor tomaba las mismas drogas que el guionista. Vayamos por partes: una vez expuesto el carácter maldito del lugar en el que transcurre la acción, a la película le cuesta arrancar, perdida a la hora de mostrar a unos adolescentes que aprovechan su condición de monitores del campamento, y el hecho de estar aislados en el campo, para dar rienda suelta a su comprensible subidón hormonal. Una vez comienzan los asesinatos, la cosa se pone interesante, pero tanto la identidad del asesino como el modo de justificar las futuras secuelas son, por decirlo con suavidad, trucos baratos y carentes de entidad, que no pueden sino provocar el rechazo de cualquier espectador cuyo nivel de exigencia no esté bajo mínimos.

El capítulo interpretativo tampoco es que mejore mucho el conjunto: Betsy Palmer, actriz televisiva que llevaba dos décadas prácticamente retirada de las pantallas cuando Cunningham la reclutó, intenta ser la Bette Davis de ¿Qué fue de Baby Jane? y consigue un resultado más cercano al papel de una de las Súper Tacañonas del Un, dos, tres. Que a su personaje no hay quien se lo crea tampoco ayuda, dicho sea en descargo de la actriz. La muchachada no es que brille mucho más, sino todo lo contrario: el desempeño de Adrienne King como reina del grito es más bien pobre, y tampoco es que sus compañeros la dejen en evidencia, pues su nivel es, en general, flojo. Eso sí, Viernes 13 será recordada en este aspecto por haberle brindado a Kevin Bacon uno de sus primeros papeles importantes, pero si la carrera de este actor llegó mucho más lejos que las de quienes le acompañan en el elenco, no creo que fuera por lo demostrado aquí.

No es que Viernes 13 sea peor que sus referentes, que lo es, y de forma manifiesta, sino que palidece al lado de películas como La matanza de Texas o la posterior Pesadilla en Elm Street, por nombrar a algunas que están en una posición similar en el imaginario colectivo. Lo mejor del film de Cunningham es que, por lo menos, entretiene, aunque lo que en la parte central apunta maneras acaba por convertirse en un despropósito en los minutos finales.

LA TORTUGA ROJA

LA TORTUE ROUGE. 2016. 80´. Color.

Dirección: Michael Dudok De Wit; Guión: Pascale Ferran y Michael Dudok De Wit, basado en un argumento de Michael Dudok De Wit; Montaje: Céline Kélépikis; Música: Laurent Pérez Del Mar; Diseño de producción: Michael Dudok De Wit ; Producción: Toshio Suzuki, Vincent Maraval, Pascal Caucheteux y Grégoire Sorlat, para Studio Ghibli-Wild Bunch-Why Not Productions- Prima Linea Productions (Francia-Bélgica-Japón).

Intérpretes: Emmanuel Garijo (Voz del hombre); Barbara Beretta (Voz de la mujer); Tom Hudson (Voz del hijo adulto); Baptiste Goy (Voz del hijo niño); Axel Devillers (Voz del bebé).

Sinopsis: Un náufrago va a parar a una isla desierta. Sus intentos de abandonarla fracasan nada más hacerse a la mar con las naves de madera que construye.

El realizador holandés Michael Dudok De Wit había dirigido varios exitosos cortometrajes (uno de los cuales, Padre e hija, obtuvo el Oscar en su categoría) antes de estrenar, ya convertido en sexagenario, su primer largometraje, La tortuga roja, una obra fruto de diez años de trabajo que vio la luz bajo el patrocinio del estudio Ghibli y cosechó excelentes críticas allá donde fue vista.

Los cinéfilos ya saben lo que significa el sello Ghibli: animación tradicional, minimalismo e historias cargadas de profundidad narradas desde un enfoque humanista. Todo ello está en La tortuga roja, film arriesgado en tanto prescinde de las palabras y lo juega todo a la carta de las imágenes y la música, con resultados más que satisfactorios. El trabajo de
Michael Dudok De Wit es pulcro y, a la vez, inteligente y fácil de comprender para el espectador acostumbrado a la exhuberancia de la animación digital, y a que se lo den todo bien masticadito.

La película tiene dos partes: la primera es la historia de un náufrago, de un joven que sobrevive de milagro a una tempestad y va a parar a una isla desierta. En esta parte, el director subraya, utilizando planos largos, la soledad del individuo y su insignificancia frente a la Naturaleza salvaje. El hombre ansía volver a la civilización, y para ello construye una balsa de madera, que es echada a pique por las embestidas de una desconocida criatura submarina. Lo mismo ocurre con la segunda nave, y con la tercera… hasta que el hombre descubre que la causante de sus sucesivos naufragios es una gigantesca tortuga roja, que un buen día se adentra en la isla para sufrir la venganza del náufrago. Sin embargo, la tortuga oculta un secreto, cuya revelación abre la segunda parte del film. En ella,
Michael Dudok De Wit reflexiona sobre la Creación desde un punto de vista adánico, aunque de corte más espiritual que estrictamente religioso. En la vida del hombre solitario aparece la mujer y, con ella, la perpetuación de la especie. Podría decirse que esta parte, aunque a mi parecer es inferior a la primera, excepto en lo que se refiere a las bellas y poéticas escenas finales, viene a ser una especie de El lago azul, pero en bueno. Desde una perspectiva global, La tortuga roja narra la historia de un hombre que, primero, lucha contra la Naturaleza, y después aprende a integrarse en ella.

Y no, no hacen falta palabras para que la historia llegue con nitidez al espectador. Los personajes se limitan a emitir, muy de vez en cuando, sonidos inarticulados, y eso es más que suficiente, gracias a la sensibilidad y buen gusto de que hace gala el director, y a la excelente, y bien dosificada, música de Laurent Pérez Del Mar, compositor francés que demuestra talento, De hecho, toda la película es una pequeña joya, una lograda pieza de artesanía en un mundo cada vez más robotizado, que nos habla de la vida y la muerte con sencillez, pero no con simpleza. El metraje que abarca desde la tempestad inicial hasta la aparición en pantalla de la tortuga me parece excelente. Después, el nivel baja un poco (aunque la escena del tsunami demuestra que no se necesitan enormes despliegues para hacer entender el horror de esos fenómenos naturales extremos), hasta recuperar al final los altos vuelos.

En definitiva, una pequeña gran película, que deja claro que, al margen de la jubilación del genio Hayao Miyazaki, el cine de animación necesita como el agua a Ghibli, aunque sea coaligándose con talentos de otros continentes.

COCO

COCO. 2017. 103´. Color.

Dirección: Lee Unkrich y Adrián Molina; Guión: Adrián Molina y Matthew Aldrich, basado en un argumento de Lee Unkrich, Jason Katz, Adrián Molina y Matthew Aldrich; Dirección de fotografía: Matt Appsbury y Danielle Feinberg; Montaje: Steve Bloom y Lee Unkrich; Música: Michael Giacchino; Diseño de producción: Harley Jessup; Producción: Darla K. Anderson, para Pixar Studios-Walt Disney Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Anthony González (Voz de Miguel); Gael García Bernal (Voz de Héctor); Benjamin Bratt (Voz de Ernesto De La Cruz); Alanna Ubach (Voz de Mamá Imelda); Renée Victor (Voz de la abuela); Jaime Camil (Voz del padre de Miguel); Alfonso Arau (Voz de Papá Julio); Herbert Sigüenza (Voz de los tíos de Miguel); Sofía Espinosa (Voz de la madre de Miguel); Ana Ofelia Murguía (Voz de Mamá Coco); Edward James Olmos (Voz de Chicharrón); Gabriel Iglesias, Lombardo Boyar, Natalia Córdova-Buckley, Selene Luna, Carla Medina Dyana Ortelli.

Sinopsis: Miguel es un niño mexicano que sueña con ser músico, pero su familia se opone porque el patriarca, Ernesto De La Cruz, abandonó a su tatarabuela para conseguir el éxito.

Entre secuelas, cada vez más alimenticias, de éxitos pretéritos, Pixar nos obsequia cada ciertos años con alguna joya que sirve al estudio para recuperar el merecido prestigio que posee desde sus inicios. La última obra mayor en llegar a las pantallas es Coco, film que se adentra en las costumbres mexicanas y que puede entenderse como un intento de desagravio a ese país en época de muros. La película fue un éxito, aunque no tan apabullante como otras obras de la factoría, y obtuvo un recibimiento entusiasta por parte de la mayoría de los críticos, empezando (y eso no es poca cosa) por los mexicanos.

Concebida, a nivel argumental, como un Billy Elliot en clave mariachi, Coco es un espectáculo fastuoso cuyo eje se encuentra en la ancestral tradición mexicana del Día de Muertos, en el que las familias honran mediante ofrendas rituales a sus antepasados difuntos. La de Miguel, un niño de lo más despierto, no es una excepción, aunque hay un miembro de la familia que ha sido borrado del mapa: el músico que abandonó a su tatarabuela, Mamá Imelda, para hacerse rico y famoso con sus canciones. Miguel lleva el veneno de la música en la sangre, pero su familia no quiere oír hablar del tema: Mamá Imelda tuvo que aprender a hacer zapatos para poder mantener a sus hijos y, a partir de ahí, sus descendientes se han dedicado a ese oficio sin excepciones. Miguel no se resigna a ser zapatero y, para poder participar en un concurso en el que poder demostrar su talento, roba la guitarra que decora el panteón de su antepasado más célebre, el celebérrimo músico Ernesto De La Cruz. Este hecho hará que Miguel vaya a parar al mundo de los muertos.

Como quiera que en Pixar han ido colocándose el listón muy alto a través de los años, uno ya espera que cualquier película salida de esa productora sea una maravilla en cuanto a la técnica. Pues bien, Coco supera las expectativas, porque el estudio ha conseguido darle a sus creaciones humanas la misma gracia y la misma expresividad que siempre tuvieron las criaturas que han protagonizado sus largometrajes desde los tiempos de Toy Story. Dentro del elevado nivel general, el mundo de los muertos creado por los artífices de la película es una verdadera maravilla, de una belleza y un detallismo que de ningún modo pueden ser ignorados. Como si Pixar se hubiera aliado con el mejor Tim Burton, por resumir. Lo mejor, con todo, es la forma en la que, una vez más, esa técnica prodigiosa se funde con un argumento en el que se reivindican a la vez el respeto a los ancestros y la necesidad de que quien tenga una verdadera vocación, la siga. Familiares vivos y muertos se alían para que Miguel no recorra el sendero del gran Ernesto De La Cruz, pero la perseverancia del joven y la persistente presencia de elementos no siempre racionales, parecen empujarle hacia donde se encuentra su verdadero talento, la música. Es de destacar la poética forma en la que se muestra una de las grandes verdades que existen: que los humanos morimos dos veces. Primero, físicamente, eso está claro; pero cuando morimos de verdad es cuando nuestro recuerdo desaparece del mundo de los vivos.

Las canciones creadas para la película están bastante bien, pero ninguna de ellas puede competir con ese caudal de emoción que es La llorona, aquí utilizada en una escena particularmente brillante. La banda sonora original, de Michael Giacchino, ilustra muy bien, pese a caer alguna vez en lo caribeño en un film tan mexicano, lo que sucede en la pantalla, que en cierto modo puede leerse también como la historia de la pérdida de una inocencia, porque también Miguel descubre que los ídolos pueden ocultar un sinfín de miserias. El niño descubrirá esto gracias a Héctor, un personaje que intenta alcanzar el mundo de los muertos, pero nunca lo consigue porque nadie realiza ofrendas en su nombre, y a Dante, un perro callejero que le acompañará (o le guiará, para ser exactos) en su aventura a través de dos mundos, el de los vivos y el de los muertos.

Resulta lógico, y del todo necesario, que la presencia de intérpretes nacidos en el país azteca sea numerosa en el reparto de la película. No estamos, no obstante, ante una de las mejores películas de Pixar en lo que a voces se refiere, aunque el niño Anthony González resulta convincente como Miguel, y Gael García Bernal está de nota interpretando a Héctor. A Benjamin Bratt le falta un punto para alcanzar la excelencia a la hora de dar vida a un personaje que tal vez sea el que más juego ofrezca al actor de todos los que intervienen. Alanna Ubach, actriz eminentemente televisiva, deja el pabellón bastante alto, pero no acabo de encontrar en el reparto ese punto de magia que a la película le sobra.

Tierna, frenética, bellísima y llena de sensibilidad, Coco es un triunfo absoluto. Si Pixar continúa haciendo una película de esta calidad cada lustro, el resto del tiempo puede hacer todas las secuelas explota- franquicias que quiera.

NICK BOLLETTIERI: LOVE MEANS ZERO

LOVE MEANS ZERO. 2017. 89´. Color.

Dirección: Jason Kohn; Guión: Jason Kohn; Dirección de fotografía: Eduardo Enrique Mayén; Montaje: Michael X. Flores y Jack Price; Música: Jonathan Sadoff; Producción: Jill Mazursky, Jason Kohn, Anne White, David Styne y Amanda Branson Gill, para Kilo Films (EE. UU.).

Intérpretes: Nick Bollettieri, Jim Courier, Kathleen Horvath, Julio Moros, Fritz Nau, Martin Blackman, Carling Bassett, Boris Becker.

Sinopsis: El controvertido entrenador de tenis Nick Bollettieri repasa su vida deportiva y su relación con sus más destacados alumnos.

El hasta entonces desconocido director de documentales Jason Kohn llegó a audiencias muy numerosas gracias a Love means zero, película en la que consiguió el testimonio del que seguramente sea el entrenador de tenis más famoso de toda la historia, Nick Bollettieri. Ya al final de su vida, el técnico de origen italiano se colocó, literalmente, delante de las cámaras para explicar su verdad a lo largo de un film que se mueve entre la confesión, la autoreivindicación y las ganas de hacerse perdonar las numerosas cabronadas cometidas a lo largo de los años.

La historia de Bollettieri es la de un hombre obsesionado con el éxito que llegó a él, ya en la madurez, gracias al tenis, deporte del que no tenía conocimientos profundos y que había practicado en la universidad. Tras un período en Puerto Rico, en el que empezó a entrenar y le sirvió para comprobar que su llave hacia el estrellato podía muy bien estar ahí, Bollettieri se mudó a Florida, donde, gracias al dinero que le proporcionó un tío suyo con conexiones en la Mafia, fundó una academia de tenis pionera en su época, que revolucionó la enseñanza de este deporte. La dureza de sus métodos y su desmedido ego le mantuvieron siempre en el centro de la polémica, aunque los nombres y los resultados de sus pupilos hablan por sí mismos. La película se centra en la tormentosa relación entre Bollettieri y el más aventajado de sus alumnos, Andre Agassi, con quien estableció una relación paterno-filial que terminó de forma abrupta y dolorosa para ambas partes, hasta el punto de que el ganador de ocho torneos del Grand Slam rehusó intervenir en un documental que, no obstante, gira casi siempre alrededor suyo. Agassi fue el hijo díscolo y talentoso, llamado a conseguir la gloria y poseedor de un carácter difícil. Bollettieri le pulió, sacó lo mejor de él (aunque bajó su tutela perdió más finales en grandes torneos de las que ganó) y, cuando el de Las Vegas llegó a la cima, se sintió traicionado y dejó de entrenarle de un día para otro, mediante una carta de cuyo contenido Agassi se enteró por la prensa. La relación se rompió, y esta película tiene mucho de intento (baldío, según se explica al final del film) por recomponerla.

Hombre temperamental, de reacciones viscerales, Bollettieri se justifica a su peculiar manera (es curioso ver que, como todos los ególatras, habla de sí mismo en tercera persona) y se revela como un tipo muy diestro en el arte de la memoria selectiva, lo que provoca algún momento hilarante, como cuando el entrenador confiesa no recordar a algunas de sus ocho esposas. Su vida fue el tenis, y para llegar a la cima ejerció una tiranía sobre todos los que le rodeaban que dejó infinidad de cadáveres por el camino, entre ellos el de otro campeón, Jim Courier, que abandonó a Bollettieri después de que éste se sentara en el palco de Andre Agassi y animara a éste de manera ostensible, siendo entrenador de ambos tenistas. Años más tarde, cuando entrenó a Boris Becker, Bollettieri no tuvo reparos en decirle al alemán que, si quería vencer a Agassi, debía destrozarle moralmente en la pista. La confesión de Becker del método que empleó para conseguirlo en su última victoria en Wimbledon es uno de los mejores momentos de Love means zero.

La película, con una presentación formal impecable, muestra la habilidad de Kohn para llevar al biografiado, que no es precisamente un personaje fácil de manejar, por donde él quiere. Love means zero es un film sobre el precio del éxito en el deporte de élite, que resulta didáctico y entretenido porque, pese a sus muchos defectos, Bollettieri posee carisma. Para mi gusto, sobra un poco de Agassi, pero los aficionados al tenis disfrutarán muchísimo con esta obra, y los profanos en este deporte encontrarán bastantes elementos de interés en su visionado.

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