ROCK EN EL SUR

El motivo: ver el primer (y, posiblemente, también el último) concierto de rock de Ritchie Blackmore en España en más de treinta años. Los artífices: mis amigos (por riguroso orden de antigüedad) Sergio, Óscar y Tomás. El lugar: Fuengirola, sede de la primera edición del festival Rock The Coast. ¿Qué podía fallar? Infinidad de cosas. La mejor noticia es que Murphy se tomó el fin de semana libre y no falló ninguna.

Vuelo de ida puntual y sin sobresaltos (con Ryanair, pero qué es la vida sin riesgo), llegada a un bonito hotel con vistas a la Costa del Sol y tapeo selecto en La Carihuela Chica: sus calamarcitos a la plancha, su rosada frita o en adobo o su tortilla de camarones, un placer a precio asequible. Vuelta al hotel y… a prepararse para un encuentro con una leyenda del rock que uno ansiaba desde los años 80.

Al margen de algunas modernidades festivaleras que alargaban en exceso la entrada en el recinto, opino que el festival, ubicado en el muy estético marco del castillo de Sohail, estuvo muy bien organizado. Ahora sí, la música.

Cuando accedí, por fin, al epicentro del festival, sobre el escenario estaban Magnum, un grupo que se mantiene activo desde hace más o menos el mismo tiempo que uno lleva en el mundo. Buen ambiente, entorno privilegiado, mucho público ya a esas horas y unas canciones bien interpretadas que le transportaban a uno hasta su primera juventud, época en la que el rock duro estaba en el centro de mi existencia. Magnum no fue una de mis bandas favoritas, aunque me atrajeron algunas piezas suyas como Don t wake the lion o When the world comes down. Los años no pasan en balde, pero fue gozoso comprobar que el cantante, Bob Catley, mantiene un buen tono vocal y posee la suficiente presencia escénica como para enganchar a una audiencia variopinta. Merecidos aplausos para ellos.

A continuación, una banda a la que hacía tiempo que quería ver actuar en directo: Opeth. El propio Mikael Akerfeldt reconoció que ellos no son precisamente una banda festivalera: lo suyo es un metal progresivo, denso, con piezas extensas y texturas musicales diversas y complejas. De hecho, su actuación dio para ocho canciones, cada una de un álbum distinto. Sonaron bien, su nivel como instrumentistas es alto, y supieron ganarse a la audiencia gracias a su potencia, su talento y las alusiones a la admiración que sentían hacia la estrella de la noche, Ritchie Blackmore. Prefiero a los Opeth de Heritage y los discos posteriores, pero Deliverance, la canción con la que los escandinavos dieron por finalizado su concierto, es un temazo de esos que uno escucha una y otra vez con admiración.

Y llegó el momento más esperado, cuando aún era de día: uno de los guitarristas verdaderamente legendarios de la historia del rock iba a aparecer ante miles de espectadores interpretando muchas de las canciones que le hicieron célebre. Recinto abarrotado y pelos como escarpias, oigan. Uno ya había perdido la esperanza de poder ver en directo al genial e imprevisible Blackmore. Cuatro conciertos tenía programados este año al frente de sus reformados Rainbow, y la organización del Rock The Coast se marcó el tanto de conseguir que uno de ellos fuese en su festival.

Y el mito apareció en escena, rodeado de la habitual parafernalia, para atacar Spotlight kid ante el aullido de miles de amantes del rock. Pueden decirse muchas cosas acerca de lo que representa Ritchie Blackmore para esta música, pero voy a hacerlo recordando algunas de las canciones en las que él ha sido parte fundamental y que no sonaron en la noche costasoleña: Highway Star, Speed king, Child in time, Space truckin´, Lazy, Strange kind of woman, Catch the rainbow, Temple of the king, Still I m sad, Kill the king, Gates of Babylon, Can´t happen here, Power, Death alley driver, Anybody there, Knocking at your back door… Lo que sí sonó fue una colección de himnos irrepetibles, coreados hasta la ronquera por el público: I surrender, Mistreated, Man on the silver mountain, Black night, Difficult to cure, Since you been gone, Stargazer, All night long, Burn, Long live rock & roll y, por supuesto, Smoke on the water, que puso el colofón a una noche que todos los presentes concebimos como única. No nos engañemos: los años y la artritis han hecho mella en Blackmore, que ya no es capaz de tocar su Stratocaster al nivel que le hizo leyenda, pero verle sobre el escenario, tocando sus grandes éxitos y muy lejos de mostrar su también legendario mal carácter, es algo que recordaré siempre. Porque además fue un gran concierto, gracias a los golpes de genio del guitarrista, que eso no se pierde, al talento de Jens Johansson a los teclados y, sobre todo, a la demostración de poderío vocal de Ronnie Romero, un cantante que, sobre todo en los temas más dramáticos, como Mistreated o Stargazer, logró que todo el Rock The Coast cayera rendido a sus pies. Romero vive en España, y aseguró que fue él quien convenció a su líder de que en pocos lugares encontraría una audiencia tan entregada como en nuestro país. Gracias también por eso, Ronnie.

Metido en mi particular nube blackmoriana, apenas presté atención al concierto de The Darkness, grupo que no me entusiasma. Cuando se planteaba la retirada, apareció en escena Michael Monroe, un cantante a quien un servidor había perdido la pista allá por los primeros años 90, y unos pocos acordes nos hicieron entender que lo mejor era quedarse. El finlandés ofreció un espídico concierto, se comió el escenario, bajó en repetidas ocasiones a darse un baño de multitudes con el público situado en las primeras filas y desplegó una energía inaudita para un señor de 56 años. Guitarrazos contundentes y chulería brutal. Créanme: Michael Monroe es como una Lola Flores del metal. Ni canta, ni baila, pero hay que verlo. Joder, si hay que verlo.

La música terminó, pero uno no podía dejar la Costa del Sol sin probar los típicos espetos y boquerones que son el sello distintivo de la gastronomía malagueña. Los del chiringuito La Cepa Playa están deliciosos, puedo asegurarlo.

Así empezó un concierto verdaderamente memorable:

Los Rainbow de 1977. Nivel Dios:

EL ANILLO, PARA CANADÁ

Por primera vez, un equipo con sede fuera de los Estados Unidos es campeón de la NBA. Ese logro corresponde a los Toronto Raptors, que esta madrugada vencieron por tercera vez en el Oracle Arena de Oakland, y con esta vitoria se adjudican unas finales en las que participaban por primera vez. Cierto es que las lesiones han diezmado en gran manera al equipo que ha dominado la liga en los últimos años, los Golden State Warriors, pero el triunfo de la franquicia canadiense tiene un mérito incuestionable.

Toronto es un equipo muy bien manejado desde los despachos, que lleva años instalado en la élite, pero tenía la mala costumbre de estrellarse un año tras otro en las eliminatorias de play off. Para evitar nuevas decepciones, la franquicia contrató a un nuevo entrenador, Nick Nurse, cuya eficacia en la gestión de la plantilla y en el manejo de las situaciones de máxima presión se ha revelado como muy superior a la que podría esperarse en un debutante. Pero la verdadera clave ha estado en la pista, con la explosión del camerunés Pascal Siakam y, sobre todo, con el fichaje de un crack sobre quien se cernían muchas dudas, por su estado físico y su peculiar carácter, y que quizá sea la mayor mancha en el expediente de uno de los grandes tótems de los banquillos, Gregg Popovich. Una buena porción del anillo de Toronto le corresponde a Kawhi Leonard, una verdadera estrella del baloncesto. El fichaje a mitad de temporada de Marc Gasol, que ha aportado defensa, seriedad y un excelente entendimiento del juego, le dio a Toronto el punto competitivo que necesitaba. La aportación desde el banquillo de Serge Ibaka y Fred Van Vleet ha sido muchas veces decisiva, pero quiero dedicar un capítulo especial a Kyle Lowry, un base que arrastraba el estigma de no haber llegado a ser el jugador franquicia que muchos esperaban, pero que ha suplido sus limitaciones con un trabajo encomiable y, en muchas ocasiones, brillante. A Lowry le debemos, además, la frase de la temporada, cuando dijo que la auténtica presión es la que sentían personas como su madre y su abuela ante la necesidad de alimentar a sus hijos y nietos.

Eso sí, Toronto fue fiel a su tradición, y perdió su primer partido de play off de la temporada, contra los Orlando Magic. Pese a ello, superó esa eliminatoria sin mayores dificultades, fue capaz de vencer a los Sixers pese a estar 2-1 abajo en la serie, y conquistó su primer título de conferencia ante el mejor equipo de la fase regular, Milwaukee Bucks, remontando un 2-0 adverso. En la final, la suerte sonrió a Toronto y se ensañó con unos Warriors a quienes ha pesado mucho la falta de recambios fiables para su quinteto de la muerte. Ahí, me sobró la reacción de la hinchada canadiense ante la nueva lesión de Kevin Durant pero, aun así, brindo por el merecido título de los Toronto Raptors. Que lo disfruten.

EL CLUB

EL CLUB. 2015. 94´. Color.

Dirección: Pablo Larraín; Guión: Guillermo Calderón, Pablo Larraín y Daniel Villalobos; Dirección de fotografía: Sergio Armstrong; Montaje: Sebastián Sepúlveda; Música: Carlos Cabezas; Dirección artística: Estefanía Larraín; Producción: Juan De Dios Larraín y Pablo Larraín, para Fábula Films (Chile)

Intérpretes: Alfredo Castro (Padre Vidal); Roberto Farías (Sandokan); Antonia Zegers (Hermana Mónica); Marcelo Alonso (Padre García); Jaime Vadell (Padre Silva); Alejandro Goic (Padre Ortega); Alejandro Sieveking (Padre Ramírez); Francisco Reyes (Padre Alfonso); José Soza (Padre Lazcano); Diego Muñoz, Gonzalo Valenzuela, Catalina Pulido, Paola Lattus, Gio Fonseca.

Sinopsis: Cuatro sacerdotes viven en una solitaria casa de un remoto paraje chileno tras haber sido apartados por la Iglesia a causa de sus comportamientos pasados. La llegada de un quinto clérigo, contra el que existen acusaciones muy graves, provocará el regreso de antiguos fantasmas.

El club fue la película que afianzó la carrera internacional del cineasta chileno Pablo Larraín, gracias a la fantástica acogida que tuvo el film en la Berlinale, donde logró el Gran Premio del Jurado. El éxito de este drama duro, aunque no exento de humor negro, le abrió a Larraín las puertas del mercado estadounidense, siempre atento a las nuevas hornadas de directores a reclutar.

Lo que le propone Larraín al espectador es un viaje por el lado más terrible del alma humana, aquí representado por un grupo de siervos del Señor para quienes nunca habrá un infierno lo bastante cruel. Las personas informadas ya saben lo que van a encontrar: abusos sexuales y violaciones cuyas víctimas son siempre menores indefensos, robos de niños, apoyo activo a las torturas y los asesinatos políticos… los protagonistas cometieron esos crímenes en el pasado, y por ello la Iglesia católica, tan proclive a ocultar sus fechorías bajo la alfombra, decidió recluirles en una casa situada en mitad de ninguna parte, es decir, en las afueras de una pequeña población costera chilena. Les acompaña una monja, mitad carcelera, mitad sirvienta. Nadie les molesta: comen, beben, rezan, ven la televisión e incluso se lucran con las victorias de un galgo a quien adiestran para ganar carreras. Sin embargo, cuando un quinto desterrado llega a la casa, todo cambia, porque su presencia atrae a una presunta víctima, no precisamente discreta a la hora de airear los abusos que contra él cometió el nuevo huésped. Ocurre la tragedia, y un joven sacerdote llega al lugar para conocer las causas de lo sucedido.

No por casualidad, la película comienza con una cita del Génesis: “Y vio Dios que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas”. En adelante, sólo veremos oscuridad: la de una casa donde habita el horror, la de un cielo eternamente gris, la de unos personajes cuya teórica misión consiste en hacer penitencia, algo imposible por cuanto en su interior no anida el más mínimo atisbo de culpa. Lo más repulsivo de un film que busca provocar ese sentimiento en el público no es el cúmulo de maldades que cometieron los personajes (y que vuelven a cometer en cuanto su impunidad se ve amenazada), sino su total ausencia de arrepentimiento. Sus plegarias no son más que fórmulas vacías e hipócritas que repiten por pura inercia: son tan insinceras como inútiles.

Muchas personas han visto ecos del cine de Michael Haneke en El club, aunque la mirada de Larraín está lejos de la frialdad casi clínica que caracteriza al director austríaco. Para mi gusto, la huella más visible es la del Pasolini de Pocilga y Salò, por el estilo visual áspero y por el indiscutible espíritu de denuncia que anida en una película en la que ni uno solo de los personajes merecería esquivar el fuego eterno. Tampoco los que no forman parte del clero (los surfistas, seres superficiales, y los criadores de perros, unas bestias irreflexivas) ni, desde luego, el padre García, ese psicólogo que representa a la nueva Iglesia que nos quieren vender desde que se inició el pontificado de Bergoglio y cuyo espíritu redentor no es, en el fondo, más que cosmética: entre el castigo ejemplar y la salida a la luz de lo que ocurre, el joven sacerdote también escoge las tinieblas…

La oscuridad del conjunto está presente en el muy buñueliano sentido del humor, perceptible sobre todo en las escenas finales; también en una fotografía deliberadamente borrosa, en una música escogida para intensificar el drama e incluso, para el espectador español, en unos diálogos en ocasiones difíciles de seguir por las diferencias entre nuestra forma de hablar el castellano y la utilizada en el Cono Sur. No obstante, lo esencial se entiende a la perfección: véanse los interrogatorios que el padre García realiza por separado a cada uno de los habitantes de la casa; en ellos, encontramos la maldad en estado puro, la de unos seres virtuosos en el arte del autoengaño e incapaces de verse a sí mismos como los delincuentes que realmente son. La escena en la que uno de los curitas justifica los robos de niños en los que participó me parece inmejorable.

La labor del reparto es, en general, eficaz. En concreto, la manera en la que Antonia Zegers es capaz de mostrar la maldad que puede esconderse detrás de una sonrisa devota haría las delicias del gran Christopher Hitchens, uno de los pocos seres que supo hallar la verdadera naturaleza de cierto demonio albanés. Los trabajos de Alejandro Goic y Alfredo Castro me parecen igualmente destacables, estando el resto de intérpretes un escalón por debajo de los mencionados.

El club no es, ni por asomo, una película fácil de ver. Por lo que cuenta, y por lo que deja a la imaginación del espectador. Con todo, me parece una excelente obra cinematográfica, intensa, claustrofóbica, enérgica, cruda y con voluntad de estilo. De altos vuelos.

LA PARADOJA DE LA MEMORIA

Lo dijo Lord Byron, hombre de vida breve e intensa:

“EL RECUERDO DE LA DICHA YA NO ES DICHA, PERO EL RECUERDO DEL DOLOR TODAVÍA ES DOLOR”..

SUSPIRIA

SUSPIRIA. 1977. 93´. Color.

Dirección: Dario Argento; Guión: Dario Argento y Daria Nicolodi; Director de fotografía: Luciano Tovoli;  Montaje: Franco Fraticelli; Música: I Goblin, Dario Argento; Diseño de producción: Giuseppe Bassan; Producción: Claudio Argento, para Seda Spettacoli (Italia).

Intérpretes: Jessica Harper (Susy Benner); Stefania Casini (Sara); Flavio Bucci (Daniel); Miguel Bosé (Mark); Joan Bennett (Madame Blanc); Alida Valli (Miss Tanner); Udo Kier (Dr. Frank Mandel); Barbara Magnolfi (Olga); Susanna Javicoli, Rudolf Schündler, Eva Axén, Margherita Horowitz, Renato Scarpa, Renata Zamengo.

Sinopsis: Una bailarina estadounidense llega a una prestigiosa academia alemana la noche en que una de las alumnas es asesinada.

El nombre de Dario Argento es uno de los más importantes del cine de terror italiano. Heredero de los primeros maestros del giallo, como Mario Bava, Argento modernizó el subgénero, le dio vocación internacional y lo fue acercando al slasher, dotándolo además de un barroquismo visual marca de la casa. Por todo ello, el director romano goza de gran prestigio entre ciertos sectores de la cinefilia, aunque existe consenso al afirmar que sus primeras obras son de mayor calidad que las que le sucedieron. Suspiria pertenece a esa primera etapa, y fue rodada justo a continuación de la que tal vez sea la mejor película de Argento, Rojo oscuro.

Inspirada en una narración de Thomas de Quincey, la película es una especie de versión macabra de Alicia en el país de las maravillas en la que la protagonista, Susy Benner, una joven bailarina norteamericana llegada a la Selva Negra, se ve sumida en un entorno pesadillesco nada más aterrizar en el aeropuerto de Friburgo. Allí, la reciben una fenomenal tormenta, un taxista de lo más hosco y una voz que desde el interfono le veda el acceso a la academia en la que ha de continuar sus estudios. La joven se ve obligada a volver sobre sus pasos, no sin antes ver a una joven abandonar el edificio en estado de shock y deambular por los bosques cercanos mascullando palabras sin sentido. A la mañana siguiente, Susy es informada de que esa joven fue brutalmente asesinada, y se ve inmersa en su propio mal sueño.

Hay dos aspectos fundamentales a reseñar en Suspiria: su endeblez narrativa y su notable eficacia como espectáculo de terror. El guión es flojo, se mire por donde se mire: que todo sea una gigantesca pesadilla no justifica los diálogos pobres o la ausencia de lógica de las situaciones planteadas. Argento, también guionista del film junto a Daria Nicolodi, juega a acumular elementos clásicos en el cine de terror (brujería, mansión encantada, asesinos muy diestros en el manejo del cuchillo jamonero y hasta muertos vivientes), pero no logra darle una mínima coherencia al conjunto, que en algunas escenas funciona muy bien como hecho aislado, sin que jamás llegue a hacerlo como un todo. Los secundarios aparecen y desaparecen sin atender a una lógica, y el desenlace de la trama, que me parece brillante en un film que pierde fuelle en su parte central (la escena en la que Susy habla con los psiquiatras en el Palacio de Congresos es aburrida, un verdadero anticlímax), no deja de estar sostenido con alfileres.

Dicho lo cual, Suspiria me parece un gran guiñol terrorífico muy logrado, colorista y bizarro, en el que todos los elementos (escenografía, encuadres, efectos de sonido, la recurrente melodía de I Goblin…) se conjuntan con el único objetivo posible, el de provocar miedo en el espectador. Argento es un cineasta efectista, rasgo más que evidente desde sus primeras obras, pero en las más certeras, y ésta lo es, también sabe ser efectivo. La atmósfera fantasmagórica, esa delirante pesadilla que es la película entera desde que Susy sale del aeropuerto en la escena inicial, no sólo redime buena parte de las deficiencias narrativas, sino que, por momentos, las sublima. Se nota que a Argento le interesa más la sangre que el ballet, lo mismo que los encuadres rebuscados más que lo meramente funcional, y su gusto por el exceso se agradece, en especial cuando la película se desata y Susy recorre los alucinantes (y alucinógenos) corredores ocultos del castillo. La trama puede no tener sentido, pero el disfrute visual, en particular para los cinéfilos amantes del barroquismo, es importante.

En el internacional reparto, de todo hay. Jessica Harper, que por entonces se hallaba en el momento álgido de su guadianesca carrera, contribuye al conjunto poniendo una cara de miedo permanente, como si se tratara de una Judy Garland metida en el cerebro de Mr. Hyde. Bien, pero echo en falta más matices. Stefania Casini, actriz cuyo talento brilla más en otros contextos, también aprueba, cosa que no podemos decir de un Miguel Bosé, etapa Don Diablo, que hyace gala de unas dotes interpretativas más bien escasas. Lo mejor son dos veteranas, una Joan Bennett rescatada de su retiro y muy siniestra, y la siempre carismática Alida Valli, aquí metida en la piel de un muy germánico personaje.

Suspiria es un compendio de las virtudes y defectos de Dario Argento como cineasta. Eso sí, gana las primeras. Como mal sueño de hora y media, la película no defrauda.

COMPÁS DE ESPERA

Uno hubiese preferido los de Zamora, pero la verdad es que los resultados de las elecciones municipales en la que todavía es mi ciudad, Barcelona, prometen diversión durante un tiempo, o más bien durante toda la legislatura. Mi opinión al respecto es que el candidato más votado, Ernest Maragall, un socialista de toda la vida, que lleva la palabra establishment grabada en la frente y que se ha metido a indepe a una edad en la que uno está mejor mirando obras, no debería ser alcalde. Primero, porque alguien de su edad lo que debería hacer es dejar las altas responsabilidades en manos de los más jóvenes en lugar de quererlas para él, y también porque su objetivo es supeditar las políticas de ciudad a un independentismo que, la aritmética no miente, suma 15 de los 41 concejales del consistorio. Pero pasemos a los hechos.

El pacto ERC-Barcelona en Comú estaba más que cocinadito antes de las elecciones, pero después de ellas han sucedido algunas cosas importantes que alteran el mapa: para empezar, que la suma de ambas fuerzas no otorga la mayoría absoluta; pero la circunstancia que considero más relevante es que Ada Colau tiene la perentoria necesidad de seguir siendo alcaldesa de Barcelona, visto el derrumbe electoral de su marca política, que en toda Cataluña ha perdido más de un centenar de regidores (aproximadamente, un tercio de los que tenía) y ha sufrido una derrota incontestable a manos socialistas en toda el área metropolitana. Retener la alcaldía de la capital se perfila como el imprescindible dique para evitar una desbandada que, en otro caso, puede ser de grandes proporciones. Colau propone un tripartito progresista a todas luces inviable, pues sus dos posibles socios se excluyen entre sí. ERC, por su parte, propone un pacto con los comunes que incluya a lo que queda de Convergència, formación política en caída libre que ya dejó su habitual rastro de corrupción e ineptitud en su etapa al frente del Ayuntamiento. Por prudencia elemental, los comunes no quieren oír hablar de esa entente. Lo lógico, si se trata de formar un gobierno efectivo, sería descartar los tripartitos, y ahí Colau tiene las de ganar, pues un pacto con el PSC le garantiza unos 18 votos (aunque para ser proclamada alcaldesa tendría que contar con los que ha ofrecido, teóricamente sin condiciones, Manuel Valls, aunque su apoyo sea difícil de asumir por su destinataria) que Ernest Maragall no podría alcanzar, salvo pactando con los comunes y excluyendo del gobierno municipal a la otra fuerza independentista que ha conseguido representación. Veremos en qué queda el espectáculo, pero el aburrimiento está excluido de la ecuación.

EL OJO PÚBLICO

THE PUBLIC EYE. 1992. 98´. Color.

Dirección: Howard Franklin; Guión: Howard Franklin; Director de fotografía: Peter Suschitzky;  Montaje: Evan Lottman; Música: Mark Isham; Diseño de producción: Marcia Hinds; Dirección artística: Bo Johnson y Dina Lipton; Producción: Sue Baden-Powell, para Universal Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Joe Pesci (Leon Bernstein); Barbara Hershey (Kay Levitz); Stanley Tucci (Sal); Jerry Adler (Arthur Nabler); Dominic Chianese (Spoleto); Richard Foronjy (Frank Farinelli); Jared Harris (Danny, el portero); Richard Riehle, Gerry Becker, Bob Gunton, Peter Maloney, Patricia Healy, Toni Fleming.

Sinopsis: El más conocido fotógrafo de sucesos de Nueva York se ve involucrado en un caso de corrupción en el que la Cosa Nostra juega un papel protagonista.

Aunque probablemente será recordado por haber escrito la adaptación cinematográfica de El nombre de la rosa, Howard Franklin puede presumir de haber dirigido una de esas películas que justifican toda una carrera. Se trata de El ojo público, film retro que se inspira en las andanzas de Weegee, un famoso fotógrafo neoyorquino, que tuvo un discreto éxito en el momento de su estreno y que está lejos de poseer el prestigio que merece.

Franklin nos traslada al Nueva York de los primeros años 40, por lo que es fácil deducir que estamos ante un homenaje al cine negro clásico, pero también ante una revisión del mismo. El hecho de que el protagonista de la película sea un fotógrafo cuya especialidad era retratar a los residentes de los barrios bajos, y cuya mayor habilidad consistía en llegar al lugar del crimen antes incluso que la policía (para ello había interceptado la frecuencia de radio utilizada por los agentes en sus comunicaciones) hace que, además del glamour que uno espera encontrar en este tipo de películas, centrado en el célebre Café Society, nos topemos también con lo más sórdido de las entrañas de una gran ciudad. Con frecuencia se nos muestra lo desubicado que se encuentra Bernstein, un tipo cuyo hábitat natural son los bajos fondos, cuando ha de interactuar con personas que están mucho más arriba que él, un tipo que sí, lleva gabardina, pero es bajito, poco agraciado, vive en un cuchitril y fuma puros baratos, en la pirámide social. Por ejemplo, su lugar de acceso al Café Society es, hasta que la dueña del local no dice lo contrario, la puerta de servicio…

Franklin crea un fantástico protagonista, con una personalidad llena de matices en la que su nobleza se resalta tanto como sus miserias. Por un lado, Bernstein es un tipo carente de ética, capaz de cualquier cosa con tal de conseguir la mejor fotografía; por otro, es un hombre entregado a su profesión, sin apenas vida personal (mucho menos, sentimental, circunstancia que sobrelleva con íntimo dolor), que tiene alma de artista y demuestra, con su cámara, su capacidad para extraer poesía de la sordidez. Esa poesía, que Bernstein ha plasmado en un libro, es rechazada por las editoriales serias por demasiado vulgar.

No obstante, ocurre con frecuencia que los seres superiores deben recurrir a quienes no tienen reparos en meterse en el fango para que les solucionen sus problemas. Eso es lo que le sucede a Kay, la dueña del Café Society, quien, acosada por la Mafia a causa de unos negocios turbios que enriquecieron a su difunto marido, piensa en Bernstein para que la saque del atolladero. El fotógrafo es la persona idónea: conoce como nadie lo que se cuece bajo las alfombras de la Gran Manzana, posee excelentes contactos tanto en la policía como en la Mafia y, naturalmente, se enamorará de una mujer que es la encarnación de lo que siempre deseó. Ellos son la Bella y la Bestia (o Quasimodo y Esmeralda la Zíngara, en palabras de quienes asisten como espectadores a su peculiar relación), pero también son dos seres fuera de lugar que no pueden ser otra cosa que lo que son, y defenderlo a cualquier precio. Esto salta a la vista en la bella escena en la que Kay sigue a Bernstein bajo la lluvia y, desde la entrada de un lúgubre callejón, ve cómo ese hombre que la socorre cual caballero andante hace gala de una absoluta carencia de escrúpulos cuando se trata de obtener la mejor fotografía. En ese momento, Kay obtiene la coartada moral que necesita para no dar el definitivo paso en falso que la devolvería al lodo del que salió.

Al igual que sucede con la narrativa, a la puesta en escena me es difícil encontrarle defectos. El vestuario, los decorados, el montaje o la delicadeza con la que Franklin mueve la cámara desde el mismo prólogo, en el que se nos enseñan las fotos de Bernstein, son dignos de elogio, aunque los mayores deben reservarse a la fotografía de Peter Suschitzky (sublime el modo de alternar color y blanco y negro) y a la envolvente música de Mark Isham. El tono retro no se queda en el simple pastiche, sino que muestra personalidad: conforme al temperamento de su protagonista, no hay recato a la hora de retratar la violencia.

Otro detalle nada nimio: aquí encontramos la mejor interpretación en la carrera de Joe Pesci, un actor encasillado en papeles de mafioso y muy dado a la sobreactuación que aquí está sencillamente perfecto. La réplica que le da Barbara Hershey, una bella y talentosa actriz, no le va a la zaga. La excelencia se extiende a unos secundarios de peso, como Stanley Tucci, Jerry Adler o un Dominic Chianese que anticipa todo ese encanto que desplegará en Los Soprano.

Poco más hay que decir de una de las grandes joyas ocultas del cine norteamericano de finales del siglo XX. Realista, poética, violenta y sensible, El ojo público es una de esas películas que conviene revisitar con cierta frecuencia, pues su visionado supone una gozosa experiencia cinematográfica.

CRAZY, STUPID, LOVE

CRAZY, STUPID, LOVE. 2011. 118´. Color.

Dirección: Glenn Ficarra y John Requa; Guión: Dan Fogelman; Director de fotografía: Andrew Dunn;  Montaje: Lee Haxall; Diseño de producción: William Arnold; Música: Christophe Beck y Nick Urata; Dirección artística: Sue Chan; Producción: Denise Di Novi y Steve Carell, para Carousel Productions (EE.UU).

Intérpretes: Steve Carell (Cal); Julianne Moore (Emily); Ryan Gosling (Jacob); Emma Stone (Hannah); Analeigh Tipton (Jessica); Jonah Bobo (Robbie); Marisa Tomei (Kate); Kevin Bacon (David Lindhaghen); Joey King (Mollie); John Carroll Lynch (Bernie); Liza Lapira (Liz); Josh Groban (Richard); Beth Littleford, Julianna Guill, Crystal Reed, Dan Butler, Jenny Mollen.

Sinopsis: Cuando, después de toda una vida juntos, Emily le pide el divorcio a Cal, éste se queda destrozado. Tanto que Jacob, un especialista del ligue, se ofrece a ayudarle para recuperar su autoestima.

Crazy, stupid, love es el segundo largometraje dirigido por el dúo que forman Glenn Ficarra y John Requa, tras Philip Morris ¡Te quiero! A diferencia de lo ocurrido en su ópera prima, los directores abordaron un guión ajeno, escrito por uno de los escritores de comedia más prolíficos y exitosos de este siglo, Dan Fogelman. La película tuvo un moderado éxito comercial y mejores críticas en su país de origen que en la mayoría de los otros países en los que se estrenó.

Al ver Crazy, stupid, love es casi imposible no pensar que Hollywood (la película sólo puede concebirse como independiente si se toma este término en su concepto más amplio) te está vendiendo la misma comedia romántica almibarada de toda la vida, aunque con una buena capa de barniz para que parezca más moderna. Lo que sucede es que, esta vez, el guión es muy ingenioso y consigue, aunando buenos diálogos y un diestro manejo del devenir de varias historias cruzadas, que el espectador se trague la píldora por enésima vez, incluso si, como es mi caso, ese espectador considera que el amor romántico es uno de los más desafortunados inventos de la humanidad, junto a la dinamita y el reggaetón. La película es tramposa, lo intuimos desde el principio y lo comprobamos al final, pero acierta al mostrar su propio artificio en su pretendida escena cumbre (digo pretendida, porque las hay mejores), la del discurso de graduación de Robbie, el hijo adolescente enamorado de su canguro, interrumpido por su padre: la verdad se os sirve con voz infantil, parecen decirnos Fogelman/Ficarra/Requa; pero debéis creeros la otra…

El mérito del libreto es que casi siempre acierta con la comicidad, y que en los aspectos dramáticos oscila entre el tino y el naufragio con cierta gracia. Tenemos a una mujer de mediana edad insatisfecha en su matrimonio, a un hombre tan bueno como insulso, cuya reacción ante la noticia de que el amor de su vida se ha cansado de él y quiere el divorcio es tan poco viril que uno piensa que se merece que le abandonen. Hasta aquí, bien. Tenemos al hijo adolescente de la pareja, ese híbrido entre lúcido y salido tan propio de la edad, y a su canguro, amada por el niño y enamorada del padre. Aquí, un poco peor. Y tenemos a la joven que busca al amor de su vida y al ligón infalible. En este punto, la sombra del tópico se hace muy alargada y la película anuncia las flaquezas que lastrarán su final. El hombre abandonado consigue que el gran seductor le convierta en alguien muy parecido a él (cosa que resulta creíble hasta cierto punto, porque la gente no cambia tan fácilmente), pero es de los que piensa que en la vida sólo hay un amor verdadero (bien) que ha de ser para toda la vida (permitan que me ría), y no ansía otra cosa que recuperar a su mujer, pretendida por un compañero de trabajo con el que ya ha tenido una aventura. Los elementos más subversivos de la película (el adolescente pillado con las manos en la masa por su amada, la joven que envía fotos sexuales a un hombre de la misma edad que su padre) se quedan sólo en la superficie, porque en el fondo, el film es tan conservador como las comedias del Hollywood de los años del Código Hays al abordar la guerra de sexos, ese conflicto del que nadie sale ileso: al final, todos acaban con quienes deben acabar, de acuerdo a las leyes de la moral y las buenas costumbres, y ya os habéis tragado otra vez la pastillita. Servida con gracia, repito.

La película tiene momentos técnicamente brillantes, como el modo de mostrar a los distintos ligues de Cal con un simple movimiento de cámara alrededor de un bar de esos que sólo se ven en las películas, escena en la que se hace gala de una capacidad de síntesis que en otros momentos brilla por su ausencia. Casi siempre se opta por lo funcional, en servir al guión más que en servirse de él, pero la puesta en escena es más que correcta. El manido recurso de recurrir a canciones famosas para mostrar los sentimientos de los personajes funciona mejor cuanto más se aleja del cliché (Talking Heads, por ejemplo).

Steve Carell, gran protagonista de la película y también coproductor, es un actor que me provoca ciertos reparos, aun reconociendo que posee cierto nivel. Después de verle en un rol hecho a su medida, me ratifico en ambas cosas. Adoro a Julianne Moore, como cualquiera que entienda un poco de qué va eso de la interpretación, pero opino que en esta película no acaba de estar bien dirigida y en determinadas escenas se pasa de intensa. Ryan Gosling es el intérprete perfecto para incorporar a un empotrador de la pradera, pues uno le encuentra de lo más idóneo para el papel, pero la redención por amor del casanova empedernido es un topicazo como una catedral que difumina la labor de quien le da vida. Le salva su indiscutible química con Emma Stone, años antes de impresionar al mundo con una película bastante mejor que ésta. Stone es la nueva novia de América, aunque me parece mejor actriz y menos idiota que muchas de las actrices que le precedieron luciendo ese título honorífico. Me gusta mucho el trabajo de Marisa Tomei y Kevin Bacon, que interpretan a los dos perdedores de la película. Algo menos complacido me quedo con la labor de Analeigh Tipton y Jonah Bobo, el dúo de adolescentes, cuya labor no pasa de correcta.

Se deja ver con agrado, tiene muchas virtudes, desfallece al final y es condenadamente tramposa. Esto es, en mi opinión, Crazy, stupid, love.

ICE AGE: LA EDAD DE HIELO

ICE AGE. 2002. 79´. Color.

Dirección: Chris Wedge y Carlos Saldanha; Guión: Peter Ackerman, Michael J. Wilson y Michael Berg, basado en una historia de Michael J. Wilson; Montaje: John Carnochan; Música: David Newman; Diseño de producción: Brian McEntee; Producción: Lori Forte, para Blue Sky Studios-20th. Century Fox (EE.UU.).

Intérpretes: Ray Romano (Voz de Manfred); John Leguizamo (Voz de Sid); Denis Leary (Voz de Diego); Goran Visnjic (Voz de Soto); Jack Black (Voz de Zeke); Cedric The Entertainer (Voz de Carl); Stephen Root, Diedrich Bader, Alan Tudyk, Lorri Bagley, Jane Krakowski, Peter Ackerman, Chris Wedge, Josh Hamilton (Otras voces).

Sinopsis: En plena prehistoria, y mientras todos sus congéneres migran hacia el sur, un grupo de pintorescas criaturas emprende la ruta inversa y asumirá la tarea de devolver a su tribu a un bebé humano abandonado.

Después de buscar un éxito en el cine de animación que se le estaba resistiendo, la Fox dio con la tecla del éxito masivo con Ice Age, comedia ambientada en la prehistoria que gustó a pequeños y adultos e inauguró una exitosa franquicia que a día de hoy sigue generando importantes beneficios.

Cuando uno habla de animación de calidad y, verdaderamente, apta para todos los públicos, siempre piensa en Ghibli y Pixar. El boom de esta última compañía, producido a raíz del estreno de Toy Story hace casi un cuarto de siglo, trajo consigo el desarrollo de diversos proyectos con los que distintas compañías intentaron igualar el éxito de los reyes de la animación digital. Ice age figura entre los más distinguidos films de este calibre, pues sitúa al espectador en los albores de la Historia y le sirve una propuesta entrañable a la par que inteligente. La perfección técnica no alcanza las cotas de excelencia que son el sello distintivo de Pixar, lo cual se ve con especial claridad al contemplar las figuras humanas, en particular las adultas. Sin embargo, el ingenio del guión, la notable construcción de personajes y el marco temporal le dan a esta historia un carácter original que, unido al excelente sentido del ritmo narrativo del que hacen gala los directores, convierten a la propuesta en un éxito rotundo. El tono del discurso es ecologista-new age, pues se dota a los animales de una bondad de la que los seres humanos carecen y se pone el máximo interés en ensalzar la amistad entre diferentes. Los protagonistas lo son tanto que, cuando todos migran hacia el sur, ellos van hacia el norte. Bueno, el locuaz perezoso Sid no va a ninguna parte, pues se ha perdido la migración por estar en la inopia y lo que intenta es escabullirse de un par de rinocerontes a los que ha conseguido cabrear. En su huida, logra el auxilio de Manfred, un callado mamut, y opta por no despegarse de quien acaba por convertirse en su protector.

Más allá de las divertidas apariciones de Scrat, un voluntarioso roedor cuyo afán por enterrar bellotas siempre ocasiona diversos desastres, y de la infantil comicidad de Sid, abundan los elementos dramáticos, sobre todo cuando aparece en escena el bebé humano a quien Sid y Manfred deciden devolver a su tribu, pese a que el segundo tiene motivos más que sobrados para odiar a nuestra especie. También los tiene Diego, un tigre con dientes de sable que les acompaña, pero no para guiarles, sino para que todos ellos sirvan de alimento a su manada.

No es Pixar, dijimos, pero hay buena técnica, como ya se aprecia en el prólogo, que ilustra un gran desprendimiento de hielo causado por Scrat. El montaje es excelente, la música bastante correcta, y escenas como las de la erupción volcánica resultan lo bastante espectaculares como para satisfacer al público más exigente.

Quienes dan voz a los protagonistas no son grandes estrellas, pero sí buenos actores. Sobresale John Leguizamo, que por algo se encarga del personaje más hablador con diferencia, pero subrayo por encima de todos el trabajo de Denis Leary en la voz de Diego, el tigre que sufre una metamorfosis cuando ve que Manfred, a quien da voz con acierto Ray Romano, posee un sentido de la lealtad ante el que nadie puede quedar indiferente. Bien Goran Visnjic, y Jack Black tampoco aparece demasiado…

En definitiva, una película de animación recomendable para el público infantil y para el espectador adulto, que triunfó con justicia y que sigue siendo el mejor trabajo de dos directores que han seguido, ya sea en conjunto o por separado, produciendo largometrajes muy interesantes.

UNA CUESTIÓN PERSONAL

A quienes están ahí cuando toca, GRACIAS.

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