BRONSON

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BRONSON. 2008. 89´. Color.

Dirección: Nicolas Winding Refn; Guión: Brock Norman Brock y Nicolas Winding Refn; Director de fotografía: Larry Smith;  Montaje: Matthew Newman; Música: Johnny Jewel;  Dirección artística: Janey Levick;  Diseño de producción: Adrian Smith; Producción: Rupert Preston y Danny Hansford, para Vertigo Films, Aramid Entertainment, Str8jacket Creations, 4DH Films, EM Media, Perfume Films (Reino Unido).

Intérpretes:  Tom Hardy (Michael Peterson/Charles Bronson); Kelly Adams (Irene); Matt King (Paul Daniels); James Lance (Phil); Hugh Ross (Tío Jack); Juliet Oldfield (Allison); Jonny Phillips (Alcaide); Mark Powley (Andy Love); Amanda Burton (Madre de Michael); Katy Barker (Julie); Luing Andrews, Gordon Brown, Andrew Forbes.

Sinopsis: Historia del delincuente que ha pasado más tiempo en prisión en la Inglaterra contemporánea.

El director danés Nicolas Winding Refn ya era conocido entre el sector más contundente de la cinefilia gracias a la trilogía de Pusher, pero fue su primer largometraje británico, Bronson, afianzó su fama. No en España, donde el film no llegó a estrenarse en los cines, pero sí en buena parte de Europa y en los Estados Unidos.

La película narra las andanzas de Michael Peterson, alias Charles Bronson, uno de los presos más peligrosos del Reino Unido. Hombre violento por naturaleza, y aficionado a meterse en peleas, Peterson no ha cometido ningún homicidio, pero ha estado recluido durante décadas en docenas de prisiones, y alguna que otra institución mental, porque, en su intento de hacerse famoso (o tristemente célebre, que eso va a gustos), esta quintaesencia del gañán británico se ha hecho acreedor del récord Guinness de agresiones a uniformados, no siendo éstos sus víctimas exclusivas.

Comparada con frecuencia con La naranja mecánica, Bronson carece de la genialidad y la profundidad de discurso de la obra maestra de Stanley Kubrick, pero sí acierta en poner el acento en dos cuestiones muy importantes en nuestra época: los mecanismos de acceso a la fama, y la respuesta de la sociedad ante los delincuentes violentos. Empezando por esto último, Peterson/Bronson es un individuo que rompe con todos los esquemas establecidos: ni proviene de una familia desestructurada, ni tuvo una infancia traumática: sólo fue otro de los muchos hijos de la depauperada clase obrera británica de los 70, que quiso salir del anonimato por medio de la violencia… porque le gustaba. Al contrario que no pocos de sus semejantes, Peterson no entró a tocar en un grupo punk, sino que se hizo conocido en todo el país gracias a su querencia por sacudir hostias como panes a tirios y troyanos.  En la película, el biografiado cuenta su historia como si de un monologuista se tratara, frente a un público que le ríe las gracias (porque no las padece, obviamente) pero que en el fondo le desprecia. Su hecho diferencial, no obstante, es que sus ímpetus violentos son irreductibles: cuando sus arranques son castigados mediante golpes, la próxima pelea, la próxima celda de aislamiento y la próxima toma de rehenes es cuestión de poco tiempo; pero cuando el remedio consiste en terapias de reinserción, o en el fomento de las pretendidas aptitudes artísticas del reo, el resultado es exactamente el mismo. Ni siquiera el atontarlo a golpe de pastillas es un remedio que funcione con él a medio plazo. Tal fue el cortocircuito que el inexplicable comportamiento de Peterson provocó en quienes creen tener todas las respuestas, que este preso nada modélico acabó siendo puesto en libertad. Lo que recibió lejos del presidio (desengaños amorosos, explotación en peleas ilegales, la vuelta al anonimato) no hizo más que tender puentes a su regreso. Esta sociedad, cada vez más vacua, sólo concede a Peterson dos opciones: la irrelevancia o servir como atracción de feria (o de tabloide, por ser más precisos).

La puesta en escena escogida por el director es de las que no dejan a nadie indiferente. La estilización de la violencia y el uso de composiciones célebres de la música clásica remiten de nuevo al clásico de Kubrick ya mencionado, pero en general todo tiene el formato de un largo videoclip, a ratos muy inspirado (el baile en el frenopático al ritmo del It´a sin, de los Pet Shop Boys) y muy cargante otras veces. Una de las grandes virtudes de la película es su vena satírica, el humor negro con el que todo está contado. A Winding Refn se le agradece su vocación de estilo, pero sus pretensiones de autoría no siempre coinciden con lo que la narración, por otra parte muy ágil, necesita. Colores muy brillantes, montaje siempre llamativo (ya sea por lo acelerado, o por el frecuente uso de la cámara lenta en las escenas de peleas) y la mezcla entre clásica y techno conforman la particular forma de entender el cien de Nicolas Winding Refn, y aquí su sello es omnipresente.

En el terreno interpretativo, Bronson es un espectáculo de un solo hombre: Tom Hardy, que borda su primer gran papel. Este excelente actor lidia muy bien con lo excesivo de su personaje, se adueña de la pantalla en todo momento y sabe encontrar el tono burlesco imprescindible. Los secundarios están más que correctos, siendo de destacar la labor de Hugh Ross como Jack, el peculiar tío del protagonista (en las escenas en las que él aparece, el film recuerda más a David Lynch), así como la de James Lance en el papel de Phil, el profesor de arte de Peterson.

Contundente film de acción, con una puesta en escena muy moderna (en los dos sentidos del término), mucha mala baba y un mensaje incorrecto (en el sentido de que, como sociedad, deberíamos pensar mejor la respuesta que ofrecemos frente a lo irracional, y ser mucho más cuidadosos respecto a la concesión de la fama), Bronson es una prueba de un talento, a ratos excesivo y confuso: el de Nicolas Winding Refn.

FILMWORKER: A LA SOMBRA DE STANLEY KUBRICK

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FILMWORKER. 2017. 89´. Color.

Dirección: Tony Zierra; Guión: Tony Zierra; Dirección de fotografía: Tony Zierra;  Montaje: Tony Zierra; Producción: Elizabeth Yoffe y Tony Zierra, para True Studio Media (EE.UU.).

Intérpretes:  Leon Vitali, Ryan O´Neal, Danny Lloyd, Matthew Modine, R. Lee Ermey, Stellan Skarsgard, Marie Richardson, Tim Colceri, Brian Capron, Julian Senior, Pernilla August, Lisa Leone, Chris Jenkins, Philip Rosenthal, Max Vitali, Vera Vitali, Masha Vitali.

Sinopsis: Biografía de Leon Vitali, un prometedor actor que decidió abandonar su carrera y ejercer como ayudante de Stanley Kubrick tras rodar a sus órdenes Barry Lyndon.

Hablar de Filmworker es hablar de tres personas: su artífice, Tony Zierra, debutó dirigiendo una película de ficción para continuar su obra en el terreno del documental. Aquí, se encarga de todas las principales labores técnicas, así como de fijar la estructura narrativa del film, y lo hace de una forma muy competente, con mucho oficio y yendo al grano. En el cine, como en la vida, es muy importante lo que no se hace: Filmworker es una película que perdería muchos enteros si su director cediera a la tentación de irse por las ramas, así que la concisión narrativa de la propuesta es, sin duda, mérito de Tony Zierra. No estamos ante una obra maestra, pero sí ante un trabajo que explica bien una historia que merece ser contada.

Esa historia es la del protagonista de la película, Leon Vitali, actor que había hecho algunos trabajos interesantes en la televisión inglesa y fue elegido por Stanley Kubrick para interpretar a Lord Bullingdon en Barry Lyndon. Ahí, la vida de Vitali dio un giro radical: por un lado, el siempre exigente Kubrick quedó satisfecho con la labor interpretativa del joven actor, pero lo fundamental de la relación entre ambos fue que, impactado por el hecho de trabajar a las órdenes de un genio, Vitali se interesó por las labores técnicas y logísticas que posibilitan la realización de un film, llegando a involucrarse hasta el punto de dejar de lado su carrera como actor y convertirse en el chico para todo de Kubrick, el imprescindible asistente disponible las 24 horas al día que fue parte importante en la producción de los tres últimos largometrajes del director: El resplandor, La chaqueta metálica Eyes wide shut. Para la primera de ellas, Vitali viajó a los Estados Unidos para buscar las localizaciones más adecuadas y, de paso, traerse al niño que coprotagonizó la película, Danny Lloyd. Para la farsa-epopeya vietnamita de Kubrick, Vitali se centró en la búsqueda de los actores, casi todos jóvenes y desconocidos, que iban a interpretar a los soldados, pero su mayor logro fue convencer a Kubrick de que el ex-militar R. Lee Ermey era el instructor de reclutas ideal. En Eyes wide shut, Kubrick hizo que su fiel colaborador volviera a ponerse delante de las cámaras, interpretando al maestro de ceremonias de la sociedad secreta. Testimonios como los de Ryan O´Neal, Matthew Modine o el propio Ermey corroboran el altísimo nivel de implicación de Vitali en las producciones de Kubrick, aunque se echa a faltar la participación de los familiares del cineasta neoyorquino, así como las de otros de sus colaboradores más cercanos.

Lo más interesante de Filmworker es, sin duda, que nos presenta a un hombre que renunció a su triunfo personal para trabajar a las órdenes de otra persona, y no de una cualquiera, pues Stanley Kubrick es famoso por ser un cineasta de trato difícil, perfeccionista hasta extremos difíciles de soportar y exigente como el que más. En un mundo en el que todos prefieren vender sus propias heces intentando que los demás crean que huelen bien a trabajar a las órdenes de un gran perfumista para ayudarle a crear una fragancia embriagadora, Vitali es una rara avis, máxime cuando su profesión, la de actor, exige no poca vanidad en quienes la desempeñan. La recompensa material a tantos desvelos fue, según denuncia el biografiado, escasa, pero en él hay más orgullo que queja, y le entiendo: al final, la gran mayoría de seres humanos acabamos trabajando a las órdenes de seres que tienen muchos de los defectos de Kubrick, pero ninguna de sus virtudes. Y, entre obedecer a personas escandalosamente mediocres que se creen importantes, o incluso geniales, Leon Vitali tuvo el privilegio (tras el cual hay mucha penitencia, qué duda cabe) de trabajar para un genio de verdad. Por eso su historia es interesante, y por eso esta película dirigida por Tony Zierra merece ser vista con atención.

LOS REPTILES

Se les reconoce por su rostro carente de gracia y por su manera de ir por el mundo: siempre muy estirados, como si les hubieran metido un palo por el culo. Los hay en todas las oficinas y antros burocráticos. Pasan tanto tiempo intentando disimular su palmaria mediocridad, que apenas les queda margen para mejorarse a sí mismos y con ello dejar de ser tan mediocres. Su prioridad es mantener intacto su reino de papeles aburridos y ambiente mortuorio. Para eso, se aplican especialmente en reducir a su tamaño a todo aquel que destaque a su alrededor. Adoran la sumisión y odian la rebeldía casi tanto como la inteligencia. Hacen ver que trabajan mucho, pero sus ausencias no alteran el paisaje. Al menos, no para mal. En el fondo, odian la imagen que el espejo les devuelve, así que ponen mucho empeño en lograr que los demás también se odien a sí mismos. Son los que estudiaban mucho pero sacaban notas sólo decentes, los que treparon gracias a su habilidad para usar los codos y no morder nunca la mano que les daba de comer, los que ya son viejos pero jamás serán sabios. Son el verdadero peaje del pan nuestro de cada día, pero también, esos especímenes de quienes te ríes de manera inmisericorde en tus ratos libres. Habría que declararlos especie protegida, aunque ya lo están.

KILLING JOKE: THE DEATH AND RESURRECTION SHOW

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THE DEATH AND RESURRECTION SHOW. 2013. 150´. Color.

Dirección: Shaun Pettigrew; Guión: Shaun Pettigrew; Dirección de fotografía: Brett Abelson y Shaun Pettigrew; Montaje: Prisca Bouchet; Música: Jaz Coleman y Killing Joke; Producción: Steve Piper y Shaun Pettigrew, para Coffee Films-ILC Productions (Reino Unido).

Intérpretes: Jeremy Jaz Coleman, Martin Youth Glover, Paul Ferguson, Geordie Walker, Paul Raven, Jimmy Page, Laurence Gardner, Tony Assassin, Gloria Coleman, Dave Grohl, Peter Hook, Tom Larkin, Steve Laurence, Rúnar Marvinson, Angela Ward, Reza Udhin, Neil Perry, Eddie Lennon, God Krist.

Sinopsis: Documental que repasa las más de tres décadas de carrera de la banda de post-punk Killing Joke.

The death and resurrection show es un documental que repasa la trayectoria de Killing Joke, banda británica que posee un acérrimo grupo de seguidores en todo el mundo y ha influido en multitud de bandas mucho más conocidas que ellos mismos. Shaun Pettigrew debutó en la dirección cinematográfica con esta película, cuya repercusión más allá de los aficionados a la música de Killing Joke ha sido más bien discreta.

He de decir que, en la época en la que la banda alcanzó sus mayores cotas de popularidad, ni siquiera recuerdo haber escuchado alguna de sus canciones. De hecho, la primera noticia que tuve de Killing Joke fue gracias a una versión (The wait) que Metallica incluyó en su EP de 1987 Garage days revisited. Nunca he sido un fan de la banda, ni un buen conocedor de su música, por lo que mi acercamiento a esta película es más el de un curioso que el de un experto. Y, para ser sinceros, creo que Shaun Pettigrew no hizo una película para curiosos: su dilatado metraje, sus arriesgados collages de imágenes y su modo de reflejar en la pantalla la trayectoria de la banda me parecen más ideados para satisfacer al núcleo duro de fans del grupo que a hacer proselitismo. Es una opción, pero el director yerra en algunos aspectos: aunque Jeremy Jaz Coleman es el líder de la banda, y a la vez un personaje de lo más interesante, se incide demasiado en su pasión por el ocultismo, llegando a caer en la reiteración. Por mucho que este aspecto sea fundamental para entender la trayectoria de Killing Joke desde sus mismos inicios (con invocación incluida), a ratos parece que el verdadero protagonista del documental sea Aleister Crowley, personaje apasionante y maravilloso embaucador, pero cuya presencia aquí debería ser más esporádica. Repito, son dos horas y media de metraje, y la omnipresencia de lo esotérico lo convierte en más árido para quienes tenemos los pies sobre la tierra.

Algunas de las decisiones estéticas son discutibles: tiene su gracia el hecho de que, del rostro actual de Coleman, sólo veamos sus labios, cuando no se trata ni de lejos de un artista retirado, o alejado de los focos. También el inicial aluvión de imágenes de este desquiciado mundo nuestro, que culmina con una explosión nuclear, momento nada baladí tratándose de la banda de que la que se trata. No obstante, la apuesta por los primerísimos planos y las imágenes hipnóticas y/o distorsionadas es continua, y eso hace que se pierda el encanto del recurso puntual y se acabe dejando al espectador cerca del ataque epiléptico. En el acelerado montaje se percibe el intento de que la película no aburra, pero eso se podría haber logrado de manera más eficaz eliminando pasajes repetitivos.

Lo que es innegable es que Killing Joke es un grupo que tiene un gran nombre, aunque a uno le queda la impresión de que, en ocasiones, sus miembros se toman a sí mismos demasiado en serio. Hablamos de un conjunto surgido en la convulsa Inglaterra de finales de los 70, en plena resaca punk y con Margaret Thatcher desembarcando en Downing Street para poner orden y machacar a los pobres a conciencia. Después de algunos éxitos, y de la espantada esotérica de dos de sus miembros, la banda regresó a la actividad y, como tantas otras formaciones en los 80, lo hizo para suavizar su estilo y hacerlo más comercial. Pasada esa fiebre, el sonido del grupo se volvió aún más crudo que en sus inicios, y ahí siguen, pese a la tormentosa convivencia entre sus componentes y a la pérdida de uno de sus bajistas más longevos, Paul Raven. Con todo, lo más interesante en lo musical son los trabajos sinfónicos de Coleman, objeto de un tardío pero merecido reconocimiento. Por ejemplo, su versión del mítico Kashmir, de Led Zeppelin, me parece alucinante (en la película aparece Jimmy Page, en su doble vertiente de seguidor del grupo y célebre ocultista). También Killing Joke ha dejado su huella en diversos grupos importantes, la mayoría del otro lado del Atlántico, como los mencionados Metallica, Nirvana o Nine Inch Nails. Y se entiende, porque no estamos hablando de un grupo cualquiera.

Irregular, y demasiado extenso, The death and resurrection show padece del síndrome del director primerizo: excesivo afán de lucimiento, y ganas de introducir demasiados elementos en la película. Pese a ello, la película tiene grandes momentos, canciones para escuchar con mucha atención y testimonios muy jugosos, como el de la periodista que asistió a algunos de los rituales ocultistas de Coleman y compañía, y creyó por momentos que iba a ser sacrificada. Ah, qué tiempos aquellos en los que el rock & roll aún era peligroso…

QUÉ POCO HEMOS CAMBIADO

Esta frase, atribuida a Heródoto, dice muy poco de nuestra evolución como especie a lo largo de los siglos:

“DAD TODO EL PODER AL HOMBRE MÁS VIRTUOSO QUE EXISTA, Y PRONTO LE VERÉIS CAMBIAR DE ACTITUD”.

HA NACIDO OTRA ESTRELLA

Ahora que todo el mundo habla del fenómeno Rosalía, ahí va este bloguero a decir la suya. Para empezar, las modas son algo especialmente refractario a la explicación racional, y como, en estos momentos, Rosalía es una moda, no intentaré intelectualizar algo tan poco propicio a ese noble ejercicio como es el capricho ajeno. Lo que sí puedo decir es que la cantante nacida en Sant Esteve de Sesrovires corre el peligro de convertirse en un icono de usar y tirar del flamenco moderno como lo fue, en su momento, Pitingo. No tengo otra explicación para la omnipresencia de Rosalía en los grandes eventos musicales y en los medios de comunicación de mayor predicamento que una bien simple: a los que parten el bacalao les ha dado por ella. El público… bueno, se traga lo que le echen, en su mayoría. ¿Existen motivos puramente artísticos que justifiquen esta fiebre? No, en mi opinión. Sin salir del mundo del flamenco, hay cantaoras jóvenes mejores que Rosalía. Pondré sólo un ejemplo: Rocío Márquez, artista de una pieza que también ha hecho viajes por la heterodoxia que han provocado el rechazo de los más puristas. Ni las canciones de Rosalía, ni su forma de interpretarlas, me dicen gran cosa. El flamenco es, sobre todo, emoción, y me resulta difícil creer que a quienes aprecien a Camarón, a Morente, a Pastora Pavón, al Chocolate, a Mairena, a La Paquera, al Lebrijano, a Menese, a Carmen Linares, a Mercé, a Poveda o a Arcángel, Rosalía no les deje fríos. Vi por televisión su concierto en el pasado Primavera Sound, acompañada por Raúl Refree a la guitarra, y llegué a la conclusión de que Rosalía no transmite jondura, que su quejío no es arrebatador, que le faltan años y tablas para ser una artista con mayúsculas, algo para la que no creo que tenga madera. No toda la culpa fue suya: Raúl Refree, un tipo de aguda inteligencia musical, se me queda corto como guitarrista flamenco. Servidor conoce la obra de los grandes (Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Tomatito, Vicente Amigo, Riqueni, Gerardo Núñez, Cañizares, Niño Josele y otros muchos) y, en lo que a las seis cuerdas se refiere, no acepta pulpo como animal de compañía. Rosalía es, en la actualidad, nada más (y nada menos) que una alumna aplicada con estrella, así que, por favor, moderen su entusiasmo. Prefiero que el éxito de masas sea para ella y no para cualquier triunfito de karaoke, para DJ´s sin talento, para los cavernícolas del reggaetón o para esos raperos que intentan suplir sus nulas aptitudes vocales con frases más o menos ingeniosas, pero ser un artista de verdad y ser muy popular no son, desde luego, la misma cosa.

CALLES DE FUEGO

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STREETS OF FIRE. 1984. 86´. Color.

Dirección: Walter Hill; Guión: Walter Hill y Larry Gross; Director de fotografía: Andrew Laszlo;  Montaje: Freeman A. Davies, James Coblentz y Michael Ripps; Música: Ry Cooder;  Diseño de producción: John Vallone; Dirección artística: James Allen; Producción: Lawrence Gordon y Joel Silver, para Universal Pictures- RKO Pictures (EE. UU.).

Intérpretes: Michael Paré (Tom Cody); Diane Lane (Ellen Aim); Rick Moranis (Billy Fish); Willem Dafoe (Raven); Amy Madigan (McCoy); Michael Lawson (Oficial Ed Price); Deborah Van Valkenburgh (Reva Cody); Rick Rossovich (Oficial Cooley); Bill Paxton (Camarero); Lee Ving, Elizabeth Daily, Lynne Thigpen, Ed Begley, Jr., Stoney Jackson, Grand L. Bush, Robert Townsend, Mykelti Williamson, Marine Jahan, John Dennis Johnston, Olivia Brown.

Sinopsis: Una cantante de rock en pleno ascenso a la fama regresa a su antiguo barrio para dar un concierto benéfico. En mitad del espectáculo, una banda de moteros la secuestra. Un antiguo soldado, y amor de juventud de la vocalista, acude al rescate.

Después de conseguir el mayor éxito comercial de su carrera con Límite 48 horas, Walter Hill dirigió Calles de fuego, una fábula de rock & roll (según nos informa un rótulo al dar comienzo la película) en la que se mezclan el western, los films sobre bandas de delincuentes juveniles y el musical ochentero. Al parecer, la idea original era que Calles de fuego fuese el primer film de una trilogía protagonizada por su personaje estrella, Tom Cody, pero la tibia acogida que tuvo la película en las taquillas estadounidenses dio al traste con el proyecto.

Para mí, Calles de fuego supone el primer indicio serio de declive en la carrera, hasta entonces muy brillante, de Walter Hill como director de cine. En esta película vuelven a darse cita diversos elementos de una de las obras maestras de Hill, Los amos de la noche, pero sin el mismo grado de inspiración. Los años 80, sin duda, hicieron daño, hasta el punto de que, en muchos momentos, la puesta en escena del film se asemeja a un largo videoclip, vigoroso pero disfrutable sólo a ratos. El guión, que tampoco es que sea gran cosa, sitúa la acción en un entorno que podría llamarse retrofuturista, con muchos guiños a la época en la que surgió el rock & roll, la segunda mitad de la década de los 50, mezclados con paisajes de degradación urbana que remiten al mencionado film anterior de Hill, o incluso a Mad Max. Esto me parece un acierto, pero que no se lleva hasta el final: vista hoy, la película es muy deudora de la época en la que se rodó (por los vicios típicos de la década de los que hace gala, más que nada), y el peso de lo ochentero se impone sobre su presunta atemporalidad. Por poner un ejemplo, la música, que es un elemento fundamental de la película, brilla sobre todo en dos momentos (la interpretación del grupo de doo wop en el autobús y la impresionante, y muy western,  llegada de los moteros al ritmo de Rumble antes de la pelea final) que poco tienen que ver con el edulcorado y sobreproducido rock estadounidense que escuchamos en las mejorables canciones interpretadas por la protagonista femenina del film (sí, la música de moda en los 80 suena hoy más antigua que la de décadas anteriores). Dicho lo cual, la escena en la que ésta es secuestrada por la banda liderada por Raven en mitad de un concierto me parece cojonuda.

Planos muy cortos, acertada iluminación tenebrista y velocidad (la importancia de los diversos vehículos en el desarrollo de la trama es capital) son los tres aspectos que más cabría destacar en la puesta en escena, que pese a los tópicos ya mencionados supera en calidad a la parte narrativa, en la que ni el tipo duro, ni la cantante salida del ghetto que se enfrenta al dilema entre el amor verdadero y el ascenso a la fama, ni una galería de secundarios retratados de una manera demasiado esquemática, acaban de dar el pego. Los diálogos juegan a ser potentes y lapidarios, pero más de cuatro veces provocan la sonrisa irónica del espectador.

El reparto es, como mínimo, curioso, y no para bien. Para empezar, Michael Paré es un actor muy limitado, que se queda en un intento de tipo duro cuyas viriles palabras y actitudes no ocultan sus carencias interpretativas. Ese renegado que es Tom Cody requería de un actor en el que la impostura no fuese tan obvia. Por su parte, Diane Lane sí es una buena actriz, pero ni canta las canciones ni consigue imponerse a las limitaciones de un personaje muy tópico. El mejor del reparto es un casi novato Willem Dafoe, que sí sabe hacer de tío duro. Bien Amy Madigan en el papel de mujer nada femenina, y en cuanto a Rick Moranis, pues no desentona, pero tampoco destaca, cosa que sí hace Bill Paxton en el papel de camarero.

Calles de fuego es una película de ritmo frenético y francamente entretenida, pero que, salvo en escenas como la del secuestro aludido anteriormente, o la pelea final entre Cody y Raven, no llega al nivel de The Warriors ni de lejos.

UN TROMPETISTA DE LUJO

Gran músico, de enorme técnica y exuberante en sus interpretaciones. Hasta siempre, Roy.

OFERTA DE EMPLEO

En menos de medio año, Julen Lopetegui (o Torpetegui, como le llaman por ahí) se ha cargado a la selección española y al Real Madrid. El día que se presente a lehendakari, arrasa. Podría entrenar al San Pedro, colista del grupo vasco de Tercera División con ocho derrotas y una sola victoria en diez jornadas. Ahí está el verdadero nivel de Lopetegui como entrenador, y será difícil que empeore la trayectoria del equipo.

LA ZÍNGARA Y LOS MONSTRUOS

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HOUSE OF FRANKENSTEIN. 1944. 71´. B/N.

Dirección: Erle C. Kenton; Guión: Edward T. Lowe, basado en una historia de Curt Siodmak; Director de fotografía: George Robinson;  Montaje: Philip Cahn; Música: Hans J. Salter; Dirección artística: John B. Goodman y Martin Obzina; Producción: Paul Malvern, para Universal Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Boris Karloff (Dr. Niemann); Lon Chaney, Jr. (Larry Talbot); J. Carrol Naish (Daniel); John Carradine (Barón Latos); Anne Gwynne (Rita Hussman); Peter Coe (Carl Hussman); Lionel Atwill (Inspector Arnz); George Zucco (Profesor Lampini); Elena Verdugo (Ilonka); Sig Rumann (Sr. Hussman); William Edmunds, Charles Miller, Philip Van Zandt, Julius Tannen, Frank Reicher, Glenn Strange.

Sinopsis: Un científico, Niemann, seguidor del doctor Frankenstein, y su ayudante, escapan de la cárcel y emprenden el camino de regreso hacia la ciudad natal de Niemann haciéndose pasar por los responsables de un espectáculo ambulante.

Muchas de las obras míticas del cine de terror fueron producidas, como es sabido, por los estudios Universal en los años 30, verdadera época dorada del género. Después llegó la decadencia, con la compañía intentando alargar esplendores pasados con productos de cada vez menor enjundia, muchos de los cuales no provocaron otra cosa que una creciente decepción en los aficionados. En este clima se enmarca La zíngara y los monstruos, peculiar título español para House of Frankenstein, película modesta, en intenciones y resultados, dirigida por un experto artesano como Erle C. Kenton.

Esta vez, se trata de reconquistar al público por acumulación, porque en la cinta aparecen Drácula, Frankenstein, el hombre-lobo, un jorobado y un mad doctor, que es quien protagoniza este cóctel de criaturas venidas a menos. Aunque el film se basa en una historia surgida del ingenioso, y muchas veces brillante, cerebro de Curt Siodmak, lo cierto es que todo se queda en un atropellado batiburrillo que intenta abarcar mucho más de lo que puede. De hecho, House of Frankenstein son dos películas, unidas por la presencia del doctor Niemann,  un científico deseoso por continuar los experimentos del hombre que quiso ser Dios, y su jorobado ayudante. Al principio, ambos están en prisión por robo de cadáveres, pero un oportuno derrumbe en la penitenciaría les facilita la huida, que finaliza con éxito gracias a una atracción ambulante que, casualidades de la vida, transporta en un ataúd al mismísimo conde Drácula. El doctor Niemann ansía dos cosas: conseguir los papeles en los que Frankenstein plasmó sus experimentos, y vengarse de quienes le enviaron a prisión. Para ello, no duda en resucitar a Drácula, pero el aristócrata transilvano termina por sucumbir a su sed de sangre y a su afición por los cuellos de las jovencitas de buen ver. Hasta aquí, la primera parte, que por lo menos es narrativamente ágil  y se ve lastrada por unos efectos especiales bastante ridículos, además de por mostrar la venganza del doctor de un modo más bien atropellado.

En su trayecto hacia los papeles de Frankenstein, y hacia su antigua mansión, en la que busca desarrollar los experimentos de éste, Niemann y su ayudante se encuentran con una familia gitana que lleva su espectáculo musical por los pueblos. En ella destaca Olinka, una joven bailarina que enamora al deforme ayudante del científico, quien decide auxiliarla frente a su maltratador y, con ello, se gana la gratitud de la muchacha, que decide unirse a ellos en un recorrido que les lleva a resucitar a Frankenstein y al hombre-lobo, un ser torturado que se gana el corazón de Olinka. Con semejante tropa, Niemann llega a su mansión, donde sus andanzas no tardan en ser descubiertas por los lugareños.

Querer meter todos los elementos descritos en el párrafo anterior en poco más de cuarenta minutos de metraje obedece, sin duda, a un optimismo desmedido que la realidad deja en intento parcialmente logrado. Kenton le pone oficio, pero no es James Whale o Tod Browning, la antigua magia se ha perdido y lo que queda es un confuso embrollo del que se sale con dignidad, pero sin encanto. Se nota la escasez de medios, algunos personajes apenas tienen entidad (el monstruo de Frankenstein, sin ir más lejos), y falta pausa, tomarse algún tiempo para explicar mejor las cosas. Efectos especiales al margen, la película es buena en lo técnico, pero en lo narrativo llega a empachar al espectador, por mucha simpatía que éste pueda sentir hacia unos personajes que requerían un mejor desarrollo, ya que estaban ahí.

Resulta peculiar que no sea Boris Karloff quien interprete a la criatura de Frankenstein, pero la intervención de ésta es poco más que testimonial, así que a la estrella se le reserva, como no podía ser de otra manera, el papel principal, un mad doctor que el actor interpreta dando muestras de su indudable carisma. J. Carrol Naish retoma el papel de jorobado que hizo célebre al padre de uno de sus compañeros de reparto, Lon Chaney, Jr., y lo hace a buen nivel, al igual que Chaney como el torturado licántropo. John Carradine por momentos parece Salvador Dalí interpretando a un vampiro. Elena Verdugo, la joven zíngara, posee gracia, y buenos secundarios como Lionel Atwill o Sig Rumann aportan su calidad, que no es poca. En cambio, los actores que interpretan al matrimonio Hussman son tan sosos como los personajes que interpretan.

House of Frankenstein posee el valor de lo nostálgico, de recordarnos momentos de gran cine, pero deja un aire de ilusión insatisfecha, de película antigua ya cuando se realizó. Simboliza en cierto modo la decadencia del gran cine de terror clásico, cuya magia recuperó algo más de una década después una productora británica, la Hammer.

 

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