LA VIDA EN UN BLOC

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LA VIDA EN UN BLOC. 1956. 96´. B´/N.

Dirección: Luis Lucia; Guión: José Luis Colina, Carlos Llopis y Luis Lucia, basado en la obra de teatro de Carlos Llopis; Dirección de fotografía: Cecilio Paniagua; Montaje: José Antonio Rojo; Música: Juan Quintero; Decorados: Enrique Alarcón; Producción: Manuel J. Goyanes, para Guión Producciones Cinematográficas-Suevia Films-Cesáreo González  (España)

Intérpretes: Alberto Closas (Nicomedes); Elisa Montés (Gerarda); Fernando Rey (Voz del bloc); María Asquerino (Lupe Tovar/Calixta); Mary Lamar (Olegaria/Margot);  Encarna Fuentes (Pili); Marta Mandel (Miss Fanny); Julia Caba Alba (Madre de Pili); José Luis Ozores (Pepe); Raúl Cancio (Ernesto); Manuel Bermúdez Boliche (Abelardo); Joaquín Roa (Melquíades, el brigada); José Franco (Padre de Pili); Irene Caba Alba (María); José Luis López Vázquez (Mago Roberto); Josefina Serratosa, Eduardo Calvo.

Sinopsis: Nicomedes, un médico destinado en provincias, le pide matrimonio a la maestra del pueblo, que acepta encantada el compromiso. Sin embargo, el doctor cree que no haber sido un soltero juerguista puede perjudicar su matriminio y decide correrse unos días de farra en Madrid para evitar que le vengan ganas de hacerlo una vez casado.

Antes de convertirse en el director oficial de las películas con niñas-prodigio, el valenciano Luis Lucia llevó a la gran pantalla La vida en un bloc, adaptación de una obra teatral de Carlos Llopis. Se trata de una de las películas de Lucia con mejor valoración crítica, dentro de una trayectoria extensa y volcada hacia el cine más comercial.

Se trata de una comedia blanca, de acuerdo a los cánones imperantes en la época, sobre el matrimonio y sus daños colaterales. Su protagonista masculino es Nicomedes, un médico destinado en una población rural zamorana, de recto proceder y tan metódico que todo lo que para él es digno de relevancia lo anota en un bloc que, dentro de la narración, es tan importante que hasta tiene voz propia. Nicomedes se enamora de Gerarda, la joven maestra del pueblo, y le propone matrimonio. Sin embargo, el doctor cree que su falta de experiencia en la parte lúdica de la vida (el no haber ejercido de hombre soltero, en definitiva) puede volverse en su contra una vez instalado en la rutina del matrimonio, y decide irse unos días a Madrid para saber lo que es el mundo de la farra, la juerga y el despendole. Allí, en la capital, el educado y más bien tímido doctor se revela como un verdadero galán.

La vida en un bloc funciona por su gracia, y también como testimonio fílmico de los valores morales de una época en la que la larga sombra del nacional-catolicismo condicionaba todas las relaciones sociales, y en especial las amorosas. La película se permite algunos chistes al respecto, como la recurrente presencia del brigada de la Benemérita en los encuentros pre-nupciales entre Nicomedes y Gerarda, cuya castidad debe quedar fuera de toda duda, o la respuesta de los amigos madrileños del doctor cuando éste les pregunta por algún espectáculo con gente ligera de ropa: “El fútbol”. El médico convertido en seductor comprende que la juerga le sobrepasa, que lo de ser un imán para las mujeres tiene sus inconvenientes (por ejemplo, en forma de huida a la carrera de una moza que al segundo día ya te obliga a ir a la sierra con toda su familia) y que el whisky no es lo suyo, antes de comprobar que el matrimonio le aburre. Existe una tercera opción que en esta comedia apenas se contempla, salvo en la parte final, en la que el protagonista regresa a Madrid no para irse de fiesta, sino para poder estar tranquilo. Sin embargo, el descubrimiento del bloc de su marido, y por tanto de todos sus pensamientos íntimos, hace que Gerarda haga propósito de enmienda… o no.

Lucia filma con oficio, hasta el punto de que su eficaz labor pasa desapercibida. La agilidad y el ingenio de esta comedia hacen el resto, apartándola del carácter rutinario que por puesta en escena seguramente le correspondería. El arte lo ponen los actores, empezando por un Alberto Closas capaz de alternar grandes papeles dramáticos a las órdenes de Juan Antonio Bardem con perfiles mucho más cómicos como el que demuestra en esta película. Elisa Montés es la santa esposa, de buen corazón, llena de ganas de complacer a su marido, pero aburrida como ella sola. Interpretación más que correcta, la suya. Un buen plantel de secundarios, en el que figuran dos monstruos llamados José Luis, Ozores y López Vázquez, una excelente María Asquerino y otros nombres de prestigio, como Julia Caba Alba o el mismísimo Fernando Rey, que pone voz al bloc que casi protagoniza la película, remata un apartado interpretativo que la enaltece.

Agradable comedia, que pese a sus limitaciones tiene chispa y calidad, La vida en un bloc es, en efecto, de lo mejorcito de la obra de un director eminentemente comercial.

CRIMEN FERPECTO

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CRIMEN FERPECTO. 2004. 106´. Color.

Dirección: Álex de la Iglesia; Guión: Jorge Guerricaechevarría y Álex de la Iglesia; Dirección de fotografía: José L. Moreno;  Montaje: Alejandro Lázaro; Música: Roque Baños;  Diseño de producción: José Luis Arrizabalaga y Arturo García Biaffra; Producción: Gustavo Ferrada, Roberto Di Girolamo y Álex de la Iglesia, para Sogecine- Planet Pictures- Pánico Films (España).

Intérpretes: Guillermo Toledo (Rafael González); Mónica Cervera (Lourdes); Luis Varela (Don Antonio); Enrique Villén (Comisario Campoy); Fernando Tejero (Alonso); Javier Gutiérrez (Jaime); Kira Miró (Roxanne); Gracia Olayo (Concha); Eduardo Gómez, Manuel Tallafé, Rosario Pardo, José Alias, Penélope Velasco, Montse Mostaza, Alicia Andújar, Isidro Montalvo, Javier Jurdao, María Alfonsa Rosso.

Sinopsis: Un dependiente de unos grandes almacenes confía en dar el salto a la dirección de planta. Elegante y seductor, confía en su ascenso, pero el puesto es para Don Antonio, el jefe de la sección de moda para caballeros.

Después del ejercicio ácrata teñido de nostalgia que fue 800 balas, Álex de la Iglesia continuó con su encomiable labor de dinamitar el costumbrismo hispánico situando su siguiente película en uno de los lugares que mejor describen lo que quiere ser, y también lo que es, una sociedad: unos grandes almacenes. Crimen ferpecto supuso una nueva incursión del director bilbaíno en su terreno favorito, la comedia negra, y sin estar considerada como una de sus mejores películas, sí obtuvo una buena respuesta crítica y de audiencias.

En los cursos de formación de los nuevos dependientes todavía se recuerda a Rafael, el número 1, toda una leyenda de las ventas. En tiempos, ese hombre fue la viva encarnación del éxito: en la sección de moda para señoras de los grandes almacenes Yeyo´s, él era el rey, con sus inigualables artes para engatusar a las clientas y venderles lo que se le antojara. Sus compañeros le adulaban, las empleadas más bellas rivalizaban entre sí por llevárselo al catre, y él disfrutaba de su hechizo como de algo natural, de algo que el mundo le debía. Para culminar su triunfo, Rafael sólo tenía que derrotar a don Antonio, el veterano jefe de la sección de moda para caballeros, en la lucha por conseguir el puesto de jefe de planta. Pero el destino es un maricón sin decoro, que dijo el maestro, y Rafael no consigue el soñado ascenso. Sus desventuras sólo han hecho que empezar: en una violenta disputa entre ambos, Don Antonio muere de forma accidental, y todo se desmorona para el antiguo gentleman cuando descubre que la dependienta más fea de todo el centro comercial ha sido testigo de un suceso que puede llevarle a la cárcel. El silencio de Lourdes, que incluso ayuda a Rafael a deshacerse del cadáver del jefe de planta más breve de la historia, tiene un precio.

Con su característica mala leche, y muy buen ojo a la hora de saber dónde clavar sus cuchillos, Álex de la Iglesia, junto a su guionista de cabecera Jorge Guerricaechevarría, reflexiona acerca del éxito y el fracaso, de los cánones de belleza imperantes en nuestra sociedad y de las leyes de la atracción sexual. Lo hacen a través de su protagonista masculino, que es quien nos explica, recurriendo con frecuencia al destrozo de la cuarta pared, su historia, la de un hombre a quien le gustan la ropa cara y las tías buenas (como a todos, con la diferencia de que él las tiene) al que su ambición y un cúmulo de infortunios le llevan a vivir su peor pesadilla, que para mayor ironía se llama Lourdes. Ahí tienen  al gran macho alfa convertido en un pelele, en la clase de tipo al que siempre despreció, por culpa de un chantaje llevado hasta las últimas consecuencias. Rafael sabe que la única forma de escapar de su calvario es eliminar a Lourdes, pero estamos en España y, en un giro lingüístico ya utilizado previamente por Los Enemigos para titular uno de sus álbumes, aquí todo es ferpecto…

Quien espere encontrar aquí la destreza visual que distingue a Álex de la Iglesia de la práctica totalidad de los cineastas españoles actuales, no quedará decepcionado. El tour de force final, con la muy bien rodada estampida en los grandes almacenes, el incendio y, de nuevo, un desenlace en el que interviene mucho el vértigo, marca el punto álgido en lo estilístico de una película muy cuidada en este aspecto., que tiene momentos impagables (la cena familiar en casa de Lourdes, las apariciones del fantasma de don Antonio o el descuartizamiento del cadáver de éste) y provoca en más de una ocasión la carcajada. La música de Roque Baños ilustra de manera eficaz los cambios de tono de la película, con ese tema como de anuncio de colonias que acompaña al Rafael triunfador y, si alguien tiene dudas de la capacidad de Álex de la Iglesia de poner una cámara en su sitio, que miren los planos contrapicados que acompañan al gran jefe de la compañía mientras la voz de Rafael le describe: se pueden escribir libros muy largos sobre la adulación que genera el poder, pero también se puede mostrar todo eso en unos cuantos planos.

El personaje de Rafael González le va que ni pintado a Guillermo Toledo, actor por entonces en la cumbre de su éxito: un caradura con estilo, labia y carisma que acaba sumido en la desesperación. Toledo, una persona que cuando no interpreta debería hablar mucho menos en público, o pagar por cada idiotez que dice, consigue hacer creíble el giro de su personaje. Mónica Cervera, actriz de carrera breve y muy encasillada por su físico, vivió con esta película su mejor momento profesional, en el rol de una mujer fea y llena de complejos a la que la fortuna le da la ocasión de tomarse cumplida venganza de pasados desprecios. Bien Luis Varela como maduro vendedor con peluquín, y enorme como fantasma. Enrique Villén, miembro habitual de la troupe de Álex de la Iglesia, está tan eficaz como siempre en el papel de policía, y del dúo de lameculos del protagonista masculino, formado por Fernando Tejero y Javier Gutiérrez, hay que decir que el segundo ya apuntaba muy buenas maneras. En cuanto a Kira Miró, cuyo personaje viene a ser la antítesis del de Lourdes, decir que detrás de su enorme sex-appeal no se esconde una actriz sobresaliente.

Muy buena, desde el prólogo al epílogo, muy divertida, nada menor. Enésima confirmación de que Álex de la Iglesia es un gran director de cine.

LA JAURÍA

Servidor, que tiene la carrera de Derecho, no estudió para juez por lo difícil que es acceder a esta profesión y por lo complejo que es ejercerla. Los jueces, que como humanos pueden equivocarse, dictan sus sentencias en base a la ley, a su criterio y a las pruebas. Los que no conocen las leyes, tienen criterios dudosos, o directamente interesados, ejercen profesiones que requieren un nivel intelectual bastante inferior al recomendable para la judicatura e ignoran las pruebas cuando éstas contradicen sus prejuicios, deberían hablar de lo que saben o, mejor aún, cerrar sus putas bocazas.

THE JAM: ABOUT A YOUNG IDEA

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THE JAM: ABOUT A YOUNG IDEA. 2015. 88´. Color.

Dirección: Bob Smeaton; Guión: Bob Smeaton; Dirección de fotografía: Tim Sutton; Montaje: Julian Caiden; Música: The Jam; Producción: Martin R. Smith, para Channel X (Reino Unido).

Intérpretes: Paul Weller, Steve Brookes, Rick Buckler, Bruce Foxton, Adrian Thrills, Chris Parry, Barry Cain, Vic Coppersmith-Heaven, Keiko Egawa, Martin Freeman, Derek D´Souza, Maria McHugh, Eddie Piller, Den Davis, Nicky Weller.

Sinopsis: Documental que ilustra la trayectoria musical de The Jam.

Uno de los grupos más influyentes de la música británica post-punk es, sin duda, The Jam, el trío liderado por Paul Weller que tal vez sólo llegara a tener un éxito mayoritario en su país natal, pero cuyos estilo e imagen han sido imitados, con mayor o menor fortuna, por bandas de medio mundo. The Jam: about a young idea es un documental fresco y ágil, como lo es la música de esta formación originaria de Woking, una pequeña ciudad cercana a Londres famosa por albergar la sede de una de las escuderías históricas de la Fórmula 1, McLaren. Bob Smeaton recurre al testimonio de los miembros del grupo, de algunos ex-miembros y de varios de sus fans más acérrimos en lo que es también la crónica de una época apasionante en el plano musical.

La historia de The Jam es la de tantos conjuntos surgidos de las clases medias o populares, en la que se funden la amistad y las inquietudes musicales comunes para, después de años ensayando en garajes y actuando en fiestas juveniles, dar el salto hacia los conciertos de verdad, las grabaciones discográficas y el éxito. The Jam comenzó su andadura en los años previos a la explosión del punk, y sus influencias más marcadas eran las de Dr. Feelgood y los primeros álbumes de The Who. La mezcla entre la estética mod, un sonido deudor de la banda cuyo guitarrista es el gran Wilko Johnson, y la inmediatez y contundencia del punk le dieron al cuarteto de Woking, pronto convertido en trío, un sello distintivo que le hizo destacar de entre el sinfín de bandas de cresta, imperdibles y guitarrazos a diestro y siniestro que proliferaban en las islas británicas en la era pre-Thatcher. Su período de actividad fue relativamente corto, pero frenético, llegando a facturar varios discos de verdadera relevancia en apenas una década de trayectoria. El repaso a la misma es, como casi siempre en esta clase de películas, cronológico: los miembros de la banda la recuerdan sin acritud, con orgullo y un saludable desinterés en volver a reunirse: los fans explican cómo las canciones de The Jam influyeron en sus vidas de forma positiva, al tiempo que rememoran la tremenda incredulidad que experimentaron cuando Paul Weller decidió disolver el grupo justo cuando éste se hallaba en la cima de su popularidad. Músico brillante e inquieto, Weller creyó que la formación de voz, guitarra, bajo y batería no daba para más y decidió buscar nuevos caminos musicales con The Style Council, formación en la que la influencia soul estaba muy marcada.

La película se ve en un suspiro, aunque a los aficionados acérrimos de The Jam no les explica nada que no supieran y sea más recomendable para no iniciados. Los melómanos la disfrutarán: los que busquen sexo, drogas y rock & roll, sólo encontrarán lo tercero. Estilo, actitud y lucidez en el análisis hallarán bastante, eso sí. Y buena música. Me resulta difícil creer que a quienes vean este documental y no conozcan demasiado al grupo, no les entrarán ganas de hacerlo. En este punto, el objetivo de la película se ve cumplido. Para cualquier aficionado a la música, hora y media de disfrute. Para los fans de The Jam, muchos buenos recuerdos. Mi educación musical fue por otro lado, y llegué a conocer al grupo muchos años después de su disolución, pero estos tíos eran buenos. Por ello, este homenaje me parece muy merecido.

LOS DEMONIOS

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THE DEVILS. 1971. 110´. Color.

Dirección: Ken Russell; Guión: Ken Russell, basado en el relato de Aldous Huxley The devils of Loudun y en la obra de teatro The devils, de John Whiting; Dirección de fotografía: David Watkin; Montaje: Michael Bradsell;  Diseño de producción: Derek Jarman; Música: Peter Maxwell Davies; Dirección artística: Robert Cartwright; Producción: Ken Russell y Robert H. Solo, para Russo Productions (Reino Unido).

Intérpretes: Oliver Reed (Padre Grandier); Vanessa Redgrave (Hermana Jeanne); Dudley Sutton (Barón de Laubardemont); Max Adrian (Ibert); Gemma Jones (Madeleine); Murray Melvin (Padre Mignon); Michael Gothard (Padre Barre); Georgina Hale (Philippe); Brian Murphy (Adam); Christopher Logue (Cardenal Richelieu); Graham Armitage (Luis XIII); John Woodvine (Trincant); Andrew Faulds (Rangier); Kenneth Colley (Legrand); Judith Paris (Hermana Judith); Catherine Willmer, Iza Teller, Harry Fielder, Imogen Claire, Cheryl Grunwald.

Sinopsis: En la Francia del siglo XVII, el poderoso cardenal Richelieu utiliza su influencia sobre el rey para imponer la unidad política y religiosa en toda la nación, y fija uno de sus objetivos en Loudun, una villa en la que el personaje más relevante es Grandier, figura eclesiástica tolerante en asuntos públicos y con merecida fama de libertino.

El hoy bastante olvidado Ken Russell tuvo un febril período de actividad en los años posteriores al éxito internacional de Mujeres enamoradas, película que sentó las bases del estilo de este director. De entre su notable producción inmediatamente posterior, destaca con fuerza Los demonios, adaptación de un relato de Aldous Huxley que se inspira en unos hechos acaecidos en la Francia gobernada con mano de hierro por el cardenal Richelieu, un gran político… en el peor sentido del término. Se conoce como el caso de las endemoniadas de Loudun, uno de los episodios de posesión diabólica colectiva más célebres de la historia. En los primeros años 60, el cineasta polaco Jerzy Kawalerowicz había realizado Madre Juana de los Ángeles, adaptación de la primera novela escrita sobre el tema. El enfoque de Russell fue muy distinto, como lo eran sus fuentes, y siguió en la línea de su film anterior: calidad, esteticismo y escándalo.

El problema de Ken Russell es que, en buena parte de su producción posterior a la ópera-rock Tommy, su estilo visual efectista y barroco está al servicio de la nada más absoluta. No ocurre lo mismo en sus primeras obras, y menos que en ninguna en Los demonios, pues la historia que se explica es atractiva desde cualquier punto de vista; se trata de unos hechos verídicos, documentados con profusión, en los que confluyen sexo, poder y religión como sólo pueden hacerlo en épocas aberrantes. Por un lado, tenemos a un estadista inteligente y cruel que sueña con imponer su dominio a una nación dividida en lo religioso y muy atomizada en lo político, con centenares de poblaciones de provincias amuralladas y sin apenas contacto con el exterior, en las que el poder estatal apenas tiene fuerza frente a los designios de las autoridades, civiles o eclesiásticas, de cada villa. Loudun era la víctima perfecta: se trataba de una ciudad de provincias de cierta importancia, que sus bellas murallas convertían en prácticamente inexpugnable ante un ataque lanzado desde el exterior y cuya máxima autoridad eclesiástica era Urbain Grandier, un ser culto y refinado que mostraba en público su oposición al celibato sacerdotal, que él mismo se jactaba de no respetar en absoluto, que no sentía ninguna hostilidad hacia los protestantes, perseguidos y torturados en otros muchos lugares de Francia, y que incluso se permitía escribir artículos satíricos contra Richelieu. El cardenal, con la ayuda de diversos potentados del lugar que veían en Grandier a un libertino al que había que eliminar, se aplicó a la tarea, contando con la inestimable ayuda de unas monjas ursulinas que, encabezadas por la madre superiora, Jeanne de Belciel (o Juana de los Ángeles), declararon estar poseídas por diversos demonios por obra y gracia de Grandier, un hombre bello y con fama de seductor que, sin embargo, había rechazado las distintas peticiones de la superiora para convertirse en el guía espiritual de las residentes en el convento. El resto es historia.

Los demonios es una película bella y valiente, que consigue ser muy fiel a la época retratada sin dejar de tener los pies muy bien asentados sobre aquella en que se filmó, sin duda una de las de mayor libertad artística que se hayan conocido. Russell se aprovecha de esa libertad (limitada, pues el film sufrió censura allí donde se estrenó) para incluir escenas abiertamente blasfemas, como las nada piadosas ensoñaciones de la superiora con el padre Grandier, o para mostrar sin ambages los estragos de la tortura en quienes la sufren (y el disfrute de quienes la emplean). Siguiendo a los artistas en los que basó su guión, Russell toma partido de forma abierta por Grandier, a quien nos presenta como un hombre culto y desprejuiciado que es víctima de la intolerancia, la mentira y la manipulación. Sus delitos son enfrentarse al fanatismo religioso, a un poder estatal que sueña con ser omnímodo y, sobre todo, vivir su sexualidad de forma abierta y libre, en un entorno en el que la represión alcanza límites enfermizos y lleva, como diría el castizo, a ver demonios donde no hay más que un agudo picor de coño que el presunto corruptor prefiere no rascar. Los demonios muestra la desigual lucha de un hombre libre frente al oscurantismo y la sinrazón, y lo hace con una estética muy cuidada, con una puesta en escena que va mucho más allá de lo meramente teatral (incluso en la primera escena, que ilustra… una representación teatral, protagonizada por el propio rey Luis XIII), y con unos planos vigorosos y recargados que acentúan la potencia de la historia. Fotografía intachable, algunos planos para enmarcar y una música curiosa, en la que esos anacrónicos toques de free jazz para ilustrar varias de las escenas más escandalosas me parecen acertados.

Que Oliver Reed era un gran actor se ve claramente en esta interpretación, tal vez la mejor de toda su carrera cinematográfica. Reed nos muestra a un Urbain Grandier tan dotado para la reflexión como firme en sus convicciones, seductor incluso a su pesar y dueño de una rara intensidad. Otra grande, Vanessa Redgrave, da vida a la madre superiora convirtiéndola en símbolo del cristianismo: es un ser deforme y reprimido cuyo resentimiento genera destrucción. El elenco de secundarios, en general desconocidos para quien esto escribe (a excepción de Brian Murphy, aquí muy alejado de los papeles cómicos que le dieron fama), está a un nivel notable, llámense Dudley Sutton, Gemma Jones o Murray Melvin. Es verdad que Michael Gothard, un exorcista de aspecto muy hippie, está pasado de vueltas, pero hay que tener en cuenta que interpreta a un sacerdote católico dedicado a sacar demonios de las personas poseídas, es decir, a un ser totalmente desquiciado.

Los demonios es una joya, una película que no se queda en el mero afán de provocar porque, como en ella hay mucho talento, consigue provocar de verdad. El cine de Ken Russell no deja a nadie indiferente, y más allá de su barroquismo y sus ganas de epatar, se trata de un director que, cuando está inspirado, realiza films francamente buenos. Y Los demonios es, para mí, el mejor de todos.

EL MANANTIAL

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THE FOUNTAINHEAD. 1949. 110´. B/N.

Dirección: King Vidor; Guión: Ayn Rand, basado en su novela; Director de fotografía: Robert Burks;  Montaje: David Weisbart; Música: Max Steiner;  Dirección artística: Edward Carrere; Decorados: William Kuehl; Producción: Henry Blanke, para Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Gary Cooper (Howard Roark); Patricia Neal (Dominique Francon); Raymond Massey (Gail Wynand); Kent Smith (Peter Keating); Robert Douglas (Ellsworth Toohey); Henry Hull (Henry Cameron); Ray Collins (Roger Enright); Moroni Olsen, Jerome Cowan, John Alvin, Griff Barnett, Tristram Coffin, Ann Doran, Jonathan Hale, Ruthelma Stevens, Tito Vuolo, Frank Wilcox.

Sinopsis: Un arquitecto de estilo revolucionario ve cómo los edificios que él sueña con construir van a parar a las manos de colegas más mediocres, pero mucho más flexibles a la hora de plegarse a los gustos de sus clientes y del público en general.

Con el paréntesis que supuso su participación en el film colectivo Una encuesta llamada Milagro, El manantial es el largometraje con el King Vidor siguió su carrera después de uno de sus films más exitosos y recordados, Duelo al sol. Se trata de la adaptación de una novela de Ayn Rand que fue muy popular en los Estados Unidos desde su publicación en 1943. El rodaje fue muy convulso por el extremo control que ejerció sobre él la autora, que se negó en redondo a hacer cualquier cambio en el guión que había escrito y, al contrario de lo habitual en Hollywood, consiguió su propósito. Con todo, King Vidor logró imprimir su sello en la película, y no poco de su poderío se debe a su trabajo.

El manantial es una novela de tesis, y en consecuencia una película de tesis, dada la absoluta fidelidad al original que impuso Ayn Rand para la adaptación cinematográfica. Esta tesis es la apoteosis del individuo libre, fiel a sus ideas y principios y no sometido a la opinión de la gente. Frente al espíritu gregario imperante en la sociedad, que entiende que el individuo debe sacrificarse en pos del bien común, Rand crea su hombre ideal en la figura de Howard Roark, un arquitecto (inspirado en Frank Lloyd Wright) de ideas demasiado avanzadas para su época, que sufre el rechazo de sus contemporáneos pero que, aún así, se muestra del todo inflexible en cuanto a renunciar a sus ideas a cambio de ser más popular y llevar una vida confortable. De hecho, Roark prefiere trabajar como obrero en una cantera antes que diseñar edificios en los que no cree. En su destierro conoce a Dominique, una rica heredera a la que seduce tanto en lo artístico como en lo sexual, aunque la abandona cuando recibe el encargo de construir un edificio en Nueva York. Allí, el trabajo de Roark sigue generando controversia, cuando no abierta hostilidad, como sucede con el crítico arquitectónico del diario más leído en la Gran Manzana.

Individualismo contra colectivismo. Esta fórmula, que es cosecha de Ayn Rand, entronca no obstante con una de las obras maestras de Vidor, Y el mundo marcha, para mí el mejor drama mudo rodado en los Estados Unidos junto a Avaricia, de Erich von Stroheim. El director logró, pese a las constantes intromisiones de la autora, llevar el film a su terreno: el de las pasiones arrebatadas (el protagonismo termina por llevárselo el peculiar triángulo amoroso que forman Roark, Dominique y el magnate periodístico Gail Wynand) y el estilo visual poderoso, en el que abundan los planos picados y contrapicados (el que pone el broche final a la película no puede ser más imponente). El guión de Ayn Rand convierte la película en demasiado discursiva, y son el huracán emocional que viven los protagonistas y la excelencia de las imágenes los factores que alejan a esta obra de un tono panfletario que no la beneficia. Cierto es que poco bueno han ofrecido, ofrecen y ofrecerán a la humanidad quienes nunca se han alejado del rebaño, y que los seres excepcionales merecen que les sean aplicadas reglas excepcionales. Sin embargo, la tesis de Rand de que todos los grandes logros del ser humano se deben al talento y la valentía de unos cuantos individuos fuera de lo común es demasiado simplista, pues no pocos de esos logros no se deben al producto de la mente de un ser prodigioso, sino al trabajo conjunto de algunos de ellos. La visión de Rand es demasiado mesiánica, y lo peor es que ella misma juega a ser como esos seres a los que idolatra, cuando no deja de ser una novelista más bien mediocre. Arrogarse para uno mismo la excepcionalidad sin poseer el suficiente talento, sin ser un verdadero genio, sólo te convierte en pretencioso, y la defensa a ultranza de las propias ideas, independientemente de la dirección en la que oscile el viento de la siempre cambiante opinión pública, es en principio muy loable… salvo cuando esas ideas son equivocadas, en cuyo caso no eres más que un terco estúpido. Vidor (y Robert Burks, uno de los mejores directores de fotografía en blanco y negro de toda la historia del cine, y Max Steiner, y los protagonistas) supera a Rand: los valores cinemtagráficos de El manantial superan los de su discurso, defendido en la actualidad por un colectivo tan reaccionario y tan aborregado (tan poco fiel al espíritu de Rand, en suma, aunque sólo somos responsables de nuestros valedores hasta cierto punto) como el Tea Party.

El carácter discursivo de la película, al que he aludido de forma reiterada, hace que a veces las interpretaciones de los protagonistas resulten algo envaradas. A Gary Cooper no acabo de verlo demasiado cómodo en la piel de ese genio intransigente que jamás sonríe y cuya autoconfianza es más ideal que humana. Mejor está Patricia Neal en el papel de una mujer compleja, apasionada, libre ante todos y rendida ante el genio. Y quien se lleva la palma en cuanto al trío protagonista es ese pedazo de actor llamado Raymond Massey, un antagonista de primera categoría. Los secundarios rayan a un muy buen nivel, en especial Henry Hull y un Robert Douglas que es el verdadero villano de la función, el apóstol del colectivismo, aunque para que éste se imponga sea necesario hundir al hombre de talento excepcional.

Gran película, se comparta o no su discurso. El manantial contiene los mejores atributos del Hollywood clásico, posee enormes virtudes cinematográficas y empuja a la reflexión. Se anuncia un remake: espero que, antes de rodarlo, consigan clonar a King Vidor.

UN GOLPE CON ESTILO

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GOING IN STYLE. 2016. 96´. Color.

Dirección: Zach Braff; Guión: Theodore Melfi, basado en la historia de Edward Cannon; Dirección de fotografía: Rodney Charters;  Montaje: Myron I. Kerstein; Música: Rob Simonsen;  Dirección artistica: Laura Ballinger; Diseño de producción: Anne Ross; Producción: Donald De Line, para De Line Pictures- New Line Cinema-Ratpac-Village Roadshow-Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Morgan Freeman (Willie Davis); Michael Caine (Joe Harding); Alan Arkin (Al Garner); Ann Margret (Annie Santori); Matt Dillon (Agente del FBI Hamer); Christopher Lloyd (Milton); Joey King (Brooklyn Harding); Maria Dizzia (Rachel Harding); John Ortiz (Jesús); Siobhan Fallon  Hogan (Mitzi); Josh Pais (Chuck Lofton); Peter Serafinowicz, Kenan Thompson, Richie Moriarty, Seth Barrish, JoJo González, Precious Sipin.

Sinopsis: Tres jubilados, a quienes la deslocalización de su empresa les deja sin plan de pensiones, deciden atracar un banco para recuperar lo que les pertenece.

El actor y director Zach Braff, cuya carrera hasta el momento no invita al entusiasmo, pero tampoco a la lapidación, sucumbió a una de las dos grandes modas del cine actual, la de los remakes, poniéndose al frente de Un golpe con estilo, adaptación de un film de 1979 que no puedo juzgar por la sencilla razón de que no lo he visto. Sea como sea, la historia que narra esta película está muy bien traída a esta despiadada época actual, y por ello se vio premiada con un razonable éxito de taquilla.

Quienes nos desvivimos por agarrar cuantas más migas del pastel mejor, aunque eso suponga pagar el duro precio moral de servir a los que se lo reparten, sabemos que sólo somos números, engranajes dentro de un sistema que se apresurará a dejarnos tirados en cuanto no les seamos útiles. Pues bien, eso es lo que les ocurre a tres jubilados estadounidenses cuando descubren que la empresa que les empleó durante décadas se larga al sudeste asiático, llevándose con ella los fondos de pensiones de sus trabajadores retirados. Uno de esos ancianos presencia accidentalmente el atraco a su oficina bancaria, ese lugar en el que te lamen el culo cuando tienes, te obligan a lamer el suelo cuando te falta y te estafan a la que te descuidas, y comprende que un atraco bien hecho sería la solución de sus problemas, y de los de sus dos inseparables amigos. Lo que ocurre es que ninguno de ellos ha cometido un delito en su vida, y a sus años deben empezar de cero en el mundo del crimen.

El punto de partida es interesante, y genera empatía entre los puteados del mundo capitalista, que somos legión. La primera parte de la película es ingeniosa, contiene escenas que dan pie a la carcajada y cumple en lo que a planteamiento de la historia y presentación de los personajes se refiere. Además, la crítica a los tiburones no me parece inofensiva, pues bien mirada hace que los progres puedan entender que a eso que hoy se denomina furia del hombre blanco no le faltan motivos. No es que uno esperara a Ken Loach, pero la película se malogra de forma paulatina por su inclinación al almíbar, que hacia el final puede llegar a producir indigestión en el espectador. Ojo: el film se ve con agrado desde el primer al último minuto, pero opta demasiado por lo entrañable y eso le resta parte del mordiente que la hacía destacar. La puesta en escena es bastante correcta, y Zach Braff aprueba, sin problemas pero sin alardes. El hecho de que la película tenga necesariamente que adaptarse al ritmo lento de los tres ancianos protagonista juega en su favor, pues la aleja de ciertas moderneces efectistas y vacuas como, por ejemplo, Ahora me ves… Ah, no quiero obviar uno de los grandes aciertos de Un golpe con estilo, que es la parte musical. La partitura de Rob Simonsen me ha sorprendido agradablemente ya desde los créditos iniciales, y las canciones escogidas para ilustrar las distintas escenas destilan buen gusto.

Todo es más fácil si cuentas con grandes actores. Del trío protagonista, el personaje menos rico es el que le tocó en suerte a Morgan Freeman, aunque este notable intérprete aporta su habitual dignidad al rol para el que fue elegido. Michael Caine, en el papel del hombre que planea el atraco, y Alan Arkin, el músico malcarado que descubre la felicidad cuando ya tiene un pie en la tumba, están soberbios, lo que tratándose de ellos casi se sobreentiende. Entre los secundarios, tenemos a una Ann-Margret que seguirá siendo una diosa hasta el día que se muera, a un Matt Dillon que parece retomar su personaje en Algo pasa con Mary y a un Christopher Lloyd que sigue haciendo de sí mismo bastante bien. Mención especial para John Pais, que convence como ese miserable empleado de banca al que todos hemos padecido alguna vez.

Buena, pero demasiado amable. Falta pegada y sobran momentos familiares melifluos, pero Un golpe con estilo ofrece entretenimiento de calidad, y eso es siempre de agradecer.

EL BAILE

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EL BAILE. 1959. 88´. Color.

Dirección: Edgar Neville; Guión: Edgar Neville, basado en su obra de teatro; Dirección de fotografía: José F. Aguayo; Montaje: José Antonio Rojo; Música: Gustavo Pittaluga; Decorados: Enrique Alarcón; Producción: Andrés Velasco, para Carabela Films, S.A.  (España)

Intérpretes: Alberto Closas (Pedro); Conchita Montes (Adela/Adelita); Rafael Alonso (Julián);  Mercedes Barranco (Doncella); Mari Ángeles Acevedo, Antonio Clavo, Josefina Serratosa, José María Rodríguez.

Sinopsis: Dos entomólogos, enamorados de la misma mujer, discuten acerca de la conveniencia de asistir a un baile de máscaras que es todo un acontecimiento social. Años después, la situación de estos personajes dará un enorme vuelco.

El penúltimo largometraje dirigido por Edgar Neville adapta una de sus obras teatrales más exitosas, El baile, estrenada en 1952. Se trata de una comedia dramática con un marcado tono nostálgico, que respeta de manera escrupulosa el texto original y que, sin ser una de las mejores películas de Neville, sí posee muchas de las características que convierten a este director en uno de los más importantes que ha dado el cine español.

Los tres actos de la obra, y por lo tanto de la película, son a la vez tres géneros y tres estados de ánimo. En el primero, conocemos a los personajes en su mejor momento: se trata de Adela, una mujer bella y coqueta, de su marido, Pedro, dedicado a la entomología, y del mejor amigo de la pareja, Julián, que comparte profesión con Pedro, fue el primer novio de Adela y continúa enamorado de ella. Este primer acto sigue los cánones de esa comedia estilizada, ingeniosa y galante que tan bien se le daba a Neville, quien muestra una vez más su querencia por el Madrid de principios del siglo XX, su particular paraíso perdido. Llama la atención que el amigo, Julián, sea quien asuma el papel de marido celoso, mientras Pedro, el esposo real de Adela, se toma las cuestiones morales y la afición por el galanteo de ella de una forma mucho más calmada. Este acto finaliza con la noticia del embarazo de Adela, cuestión importante para el posterior desarrollo de la trama.

El segundo acto es un drama: Adela, ya con una hija adolescente, se siente mayor y, pese a que sigue despertando la admiración de su marido, y del hombre que sigue comportándose como si lo fuera, vive insatisfecha y deseosa de vivir aventuras antes de adentrarse en la vejez. Una vejez a la que no habrá de llegar, pues padece una enfermedad incurable.

El tercer acto es el de la nostalgia pura, y se sitúa en la España de la posguerra. Los dos entomólogos, ya ancianos y, cada cual a su modo, viudos, recuerdan a su gran amor en la figura de Adelita, que es una versión joven y alocada de su abuela, a la que se parece mucho físicamente. Pedro y Julián, ya en la senectud, recuperan sus papeles de esposo bonachón y marido celoso, aunque en este caso su papel sea el de abuelos. En esta parte, que me parece la mejor, Neville deja claro que se ve a sí mismo como un hombre de otra época, que mira al pasado con una sonrisa, pero también con la profunda añoranza de quien recuerda los buenos momentos que no han de volver.

Como es habitual en el director madrileño, la puesta en escena es de marcado talante teatral, y destaca por el buen gusto estético y por la agilidad y el ingenio de unos diálogos que quizá hoy suenen cursis, pero son dueños de una ligereza admirable. Los escasos exteriores, que nos muestran el parque del Retiro en las distintas épocas en las que transcurre la película, están ahí para mostrarnos el paso del tiempo, que Neville, al igual que cualquiera que sepa apreciar las cosas buenas de la vida, asume con gesto torcido. La parte técnica, como es habitual en el director, está resuelta con elegancia, consiguiéndose dar cierta sensación de opulencia cuando el presupuesto se antoja escaso, y haciendo buen uso del color, recurso muy excepcional en Neville.

El reparto empieza y acaba en el trío protagonista, que es el mismo que interpretó la obra sobre las tablas con la excepción de Alberto Closas, una de las grandes estrellas del cine español del momento, que sustituye a Pedro Porcel. Closas aporta su elegancia, sus maneras de galán y sus dotes para la ironía, haciéndose acreedor de una muy buena nota. Conchita Montes, pareja sentimental del director, se muestra demasiado ñoña y amiga de los mohínes en el papel de Adelita, pero está espléndida como su abuela, tanto en el lado galante como en el trágico. Sin embargo, El baile es sobre todo un perfecto ejemplo de lo gran actor que era Rafael Alonso, uno de los grandes secundarios del cine español. Aquí logra mostrar la paradoja del marido celoso que no es ni siquiera marido, pero también el drama de un hombre que pierde a su gran amor dos veces, y lo recupera de otro modo en la figura de su nieta. Soberbio, en una palabra.

Teatro del bueno, como diría el filósofo portugués, El baile es un film notable, de lo mejor del cine español de la época.

QUEREMOS A CAÑITA

Con la designación de su primer, e imagino que último, gabinete, Pedro Sánchez está haciendo gala de un sentido del humor que no se le conocía hasta ahora. Lo del gobierno paritario me parece bien, y nunca he dudado de la capacidad de Sánchez para encontrar el mismo número de incompetentes de uno y otro sexo, pero lo de nombrar a Mínim Huerta ministro de Cultura, o de cualquier otra cosa, es un chiste malo, sin gracia. Vale que para ministro sirve cualquiera, y para ministro de Cultura, más, pero puestos a hacer coña, se pone a Cañita Brava, se queda uno más ancho que alto y el descojone sería, esta vez sí, general. Y no me cabe duda de que el bueno de Cañita lo haría mejor como ministro que la antigua comparsa de Ana Rosa. Espero que los discursos no se los escriba el negro de su antigua jefa, y que la degeneración de la especie (porque en apenas unas décadas hemos pasado de Jorge Semprún a …esto) no vaya más allá. De lo contrario, cuando los simios se rebelen me tendrán de su parte.

FICHAJE ESTRELLA

Aunque la moción de censura que ha llevado a Pedro Sánchez a la Moncloa me parece la reunión del ejército de Pancho Villa o, por decirlo con más finura, el pacto entre sujetos políticos que sólo pueden ponerse de acuerdo en sacar del gobierno al Partido Popular (algo que, aclaro, me parece una acertada medida de higiene democrática), pero de ningún modo en gobernar ellos mismos a través de medidas concretas y de alcance, he de decir que la decisión del nuevo presidente de darle la cartera de Asuntos Exteriores a Josep Borrell me parece muy acertada, porque el político catalán es un ser inteligente y preparado que, además, es bien capaz de dejar claras las mentiras del proceso independentista catalán a nivel mundial (ya lo hizo en un documentado libro que debería ser lectura obligatoria en los institutos catalanes), ahora que parece que la cosa va de internacionalizar el conflicto, según la terminología del racista Torra, de sus superiores y de sus seguidores. Esto, en castizo, significa explotar al máximo el discurso victimista para mendigar un apoyo internacional que, ahora mismo, es casi nulo. En este terreno, ponerles enfrente a alguien como Borrell es todo un acierto. La prueba es que, en el otro bando, su designación ha dolido.

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