TUESTA, ESTAMOS CONTIGO

Que si fascista, que si racista (le falta que le llamen “machista” para hacer pleno; si le pide consejo a Jové, seguro que lo logra), la verdad es que al pobre Quim Torra (Joaquín Tuesta, en el idioma de los neandertales españoles; imagino que los demasiados seres de apellidos poco nostrats que apoyan la causa indepe andarán un tanto incómodos al saber que el recién elegido les considera escoria racial de segunda clase) no le están dando tregua. Y eso que el hombre ha llegado a la cúspide (a la suya, quiero decir), en la política y en la vida: ya es presidente de paja. Dadas sus reticencias a ocupar el despacho presidencial, no vaya a ser que el gurú se le cabree, y dada su condición de Monchito del fugado Pelucas, le sugiero que ejerza su actividad de molt honorable desde el servicio de caballeros (no en el de señoras, que aún le empapelarán por mirón, y eso sería más ridículo que martirológico), lugar siempre propicio para la paja. No obstante, debo decir que estoy de acuerdo con Tuesta en eso de que Carcaluña necesita una limpieza étnica. Es más, la necesita el mundo entero. Pero dudo que la que yo propongo, y lo voy a hacer con música, sea del agrado de Tuesta. Porque mira que es antiestético, el supremacista de los cojones…

SULLY

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SULLY. 2016. 96´. Color.

Dirección: Clint Eastwood; Guión: Todd Kimarnicki, basado en el libro Highest duty, de Chesley Sullenberger y Jeffrey Zaslow; Dirección de fotografía: Tom Stern;  Montaje: Blu Murray; Música: Christian Jacob y la Tierney Sutton Band; Diseño de producción: James J. Murakami; Dirección artística: Kevin Ishioka; Producción: Frank Mrshall, Clint Eastwood, Tim Moore y Allyn Stewart, para Malpaso Productions-The Kennedy Marshall Company-RatPac Dune Entertainment-Orange Corp-Flashlight Films-Village Roadshow Pictures-Warner Bros. (EE.UU).

Intérpretes: Tom Hanks (Chesley Sully Sullenberger); Aaron Ekhardt (Jeff Skiles); Laura Linney (Lorrie Sullenberger); Mike O´Malley (Charles Porter); Jamey Sheridan (Ben Edwards); Anna Gunn (Elizabeth Davis); Holt McCallany (Mike Cleary); Chris Bauer (Larry Rooney); Jane Gabbert (Sheila Dail); Ann Cusack (Donna Dent); Molly Hagan (Doreen Welsh); Jeff Kober, Max Adley, Michael Rapaport, Sam Huntington, Christopher Curry, Ashley Austin Morris, Patch Darragh, Brett Rice.

Sinopsis: En 2009, el veterano piloto Chesley Sully Sullenberger hizo aterrizar un avión con 155 pasajeros a bordo sobre el río Hudson, a causa de una avería en los motores.

En su línea de dedicar su filmografía postrera a distintos héroes norteamericanos, Clint Eastwood retrató en Sully una de las más significativas hazañas aeronáuticas recientes, la que logró un veterano piloto comercial estadounidense haciendo aterrizar un Airbus A320, con los motores averiados a causa de un choque con una bandada de aves, sobre las aguas del río Hudson. Todos los pasajeros y tripulantes de la aeronave fueron rescatados con vida. La visión de Eastwood de esta historia obtuvo críticas diversas, lejos de la práctica unanimidad que suscitan sus obras más recordadas. Por lo que a mí respecta, Sully no es un Eastwood mayor… por poco, y sin duda es su película más distinguida desde Gran Torino.

No hay que obviar las dificultades que entraña hacer esta película: en la parte técnica, por tener que rodar de forma convincente un accidente aéreo; en la narrativa, porque se ha de explicar una historia que sucedió en apenas unos minutos, y cuyo final todo el mundo conoce. Eastwood acredita que, a sus años, filmar tiene pocos secretos para él y cumple con nota en las escenas más espectaculares; en lo narrativo, opta por centrarse en lo primordial: la crónica del accidente y de la investigación posterior sobre el mismo. Como espectador, agradezco que la narración vaya al grano y nos ahorre no sólo casi todos los detalles sobre la vida y milagros de los pasajeros de la aeronave, que sería un truco muy fácil para llenar metraje, sino incluso del propio protagonista, del que sólo sabemos que es un veterano piloto de historial inmaculado y un buen padre de familia. Eastwood regresa a uno de los temas clásicos de su filmografía, el del hombre solo enfrentado al sistema, personificado aquí en una burocracia que trata de ensuciar lo que todo el mundo, en un primer momento, consideró una verdadera heroicidad. En esta época dura e irreflexiva que nos ha tocado vivir, tan dada a fabricar héroes con materiales harto discutibles como a destruirlos por cualquier medio legal o ilegal, mantener la integridad es algo muy difícil, y a la vez muy poco valorado. En especial, cuando alguien acomete una acción contraria a los rígidos esquemas de la burocracia (y qué puede ser más opuesto a la cuadrícula que conseguir aterrizar un avión sobre un río sin que nadie fallezca después de tan arriesgada maniobra), y cuando además esa acción resulta exitosa, el heterodoxo debe afrontar que todos sus actos se cuestionen. Chesley Sullenberger soportó una investigación insidiosa, protagonizada por gentes sin alma que, como es natural, sólo obedecen a los fríos números sin tener en cuenta el factor humano, y que son incapaces de encontrar en los demás los valores de los que ellos carecen. Eastwood explica todo esto con maestría, jugando hábilmente con los saltos en el tiempo narrativo y reflejando las dudas que en el propio héroe despiertan los en apariencia indiscutibles resultados de los análisis y simulaciones. Lo que debe ser espectacular (el accidente, el rescate de los pasajeros en las frías aguas del Hudson) lo es; lo que debe ser épico (la vista final de la investigación), también; flojea, por ñoña, la subtrama familiar del piloto, lo que no deja de ser un lastre, pero el guión está bien construido y destaca por su capacidad de síntesis, la fotografía, el montaje y los efectos especiales son de mucho nivel, y a Clint Eastwood no se le ha olvidado hacer buenas películas.

No es que Tom Hanks sea uno de mis actores preferidos, pero en su carrera ha hecho los suficientes méritos como para conseguir que un servidor se haya comido sus prejuicios más de cuatro veces. Y con esta película, Hanks lo ha vuelto a lograr. Su interpretación, sobria y poderosa, es uno de los grandes puntos de apoyo de Sully. El resto del reparto cumple, pero no está a su altura: Aaron Ekhardt ejerce, con su habitual corrección carente de brillantez, de fiel escudero del protagonista, Laura Linney me vuelve a demostrar que es una versión gris de Julianne Moore, y el plantel de secundarios aprueba sin llegar al notable. Se diría que el hecho, en principio perjudicial para los intérpretes, de que Sully sea fundamentalmente una película para un solo actor, casi acaba por beneficiar al resto, pues ni siquiera los que interpretan a los malvados burócratas de la función consiguen destacar en exceso.

De Clint Eastwood pueden decirse muchas cosas, pero es un tipo coherente con sus principios, y un gran cineasta. La prueba de ello es que en Sully hace la mejor película posible, sin ser una de las mejores de entre las que ha dirigido.

EL VUELO

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FLIGHT. 2012. 138´. Color.

Dirección: Robert Zemeckis; Guión: John Gatins, inspirado en hechos reales; Dirección de fotografía: Don Burgess;  Montaje: Jeremiah O´Driscoll; Música: Alan Silvestri; Diseño de producción: Nelson Coates; Dirección artística: David Lazan; Producción: Laurie MacDonald, Walter F. Parkes, Jack Rapke, Steve Starkey y Robert Zemeckis, para Paramount Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Denzel Washington (Látigo Whitaker); Don Cheadle (Hugh Lang); John Goodman (Harling Mays); Kelly Reilly (Nicole); Bruce Greenwood (Charlie Anderson); Tamara Tunie (Margaret); Nadine Velázquez (Katerina Márquez); Brian Geraghty (Ken Evans); Melissa Leo (Ellen Block); Charlie E. Schmidt (Casero); Peter Gerety (Avington Carr); James Badge Dale, Ric Reitz, Ron Caldwell, Janet Metzger, Justin Martin.

Sinopsis: El comandante Whitaker es un experto piloto de aeronaves que, con una audaz maniobra, evita que multitud de pasajeros mueran en un accidente. Whitaker es un héroe, hasta que se descubre que es alcohólico, toma drogas y pilotó el avión intoxicado.

Con El vuelo, Robert Zemeckis se recuperó en buena parte de su discreta trayectoria posterior al éxito de Náufrago. Se trata de un drama sobre la redención, las adicciones y la necesidad social de construir héroes, aunque gran parte de ellos tengan los pies de barro. Con sus defectos, que los tiene, la crítica y el público coincidieron en valorar El vuelo como lo que es: una película notable.

Cuando un piloto comercial realiza un aterrizaje de emergencia y salva docenas de vidas, es normal que la sociedad entera le considere un héroe, un espejo en el que mirarse. Hasta que se descubre que ese modelo para la juventud es un alcohólico que, para recuperarse de los efectos de su última borrachera, cogió los mandos del avión puesto de cocaína hasta las trancas. Este personaje es el comandante Látigo Whitaker, un piloto excepcional que, dadas su vida y costumbres, escogió mal su oficio. Si quieres dedicarte al sexo, el alcohol y las drogas, y que la sociedad te aplauda, debes ser actor, músico de rock o ejecutivo de Bolsa. En otras profesiones, lo de ir colocado no está tan bien visto. Y si se trata de buscar culpables en el caso de un accidente aéreo que provocó la muerte de seis personas, ¿qué hacer cuando el individuo cuya maniobra salvó al resto del pasaje resulta ser un politoxicómano irredento? La respuesta, en la gran mayoría de los casos, es la que se da en la película: intentar encubrirlo.

El vuelo es, en esencia, la crónica de la espiral de decadencia de un adicto que, una vez tras otra, va desperdiciando las diferentes oportunidades que se le brindan para pasar página y convertirse en el héroe que todos querrían que fuese. El guión, al que traiciona un final en exceso moralizante, no retrocede a la hora de mostrar la mecánica y las consecuencias de las adicciones (el autodesprecio, la mentira continua, la paz encontrada sólo con aquello que nos destruye), aunque pasa de puntillas sobre un aspecto interesante: hasta qué punto fueron las drogas responsables del temple y la audacia que demostró Whitaker en un momento límite, en el que sólo los seres excepcionales son capaces de obrar con eficacia.

Por lo que a mí respecta, he de decir que el primer tercio de la película me parece impresionante, tanto por lo acertado de la narración como por la enorme pericia técnica que demuestra Zemeckis para rodar el accidente aéreo, de una forma tan espectacular que hace que, a los espectadores que ya de por sí no disfrutamos subidos en un avión, se nos quiten todavía más las ganas de hacer ricas a las aerolíneas. Cuando Whitaker sale del hospital, en el que coincide con una bella fotógrafa, adicta a la heroína, que le acompaña en su travesía hacia la sobriedad, el film se convierte en un drama más tópico, aunque técnicamente impecable en todos los aspectos, con momentos de inspiración y otros que impregnan la película de un aroma telefílmico que la perjudica en buena manera, pues empequeñece  sus muchas virtudes. Por dar algunas claves, creo que las escenas en las que intervienen la exesposa y el hijo adolescente de Whitaker deberían haberse eliminado del montaje final.

Sin duda, los papeles ambiguos le sientan muy bien a Denzel Washington, actor especializado durante mucho tiempo en personajes modélicos pero que da lo mejor de sí cuando puede sacar a relucir su lado siniestro. El comandante Látigo Whitaker supone uno de los puntos álgidos de una carrera ya de por sí notable. Es un magnífico Washington quien realza la película, sin olvidar el trabajo de actores de nivel como Don Cheadle, aquí en la piel de un abogado sobrado de recursos, y Bruce Greenwood. No obstante, quien lo borda es un John Goodman que, en el papel de un peculiar narcotraficante, roba todas las escenas en las que interviene. Buena labor también de Kelly Reilly, actriz en la que se percibe talento, y también de Melissa Leo. En cuanto a Nadine Velázquez, decir que el sátiro de Whitaker no tiene precisamente mal gusto.

Con menos moralina y la misma energía en los dos últimos tercios de metraje que la que se derrocha en el primero, El vuelo sería una obra maestra. No llega a tanto, pero deja claro que Robert Zemeckis mantiene la capacidad de hacer buenas películas.

LOS PINTAMONAS

Friedrich Nietzsche, con seguridad uno de los hombres que más verdades ha escrito a lo largo de la historia, estuvo especialmente inspirado con una frase que no puede ser más actual:

“HAY ESPÍRITUS QUE ENTURBIAN SUS AGUAS PARA HACERLAS PARECER PROFUNDAS”.

QUE DIOS NOS PERDONE

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QUE DIOS NOS PERDONE. 2016. 122´. Color.

Dirección: Rodrigo Sorogoyen; Guión: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen; Dirección de fotografía: Álex de Pablo;  Montaje: Alberto del Campo y Fernando Franco; Música: Olivier Arson;  Dirección artística: Miguel Ángel Rebollo; Producción: Gerardo Herrero, Mercedes Gamero y Mikel Lejarza, para Atresmedia- Tornasol Films-Hernández y Fernández Producciones Cinematográficas (España).

Intérpretes: Antonio de la Torre (Velarde); Roberto Álamo (Alfaro); Javier Pereira (Andrés); Luis Zahera (Alonso); Raúl Prieto (Bermejo); María de Nati (Elena); María Ballesteros (Rosario); José Luis García-Pérez (Sancho); Mónica López (Amparo); Rocío Muñoz-Cobo, Teresa Lozano, Fran Nortes, Andrés Gertrúdix, Raquel Pérez.

Sinopsis: En el verano de 2011, dos policías de Homicidios siguen el rastro de un asesino que se dedica a matar ancianas en el centro de Madrid.

Con su segundo largometraje en solitario, Que Dios nos perdone, el director madrileño Rodrigo Sorogoyen se situó en la cúspide del panorama cinematográfico nacional, y volvió a dejar claro que el thriller policíaco vive una época dorada en nuestro país. La película gustó a la crítica, consiguió unos buenos resultados en taquilla y ganó un número destacable de premios en festivales de prestigio.

Conozco muy pocas películas españolas que reflejen con mayor verosimilitud el trabajo de las fuerzas de seguridad que la conseguida por Sorogoyen es este film, necesariamente duro, que se sitúa en el caluroso verano madrileño de 2011, coincidiendo con la visita a la ciudad del entonces Papa Benedicto XVI. Sus protagonistas pertenecen a la brigada de Homicidios y, como suele ocurrir en esta clase de obras, tienen personalidades diferentes: uno es violento, pero noble y eficaz en su trabajo; el otro es tímido, a causa de su tartamudez, y metódico hasta el extremo. Ambos encuentran conexiones entre los asesinatos de dos ancianas, ocurridos en el lapso de pocos meses, y deben enfrentarse a la burocracia y a sus propios fantasmas personales mientras tratan de atrapar al asesino. No es que Sorogoyen haya inventado la sopa de ajo, pero su propuesta es creíble, atractiva y poseedora de eso que llaman atmósfera. El perfil de los dos personajes principales es tan complejo y está tan logrado, que el resto de aspectos de la película se benefician en todo momento de ello. Las absurdas rivalidades entre presuntos compañeros, o el hecho de que un jefe, ante la disyuntiva entre hacer algo que pueda hacerle caer de su sillón, y no hacer nada, siempre escoja la segunda opción, están a la orden del día en cualquier oficina administrativa, con el agravante de que ese fracaso cotidiano, cuando existe en la Policía, cuesta vidas. Esto se explica en la película con toda su crudeza, y la dota de una buena dosis de autenticidad. La escena en la que los dos protagonistas intentan acordonar una estación de metro, en la que se oculta el presunto asesino, unida a la siguiente, donde se muestran las consecuencias de esa actuación, constituyen un verdadero tratado del desgaste que supone dedicarse a eso del servicio público en España. En un plano más estrictamente policial, el film, cuyo guión encuentro muy sólido, explica con detalle cómo es el desgaste mental producido al sumergirse cada día en lo más podrido de la sociedad, vivir jornada tras jornada inmerso en aquello que las personas normales prefieren no ver, y las personas con despacho, esas que te joden el día a día para después pronunciar tus honras fúnebres, prefieren hacer ver que no existe.

Narrativa y acabado técnico convergen hacia el mismo punto: el realismo. La cámara es movida con nervio, consiguiendo mostrar el interior de unos personajes que viven sobre el alambre y el entorno en el que éstos se mueven. El epílogo, rodado bajo una lluvia torrencial, posee la violenta belleza que la película requiere. Por otro lado, el espíritu del film queda resumido por la recurrente presencia de la voz de la gran diva del fado, Amália Rodrigues, una de cuyas canciones incluso da título a la película. Que Dios nos perdone tiene elementos del moderno cine negro norteamericano, rasgos inequívocamente españoles y un aura desencantada, de puro fado.

La pareja protagonista no puede estar mejor elegida: Roberto Álamo está que se sale, y por eso es capaz de mostrarnos todas las aristas de un personaje que, en manos menos inspiradas, no sería más que un Torrente sin gracia. Por su parte, Antonio de la Torre sale, una vez más, airoso de una labor muy complicada, pues ha de lidiar con un personaje difícil, por su tartamudez, por su introspección y porque todo ello no puede desembocar en la falta de emoción. Del plantel de secundarios, más cumplidor que brillante, he de decir que el papel más relevante, el interpretado por Javier Pereira, está bien resuelto, que a Luis Zahera y a José Luis García-Pérez me los creo y que, del plantel femenino, me quedo con la labor de Mónica López.

Que Dios nos perdone es un notable ejercicio de cine negro hispánico, obra de un director cuya carrera habrá que seguir muy de cerca.

TODOS DICEN I LOVE YOU

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EVERYONE SAYS I LOVE YOU. 1996. 99´. Color.

Dirección: Woody Allen; Guión: Woody Allen; Dirección de fotografía: Carlo Di Palma;  Montaje: Susan E. Morse; Diseño de producción: Santo Loquasto; Vestuario: Jeffrey Kurland; Música: Miscelánea. Temas de Dick Hyman, Gus Kahn, Cole Porter, etc.; Producción: Robert Greenhut, para Sweetland Films-Magnolia Productions-Miramax (EE.UU.).

Intérpretes: Woody Allen (Joe); Goldie Hawn (Steffi); Alan Alda (Bob); Natasha Lyonne (DJ); Julia Roberts (Von); Edward Norton (Holden); Drew Barrymore (Skylar); Lukas Haas (Scott); Tim Roth (Charles Ferry); Gaby Hoffmann (Lane); Natalie Portman (Laura); Trude Klein, Barbara Hollander, Patrick Cranshaw, Billy Crudup, David Ogden Stiers, Itzhak Perlman, Tony Sirico.

Sinopsis: La vida de una rica familia neoyorquina, explicada por la hija adolescente en clave de comedia musical.

No hace falta ser un exhaustivo conocedor de la filmografía de Woody Allen para saber que la música ocupa un lugar primordial en la obra del director neoyorquino. Sin embargo, no fue hasta 1996, en mitad de su última gran etapa creativa, cuando Allen se decidió a rodar un musical puro. Todos dicen I love you no está considerada como una de sus mejores películas, pero es, en muchos aspectos, un film notable.

Hablamos de una comedia musical en toda regla, en la que se alternan las localizaciones y los estados de ánimo. Aunque retrata el pijerío neoyorquino, varias de las escenas clave de la película tienen lugar en París y Venecia (podría decirse que con esta película empieza de verdad el Allen viajero, que en general ha producido más películas flojas que interesantes), y el tono blanco, casi naïf, de algunas escenas, se alterna con la melancolía propia del director. En general, los números musicales, cuyas canciones interpretan mayoritariamente los mismos actores protagonistas (incluyendo al principal arquitecto de la obra), me parecen lo menos destacado del film, aunque Allen se empeña en que aporten algo a la narración y casi siempre lo consigue. No obstante, la recurrente utilización de I´m thru with love cada vez que alguno de los personajes sufre un desengaño amoroso me parece excesiva. En mi opinión, la coreografía de Makin´whoopie, situada muy acertadamente en un hospital, es la mejor de la película.

Se nota que el Allen narrador pasaba por un buen momento. Entre número y número musical, Todos dicen I love you contiene algunos de los mejores chistes políticos de toda su trayectoria: toda la subtrama relacionada con Scott, el hijo adolescente de la familia protagonista, es magnífica, por no hablar de la escena en la que la pija liberal que es Steffi realiza un discurso solicitando prisiones abiertas y menús europeos para los delincuentes encarcelados frente a un auditorio formado por policías. La escena en la que Steffi, Bob (el personaje que pronuncia muchas de las mejores frases de la película) y Joe discuten sobre la capacidad de éste para emparejarse siempre con las mujeres equivocadas es igualmente brillante. Hay otros aspectos más flojos: para la relación entre Joe y Von, Allen utiliza un recurso que ya empleó con fines dramáticos en Otra mujer, y que aquí sólo ayuda al tono de comedia a ratos; con todo, el principal punto flaco de una película en la que narración se pone en boca de DJ, la enamoradiza hija adolescente de la familia, es el romance entre Holden y Skylar, que sólo tiene interés cuando ella deja al yerno perfecto y se lía con un ex-presidiario de esos que tanto gustan a su madre.

Nostalgia, enciclopédico conocimiento de la música popular norteamericana de los años 30 y 40 y homenajes a Groucho Marx se dan cita en un film en el que destaca la luminosa (incluso en las escenas nocturnas) fotografía de Carlo Di Palma. El Nueva York más opulento, así como los rincones más idílicos para el turista de París y Venecia se nos muestran con todo su encanto, gracias en buena parte al trabajo del operador italiano.

Antes mencioné que son los actores protagonistas quienes interpretan las canciones que se cantan en la película. Aunque Allen insistió a los miembros del reparto en que el objetivo era más cantar con naturalidad que hacerlo bien, a Drew Barrymore, mediocre actriz, hubo que doblarla para ahorrarle al espectador la tortura de sus gorgoritos. Al lado de un desprovechado Edward Norton, Barrymore aún empequeñece más de lo que es usual. Los mejores de la función son Alan Alda y un inspirado Tim Roth. Goldie Hawn hace un buen papel, la joven narradora Natasha Lyonne posee la gracia necesaria y Julia Roberts, actriz cuyo éxito merecería ser explicado en un programa de Iker Jiménez, hace lo que puede, aunque al menos queda mejor que Drew Barrymore. Bien Lukas Haas, al igual que una joven Natalie Portman, a la que se le nota el talento incluso haciendo de pija llorona.

Woody Allen tiene varias películas mejores que Todos dicen I love you, pero sus enormes dotes para la comedia hacen de esta película un plato algo empalagoso, pero rico y de fácil digestión.

ENCUENTRO DE CULTURAS

Un día laborable cualquiera. Ocho de la mañana en la Plaça de les Glòries Catalanes, también conocida como Plaza del Perpetuo Socavón. Un taxista se salta un semáforo y está a punto de llevarse puesto a un hombre de apariencia magrebí que cruzaba la calle en ese momento. El peatón, guiado por el cabreo y el susto, golpea con fuerza el vehículo. Se inicia una discusión entre el taxista, que por su aspecto parece ser oriundo de algún país caribeño, y el viandante. Se recriminan mutuamente el escaso respeto por las señales de tráfico y por los medios de trabajo ajenos. No hay hostias, ni nada. A escasos metros de mis mosqueados conciudadanos, empiezo a aburrirme. El taxista zanja la discusión con un estridente “moro de mierda”. Ya puedo continuar mi camino. Yeah, man, I love this town.

EL BAR

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EL BAR. 2016. 102´. Color.

Dirección: Álex de la Iglesia; Guión: Jorge Guerricaechevarría y Álex de la Iglesia; Dirección de fotografía: Ángel Amorós;  Montaje: Domingo González; Música: Joan Valent y Carlos Riera;  Dirección artística:José Luis Arrizabalaga y Arturo García BiaffraProducción: Kiko Martínez, Mikel Lejarza, Álex de la Iglesia, Carolina Bang y Mercedes Gamero, para El Bar Producciones- Nadie es Perfecto- Pampa Films-Pokeepsie Films (España-Argentina).

Intérpretes: Blanca Suárez (Elena); Mario Casas (Nacho); Carmen Machi (Trini); Secun de la Rosa (Sátur); Jaime Ordóñez (Israel); Terele Pávez (Amparo); Joaquín Climent (Andrés); Alejandro Awada (Sergio); Jordi Aguilar, Diego Braguinsky, Mamen García, Daniel Arribas, Paco Sarro, Mari Giner, Toni Lam, Mariano Andrés.

Sinopsis: En un bar de la periferia madrileña, una mañana normal se convierte en un infierno cuando uno de los clientes habituales es tiroteado nada más salir del establecimiento.

A estas de alturas del cuento, uno ya sabe que, por las causas que sean, tengo mejor opinión acerca del cine de Álex de la Iglesia que el común de los mortales. Incluso en sus películas menos logradas soy capaz de encontrar muchos elementos interesantes. El bar, su última película de autor, tuvo más críticas negativas que laudatorias, pero uno diría que, sin estar a la altura de sus obras mayores (El día de la bestia, La comunidad y Balada triste de trompeta) sí cabe situarla en el escalón inmediatamente inferior a las mencionadas dentro de su filmografía.

Precisamente, uno de los rasgos estilísticos que más aprecio en Álex de la Iglesia es que, cuanto más le critican por sus excesos, más excesivo se vuelve. El bar es tal vez su film más escatológico, más feísta y más brutal. Pero no creo que esta película sea sólo la versión pringosa y maloliente (porque el aire fétido de la película se llega a percibir) de El ángel exterminador que muchos han querido ver. La premisa es clara: el miedo saca lo peor del ser humano. El director bilbaíno sitúa la acción en un bar de parroquianos de los de toda la vida, en el que se junta el paisaje habitual en esos lugares (una maruja ludópata, un indigente iluminado, un vendedor, un ex policía, una dueña con malas pulgas y un camarero simple pero bienintencionado) con dos elementos extraños: una tía buena que cae allí por casualidad, y un hipster macizo de los que escogen esos bares por esnobismo inverso. Una mañana cualquiera… hasta que entra en el lugar un tipo robusto, que va directamente al lavabo y tiene pinta de ir drogado hasta las cejas. Después de él, el caos, el sálvese quien pueda… si puede.

Comedia negra, cuento moral y película de terror, El bar es Álex de la Iglesia en estado puro. Dudo que a nadie más se le ocurra sumergir a dos de los mayores sex-symbols del cine patrio en un ejercicio de supervivencia extrema y cubrirlos (literalmente) de mugre hasta las cejas. Brindo por ello. Hobbes en la periferia, apocalipsis cañí. O qué hijos de puta somos cuando se trata de salvar nuestro culo, si éste se halla en peligro inminente de ser un culo muerto. Desde el principio, marcado una vez más por unos brillantes títulos de crédito, hasta que el grupo de los encerrados se separa, y los presuntamente contagiados son obligados a permanecer en el almacén subterráneo, la película es simplemente perfecta. Después hay altibajos, y como suele ser norma de la casa, la tendencia a la hipérbole deriva en un clímax que se va de las manos aunque, esta vez, no del todo.  El descalzaperros final, que tantas veces en el cine de Álex de la Iglesia ha sucedido en las alturas, tiene lugar en esta ocasión en las alcantarillas de una gran ciudad, un espacio que, da igual de la metrópoli de la que hablemos, es el espejo de su alma.

La estética será todo lo feísta que se quiera, pero está tan cuidada como cabría exigirle a uno de los cineastas españoles mejor dotados para lo visual. No me parece que la música esté a la altura de algunos de los mejores trabajos de Roque Baños para el director vasco, pero tampoco desentona. Y siempre me gusta escuchar a Duke Ellington en una película.

Como dije antes, el reparto lo encabezan dos de los actuales mitos eróticos del cine español, Blanca Suárez y Mario Casas, convertido éste ya en un habitual de la troupe de De la Iglesia. En contra de lo que podríamos pensar los agoreros, ambos ofrecen unas interpretaciones bastante dignas, en sendos roles totalmente antiglamourosos y más complicados de lo que parecen. Otros actores, como Secun de la Rosa y Jaime Ordóñez, de limitados registros el primero y relagado siempre a roles secundarios el segundo, están a la altura, aunque los mejores me parecen Carmen Machi, la gran Terele Pávez y Joaquín Climent.

Álex de la Iglesia definió El bar como una obra de teatro filmada. Pese al reparto coral, las claustrofóbicas localizaciones y la abundancia de diálogos, no me parece una obra muy teatral, sino plenamente cinematográfica. En todo caso, es teatro del bueno.

LAS HORAS

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THE HOURS. 2002. 110´. Color.

Dirección: Stephen Daldry; Guión: David Hare, basado en la novela de Michael Cunningham; Dirección de fotografía: Seamus McGarvey;  Montaje: Peter Boyle; Música: Philip Glass;  Dirección artística: Mark Raggett (Supervisor); Diseño de producción: Maria DjurkovicVestuario: Ann Roth; Producción: Scott Rudin y Robert Fox, para Miramax Films-Paramount Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Nicole Kidman (Virginia Woolf); Julianne Moore (Laura Brown); Meryl Streep (Clarissa Vaughan); Ed Harris (Richard Brown); Stephen Dillane (Leonard Woolf); John C. Reilly (Dan Brown); Toni Collette (Kitty); Jeff Daniels (Louis Waters); Allison Janney (Sally Lester); Claire Danes (Julia Vaughan); Miranda Richardson (Vanessa Bell); Linda Bassett (Nelly); Jack Rovello, Sophie Wyburd, Eileen Atkins.

Sinopsis: Las vidas de tres mujeres de distintas épocas se entrecruzan a través de la figura de la escritora Virginia Woolf y su novela Mrs. Dalloway.

El aclamado debut del prestigioso director teatral Stephen Daldry en el largometraje, Billy Elliott, dio paso a su primera aventura norteamericana, Las horas, un drama femenino que adapta la novela de Michael Cunningham. Se trata de una obra llamada a (uno, que es mal pensado por naturaleza,  diría que diseñada para) obtener grandes premios, pero lo cierto es que, pese a sus muchas virtudes, la película no logró igualar el éxito comercial, ni obtener el consenso crítico de su predecesora.

Las horas es un film de estructura compleja, pues en él se narra la historia de tres mujeres separadas por varias generaciones. La primera es la escritora Virginia Woolf, con cuya nota de suicidio, y ejecución del mismo, se inicia la película; la segunda es una mujer estadounidense, madre de un hijo y a la espera de otro, quebrada por dentro pese a su apariencia de felicidad, y a la que la lectura de una de las novelas más conocidas de Virginia Woolf, Mrs. Dalloway, conmueve hasta límites insospechados; y la tercera es una mujer bisexual en el Nueva York de finales del pasado milenio, que en un día revive la trama de la mencionada novela.

Las horas es una película intachable en casi todas sus vertientes, pero que pocas veces consigue que el espectador sea partícipe del desgarro emocional que sufren sus protagonistas, en parte por una excesiva frialdad en la puesta en escena, pero también por la sucinta exposición de las causas que conducen a ese desgarro. En el caso de Virginia Woolf, es evidente que éste se debe a su desequilibrio mental. Por lo que respecta al personaje de Laura Brown, ni siquiera su lesbianismo reprimido, en una época en la que esta tendencia sexual era tabú (y más si se aparenta ser una feliz madre y ama de casa), explica de manera suficiente su modo de actuar; por último, opino que al personaje de Clarissa Vaughan se le fuerza demasiado  a ser Mrs. Dalloway en una época y lugar muy distintos. La vida nunca es como los buenos libros, ni siquiera como los buenos libros trágicos: es mucho más banal (esa palabra con la que Clarissa se autotortura), insignificante y tragicómica que una novela de Virginia Woolf.

Daldry mueve la cámara con elegancia; el uso del montaje paralelo, clave en una película que narra acontecimientos que suceden en tres épocas distintas, me parece muy acertado, y la música de Philip Glass, pese a que tiende a ocupar demasiado espacio en diversas escenas, es de notable calidad. Bien la estética; en la narrativa, a uno le queda la sensación de que no se acaba de dar con el tono correcto, pasándose de la calma a la lágrima con demasiada facilidad y sin apenas término medio.  En la parte final sí que se logra mostrar la profundidad emocional que se pretende, pero puede ocurrir que muchos espectadores se pierdan antes de llegar allí.

Al frente del estelar reparto encontramos a tres de las actrices más célebres y talentosas de nuestro tiempo. Esta vez, quien se llevó los mayores honores fue una irreconocible Nicole Kidman, excelente en el papel de Virginia Woolf. La que es mi actriz favorita, con diferencia, del trío protagonista, Julianne Moore, ofrece su habitual lección interpretativa, pero lo hace al servicio de un personaje que chirría y con un punto menos de inspiración que en sus mejores logros; por último, con Meryl Streep me ocurre lo mismo de casi siempre: vuelve a darme la sensación de estar interpretando a Meryl Streep. En una película de, y para, mujeres, brilla con luz propia Ed Harris, un pedazo de actor. A Allison Janney se le da muy poca cancha, lo cual es una lástima, y lo mismo sucede con John C. Reilly. Muy bien Stephen Dillane, y a Jeff Daniels no acabo de creérmelo.

Notable película que, aun así, no está a la altura de sus pretensiones, pues éstas no son otras que ser Virginia Woolf, y ser también Chejov. Las horas es uno de esos filmes con los que Hollywood trata de redimirse de la cantidad de basura insustancial que produce cada año. Lo logra en buena medida, pero no estamos ante un drama ejemplar, sino ante un intento bastante conseguido.

LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS (LA LA LAND)

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LA LA LAND. 2016. 126´. Color.

Dirección: Damien Chazelle; Guión: Damien Chazelle; Director de fotografía: Linus Sandgren;  Montaje: Tom Cross; Diseño de producción: David Wasco; Música: Justin Hurwitz; Dirección artística: Austin Gorg; Producción: Fred Berger, Gary Gilbert, Marc Platt y Jordan Horowitz,para Summit Entertainment- Gilbert Films-Black Label Media- TIK Films (EE.UU).

Intérpretes: Ryan Gosling (Sebastian); Emma Stone (Mia); John Legend (Keith); J.K. Simmons (Bill); Sonoya Mizuno (Caitlin); Callie Hernández (Tracy); Jessica Rothe (Alexis); Rosemarie DeWitt (Laura); Claudine Claudio, Finn Wittrock, Damon Gupton, Terry Walters, Josh Pence, Miles Anderson.

Sinopsis: Mia es una joven aspirante a actriz que trabaja de camarera en Hollywood; Sebastian, un pianista de jazz cuya aspiración es abrir un club dedicado a esta música. Ambos se conocen, se enamoran y tratan de hacer realidad sus sueños.

Que Damien Chazelle es un tipo con mucho talento es algo que debería tener claro cualquiera que haya visto Whiplash. Su siguiente largometraje, La La Land, le convirtió en el ganador más joven del Oscar al mejor director, rúbrica a un éxito impresionante. La película, en la que la música ocupa una vez más un lugar primordial, es a la vez comedia romántica que homenajea a los clásicos de Donen o Minnelli, y reflexión, menos optimista de lo que su apariencia pueda indicar, sobre el amor, el compromiso y la fidelidad a uno mismo.

Una de las grandes virtudes de La La Land es también el origen de su mayor defecto: Chazelle, embarcado en el desafío de rodar un musical, y sabedor de que en el mundo no abundan los bailarines que además sepan actuar, optó por una pareja protagonista en la que sobresalen con creces sus dotes interpretativas. Ello beneficia a la película, en especial cuando su tono se hace más dramático, pero hace que los números musicales sean lo más flojo del conjunto. Las escenas de baile, por muy coloristas que sean, y por mucho que vayan acompañadas por las notables canciones de ese individuo tan brillante que es Justin Hurwitz, o no aportan demasiado en un film centrado de manera casi exclusiva en los avatares sentimentales y profesionales de sus dos protagonistas (véase la escena inicial del atasco de tráfico), o resultan demasiado simples para lo que se pretende dadas las justitas dotes para la danza de las estrellas que los interpretan, que en pantalla se muestran más esforzados que diestros en este aspecto. Incluso en la escena que ilustra el póster de la película esta circunstancia se hace patente.

En casi todo lo demás, La La Land es una gran película. Como aficionado al jazz, celebro que uno de los directores de mayor nivel que ha dado el cine estadounidense en los últimos años sea un ferviente seguidor de esta música. Su modo de filmar y de mover la cámara es tan ágil, y a la vez tan sincopado (en las escenas de baile hay un excesivo montaje, pero eso, sin duda, las hace mejores por las circunstancias antes mencionadas), como una buena interpretación jazzística. Con ritmo y precisión, Chazelle viste de colorista musical que rinde homenaje a los grandes clásicos del género, y a la leyenda de Hollywood como fábrica de sueños, lo que en el fondo es una no excesivamente original pero sí inspirada comedia romántica de tono agridulce. La camarera aspirante a actriz y el pianista fiel a sus principios y a su arte se conocen, se caen mal, se reencuentran. se gustan, se enamoran y se aportan mutuamente el combustible que necesitan para hacer realidad sus sueños. Y lo logran, pero de un modo incompleto: Sebastian consigue tocar cada noche su amado jazz en el club que siempre soñó, pero por el camino tuvo que prostituir su arte para alcanzar sus propósitos y perdió a la mujer que amaba. Mia termina por convertirse en una glamourosa estrella, pero dejando atrás sus sueños de dramaturga y el amor verdadero. Chazelle se marca el detalle de mostrarnos lo que podría haber sido, la comedia almibarada que Hollywood siempre vendió y en la que todos querríamos creer, para acabar mostrándonos que, como escribió de manera inmejorable Leonard Cohen, el amor no es una marcha triunfal (ni un musical a la vieja usanza) sino un frío y solitario aleluya.

Ya he dicho que ni a Emma Stone ni a Ryan Gosling les han llevado las musas por el camino de la danza. De hecho, ella destaca más por el canto, y él por su labor al piano, de lo que ambos lo hacen en las coreografías. Dicho esto, Emma Stone es una gran actriz, y lo demuestra con creces, dejando claro que la apuesta de Chazelle por encabezar el reparto con actores de verdad, en lugar de con bailarines, era la correcta. Gosling es algo más que el sueño húmedo de millones de féminas (y sospecho que de buena parte del universo gay masculino), y su actuación logra hacernos ver la pasión artística de Sebastian, y también su poso amargo. El resto del reparto pinta realmente muy poco, salvo en lo que respecta a la intervención del cantante John Legend y al cameo de J. K Simmons, el hombre que lo bordó en Whiplash.

¿Obra maestra? No, pero tampoco le falta tanto para serlo. Más bien, le sobra. En todo caso, la confirmación de un verdadero talento. Ojalá esta película haya servido para que algunos jóvenes se interesen por el jazz. Sólo por eso, merecería mis elogios, pero La La Land posee un nutrido grupo de cualidades puramente cinematográficas que la hacen merecedora de gran parte de los parabienes recibidos.

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