MARIANNE Y LEONARD: PALABRAS DE AMOR

MARIANNE & LEONARD: WORDS OF LOVE. 2019. 97´. Color.

Dirección: Nick Broomfield; Guión: Nick Broomfield y Marc Hoeferlin; Dirección de fotografía: Barney Broomfield; Montaje: Marc Hoeferlin; Música: Nick Laird-Clowes. Canciones de Leonard Cohen;  Producción: Shani Hinton, Kyle Gibbon, Nick Broomfield y Marc Hoeferlin, para Kew Media Group-BBC (Reino Unido).

Intérpretes: Leonard Cohen, Marianne Ihlen, Nick Broomfield, Ron Cornelius, Judy Collins, Aviva Layton, Irving Layton, Helle Goldman, Jan Christian Mollestad, Nancy Bacal, Rick Vick, Don Lowe, John Lissauer, Billy Donovan.

Sinopsis: Crónica de la relación entre Leonard Cohen y Marianne Ihlen, desde que se conocieron, en la isla griega de Hydra, en el año 1960.

A la hora de sumergirse en su penúltimo documental, género al que ha consagrado gran parte de su carrera cinematográfica, el británico Nick Broomfield contó con la importante ventaja de saber de lo que hablaba. Siendo apenas un adolescente, Broomfield viajó hasta la isla de Hydra, lugar de residencia de un puñado de artistas llegados de todas partes que llevaban una existencia bohemia. Entre ellos estaba un semidesconocido poeta canadiense llamado Leonard Cohen, acompañado por la mujer con la que mantuvo una unión sentimental más dilatada, la noruega Marianne Ihlen. De la relación entre ambos trata esta película, que vio la luz después de fallecer sus principales protagonistas y queda como un valioso testimonio de un lugar y una época únicos.

La historia la conocen incluso muchos no iniciados: Cohen viajó hasta Grecia, se prendó de los paisajes y de la forma de vida típica de Hydra, y decidió establecerse allí para continuar escribiendo sus poemas y relatos, además de esbozos de sus primeras canciones. En la isla, Leonard conoció a Marianne Ihlen, joven noruega que había sido abandonada por su esposo, el escritor Axel Jensen, y que residía allí junto a su hijo pequeño. Cohen y Marianne empezaron muy pronto a vivir juntos, y fue durante ese extenso período de convivencia marital cuando el canadiense dio, acuciado por las estrecheces económicas, el paso decisivo en su trayectoria: intentar, inspirado por la popularidad de diversos cantautores, dedicarse profesionalmente a la música. Marianne inspiró muchas de las primeras composiciones de Cohen, entre las que se encuentran algunas de sus piezas más célebres, pero fue la creciente fama de él como cantante lo que les separó de forma definitiva.

Broomfield, que explica que él mismo fue amante esporádico de Marianne Ihlen allá por los años 60, hace un inteligente uso de la abundante documentación que existe del período de vida en común de la pareja en Hydra. Los testimonios de personas que vivieron aquella época de primera mano, así como las grabaciones de audio en las que Marianne y Leonard hablan de su romance, forman un conjunto que va más allá del retrato de la relación entre un artista y su musa para devenir un fresco de una época que no ha de volver. El propio Cohen, individuo dotado de una rara lucidez, habla de lo afortunado que fue al vivir, en los inicios de su vida adulta, una época de amor libre que describe como un extraño y mágico momento en el que los intereses sexuales de hombres y mujeres llegaron a coincidir. Queda claro que no había lugar para la monogamia en este juego, aderezado con la ingesta de distintas drogas: convertido en un artista popular gracias al afianzamiento de su carrera musical, en el cual tuvo bastante que ver una de las participantes en la película, Judy Collins, Leonard Cohen se ganó una merecida fama de mujeriego que fue el detonante para la ruptura de una relación de más de ocho años junto a Marianne. Es al llegar a este momento cuando el film, hasta entonces excelente, se pierde: parece como que a Broomfield se le quedara corto, y se lanza a un epidérmico recorrido por la carrera de Leonard Cohen que no aporta nada nuevo. El emotivo final, con el doble reencuentro entre los dos antiguos amantes, sí pone un distinguido broche a un film técnicamente muy logrado, en el que el director, junto al otro gran artífice de esta obra, Marc Hoeferlin, tira de recursos, emplea los documentos de archivo con gusto y precisión, y huye del cotilleo todo lo posible. Es más, queda claro que de ese amor roto, nacido en unas circunstancias harto especiales (la película tampoco se priva de hablar de los fantasmas que surgieron de los años de psicotrópicos y sexo indiscriminado), quedó un afecto mutuo que duró hasta la hora de la muerte. Sólo por esto, ya sería justo recomendar, no sólo a quienes, como yo, son fans de Leonard Cohen, este notable documental sobre el mayor poeta de la música popular, y sobre la mujer que estuvo a su lado en un período trascendental de su camino, y que fue mucho más que la inspiración para la magistral So long, Marianne.

LAS AVENTURAS DE JEREMIAH JOHNSON

JEREMIAH JOHNSON. 1972. 107´. Color.

Dirección: Sydney Pollack; Guión: John Milius y Edward Anhalt, basado en la novela Mountain men, de Vardis Fisher, y en el relato de Robert Bunker y Raymond W. Thorp Crow killer; Director de fotografía: Duke Callaghan;  Montaje: Thomas Stanford; Música: Tim McIntire y John Rubinstein; Dirección artística: Ted Haworth; Producción: Joe Wizan, para Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Robert Redford  (Jeremiah Johnson); Will Geer (Garra de Oso); Delle Bolton (Cisne); Stefan Gierasch (Del Gue); Joaquín Martínez (Jefe de los indios Cuervos); Josh Albee (Caleb); Allyn Ann McLerie (Mujer loca); Richard Angarola, Paul Benedict, Charles Tyner, Jack Colvin, Matt Clark.

Sinopsis: Harto de la civilización, el desertor Jeremiah Johnson parte hacia las montañas para vivir en libertad. Su destino será el territorio de los indios Cuervos.

Sydney Pollack confirmó, con Las aventuras de Jeremiah Johnson, que mantenía el alto nivel de inspiración mostrado en su quinto largometraje oficial, Danzad, danzad, malditos. Director que, ya en la televisión, había mostrado ser un todoterreno, Pollack se enfrentó a un arduo rodaje, que se prolongó durante un año, para dar forma a una de las mejores películas de su filmografía, que al tiempo cimentó su entente con Robert Redford, sin duda la más provechosa y fructífera de su carrera.

En este drama sobre la experiencia del hombre en la naturaleza salvaje no es difícil encontrar la huella de uno de sus guionistas, John Milius, creador de un puñado de personajes cuyo nexo común es su carácter mesiánico. Jeremiah Johnson es, cronológicamente, el primero de ellos en dejar huella en el público. Apenas se nos dice nada acerca de los motivos que empujan al protagonista a abandonar de manera definitiva la civilización, más allá de que venía de combatir en la guerra que enfrentó, a mediados del siglo XIX, a los Estados Unidos con México. No resulta difícil comprender a quienes deciden mandar a sus semejantes al carajo, pero es innegable que la condición de prófugo del Ejército es un buen argumento para optar por establecerse en lugares escasamente populosos. Sea como fuere, Johnson, presentado por un narrador en la primera escena del film, se lanzó a la vida de los montañeses, tipos duros que se adentraban en territorio indio y vivían de lo que les daba una naturaleza inhóspita para los humanos. La primera parte del film recrea el proceso de adaptación de Johnson a ese entorno hostil, época en la que se cruza con algunos individuos, más avezados que él respecto a la vida en las montañas, de los que aprenderá algunas cosas útiles. También tienen lugar sus primeros encuentros con miembros de las tribus indias que poblaban la zona. El primer contacto del protagonista con la violencia interétnica tiene lugar cuando se topa con una mujer que ha perdido la razón porque los indios Cuervos han asesinado a su familia, a excepción de un niño incapaz de articular palabra. Johnson se responsabiliza de que el muchacho superviviente coja un barco que le lleve a lugares más seguros, pero de su encuentro con otra tribu india, los Cabezas Planas, saldrá con una esposa. Estas tres personas en mitad de la nada vivirán una etapa feliz, interrumpida de cuajo por el asesinato, por parte de los Cuervos, de la mujer y el niño, en represalia por el hecho de que Johnson, ejerciendo como guía de un destacamento militar, había escoltado al convoy a través de un terreno sagrado para los indígenas. Constatado el crimen, Jeremiah Johnson jura venganza.

La película se recrea en mostrar la belleza salvaje de la naturaleza, con un formidable trabajo de iluminación de Duke Callaghan, quien había debutado en ese cometido en el western de Pollack El valle de la venganza. Impresionan esos imponentes paisajes nevados, sí como el efecto que el sol genera sobre esas tierras prácticamente vírgenes. En ese entorno desaparecen las normas del mundo que conocemos, pues lo único de verdad importante es la supervivencia (cuestión esta muy cara a John Milius, por regresar al principio de la reseña). Por ello, las relaciones entre los personajes, ya sean amistosas o violentas, destacan por su pureza en unos parajes en los que el barniz de la sociabilidad no tiene cabida. Pollack, que nunca fue un narrador demasiado ágil, se las ingenia para que ese discurso naturalista y primario, en el que el recurso a los diálogos es limitado por necesidad, o más bien por pura coherencia narrativa, despierte interés y no caiga en lo repetitivo. En este aspecto, su trabajo en la dirección nunca fue mejor, como se demuestra en el uso del gran angular y en la manera en la que se superponen los planos para resumir acciones sucesivas del protagonista como su aclimatación a las montañas o los asesinatos de indios. Los encuentros de Jeremiah Johnson con el resto de personajes son siempre briosos y llenos de interés, destacando la aparición de la madre de Caleb, y la impactante entrada en escena de Del Gue, de quien sólo vemos la cabeza, ya que el resto de su cuerpo está enterrado en la arena. No es baladí mencionar que, en cuanto la civilización aparece por la montaña, en este caso representada por los uniformes del Ejército, es cuando se desencadena la tragedia. El mensaje que desprende la película puede ser naturalista, pero nunca deja de ser misántropo. Se disfruta también la música, en especial esa obertura que sumerge al espectador en el aliento épico que desprende todo el metraje.

Robert Redford ya era una estrella consolidada cuando se estrenó esta película, pero sin duda el personaje de Jeremiah Johnson le ayudó a demostrar que, más allá del sex-symbol, en él había un actor de fuste. Redford saca buen partido de la intrépida parquedad de su personaje, y supera con nota un reto complicado, también en lo físico. El veterano Will Geer hizo aquí uno de sus últimos papeles importantes en el cine, y está muy acertado como experto trampero. La debutante Delle Bolton cumple con creces en la que fue su única aparición en la gran pantalla, mientras que un muy curtido Stefan Gierasch representa uno de los puntos fuertes del film en el apartado interpretativo, capítulo en el que también lucen Ally Ann McLerie y Paul Benedict, este en el papel de religioso intolerante, valga la redundancia.

Gran película, que en muchos aspectos marca el punto más alto en la carrera de Sydney Pollack y que, sin duda, deja un poso duradero en el espectador casi medio siglo después de su estreno.

BLAZE

BLAZE. 2018. 128´. Color.

Dirección: Ethan Hawke; Guión: Sybil Rosen y Ethan Hawke, basado en el libro Living in the woods in a tree: Remembering Blaze Foley, de Sybil Rosen; Dirección de fotografía: Steve Cosens; Montaje: Jason Gourson; Música: Blaze Foley (Canciones); Diseño de producción: Thomas Hayek; Dirección artística: Elissabeth Blofson; Producción: Jake Seal, John Sloss, Ethan Hawke y Ryan Hawke, para Ansgar Media-Cinetic Media-Orwo Studios- Under the Influence Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Ben Dickey (Blaze Foley); Alia Shawkat (Sybil Rosen); Charlie Sexton (Townes Van Zandt); Josh Hamilton (Zee); Alynda Lee Segarra (Marsha); Sam Rockwell, Richard Linklater, Steve Zahn (Empresarios petroleros); Kris Kristofferson (Edwin Fuller); Ethan Hawke (Locutor radiofónico); Sybil Rosen (Sra. Rosen); Jonathan Marc Sherman, Gurf Morlix, Jean Carlot, David Hinson, Martin Bats Bradford.

Sinopsis: Biografía del cantante country Blaze Foley, prestigioso entre los músicos del género y poco conocido a nivel popular.

Más allá de su muy meritoria carrera como actor, Ethan Hawke se ha pasado de manera esporádica al otro lado de las cámaras. Su último estreno como director, Blaze, es la biografía de un artista country que nunca alcanzó el estrellato, pero sí cierta fama en la ciudad natal de Hawke, la texana Austin. Como fundamento narrativo de la película se utilizó el libro de memorias de la viuda del cantante, Sybil Rosen. Concebido como un proyecto personal y para minorías, el film ha pasado bastante desapercibido, como si imitara el destino del biografiado. Eso sí, recibió elogios en Sundance y, a mi juicio, deja ver que Ethan Hawke tiene madera de buen director.

Siempre he creído que las vidas de los músicos se cuentan entre las más interesantes que pueda haber. Hawke abordó este pequeño proyecto rodeado de amigos, según la acertada creencia de que no sólo las andanzas de las estrellas de la música deben tener acceso a la pantalla grande. Blaze Foley fue muchas cosas, pero jamás una estrella. Su periplo vital y artístico, pese a ello, o quizás precisamente por ello, merecía ser contado. Al estructurarse la narración de acuerdo a las memorias de la también coguionista Sybil Rosen, a uno pueden quedarle algunas dudas respecto a si, a la hora de explicar sus recuerdos, la viuda ha dulcificado la realidad, y en concreto su propia figura. Cuestiones de honestidad histórica al margen, Hawke hila un relato sobrio sobre un músico con un temperamento rebelde, acentuado por diversas adicciones, en el que se intenta huir de la estructura usual en este tipo de productos y se intercalan las escenas mediante diversos flashbacks, cuya base son las presentaciones que hizo Foley de sus temas en el que sería su último concierto, celebrado en un tugurio de Austin y en el que el cantante homenajeó a quien fue su modelo artístico, Merle Haggard. En no pocas escenas de Blaze uno cree ver las huellas de los films que sobre músicos rodó Clint Eastwood, en especial de El aventurero de medianoche. No es mal referente, está claro. Esos recuerdos parten de cómo se conocieron Foley y Sybil Rosen: él era un cantante y compositor sin mayores pretensiones, y ella, una chica judía que deseaba abrirse camino como actriz. Ambos se enamoraron, y vivieron durante un tiempo en una cabaña en mitad del bosque que un amigo les cedió de manera gratuita. Rosen, y con ella la película, rememora esos momentos como los más felices de su vida, una Arcadia en la que ese indigesto tópico de la pobreza alegre se hizo realidad durante un tiempo. Más adelante, cuando la pareja consideró que las canciones de Foley debían salir al mundo, y que también Rosen había de buscar sus sueños en el mundo de la interpretación, las cosas cambiaron: el alcoholismo y el carácter indómito del cantante, que conoció de cerca el reverso del negocio musical, contribuyeron en gran medida a erosionar una relación que acabaría por romperse. No hablamos de un hombre al que cambió la fama, porque nunca la tuvo. Fue más bien, y así lo muestra el film, que la vida de músico acentuó los aspectos menos edificantes de la personalidad de un Foley que, eso sí, hizo algunos buenos amigos en el mundo de la música, empezando por Townes Van Zandt, participante destacado en una entrevista radiofónica que sirve como segundo sustento narrativo a la película.

Escribí antes que Hawke parece mirar a Eastwood a la hora de filmar. No posee, eso sí, la espléndida madurez del nonagenario californiano, pero crea un film sensible, sereno y respetuoso con la figura del biografiado. Algunas escenas, como el reencuentro de Blaze con su hermana y su padre, o la que recrea el extracto de un concierto en el que un Foley hasta arriba de whisky exige, en lo que no es más que una súplica cargada de vehemencia, un poco de atención a un auditorio indiferente que ni tan siquiera concede una oportunidad a sus canciones, son de gran calidad. También el período de vida feliz de la pareja protagonista contiene momentos de muy buen cine. Hawke filma con elegancia y buen estilo, aunque es verdad que en el tramo final el relato se hace más repetitivo y el pausado ritmo cae en ocasiones en lo premioso. Merece buena nota la fotografía, en la que destaca el contraste entre la naturaleza, iluminada con un predominio de los tonos ocres, y la humeante oscuridad de los locales nocturnos. Ni que decir tiene que la parte musical está muy cuidada. y puedo decir que Blaze Foley compuso canciones que merecen la pena. A la hora de mostrar eso, no creo que a la película pueda ponérsele ni una objeción.

Ethan Hawke, que se reserva el papel de un locutor radiofónico cuyo rostro no llegamos a ver en pantalla, sabe extraer buen rendimiento de un plantel de intérpretes que alterna a caras poco conocidas con la presencia de algunos viejos amigos. El trabajo de Ben Dickey, mucho más músico que actor, se hace acreedor de una valoración muy alta por la autenticidad que desprende en cada una de las escenas. Esa misma virtud posee Charlie Sexton, otro que rebosa música por cada poro, dando vida a Townes Van Zandt. Filmado casi siempre en distancias cortas, Sexton tiene presencia, qué duda cabe. La otra gran protagonista, Alia Shawkat, luce bastante más que en Green room, porque dispone de un papel con peso y está a las órdenes de un director que la cuida y sabe bien de qué va eso de actuar. La labor de Josh Hamilton queda un tanto en segundo plano en relación a los mencionados. Como aspectos relevantes a señalar, decir que Sybil Rosen aparece en la película interpretando a su propia madre, que la breve aparición de Kris Kristofferson es de mucho nivel, que hay que escuchar a Alynda Segarra, y que los tres empresarios del petróleo que prometen convertir a Blaze Foley en una estrella están interpretados por tres personas muy cercanas al director: Richard Linklater, Steve Zahn y el siempre notable Sam Rockwell.

Buen tono general y algunas escenas espléndidas: eso es lo que contiene
Blaze, que quizá no sea del todo redonda, pero sí muy interesante, en especial para quienes compartan con un servidor el nobilísimo y sanador hábito de la melomanía.

GREEN ROOM

GREEN ROOM. 2015. 95´. Color.

Dirección: Jeremy Saulnier; Guión: Jeremy Saulnier; Director de fotografía: Sean Porter; Montaje: Julia Bloch; Música: Brooke Blair y Will Blair; Diseño de producción: Ryan Warren Smith; Dirección artística: Benjamin Hayden; Producción: Victor Moyers, Neil Kopp y Anish Savjani, para Film Science-Broad Green Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Anton Yelchin (Pat); Imogen Poots (Amber); Patrick Stewart (Darcy); Joe Cole (Reece); Alia Shawkat (Sam); Callum Turner (Tiger); Macon Blair (Gabe); Mark Webber (Daniel); Eric Edelstein (Big Justin); David W. Thompson, Brent Werzner, Kai Lennox, LJ Klink, Samuel Summer, Mason Knight, Kyle Love, Jake Love.

Sinopsis: Un grupo de hardcore consigue una actuación en un garito frecuentado por skinheads de ideología neonazi. Todo se complica cuando el cantante de la banda es testigo de un asesinato en los camerinos.

Después de Blue ruin, el film que le aupó a un lugar destacado en la escena independiente estadounidense, Jeremy Saulnier regresó a las pantallas con Green room, claustrofóbico drama que pone pie y medio en el género de terror y en el que, pese a que la crítica en general quedó satisfecha con un film que también gustó a buena parte de las audiencias de esta clase de cine, el aumento de posibilidades (es decir, de presupuesto) no se vio correspondido con un incremento de la calidad del producto. Más bien, sucedió lo contrario.

El quid de la cuestión radica en que Saulnier permanece anclado en los defectos de su film anterior, y en cambio no llega a igualar algunas de sus mejores cualidades. Permanecen el sentido del ritmo, el tratamiento descarnado de la violencia, el humor negro y la habilidad en la creación de atmósferas, pero lo cierto es que el guión da de sí bastante menos de lo que debiera. Los diálogos son, en su mayoría, planos, y tienen poca sustancia, mientras que la construcción de personajes no permite que estos tengan la profundidad necesaria. Por otra parte, el entramado narrativo se sostiene sobre una base muy endeble, porque la abundancia de testigos no es fundamento suficiente para justificar que la banda de neonazis permita que sus molestos invitados permanezcan con vida durante más tiempo del que se tarda en raparse uno el pelo. Ahondando en el asunto, estaremos de acuerdo en que entre los skinheads en general, y entre los de ideología fascista en particular, no abundan los doctores en neurobiología, pero los de Green room se pasan de estúpidos (si todos fueran así, no les habría quedado nadie para asaltar el Capitolio), lo que da lugar a una sucesión de situaciones inverosímiles que hacen que al espectador le resulte difícil aceptar sin más lo que está viendo. Lástima, porque entre lo poco creíble hay algunos buenos golpes, de los cuales el mejor consiste en ver cómo ese grupo musical, que aparece en el peor momento en el lugar menos adecuado, inicia su actuación, que por si no ha quedado claro tiene lugar ante un auditorio con especial devoción por las esvásticas. con una versión de un tema de los Dead Kennedys cuyo título, traducido al idioma más hablado por estas tierras, viene a decir algo así como Punks nazis, que os den por el culo. Es bueno que aún quede gente con una idea clara sobre cómo hacer amigos aunque, por desgracia, las bondades del libreto no van mucho más allá.

Una pena, porque la película está bastante bien hecha en lo que se refiere a escenografía, imagen y edición. Jeremy Saulnier, como director, está unos escalones por encima de sus habilidades como guionista, si hemos de juzgarle por lo que de él hemos visto hasta ahora. Siguiendo la ya larga tradición cinematográfica consistente en mostrar a unos jóvenes metidos en una pesadilla en la que escapar ilesos raya lo utópico, el director les hace moverse en un lugar infecto, casi viscoso de puro turbio, colocado en mitad de una zona boscosa. Saulnier acentúa la sensación de caos gracias a la tenebrosa iluminación, obra de Sean Porter, y crea una atmósfera insana que engancha, aunque va perdiendo fuelle a medida que aparecen las incoherencias narrativas. Green room es un film que va de más a menos, pero en el que el vigor narrativo y el acertado montaje actúan cómo sólida infantería en la misión de no aburrir. La banda sonora se nutre de canciones interpretadas por bandas tan cargadas de romanticismo como Poison Idea, Napalm Death, Obituary o Slayer, cuyo War ensemble siempre me ha parecido la canción que sonará cuando decidamos romper con todo de una puta vez. La música original no pasa de correcta, todo sea dicho.

Las actuaciones no invitan a un excesivo entusiasmo, lastradas por las carencias que la película demuestra a la hora de trazar el perfil de los personajes. El malogrado Anton Yelchin hace una actuación esforzada, pero da vida a un tipo bastante plano, que además lleva demasiado bien para ser verdad un sangriento incidente que sufre al principio del desmadre. Imogen Poots, actriz de buen nivel, se enfrenta a un personaje que es veraz reflejo de las inconsistencias de la película, y hace lo que puede, mientras que Patrick Stewart aporta presencia y carisma, que ya es bastante más de lo que su rol le aporta a él. Joe Cole y Macon Blair están entre lo más distinguido de un elenco que tampoco pasará a la historia.

Green room representa un paso atrás, quizá no muy acusado, en la trayectoria como director de Jeremy Saulnier, quien quizá debería encarrilar su carrera hacia la realización de guiones ajenos.

EL MUNDO ES NUESTRO

EL MUNDO ES NUESTRO. 2012. 82´. Color.

Dirección: Alfonso Sánchez; Guión: Alfonso Sánchez; Dirección de fotografía: Daniel Mauri; Montaje: Carlos Crespo; Música: Maravilla Gipsy Band; Diseño de producción: Mar García; Dirección artística: Mar García; Producción: Álvaro Alonso y Alfonso Sánchez, para Jaleo Films-Mundo Ficción Producciones (España).

Intérpretes: Alfonso Sánchez (El Cabeza); Alberto López (El Culebra); Pepe Rodríguez (Fermín); Alfonso Valenzuela (Ricardo); Antonio Dechent (Delegado del gobierno); Joserra Leza (Don Manuel); Antonia Gómez (Macarena); Maite Sandoval (Inspectora Jiménez); Sergio Domínguez (Subinspector Velasco); María Cabrera (Sabina); Olga Martínez (Natalia); Francisco Torres (Paco); Estrella Corrientes (Marta); Pepa Díaz Meco (Pepa); Miguel Ángel Sutilo (Serafín); Kai Zhou Wang (Chino); Pepe Quero (Comisario Narváez); Mari Paz Sayago, Elías Pelayo, José Manuel Poga, Pedro Cabañas, Javi Mora, Joselito.

Sinopsis: Dos rateros sevillanos planean atracar un banco para largarse a Brasil con el dinero, como hizo El Dioni.

El dúo que forman Alfonso Sánchez y Alberto López representa uno de los escasos, al menos en lo que a España se refiere, ejemplos de éxito en Youtube que se repite en la pantalla grande. Ambos, que ya atesoraban experiencia en la interpretación, levantaron un proyecto que fue posible gracias a una ingeniosa campaña de micromecenazgo y al trabajo desinteresado de muchos de los participantes en una película. Bajo la batuta de Sánchez, que ya se había encargado de la realización de los varios cortometrajes protagonizados por la pareja, se recuperó a los personajes de uno de esos cortos, Esto ya no es lo que era, para sumergirlos en una estrambótica comedia criminal que fue muy ovacionada en el festival de Málaga y permanece como una de las joyas de la década en un género que, en nuestro país, ha ofrecido últimamente escasos productos memorables al margen de los dirigidos por algunos cineastas ya muy célebres.

Hay que empezar diciendo, a modo de aviso para despistados, que El mundo es nuestro es una sevillanada del tamaño de la Giralda, por lo que quienes conocemos el percal de la mayor ciudad de Andalucía tenemos ventaja en cuanto a asimilar la comicidad de la propuesta, basada en parte en el peculiar gracejo de los personajes. Los grandes trazos de la película son muy españoles, y fáciles de entender desde el Cabo de Gata hasta Finisterre, que diría el gran Pepe Da Rosa, pero el film está lleno de pequeños (y no tan pequeños, porque el final está elaborado en torno a uno de ellos) detalles intrínsecamente hispalenses. Ese humor local se enlaza con los efectos de la crisis económica provocada por el estallido de la burbuja inmobiliaria para formar un fresco, surrealista pero no irreal, de un país cuya única solución sería que unos alienígenas inteligentes lo hicieran de nuevo. Mientras llega ese ansiado momento, tenemos al Cabeza y al Culebra, dos rateros con una marcada tendencia a divagar, que han decidido olvidarse de los pequeños golpes y asaltar una sucursal bancaria para ganar dinero de verdad y fugarse con él a Brasil, tal como hiciera El Dioni allá por los años 80. Pese a que ese par de ladrones son más bien torpes, la cosa podría pasar por un atraco normal y corriente hasta que se persona en la sucursal un empresario arruinado, que reclama la presencia de la televisión y amenaza con hacer saltar por los aires el edificio, incluyendo a los ladrones y rehenes que allí se encuentran, gracias a los explosivos que lleva adheridos a su cuerpo. Ante el giro en la situación, la policía toma cartas en el asunto y todo se descontrola, tanto dentro como fuera del banco, con un barrio popular de una Sevilla en plena Semana Santa como marco geográfico.

Es sabido que los creadores de El mundo es nuestro se inspiraron en un suceso real, ocurrido en 2008, cuando dos atracadores asaltaron una sucursal bancaria vestidos de nazarenos. A partir de esta premisa, se crea una trama que demuestra, una vez más, la profunda huella que El ángel exterminador sigue teniendo en el cine español. Un puñado de personajes encerrados en un único espacio del que no pueden salir y en el que, a medida que aumenta la tensión, cada cual va mostrando su verdadera personalidad: unos ladrones bastante ineptos pero que aún conservan un gramo de dignidad, un señorito sevillano que maneja fondos de origen oscuro en connivencia con el director del banco, un hombre desesperado, una pareja que está a punto de firmar su sentencia de muerte, es decir, una hipoteca para comprarse un piso en Sevilla Este, una empleada frustrada a más no poder, un don nadie con problemas de liquidez que quiere sellar el paro vestido con el mono de trabajo, una funcionaria aburrida, valga la redundancia, una periodista muy devota de su profesión, un empleado homosexual con problemas de ansiedad, una limpiadora con mucho salero y hasta un chino más listo de lo que aparenta se encuentran en unas circunstancias de todo menos sencillas. Pero no están aislados del exterior porque ahora, gracias a internet, los móviles y la televisión, el caos de dentro y el de fuera se retroalimentan, mientras la policía trata de mantener el orden y, por lo que respecta a los agentes aborígenes, de convencer a los foráneos de que es más fácil que Joaquín se haga palangana que alterar el itinerario de una procesión de Semana Santa.

Al guión de la película le pongo muy pocos peros, porque tiene mucha gracia, explota bien las delirantes situaciones que se van creando (monumental la escena de los serranitos, sin ir más lejos) y aprovecha de maravilla el juego que brindan los personajes a través de unos diálogos que revelan un profundo conocimiento de lo que pasa en la calle. La denuncia social y política mezcla la demagogia con los disparos a la diana, y es innegable que la película tiene mucho ritmo, tanto, que el abuso de la cámara en mano y el apelotonamiento de situaciones y personajes hacen que a veces el conjunto resulte atropellado. La música de la Maravilla Gypsy Band aporta un toque de desmadre a la obra, haciendo que se sitúe por momentos en la frontera de las escenas más anárquicas de los films de Emir Kusturica, Y, entre el caos, un caudal de simpatía que hace que los defectos sean vistos de soslayo por quienes aún conservan una cierta alegría de espíritu, pese a todo.

Alfonso Sánchez y Alberto López son dos tipos muy divertidos que, además, han sido capaces de crear unos personajes de lo más auténticos y cuyos resortes manejan con maestría. En lo que de ellos depende, la película está salpicada de gracia sevillana. El resto del elenco, en el que destaca Antonio Dechent como siniestro delegado del Gobierno, pone su granito de arena para que el tinglado se vea auténtico y sus personajes, calcados a los que cualquiera puede encontrarse si recorre los barrios populares. Muy bien Alfonso Valenzuela como la encarnación de lo más insufrible de la sevillanía, lo mismo María Cabrera como limpiadora con guasa, y también Pepe Quero como atribulado comisario. A otros, como Olga Martínez o Francisco Torres, se les ve más verdes. pero sin desentonar. Ah, y hasta aparece Joselito, como recién salido de la canción de Kiko Veneno.

En ocasiones, el voluntarismo mueve montañas, o al menos genera comedias con mucha gracia. A El mundo es nuestro le han faltado dos espectadores, que sin duda se hubiesen divertido mucho viéndola, pero a Sánchez, López y los demás…que les quiten lo bailao.

THE FAREWELL

THE FAREWELL. 2019. 98´. Color.

Dirección: Lulu Wang; Guión: Lulu Wang; Dirección de fotografía: Anna Franquesa Solano; Montaje: Matt Friedman y Michael Taylor; Música: Alex Weston; Diseño de producción: Yong Ok Lee; Dirección artística: W. Haley Ho; Producción: Jane Zheng, Anita Gou, Andrea Miano, Peter Saraf, Lulu Wang, Chris Weitz, Marc Turtletaub y Daniele Tate Melia, para Big Beach Films-Depth of Field- Kindred Spirit-Seesaw Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Shuzhen Zhao (Nai Nai); Awkwafina (Billi); Tzi Ma (Haiyan); Diana Lin (Lu Jian); Jiang Yongbo (Tío Haibin); Chen Han (Hao Hao); Li Xiang (Tía Ling); Liu Hongli (Tía Gao); Aoi Mizuhara (Aiko); Lin Hong, X Mayo, Yang Xuejian, Zhang Shimin, Zhang Jing, Liu Zhuying, Xiao Shouchang, Zhao Yonghua, Jiang Zuohai.

Sinopsis: Una joven de origen chino, que vive en Nueva York, regresa a su ciudad natal para reencontrarse con su abuela, a la que se le ha diagnosticado un cáncer terminal que su familia decide ocultarle.

Aunque ya había dirigido un largometraje, así como algunos cortos, la carrera detrás de las cámaras de Lulu Wang se encontraba en un punto cercano al anonimato hasta que llegó The farewell, drama familiar de inequívoco perfil autobiográfico que triunfó en Sundance y obtuvo galardones en festivales como Atlanta o Valladolid, consecuencia de una calurosa recepción crítica que quien esto escribe considera exagerada.

Es evidente que Lulu Wang ha volcado una parte importante de sí misma en este proyecto tan personal. Vista la película, no es menos obvio que la dimensión de semejante empeño era excesiva, no diré que para su talento como directora, porque para calibrarlo de manera adecuada no basta con una sola obra, pero sí para su actual dominio del medio cinematográfico, entendido este como la capacidad para narrar historias mediante imágenes. Ahí, Wang se queda corta, porque recurre a demasiados trucos de ilusionista del montón para lograr una profundidad que el film, dada su temática, debería poseer por sí mismo pero que, por el contrario, raras veces consigue. La película es fría, en el mal sentido: ya que la cosa va de territorios íntimos, diré que The farewell tiene un importante problema cuando no consigue generar empatía en alguien que ha vivido una situación en muchos aspectos similar a la descrita en el film, y para quien revivirla genera cualquier cosa menos indiferencia. Creo que la capacidad comunicativa de Lulu Wang, como guionista y, sobre todo, como directora, es hoy en día bastante mejorable. Para ilustrar el discurso, diré que Wang utiliza la música como muleta emocional en multitud de escenas, prueba de que fallan otros recursos estrictamente cinematográficos para lograr los mismo efectos, unos efectos que, repito, The farewell debería poseer de serie.

El ingenioso rótulo que da entrada a la película (basada en una mentira real), genera unas expectativas que luego no se cumplen. Más allá de que uno piense que ocultarle a un enfermo terminal no ya la gravedad de su dolencia, sino la dolencia misma, es un ejercicio de egoísmo de parte de quienes así actúan, en lugar de un acto de amor hacia la persona enferma, lo cierto es que el guión apunta en varias direcciones interesantes, sin llegar a dar en la diana en ninguna. La manera de tratar el desarraigo de los hijos de emigrantes se queda coja en su desarrollo, porque, y esto lo dice alguien que sabe bien lo que es vivir en un lugar del que no forma parte, para alcanzar cierta hondura sería necesario que el retrato de la vida de Billi en los Estados Unidos no se quedara en un tímido esbozo, pues el espectador apenas sabe que la joven no tiene pareja, va escasa de recursos económicos y acaban de denegarle una beca de estudios. El exilio interior es una cosa mucho más compleja, que el guión se limita a rascar en superficie. Otro tanto sucede a la hora de reflejar las diferentes formas de entender la vida, o de asumir su pérdida, en Oriente y Occidente: dado que el film transcurre casi por entero en China, el contraste entre ambos mundos lo hemos de encontrar en unos diálogos que, en general, dan un juego limitado. Enlazando con lo expuesto anteriormente, en la película hay muy poco Estados Unidos como para que el espectador llegue a comprender la, por otra parte muy comprensible, querencia de la joven protagonista hacia su país de origen, que es también la búsqueda del paraíso perdido de la infancia. En la larga escena de la boda encontramos ciertas similitudes con las dos películas más conocidas rodadas por Ang Lee antes de salir a conquistar el mundo, pero las comparaciones no resultan demasiado favorecedoras para el trabajo de Lulu Wang, sobrio, sí, pero de envoltorio técnico simplemente correcto y con una marcada tendencia a quedarse a medias en lo narrativo, donde creo que la directora gasta demasiadas energías en ofrecer un perfil completo del personaje que es su alter ego, en detrimento de unos roles secundarios cuya presencia en pantalla no se corresponde casi nunca con su peso en la historia. Dicho esto, el epílogo, tratándose de un film cuyo tema de fondo es una enfermedad terminal, no se queda muy lejos de descalificar por sí mismo toda una obra cuya música es bastante buena, con el inconveniente de que la directora la emplea de forma abusiva.

En The farewell, lo mejor son las interpretaciones de sus dos principales protagonistas. la veterana debutante Shuzhen Zhao, que sorprende de forma muy agradable con su retrato de una mujer ajena a su propio drama, que emplea todas sus energías en organizar la boda de su nieto, y la joven Awkwafina, que consigue que su personaje tenga mucha más vida de la que desprenden las palabras que recita con su acertada expresividad. Creo que esta actriz tiene mucho futuro en el cine, y si gracias al séptimo arte deja de rapear, tocará celebrarlo. Respecto a los secundarios, el trabajo de Tzi Ma es bastante bueno, el de Diana Lin cabe situarlo en un escalón inferior, y la labor de Jiang Yongbo y, en especial, Chen Han, flojean. No sucede lo mismo con el desempeño de Li Xiang y Liu Hongli, otra anciana debutante que desprende autenticidad.

The farewell, según mi criterio, decepciona. Para tratarse de un film en el que su autora ha puesto el alma, alma tampoco hay demasiada. Y, en un sentido cinematográfico estricto, la película revela a una cineasta con mucho que aprender todavía.

UN PEZ LLAMADO WANDA

A FISH CALLED WANDA. 1988. 108´. Color.

Dirección: Charles Crichton; Guión: John Cleese, basado en un argumento de Charles Crichton y John Cleese; Dirección de fotografía: Alan Hume; Montaje: John Jympson; Música: John Du Prez; Diseño de producción: Roger Murray-Leach; Dirección artística: John Wood; Producción: Michael Shamberg, para Michael Shamberg Productions-Prominent Pictures-Metro Goldwyn Mayer (Reino Unido-EE.UU.).

Intérpretes: John Cleese (Archibald Leach); Jamie Lee Curtis (Wanda Gershwitz); Kevin Kline (Otto); Michael Palin (Ken Pile); Maria Aitken (Wendy); Tom Georgeson (Georges Thomason); Patricia Hayes (Sra. Coady); Geoffrey Palmer, Cynthia Cleese, Ken Campbell, Neville Phillips, Kate Lansbury, Stephen Fry.

Sinopsis: El exitoso atraco a una joyería londinense deviene problemático cuando el jefe del grupo de ladrones que lo perpetró es detenido.

Charles Crichton, cineasta responsable de algunas de las más destacadas comedias británicas de los años 50, puso fin a más de dos décadas de trabajo exclusivo para la pequeña pantalla poniéndose al frente de un proyecto cuyo artífice era el antiguo componente de Monty Python John Cleese, quien según parece llegó a dirigir algunas escenas de la película. Un pez llamado Wanda tuvo, después de un estreno discreto, un éxito tan grande como inesperado al otro lado del Atlántico, que acabó situando al film en la órbita de los grandes premios. Dejando al margen la cuestión de los laureles, estamos ante una de las mejores comedias de las últimas décadas.

Resulta obvio que Un pez llamado Wanda bebe de las grandes comedias de la Ealing, en especial de la que seguramente es la obra maestra de Charles Crichton, Oro en barras. La idea era recuperar el espíritu de esas películas, mezclándolo con las screwball comedies del Hollywood dorado y dándole un toque de surrealismo y modernidad al conjunto. Empresa difícil, de la que el tándem Cleese-Crichton salió del todo airoso gracias a un guión hilarante que, a los elementos mencionados, une la inspiración de los momentos más divertidos de los Monty Python. Jugando con los estereotipos del cine negro (no hay que olvidar que la cosa va de atracos), y extrayendo un tremendo jugo de los prejuicios mutuos entre británicos y estadounidenses, las mentes creativas que hay detrás de esta película enlazan un sinfín de situaciones jocosas (nunca una pecera será lo mismo, ni a uno le entrarán tantas ganas de aprender nuevos idiomas) que envuelven a cuatro personajes espléndidos: un abogado inglés que toma el nombre real del que es seguramente el gran homenajeado a lo largo del metraje, que no es otro que Cary Grant, una femme fatale ambiciosa y calculadora, un yanqui rayano en la psicopatía que se dedica a leer a Nietzsche en su tiempo libre, y un tartamudo defensor de los animales que ama en especial a los peces. Los tres últimos participan en el robo a una famosa joyería de la capital británica que es todo un modelo de ejecución. Los problemas vienen cuando, a causa de un chivatazo, el líder de la banda da con sus huesos en la cárcel, llevándose tras las rejas el secreto del paradero del botín. Con uno de sus amantes en presidio, y el otro (a quien ha hecho pasar ante los demás por su hermano) entorpeciendo la búsqueda de las joyas a fuerza de acumular estupideces, la mujer decide que la vía más rápida para encontrar el tesoro es seducir al reprimido inglés que lleva la defensa del reo, mientras el cuarto miembro del grupo trata de eliminar a una testigo clave en el juicio que debe afrontar su jefe.

Cuando en un film se dan cita tantas situaciones divertidas bien hilvanadas, poco importa que visualmente la película sea del montón. El goce, que es mucho, está en unos diálogos descacharrantes y absurdos, y sobre todo en la interacción entre un puñado de personajes que difícilmente podrían estar construidos con más gracia. Es verdad que cuando Un pez llamado Wanda juega a ser sofisticada cae algunas veces en el tópico, y que sus mejores bazas se encuentran sin duda en el desmadre, pero es que esas bazas rozan por momentos la genialidad: en el retrato de ese animalista para quien el asesinato de ancianas no supone ningún problema moral, pero que en sus intentos criminales se convierte en un involuntario y eficacísimo asesino de perros, Cleese no sólo se adelantó a su tiempo, sino que clavó a toda una subespecie particularmente digna de ser satirizada. La cosa no queda ahí, porque el personaje de ese asesino sin luces, por mucha filosofía que lea, define a otro tipo humano, muy común en el cine estadounidense (y en la vida real de por allí, me temo), también muy merecedor del escarnio. No se queda atrás esa hembra sexy, que utiliza para su propio beneficio la pasión que despierta en los hombres, pero a la que los idiomas extranjeros hacen perder los estribos. Mediante el personaje del abogado, Cleese se burla de su propio país, lo que es siempre muy sano. Cuando estos personajes se juntan en pantalla, sólo queda pedir que los aspectos técnicos no estropeen el conjunto, y no lo hacen. Es más, la banda sonora es muy agradable, contando además con la maravillosa guitarra de John Williams, y también se sabe extraer partido de la metrópoli londinense como marco geográfico.

Para que el mecanismo funcione es necesario contar con actores de primera categoría, y en este terreno la película tampoco falla. Sabido es que John Cleese y Michael Palin son dos tipos divertidísimos, pero es que ninguno ha estado mejor desde que los Monty Python se separaron. Era fundamental que la parte yanqui no desentonara, y está lejos de hacerlo. Kevin Kline, que ganó un merecido Óscar por este papel, borda su interpretación de lerdo desquiciado que está muy lejos de ser quien pretende, mientras que Jamie Lee Curtis, una actriz que se dio a conocer en el cine de terror y a quien le costó encontrar buenos papeles fuera de él, muestra grandes dotes para la comedia. Tres son los secundarios a los que hay que destacar: Maria Aitken, excelente como estirada esposa inglesa de clase alta; Tom Georgeson, notable como encarcelado líder de la banda, y Patricia Hayes, gran cómica que ya había trabajado para Crichton casi tres décadas antes, y que aquí da vida a un personaje que remite a la memorable anciana de otra maravilla de la Ealing, El quinteto de la muerte.

Se han rodado muy pocas comedias tan divertidas como Un pez llamado Wanda en los últimos treinta años, por lo que siempre es un buen momento para ver esta joya. Dicho queda.

BOHEMIAN RHAPSODY

BOHEMIAN RHAPSODY. 2018. 134´. Color.

Dirección: Bryan Singer; Guión: Anthony McCarten, basado en un argumento de Peter Morgan y Anthony McCarten; Dirección de fotografía: Newton Thomas Sigel; Montaje: John Ottman; Música: Queen; Diseño de producción: Aaron Haye; Dirección artística: David Hindle (Supervisión); Producción: Jim Beach y Peter Oberth, para New Regency-GK Films-20th Century Fox. (Reino Unido-EE.UU.).

Intérpretes: Rami Malek (Freddie Mercury); Lucy Boynton (Mary Austin); Gwylim Lee (Brian May); Ben Hardy (Roger Taylor); Joseph Mazzello (John Deacon); Aidan Gillen (John Reid); Allen Leech (Paul Prenter); Tom Hollander (Jim Beach); Mike Myers (Ray Foster); Aaron McCusker (Jim Hutton); Meneka Das, Ace Bhatti, Priya Blackburn, Dermot Murphy, Dickie Beau, Tim Plester, Jack Roth, Max Bennett, Michelle Duncan.

Sinopsis: Crónica de la trayectoria musical de Queen, desde su formación hasta su épico miniconcierto en el Live Aid de 1985.

Bryan Singer, cineasta talentoso cuya carrera lleva años sin estar a la altura de su espectacular arranque, fue el escogido para hacerse cargo de la biografía fílmica oficial de uno de los grupos de rock más populares de la historia: Queen. Avanzado el proyecto, diferencias entre el director y los productores de la película, así como los turbios comportamientos de Singer, provocaron su despido. El rodaje fue terminado por Dexter Fletcher, realizador quizá menos dotado, pero más eficiente que su predecesor. Ajena a estos avatares, Bohemian rhapsody se convirtió en un fenómeno instantáneo que, más allá de lo cinematográfico, devolvió a la banda británica a la cima de la popularidad y, de rebote, hizo que multitud de jóvenes repararan en el legado artístico de Queen y volvieran sus miradas hacia el rock & roll, género que en las últimas décadas ha ido perdiendo buena parte de su ascendencia sobre la juventud occidental.

Queda claro que Bohemian rhapsody es cualquier cosa menos una película de director. Nada iba a verse en ella que no tuviese el visto bueno de Brian May y Roger Taylor, los dos miembros de Queen que, con acciones a veces muy cuestionables, han mantenido vivo el legado del grupo a través de los años. May y Taylor figuran como productores ejecutivos de la película, pero es evidente que su control sobre el producto fue casi absoluto. Los objetivos estaban claros: devolver el nombre de Queen, y por extensión el de su fallecido vocalista Freddie Mercury, a lo más alto, con un film que fuese del agrado de los antiguos fans de la banda y que, a su vez, produjese una nueva generación de fanáticos, en especial en los Estados Unidos, territorio perdido para el grupo desde mediados de los 80. El cóctel de nostalgia y deseos de agradar al gran público ofrece en pantalla unos resultados espectaculares aunque, para la hinchada más acérrima, salte a la vista que
Bohemian rhapsody es una versión superficial y edulcorada de lo que fue la trayectoria de Queen en sus años de auge y máximo esplendor. Lo primero es casi obligado, porque un estudio profundo de la carrera del grupo daría para una serie de muchos capítulos, más que para un largometraje de poco más de dos horas. Quienes deseen la verdad deberían ver, si es que no lo han hecho ya, los documentales Queen: Days of our lives y Freddie Mercury: Lover of life, singer of songs. Bohemian rhapsody es otra cosa: un magnético espectáculo rockero, entretenido y plenamente disfrutable, que altera o camufla la verdad cuando lo necesita porque de lo que se trata, para May y Taylor, es de reivindicarse (tanto ellos mismos como todo lo que Queen significa) y de hacer que esos miles de pies que golpean el suelo al ritmo de We will rock you sean también los del público que llene las salas. Objetivo no cumplido, sino cumplidísimo. Cosa distinta es que para ello fuese necesario faltar a la verdad en un aspecto tan decisivo como el momento en el que Freddie Mercury y el resto de la banda fueron conocedores de la enfermedad contraída por el cantante.

Tres apuntes personales: soy fan de Queen desde la preadolescencia y lo seré hasta que me muera; si me dieran una máquina del tiempo y con ella pudiera trasladarme a tres distintos lugares de la historia, uno de ellos sería el césped del estadio de Wembley el 13 de julio de 1985; en mi interior, Queen se acabó en ese mismo templo futbolístico, en cuanto se apagaron las luces del homenaje a Freddie Mercury celebrado allí en 1992. Valga todo esto para documentar mi absoluta falta de objetividad respecto a Bohemian rhapsody, porque los amores pueden ser muchas cosas, pero nunca son objetivos mientras no mueren. Sé que en muchos aspectos no es la película que debería ser, que quienes afirman que es un film demasiado correcto para una banda tan incorrecta no andan muy desencaminados y que en la puesta en escena y los distintos apartados técnicos hay más piloto automático que pasión, pero también sé que la película me ha emocionado, que el final en el Live Aid es impagable, que esos fotogramas me han devuelto a épocas mucho menos sombrías y han significado un nada despreciable chute de energía para este misántropo cuarentón. Quisiera vivir en un mundo en el que todas las películas que no son lo que deberían ser fuesen como Bohemian rhapsody. Entiendo el afán por salvaguardar la memoria de un artista que ya fue muy maltratado en vida, y también las ganas de ajustar cuentas de May y Taylor, vayan éstas contra gurús discográficos, prensa sensacionalista, críticos musicales, o ex -amantes despechados de nefasta influencia. Las entiendo porque ninguna de esas personas hizo jamás feliz a nadie, al contrario que Queen. En cuanto a la MTV, el daño que sus capitostes le hicieron al grupo es poca cosa en comparación con el que infligieron, y siguen infligiendo, a la música en general.

Luego está Rami Malek. Por suerte, nadie fue tan estúpido como para contratar a un vocalista de karaoke para imitar a quien quizá sea el mejor cantante de rock de la historia. La apuesta fue confiar en que un intérprete talentoso fuese capaz de ser a la vez el Freddie persona y el Mercury frontman, y en ambos aspectos la labor de mimetización de Malek es tan sobresaliente que el resto del elenco queda totalmente eclipsado por su trabajo. Sería injusto, no obstante, omitir que Lucy Boynton y Gwylim Lee son dos actores notables, lo mismo que Aidan Gillen, o que Allen Leech no les va muy a la zaga, pese a que su personaje, que no es otro que el villano de la función, esté definido con trazo muy grueso. De los actores principales, creo que Ben Hardy es quien muestra un nivel más flojo.

Poco más que añadir a lo ya dicho, salvo un último apunte: Dios salve también a esta Reina.

COBAIN: MONTAGE OF HECK

COBAIN: MONTAGE OF HECK. 2015. 136´. Color.

Dirección: Brett Morgen; Guión: Brett Morgen; Dirección de fotografía: Eric Edwards, James Whitaker y Nicole Hirsch Whitaker; Montaje: Joe Beshenkovsky y Brett Morgen; Música: Kurt Cobain, Nirvana; Producción: Danielle Renfrew Behrens y Brett Morgen, para HBO Documentary Films-Public Road Productions-Primary Wave Entertainment-Polder Animation (EE.UU.).

Intérpretes: Kurt Cobain, Krist Novoselic, Courtney Love, Wendy O´Connor, Kim Cobain, Don Cobain, Tracey Marander, Jenny Cobain.

Sinopsis: Biografía de Kurt Cobain, líder de Nirvana, realizada a partir de sus escritos, canciones, dibujos y vídeos caseros.

Autor de varios documentales de enjundia relativos a distintas figuras del cine y de la música, Brett Morgen pasó de los Rolling Stones, protagonistas de su film Crossfire hurricane, a quien puede calificarse como el último icono de masas del rock, Kurt Cobain, abanderado del movimiento grunge que se quitó la vida en 1994, a los 27 años. La obra de Morgen fue alabada por su íntimo acercamiento al malogrado artista, y consolidó el prestigio de uno de los cineastas importantes de la no-ficción actual.

Con acceso a infinidad de material inédito perteneciente a quien fue cantante, guitarrista y compositor principal de Nirvana, Morgen optó por una biografía personal que posee las ventajas, y también los inconvenientes, de los primeros planos: ofrece una visión muy cercana de Cobain, pero esa misma proximidad le resta perspectiva a la película, que explica mucho mejor quién fue Kurt Cobain que aquello que él y su banda significaron en el panorama musical de principios de los 90. No me parece mal, desde luego, que Morgen ofrezca una visión de biógrafo más que el punto de vista del fan, pero un mayor empeño en la contextualización hubiese generado, junto con los valioso documentos que se incluyen en el film, unos resultados sobresalientes. Un puñado de personas que fueron importantes en la vida de Cobain (la mayoría para mal, todo hay que decirlo) prestan su privilegiado conocimiento de quien fue un outsider de manual que, en cuestión de meses, pasó a ser una celebridad planetaria y un símbolo para quienes buscaban caminos alternativos en la vida y en el rock. Nacido y criado en Aberdeen, una pequeña ciudad cercana a Seattle que, en los años de crecimiento de Cobain, vivió la decadencia de una de sus principales fuentes de riqueza, la industria maderera, el pequeño Kurt vivió de forma traumática el divorcio de sus padres y pasó a ser un adolescente marginal, en permanente conflicto con unos familiares que le rechazaban y cuya única válvula de escape, dado que tampoco gozaba de mucho predicamento entre los chicos de su edad, era su lado creativo: Kurt escribía y dibujaba con pasión, pero fue en la música donde halló el canal idóneo para volcar su rabia juvenil bajo la forma de un punk-rock influido por bandas como los Pixies, Sonic Youth o los primeros REM. Formó, junto a uno de sus pocos amigos, el bajista Krist Novoselic, el grupo Nirvana, que acaudilló un popular movimiento musical que fue extendiéndose desde Seattle y sus alrededores hacia el resto de los Estados Unidos y, en un tiempo récord, hizo girar por completo el statu quo del rock. Para una personalidad tan inestable como la de Cobain, que ya había jugado con la idea del suicidio durante su adolescencia, esa repentina y apoteósica fama era un caramelo lleno de veneno, y todos sabemos cómo terminó la historia.

Morgen ofrece una obra que, pese a su extenso metraje, es muy amena y explota a conciencia el material que le facilitó, en su mayor parte, la familia de Cobain, y en particular su viuda, Courtney Love. Por ello, Montage of heck es uno de los documentales musicales más íntimos que uno haya visto, sensación alimentada por la gran cantidad de vídeos caseros protagonizados por el líder de Nirvana que aparecen en el film, y que abarcan desde su primera infancia hasta las semanas anteriores a un suicidio que, no por esperado, resultó menos traumático para los numerosos seguidores de un grupo que, durante un breve período de tiempo, fue el más relevante sobre la faz de la Tierra. Me parece una excelente idea la de abordar las siempre molestas escenas recreadas a través de la animación, y el modo de alternarlas con los testimonios de las personas más próximas a Cobain (entre quienes uno echa de menos a Dave Grohl, sin duda a causa de sus pésimas relaciones con Courtney Love) y con las mencionadas películas caseras revelan un concienzudo y eficaz trabajo en la sala de montaje. Eso sí, y aunque servidor nunca ha sido, pese a reconocer que Cobain logró unos resultados artísticos meritorios para sus escasos conocimientos, muy devoto de Nirvana, algo más de música en la película tampoco hubiese estado mal. Dicho esto, la inclusión de numerosas grabaciones de audio, textos y dibujos de Cobain enriquecen mucho una historia en la que se ha de reconocer la valentía de Courtney Love al permitir la difusión de imágenes tan íntimas. Es cierto que algunas de ellas parecen estar ahí para contribuir a mejorar la horrenda imagen que buena parte de la opinión pública, y por supuesto la inmensa mayoría de fanáticos de Nirvana, tiene de quien sigue siendo considerada la Yoko Ono del grunge, pero su valor documental es innegable. Se puede discutir la decisión de obviar cualquier referencia al último mes de vida de Kurt Cobain, y añadir que quien quiera información sobre lo que ocurrió en Seattle entre finales de los 80 y mediados de los 90 haría bien en buscar en otra parte, pero a pesar de todo ello, Cobain: Montage of heck es un film de mucha calidad.

FYRE FRAUD: FRAUDE FEST

FYRE FRAUD. 2019. 96´. Color.

Dirección: Julia Willoughby Nason y Jenner Furst; Guión: Lana Barkin, Jed Lipinski, Julia Willoughby Nason y Jenner Furst; Dirección de fotografía: Evan Jake Cohen, Jay Silver, Ty Stone y Luca Del Puppo; Montaje: Matthew Prinzing, Devin Concannon y M. Brennan; Música: Khari Mateen y Danielle Furst; Producción: Lana Barkin, para Hulu (EE.UU.).

Intérpretes: Billy McFarland, Delroy Jackson, Oren Aks, Ja Rule, Jia Tolentino, Ben Meiselas, Calvin West, Seth Crossno, Maria Konnikova, Polly Mosendz, Anastasia Eremenko, Alyssa Lynch, Vickie Segar, Austin Mills, Jesse Eisinger, Matthew Burton Spector.

Sinopsis: Crónica de lo sucedido con el Fyre Festival, publicitado como el evento musical más exclusivo del mundo y tras el que se escondió una gigantesca estafa.

El tremebundo fiasco que fue el Fyre Festival nos lleva hasta una historia tan tentadora que, por el momento, ha dado origen a dos documentales, producidos respectivamente por las plataformas Netflix y Hulu. El segundo de estos films es el que me dispongo a reseñar, y está realizado por Jenner Furst, un cineasta que ya acumulaba diversas obras de interés, en especial en el campo de la no-ficción, y Julia Willoughby Nason, joven talento todoterreno cuya asociación creativa con Furst se remonta ya a varios años. Ambos construyeron una obra que, al margen de servir como reportaje de investigación acerca de lo ocurrido en torno al que hoy es considerado el peor festival de música de la historia, funciona también como certera radiografía de algunos aspectos particularmente repugnantes de la sociedad contemporánea.

Para quienes no conozcan la historia, el Fyre Festival fue un evento que, hace unos cuatro años, se anunció como una especie de versión paradisíaca de Coachella, el festival de referencia para pijos amantes del postureo. El evento iba a celebrarse en las islas Bahamas y, además de contar con la actuación de un buen número de artistas tan desconocidos para los melómanos como admirados por los millenials, ofrecería a los asistentes la posibilidad de codearse con todo tipo de famosos e influencers, estancias en lujosas villas, gastronomía gourmet y otras experiencias recreativas sólo al alcance de aquellos a quienes les sale el dinero por las orejas. Como el final de la historia es del dominio público, lo avanzo: el cerebro creador del festival, el hoy casi treintañero Billy McFarland, cumple una condena de seis años por estafa electrónica y otros delitos relacionados. ¿Qué ocurrió? La película lo explica con detalle, y la participación del propio McFarland. No obstante, la pregunta correcta, que al tiempo es la que sustenta toda la narración, es la siguiente: ¿Cómo pudo ocurrir? La respuesta nos la brindan Julia Willoughby Nason y Jenner Furst por medio de las palabras de una de las personas que ofrecen su testimonio en la película: el Fyre Festival es la mezcla de las mayores estafas acaecidas en los Estados Unidos durante las últimas décadas, y reúne elementos característicos de todas ellas.

Es obvio que el fenómeno de Silicon Valley le ha cambiado la cara al mundo entero en el presente siglo, empezando por sus patrones económícos. Nombres como Bill Gates, Steve Jobs, Mark Zuckerberg o Elon Musk, arquitectos de ideas milmillonarias, se han convertido en el modelo a seguir, y muchas personas han intentado, en algunos casos con enorme éxito, seguir sus pasos. Después está Billy McFarland, alucinante mezcla de poder embaucador, ciega autoconfianza y nula aptitud para los negocios legales. Sus declaraciones ante las cámaras revelan a un ser patético, por la enorme distancia entre la magnitud de sus sueños y la de su inteligencia, pero que es capaz de prosperar y lograr sus fines en una sociedad vergonzantemente predispuesta a dejarse seducir por vendedores de humo del más variado pelaje. Billy se dio a conocer después de crear Magnises, un producto financiero que pretendía emular a la célebre tarjeta negra de American Express (la favorita del pijerío joven del Tío Sam), sin ser realmente una tarjeta de crédito pero prometiendo, eso sí, beneficios exclusivos a sus poseedores. En esencia, una estafa piramidal, que logró ganar credibilidad después de atraer como inversor al pionero del fracking Aubrey K. McClendon, fallecido en 2016 por un accidente automovilístico ocurrido inmediatamente después de ser acusado de violar las leyes anti-trust. Magnesis jamás llegó a alzar el vuelo de manera significativa, pero proporcionó a McFarland el modus operandi para acometer con éxito su mayor reto, que no era otro que el Fyre Festival. Ahí, Billy dio los pasos correctos: reclutó al rapero Ja Rule para que ejerciese como maestro de ceremonias del evento y le pusiera en contacto con la flor y nata del famoseo, y contrató a fuckjerry, una poderosa cuenta de Instagram, para que promocionara el evento en redes sociales de forma masiva. Con ello se construyó la burbuja perfecta del siglo XXI. Lástima que McFarland no tuviera ni puta idea de cómo organizar un festival de música, y de que aun así pretendiera hacerlo en unos pocos meses, y en un lugar que carecía de las más básicas infraestructuras. Ajeno a las voces que, tímidamente, le alertaban al respecto de su descabellado proyecto, Billy se empeñó en una huida hacia adelante que… en fin, ya sabemos cómo acabó.

Julia Willoughby Nason y Jenner Furst facturan un relato muy bien construido, aunque quizá demasiado enfático en el discurso, utilizando un tono que alterna entre la estupefacción y el sarcasmo, que por otra parte son los sentimientos más recurrentes que puedan tener los espectadores al ver su película. La intención satírica se hace evidente con la inclusión de algunos documentos visuales de archivo para ilustrar los comentarios de los intervinientes, y sobre todo con la sucesión de imágenes del fiasco tomadas por los propios asistentes al festival, que inundaron las redes durante días para relatar su nefasta experiencia, y de las reacciones, casi todas despiadadas, que generó el desastre en informativos y late shows de máxima audiencia. Confieso que me divirtieron mucho las imágenes del tangado e incrédulo pijerío perdido en mitad de la nada más absoluta, y en especial el comentario de uno de los testimonios que, al desencadenarse una furiosa tormenta en las Bahamas la madrugada anterior al teórico inicio del festival, confiesa haber pensado que esa tempestad era obra de Dios. Eso sí, frente a McFarland, un ser que se toma a sí mismo en serio hasta lo indecente, se acaba el cachondeíto, y se le acorrala porque, dialécticamente y en espacios cortos (sus primeros planos muestran más desprecio hacia el retratado que otra cosa), el muchacho no tiene media hostia. Interviene también la novia de Billy, imagino que para confirmar que el amor, además de ciego, suele ser débil mental, y los testigos describen al protagonista como lo que es, un ser con delirios de grandeza que utiliza sin pudor a los demás para conseguir lo que quiere. Un excelente trabajo en la sala de edición termina de darle forma a un film de lo más recomendable, por ameno, interesante y agudo, que a partir de un episodio muy concreto elabora un fresco social que funciona como fotografía de la decadencia de una civilización. Desconozco a día de hoy la calidad del documental de Netflix, pero Fyre fraud tiene mucha.

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