MOTHER

MADEO. 2009. 125´Color.

Dirección: Bong Joon Ho; Guión: Park Eun-Kyo y Bong Joon Ho; Director de fotografía: Hong Kyung-Pyo;  Montaje: Moon Sae-Kyong; Música: Lee Byung-Woo; Diseño de producción: Ryu Seong-Hie; Vestuario: Choi Se-Yeon; Producción: Park Tae-Joon, Seo Woo-Sik y Moon Yang-Kwon, para CJ Entertainment-Barunson E & A (Corea del Sur).

Intérpretes: Kim Hye-Ja (Madre); Won Bin (Do-Joon); Goo Jin (Jin Tae); Yoon Jae-Moon (Yeon-Ju); Jeon Mi-Seon (Mi-Sun); Song Sae-Beauk (Detective); Chun Woo-Gee (Mi-Na); Yum Ou-Hyung (Abogado); Moon Hee-Ra (Ah-Jeong): Kim Gin-Goo, Lee Mi-Do, Jung Young-Ki, Ko Kyu-Phill.

Sinopsis: La madre de un joven con una deficiencia mental lucha con denuedo para demostrar la inocencia de su hijo, acusado de asesinato.

Una década antes de que se convirtiera en el director de moda a escala mundial, la cinefilia ya era consciente de que el de Bong Joon Ho era un nombre a subrayar en las libretas de quienes continúan reivindicando el cine de calidad. Si una película ha contribuido a la consagración internacional del hoy oscarizado cineasta, ésta es, sin duda, Mother, que fue alabada en multitud de festivales alrededor del mundo y tuvo una carrera internacional muy destacable, siendo pocos los que no apreciaron las virtudes de este drama criminal que aborda cuestiones sociales controvertidas sin hacer gala de la empalagosa moralina pijoprogre que no deja de extender su nefasta influencia en el arte de nuestro tiempo.

Hay películas que basan su éxito en lo lineal, en un viaje con el que los creadores del film pretenden transportar a los espectadores hacia algún lugar concreto, muy alejado de aquel desde donde se inició la travesía; otras, en cambio, funcionan como círculo. Mother pertenece, con absoluta seguridad, al segundo grupo. Incluso para quienes se enfrenten a su visionado con una absoluta ignorancia respecto a la obra de Bong Joon Ho, bastan unos pocos fotogramas para comprobar que estamos frente a un realizador de buenas maneras técnicas y dotado de una inteligencia difícil de hallar en tiempos mediocres. De hecho, esa primera escena, en la que una mujer madura, sola en el campo, ejecuta una extraña coreografía, puede dar la sensación de capricho, o incluso de no venir a cuento… de no ser porque, sin palabras, nos está explicando las dos horas de metraje que veremos a continuación. A eso se le llama talento.

Lo que vemos es, en esencia, el drama de una madre soltera instalada en la cincuentena cuando su único hijo, un joven con discapacidad mental, es acusado del asesinato de una joven a la que siguió después de salir, medio borracho, de un bar de su localidad. Antes de llegar a este punto, el director juega al engaño, porque en la primera descripción de los personajes de madre e hijo y, sobre todo, en la narración del incidente que éste protagoniza, junto a su amigo Jin Tae, enfrentándose a los clientes de un club de golf, no faltan los toques de comedia. Después de eso, el director aún hace gala a cuentagotas de un sentido del humor pelín bizarro, pero las maneras del drama que se desencadena siguen los cánones clásicos: un acusado al que el sistema, por impericia o por pereza, condena de antemano, y una madre que mueve cielo y tierra para defender la inocencia de su hijo, un ser corto de entendederas, pero noble. Con semejante argumento, la distancia entre Mother y el sinfín de telefilmes de sobremesa que se mueven bajo premisas narrativas similares podría ser corta pero, como dije antes, aquí hay talento. La película, más gris que tenebrosa en lo cromático (como la vida misma), va enseñando poco a poco sus cartas y sólo hace trampas en un aspecto, aunque fundamental: salta a la vista que la policía surcoreana y su manera de resolver los homicidios no son del agrado del director, que en este punto sigue las huellas de Alfred Hitchcock, pero a veces uno muere por lo que mata y es precisamente el esclarecimiento del crimen la parte más endeble del film a nivel narrativo, o más bien la única que deja cabos sueltos. El perdón llega cuando comprobamos que la cosa va de cerrar un círculo perfecto, a la par que subversivo; como ocurre a veces, el fin justifica los medios. A esas alturas, ya sabemos que la hiperprotección de la madre para con su hijo roza lo malsano, que éste es un ser disperso y bobalicón (de ahí que Jin Tae, un individuo mucho más despierto y resuelto, y también la primera persona de quien la madre sospecha como verdadera autora del crimen, crea en la inocencia de su extraño amigo), que la fallecida no era ni de lejos una colegiala angelical y que al sistema le importa más tener un culpable que encontrar al auténtico, así que el culmen de la trama criminal no debería sorprendernos. Cierto, Bong Joon Ho hace una trampa, personificada en la figura del chatarrero, pero esa trampa es la que le sirve para llevar de la mano al espectador hacia ese sombrío lugar que anunciaba desde el principio.

Técnicamente, hay momentos magistrales, como toda la escena en la que la madre allana el domicilio de Jin Tae en busca de pruebas que incriminen al joven en el asesinato, o la forma en que se nos muestra el cadáver de la muchacha. Abundan los primeros planos, en especial de esa madre obcecada en sacar a su hijo de la prisión, y la cámara se mueve con mucho estilo intentando evitar los lugares comunes; a modo de ejemplo, hay que señalar que en la película se producen dos asesinatos, que en ningún momento vemos a la segunda de esas víctimas mientras se produce el crimen, y que a la primera sólo la vemos lo imprescindible. Una vez más, la carta de la contención es la ganadora. La fotografía, de Hong Kyung-Pyo, es brillante, y la música, del para mí desconocido compositor Lee Byung-Woo, sigue una buena línea general en la que lo más sobresaliente es, con todo, el trabajo de montaje.

En el plano actoral, hay que hablar de Kim Hye-Ya, una intérprete que se ha prodigado poquísimo en las pantallas y que ofrece un trabajo de una calidad mayúscula durante todo el film, que descansa por entero sobre sus hombros, con momentos sublimes, como el cambio en su rostro cuando conoce lo que de verdad ocurrió en la escena del crimen, o su aspecto abrumado cuando su hijo recuerda un traumático suceso de su infancia. Una de las grandes interpretaciones femeninas de los últimos tiempos, sin exagerar. Won Bin hace una interpretación correcta de uno de esos papeles que tanto gustan a los actores y que tantos premios suelen reportarles, pero es el joven Goo Jin quien termina siendo el intérprete que mejor réplica da a la protagonista. El resto del reparto está bastante bien, lo que significa, entre otras cosas, que Bong Joon Ho es también un notable director de actores.

Escribí que Mother es sombría y subversiva. También es una gran película, que nos habla de los desastres que puede ocasionar una cualidad tan generalmente alabada como la tenacidad, según quién y para qué ésta se utilice. En este, Bong Joon Ho tiene la osadía de apartarse de las corrientes de pensamiento imperantes, y la maestría de hacerlo con un envoltorio cinematográfico casi inmaculado.

EL DRAGÓN ROJO

RED DRAGON. 2002. 124´. Color.

Dirección: Brett Ratner; Guión: Ted Tally, basado en la novela de Thomas Harris; Dirección de fotografía: Dante Spinotti; Montaje: Mark Helfrich; Música: Danny Elfman; Diseño de producción: Kristi Zea; Dirección artística: Hosam Ibrahim y Steve Saklad; Producción: Dino De Laurentiis y Martha De Laurentiis, para Dino De Laurentiis Company- Universal Pictures-Metro Goldwyn Mayer (EE.UU.)

Intérpretes: Anthony Hopkins (Hannibal Lecter); Edward Norton (Will Graham); Ralph Fiennes (Francis Dolarhyde); Harvey Keitel (Jack Crawford); Emily Watson (Reba); Mary-Louise Graham (Molly Graham); Philip Seymour Hoffman (Freddy Lounds); Anthony Heald (Dr. Chilton); Frank Whaley (Ralph Mandy); Ken Leung, Frankie Faison, Tyler Patrick Jones, Lalo Schifrin, John Rubinstein, Mary Anne McGarry, Bill Duke, William Lucking, Gianni Russo.

Sinopsis: Will Graham, un ex-agente del FBI que consiguió la detención de Hannibal Lecter, es requerido por sus antiguos jefes para que colabore en la captura de un asesino que ha matado a dos familias.

Después del estreno de Hannibal, película de resultados artísticos más bien decepcionantes, el productor Dino De Laurentiis decidió doblar la apuesta y sacar adelante una adaptación cinematográfica del que, cronológicamente, es el primer libro de la trilogía que el novelista Thomas Harris dedicó a un personaje que se ha convertido en un icono popular: Hannibal Lecter, el refinado y culto psicópata antropófago. El dragón rojo no supuso el primer paso por el cine de la novela de idéntico nombre, que ya había sido llevada a la gran pantalla por Michael Mann, a mediados de los 80, en la notable Hunter. La critica consideró que la nueva entrega de la saga Lecter resistía bien las comparaciones con el film de Mann, así como con el dirigido por Ridley Scott, pero que en todo caso era inferior a El silencio de los corderos, la película cuyo éxito explica la existencia de la saga. Comparto este parecer, aunque opino que El dragón rojo es bastante superior a Hannibal.

Para llevar a cabo la adaptación, el veterano productor contrató a Brett Ratner, un director de esos que gustan a la industria: pulcro, rápido, impersonal y fácil de manejar. Su currículum se circunscribía hasta la fecha a la realización de un sinfín de videoclips para una serie de cantantes con más tirón que talento, y a haber dirigido las dos primeras entregas de una saga que ha cambiado la historia del cine: Hora punta. Semejante trayectoria invitaba al cinéfilo a caer en una profunda depresión tras el visionado de la película, pero lo cierto es que el trabajo de Ratner, sin ser distinguido, tampoco es desdeñable, y no peor que el desarrollado por Ridley Scott en la entrega precedente. El regreso de Ted Tally, el guionista de El silencio de los corderos, es una buena noticia, porque con él reaparecen algunos de los detalles que encumbraron a la mencionada película y la competencia para trasladar al espectador el truculento universo de Thomas Harris está más que demostrada. El film se inicia de un modo vibrante, con el encuentro entre el agente del FBI Will Graham y el doctor Hannbal Lecter, un encuentro que finaliza con derramamiento de sangre… y con la detención del salvaje de maneras aristocráticas más famoso que (no) existe. Años después, Graham, que vive retirado y se dedica a reparar barcos en Florida, recibe la visita de Jack Crawford, su antiguo jefe, y es invitado a colaborar en la investigación iniciada para detener a un peligroso asesino en serie que ha terminado con la vida de dos familias enteras. Como es de suponer, el avance en las pesquisas llevará al reencuentro entre Graham y Lecter.

El film posee atmósfera, un buen manejo de la intriga, una solvencia técnica que no admite dudas y un crescendo narrativo muy bien llevado, pero es preciso señalar que estamos ante una de esas películas destrozadas por su final. Si El dragón rojo concluyera con el incendio en la casa de Francis Dolarhyde (evocador apellido, no cabe duda) estaríamos hablando, según mi parecer, de una película notable, en la que los tópicos no molestan, las escenas compartidas por Graham y Lecter poseen un enorme magnetismo y las andanzas del psicópata (cuya identidad nos es desvelada muy pronto), que dan pie a una subtrama romántica con reminiscencias a Frankenstein y a una negra andanada contra la prensa sensacionalista, consiguen llamar la atención del público. Ocurre, sin embargo, que se introduce un giro final tan forzado como innecesario que, más que redondear, lastra. En una película en la que el horror se insinúa más que se muestra, quien acaba siendo asesinada es la coherencia narrativa. Y es una lástima, porque hasta entonces, repito, la cosa iba bastante bien.

Otro aspecto negativo a mencionar es que se desaprovecha bastante a Danny Elfman, un compositor talentoso aquí limitado a faenas de aliño. Ratner juega muchas veces la carta del efectismo visual, pero demostrando oficio y sin llegar al abuso barato, y el trabajo de Dante Spinotti, perfecto en la captación de un universo que es esencialmente tenebroso, es una de las grandes bazas de una película que, en lo visual, jamás flojea.

Que Anthony Hopkins se encuentra muy cómodo en la piel de Hannibal Lecter es algo que el espectador puede percibir en cada una de sus apariciones en escena. Con actores de su calibre, y personajes tan cinematográficamente interesantes, las cosas son más fáciles para un director, máxime si quien debe dar la réplica a la estrella es un actor de primera fila como Edward Norton, aquí en un papel más físico y menos matizado de los que acostumbra a interpretar, pero al mismo nivel sobresaliente de siempre. Ralph Fiennes, que es un gran actor, alterna momentos de notable brillantez con otros en los que da la sensación de no acabar de hallar el tono de su personaje, y acaba cayendo en el tópico. Bien Harvey Keitel, que sustituye a Scott Glenn en el rol de Jack Crawford, y soberbia Emma Watson como mujer doblemente ciega, por su propia falta de visión y por la obnubilación mental que le causa el amor. Philip Seymour Hoffman, otro maestro de la interpretación, da vida a un periodista de la peor calaña, y lo hace muy bien, aunque deja traslucir que para él se trata de un proyecto meramente alimenticio, y Mary-Louise Parker está simplemente correcta como esposa de Graham. A modo de curiosidad, mencionar la fugaz aparición de Lalo Schifrin como director de orquesta.

Podríamos estar hablando de un excelente thriller de no ser por su desmedido afán de rizar el rizo, pero lo cierto es que El dragón rojo es una muestra de que, cuando hay talento, no todas las secuelas han de ser un bodrio.

LOVING VINCENT

LOVING VINCENT. 2017. 93´. B/N-Color.

Dirección: Dorota Kubiela y Hugh Welchmann; Guión: Dorota Kubiela, Hugh Welchmann y Jacek Dehnel; Dirección de fotografía: Tristan Oliver y Lukasz Zal; Montaje: Dorota Kubiela y Justyna Wierszynska; Música: Clint Mansell; Diseño de producción: Matthew Button, Piotr Dominiak, Maria Duffek y Andrzej Rafal Waltenberger; Dirección artística: Luke Gledsdale; Producción: Ivan Mactaggart, Hugh Welchmann y Sean Bobbitt, para Odra Films-Breakthru Productions-Trademark Films-Centrum Technologii Audiowizualnych-RBF Productions-Sevenex Capital Partners (Polonia-Reino Unido).

Intérpretes: Douglas Booth (Voz de Armand Roulin); Chris O´Dowd (Voz de Joseph Roulin); John Sessions (Voz de Pere Tanguy); Eleanor Tomlinson (Voz de Adeline Ravoux); Jerome Flynn (Voz del doctor Gachet); Saoirse Ronan (Voz de Marguerite Gachet); Robert Gulaczyk (Voz de Vincent Van Gogh); Aidan Turner (Voz del barquero); Helen McCrory (Voz de Louise Chevalier); Josh Burdett, Holly Earl, Robin Hodges, Martin Herdman, Bill Thomas, Cezary Lukascewicz.

Sinopsis: El hijo de un cartero que fue amigo de Vincent Van Gogh recibe el encargo de entregarle a su hermano Theo la última carta que el pintor le escribió.

El nombre de Vincent Van Gogh consigue que incluso una película de animación experimental y de origen europeo pueda ser vista por un amplio sector del público. Figura más mitificada que comprendida, la del pintor holandés ha dado sentido a decenas de piezas cinematográficas de distinta naturaleza y calidad, pero ninguna de ellas llega a los extremos de Loving Vincent, pues este film, que supuso el salto a la dirección del productor Hugh Welchmann, en una tarea compartida con la joven cineasta polaca Dorota Kubiela, es la primera obra cinematográfica elaborada íntegramente con pinturas al óleo, realizadas por más de un centenar de artistas siguiendo el estilo del genio de Zundert. La crítica compartió el placer, al que me uno, de celebrar que en esta época nuestra todavía puedan hacerse películas de este tipo, aunque las opiniones sobre los resultados ya fueron más dispares aunque, en general, laudatorias.

Van Gogh, un individuo sensible y extremadamente apasionado, era un compulsivo escritor de cartas, la mayoría dirigidas a su hermano Theo. Ahí se sustenta el argumento de la película, pues todo parte del deseo de Joseph Roulin, un empleado de Correos que llegó a entablar amistad con Van Gogh a fuerza de tramitar el envío de su voluminosa correspondencia, de hacerle llegar a Theo la última carta que su hermano le escribió antes de quitarse la vida. El encargado de hacer llegar esa misiva, que había permanecido dos años en el limbo, a su destinatario es Armand, el hijo de Joseph, un joven pendenciero y sin vocación para quien el difunto pintor era poco más que un artista loco. Lo primero que descubre Armand en su intento por localizar a Theo es que éste falleció apenas un semestre después que su hermano. Dadas las circunstancias, el joven decide partir hacia Auvers sur l´Oise, último lugar en el que residió Vincent Van Gogh, para entregarle la carta al doctor Gachet, médico y persona de confianza del pelirrojo holandés. La travesía de Armand se transforma en una quizá algo forzada reconstrucción del último período de la vida de Van Gogh y en una búsqueda de los motivos que llevaron al pintor al suicidio. En cierto modo, Kubiela y Welchmann llevan su película al terreno del thriller, apuesta arriesgada en tanto que la peripecia vital de Van Gogh es muy conocida por los especialistas en su obra y por el público en general. Por lo que a mí respecta, agradezco esa voluntad de que la película posea otros atractivos al margen de su incuestionable belleza estética, de que el esfuerzo de todos esos pintores por reproducir el arte de Van Gogh no justifique por sí solo el visionado y suponga el valor exclusivo del film. Kubiela y Welchmann saben que la fascinación visual de su audiencia ante el maravilloso espectáculo visual que se le ofrece puede diluirse mucho antes de que finalice el metraje, y buscan comprender, y hacer comprender, las razones por las que Van Gogh decidió poner fin a su existencia sin llegar a ver el impacto que generaron sus obras ya desde principios del siglo XX. Los directores retratan el ambiente cainita de la bohemia parisina, la mezquindad de muchas personas ante un artista de vocación tan tardía como arrebatadora, los antagonismos entre quienes le conocieron de cerca e, incluso, las teorías conspirativas acerca de la muerte del pintor, acaecida en circunstancias confusas. Las contradictorias figuras del doctor Gachet y de su hija Marguerite, ambos protagonistas de obras inmortales de Van Gogh, se imponen sobre el resto de personajes e iluminan la mente de un Armand que, en su odisea, ha pasado de la indiferencia al afán de conocimiento. Ahí se trasluce un también loable intento por parte de los directores de comunicar su pasión a las audiencias más jóvenes, no de un modo reaccionario (el trágico destino de Van Gogh ha sido empleado por burgueses de todo el mundo como elemento disuasorio de cara a sus jóvenes vástagos con inclinaciones artísticas), sino divulgativo.

Aunque la obra de Van Gogh es universal, y sus cuadros han sido copiados con profusión, el trabajo de los artistas que han reproducido sus obras para la gran pantalla merece ser alabado con generosidad. Más allá de eso, hay que destacar la apuesta de los directores por el blanco y negro y la estética realista en las escenas que recrean, mediante flashbacks, aspectos fundamentales de la vida del pintor, como una infancia marcada por la huella invisible del hermano mayor muerto poco después de nacer o el conocido episodio de la pelea con Gauguin y esa autoamputación posterior que incluso dio nombre a una de las formaciones musicales más infames jamás aparecidas en España, que ya es decir. El resto, en el plano estético, es un logrado intento por sumergir al espectador en la obra de Van Gogh, aspecto al que también contribuye muy positivamente la notable banda sonora compuesta por Clint Mansell.

Siempre he creído que las películas de animación son uno de los grandes argumentos que pueden invocarse para recomendar que el visionado de las películas sea siempre en versión original. En ellas, los actores no tienen rostro, pero sí voz, y los buenos intérpretes pueden decir mucho con ella. Dentro del elevado tono general, resalta el trabajo de la joven Saoirse Ronan, un valor en alza con maneras de gran actriz a la que me da que el cine contemporáneo se le va a quedar pequeño. Ronan consigue mostrarnos a una Marguerite Gachet a la vez angelical y desengañada, que siempre creyó en la valía artística de ese peculiar extranjero. No se queda corto el trabajo de Jerome Flynn poniendo voz al padre de Marguerite, un médico que, como pintor frustrado que es, comprende la verdadera dimensión de Van Gogh como artista y, pese a admirarle, acaba siendo el causante indirecto de su suicidio. Douglas Booth, otro joven actor del que cabe esperar buenas cosas en el futuro, raya a buen nivel como hilo conductor de la película, y tampoco se queda corta la labor de Eleanor Tomlinson como la joven posadera que alojó a Van Gogh y hace lo mismo con el ocasional cartero. Chris O´Dowd, como padre comprensivo, John Sessions, cuyo rol también tiene un punto de figura paterna, Helen McCrory y el polaco Robert Gulaczyk como Vincent completan un reparto de campanillas, por mucho que en él no se incluyan estrellas.

Gran película, muy recomendable para quienes posean una mínima sensibilidad artística. Más que una sucesión de cuadros filmados, Loving Vincentes una clase magistral sobre Van Gogh, su vida y su época.

THE OLD MAN & THE GUN

THE OLD MAN & THE GUN. 2018. 91´. Color.

Dirección: David Lowery; Guión: David Lowery., basado en un artículo de David Grann publicado en la revista New Yorker; Director de fotografía: Joe Anderson;  Montaje: Lisa Zeno Churgin; Música: Daniel Hart;  Diseño de producción: Scott Kuzio;  Dirección artística: Miles K. Michael; Producción: Robert Redford, Toby Halbrooks, James D. Stern, Bill Holderman, Jeremy Steckler, Dawn Ostroff, James M. Johnston y Anthony Mastromauro, para Endgame Entertainment-Wildwood Enterprises-Condé Nast Publications-Identity Films-Sailor Bear-TSG Entertainment (EE.UU.).

Intérpretes: Robert Redford  (Forrest Tucker); Casey Affleck (Detective John Hunt); Sissy Spacek (Jewel); Danny Glover (Teddy); Tom Waits (Waller); Tika Sumpter (Maureen); Keith Carradine (Capitán Calder); Elisabeth Moss (Dorothy); Ari Elizabeth Johnson, Teagan Johnson, Barlow Jacobs, Gene Jones, John David Washington, Augustine Frizzell, Jennifer Joplin, Leah Roberts, Robert Longstreet, Todd Terry.

Sinopsis: Un veterano atracador de bancos, de modales exquisitos, es perseguido junto con su banda por un oficial de policía de Texas.

The old man & the gun vino precedida por la impagable publicidad que le suponía ser la última película que iba a protagonizar Robert Redford como actor. De llevar a la pantalla ese testamento fílmico se encargó un cineasta, David Lowery, al que se había perdido bastante la pista desde En un lugar sin ley, su film más conocido hasta el momento. La obra resultante obtuvo el beneplácito casi unánime de los críticos profesionales, aunque la acogida popular ya fue más desigual.

Dados los precedentes, casi resulta innecesario decir que toda la película gira alrededor de Redford, un intérprete que debe buena parte de su gloria a un puñado de personajes que tienen en común el hecho de tener un gran corazón pese a estar situados al margen de la ley. Que aquí el veterano actor se esfuerce en revivir el mito dando vida a un anciano atracador de bancos dotado de un indudable carisma pone, como poco, todas las cartas sobre la mesa: The old man & the gun es un ejercicio de nostalgia en toda regla. Que su Forrest Tucker esté basado en una persona real, cuyas mayores habilidades eran atracar bancos sin recurrir a la violencia y escaparse de las prisiones en las que le confinaban, no deja de ser un pretexto para que una de las pocas estrellas de la última época dorada del cine que todavía siguen en pie se despida del público haciendo lo que mejor sabe. Y eso está bien, aunque contemplar el avejentado rostro de quien fue uno de los guapos oficiales de Hollywood deja un poso amargo respecto a los estragos que ocasiona el paso del tiempo. Aunque el film, que narra con un estilo chapado a la antigua las andanzas del veterano atracador, de sus compinches y del oficial de policía que va tras su pista, tiene toques de humor, lo cierto es que huye de la autoparodia y adopta un tono marcadamente crepuscular. Considero que Lowery, consciente de que la película está concebida como vehículo para el lucimiento de su protagonista, demuestra oficio en la puesta en escena, aunque en los diálogos entre los personajes no salgamos apenas del plano-contraplano y que, en su faceta de guionista, cabe achacarle defectos significativos, como por ejemplo que la relación entre Tucker y el detective Hunt se modifique de un modo bastante arbitrario. Dicho esto, creo que se abusa de los primeros planos, cuya intención narrativa a veces se me escapa. Otras escenas, como por ejemplo aquella en la que Tucker y su banda preparan su mayor golpe desde una azotea, están resueltas con muy buen estilo.

He de añadir que la película es, como la nostalgia, tramposa, porque lo mismo que el cerebro, al recordar el pasado, tiende a priorizar lo positivo, The old man & the gun sólo se dedica a hablar de lo bueno. Incluso el protagonista tiene tiempo de vivir un romance otoñal, que en mi opinión sería prescindible de no ser por una circunstancia a la que aludiré más adelante. Todo eso está muy bien, pero poco se dice en la narración de la decadencia, la enfermedad o la cercanía de la muerte. Es una opción, pero resta autenticidad al conjunto. Eso sí, hay una moraleja que comparto: la gente no cambia. Un último detalle: uno de los aspectos más logrados de ese tono deliberadamente retro que tiene toda la película es la banda sonora de Daniel Hart: en música, ese tiempo pasado sí fue mejor.

Siempre he pensado que Robert Redford ha sido más una gran estrella que un pura sangre de la interpretación, por mucho que vaya sobrado de carisma y de que a lo largo de su trayectoria encontremos varios trabajos de mucho mérito. Aquí pisa terreno muy conocido, y la verdad es que, a pesar de que la edad no perdona, lo pisa con garbo. Sin embargo, y aquí viene la circunstancia a la que antes aludía, quien se lleva a su terreno cada escena en la que interviene es esa excelente actriz llamada Sissy Spacek. Sus maneras serenas y su adecuada gestualidad engrandecen la película. Casey Affleck, que es bastante mejor actor que su hermano (lo que tampoco es muy difícil) luce de nuevo esa expresión de tipo que se acaba de levantar que resulta más apropiada en otros roles que en el de tenaz oficial de policía. Como secuaces del protagonista encontramos a dos veteranos de buen nivel y estilos interpretativos opuestos, Danny Glover y Tom Waits, y también hay roles episódicos para otro clásico como Keith Carradine y para la televisiva Elizabeth Moss, que da rostro al breve esbozo del perfil menos amable del protagonista.

Mitad testamento y mitad retorno al pasado, a la despedida como actor de Robert Redford quizá le sobre homenaje y le falte una pizca de ambición, pero deja un agradable sabor de boca a quienes hemos disfrutado de un cine que todavía era grande.

BLUE RUIN

BLUE RUIN. 2013. 90´. Color.

Dirección: Jeremy Saulnier; Guión: Jeremy Saulnier; Director de fotografía: Jeremy Saulnier;  Montaje: Julia Bloch; Música: Brooke Blair y Will Blair; Diseño de producción: Kaet McAnneny; Dirección artística: Brian Rzepka; Producción: Vincent Savino, Richard Peete y Anish Savjani, para Film Science-The Lab of Madness-Neighborhood Watch (EE.UU.).

Intérpretes: Macon Blair (Dwight); Amy Hargreaves (Sam); Devin Ratray (Ben Gaffney); Kevin Kolack (Teddy Cleland); Stacy Rock (Hope Cleland); David W. Thompson (William); Brent Werzner (Carl Cleland); Eve Plumb (Kris Cleland); Sandy Barnett (Wade Cleland, Jr.); Abby Horton, Sidné Anderson, Bonnie Johnson.

Sinopsis: Cuando el hombre que mató a sus padres sale de la cárcel, el vagabundo Dwight acude a su encuentro.

De entre las legiones de cineastas que, año tras año, intentan hacerse un hueco en el competitivo panorama del cine independiente, uno de los que ha conseguido asomar la cabeza durante esta década es Jeremy Saulnier. Y lo ha hecho gracias, en primer lugar, a Blue ruin, un thriller sobre la venganza que se sitúa en la América profunda y presenta algunos puntos de coincidencia con varias de las obras más recordadas de los hermanos Coen. No hablamos de un gran éxito, pero sí de un film que logró casi de inmediato la golosa consideración de película de culto y afianzó la pujante carrera de su director.

Por aquello de que la venganza es uno de los motores, no sólo del arte, sino de toda la especie humana, crear una obra original sobre esta temática es una pretensión cercana a la utopía. En efecto, cualquier asiduo a las pantallas de cine ha visto un sinfín de películas con un argumento similar al de Blue ruin, por lo que no se ha de buscar por ahí el interés de la película, el cual radica, fundamentalmente, en la particular idiosincrasia de su principal protagonista y en su conseguida atmósfera. Dwight es, y el espectador no debe ir más allá de la primera escena para comprobarlo, un salvaje, alguien que vive al margen de la sociedad. Sobrevive en un destartalado automóvil, gana una mísera cantidad de dinero recogiendo residuos para reciclar y se cuela en casas ajenas para cubrir sus mínimas necesidades higiénicas. No es, y su esencia asocial así lo corrobora, nada parecido al típico vengador de la ficción. No obstante, cuando descubre que el hombre que arruinó su vida ha salido de prisión, la vida de Dwight recupera su sentido. Quien mató, debe morir.

Una de las circunstancias que más aprecio del trabajo de Jeremy Saulnier en esta película es su capacidad para narrar la historia siendo muy escueto con los diálogos, circunscritos en gran parte a mostrar el carácter inexorable de la venganza y, al tiempo, su postrera futilidad. Es con las imágenes como conocemos a Dwight, más un perro apaleado que un justiciero al uso, y participamos de los pequeños toques de humor negro (y ahí nos acordamos de Fargo o Sangre fácil) que trufan la historia, casi siempre acompañando unos estallidos de violencia que se muestran de un modo muy directo, y que enpujan una narración con cierta tendencia a recrearse en sí misma. Dwight sólo tiene el apoyo de su hermana y de un viejo amigo experto en armas frente a la hostilidad de la familia Cleland, presentada como un grupo de individuos de naturaleza cerril y primaria. Sabemos lo que va a ocurrir, pero Saulnier, que también se encarga de la fotografía con resultados bastante correctos, nos lleva hasta allí por vericuetos distintos a los habituales, y se agradece. La música participa de la parquedad de una película de tono sombrío, no sólo en la trama sino también en el cromatismo.

A Macon Blair, convertido ya en actor fetiche de Saulnier, creo que nunca le veremos interpretando papeles de galán, pero demuestra muy buenas maneras en la piel de un ser al tiempo tenaz y acorralado, mientras lleva con convicción el peso de una película a la que su trabajo hace mejor. Amy Haegreaves y Stacy Rock, que apenas interviene hasta el clímax de la película, me parecen dos actrices muy interesantes, y tampoco lo hacen mal Kevin Kolack en el papel de tipo pendenciero y Devin Ratray como cicerone de Dwight para el drama que se avecina. Es cierto que la complejidad que el guión otorga a los personajes prácticamente empieza y acaba en el de Dwight, pero también que los actores que los interpretan no sólo no desentonan, sino que algunos de ellos incluso llegan a brillar.

¿Gran película? No, pero por momentos lo parece. Con una mayor consistencia narrativa y una composición de personajes más redonda, diría sin dudar que Saulnier ha metido un gol por toda la escuadra. No llega a tanto, pero un tipo con buenas ideas y al que hay que seguir, eso sí lo es, a juzgar por lo visto en Blue ruin.

UNA COPA BLANQUÍSIMA

Después de unos años marcados por las polémicas arbitrales, la noticia de la Copa del Rey del curso baloncestístico 2019-2020 ha sido el dominio absoluto de un Real Madrid que ha exhibido un nivel de juego que no se veía en estas latitudes desde hace bastante tiempo. Es cierto que el Barcelona, único equipo capaz de cuestionar la superioridad blanca y vigente campeón, se borró de la Copa en un partido lamentable, en el que lanzó nada menos que 43 triples y mostró las carencias de una plantilla construida con más talonario que criterio, pero es innegable que el Madrid, después de superar en cuartos a un Bilbao desacomplejado y acertadísimo, borró de la pista al Valencia, verdugo del Barcelona, y culminó la faena convirtiendo en pesadilla el sueño de Unicaja de conseguir su segundo título copero en su pabellón. Podrá decirse que el rendimiento de sus jugadores estadounidenses es irregular, que Llull no ha vuelto a ser el que era desde su grave lesión, que el relevo de estandartes como el propio Sergi, Carroll, Rudy o el capitán Felipe Reyes no va a ser fácil, que los jóvenes que suben están aún muy verdes o que la abuela fuma Celtas, pero la verdad es que el equipo merengue lleva años respondiendo de fábula en las citas importantes y que su estancia en Málaga ha sido un paseo militar. Bajo la batuta de un magistral Campazzo, el Real Madrid, que ya no es aquel monotemático equipo de los primeros años de la era Laso que sólo entendía de correr y tirar de lejos, ha ganado algo más que una Copa. Faltan por decidirse los dos títulos más importantes, pero los blancos han dejado claro que tienen hambre, que su defensa está a la altura de las mejores de Europa y que, jugando a su mejor nivel, en España son un equipo imbatible. Salvo que el Barcelona consiga que sus muchas figuras sean capaces de jugar en equipo de aquí a final de temporada, parece que sólo la Euroliga puede resistirse a acabar en las vitrinas merengues al final de esta temporada. Lo de Málaga ha sido una demostración de poderío en toda regla.

APAGUEN SUS TELÉFONOS

Para un servidor, que es un ser algo peculiar, esta semana han habido varias malas noticias (las peores, los fallecimientos de David Gistau y Lyle Mays), pero entre ellas no se encuentra la cancelación, a causa del pánico provocado por el coronavirus, del Mobile World Congress. Como no soy hostelero, restaurador, taxista, ni me prostituyo, sino sólo un pringado más de los muchos que viven y trabajan en Barcelona, y no participo de los beneficios que aporta dicho evento pero sí de las molestias que ocasiona, pues hasta el año que viene, si es el caso. Y si no, me importa un carajo.

EL INFINITO

THE ENDLESS. 2017. 111´. Color.

Dirección: Justin Benson y Aaron Moorhead; Guión: Justin Benson; Director de fotografía: Aaron Moorhead;  Montaje: Michael Felker, Justin Benson y Aaron Moorhead; Música: Jimmy LaValle; Diseño de producción: Ariel Vida; Dirección artística: Kati Simon; Producción: Leal Naim. Thomas R. Burke, David Lawson Jr., Aaron Moorhead y Justin Benson, para Snowfort Pictures-Rustic Films-Pfaff & Pfaff Productions-Love & Death Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Justin Benson (Justin); Aaron Moorhead (Aaron); Callie Hernández (Anna); Tate Ellington (Hal); Shane Brady (Shane); Lew Temple (Tim); Kira Powell (Lizzy); David Lawson Jr. (Dave); James Jordan (Carl); Emily Montague (Jennifer); Peter Cilella (Mike); Vinny Curran (Chris Daniels); Ric Sarabia, Catherine Lawson, Josh Higgins, Glen Roberts..

Sinopsis: Dos hermanos deciden visitar la secta en la que crecieron después de recibir un vídeo en el que una de sus componentes declara que se acerca el día decisivo para ellos.

El dúo de cineastas que forman Justin Benson y Aaron Moorhead alcanzó cierta notoriedad en el panorama internacional con su segundo largometraje, Spring. La curva ascendente en su trayectoria continuó con su siguiente obra, El infinito, un atípico film de ciencia-ficción que cautivó a la critica y al público festivalero, aunque generó mayor disparidad de opiniones entre el común de los espectadores.

Hay que advertir, antes que nada, que Benson y Moorhead no se reparten únicamente las tareas de dirección, sino que se hacen cargo de los principales roles de sus películas: el primero asume en exclusiva la tarea de escribir el guión, mientras que Moorhead se ocupa de la fotografía y ambos comparten créditos en el montaje. En El infinito, además, la pareja da directores se reserva los papeles más importantes, en este caso los de dos hermanos criados en una secta, la cual abandonaron por decisión del mayor de ellos, Justin. Han pasado muchos años desde aquello, pero las huellas de esa heterodoxa infancia perduran en estos jóvenes inadaptados al mundo real y expertos en subempleos. Quizá por ello, la idea de visitar de nuevo, y antes de la hora decisiva, el lugar en el que crecieron, no les parece tan descabellada, en especial al menor, que guarda algunos buenos recuerdos de su infancia y se quedó en segundo plano cuando su hermano denunció ante los medios los extraños rituales que se practicaban en el seno de la secta. La idea no es otra que cerrar un importante capítulo de sus vidas para seguir adelante con paso más firme, pero los hermanos se topan con personajes y sucesos inquietantes nada más llegar al lugar, bautizado con el muy llamativo nombre de Arcadia, y la decisión de prolongar su estancia en él no hace sino complicar aún más su existencia.

Cabe aclarar que quienes esperen rituales macabros, sangre y sustos continuos harán bien en escoger otra película, que de esa clase las hay a manojos. Benson y Moorhead optan por un planteamiento más original, y desde luego más inteligente que la media, que da lugar a una ingeniosa reflexión sobre la inmortalidad trufada de humor negro. No obstante, se esquiva el tópico de presentar a los miembros de la secta como a fanáticos descerebrados, porque unas creencias espirituales distintas, o directamente equivocadas, no convierten de forma automática a los seres humanos en lunáticos incapaces de raciocinio. La realidad es mucho más complicada (siempre lo es), y lo cierto es que en Arcadia, donde lo que más llama la atención es la ausencia de viejos y niños, además de la inexistencia de vida sexual entre sus moradores, la gente vive en armonía, y seguramente con un menor grado de desquiciamiento que en Chicago, Bombay o Barcelona. No obstante, tras esa armonía se oculta un gran secreto, que Justin descubrirá poco a poco, a medida que vaya conociendo a algunos personajes que, sin formar parte de Arcadia, viven en los alrededores de la comuna.

Es cierto que el hilo narrativo es caprichoso, pero también que, a su singular manera, la trama engancha por su suma de misterio, fenómenos sobrenaturales, reflexión sobre el hecho religioso y un humor que, por fortuna, no se apodera de la película y la convierte en una gracieta para hipsters. Con pocos medios, Benson y Moorhead construyen un film complejo, en el que se miman los detalles y donde la envolvente música de Jimmy LaValle, uno de los pocos invitados a la fiesta de los creadores de la película, contribuye a eso que se llama crear atmósfera. Hay, como era de esperar, moraleja, pero bien traída y convincente. Eso sí, por encima de la importancia que tienen los bucles temporales en la trama, o de ese aroma lovecraftiano que asoma desde la cita de este autor con la que se inicia la película, lo que más destaco es la manera en la que se describen las relaciones fraternales y, por extensión, lo que hay dentro de eso que solemos llamar familia. Ah, y la fotografía de Aaron Moorhead no es la de un autor metomentodo, sino la de un técnico solvente.

En el plano interpretativo creo que, de los dos codirectores, quien sale mejor parado es Justin Benson, que da vida al hermano mayor. No conviene dejar en el tintero el hecho de que directores y protagonistas compartan nombre de pila, como tampoco que la labor de los actores no me parece una de las columnas sobre las que se sustenta la película, siendo en general bastante correcta. Tate Ellington, que interpreta a Hal, el portavoz de una secta que carece de gurú, hace un trabajo por momentos brillante, y la aparición de Emily Montague también me parece digna de ser destacada, aunque es Shane Brady, que ya había colaborado en la anterior obra de Benson & Moorhead, quien se adueña de la pantalla cada vez que su personaje aparece en ella.

El infinito es una sorpresa agradable para quienes no conocemos las anteriores obras de sus artífices. Buen cine independiente, escaso en medios pero abundante en ingenio, que augura un fructífero futuro cinematográfico para Justin Benson y Aaron Moorhead, dos tipos que tienen buenas ideas y capacidad para llevarlas a la práctica.

QUE NO CUNDA EL PÁNICO

Es evidente que la epidemia causada por el coronavirus de Wuhan es un asunto grave, pero he de recordarles a los apocalípticos que, desde hace milenios, la Humanidad ha superado guerras, pandemias, terremotos, reyezuelos tiránicos, políticos nefastos de diverso signo e, incluso, toda la discografía de Kiss. Pese a todo ello, cada vez somos más, cosa que tampoco es que me llene de gozo, así que tranquilos, terrícolas, también superaremos esto.

LOS PARAGUAS DE CHERBURGO

LES PARAPLUIES DE CHERBOURG. 1954. 88´. Color.

Dirección: Jacques Demy; Guión: Jacques Demy; Dirección de fotografía: Jean Rabier;  Montaje: Anne-Marie Cotret y Monique Teisseire; Música: Michel Legrand; Diseño de producción: Bernard Evein; Vestuario: Jacqueline Moreau; Producción: Mag Bodard, para Parc Film- Madeleine Films-Beta Film (Francia).

Intérpretes: Catherine Deneuve (Geneviève Emery); Nino Castelnuovo (Guy Foucher); Anne Vernon (Madame Emery); Marc Michel (Roland Cassard); Ellen Farner (Madeleine); Mireille Perrey (Tía Elise); Harald Wolff (Monsieur Dubourg); Jean Champion (Aubin); Jane Carat (Ginny); Pierre Caden, Jean-Pierre Dorat, Bernard Fradet, Michel Benoist.

Sinopsis: Geneviève, hija de la dueña de una tienda de paraguas, y Guy, mecánico, son dos jóvenes que se aman apasionadamente. Su vida cambia cuando el muchacho es destinado a Argelia para cumplir su servicio militar.

El tercer largometraje dirigido en solitario por Jacques Demy es, seguramente, el más exitoso de su distinguida, aunque irregular, trayectoria. Los paraguas de Cherburgo permanece como uno de los grandes hitos de la Nouvelle Vague, a la altura de Al final de la escapada o Los cuatrocientos golpes. Pocas veces un experimento cinematográfico ha logrado un éxito popular tan importante, aunque justo es decir que el tirón de esta película, Palma de Oro en Cannes, ha ido disminuyendo con el paso de los años, y hoy no goza de la fama, ni del casi unànime prestigio entre la cinefília de los otros títulos mencionados. Por mi parte, la considero una obra maestra de un género, el musical, que suele aburrirme o disgustarme.

Demy plantea el film como un musical total, en el que todos los diálogos son cantados. El homenaje a los clásicos del cine estadounidense dirigidos por Stanley Donen y,  sobre todo, Vincente Minnelli, no pasa inadvertido ni siquiera a los ojos del espectador más torpe, aunque, y esta es una de las varias peculiaridades de Los paraguas de Cherburgo, las escenas de baile brillan por su ausencia.  Como siempre he creído que esas escenas ralentizan la acción en la inmensa mayoría de los casos, considero que el director opta por lo correcto. Otro punto a destacar es el cromatismo de la película, tan espectacular como irreal, que es un certero homenaje a la pintura fauvista.  Colores intensos y uniformes convierten a Los paraguas de Cherburgo enun verdadero festín visual ya desde sus títulos de crédito, en los que un virtuoso plano cenital muestra las distintas y estilosas formas de protegerse de la lluvia que coexisten en esa pequeña localidad francesa. El mimo con el que se cuidan todos los detalles estéticos del film, desde la fotografía hasta el vestuario, es admirable, y el trabajo del director destaca en especial por la utilización de algunos largos planos-secuencia cuya dificultad técnica no pasa desapercibida.

En lo narrativo, la película se divide en tres partes, que vienen a mostrar las distintas fases de una relación de pareja.  Por decirlo todo ya desde el principio, creo que Los paraguas de Cherburgo es una obra profundamente romántica en el mejor sentido de la palabra, aunque en la primera parte de ese tríptico, que camina peligrosamente sobre el alambre de la cursilería, a uno le venga la sensación de que también pueda serlo en el peor. Ahí se narra el romance entre una bella adolescente, que representa a una burguesía venida a menos, y un joven obrero. El amor que les une es puro y ajeno a las convenciones sociales, y nada parece capaz de separarles, pese a que la madre de la muchacha se opone a la relación y responde al apasionado enamoramiento de su única hija con una de las grandes frases de la película: “Sólo se muere de amor en el cine”. Cuando el muchacho es requerido para cumplir con su periodo de servicio militar, en Argelia para mayor adversidad, la feliz vida de la pareja da un vuelco, máxime cuando la pasión de la despedida lleva a que la protagonista femenina quede embarazada.

En la segunda parte, el romanticismo deja paso al drama social. Guy debe dejar atrás a su gran amor, y también a su querida tía Elise al cuidado de Madeleine, una virtuosa joven enamorada en secreto del muchacho llamado a filas. La ausencia de éste pesa cada vez más en el ánimo de su prometida, que se debate entre el amor hacia el padre de su futuro hijo y la aparición de un rico pretendiente que haría que los problemas económicos de su familia, así como los morales causados por su embarazo, quedaran atrás. La chica elige la estabilidad y acaba casándose con el acaudalado Roland Cassard.

En el final del tríptico impera un poso amargo que marca diferencias respecto al grueso de musicales facturados en Hollywood. Guy regresa del Ejército, arrastrando las secuelas de un atentado con granadas, y lo hace para descubrir que su amada se casó con otro y abandonó Cherburgo. El joven pierde la ilusión, y va dando tumbos hasta que el amor de Madeleine le rescata del desasosiego. El epílogo, no obstante, es de una conmovedora tristeza, y lo que comienza siendo una almibarada comedia romántica termina por convertirse en un inteligente y sensible drama sobre la pérdida de las ilusiones juveniles, el dilema entre la pureza y el pragmatismo, las diferencias de clase y las segundas oportunidades amorosas.

Si hablamos de un musical, es lógico referirse a las virtudes de la banda sonora, que son muchas. Pocas veces el extraordinario talento de Michel Legrand lució tanto como en esta película, un verdadero tour de force de este compositor, que se inspira en el jazz y hace que todo gire alrededor de un tema principal que es una verdadera maravilla, de esos que permanecen en la memoria de quienes lo escuchan.

Cambiando, no del todo, de tema, hay que decir que las interpretaciones vocales de los actores son de muy buen nivel. Puede que a Nino Castelnuovo le falte un punto de expresividad o que Marc Michel resulte algo soso en comparación con una espléndida Catherine Deneuve, elevada a partir de esta película a un estatus de mito del celuloide que no la ha abandonado hasta ahora, pero hay que decir que la labor del reparto es harto dificultosa, dadas las características de la película, y que todos caen de pie en esta operación de riesgo. Gran trabajo de Anne Vernon y de la veterana Mireille Perrey, y qué duda cabe de que la debutante Ellen Farner, cuya carrera cinematográfica fue muy breve, posee encanto.

Los paraguas de Cherburgo es una magnífica película, obra cumbre en su género y recomendable para todo cinéfilo que se precie, y también para quienes hayan visto la multioscarizada La La Land, dado que la película de Demy es su antecesora directa y que en algunos aspectos, como por ejemplo la concisión narrativa, la supera.