DESPROPÓSITO EN AZUL Y GRANA

Hace tiempo que se aprecia que el desquiciamiento general que invade a la sociedad catalana se ha extendido al club deportivo más popular de la zona, pero el sainete organizado con motivo de la destitución del entrenador del primer equipo de fútbol, Ernesto Valverde, ha superado todas las expectativas. Para que quede claro, opino que el Txingurri es un buen entrenador, que ha sabido capear con éxito el declive de una irrepetible generación de futbolistas cuya mejor época ya ha quedado atrás, y el hecho de que, desde que Andoni Zubizarreta dejó de ser el director deportivo del club, no ha llegado ni un solo jugador que haya mejorado el equipo. Con Valverde, un tipo cuyo comportamiento en público ha sido siempre exquisito, han podido los sucesivos fracasos europeos de las últimas temporadas, que han empequeñecido su magnífico palmarés en las competiciones españolas. No olvido que varias de esas Ligas de Campeones que el Barcelona ha perdido en estos años han ido a parar a las vitrinas del Real Madrid, circunstancia que escuece mucho a los seguidores barcelonistas. Tampoco que muchos de esos seguidores ansían que su equipo alcance la final de la Champions por motivos más espurios, como por ejemplo convertir dicho evento en un escaparate ideal para sus reivindicaciones políticas, pues eso de silbar al Rey y el himno de España en cada final de Copa ya ha quedado como parte del folklore y tiene escasa repercusión internacional, amén de dar una imagen un tanto pueblerina. Sea como sea, el momento elegido para cesar a Valverde es tan difícil de entender como de explicar. Líder de la Liga, con un rival muy asequible en los octavos de final de la Liga de Campeones y con la Copa del Rey por disputarse, el equipo tenía todas las opciones de culminar una temporada exitosa. Que una derrota en un torneo menor, en un partido en el que para colmo el Barcelona jugó bastante bien, se haya llevado por delante al técnico, sólo se explica por la histeria preelectoral de una directiva sin criterio, unida a la histeria mediática y social que siempre acompaña a clubs de esta magnitud. La guinda de este pastel es que ni siquiera había un sustituto, pues el deseado lamejeques Hernández escurrió el bulto en cuanto pudo, y Ronald Koeman y algunos otros técnicos de prestigio rechazaron el puesto. Con la nevera vacía, el nuevo entrenador, para respiro de béticos y alegría de madridistas, es Quique Setién. Culminada la impresentable faena, adornada con unas formas que deberían avergonzar para siempre a cualquier dirigente de ese club que hable de valores, los palmeros se han apresurado a decir que Setién es un técnico de perfil Barça. Lo es, qué duda cabe, si ese perfil Barça lo entendemos, asociado a un entrenador, como sinónimo de prepotente talibán del tiqui-taca en su versión más plomiza. Rondos interminables y, casi siempre, previsibles, adornados con una larga ausencia de su ariete titular, que además carece de sustituto natural en la plantilla, eso es lo que van a ver los culés a partir de ahora. A muchos les parecerá bien y todo, así de ciegos están. Pues que lo sepan: se llevan una joya. Suerte que quienes dirigen el Barcelona no pilotan aviones.

DIEZ FORAJIDOS

TEN WANTED MEN. 1955. 80´. Color.

Dirección: H. Bruce Humberstone; Guión: Kenneth Gamet, basado en una historia de Irving Ravetch y Harriet Frank, Jr.; Director de fotografía: Wilfrid M. Cline;  Montaje: Gene Havlick; Música: Paul Sawtell; Dirección artística: Edward Ilou; Producción: Harry Joe Brown, para Scott/Brown Productions-Columbia Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Randolph Scott (John Stewart); Jocelyn Brando (Corinne); Richard Boone (Wick Campbell); Skip Homeier (Howie Stewart); Leo Gordon (Frank Scavo); Alfonso Bedoya (Hermando); Donna Martell (María Segura); Dennis Weaver (Sheriff Gibbons); Clem Bevans, Lester Matthews, Minor Watson, Lee Van Cleef, Tom Powers.

Sinopsis: Un rico ganadero de Arizona acoge a su hermano, abogado, y a su joven sobrino con la intención de instaurar la legalidad en el lugar. Sus planes se verán truncados por la presencia de Wick Campbell, un comerciante con ansias de poder que contrata a varios pistoleros para hacerse con el control de la zona.

Aunque Randolph Scott era un intérprete muy dado a repetir con los directores (acababa de finalizar una fructífera colaboración con André de Toth, y poco después de rodarse esta película iniciaría la entente con Budd Boetticher, que proporcionó a Scott los mejores resultados artísticos de su carrera), la relación profesional entre el actor y H. Bruce Humberstone, un artesano especializado en el cine de género conocido por haber dirigido varias películas basadas en el personaje de Charlie Chan, se circunscribe a Diez forajidos, uno más de los westerns de serie B que Scott había convertido en el fundamento de su carrera y que facturaba con su propia productora.

Por resumir lo que es la película en una sola frase, basta con hacer constar que Diez forajidos es un rutinario y entretenido western de serie B típico de la época en la que se rodó. No faltan en él los tópicos habituales del género: el vaquero de recto proceder, el villano que por codicia arrastra al protagonista a la violencia, la mujer como abnegada compañera y los bandidos a sueldo que siembran el terror en un pequeño pueblo del Oeste. Es manifiesta, pues, la falta de originalidad del guión. Tampoco la puesta en escena o la forma de resolver el conflicto se alejan de lo que hemos visto docenas de veces, pero hay algunos buenos detalles en la narración, como mostrar que quien se hace valer de pistoleros para lograr sus propósitos acaba siendo rehén de los violentos. Por otra parte, la concisión del relato y el gran número de escenas de acción que contiene hacen muy ameno el visionado, que en el espectador contemporáneo puede provocar un asomo de nostalgia por aquellos tiempos en los que los héroes y los villanos eran tan sencillos de distinguir. En todo caso, tratándose de un film que busca ser un divertimento y no tiene ningún afán de trascendencia, los resultados se ajustan a las pretensiones.

Humberstone no es un cineasta especialmente personal ni talentoso, pero cubre el expediente con solvencia. El expeditivo montaje ayuda, pero escenas como la que ilustra el robo del ganado demuestran que el director conoce bien su oficio. Es cierto que, vistas hoy, las escenas de peleas y tiroteos tienen un indiscutible punto naïf, como también lo es que cumplen con los estándares establecidos en su época. Siguiendo la tónica general, la partitura de Paul Sawtell es un compendio de clichés del western, si bien contiene alguna pieza brillante en la que luce el sonido de la guitarra.

Randolph Scott siempre fue un actor de escasos registros que, al igual que otras figuras eminentes del western, construyó una sólida carrera a fuerza de interpretar siempre al mismo personaje. El papel protagonista de Diez forajidos no es la excepción, sino la norma. John Stewart es un hombre duro, pero noble y con un elevado sentido de la justicia, un rol hecho a la medida de Scott en el que la estrella se desenvuelve con maestría. El villano de la función es un notable Richard Boone, que le da empaque a su personaje, el codicioso (y, bien mirado, incestuoso) Wick Campbell). Jocelyn Brando, una actriz de talento cuya carrera nunca terminó de despegar y que venía de brillar en Los sobornados, hace un buen trabajo en un rol que tampoco le ofrece demasiadas opciones de lucimiento. El televisivo Skip Homeier interpreta, sin destacar para lo bueno o para malo, uno de sus escasos papeles de cierta entidad en la gran pantalla, y Leo Gordon da mucho juego en el rol del bandido Frank Schavo. Destacar la presencia de Lee Van Cleef interpretando, como tantas otras veces antes de su desembarco en Europa, a un fuera de la ley sin demasiado protagonismo.

Lo dicho, un western más de la época dorada del género, que gustará a sus aficionados pero que tampoco posee unas especiales cualidades.

LA QUE SE NOS AVECINA

Por aquello de continuar mostrando el notable entusiasmo que me provoca el actual panorama político español, diré que la derecha debería gritar menos, hacer más y, sobre todo, robar menos. Le irá mejor. En cuanto a los que van a gobernar, veremos por cuánto tiempo, empiezan bien, con cuatro vicepresidencias y un previsible porrón de ministerios, algunos de los cuales parece que ocuparán eminencias académicas en edad de dedicarse a la petanca. Pobre izquierda, con lo que prometía… y para lo que ha quedado. Créanme, nada cambiará, más allá de algún detalle cosmético y de poco alcance económico. Nada, salvo el nivel de vida de quienes pillen cargo, por supuesto.

TOP KNOT DETECTIVE

TOP KNOT DETECTIVE. 2016. 88´. Color.

Dirección: Aaron McCann y Dominic Pearce; Guión: Aaron McCann y Dominic Pearce; Dirección de fotografía: A. J Coultier; Montaje: Steve Aaron Hughes y Dominic Pearce; Música: Malcolm Clark, Lance Robinson y Mason Vellios; Diseño de producción: Matt Willemsen; Dirección artística: Elizabeth Wratten; Producción: Lauren Brunswick, Aaron McCann y Dominic Pearce, para Blue Forest Media-ScreenWest-SBS-Screen Australia (Australia-Japón).

Intérpretes: Toshi Okuzaki (Takashi Takamoto/Sheimasu Tantai); Masa Yamaguchi (Haruto Kioke/Kurosaki Itto); Mayu Iwasaki (Mia Matsumoto/Saku); Kuni Hashimoto (Leiji Nishizaki); Izumi Woods (Izumi Himura/Saku); Nobuaki Shimamoto (Detective Oshiro); Shinichi Katsuda (Moritaro Kioke); Des Mangan (Narrador); Yoji Tatsuta, Guitar Wolf, Oscar Harris, Lee Lin Chin, Travis Johnson, Dario Russo, Arnold Wong.

Sinopsis: Historia de cómo una popular serie de samuráis japonesa se convirtió en objeto de culto en Australia, y de lo que sucedió después con sus principales protagonistas.

Aaron McCann, conocido hasta entonces por haber sido ayudante de dirección en diversas producciones, y Dominic Pearce, cuyas funciones en el cine se circunscribían fundamentalmente al montaje, se unieron hace unos años para dirigir Top Knot Detective, un falso documental que recrea los avatares de una exitosa serie trash japonesa y analiza la trayectoria de sus principales protagonistas. El producto resultante es una inmensa broma, planteada a partir de un ajustado presupuesto, que a raíz de su inclusión en distintos festivales acabó cautivando al sector más gamberro de la cinefilia internacional.

El referente indiscutible de McCann y Pearce es, sin duda, This is Spinal Tap, joya absoluta del documental ficticio, subgénero que cuenta con no pocos detractores por aquello de que rompe con la esencia de lo que debería ser un documental. Eso sí, a diferencia de las realidades alternativas que los partidarios de diversas religiones e ideologías acostumbran a plantear, aquí el resultado es sumamente divertido. Si en la película de Rob Reiner el objeto de chanza era el rock & roll, aquí se trata de parodiar esa pintoresca costumbre occidental de convertir en material de culto ciertos delirantes bodrios de ninjas y samuráis llegados del Extremo Oriente. La mejor forma, qué duda cabe, es crear una verdadera quintaesencia del género, en la que se reúnan todos sus tópicos y se les dé la vuelta como si de un calcetín se tratara. Si para eso hay que poner en una coctelera elementos de una serie tan famosa como Kung Fu, mezclados con los filmes más cutres de samuráis que pueda uno haber visto, y con esas pelis de ninjas que llevan décadas haciendo las delicias de los amantes del cine trash, pues se hace. Ronin Suiri Tentai, la serie que surge de semejante delirio, no tiene desperdicio alguno.

La pàrodia funciona en dos direcciones: por un lado, se recrean las escenas clave de la serie, una verdadera macedonia de géneros en la que no falta el típico latiguillo del protagonista, destinado a ser repetido por los fans hasta la saciedad, y en la que caben desde números musicales a momentos gore. Al mismo tiempo, se cuentan los entresijos de la serie tras las cámaras, más estrambóticos si cabe que lo que ya se nos presenta como ficción. La idea es la siguiente: una poderosa compañía japonesa, que fabrica desde dispositivos electrónicos hasta cerveza y cigarrillos, ansía desembarcar en el mundo de la televisión y para ello secunda la idea de un aspirante a vocalista pop, consistente en narrar las aventuras de un samurái que busca venganza por el asesinato de su maestro. Aceptada la propuesta, el creador de la serie se agencia el papel principal (su antagonista en la ficción será ni más ni menos que el hijo del todopoderoso presidente de la compañía) y se viene arriba ante el descomunal éxito de la serie: no sólo inventa guiones cada vez más bizarros, sino que cae en todas las adicciones posibles y convierte el rodaje de cada capítulo en una guerra. Por si esto fuera poco, el carácter multidisciplinar de la empresa patrocinadora es la excusa para para colar en la narración algunos anuncios que casi consiguen que el resto de lo que vemos nos parezca normal. Como es de esperar, al final todo termina como el rosario de la Aurora, crimen incluido.

El envoltorio técnico es competente: las imágenes noventeras de la serie están recreadas de la manera más cutre posible, y se nota para bien que Dominic Pearce domina las técnicas del montaje. La gracia reside en lo descabellado de la propuesta, pero también, y a un nivel si se quiere más intelectual, en el abracadabrante pero no desencaminado análisis de cómo se construye un fenómeno de masas en nuestras sociedades, además de en la saludable irreverencia de todo el conjunto. McCann y Pierce no dejan títere con cabeza (algunos, de manera literal), y llama la atención la aparente seriedad con la que narran una historia descacharrante a más no poder, con giro truculento (y un policía chusco, para que no falte de nada) en la parte final. Para la historia queda ese anuncio de tabaco con niño incluido, monumento iconoclasta en sí mismo.

Los actores, casi todos japoneses y desconocidos por estos lares, dan credibilidad a la trama. En el reparto se mezclan intérpretes cuya carrera cinematográfica prácticamente se resume en esta película con otros más expertos. Toshi Okuzaki es uno de los primeros, pero su inexperiencia no es óbice para que esa especie de Charlie Sheen nipón que es su personaje resulte convincente. Un actor más hecho como Masa Yamaguchi, que interpreta a la némesis del héroe de la función, consigue aguantar la risa de un modo que aplaudo, y lo mismo ocurre con Mayu Iwasaki, cuyo personaje es una mocatriz con todas las letras que protagoniza un romance con el creador de la serie tan estúpido como el resto de lo que se nos cuenta. Buena nota para Izumi Woods y Kuni Hashimoto, que recrean a las compañeras de reparto de la estrella que sacan todas sus vergüenzas al exterior, y mención especial para Nobuaki Shimamoto como policía obtuso donde los haya.

Para no perdérsela. Top Knot Detective es un saludable soplo de aire fresco y de irreverencia en un panorama cada vez más carcomido por la dictadura de la corrección política. McCann y Pearce tienen la virtud de orinarse encima de algo tan respetable, y de hacerlo con talento. La escena post-créditos, que es un tráiler de otra película puesto ahí por las buenas, es absolutamente impagable.

SHERLOCK HOLMES

SHERLOCK HOLMES. 2009. 126´. Color.

Dirección: Guy Ritchie; Guión: Michael Robert Johnson, Anthony Peckham y Simon Kinberg, basado en un argumento de Michael Robert Johnson y Lionel Wigram respecto a personajes creados por Sir Arthur Conan Doyle; Dirección de fotografía: Philippe Rousselot;  Montaje: James Herbert; Música: Hans Zimmer;  Dirección artística: Niall Moroney (Supervisión); Diseño de producción: Sarah Greenwood; Producción: Dan Lin, Susan Downey, Lionel Wigram y Joel Silver, para Wigram Productions-Silver Pictures- Village Roadshow-Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Robert Downey, Jr. (Sherlock Holmes); Jude Law (Dr. Watson); Rachel McAdams (Irene Adler); Mark Strong (Lord Blackwood); Eddie Marsan (Inspector Lestrade); Robert Maillet (Gigante francés); Geraldine James (Mrs. Hudson); Kelly Reilly (Mary); William Huston (Constable Clark); Hans Matheson (Lord Coward); James Fox (Sir Thomas Rotheram); William Hope (Embajador Standish); Clive Russell, Oran Gurel, David Garrick, Ky Discala, Andrew Brooke, James A. Stephens, Terence Taplin.

Sinopsis: Sherlock Holmes salva en el último momento a una muchacha de ser sacrificada en un ritual por Lord Blackwood, un aristócrata aficionado a la magia negra y envuelto en una conspiración al más alto nivel para hacerse con el poder en Inglaterra.

El británico Guy Ritchie ya había recuperado con Rocka Rolla el punch de sus primeros filmes como director, después del socavón artístico en el que le hizo caer su unión con la famosa cantante Madonna. La resurrección de Ritchie quedó confirmada con Sherlock Holmes, adaptación de un cómic basado en los personajes creados por Conan Doyle que pretendía darle un toque de modernidad al célebre inquilino del 221 B de Baker Street. El resultado fue del gusto del público joven, más que de los seguidores del Holmes más ortodoxo, pero no es la típica revisión moderna de un clásico en la que el guión es casi un trámite.

Salta a la vista desde el primer fotograma que la máxima prioridad para Ritchie es entretener al espectador, pero sólo es necesario ver la introducción para comprobar que entretenimiento de masas e imbecilidad supina no tienen por qué ser sinónimos. La secuencia inicial, en la que un Holmes mucho más atlético de lo que establecen los cánones se adentra por la fuerza en una vetusta mansión y libera in extremis a una joven cautiva de las garras de un pérfido aristócrata, hace gala de los típicos tics posmodernos del cine de acción (montaje sincopado, abundante uso de la cámara lenta, profusa utilización de efectos visuales para acercar la estética a la del cómic o el videojuego), pero a la vez está bien estructurada, el sentido del ritmo es innegable y ya se adivina que los principales protagonistas son carismáticos. El efectismo visual de Ritchie no resulta indigesto, pues se adivina maestría en su forma de mover la cámara y filigranas como el travelling que sigue al carruaje en el que viajan Watson y Lestrade serían del gusto de un Brian De Palma y, por eso mismo, lo son del mío. La ejecución de Lord Blackwood, como él mismo le dice a Holmes, no es el final de nada, sino el principio de una pesadilla que obligará al célebre detective londinense a aguzar al máximo su intelecto y a desplegar todas sus capacidades físicas para librar a Inglaterra de una sangrienta dictadura más propia de las épocas recreadas por Shakespeare en sus tragedias. La inicial inquietud de Sherlock al verse sin un caso entre manos, que le sume en el desasosiego y saca a la luz sus innumerables excentricidades, se transforma en una vorágine de crímenes en la que, como ocurría en ese Sherlock tan interesante y atípico llamado Asesinato por decreto, las conspiraciones de una poderosa sociedad secreta tienen mucho que ver.

Opino que el hilo narrativo está bien delineado y engancha al espectador. Incluso una escena tan prescindible como la del combate de boxeo del detective, se salva por dos elementos: permite comprobar cómo el talento deductivo de Holmes le ayuda a derrotar a un adversario mucho más fuerte que él, y está ilustrada por una canción interpretada por The Dubliners que vale la pena escuchar y casa bien con el contexto. El conjunto es vibrante, el clímax no decepciona pese a que se percibe demasiado esfuerzo por rizar el rizo, y los principales personajes secundarios poseen entidad. Como de costumbre, Watson, aquí recién comprometido con Mary (las escenas que ambos comparten con Holmes no tienen desperdicio), pone el punto de sentido común que reubica en la tierra a su mejor amigo, y Lestrade es un jefe de policía más esforzado que brillante. Tiene mucho peso en la historia la única debilidad femenina de Sherlock, Irene Adler, una inteligente ladrona contratada por un inquietante personaje de intenciones poco claras. Ella tiene sus propios intereses, y una considerable habilidad para velar por ellos, pero su siempre ambigua relación con Holmes se vuelve mucho más fuerte al estar en juego la mutua supervivencia.

Comentadas ya las virtudes y defectos de Ritchie en la puesta en escena, es preciso añadir que los apartados técnicos merecen una nota bastante alta. La fotografía de Philippe Rousselot resalta los tonos grises, tan dominantes en el Londres del final de la época victoriana, el montaje denota mucho oficio y el trabajo en la escenografía de Sarah Greenwood me parece de alto nivel. La banda sonora del siempre rimbombante Hans Zimmer tiene mucho protagonismo, y lo cierto es que en ella se incluyen algunas piezas de notable calidad.

Aunque a uno le resulte poco satisfactorio su criterio para escoger papeles, que parece más bien dictado por su banquero, es evidente que Robert Downey, Jr. es un actor como la copa de un pino, y que con un caramelo para cualquier intérprete como Sherlock Holmes el lucimiento está asegurado. Downey da vida al Holmes más físico de cuantos se han visto en pantalla, y triunfa tanto en ese terreno como en el meramente actoral. Jude Law está a un nivel inferior, pero al menos demuestra esa agradable socarronería tan británica, y la muy talentosa Rachel McAdams es una perfecta Irene Adler: a través de su acertada interpretación, comprendemos el poderoso influjo que su personaje ejerce sobre Holmes, y también la fortaleza de su carácter. Para completar el cuarteto protagonista, qué mejor que un carismático villano como Mark Strong, actor que siempre aporta una gran energía a los personajes que interpreta. Muy bien Kelly Reilly como la prometida de Watson, y a destacar también la presencia del veterano James Fox en la piel de uno de los hombres más poderosos de Inglaterra.

Sherlock Holmes, en versión Guy Ritchie,es una sorpresa agradable para el aficionado al detective más famoso de todos los tiempos, pues supera las expectativas. Es una modernez, sí, pero con estilo. Y la clave está en que posee un guión inteligente, no el mero objeto decorativo que acostumbra a ser el libreto en esta clase de producciones. ¿Pastiche manierista con dejes posmodernos? Sí, pero de alta calidad. Y con moraleja: la magia es sólo para crédulos.

MAD MAX: FURIA EN LA CARRETERA

MAD MAX: FURY ROAD. 2015. 126´. Color.

Dirección: George Miller; Guión: Nico Lathouris, Brendan McCarthy y George Miller; Dirección de fotografía: John Seale;  Montaje: Margaret Sixel; Música: Junkie XL;  Dirección artística: Richard Hobbs (Supervisión); Diseño de producción: Colin Gibson; Producción: P.J. Voeten, Doug Mitchell y George Miller, para Kennedy Miller Productions-RatPac/Dune Entertainment- Village Roadshow-Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Tom Hardy (Max); Charlize Theron (Furiosa); Nicholas Hoult (Nux); Hugh Keays-Byrne (Immortan Joe); Josh Helman (Slit); Nathan Jones (Rictus Erectus); Zoe Kravitz (Toast); Rosie Huntington-Whiteley (Angharad); Riley Keogh, Abbey Lee, Courtney Eaton, John Howard, Richard Carter, Iota, Angus Sampson, Megan Gale, Melissa Jaffer, Jennifer Hagan.

Sinopsis: En su ruta solitaria a través de un mundo devastado tras una guerra termonuclear, Max se encuentra con Furiosa, una princesa que huye del tiránico reino de Immortan Joe en dirección al paisaje verde en el que pasó su niñez.

Casi cuarenta años después del exitoso estreno de la saga, George Miller regresó a las pantallas con una nueva entrega de Mad Max, esta vez sin el protagonismo de Mel Gibson. Nostalgia y nuevas tecnologías se unieron para fabricar un film que funcionó muy bien en las taquillas y gozó del respaldo mayoritario de la critica, llegando a acaparar los Oscars en categorías técnicas. A mi entender, Mad Max: Furia en la carretera no es sino otro ejercicio de pirotecnia sin contenido de esos que Hollywood factura como churros para satisfacción del público menos exigente.

Mel Gibson calificaba las películas de Mad Max en las que intervino como “basura de serie B con mucha clase”. Pues bien, resulta que lo que ha traído el siglo XXI a esta saga postapocalíptica es la pérdida de ese encanto de obra barata y resultona que tenían, en especial, las dos primeras películas. Lo que nos trae George Miller en el retorno de su franquicia más exitosa es un vacuo sinfín de efectos especiales ultramodernos y un aluvión de frenéticas persecuciones en el que alguna que otra vez, muy a lo lejos, se atisba un mínimo intento de guión. Opino que lo que ha hecho George Miller es, más que una película, un videojuego. Bastante logrado, eso sí, pero narrativamente pueril a más no poder. No es que uno pida Hamlet o El Padrino, pero a estas alturas del cuento ha visto muchas películas de acción de envoltorio menos espectacular pero mayor poso intelectual como para dejarse impresionar por este espídico ir y venir de ruido, velocidad y sangre al que demasiados críticos han alabado haciendo gala de una miopía preocupante. Puestos a desmenuzar el poco mensaje que pueda haber, he de decir que el hecho de que una película tan sostenible como esta articule un vago mensaje ecologista es una broma bastante buena, y que a quienes se traguen la coartada feminista, que por otra parte es más simple que un botijo, les vendría bien leer a Simone de Beauvoir. Bueno, o a quien sea.

En lo técnico, la película es apabullante, lo que constituye un elogio simplemente parcial, pues creo que la puesta en escena será más del agrado de los aficionados a los videojuegos que de los cinéfilos. El ritmo se construye a partir de un montaje muy acelerado y de unos efectos especiales muy a la última que se alejan de lo que uno entiende como cine. Las escenas de masas construidas por ordenador no me han gustado nunca, y no van a empezar a gustarme ahora. En esta película, en la que esas masas son presentadas como un tumulto de seres sin cerebro que jalean al gobernante que les echen (en eso, el film es realista), hay varias de esas escenas, y ninguna de ellas supera lo anecdótico. Lo mejor, la fotografía de John Seale, pues la música de Jumkie XL es ta ruidosa y carente de valor intelectual como el conjunto de la película.

Al frente del reparto, unos desaprovechadísimos Tom Hardy y Charlize Theron que, eso sí, habrán ganado haciendo esto lo que muchos no ganaremos en veinte vidas. El valor artístico de Mad Max: Furia en la carretera sería exactamente el mismo si la hubieran protagonizado Dwayne Johnson y Alicia Silverstone, pues los personajes de Max y Furiosa carecen de sustancia. Del resto, me quedo con Nicholas Hoult por el simple hecho de que es capaz de mostrar la evolución del único personaje que, desde un prisma humano, termina la película de un modo distinto a como la empieza. Los demás actores, ya sean bellas jóvenes, dictadores enmascarados o forzudos mononeuronales, podrían haber sido interpretados por robots y nadie notaría la diferencia.

Mad Max: Furia en la carretera es una película que se olvida tan pronto finalizan los títulos de crédito. Para ser exactos, a mí ya se me estaba olvidando antes de terminar de verla. Como los dólares han llenado los bolsillos de los productores, se anuncian nuevas secuelas de la saga. Salvo que me paguen por verlas, que no cuenten conmigo.

QUE OS DEN A TODOS: LA HISTORIA DE UWE BOLL

FUCK YOU ALL. THE UWE BOLL STORY. 2018. 96´. Color.

Dirección: Sean Patrick Shaul; Guión: Sean Patrick Shaul; Dirección de fotografía: Sean Patrick Shaul;  Montaje: Sean Patrick Shaul; Música: Young Pilot; Producción: Kayvon Saremi y Sean Patrick Shaul, para Prairie Coast Films (Canadá).

Intérpretes: Uwe Boll, Michael Paré, Brendan Fletcher, Clint Howard, Lindsay Hollister, Keith David, Luke Y. Thompson, Dan Clarke, Bryan C. Knight, John Wilson, Bert Harvey, Guinevere Turner, Jeff Sneider, Shawn Williamson, Natalie Boll, Darren McLean.

Sinopsis: Documental que analiza la carrera cinematográfica de Uwe Boll, a quien muchos consideran el peor director de todos los tiempos.

La historia del cine está infestada de malas películas, y de directores cuyo paso a la posteridad se sustenta en su poca destreza tras las cámaras. Eso sí, hay muchos cineastas cuya filmografía está fundamentalmente compuesta de obras infumables, pero sólo hay un Uwe Boll. Este documental, realizado por Sean Patrick Shaul después de haber analizado la obra del cómico Mack Sennett, nos da las claves para entender a este personaje tan sui generis.

Para ser justos, he de decir que conozco mucho más la fama que la obra de Uwe Boll, pues como mucho habré visto tres o cuatro trozos sueltos de alguna de sus películas. No importa: escuchar a este hombre, así como a varios de sus más cercanos colaboradores, no tiene desperdicio aunque no hayas visto un solo fotograma de su extensa producción, porque si algo distingue al realizador alemán es su absoluta falta de diplomacia. Sus altisonantes declaraciones, en las que básicamente se dedica a echar pestes sobre la industria de Hollywood y sobre quienes forman parte del negocio, llenarían por sí solas varios documentales. Dirigir malas películas no hace especial a un cineasta, incluso si éste destaca por poseer una capacidad de trabajo muy superior a su talento. El sello distintivo de Uwe Boll lo marcan la conjunción entre su carácter, su pericia (o su falta de ella) como director, la época en la que ha desarrollado su actividad y el tipo de películas que definen su trayectoria. Empezando por lo último, hay que decir que, cuando Boll aterrizó en Norteamérica después de dirigir cuatro films semiamateurs en su Alemania natal, se especializó en las adaptaciones cinematográficas de videojuegos, campo abonado al desastre desde que el mundo es mundo. A juzgar por los comentarios de un buen número de quienes se molestaron en ver obras como House of the dead o BloodRayne, su calidad es pésima. Si unimos a esto que estamos en la era de Internet y que precisamente entre los fans de los videojuegos se encuentra una parte significativa de la caverna freak del ciberespacio, obtenemos multitud de reacciones furibundas que calificaban a Boll como el peor director de la historia del cine, e incluso una campaña que abogaba por solicitar que el alemán no rodara más películas y que consiguió miles de firmas en su momento. ¿Cuál fue la respuesta de Boll a todo ese odio? Seguir rodando adaptaciones de videojuegos y responder a las críticas del modo más desafiante posible. La cosa llegó al extremo de que el realizador germano retó a algunos de sus críticos más acérrimos a un combate de boxeo… ocultando que él practicaba dicho deporte como aficionado. Los puso a todos finos, evidentemente, con lo que pudo materializar el sueño imposible de infinidad de artistas: partirles la cara a sus más odiados críticos.

No obstante, Shaul se toma la molestia de dejarnos ver a un Uwe Boll alejado del patán descerebrado que cualquiera podría imaginar, hasta el punto de que uno no llega a saber cuánto hay de pose y cuánto de honestidad en la aparente falta de filtro del director alemán establecido en Canadá. Sus opiniones pueden ser incorrectas y mordaces, pero, en general, están lejos de ser estúpidas. He de decir que el modo de enfocar la historia que tiene Sean Patrick Shaul me parece el más adecuado, pues parte de la pregunta clave (¿es en verdad Uwe Boll el peor director de la historia del cine?) y deja que sean las propias películas (mediante imágenes cuidadosamente elegidas, lo que deja entrever un buen trabajo de documentación), su director, algunos de los que participaron en ellas y varios de quienes las masacraron los que la respondan. El hecho curioso es que Boll se nos revela como un Roger Corman en versión trash: alguien que controla todo el proceso de producción de sus películas, más interesado en la cantidad que en la calidad y mucho mejor dotado para levantar proyectos que para conseguir que el resultado artístico de los mismos sea, como mínimo, decente. Shaul comienza su narración en el momento en el que Boll, con su característica diplomacia de elefante en cacharrería, anuncia su retirada del cine, provocada por el hecho de que sus películas han dejado de ser rentables. A continuación repasa la trayectoria de Boll como director y le deja cuando ya se encuentra alejado del circuito cinematográfico. Eso sí, que nadie espere ver a un tipo hundido en el resentimiento: arrinconadas las cámaras, Boll se consagró a su otra gran pasión, la gastronomía, abriendo un restaurante en Vancouver que posee las virtudes de las que carecen sus películas: estilo, buen gusto, la pausa necesario para que el trabajo esté bien hecho y resulte también satisfactorio para la vista… y unas críticas en general muy favorables.

Un documental que recomiendo a todo el mundo, en el que lo que más me disgusta es la mojigata traducción al español de su título original, y donde sólo echo en falta declaraciones de las diversas estrellas de Hollywood (véanse los repartos de la mencionada BloodRayne o de En el nombre del Rey) que trabajaron a las órdenes de Uwe Boll, todo un personaje que, desde luego, no deja a nadie indiferente.


SICARIO

SICARIO. 2015. 121´. Color.

Dirección: Denis Villeneuve; Guión: Taylor Sheridan; Director de fotografía: Roger Deakins;  Montaje: Joe Walker; Música: Johann Johansson; Diseño de producción: Patrice Vermette; Dirección artística: Paul D. Kelly (Supervisión); Producción: Molly Smith, Basil Iwanyk, Thad Luckinbill, Trent Luckinbill y Edward L. O´Donnell, para Lionsgate-Black Label Media-Thunder Road-Redrum-Emperor Motion Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Emily Blunt (Kate Macer); Benicio Del Toro (Alejandro); Josh Brolin (Matt Graver); Victor Garber (Dave Jennings); Daniel Kaluuya (Reggie Wayne); Jon Bernthal (Ted); Maximiliano Hernández (Silvio); Jeffrey Donovan (Steve Forsing); Raoul Trujillo (Rafael); Julio César Cedillo (Fausto Alarcón); Hank Rogerson (Phil Coopers); Bernardo Saracino, Kevin Wiggins, Edgar Arreola, Kim Larrichio, Jesús Nevárez-Castillo, Dylan Kenin, John Trejo, Marty Lindsey, Jesse Ramírez.

Sinopsis: Una joven agente del FBI es reclutada para tomar parte en una gran operación antidroga a ambos lados de la frontera con México.

Después de la magnífica Prisioneros, el canadiense Denis Villeneuve continuó transitando el camino que le ha llevado a convertirse en uno de los cineastas de referencia de este siglo con Sicario, un film que se centra en la lucha contra los cárteles de la droga y que en ciertos aspectos toma el relevo de Traffic, la película de Steven Soderbergh que permanece como obra clave del subgénero narco. Sicario obtuvo buenas críticas y funcionó de manera satisfactoria en las taquillas, si bien quedó al margen del circuito de los grandes premios en el que, sin duda, merecía estar.

Con un puñado de películas excelentes, Villeneuve se ha revelado como un narrador cinematográfico de alta escuela. Aquí, no es sólo que con el breve rótulo inicial ya nos esté explicando la película, sino que la introducción es una de las más intensas e hipnóticas que uno ha visto desde que dejó de ser joven. La entrada de los agentes federales en esa auténtica casa de los horrores que es el recóndito refugio de los narcos en Nuevo México, con traca final incluida, está resuelta de un modo inmejorable en cuanto a la planificación y la ejecución, y logra que el espectador ni pestañee ante la visión de un macabro espectáculo que forma parte del mundo en que vivimos. La destreza de la joven agente Kate Macer en esos duros trabajos hace que sea reclutada para las grandes ligas, es decir, para una operación de la máxima envergadura contra uno de los cárteles más poderosos de México. Ahí, Kate entra en un mundo nuevo, en el que la línea entre ambos lados de la ley se difumina y todo se convierte en una guerra en la que no existen reglas. Por ello, Sicario es también un film de iniciación, en el que la protagonista, y con ella también el público, comprende que para combatir a un enemigo que no conoce los límites morales las únicas alternativas son ponerse a su altura o fracasar.

La ambigüedad moral y las excursiones por las tinieblas son terrenos en los que Denis Villeneuve se mueve con envidiable soltura. En consecuencia, el apabullante debut de Taylor Sheridan como guionista le fue de gran utilidad para elaborar el que considero el film definitivo sobre la lucha contra el crimen organizado en esta época convulsa. Las palabras de Sheridan, y las imágenes, muchas veces virtuosas, del director canadiense nos explican los entresijos de la guerra contra el narcotráfico y la necesidad de hacer esa guerra, pero también por qué no se está ganando. En medio, emerge un personaje que tiene mucho de antihéroe de cómic y también de justiciero a la antigua usanza, que posee una presencia magnética y que, poco a poco, se adueña de la película hasta devorarla como si de una enchilada se tratase. Ese personaje es Alejandro, el verdadero protagonista, un hombre que lo ha perdido todo y vive sólo para vengarse. No es que el libreto de Sheridan sea demasiado original en este aspecto, pero la forma de plantear y desarrollar el conflicto lo sitúan muy por encima de la media. Hay quienes dicen que el desenlace es poco verosímil, a lo que me permito replicar que, en ese caso, ojalá fuera la realidad la que imitara al cine. En mi opinión, todo encaja de un modo perfecto, pues en ningún momento decae el interés suscitado en la introducción y el final es, a la vez, amargo y revelador, palabras que describen muy bien lo que es en conjunto la película. Villeneuve, que hace un uso discreto y muy efectivo de la tecnología (véase la escena nocturna que discurre a través del túnel que los narcos utilizan para comunicar ambos lados de la frontera), demuestra que para filmar escenas de acción de un modo convincente no es necesario marear al respetable con zooms desmadrados ni con una sucesión de planos efectistas montados por alguien que parece presa de un ataque epiléptico. Se ha comparado el modo de filmar estas escenas con el desplegado por Kathryn Bigelow en La noche más oscura, y creo que el símil es bastante afortunado. En lo de crear tensión y lograr una atmósfera cautivadora, Villeneuve ya es un maestro. Quien lo dude, que vea atentamente cómo se maneja la escena en la que el ligue de bar de Kate resulta ser una cosa bien distinta.

Sicario no sería la obra mayor que es si no contara con la impagable participación de auténticos primeros espadas en su disciplina como, por ejemplo, Roger Deakins, que brilla aquí con la misma intensidad que en sus mejores trabajos, algo importante tratándose de alguien que, en 1984, ya hizo saber a la cinefilia que es un maestro en lo suyo. Escenografía y montaje están a la altura, y la música de Johann Johansson es todo lo malsana y opresiva que la película requiere, muestra de que el entendimiento entre este compositor y Villeneuve es notable.

Debo decir que no soy muy conocedor de la trayectoria de Emily Blunt, pues esta actriz no parece demasiado dada a participar en películas que me interesen. No obstante, creo que su interpretación en Sicario merece una muy buena nota, pues resulta creíble a la hora de dar vida a una mujer a la vez fuerte y vulnerable, que trata de no perder su integridad dentro de un microcosmos en el que esa virtud es más bien un problema. Dicho esto, me quito mi figurado sombrero para elogiar el trabajo de Benicio Del Toro, sobresaliente actor que en los últimos años ha desplegado su talento en films para el gran público y que aquí encontró a uno de esos caracteres que los actores de raza se pelean por interpretar. Alejandro es un personaje oscuro y mesiánico, que sabe que el mundo en el que se desenvuelve hay pocas preguntas, y una sola respuesta para todas ellas. Que Del Toro no fuera ni nominado al Oscar sólo hace que ratificarme en mi creencia de que la relación entre la Academia de Hollywood y el cine es meramente tangencial. Cerrado el capítulo de loas a Benicio, he de decir que Josh Brolin, que da vida al peculiar responsable de la operación antidroga, tampoco se queda corto en lo que a despliegue interpretativo se refiere. La labor de Daniel Kaluuya, un agente federal escrupuloso en el cumplimiento de la ley que aún conserva un punto de idealismo, así como las de otros actores como Victor Garber o Raoul Trujillo, también son dignas de mención, pero palidecen frente a la brillante aparición de Jon Bernthal.

Para finalizar, seré muy breve: Sicario es una película magistral que todo el mundo debería ver con los ojos muy abiertos.


SCABBARD SAMURAI

SAYA ZAMURAI. 2010. 101´. Color.

Dirección: Hitoshi Matsumoto; Guión: Mitsuyoshi Takasu, Tomoji Hasegawa, Koji Ema, Mitsuru Kuramoto, Hitoshi Matsumoto e Itsuji Itao; Dirección de fotografía: Ryuto Kondo; Montaje: Yoshitaka Honda; Música: Yashuaki Shimizu; Diseño de producción: Etsuko Aiko; Producción: Akihiko Okamoto, para Kyorako Sangyo-Phantom Film- Shochiku- Yoshimoto Kogyo Company (Japón).

Intérpretes: Takaaki Nomi (Kanjuro Nomi); Sea Kumada (Tae); Itsuji Itao (Guardián adulto); Tokio Emoto (Guardián joven); Jun Kunimura (Señor); Masato Ibu (Lugarteniente del señor); Ryo (Asesina del shamisen); Rolly (Asesino joven); Zennosuke Fukkin (Asesino quiropráctico); Kazuro Takehara (Monje); Yasutomo Ihara, Satoru Yitsunashi, Takumi Matsumoto, Hiroshi Noguchi, Ippei Osako.

Sinopsis: Un viejo samurai que ha perdido su espada es perseguido por desertor y, finalmente, capturado, Su único modo de evitar la muerte será hacer reír al joven príncipe antes de treinta días.

Hitoshi Matsumoto se ha ganado en Occidente una reputación de director de culto que, en España, viene garantizada por el ya habitual estreno de sus películas en el festival de Sitges. Su, por ahora, penúltimo film, Scabbard Samurai, supuso un giro en su trayectoria, hasta entonces centrada en un humor absurdo que le hizo ganarse tantos partidarios como detractores. En la obra que nos ocupa, Matsumoto no renuncia a su marca de fábrica, pero añade una serie de elementos dramáticos que, en mi opinión, acaban de dar forma a una película bastante perfecta en su imperfección.

Sabido es que el chambara es el género más exportado por el cine japonés. Atrás quedan las obras maestras de Kurosawa o Kobayashi, pero el interés por el cine de samuráis no ha menguado con el tiempo. Ahí queda como ejemplo el éxito de la versión de Zatoichi filmada por Takeshi Kitano, director al que unen muchas similitudes con Matsumoto: ambos proceden del teatro, consiguieron una gran popularidad gracias a su aparición en célebres programas de humor televisivos y han sido capaces de labrarse un prestigio como cineastas con una obra que une el tradicionalismo con la heterodoxia. Poco convencional es el inicio de Scabbard Samurai, en el que, sin palabras, Matsumoto nos presenta a los dos principales protagonistas: un hombre, mal vestido y de aspecto avejentado, huye a la carrera de unos enemigos que, como pronto sabremos, buscan la recompensa que ofrecen por él, mientras una niña le persigue por los caminos. Esa criatura es la hija del samurai, que lo único que retiene de tal condición es el nombre, pues vaga por el mundo sin espada y huyendo de quienes le buscan por desertor. En esta introducción, que en muchos aspectos remite al chambara setentero al que homenajeó Quentin Tarantino en Kill Bill, ya se atisba que nos encontramos con una versión bastante bizarra del clásico film de samuráis, con un estilo, que también se extiende al trabajo de los actores, que oscila entre lo parco y lo excesivo sin apenas escalas intermedias.

Por fin, el viejo samurai sin espada es capturado por los siervos de un señorío que vive apesadumbrado porque el joven príncipe ha perdido la alegría y es incapaz de sonreír. Para salvar su vida, el reo dispone de treinta días para hacer reír al príncipe. De lo contrario (y otros ha sucumbido ya en la tarea) deberá cometer seppuku. Aquí empieza otra película, en la que Matsumoto da rienda suelta a su estrambótica comicidad al tiempo que lanza un mensaje sobre el duro oficio del humorista. El prisionero, con más patetismo que traza, intenta inútilmente arrancarle una sonrisa al joven príncipe, mientras su hija no oculta que preferiría verle muerto que haciendo el ridículo en una empresa destinada al fracaso. No obstante, el samurai se agarra a su única opción para seguir con vida con tal empeño que acaba por conseguir la colaboración de su hija y de sus propios guardianes, quienes emplean su ingenio en ayudar al preso a conseguir su propósito. Sobre esta parte de la película he de decir que algunas de las estrategias empleadas por el samurai para provocar la risa, que resultarán familiares a quienes hayan visto Humor Amarillo, me llevaron a la carcajada, algo no muy sencillo en este momento y lugar. Ver al estoico samurai someterse a pruebas cada vez más disparatadas y humillantes, y escuchar acto seguido el grito del lugarteniente del señor anunciando que la condena seguía vigente y que quedaba un día menos para cumplirla me llevó al descojone, simple que es uno. Sin embargo, que el protagonista haga el idiota no quiere decir que el director lo sea, y el film adquiere otro tono cuando el pueblo, e incluso el señor de la comarca, anhelan que el príncipe sonría, conmovidos por el esfuerzo del viejo samurai; pero esa sonrisa no llega y el cumplimiento de la sentencia se acerca.

En lo formal la película está muy cuidada, destacando por su cromatismo colorista, en el que predominan los tonos primarios y muy vivos. En general, la manera de filmar es sobria, aunque en ocasiones Matsumoto se descuelga con detalles como ilustrar los ataques de los asesinos al protagonista situando a éste ante una pantalla en negro, o recreándose con la cámara lenta en algunos de sus intentos cómicos más ridículos. En este punto, he de decir que poner en off, con el mismo plano exterior del castillo, la voz condenatoria del lugarteniente es un acierto porque acentúa el efecto cómico una vez la escena se ha repetido varias veces. Hay que alabar, además, la calidad de la partitura musical de Yashuaki Shinizu, que brilla más en la parte final, que es precisamente en la que el film muestra mayor sensibilidad y se centra en la relación paterno-filial.

No me cabe duda de que Matsumoto conoce bien la obra de Buster Keaton, y por ello sabe que la imperturbabilidad del protagonista frente a lo absurdo o lo disparatado es un fantástico recurso humorístico del que se beneficia Takaaki Nomi, un actor sin experiencia cinematográfica previa que hace un notable trabajo. Más experiencia tenía ante las cámaras la niña que interpreta a su hija en la ficción, Sea Kumada, y la verdad es que su actuación transmite energía y no resulta ni por asomo tan repelente como la práctica totalidad de los niños actores de Hollywood. Aunque, para veteranos, el siempre notable Jun Kunimura, un estajanovista de la interpretación que aborda su sexta década en el oficio y aporta su sello de calidad, y un intérprete que aún supera en experiencia a Kunimura y le iguala en el saber hacer, Masato Ibu. De los guardianes, mejor Itsuji Itao, otro rostro recurrente del audiovisual japonés, y entre los asesinos me quedo con una graciosa Ryo frente a un sobreactuado Zennosuke Fukkin y a un Rolly que no me acaba de dar el peso.

Scabbard Samurai es una agradable sorpresa para el cinéfilo sin complejos, pues es una obra graciosa y sensible que aporta un plus a la carrera como director de Hitoshi Matsumoto, un cineasta que ofrece una propuesta arriesgada que huye de clichés y sale airoso del desafío.



RECETA NAVIDEÑA

Sabedor de que la Navidad es una inmejorable excusa para ponerse ternesco, me permito anunciar cuál es la mejor manera de preparar un pollo a la catalana: robar el 3% del pollo.