YESTERDAY

YESTERDAY. 2019. 116´. Color.

Dirección: Danny Boyle; Guión: Richard Curtis, basado en una historia de Jack Barth y Richard Curtis; Dirección de fotografía: Christopher Ross;  Montaje: Jon Harris; Música: Daniel Pemberton. Canciones de The Beatles;  Dirección artística: James Wakefield (Supervisión); Diseño de producción: Patrick Rolfe; Producción: Matthew James Wilkinson, Bernard Bellew, Danny Boyle, Richard Curtis, Eric Fellner y Tim Bevan, para Perfect World Pictures-Working Title-Decibel Films-Dentsu-Etalon Films (Reino Unido-EE.UU.).

Intérpretes: Himesh Patel (Jack Malik); Lily James (Ellie); Joel Fry (Rocky); Kate McKinnon (Debra Hammer); Ed Sheeran (Él mismo); Alexander Arnold (Gavin); Sophia Di Martino (Carol); Harry Michell (Nick); Sanjeev Bhaskar (Jed Malik); Meera Syal (Sheila Malik); Ellise Chapell (Lucy); Michael Kiwanuka (Él mismo); Karl Theobald, Justin Edwards, Sarah Lancashire, Camilla Rutherford, Lamorne Morris, Dominic Coleman, James Corden.

Sinopsis: Después de un breve apagón que afecta a todo el planeta, parece haberse borrado todo rastro de la existencia de los Beatles. Jack, un cantautor sin éxito, decide lanzarse a interpretar sus canciones, que todos creen de su autoría.

Si aceptamos que la carrera como director de Danny Boyle está marcada por los altibajos, podemos decir que Yesterday es, de entre sus películas inscribibles en la primera categoría, la que menos consensos ha generado. Vitoreada por unos y menospreciada por otros, tanto críticos como espectadores, esta comedia romántica logró un indiscutible éxito comercial que vino a consolidar una trayectoria que, en los años precedentes, se había mostrado errática.

Aciertan quienes dicen que Yesterday es un film más de guionista que de director, pues por todas partes encontramos las huellas de Richard Curtis, que con los años se ha hecho acreedor al título de rey de la comedia romántica made in England. Que es la verdadera naturaleza de la película, lo cual no es necesariamente un elogio, porque uno piensa que la historia daba para más. Sucede, por aquello de ir dejando las cosas claras, que Yesterday es una obra deliciosa… en la que no hay un ápice de verdad. El dúo Boyle/Curtis juega a ser Frank Capra, y durante gran parte del metraje lo hace con tanto estilo que el espectador devora el dulce, pese a que las décadas no han pasado en balde y el nivel de ingenuidad del público medio está muy por debajo del que pudiera existir en la Norteamérica del new deal. El mayor problema no es que la premisa argumental sea increíble, aunque sólo fuera porque un mundo del que hubiese desaparecido todo rastro de los Beatles jamás podría ser igual que uno en el que los fab four jamás hubiesen existido (¿dónde están Paul y Ringo, dónde quedan las innumerables, algunas de ellas celebérrimas, versiones de sus temas, o el montón de gente que a lo largo de las décadas ha vivido, y sigue haciéndolo, de los inmensos beneficios generados por ellos?), sino que el final, con resurrección incluida, es más increíble aún y, lo que es peor, del todo previsible y de un edulcorado tan subido que hace necesaria la insulina. La película es un caramelo que va de más a menos y, al final, empalaga. Una lástima, porque Curtis es un tipo brillante, que tiene golpes geniales al mostrar la realidad cotidiana de un artista fracasado (esa euforia por estar presente en un reputado festival, pronto mitigada por la cruda realidad, esos empleos infames y alimenticios, las reacciones de los familiares y amigos del protagonista cuando éste empieza a rescatar las canciones de los Beatles, que todos creen suyas), y se muestra muy preciso, a la par que divertido, a la hora de diseccionar todo lo que ha jodido la música popular en esta época (lo que suele conocerse como industria musical) y en las pasadas (omitiendo, eso sí, el jarro de agua fría: que, precisamente por eso, si las canciones de los Beatles fuesen publicadas ahora no generarían un impacto ni siquiera comparable al terremoto planetario que causaron en los 60). Por desgracia, el guión desaprovecha estos magníficos elementos y opta por desembocar en otra comedia romántica sobre la falsa dicotomía éxito/felicidad que ya hemos visto infinidad de veces y que, parafraseando al gran Burt Bacharach, el mundo no necesita ahora.

Danny Boyle es un director de cine muy talentoso, y a eso debemos también que, durante casi toda la película, el visionado sea placentero. Imprime ritmo, extrae chispa, filma muy bien la música en directo, captando la interacción público-artista sin marear al respetable como recurso estilístico, e ilustra tan bien lo que dicen los rostros de los personajes que a veces sus palabras suponen un innecesario añadido. Me parece también de mucho nivel el montaje, y qué decir de esas canciones inmortales… bueno, aquí sí diré algo: que los artífices de la película quizá pensaron demasiado en la taquilla al incluir algunas de ellas durante el relato.

Los actores poseen encanto, lo que sin duda hace que la película suba enteros… o chirríe menos cuando lo hace. No conocía de nada a Himesh Patel, y lo cierto es que su interpretación, tanto en lo relativo a la vertiente dramática como a la musical, ha sido una grata sorpresa. El nombre de Lily James me era más familiar, y por ello sabía que en ella hay madera de gran actriz. Lástima que su personaje acabe cayendo en el tópico más estrepitoso. Quienes están francamente divertidos son Joel Fry, en el papel del colgado ayudante de Jack, y Kate McKinnon, excelente como esa especie de víbora codiciosa que tanto abunda en eso del artisteo (le falta inflar de alcohol y drogas a su nueva estrella para manejarla a su antojo, pero claro, eso ya se alejaría demasiado del espíritu Capra). Ed Sheeran ofrece una generosa versión de sí mismo, Michael Kiwanuka (músico de alto nivel) aparece demasiado poco, y Alexander Arnold merece un notable.

Muy buena película… hasta que se vuelve tan ñoña como una canción de Ed Sheeran.

LA LEYENDA DEL SANTO BEBEDOR

LA LEGGENDA DEL SANTO BEVITORE. 1988. 126´. Color.

Dirección: Ermanno Olmi; Guión: Ermanno Olmi y Tullio Kezich, basado en el relato de Joseph Roth; Director de fotografía: Dante Spinotti; Montaje: Ermanno Olmi, Paolo Cottignola y Fabio Olmi; Música: Igor Stravinsky; Diseño de producción: Gianni Quaranta; Producción: Roberto Cicutto y Vincenzo Di Leo, para Aura Film-Cecchi Gori Group Tiger Cinematografica (Italia-Francia).

Intérpretes: Rutger Hauer (Andreas); Anthony Quayle (Caballero); Sandrine Dumas (Gaby); Dominique Pinon (Wojtech); Sophie Segalen (Karoline); Jean-Maurice Chanet (Daniel Kaniak); Cécile Paoli (Vendedora de la tienda de pieles); Dalila Belatreche (Thérèse); Francesco Aldighieri (Policía); Joseph De Medina, Françoise Pìnkwasser, Joséphine Lecaille, Maria Mazzocco, Claude Kolton, Jacques Pasternak, Stanislas Sobolak, Bernard Leclerc.

Sinopsis: Andreas, un emigrante polaco que vive en la indigencia, recibe el encargo de hacer un donativo a una santa, a cuenta de un distinguido caballero. Una serie de reencuentros y adversidades le impiden ejecutar la demanda.

Los paladares más exquisitos de la cinefilia no suelen olvidarse de incluir a Ermanno Olmi en sus listas de los cineastas italianos más importantes. Director introspectivo y personal, siempre ajeno a modas y tendencias, Olmi fue construyendo paso a paso una filmografía muy sólida, que incluye dos obras maestras indiscutibles. La leyenda del santo bebedor supuso el retorno al primer plano del realizador bergamasco, con León de Oro incluido, después de que los dos largometrajes de ficción que sucedieron a la segunda de las obras maestras mencionadas, El árbol de los zuecos, quedaran por debajo de las expectativas despertadas.

Estamos ante una de las escasas oportunidades en las que Olmi trabajó a partir de material literario ajeno, en este caso una novela, de claros tintes autobiográficos, escrita por Joseph Roth poco antes de morir en 1939. Sea como fuere, a un humanista cristiano como Olmi no debió de resultarle complicado llevar a su terreno una obra cuyos ejes son la fe, el alcoholismo y el desarraigo, sin duda las tres circunstancias que con más fuerza marcaron los últimos años de vida de Roth. La adaptación, en consecuencia, es muy fiel al material de origen. El director deja que el relato fluya (quizá con excesiva parsimonia en el último tercio), y filma con espíritu compasivo las andanzas de un hombre perdido para el mundo, que encuentra en la religión su último punto de apoyo. Vista desde una perspectiva atea, tal vez la película no sea más que el postrero delirio alcohólico de un individuo marcado por la tragedia, pero Roth, un judío convertido al catolicismo quizá por aquello de que la vida eterna, que es la única esperanza para quienes han dejado escapar todas las otras, no forma parte de su credo original, y Olmi van por otro lado. Con la mirada del documentalista que siempre fue, el director italiano filma un París muy distinto del que suele verse en el cine, en especial en el estadounidense, porque la ciudad de los sin techo es mucho más gris que luminosa. No obstante, en la visión que nos da la película del olvidado universo de los indigentes predomina un misticismo que envuelve las peripecias del protagonista, y la propia ciudad que les sirve de marco, lo que nos devolvería al delirio antes aludido. Olmi sabe impregnar sus imágenes de poesía, y domina tan bien el arte de narrar mediante imágenes que puede permitirse no utilizar las palabras más allá de lo imprescindible. En la puesta en escena, lo irreal y lo realista se dan la mano para crear una atmósfera, fruto también de la excelsa fotografía de Dante Spinotti, en la que lo más llamativo es el afán de trascendencia. Como ya hiciera en El árbol de los zuecos, utiliza las obras de un compositor clásico para que el espectador sea partícipe de lo esencial de la historia: si en aquella ocasión fue Johann Sebastian Bach el músico elegido, ahora recurre al nombre más importante de la música clásica en el siglo XX: Igor Stravinski. En la obra del ruso, como en la película, aparecen la mística y el delirio, la poesía clásica y la disonancia. Sin duda, Olmi escogió bien: en la música de Stravinski hallamos todos los elementos que pueden ayudar a comprender a Andreas, alguien que llegó del Este y se debate entre la conservación de la identidad y su irremisible pérdida.

Este personaje, que es a la vez símbolo y alter ego, es quien nos ofrece todas las claves: su alcoholismo es producto de la culpa. Minero en su Silesia natal, un homicidio involuntario le empuja a la huida y le lleva hasta París. Error: el cambio de lugar no atenúa su pena, que intenta sin éxito ahogar a través del vino y la absenta. Lo que sí logra Andreas con su fuga es añadir un nuevo factor de perdición: el desarraigo. Solo y alcoholizado, su destino es dormir bajo los puentes. Una mañana, un elegante anciano se acerca a él y le entrega doscientos francos, con la condición de entregar esa misma cantidad en la iglesia de Sainte Marie des Batignolles como donativo a la santa Teresa de Lisieux. Andreas, quizá no consciente de que lo primero que pierde un adicto es la dignidad, se exige cumplir el encargo, pero una y otra vez algo se lo impide, casi siempre en forma de reencuentros con su pasado: el primero de ellos, con Karoline, la mujer de la que se enamoró, desencadenando la tragedia que motivó su huida; Andreas se cruza con ella cuando está atravesando la calle que le separa de la iglesia. ¿El destino? Con Karoline ha sido mucho más generoso, pues su escalada social se percibe a simple vista. También a Daniel, un antiguo compañero de escuela de Andreas, la vida le ha sonreído, pues visita la capital gala convertido en un famoso boxeador, En cambio, Wojtech, que trabajó con él en las minas, es otro símbolo del fracaso bañado en vino. Estas figuras del pasado parecen reaparecer en la vida de Andreas con el único propósito de impedirle cumplir su encargo; en contraste, el postrero reencuentro con sus padres tiene aires fantasmagóricos: en plena caída a los infiernos, Andreas es consciente de haber sido una decepción para ellos. Esta sucesión de hechos, ¿es real, o sólo una alucinación producto del delirium tremens? El hecho de que también el dinero necesario para ofrecer el donativo se escurra una y otra vez de entre los dedos de Andreas parece sugerir lo segundo, aunque Roth y Olmi (cuyo estilo es deudor de cineastas ascéticos como Dreyer, Bresson y, por supuesto, Rossellini), de acuerdo a lo que ya se ha dicho, opten por la mística.

La película nos permite contemplar una de las mejores interpretaciones en la carrera de Rutger Hauer, un gran actor que rodó una cantidad de bodrios realmente asombrosa. Sin excesos, el holandés emerge como una de las mejores bazas del film al mostrar toda la tristeza y el vacío interior de un personaje que, pese a ello, jamás se nos muestra deshumanizado. En el rol del distinguido caballero que hace el encargo encontramos a un ilustre veterano, Anthony Quayle, que hizo aquí su último gran papel. Otra notable interpretación es la de Sandrine Dumas, actriz de carrera intermitente y menos distinguida de lo que se presumía, dando vida a Gaby, la bailarina que roba a Andreas. Sophie Segalen, en su única aparición en la gran pantalla, se muestra mucho menos entonada, al contrario que un brillantemente patético Dominique Pinon, y que un acertado Joseph De Medina.

No es una obra maestra, porque en ocasiones la narración se vuelve repetitiva, pero La leyenda del santo bebedor sí está a la altura de lo que fue Ermanno Olmi: un gran director de cine.

ALMA DE ACTOR

AN ACTOR PREPARES. 2018. 95´. Color.

Dirección: Steve Clark; Guión: Steve Clark y Thomas Moffett; Dirección de fotografía: John Bailey; Montaje: Anne McCabe; Dirección artística: Jennifer R. Blair Música: Tony Morales; Diseño de producción: Gae S. Buckley; Producción: Tom Butterfield, Steve Clark, Will Rowbotham, Derrick Tseng, David M. Rosenthal y Tom Lassally, para Pandemic Film-Metrol Technology-Head Gear Films (EE.UU.).

Intérpretes: Jeremy Irons (Atticus Smith); Jack Huston (Adam Smith); Ben Schwartz (Jimmy); Mamie Gummer (Annabelle); Megalyn Echikunwoke (Clementine); Poorma Jagganathan (Dra. Fisher); Will Patton (Wisdom); Frankie Faison (Diácono Frank Dodge); Colby Minifie (Danielle); Matthew Modine, Atkins Estimond, Larry Pine, Danielle Lyn, Cory Scott Allen.

Sinopsis: Un laureado y juerguista actor, después de sufrir un infarto, debe viajar hasta Nueva York con su hijo, con quien lleva años enfrentado.

Steve Clark estrenó su tercer largometraje, Alma de actor, casi un lustro después del segundo, Night has settled, considerado un film bastante prometedor por buena parte de la crítica. El ansiado salto adelante que podía esperarse aquí, por tratarse de una obra de mayor presupuesto y con un reparto encabezado por un actor de primera fila, estuvo lejos de producirse, porque Alma de actor fue despreciada por los profesionales de la valoración de la obra ajena, y tuvo una carrera comercial realmente pobre.

Ni estamos ante una gran película, ni ante el producto prescindible que algunos han querido ver. A Steve Clark le ha faltado encontrarle el tono a su historia y ser consecuente con él hasta el final, pero eso no significa que en Alma de actor no existan cualidades dignas de aprecio, aunque en el guión no abunden los elementos originales ni la trama se diferencie demasiado de la de un telefilm de sobremesa. Dicho esto, hay cierta gracia en la historia de la vieja gloria inmadura y libertina obligada a convivir con un hijo a quien repudió tiempo atrás y que ha crecido esforzándose al máximo en ser lo contrario de su progenitor. Esa gracia está en la incorrección que subyace en toda la película, lastrada, eso sí, por las concesiones a lo lacrimógeno que lo invaden todo en la parte final. Está bien que los personajes principales decidan dedicarse al noble y difícil arte de recomponer las relaciones rotas, pero ahí Clark peca de blando, y eso, que nunca está bien, luce peor cuando lo más notable que has ofrecido hasta entonces transitaba por derroteros mucho menos solemnes. Para que se me entienda: Alma de actor se queda a medio camino entre Modern family y Shameless, pero es mucho mejor cuando se aproxima a esta última teleserie. Esta road movie sobre lazos de sangre y caracteres contrapuestos da lo mejor de sí cuando se desmelena, y cae en lo trillado cuando se pone seria. Por otra parte, el recurso de ilustrar los trayectos en carretera con canciones que explican la historia y muestran el estado de ánimo de los personajes está ya muy visto, y pese a ello se utiliza varias veces durante la película. Para que esas escenas tengan valor narrativo han de ofrecer un extra, como hizo con maestría Clint Eastwood en Mula. Clark, como tantos otros, utiliza ese recurso como muleta.

Una comedia dramática, pues, que funciona mejor cuando se adentra en lo gamberro, gracias a la septuagenaria inmadurez de un legendario actor cuyos hábitos e intereses son los de la clásica estrella del rock. Un infarto (por otro lado, más que previsible) y la cercana boda de su hija obligan a este ser narcisista y desinhibido a viajar desde Los Ángeles a Nueva York en compañía del hijo a quien repudió quince años atrás, cuando una de sus infidelidades llegó a oídos de su esposa y todo acabó en un conflictivo divorcio. El vástago, ya un treintañero con novia formal que se dedica a realizar documentales e impartir cursos sobre el feminismo, asume la incómoda tarea de hacer de niñera de ese padre que le desprecia con la falta de entusiasmo que resulta lógico suponer. Eso sí, notable para Clark en su análisis del comportamiento masculino, pues en unas pocas escenas muestra dos grandes verdades: que quienes confunden galantería con acoso son repulsivos, en especial si ya tienen edad para jugar a la petanca, y que un hombre feminista es algo antinatural. Ahí, y en algunas escenas en las que se consigue la comicidad pretendida a través de lo incorrecto, están las razones que justifican el visionado de una película que, por lo demás, es bastante rutinaria en los aspectos técnicos y de puesta en escena.

Por supuesto, el alma de la fiesta es un Jeremy Irons que puede ofrecernos su lado más travieso, y da la sensación de disfrutar bastante con ello. En este magnífico actor descansa el otro gran motivo para pasarlo bien con el visionado de esta película. Jack Huston, un intérprete en auge, da una buena réplica a la indiscutible estrella de la función, aunque su papel ofrezca menos posibilidades para el lucimiento. Ben Schwartz, actor curtido en la pequeña pantalla, brinda algún momento destacable, mientras que Mamie Gummer y Will Patton aportan su reconocida solvencia. Destacar, por último, la breve aparición de Matthew Modine como entrevistador televisivo.

No maravilla, pero entretiene, y posee algunos destellos de calidad. Alma de actor no es lo que debió haber sido, pero tampoco hay que lanzarla a la papelera por eso.

MIRAI, MI HERMANA PEQUEÑA

MIRAI NO MIRAI. 2018. 97´. Color.

Dirección: Mamoru Hosoda; Guión: Mamoru Hosoda; Montaje: Shigeru Nishiyama; Música: Masakatsu Takagi; Diseño de producción: Anri Jojo, Tupera Tupera, Makoto Tanijiri, Reio Ono y Yoshitaka Kameda; Dirección artística: Takashi Omori y Yohei Takamatsu; Diseño de vestuario: Daisuke Iga; Producción: Genki Kawamura, Yuichiro Sato, Takuya Ito y Yuichi Adachi, para Studio Chizu-CTV-Toho Company-Dentsu-Kadokawa- NTT Dokomo (Japón).

Intérpretes: Moka Kamishiraishi (Voz de Kun); Haru Kuroki (Voz de Mirai); Gen Hoshino (Voz del padre); Kumiko Haso (Voz de la madre); Mitsuo Yoshihara (Voz de Yukko); Yoshiko Miyazaki (Voz de la abuela); Koji Yakusho (Voz del abuelo); Masaharu Fukuyama, Kaede Hondo.

Sinopsis: Un niño de cuatro años, que siempre ha gozado de todas las atenciones, por parte de sus padres, siente celos cuando llega una hija a la familia.

La de Mamoru Hosoda es una de las trayectorias más sólidas en el cine de animación japonés del siglo XXI. Varios éxitos seguidos le han colocado entre los nombres de referencia para los aficionados al género, y Mirai, mi hermana pequeña, que estuvo entre las películas nominadas al Óscar al mejor largometraje de animación, continuó la racha, si bien no fueron pocos los fans del director que afirmaron, y creo que no se equivocan, que esta obra supone un pequeño retroceso en su carrera.

Desde muy distintas perspectivas, el cine ha analizado en multitud de ocasiones el acusado cambio de estatus que vive un niño acostumbrado desde la cuna a ser el rey de la casa cuando otro bebé llega a su hogar. Hosoda centra su mirada en uno de esos niños, Kun, criatura consentida y caprichosa que representa a la perfección ese arquetipo del pequeño dictador originado por los modernos modelos de familia. Lo cierto es que el film, que jamás esconde que su público objetivo es el infantil, arranca bastante bien, con un amable pero verosímil retrato del infante protagonista y un cuidadoso análisis de la transformación de los roles familiares tradicionales. Hecho esto, el director, que ya ha dejado claro que la actitud de Kun ante lo que considera una injustificada postergación consiste en el enfrentamiento con los progenitores y la animadversión hacia la recién nacida, se muestra fiel a su estilo y hace aparecer lo fantástico para aportar el necesario toque de magia y resolver el problema planteado en la trama. Ocurre, no obstante, que esa aparición de lo extraordinario no sirve para que la película suba enteros, sino más bien al revés: al margen de subrayar, a través de las distintas escenas, la importancia del respeto a la herencia, entendiendo como tal el legado de los ancestros, esa pretendida magia no brilla como debiera, y termina haciendo que el film sea repetitivo y que la trama avance a ritmo premioso. Aunque el final es bueno, diría que el conjunto ofrece menos elementos de interés para el público adulto que cualquiera de las anteriores películas de Hosoda, si bien es de agradecer que las dificultades del padre de familia para hacer frente a las tareas domésticas y al cuidado de los niños se muestre de manera menos boba que en Los increíbles 2.

Con excepción de algunos bellos planos aéreos de la ciudad, utilizados con frecuencia como transición entre escenas, el film discurre casi en exclusiva en el interior de ese coqueto hogar de clase media-alta en el que reside la familia protagonista. En la animación hay, además de esmero, bastante calidad, y en este aspecto Hosoda no decepciona a su parroquia. En el aspecto visual la película se sostiene bastante mejor que en el narrativo, y es también de alabar la pulcra belleza de la música de Masakatsu Takagi.

Un dato curioso es que quien se encarga de ponerle voz a ese niño protagonista tan propenso al berrinche es una actriz. Imagino que, en Japón, el gremio de intérpretes masculinos habrá puesto el grito en el cielo. Sea como fuere, el trabajo de Moka Kashimirashi es bastante bueno, como también sucede con el de Haru Kuroki, intérprete que ya se ha convertido en habitual en los films de Hosoda. En cambio, la interpretación de Gen Hoshino es más o menos tan sosa como su personaje. Kumiko Haso gana con diferencia la comparación entre ambos.

Buena película, pero no yerran quienes aprecian signos de desgaste en una trayectoria, la de Manoru Hosoda, hasta el momento casi intachable.

MIENTRAS DURE LA GUERRA

MIENTRAS DURE LA GUERRA. 2019. 106´. Color.

Dirección: Alejandro Amenábar; Guión: Alejandro Amenábar y Alejandro Hernández; Dirección de fotografía: Álex Catalán;  Montaje: Carolina Martínez Urbina; Música: Alejandro Amenábar; Dirección artística: Juan Pedro De Gaspar; Producción: Hugo Sigman, Fernando Bovaira, Alejandro Amenábar, Matías Mosteirín, Domingo Corral, Leticia Cristi y Urko Errazquin, para Movistar +-Himenóptero-K & S Films-Mod Producciones (España).

Intérpretes: Karra Elejalde (Miguel de Unamuno); Eduard Fernández (José Millán Astray); Santi Prego (Francisco Franco); Nathalie Poza (Ana Carrasco); Luis Bermejo (Nicolás Franco); Tito Valverde (General Cabanellas); Patricia López Arnaiz (María de Unamuno); Inma Cuevas (Felisa de Unamuno); Carlos Serrano-Clark (Salvador Vila); Luis Zahera (Atilano Coco); Mireia Rey (Carmen Polo); Luis Callejo, Dafnis Balduz, Jorge Andreu, Pep Tosar, Itziar Aizpuru, Maarten Dannenberg, Alfredo Villa, Enrique Asenjo.

Sinopsis: Miguel de Unamuno, ya en el final de su vida, se muestra favorable a la insurrección militar contra el gobierno de la Segunda República. Diversos acontecimientos sucedidos en Salamanca, ciudad en la que residía, en las primeras semanas de la sublevación, contribuyeron a que el intelectual vasco se replanteara su posicionamiento.

Después de rodar una película que, en lo relativo a su trayectoria, hizo bastante honor a su título (Regresión), Alejandro Amenábar resurgió con fuerza gracias a Mientras dure la guerra, drama histórico que reevalúa el episodio más lamentable de la historia de España a través de la figura de Miguel de Unamuno, un intelectual que se implicó en todos los acontecimientos políticos relevantes acaecidos en España durante su vida adulta y tuvo la singular habilidad de salir escaldado una vez tras otra. Amenábar saboreó el triunfo en las taquillas y gozó del respaldo casi unánime de la crítica, aunque su película sólo se alzó con Goyas menores en una edición genuflexa ante la autobiografía ficcionada de Pedro Almodóvar.

Que en España se han rodado demasiadas películas sobre la Guerra Civil es un tópico cierto, que el enorme trauma colectivo que originó ese conflicto justifica sólo en parte. Amenábar puede enorgullecerse de haber realizado una de las mejores películas sobre el tema. El director toma como eje de su obra un suceso tan célebre como discutido, que tuvo lugar en el paraninfo de la Universidad de Salamanca y cuyos protagonistas fueron Miguel de Unamuno y el fundador de la Legión, José Millán-Astray. El enfrentamiento dialéctico entre ambos ha generado mucha literatura, y quizá este convulso momento político haya sido el ideal para que podamos verlo por fin en el cine. Hablamos de ficción, no obstante, y la película contiene inexactitudes históricas que hay que tener en cuenta, o más bien da por verídicos algunos hechos objeto de una razonable controversia. Volveré a eso más adelante. Por ahora, diré que Amenábar nos presenta un film que se aleja del habitual tono panfletario del cine político español… y de la política española en general. El esfuerzo por ser ecuánime (lo que no significa ser equidistante) y por humanizar a los personajes no cae en lo empalagoso, pese a que en la película subyace una lectura en clave de presente que insta a sus espectadores a no repetir los errores de entonces y que apela a la concordia, más que buscar la polémica o presentar la historia de siempre, de buenos y malos, que es la que tiene hundida en el lodo a España desde hace siglos. La realidad es que en esta tierra ha habido, desde que el mundo es mundo, malos malísimos que han mandado mucho, y que los buenos, cuyo número es más bien escaso, en contadas ocasiones han podido, querido o sabido dejar huella. Hay que decir que, en muchos lugares de nuestro país, la sublevación de una parte importante del Ejército (apoyada con entusiasmo por el resto de fuerzas vivas del país) contra un gobierno elegido democráticamente pocos meses atrás no encontró apenas resistencia, o ésta fue tan escasa y desorganizada que pudo ser reprimida con tanta rapidez como saña. Varias capitales de cierta importancia quedaron bajo el dominio de los sublevados con la mayor facilidad a los pocos días de producirse lo que ese bando dio en llamar Alzamiento. Una de esas ciudades fue Salamanca, población de cuya Universidad era rector Miguel de Unamuno hasta que, a causa de su apoyo a los sublevados, de quienes aceptó el cargo de concejal del nuevo Ayuntamiento (hecho que la película omite, por cierto), el gobierno republicano le destituyó del cargo, antes de que los rebeldes volvieran a colocarle en él. Figura importante en la instauración de la Segunda República, Unamuno fue distanciándose progresivamente de la causa a la que con tanto empeño sirvió, hasta el punto de apoyar, con la pluma, con la palabra y con su dinero, la rebelión militar. Amenábar captura al intelectual bilbaíno en ese momento, y la película es la crónica del último desencanto unamuniano: apenas unos días necesitó el hasta entonces (auto)engañado autor de San Manuel Bueno, mártir, para darse cuenta de que lo que él en principio consideró una necesaria vuelta al orden no era más que un indigerible potaje de odio, beatería, alergia al progreso y política cuartelera, Demasiado tarde: Unamuno murió avergonzado por su apoyo a esa barbarie, aunque antes tuviera ese último arrebato de dignidad que constituye el clímax de la película. Aun así, erró de lleno: el bando al que la intelectualidad debía apoyar, y desde luego enmendar, era el otro.

Amenábar demuestra una loable madurez en la puesta en escena, sobria y elegante. Narra con brío, aporta calidad visual (Álex Catalán es muy bueno en lo suyo, lo cual es un excelente punto de apoyo) y demuestra que su empeño por componer la banda sonora de sus películas va mucho más allá del mero capricho. La ambientación o el vestuario son de obra mayor, y todo ello acaba dando forma a la película más perfecta de su director desde el punto de vista técnico. La historia se sigue con interés, más allá de si hemos de creer a pies juntillas que Franco pospuso la conquista de Madrid, en beneficio del rescate de los asediados en el Alcázar de Toledo (episodio manejado por el gobierno republicano con la misma desunión y torpeza de la que hizo gala durante el resto de la guerra) obedeciendo exclusivamente a sus intereses personales (opino que el carnicero ferrolano era muy capaz de ello, pero que esa explicación omite aspectos militares que algo tuvieron que influir en una decisión que también se puede entender a partir de lo propagandístico), que Carmen Polo fuera admiradora de la poesía de Unamuno (la futura primera dama era más de joyerías), o que fuera la mano de la susodicha la que sacara a don Miguel del atolladero en que le había metido su condena verbal a ese nuevo régimen que estaba tomando forma a través de la cruz y, sobre todo, de la sangre. Quién sabe, quizás incluso Carmen Polo fue capaz por un solo día de tener un gesto noble, pero existen dudas razonables al respecto. En todo caso, en lo que la película no se equivoca, por lo que respecta a la recreación histórica, es en lo esencial, que son los represaliados y los muertos.

Karra Elejalde traza un magnífico retrato de un Miguel de Unamuno ya viejo, que se autocalifica con buen ojo como experto en paradojas (todo su periplo vital lo fue, en definitiva), enérgico y tenaz al tiempo que cansado y confuso. Un gran acierto de Amenábar el darle el papel, y un excelente trabajo de un actor minusvalorado. Completa el dúo estelar ese enorme intérprete que es Eduard Fernández, capaz de construir un personaje que se denomina a sí mismo glorioso mutilado con el necesario punto de ironía, pero sin caer en la caricatura. Si la película no deja del todo claro que Millán-Astray era algo más que un matarife descerebrado, no es culpa de este superclase. Santi Prego sale bien parado del siempre difícil papel del general Franco, pero su desempeño queda a un nivel inferior al de la pareja protagonista. Del resto, me quedo con Tito Valverde, notable en la piel de un militar reaccionario, masón y lúcido (que también los había), con el siempre creíble Luis Zahera, y con una gran Nathalie Poza.

Otra película sobre una guerra que aún no ha terminado, porque ni se le ha hecho justicia a los asesinados, ni quienes no vivimos el conflicto hemos olvidado cuál es nuestro bando… pese a los de nuestro bando. En todo caso, Alejandro Amenábar ha hecho, muchos años después, una gran, y necesaria, película.

MEMORIAS DE UN ASESINO

SALINJAUI GIEOKBEOB. 2017. 116´. Color.

Dirección: Won Shin-Yeon; Guión: Hwang Jo-Yun, basado en la novela de Kim Young-Ha; Director de fotografía: Choi Yeong-Hwan;  Montaje: Shin Min-Kyung; Música: Kim Jun-Seong; Diseño de producción: Lee Jong-Gun; Producción: Gu Tae-Jin y You Jeong-Hun, para Green Fish Pictures-Showbox (Corea del Sur).

Intérpretes: Sol Kyung-Gu (Kim Byung-Su); Kim Nam-Gil (Min Tae-Ju); Kim Seol-Hyun (Eun-Hee); Oh Dal-Su (An Byeong-Man); Hwang Seok-Jeong (Jo); Kil Hae-Yeon (María); Lee Byung-Joon (Profesor del aula de poesía); Kim Min-Jae, Jo Jae-Yoon, Choi Yoo-Song, Kim Han-Joon, Kim Hye-Yoon.

Sinopsis: Un asesino, que padece demencia y tiene cada vez más difusos sus recuerdos, sospecha que un joven oficial de policía es el autor de una serie de crímenes cometidos en su ciudad.

Won Shin-Yeon era un cineasta bastante desconocido fuera de su Corea del Sur natal hasta que se encargó de dirigir la adaptación cinematográfica de Memorias de un asesino, una exitosa novela de Kim Young-Ha que narra las vivencias de un criminal que, a causa de una enfermedad degenerativa, está perdiendo la memoria a marchas forzadas. La película ha colocado el nombre de su director en el panorama internacional, confirmando el buen momento de una de las cinematografías que goza de mejor salud a nivel mundial.

Kim Byung-Su, el protagonista de la película, es un asesino en serie, pero uno muy particular, pues empezó su carrera criminal borrando del mapa a su propio padre, una bestia inmunda, y la continuó deshaciéndose de personas que, a su juicio, restaban bienestar al mundo y estaban mejor bajo tierra (quienes hayan visto la serie Dexter no necesitarán mayores explicaciones), en concreto en un bosque de bambú en el que el hombre tenía la costumbre de enterrar a sus víctimas. La utilización del pretérito imperfecto no es casual, porque Byung-Su no es un asesino compulsivo: lleva diecisiete años sin matar, consagrado a su profesión oficial, la de veterinario, y a la crianza de su hija, una adolescente que, ante el acelerado deterioro cognitivo de su padre, ha visto invertidos los roles clásicos y ahora es más bien ella quien debe cuidar de su progenitor. Sin embargo, en la zona han sido asesinadas varias jóvenes en los últimos tiempos, lo que sume a Byung-Su en un triple desosiego, provocado por el miedo a que su hija pueda tener idéntico desenlace, por la sospecha de que un joven, a quien el protagonista conoce a causa de un accidente de coche y que resulta ser oficial de policía, sea el autor material de los crímenes, y por el temor de que su propio yo psicópata haya reaparecido y él mismo sea el asesino, aunque sus cada vez más frecuentes lapsos de memoria le impìdan verlo.

Opino que, durante su primera hora y media de metraje, la película es francamente buena, pues narra con sobriedad el desarrollo de los acontecimientos, muestra de manera muy convincente los vaivenes memorísticos de su personaje principal, alternando con acierto pasado y presente, y a la vez teje un thriller sobre fondo gris (la película es tan poco luminosa que más de una vez parece rodada en blanco y negro) que engancha al espectador. Un aspecto a subrayar es el brillante modo en que la trama juega con un aspecto fundamental de la memoria: su carácter selectivo. ¿Hasta qué punto alguien, y más todavía quienes son dueños de una mente enferma, es capaz de fabricar sus propios recuerdos? ¿Podemos confiar en nuestra propia memoria, incluso si ésta no presenta síntomas de estar alterada? El guión, en este punto, hace gala de inteligencia (se nota que de la adaptación se encargó la misma privilegiada mente que escribió Old Boy), y el director sabe jugar con esa ambigüedad para elevar el nivel de una historia sombría. El problema es que, en el tramo final (desde que conocemos cuál fue el destino de la esposa de Byung.-Su, para ser exactos), la película vira hacia el thriller sobre asesinos en serie más convencional y pierde parte de su encanto, casi como si sus artífices hubiesen medido mal sus fuerzas y lleguen demasiado exhaustos a la línea de meta. El tono (la fotografía de Choi Yeong-Wan mejora lo que podría esperarse en un debutante) y la atmósfera se mantienen, e incluso vemos algunos retazos de gran calidad (ese lento caminar de Byung-Su hacia el túnel) pero algo se ha perdido por el camino.

Si tenemos en cuenta que el trío protagonista lo forman actores a quienes no había visto en la vida, se entiende que mis expectativas respecto a la labor del reparto no fuesen excesivas. El desempeño de esos intérpretes es desigual; Sol Kyung-Guy hace un trabajo excelente, otorgando credibilidad a un personaje complejo, a la vez fiero y muy vulnerable. Kim Nam-Gil representa el eslabón más débil del triángulo, pues su interpretación me parece plana y poco matizada, mientras que Kim Seol-Hyun hace un trabajo en el papel de una adolescente todavía en posesión de inocencia a la que la maldad del mundo le es revelada de sopetón. El veterano Oh Dal-Su, cuyo rostro sí me era algo más familiar, hace un trabajo solvente como policía amigo de Byung-Su, y menciono también las meritorias actuaciones de Lee Byung-Joon, como cargante profesor de poesía, y de Hwang Seok-Jeong como cincuentona acosadora (subespecie equiparable a las meigas: haberlas… haylas), pues sus personajes aportan a la película unos toques de humor negro que le sientan muy bien.

Pese a que no termina tan bien como empieza (y apunta), Memorias de un asesino es una notable película, que recomiendo a los amantes del thriller y, por extensión, a todo cinéfilo que se precie de serlo.

BAJO LAS SÁBANAS

UNDER COVERS. 2018. 7´. Color.

Dirección: Michaela Olsen; Guión: Michaela Olsen; Montaje: Michaela Olsen; Música: Jade Shames; Producción: Mighty Oak (EE.UU.).

Intérpretes: Dylan Stephen Levers (Voces del demonio en la ventana y de la monja excitada); Robert Kovacs (Mano de Dios); Jade Shames (Voz del hombre asustado); Emily Collins (Voz de la amante).

Sinopsis: Durante un eclipse lunar, el satélite observa desde el cielo lo que sucede en las habitaciones de una pequeña localidad.

El segundo trabajo como directora de Michaela Olsen es Bajo las sábanas,un cortometraje de animación rodado en stop motion que ha generado una amplia mayoría de valoraciones positivas entre su audiencia. Ingenioso, desenfadado e irreverente, este trabajo revela a una cineasta con cosas interesantes que ofrecer.

Cuando uno se plantea explicar una historia en muy poco tiempo, es fundamental tocar un tema interesante, y por supuesto hacerlo con gracia. Olsen consigue ambas cosas: por un lado, se refiere a una cuestión tan universal (a todos nos interesan las vidas ajenas, incluso a quienes no nos interesan) como el voyeurismo, y lo desarrolla de una forma ligera, casi juguetona, ofreciendo un elogio de lo raro, por no decir de lo bizarro, que no se percibe forzado, ni esclavo de la moralina progre imperante. En la intimidad, y pocos lugares hay más íntimos que el propio catre, todos somos raros, nos dice con razón la directora, y eso está bien. Imagino que la escena de las monjas soliviantará a los espectadores de piel más fina, pero atender a las reacciones de quienes carecen de sentido del humor es una notable pérdida de tiempo, y por fortuna Michaela Olsen no parece amiga de andarse con tonterías. La luna, retratada de una forma que hace recordar a Mèliés, ejerce como demiurgo que todo lo observa, pero lo hace con benevolencia, sin juzgar a esos extraños seres de ahí abajo. Eso, ya lo hace el dedo vengador…

El acabado técnico de la película denota su carácter artesanal, lo que no significa que sea cutre. Dentro de lo colectivos que acostumbran a ser los films de animación, opino que más que los de acción real pese a la ausencia en pantalla de actores de carne y hueso, estamos ante un trabajo muy personal, en el que la directora se ha implicado en los aspectos técnicos con la misma intensidad que en los narrativos. Los dibujos, lo mismo que la música, están concebidos para acentuar el tono de divertimento de la propuesta, que exhibe la necesaria coherencia entre forma y fondo.

En resumen, notable cortometraje este Bajo las sábanas,que constituye un elogio de la diferencia hecho en un tono deliciosamente ajeno a la solemnidad.

CÓMO ESTAR SOLO

HOW TO BE ALONE. 2019. 11´. Color.

Dirección: Kate Trefry; Guión: Kate Trefry; Dirección de fotografía: Caleb Heymann; Montaje: David Pergolini; Música: John Kaefer y Michael Dean Parsons; Producción: John Trefry, David Carrico y James Mitchell, para Valparaiso Pictures-4WT Media (EE.UU.).

Intérpretes: Maika Monroe (Lucy); John Keery (Jack/El rengo); Evan Miller (El otro rengo).

Sinopsis: A una muchacha le afloran todas sus pesadillas cuando debe pasar la noche sola en casa.

Kate Trefry, conocida sobre todo por haber escrito algunos episodios de la popular serie televisiva Stranger things,debutó en la dirección con Cómo estar sola, un paseo por el terror psicológico que ha disfrutado de una importante difusión internacional, sin que a pesar de ello el producto haya despertado grandes entusiasmos entre sus espectadores.

Asistimos a la historia de una joven, cuyo novio trabaja en el turno de noche de un centro sanitario, a la que se le aparecen todos sus demonios en cuanto el sol se pone y ella se queda sola en casa. Sucede, eso sí, que lo que podría haber sido un ingenioso estudio del miedo en reclusión, o, por ser más precisos, de la incapacidad de tantas personas para desenvolverse con entereza en soledad, se queda en una efectista, y más bien vacua, retahíla de sustos en la que algunas buenas ideas (la corporeización de esos demonios en el tramo final, por ejemplo) se alternan con lugares comunes, habiendo también un exceso en la utilización de la voz en off, que proporciona algunos subrayados innecesarios a la película, defecto este bastante habitual en los directores noveles. Coincido con el mensaje (sólo somos nosotros mismos cuando estamos solos, sin que ello tenga que ser necesariamente positivo), pero, concediendo que hay algunas buenas ideas visuales, y que la fotografía es de calidad, el conjunto se ve lastrado por el hecho de que la directora apueste por lo fácil en una historia que necesita ser compleja. El perfil de la protagonista es más superficial que turbio, y al film, de estructura circular, flaquea por ello en algo tan fundamental como la atmósfera.

Conste que la joven Maika Monroe hace un buen trabajo, aunque quizá le hubiese venido bien, como a la película, que el desequilibrio mental de su personaje fuese menos estándar. El papel de Joe Keery, actor que debe su fama a la serie mencionada al principio de esta reseña, no es que dé para mucho, y su desempeño no pasa de la mera corrección.

Cómo estar solo no es un film desdeñable, pero deja a la vista que Kate Trefry debe pulir bastante su estilo como directora. En una historia de esta naturaleza, quizá le faltó visionar con atención algunos clásicos de Polanski, por citar a un maestro en el arte de crear turbiedad en espacios cerrados.

UN HOMBRE SOLO

A MAN ALONE. 1955. 95´. Color.

Dirección: Ray Milland; Guión: John Tucker Battle, basado en un argumento de Mort Briskin; Director de fotografía: Lionel Lindon;  Montaje: Richard L. Van Enger; Música: Victor Young; Dirección artística: Walter Keller; Producción: Herbert J. Yates, para Republic Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Ray Milland (Wes Steele); Mary Murphy (Nadine Corrigan); Ward Bond (Sheriff Gil Corrigan); Raymond Burr (Stanley); Lee Van Cleef (Clanton); Arthur Space (Dr. Mason); Alan Hale Jr. (Jim Anderson); Douglas Spencer, Thomas B. Henry, Grandon Rhodes, Martín Galarraga, Kim Spalding, Howard J. Hegley, Richard Hale.

Sinopsis: Un bandido errante es acusado de asesinar a varias personas que viajaban en una diligencia.

Aunque su fama como actor la obtuvo en géneros bien distintos, el debut de Ray Milland en la realización de largometrajes tomó la forma de un western, de importante carga dramática, en el que el intérprete galés se colocó a ambos lados de la cámara. Un hombre solo no tuvo demasiado éxito en su época, y en la actualidad es una película olvidada, pero su visionado deja patente que el talento de Milland no se circunscribía a la recreación de personajes.

En la película se cuenta la historia de un bandido, ya maduro, que desea cambiar de vida y es acusado de unos crímenes que no ha cometido. El falso culpable, tan usual en el cine negro, llevado al Oeste. La primera escena está resuelta con brillantez: sin hacer uso de los diálogos, y acompañada por la notable música de Victor Young, uno de los compositores que mejor supo reflejar la épica salvaje del western, vemos cómo el protagonista vaga por el desierto, dejando atrás sus posesiones a medida que el hambre y la sed empiezan a hacer mella en él. Toda su fortuna se resume en dos fajos de billetes que carga consigo en mitad de ninguna parte, hasta que encuentra los restos de una diligencia asaltada, y los cadáveres de cuantos formaban la expedición. Un cúmulo de adversidades provoca que el forastero sea acusado de esos crímenes en la ciudad más próxima. En su huida, el perseguido hiere al ayudante del sheriff, asiste al asesinato del banquero local a manos de dos personajes que parecen haber tenido mucho que ver en el funesto destino de la diligencia, y termina refugiándose en el sótano de la vivienda del máximo representante de la ley en la localidad, postrado en la cama a causa de unas fiebres. A través de sus actos, el protagonista logra que la joven hija del sheriff crea en su inocencia mientras lucha por mantenerse a salvo de quienes le persiguen, es decir, del resto del pueblo.

Es cierto que la práctica totalidad de la película discurre en interiores, y que la acción es escasa, pero también que su guión se sitúa por encima de la media. Sin dejar de recurrir a diversos lugares comunes en el western (la redención del bandido, el potentado sin escrúpulos que maneja la ciudad a su capricho), el perfil de los personajes posee complejidad, los diálogos están bien trabajados y el desarrollo narrativo es coherente hasta desembocar en un final que está a la altura del notable inicio. Es verdad que a los villanos, que tienen entidad, se les niega parte del protagonismo que merecen en beneficio del relato completo de lo que sucede en la casa del sheriff, y en especial de la relación entre el huído y la joven. Por ello, a Milland le queda un western más intimista que vigoroso, aunque su manejo de la cámara (que mueve con lentitud, pero en mayor medida de la habitual en el género) y su sentido del tempo narrativo hacen que la trama avance con firmeza y sin sobresaltos, resultando entretenida en todo momento. La fotografía es de calidad, empleando el mismo, y muy aparente, sistema ya utilizado por Nicholas Ray en Johnny Guitar, y ya he resaltado con anterioridad una de las grandes virtudes de la película, como es la partitura de Victor Young. En general, los aspectos técnicos se ven cuidados, en la puesta en escena se busca la sobriedad evitando las estridencias, y sin duda Milland tomó buenas lecciones de los grandes directores para los que trabajó.

El trabajo interpretativo del también director es, una vez más, digno de elogio. Milland es un actor de categoría que también en el terreno del western es capaz de crear personajes con un rico mundo interior, y de hacerlos creïbles para el público. Su pistolero redimido es reflexivo, incluso lánguido, pero no blando, y muestra gran energía cuando corresponde. El rol de Mary Murphy es más tópico, pero esta joven actriz lo resuelve con solvencia.  Ward Bond, un gran secundario, brilla como casi siempre, esta vez en la piel de un sheriff corrupto que se pasa buena parte del metraje enfermo. Un lujo contar con Raymond Burr como villano, y otro más que el pistolero inmisericorde a su servicio sea el gran Lee Van Cleef.Quizá a ambos, como dije antes, les falte espacio para lucirse como debieran. Pocos papeles más de cierta relevancia podemos contar, pero los secundarios cumplen, y el trabajo de los protagonistas es de mucho nivel.

Notable western, que sin duda mereció mejor suerte y que vale la pena recuperar. Ray Milland también sabía dirigir, está claro.

TRIANA PURA Y PURA

TRIANA PURA Y PURA. 2013. 73´. Color.

Dirección: Ricardo Pachón; Guión: Gervasio Iglesias y Ricardo Pachón; Dirección de fotografía: Juan Manuel Linares y Mariano Agudo; Montaje: Mercedes Cantero; Música: Miscelánea. Cantes tradicionales de los gitanos de Triana; Producción: Gervasio Iglesias y Ricardo Pachón, para La Zanfoña Producciones-Flamenco Vivo (España).

Intérpretes: Ricardo Pachón, Manuel Molina, Matilde Coral, José Lérida, Raimundo Amador, El Titi, Pepa La Calzona, Lole Montoya, El Herejía, Juan Lérida, Tragapanes, La Perla, Carmelilla Montoya, El Pati, Farruco, Loli Lérida, Tío Juani, Carmen del Titi, Manuel Domínguez, El Coneja, Gloria Filigrana, El Eléctrico, Bobote, Carmen Cachero.

Sinopsis: Más de veinte años después de ser expulsados del barrio, artistas gitanos de Triana se reúnen para actuar en el Teatro Lope de Vega de Sevilla.

Ricardo Pachón, uno de los nombres importantes del flamenco en las últimas décadas, es el artífice de Triana pura y pura, un documental merecedor de un adjetivo del que se ha abusado hasta desgastarlo: histórico. En él se recupera un pasado, el de la gitanería trianera, que aun formando parte de los recuerdos de los más viejos del lugar, apenas había logrado trascender más allá de la oralidad y la leyenda y, al menos en su vertiente musical. parecía destinado a desaparecer para siempre.

Triana pura y pura constituye una doble mirada al pasado, porque recupera una grabación de principios de los 80 que, a su vez, actúa como testimonio de algo que ya por entonces pertenecía a otra época: la peculiar manera de cantar y bailar de los gitanos de Triana, la gran mayoría de los cuales habían sido expulsados del barrio décadas atrás. Una historia, la de la especulación urbanística en las grandes ciudades, que en Sevilla ha vivido distintos capítulos y que, a finales de los 50, tuvo como consecuencia el desalojo forzoso de muchas familias, la mayoría de etnia gitana, del que había sido su hogar durante generaciones. La explicación es sencilla: alguien vio las inmensas posibilidades económicas que ofrecía el margen derecho del Guadalquivir y, con el beneplácito del Ayuntamiento, se puso manos a la obra. Sobraban, claro está, los pobladores, gente humilde que, en muchos casos, ejercía oficios viejos. He de decir que esta historia no es exclusivamente gitana, y así lo puede corroborar quien esto escribe, parte de cuya familia materna, residente en el Charco de la Pava, fue realojada, después de la transformación de la zona, en el tristemente célebre Polígono Sur. Allí, o a Torreblanca, o a Los Pajaritos, fueron a parar muchas de esas familias gitanas, realojadas a la fuerza, que protagonizan esta película. Un último apunte urbanístico: si alguien quiere saber si detrás de una operación de este tipo se esconden propósitos meramente especulativos, puede empezar comprobando si los residentes son realojados en el mismo, o en otros barrios. El caso, volviendo a lo que nos ocupa, es que, en los últimos coletazos de la Transición, alguien tuvo la idea de organizar un espectáculo protagonizado por artistas de la ya desaparecida Triana calé. Un flamenco de tronío, Manuel Molina, fue el encargado de dar forma musical al evento, que iba a celebrarse en el Lope de Vega y que alguien tuvo la feliz idea de grabar para la posteridad. Este es el documento, aderezado por las explicaciones de los propios Molina y Pachón, de Matilde Coral y de Raimundo Amador, que participó en el concierto siendo un veinteañero, que forma la esencia de Triana pura y pura, un espectáculo que, más que verlo, hay que sentirlo.

Lo que vemos es, además de un reencuentro, una fiesta en toda regla. Artistas consagrados y desconocidos se agolpan en el escenario para ofrecer el último testimonio de una tradición musical centenaria. Guitarras, palmas, vino, cante y baile a la antigua: visceral, desinhibido, incluso procaz. Popular hasta la raíz. Auténtico desde lo primero a lo último. El toque de Manuel, Raimundo y El Rubio acompaña a leyendas trianeras como El Titi o Pepa la Calzona, cuya forma de bailar es inimitable. En el cante de El Herejía emerge todo el poderío de la tradición. Cada cual aporta su toque personal a esa fiesta flamenca, a la que acaban sumándose algunos asistentes de indiscutible pedigrí artístico. Entre tanta bulería, hay tiempo para que Tragapanes, último superviviente de una estirpe de artistas y toreros, nos enseñe cómo se entendía el martinete a la derecha del Guadalquivir. Y sí, la calidad de la grabación es mejorable, pero qué bueno haberla recuperado. Si en España hubiera una Biblioteca del Congreso, o simplemente se tratara a la cultura con decencia, lo que vemos y oímos en Triana pura y pura ocuparía un lugar destacado. Los que saben, dicen con razón que el flamenco de los corrales, y de los tablaos anteriores a la invasión guiri, era otra cosa. Pues bien, lo que hacen estos viejos maestros es llevar todo eso, por una noche, al escenario de un teatro. Y ahí queda. Flamenco puro. Quienes no sean capaces de vivirlo como el arte popular puro que es, como algo que sale sin filtros desde lo más profundo, harían bien en abstenerse, porque en este artificioso mundo de sucedáneos, esto puede provocar daños irreparables a los muertos en vida, que son legión.