HANK FILOSOFA

Una frase que quizá muchos no esperarían de su autor, Charles Bukowski:

“TODO LO QUE UN HOMBRE NECESITA: ESPERANZA. ES LA FALTA DE ESPERANZA LO QUE HUNDE A UN HOMBRE”.

LAS COSAS, POR SU NOMBRE

Como vivimos en una época en la que, parafraseando a Bertolt Brecht (quien, si viviera en la Cataluña de hoy, sería calificado sin duda de españolista reaccionario), se hace preciso subrayar lo obvio, me parece de lo más conveniente recordar un artículo de Lidia Falcón que, hace más de tres años, vio la luz gracias al diario Público. Cuando la mentira es la norma, no está de más dar nueva visibilidad a este extenso catálogo de verdades:

“EL NACIONALISMO SIEMPRE ES DE DERECHAS

Resulta enormemente sorprendente leer encendidos elogios al nacionalismo catalán formulados por comentaristas de izquierda, que argumentan que tales teorías pertenecen desde tiempos inmemoriales a la tradición de lucha revolucionaria. Me  deja perpleja saber que los Pujol, Ferrusola, Mas y compañía pertenecen a la izquierda.

Porque la verdad es que el nacionalismo siempre es de derechas. Nace en el siglo XVIII de la mano y el pensamiento de la burguesía que tiene que repartirse las materias primas, la producción industrial y el mercado, en una Europa convulsa que llevaba siglos de interminables guerras entre los caudillos, señores feudales, reyezuelos y abades, por apropiarse  de la tierra.

Cuando la burguesía comienza a afianzar su poder difunde, desde mediados del siglo XIX, la teoría de la soberanía nacional e inventa una ideología basada en sentimientos patrióticos, que logra excitar en las clases populares el odio y el resentimiento de agravio contra los pueblos vecinos, y consigue convencer a muchos trabajadores para que se enfrenten entre sí mortalmente en la I Guerra Mundial, a fin de hacer más grande el poder colonial de unas cuantas oligarquías.

Por el contrario, el proletariado, aprendiendo de los estudios y análisis de Bakunin y de Marx, comienza a organizarse en sindicatos y partidos que defiendan sus intereses, frente a los de las burguesías que acaparan todo el poder en Europa y en las colonias. Es el momento en que la Confederación Nacional del Trabajo, anarquista, tiene más de un millón de afiliados en España, la mayoría en Cataluña, y afirma que la única patria de los trabajadores es el sindicato. Este movimiento obrero rechaza rotundamente seguir las consignas disgregadoras y de enfrentamiento entre los trabajadores de las diferentes partes de España, negándose incluso a hablar en catalán y difundiendo el esperanto. Sería bueno que nuestros intelectuales de izquierda leyeran a Bakunin.

En cuanto en Europa las burguesías vuelven a propiciar el desencadenamiento de la II Guerra, activan la polémica respecto a las nacionalidades. Como decía Marx, el nacionalismo es un invento de la burguesía para dividir a la clase obrera. Tampoco esos ideólogos de izquierda conocen la crítica que realizó Rosa Luxemburgo del nacionalismo en su fundamental libro La Cuestión Nacional, que sería bueno que leyeran. El limitadísimo conocimiento de la historia de Europa por parte de tales intelectuales, e incluso de muchas voces de la izquierda española, dificulta mucho la comprensión de lo que ocurre en Cataluña.

Centrándonos en Cataluña la invención de la nacionalidad catalana surge a finales del siglo XIX de la mano de los representantes de la burguesía Valentí Almirall y Prat de la Riba con un discurso en el que a partir de exigir el reconocimiento de las singularidades y particularidades de los catalanes se proponen un único objetivo: obtener mayores privilegios para los fabricantes y comerciantes en el reparto de los impuestos estatales y de las cargas aduaneras. Impulsado por estos próceres en 1885 se presentó al rey Alfonso XII un Memorial de greuges, en el que se denunciaban los tratados comerciales y las propuestas unificadoras del Código Civil, y en 1886 los empresarios organizaron una campaña contra el convenio comercial que se iba a firmar con Gran Bretaña. Ambos constituyeron la Lliga Regionalista, de la que Prat de la Riba fue uno de sus principales líderes. Los dos son representantes típicos de la burguesía de finales del XIX y principios del XX que defendían sus beneficios frente a la competencia de los fabricantes ingleses, franceses y alemanes, exigiéndole al gobierno español cada vez mayores privilegios.

Son los burgueses los que construyen la teoría de la identidad propia de Cataluña, puesto que difícilmente los obreros y las obreras podían dedicarse a tan imaginativas tareas sometidos a la salvaje explotación de los industriales catalanes, propia de la época del industrialismo, y sobre todo teniendo en cuenta que el proletariado en Cataluña está compuesto también con la inmigración masiva de los campesinos y campesinas hambrientos del resto de España.

Como deberían saber los comentaristas de izquierda —y los historiadores de toda laya— de esta cuna y no de otra procede el nacionalismo catalán. A la que se sumaron otros más que elaboraron una ideología para implantar en el ánimo de los ciudadanos catalanes el sentimiento de pertenencia a un pueblo “especial” —no exactamente el escogido por Dios como creen los judíos sionistas, pero en esa misma línea—. Virtudes e identidad, vagos componentes de un alma distinta a la de los demás españoles, que nadie más que ellos conoce, pero cuyo precio sí pueden exigir: que los impuestos que pagan al Estado central se queden en Cataluña, para hacer aún más rica y próspera a su burguesía, que ya se encargará por sí misma de explotar a sus trabajadores, catalanes o no. Teorías que en aquel comienzo del siglo XX únicamente atraían a los intelectuales pequeño-burgueses, ya que la clase obrera estaba más implicada en la Semana Trágica que en discutir las características del “seny” catalán, mientras los burgueses se ocupaban de organizar sus empresas para conseguir extraer la mayor plus valía de los trabajadores y trabajadoras —especialmente estas que eran mayoría en la industria textil— y en exportar sus productos, que en dilucidar que fuera eso de la identidad catalana.

Por si cabe alguna duda de los motivos económicos que llevaban a la burguesía a defender y difundir el nacionalismo  es bueno leer las Memorias de Francesc Cambó, donde escribe: “Diversos motivos ayudaron a la rápida difusión del catalanismo y la aún más rápida ascensión de sus dirigentes. La pérdida de las colonias, después de una sucesión de desastres, provocó un inmenso desprestigio del Estado, de sus órganos representativos y de los partidos que gobernaban España. El rápido enriquecimiento de Cataluña, fomentado por el gran número de capitales que se repatriaban de las perdidas colonias, dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestras propagandas dirigidas a deprimir el Estado español y a exaltar las virtudes y merecimientos de la Cataluña pasada, presente y futura”.

El nacionalismo catalán empezó a tener importancia política con la victoria electoral en 1901 de la Lliga Regionalista,  partido conservador sin duda, al que siguió Solidaridad Catalana, fruto de la coalición de varios grupos que en las elecciones de 1907 obtuvo 41 de los 44 escaños del congreso catalán. Pero poco emocionados debían estar los obreros con tal partido cuando desencadenaron La Semana Trágica de Barcelona que ocasionó la disolución de Solidaridad. Los líderes de la Lliga consiguieron en 1913 la creación de la Mancomunidad de Cataluña, una especie de gobierno autónomo que englobaba las 4 diputaciones provinciales y que a partir de 1918 fue el partido más importante de Cataluña, aunque nunca consiguió la mayoría de los escaños catalanes en las Cortes Generales españolas. Su evidente adscripción a la derecha le impulsó a participar en los últimos gobiernos de la Restauración y en 1923 no se opuso a la dictadura de Primo de Rivera, que sin embargo disolvió la Mancomunidad. Por su parte, la mayoría del proletariado apoyaba el anarquismo, representado por la CNT.

La bandera del nacionalismo la enarbola más tarde Esquerra Republicana de Catalunya, pero cierto es que tanto Maciá como Companys no eran independentistas -mucho es exagerar llamarlos de izquierdas, cuando el ideal de ERC era que cada catalán tuviera “la caseta y el hortet”- y tampoco bajo la dictadura se definían independentistas los de CIU y todos los de ERC. Pero precisamente porque no lo eran, no sé a qué viene ahora mostrarse tan apasionada y febrilmente independista cuando las represiones franquistas han desaparecido. Afirman que ese cambio se debe a que el Estado español está controlado por una casta responsable del enorme retraso social de España, incluyendo Catalunya, y que nunca aceptará la plurinacionalidad de España. Y me pregunto perpleja, ¿ahora se acaban de enterar? ¿Ha tenido que llegar el año 2010 para que las izquierdas se enteraran de que la derecha española es reaccionaria y responsable de la miseria de su pueblo? Pero de todo el pueblo español, no solo el catalán. Y la izquierda catalana, ante esta evidente explotación, escoge separarse del resto de España, para preservar los bienes y riquezas de su burguesía —una de las más corruptas del país—, y dejar a los trabajadores y las trabajadoras de las otras regiones abandonados a su miseria secular, en vez unirse y luchar juntos por acabar con este régimen monárquico, capitalista y patriarcal que nos está esquilmando a todos y todas las ciudadanas.

Que el Partit Socialista Unificat de Catalunya se sumara a las reivindicaciones nacionalistas en los tiempos de la dictadura no significa que tales reivindicaciones sean de izquierda. La convocatoria, suicida, de manifestarnos en los años sesenta el 11 de septiembre para conmemorar el momento en que hirieron al Conseller Casanovas, que nos imponía el PSUC, solamente favorecía a los Heribert Barrera y los Pujol, que nunca vi en aquellas manifestaciones. Los dirigentes del PSUC, como tantos otros que fueron de izquierdas, padecieron, y hoy padecen con más fuerza, el síndrome de Estocolmo, como con tanto acierto definía Carlos París. Se les metió en la cabeza que la lucha contra el franquismo era defender las reclamaciones —muy tímidas entonces— del nacionalismo catalán, y lamentablemente hoy siguen en la misma línea.

El resultado está a la vista: el abandono de las luchas sociales, el sometimiento del movimiento obrero a las condiciones del gobierno de la Generalitat,  y la utilización de las organizaciones culturales y políticas a la reclamación de la independencia, olvidando el lamentable estado en que se encuentran la sanidad, la escuela, la Universidad, la justicia, la asistencia social, las mujeres, catalanas. Este abandono de las luchas de clase por parte de la izquierda se refleja en los resultados de las sucesivas elecciones desde finales del siglo XX. Mientras el año 1977 obtuvo el PSUC 500.000 votos, hoy ese partido está desaparecido, y todo el cinturón rojo de Barcelona que votaba comunista vota CIU.

Y que el PSOE contuviera en sus declaraciones programáticas durante la dictadura el derecho de autodeterminación de Cataluña y hoy no lo defienda no significa más que el oportunismo que caracteriza a ese partido. En primer lugar sería bueno un debate sobre si el PSOE era y es un partido de izquierdas. Ya hemos sufrido lo que significaba el eslogan “OTAN, de entrada no”, y los pobres saharauis pueden contarnos donde ha quedado el referéndum de autodeterminación. De modo que no hace falta que los socialistas nos expliquen por qué  después de escribir aquellas encendidas frases revolucionarias —en las que se declaraban republicanos e incluso apelaban a la lucha armada—  con que trufaban su programa en la clandestinidad antifranquista, en cuanto olieron el poder se volvieron monárquicos, otanistas y serviles al imperio estadounidense. Para nada sirve apelar a aquellas páginas, que sólo engañaron  a los ingenuos, con el fin de hacer declaración de izquierdismo del nacionalismo catalán.

Lo que es realmente irritante es que los defensores del referéndum se camuflen bajo la añagaza de que no se trata de pedir la independencia sino de votar una consulta. En primer lugar, si las izquierdas, como aseguran, no quieren la independencia sino el federalismo, lo que deben hacer es defender este y dedicar todos los esfuerzos, tiempo y dinero en explicarlo a la ciudadanía, tan ayuna de conocimientos políticos, en vez de darse abrazos y dejarse fotografiar con Artur Mas.

En segundo y no menos importante, es no engañar a sus electores y ciudadanos en general. Porque ese plebiscito está espúreamente publicitado por el gobierno, CIU y Esquerra, con los fondos de la Generalitat, con el propósito de convencer a los que viven en Cataluña de las ventajas que obtendrán con su propio Estado, trastocando el objetivo de la consulta al asegurar que no se trata de optar por la independencia sino de decidir. Ese será un referéndum como el de la OTAN. Organizado,  dirigido e impuesto por el Govern, con el dinero de nuestros impuestos y los numerosos medios que tiene a su alcance: televisión, prensa, radio, policía, ayuntamientos de CIU, esa ANC financiada por él.. Y ahora las brigadas que en número de 8.000 personas se dedican a recorrer casa por casa, intimidando a sus habitantes con una encuesta tendenciosa, destinada a demostrar que la mayoría de los catalanes quiere la independencia, y cuya primera pregunta es tan falsaria como afirmar: “Si Cataluña fuera un Estado tendría entre 8.000 y 16.000 millones de euros más”. Lo que no aclaran es que Cataluña tendría que pagar 150.000 millones de lo que le corresponde, el 18%, de la deuda española.

No cabe duda de que Franco fue el que más catalanes convirtió al independentismo, con sus medidas de abolición del Estatuto y de persecución del idioma, pero les aseguro que resultaba mucho más agradable y alentador vivir en Barcelona en esos trágicos años, hermanados todos, catalanes, castellanos,  murcianos y andaluces antifranquistas en aquella interminable lucha contra la dictadura, que hoy, cuando restaurada esta democracia burguesa resulta que los que seguimos siendo de izquierda pero no nos mostramos de acuerdo con ese remedo de referéndum y la reclamación de la independencia, somos enemigos de la patria, tildados de nacionalistas españolistas, término que equiparan al de fascistas.

Para informar a los que lo ignoren no está de más recordar las declaraciones que han venido realizando los prohombres del nacionalismo catalán, rotundos enemigos de cualquier izquierda -que mala memoria tienen los articulistas-, para que de una vez se conozca la ralea de semejante casta. Aquí están algunas de las perlas que vertió Heribert Barrera, Presidente de ERC, en el libro Què pensa Heribert Barrera en 2001:

“Veo el futuro un poco negro. Si continúan las corrientes migratorias actuales, Cataluña desaparecerá”. “[Cuando] el señor Jörg Haider [líder nazi austriaco, fallecido en 2008] dice que en Austria hay demasiados extranjeros no está haciendo ninguna proclama racista”. “No pretendo que un país haya de tener una raza pura; esto es una abstracción. Pero hay una distribución genética en la población catalana que estadísticamente es diferente a la de la población subsahariana, por ejemplo. Aunque no sea políticamente correcto decirlo, hay muchas características de la persona que vienen determinadas genéticamente, y probablemente la inteligencia es una de ellas”…“El cociente intelectual de los negros de Estados Unidos es inferior al de los blancos”…“A mí no me parece fuera de lugar esterilizar a una persona que es débil mental a causa de un factor genético”…“Tenemos escasez de agua. Si en lugar de seis millones fuésemos tres, como antes de la guerra, no tendríamos este problema. Cualquier científico objetivo sabe que el principal problema ecológico es el exceso de población”…“Una política que signifique instituir una situación permanente de bilingüismo implica la desaparición de Cataluña como nación. […] Por razones de unos derechos morales e históricos, reivindico que Cataluña sea monolingüe”… “Lo que complica bastante las cosas es que es más difícil integrar a un latinoamericano que a un andaluz. El único recurso que tendremos para subsistir [si Cataluña no se separa del resto de España] es ser un grupo étnico, una minoría nacional en el territorio de Cataluña”. Con este tipo de declaraciones se entiende que uno de los primeros políticos que rindió homenaje a Barrera tras su muerte fuera el líder de la xenófoba Plataforma per Catalunya, Josep Anglada. Estas declaraciones fueron defendidas en varias ocasiones por Jordi Pujol y Marta Ferrusola, con semejantes y parecidas expresiones.

Resulta absolutamente inaceptable que los partidos y formaciones de izquierda en Cataluña se alineen con semejantes personajes y sus secuaces, como Artur Mas, que, a mayor abundamiento, han demostrado que su principal objetivo al detentar el poder es apropiarse de los bienes de todos para su mejor beneficio”.

 

EL CARTERO (Y PABLO NERUDA)

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EL CARTERO (Y PABLO NERUDA). 1994. 108´. Color.

Dirección: Michael Radford y Massimo Troisi; Guión: Anna Pavignano, Michael Radford, Furio Scarpelli, Massimo Troisi y Giacomo Scarpelli, basado en la novela de Antonio Skármeta; Director de fotografía: Franco Di Giacomo;  Montaje: Roberto Perpignani; Música: Luis Enrique Bacalov; Diseño de producción: Lorenzo Baraldi; Producción: Mario y Vittorio Cecchi Gori y Gaetano Daniele, para Cecchi Gori Group Tiger Cinematografica-Penta Film- Esterno Mediterraneo Film-Blue Dahlia Productions-K2 Two-Canal + (Italia-Francia-Bélgica).

Intérpretes: Massimo Troisi (Mario Ruoppolo); Philippe Noiret (Pablo Neruda); Maria Grazia Cucinotta (Beatrice Russo); Renato Scarpa (Encargado de Correos); Linda Moretti (Doña Rosa); Mariano Rigillo (Di Cosimo); Anna Bonaiuto (Matilde); Sergio Solli, Carlo Di Maio, Nando Neri, Vincenzo Di Sauro, Orazio Stracucci.

Sinopsis: Exiliado a causa de sus ideas políticas, el poeta Pablo Neruda se refugia en una remota isla de pescadores del sur de Italia. Allí traba amistas con el cartero que acude cada día a su domicilio a llevarle el correo.

Uno de los grandes éxitos internacionales del cine italiano de finales del siglo XX fue El cartero (y Pablo Neruda)adaptación de la novela de Antonio Skármeta que fue aclamada por la crítica y el público de países de lo más diverso, cautivados todos por la reivindicación del amor y de la poesía que se desprende del relato. El propio film tiene su propio e importante componente sentimental, pues Massimo Troisi, artífice máximo de la película, falleció nada más finalizar el rodaje a causa de una enfermedad cardíaca cuyo tratamiento postergó para poder ver concluida su obra.

Como suele suceder, la película se toma varias licencias respecto a la novela que se adapta, apartándose de ella en algunos aspectos fundamentales. No la culpo por eso, pues el resultado cinematográfico es notable, aunque discrepo de quienes consideran que El cartero es una obra maestra: posee magia, sin duda, pero de aquí a decir que estamos ante una de las mejores películas italianas de la historia media un abismo, y no poco desconocimiento. Estamos ante una obra que muestra el descubrimiento de la cultura, unido al de la toma de conciencia política, situación muy común entre las clases desfavorecidas de los países católicos, en los que la explotación de obreros y campesinos y el fomento de su ignorancia eran valiosos instrumentos de las minorías que siempre han tenido el poder. La película funciona mejor en la parte narrativo-sentimental que en el resto: en ella se habla mucho de poesía, también se recita, pero a nivel visual esa poesía no se aprecia, más allá de las imágenes de postal de la lejana isla en la que transcurre la acción. El dúo Radford-Troisi filma de una manera tan intachable como plana, ajena a la magia de las palabras y los hechos narrados. Sólo la magnífica (y oscarizada) banda sonora de Luis Bacalov, en la que el bandoneón tiene una importancia capital, posee verdadera maestría en lo que a los aspectos técnicos se refiere.

No siempre ocurre (de hecho, films como El cartero constituyen una excepción a la regla general), pero el hecho de que los personajes sean arquetipos le sienta bien a la historia: Mario es un don nadie, un tipo con poco que ofrecer que se marchita en un pueblo cuyo sustento económico se basa en una actividad que detesta: la pesca. La llegada del prestigioso poeta Pablo Neruda al apartado rincón del mundo que constituye todo su universo supone un pequeño seísmo en la zona, aunque el artista escoge para su exilio un rincón apartado y, comprometido con su obra y con su activismo político, apenas mantiene contacto con los lugareños. Esto cambia cuando Mario consigue un empleo de cartero cuyo único objetivo es hacer llegar al poeta la numerosa correspondencia que recibe: poco a poco, Mario entra a formar parte del universo de Neruda, que representa la sabiduría, y utiliza la poesía que éste le descubre para conquistar a su musa, Beatrice. El acceso a los libros y el conocimiento de la ideología comunista harán que Mario se dé cuenta de la situación de injusticia social en la que viven él y su pueblo. En cierto modo, El cartero funciona como maravillosa mentira, como increíble fábula sentimental, pues bienvenidas sean las fábulas en un mundo de locos, pero flaquea una vez se celebra la boda entre Mario y Beatrice, ceremonia que coincide con el regreso del poeta a su Chile natal. Los momentos de humor, capitalizados por la tía de Beatrice, feroz guardiana de su virtud, son de agradecer y contribuyen a que el conjunto sea menos ñoño de lo habitual cuando un relato se apoya en sonrisas que son como mariposas y perlas de este estilo. Más que por eso, la película cautiva (al menos, a quien esto escribe) por estar protagonizada por buena gente, cada una con su carácter, que actúa movida por sentimientos nobles. Cualquier comparación con la realidad hace amar este film pese a sus defectos, eso está claro.

La acertada labor de los actores es básica para que el film consiga desprender bonhomía: Massimo Troisi deja un excelente trabajo póstumo, pues la autenticidad de su interpretación es máxima. Un distinguido veterano como Philippe Noiret se postula como el mejor Pablo Neruda posible, ofreciendo un retrato amable de un personaje lleno de claroscuros. Por su parte, Maria Grazia Cucinotta, una de las varias actrices lanzadas en su momento en Italia como la nueva Loren, aporta belleza (y mucho vicio, todo hay que decirlo), pero no consigue estar a la altura de su ilustre modelo. Muy bien Renato Scarpa como comprometido y comprensivo telegrafista, e impagable Linda Moretti.

Película muy disfrutable, de esas que juegan fuerte la baza de conquistar al espectador y acaba consiguiéndolo en la mayor parte de sus escenas. No es perfecta, pero sí cautivadora.

CEREMONIA SANGRIENTA

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CEREMONIA SANGRIENTA. 1972. 88´. Color.

Dirección: Jorge Grau; Guión: Jorge Grau, Juan Tébar y Sandro Continenza, basado en una historia de Jorge Grau; Dirección de fotografía: Fernando Arribas y Oberdan Troiani; Montaje: Pedro del Rey; Música: Carlo Savina; Decorados: Cruz Baleztena; Producción: José María González Sinde, para X Films-Luis Films  (España-Italia)

Intérpretes: Lucía Bosé (Erzebeth Bathory); Espartaco Santoni (Karl Ziemmer); Ewa Aulin (Marina); Ana Farra (Nodriza); Silvano Tranquilli (Médico); Lola Gaos (Carmilla); Enrique Vivó (Alcalde); María Vico (Maria Plojovitz); Ángel Menéndez (Magistrado); Adolfo Tous, Ismael García Romen, Raquel Ortuño, Loreta Tovar, Franca Grey, Ghika, Miguedl Buñuel, Fabián Conde.

Sinopsis: A principios del siglo XIX, una aristócrata centroeuropea,  descendiente de la célebre condesa Bathory, busca un remedio que evite su envejecimiento. Mientras, en sus tierras se suceden los hechos relacionados con vampiros.

Después de alternar el documental con films de diversos géneros, Jorge Grau dirigió Ceremonia sangrienta, una película de terror con vocación internacional, que sigue la senda marcada por la productora británica Hammer, se ambienta en la Centroeuropa de la era napoleónica y mezcla el vampirismo con la leyenda de la condesa Bathory.

Cuando se estrenó Ceremonia sangrienta, en 1972, tanto el terror estilo Hammer como el giallo italiano, que son los claros referentes del film de Jorge Grau, ya habían producido sus mejores películas y enfilaban una decadencia que, en el caso de la productora británica, era ya bastante notoria. La renovación del cine de terror estaría marcada en esos y en los posteriores años por films norteamericanos de espíritu independiente, como los dirigidos por Tobe Hooper, George A. Romero y Wes Craven, antes de que el género encontrara el filón que supusieron las novelas de Stephen King. Por tanto, Ceremonia sangrienta es un film algo pasado de moda, que juega las bazas de la sangre y el erotismo pero carece de inspiración. Jorge Grau no es Terence Fisher, y tampoco es que el guión de la película sea nada excepcional. Es cierto que al principio, con el desfile de antorchas y el juicio a un médico acusado de vampirismo, se consigue una atmósfera inquietante, pero con la aparición de los protagonistas y la introducción de la historia de la aristócrata que busca recuperar la juventud perdida, y con ella el interés sexual de su marido, siguiendo las sanguinarias costumbres presentes en su árbol genealógico, el film pierde interés. Más allá de algunos momentos terroríficamente convincentes, y de alguna aguda reflexión de raíz voltairiana, en Ceremonia sangrienta percibo más rutina que brillo y más seguimiento de caminos ya muy trillados que verdadera originalidad. La escenografía es modesta, qué duda cabe, pero no vienen de ahí las mayores carencias del film sino, repito, de un guión plano, que da la sensación de haber sido escrito con premura.

Grau hace uso del zoom y de los planos cortos buscando provocar el miedo en el espectador y, también, para aprovechar los espacios cerrados en los que se desarrolla la práctica totalidad de la película. Lo consigue sólo a medias, pues los planos de los ojos de Karl Ziemmer, o los de ese agujero en el techo por el que se escapa la sangre de las jóvenes sacrificadas a mayor gloria de la eterna juventud de la condesa, terminan por ser reiterativos. El erotismo de la película, arriesgado en su tiempo, parece hoy de parvulario, y esto tampoco ayuda a mitigar la sensación de que Ceremonia sangrienta es una película que no ha soportado demasiado bien el paso del tiempo. La música de Carlo Savina sigue un poco el tono general del conjunto: algunos momentos de calidad dentro de un conjunto que no logra alejarse del tópico.

El apartado interpretativo tampoco ayuda: Lucía Bosé, lejos ya de su mejor época como actriz, hace lo que puede por darle algo de vida a un personaje sin matices, con éxito irregular. Por su parte, la actuación de Espartaco Santoni es terrorífica en el peor sentido de la palabra: con buena vista, el playboy italiano abandonó poco después el mundo de la interpretación y decidió que era más divertido alternar con la jet-set. El cine se lo agradeció. Sólo las veteranas Ana Farra y, sobre todo, Lola Gaos, consiguen unas actuaciones de nivel. Sin duda, el papel de esta última en la película merecía ser más relevante. Lo demás, jóvenes de buen ver y veteranos que han tenido momentos mejores.

En definitiva, una película sólo apta para nostálgicos del cine de terror europeo de los 70. Eso sí, su relativo éxito permitió a Jorge Grau continuar su relación con el cine de terror con la mucho más inspirada No profanar el sueño de los muertos.

 

GIMME DANGER

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GIMME DANGER. 2016. 108´. Color.

Dirección: Jim Jarmusch; Guión: Jim Jarmusch; Montaje: Affonso Gonçalves y Adam Kurnitz; Música: The Stooges; Producción: José Ibáñez, Carter Logan y Fernando Sulichin, para Low Mind Films-New Element Media (EE.UU.).

Intérpretes:  Iggy Pop, Ron Asheton, Mike Watt, James Williamson, Danny Fields, Scott Asheton, Kathy Asheton, Steve Mackay, David Bowie, Nico.

Sinopsis: Documental sobre la trayectoria de los Stooges, banda estadounidense que fue una de las precursoras del punk.

Jim Jarmusch, director cuya erudición musical es conocida por todo aquel que haya seguido mínimamente su trayectoria, regresó al documental musical para narrar la historia de uno de sus grupos favoritos, The Stooges, banda liderada por Iggy Pop que ha sido, con toda seguridad, más influyente una vez disuelta que célebre durante sus años en activo.

Después de una breve introducción que relata el tumultuoso y poco memorable final del grupo, Jarmusch sigue, por orden cronológico, el devenir de un conjunto que, siguiendo la estela de MC5 y la Velvet Underground, fue conocido por tener como líder a uno de los frontmen más salvajes de la historia del rock y por haber servido de puente, con sus canciones sencillas y poderosas, entre las bandas mencionadas con anterioridad y los grupos punks que revolucionaron el rock & roll durante la segunda mitad de la década de los 70. The Stooges adoptaron un sonido rudo y primario, marcado por la influencia del entorno industrial y humilde en el que se criaron sus miembros, que destacó por su autenticidad. En ellos no había pose, sino auténtica rabia proletaria. El film se estructura a través de los testimonios de los miembros supervivientes de los Stooges, comenzando por su líder indiscutible, Iggy Pop. Ellos explican su trayectoria de un modo bastante convencional, lo que funciona bien como contraste, pues el grupo no lo fue en absoluto: pronto sus brutales directos les granjearon fama en la zona de Detroit, de la que provenían. Apadrinados por MC5, consiguieron un contrato de grabación: sin embargo, a finales de los 60 las corrientes musicales en boga se alejaban de la propuesta de los Stooges, y su álbum de debut, mal distribuido, se vendió poco y fue, en general, recibido con desdén por la crítica. No corrió mejor suerte el siguiente disco, No fun, pese a ser mejor que el anterior. La falta de éxito, y la descontrolada adicción a las drogas de todos los miembros de la banda provocaron el fin de los Stooges, que aún tuvieron tiempo de crear un álbum, Raw power, que es considerado el origen del punk rock.

Jarmusch dirige con el entusiasmo del fan y el buen estilo que marca su trayectoria como director: la admiración se une al sentido del humor, y es de elogiar el ingenio del que se hace gala al escoger las imágenes de archivo que ilustran las declaraciones de los miembros de la banda. Incluso, algunas de las anécdotas que explican los músicos son recreadas a través de sketches de animación, lo que da una muestra de la ausencia de complejos que empapa toda la película. También se hace hincapié en la reunión de la banda, casi tres décadas después de su separación, que fue más rentable a nivel nostálgico y crematístico que en lo estrictamente musical, pues permitió a los Stooges supervivientes disfrutar de la gloria que no tuvieron en su juventud (y que ninguno de ellos, salvo Iggy Pop, había llegado a conocer), pero no aportó gran cosa a nivel artístico.

Gimme danger es uno de esos documentales de visionado obligatorio para todos aquellos que estén interesados en conocer la historia del rock, aquí en su vertiente más cañera, y también para quienes se identifican con la forma de entender el cine de Jim Jarmusch. Ilustra, ayuda a pasar un buen rato y está bien narrada. Sin duda, una película que hace honor a la banda a.  la que se rinde tributo.

EL GRADUADO

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THE GRADUATE. 1967. 105´. Color.

Dirección: Mike Nichols; Guión: Calder Willingham y Buck Henry, basado en la novela de Charles Webb; Director de fotografía: Robert Surtees;  Montaje: Sam O´Steen; Música: Paul Simon (Canciones)/Dave Grusin (Música incidental); Diseño de producción: Richard Sylbert; Producción: Lawrence Turman, para Embassy Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Anne Bancroft (Mrs. Robinson); Dustin Hoffman (Benjamin Braddock); Katharine Ross (Elaine Robinson); William Daniels (Mr. Braddock); Murray Hamilton (Mr. Robinson); Elizabeth Wilson (Mrs. Braddock); Buck Henry (Casero); Brian Avery (Carl Smith); Walter Brooke (Mr. McGuire); Norman Fell, Alice Ghostley, Marion Lorne, Eddra Gale, Frank Baker, Elaine May, Richard Dreyfuss.

Sinopsis: Benjamin vuelve a casa después de finalizar con excelentes notas su etapa en el instituto. Piensa en el futuro, para el que su familia tiene multitud de planes. Una noche, Ben es seducido por la señora Robinson, una de las mejores amigas de sus padres.

Mike Nichols, que ya había alcanzado la fama con su soberbio debut cinematográfico, ¿Quién teme a Virginia Woolf?, alcanzó el cénit de su carrera con su siguiente obra, El graduado, una de esas películas que fueron un hito en su época y que aún hoy mantienen su condición de iconos del séptimo arte, pues han logrado que se cree un aura mítica a su alrededor, que algunas de sus escenas e imágenes (y, por supuesto, de sus canciones) hayan entrado de lleno en la mitología popular.

El graduado me parece un producto muy de su época que no ha terminado de envejecer bien: el film busca tratar temas escabrosos para la pacata sociedad estadounidense, y hacerlo desde una óptica progresista, que exalta los valores de la juventud y desprecia los de la sociedad adulta. Se trata, no obstante, de una película mucho mejor cuando agrede que cuando afirma. Dicho de otra forma: la primera parte es magistral por cómo muestra el modo en el que los adultos tratan de modelar a los jóvenes a su manera, para que sigan las reglas y no se aparten del camino marcado. Ben, el estudiante de notas muy altas y espléndido futuro, es tratado por los adultos de las dos formas en las que éstos suelen mostrar su mediocridad: exhibiéndole como si fuera una atracción de feria (la escena en la que el muchacho estrena su traje de buceo en la piscina familiar es de traca), y convirtiéndole en el saco en el que vuelcan todas sus frustraciones, pues los adultos, por lo general, no queremos que los jóvenes vivan su propia vida, sino la que nosotros no pudimos vivir. La ironía de esto es que, con los cambios culturales y estéticos de cada época, el ciclo se repite sin excesivos cambios generación tras generación: los jóvenes rompedores (y tiernamente ingenuos) de hoy son los carcamales de mañana. Ahí es donde considero que falla El graduado: es perfecta mientras es cínica; en cuanto aparece en escena Elaine Robinson (o mejor dicho, desde que ella y Ben abandonan el club de striptease al que él la lleva en su primera cita), la película pierde parte de su magia. También de su coherencia, porque el enamoramiento entre Ben y la bella hija del matrimonio Robinson se explica de una manera, a mi entender, pobre. En cambio, la desidia del joven Braddock, su pasiva manera de resistirse a ser la marioneta de los adultos y toda la cadena de circunstancias que llevan al joven a convertirse en el amante de la señora Robinson están explicados de manera magnífica, con ingenio, sentido del humor y un punto de tristeza. Nichols, y ese cameraman de lujo llamado Robert Surtees, acompañan con planos memorables (estoy pensando en el que nos enseña a Ben a través del espacio vacío que deja la insinuante pierna de la señora Robinson, o en el que muestra al joven tumbado en la colchoneta y con gafas de sol, un momentazo hedonista) y un uso del zoom que aún hoy es recordado. No hay que olvidar que parte de la mítica del film se debe a las canciones que interpretan Simon & Garfunkel, que se encuentran entre lo mejor del dúo: dos de ellas (las bellísimas The sound of silence, con la que se abre la película, y Scarborough Fair) ya habían sido publicadas con anterioridad: la tercera, Mrs. Robinson, es un hito de la música pop que debe su existencia a El graduado. Si, en los primeros años de su carrera, Mike Nichols estaba lleno de inspiración, no cabe obviar que también estuvo inmejorablemente acompañado.

Es sabido que El graduado convirtió en estrella a un hasta entonces desconocido Dustin Hoffman, soberbio actor que, como los grandes de su generación, es difícil de superar cuando doma su tendencia a la sobreactuación. Sin embargo, cada vez que veo la película pienso que para encontrar su cumbre interpretativa hay que buscar a Anne Bancroft, pues es imposible actuar mejor de lo que ella lo hace: la señora Robinson puede ser distante, tentadora, racional e iracunda, uno de esos personajes hechos para una actriz mayúscula. Bancroft lo es: sólo hay que ver su transformación en la bruja mala del cuento (provocada porque su hija, cuyo nacimiento le hundió la vida, vuelve a arrebatarle no ya la ilusión, sino aquello que hace que su vacío sea algo más soportable) para ver a una actriz de verdad en todo su genio. Katharine Ross aparece en esta película más bella que nunca pero, lo mismo que su personaje, su labor, sin ser en absoluto desdeñable, no está al nivel del dúo protagonista, más allá del cual hay que mencionar el notable trabajo de Murray Hamilton, en el papel de paterfamilias ultrajado (qué tino tiene la película al hacerle aconsejar a Ben que salga a acostarse con mujeres sin preocupaciones, en plan macho dominante, cuando sabemos que es con su mujer con quien el joven disfruta del sexo: es complicado explicar más cosas sobre una sociedad en tan poco tiempo). Por último, decir que el gracioso papel del casero paranoico lo interpreta Buck Henry, uno de los guionistas del film.

Durante más de una hora, El graduado es una obra maestra. De su descendente final la redime, en parte, la humorada de que la pareja consiga consumar su huida gracias a un crucifijo. Pese a ello, la película brilla mucho más en su crítica social que en su idealización de la pureza de sentimientos de la juventud. Nichols nunca volvió a hacer un film de tanta calidad, y por ello es justo que su fama haya recaído en Dustin Hoffman, Paul Simon y Anne Bancroft. Here´s to you, Mrs. Robinson.

THE TOWN (CIUDAD DE LADRONES)

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THE TOWN. 2010. 123´. Color.

Dirección: Ben Affleck; Guión: Peter Craig, Ben Affleck y Aaron Stockard, basado en la novela The prince of thieves, de Chuck Hogan; Director de fotografía: Robert Elswit;  Montaje: Dylan Tichenor; Música: David Buckley y Harry Gregson-Williams; Diseño de producción: Sharon Seymour; Dirección artística: Peter Borck; Producción: Basil Iwanyk y Graham King, para Legendary Entertainment-GK Films-Thunder Road Pictures-Warner Bros.(EE.UU.).

Intérpretes: Ben Affleck (Doug MacRay); Rebecca Hall (Claire Keesey); Jon Hamm (Agente del FBI Frawley); Jeremy Renner (James Coughlin); Blake Lively (Krista Coughlin); Slaine (Gloansy Magloan); Owen Burke (Desmond Elden); Titus Welliver (Tito Ciampa); Pete Postlethwaite (Fergie); Chris Cooper (Stephen MacRay); Dennis McLaughlin, Corena Chase, Brian Scannell, Tony V. Edward O´Keefe, Victor Garber.

Sinopsis: Doug es el líder de una banda de atracadores nacida, como muchas otras, en el barrio bostoniano de Charlestown. Mientras planea nuevos golpes, se siente atraído por la directora de una de las sucursales bancarias que robó.

Ben Affleck debutó en la dirección con la excelente Adiós pequeña adiós. Unos años después, eligió para continuar su carrera como realizador un drama policial, también ambientado en Boston, que adaptó a la gran pantalla una premiada novela de Chuck Hogan. The Town fue la confirmación de que el Ben Affleck director estaba llamado a grandes cosas.

Charlestown es un barrio célebre por ser el lugar donde se han criado más atracadores de bancos de los Estados Unidos de América. Se trata de una zona obrera, habitada por una mayoría de personas de origen irlandés, en la que germinó una próspera industria del atraco a mano armada cuyas artes han ido pasando de generación en generación. En este caso, la historia se centra en Doug MacRay, un hombre camino de la mediana edad que lidera sobre el terreno (la parte intelectual del asunto corre a cargo de un individuo que regenta una floristería) al grupo más eficaz en lo que a vaciar cajas de caudales se refiere. Su mano derecha es James Coughlin, un tipo tan leal como impulsivo, cuya hermana Krista tiene una relación intermitente con Doug. Éste, que ha dejado el alcohol y las drogas y planea cambiar de vida, encuentra la excusa para ello cuando conoce a Claire, directora de una sucursal bancaria en la que la banda de Doug perpetra un atraco. Capturan a la chica como rehén antes de soltarla junto a la playa, y este hecho llama la atención del agente Frawley, del FBI, encargado de investigar el caso. En vista de ello, Doug decide seguir a Claire, y acaba enamorándose de ella. No obstante, si cambiar de vida fuera fácil, lo haría mucha más gente.

Todo lo bueno que había demostrado Ben Affleck en su ópera prima se confirma en The Town, un film que funciona de manera perfecta en las escenas de acción, rodadas con mucho nervio, y a la vez aporta buenos diálogos, situaciones creíbles e interesantes momentos para que el espectador se ponga a pensar. No es fácil hacer un film en el que lo policíaco sea vibrante y lo romántico se aleje de lo empalagoso, pero Affleck supera el reto. Parte del mérito lo encontramos en un guión que sabe alternar registros (véase la escena en la que James encuentra a Doug y Claire en un restaurante: el momento romántico se convierte en suspense cuando Doug comprueba que su amigo deja a la vista parte de un tatuaje que Claire podría reconocer como perteneciente a uno de los atracadores de su banco), que deja frases impactantes y muestra a unos personajes complejos, llenos de recovecos, que aportan profundidad a la historia sin que ésta se disperse. No hay un solo personaje relevante en esta película que no esté bien expuesto y desarrollado: la mujer a la que, en el fondo, el atraco hace tomar conciencia de que su perfecta vida estaba vacía, el agente del orden duro e inteligente, hecho de la misma pasta que los más distinguidos representantes del otro lado de la ley, el atracador fiel a los códigos de su barrio hasta el final, el mafioso inmisericorde que se oculta entre ramos de flores o la bella muchacha esclava de sus adicciones aparecen en pantalla para ir siempre más allá del tópico. A esto hay que añadir la soltura en el manejo de la cámara de que hace gala el director, el saberse rodear de maestros como Robert Elswit o el brillante montaje, y con todo ello tenemos un excelente film policíaco que no es una obra maestra porque Ben Affleck peca de narcisismo y se reserva para sí el papel protagonista cuando, se mire por donde se mire, es un mal actor. El hombre lo intenta, pero lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible. Lo que podrían haber hecho Michael Fassbender, Ewan McGregor o Clive Owen con este personaje… Rebecca Hall no es mala actriz, pero tampoco una intérprete de primer nivel, y se nota. Quienes lucen de manera soberbia son Jon Hamm y Jeremy Renner, actores de mucha calidad que sí logran sacar a sus personajes el mucho jugo que tienen. Del mismo modo, las intervenciones de veteranos de categoría como Pete Postlethwaite o Chris Cooper (que sólo aparece en una escena, y lo borda) aportan un plus que por momentos logra hacer olvidar el error en la elección de los protagonistas, en especial del masculino. Ah, y bien Blake Lively.

Gran película, tanto en su vertiente de film de acción como en lo exitoso del intento de ofrecer algo más que eso. Ben Affleck es un cineasta de mucho nivel. Si dejara de actuar, ya sería la leche.

 

EL ANTÍDOTO

En apenas 72 horas, dos de los grandes mantras del secesionismo catalán, siempre más sobrado de fe que de argumentos, han sido dinamitados: el primero, que la independencia no causará perjuicios económicos graves a Cataluña. Si los que tienen todo el dinero piensan lo contrario, no voy a ser yo quien les contradiga. La segunda es que los separatistas representan a todo el pueblo catalán, fábula que los beneficiarios del tinglado han repetido hasta la náusea y que, para desgracia de gentes mal informadas y de algún que otro cantante cansino, ha sido dejada en ridículo con una sola movilización de quienes, hasta ahora, aguantábamos entre indiferentes y cabreados las continuas embestidas de los Testigos de Ítaca. Siento curiosidad por ver cómo los que todavía pululan por el lado montaña de Sant Jaume tratan de escapar de la red que han tejido sobre sí mismos. De acuerdo a los precedentes, nos obsequiarán con la cagada mayor, que tendrá la respuesta que merece, la única posible para un golpe de Estado.

HUNGER

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HUNGER. 2008. 93´. Color.

Dirección: Steve McQueen; Guión: Enda Walsh y Steve McQueen; Director de fotografía: Sean Bobbitt;  Montaje: Joe Walker; Música: Leo Abrahams y David Holmes; Dirección artística: Brendan Rankin; Diseño de producción: Tom McCullagh; Producción: Robin Gutch y Laura Hastings-Smith, para Film4-Blast! Films-Northern Ireland Screen- Wales Creative IP Found (Irlanda-Reino Unido).

Intérpretes: Michael Fassbender (Bobby Sands); Liam Cunningham (Padre Moran); Stuart Graham (Raymond Lohan); Brian Milligan (Davey Gillen); Liam McMahon (Gerry Campbell); Lalor Roddy (William); Paddy Jenkins (Asesino); Karen Hassan. Helen Madden, Des McAleer, Rory Mullen, Ben Peel, Billy Clarke.

Sinopsis: En 1981, los presos del IRA llevaban a cabo diversas campañas para que se les concediera el estatus de presos políticos. La más radical de todas ellas fue la huelga de hambre liderada por Bobby Sands.

Después de una extensa carrera como realizador de cortometrajes, el londinense Steve McQueen dirigió Hunger, su primera película en formato largo, con la que consiguió llamar la atención de la crítica especializada y de la cinefilia más selecta. Se trata de un duro drama basado en hechos reales, en concreto en la huelga de hambre que hicieron los presos del IRA en 1981 para que se les reconociera la condición de prisioneros políticos.

Alguien que se dedica al cine y se llama Steve McQueen no podía ser malo. Este director se empeña en demostrarlo en una ópera prima en la que ya se adivina un estilo reconocible dentro de una película que contiene tres mediometrajes en su interior: el primero, que se inicia con la descripción del ritual matutino (ojeada a los bajos del coche incluida) de un funcionario de prisiones, explica la vida en una cárcel británica de máxima seguridad, llena de presos pertenecientes al IRA, en una época marcada por la reciente llegada al poder de Margaret Thatcher, defensora de la línea dura al abordar el conflicto del Ulster, y las huelgas llevadas a cabo por los reos antes de decidirse a elevar la apuesta. Este pasaje destaca por el predominio de lo visual, y marca el tono duro de la película: apenas hay palabras, algo lógico si nos referimos a seres, puestos frente a frente, a quienes su antagonismo ideológico ha reducido a un estado de pura animalidad, de individuos que han dejado de serlo y que sólo se interrelacionan para causarse dolor. En este punto, la película se centra en dos presos, uno recién llegado a la prisión y el otro ya con unos cuantos años de condena a las espaldas. Ambos participan en la huelga de las mantas (los reos se negaban a vestir el mismo uniforme que los delincuentes comunes y preferían ir cubiertos únicamente por una manta) y en la huelga sucia, que consistía en renunciar al aseo personal y embadurnar las paredes de las celdas con excrementos. La película da un giro en su segunda parte, que muestra el diálogo entre Bobby Sands, el terrorista que lideró las huelgas de hambre que sucedieron a las escritas con anterioridad, y un influyente párroco norirlandés. Aquí el predominio de la palabra es absoluto, y la cámara permanece en plano fijo durante más de un cuarto de hora. En la parte final, que describe la huelga de hambre, la narración se centra exclusivamente en Sands y retrata, sin mirar hacia otro lado, el proceso de degeneración que afecta a un cuerpo humano por la falta de alimento.

McQueen no rehuye las cuestiones espinosas, como las torturas a los presos o la absoluta incapacidad de éstos para ver más allá de su propio fanatismo. Deja que sea el espectador quien juzgue de acuerdo a lo que ve, que, a excepción de la escena de la entrevista entre Bobby Sands y el sacerdote, es mucho más que lo que oye. Se le pueda acusar con cierta razón de efectismo (por la dureza de algunos planos, no por la puesta en escena, que en general es muy sobria), pero sin dejar de reconocer que es difícil explicar ciertas situaciones quedándose en la orilla. Las pequeñas celdas y los largos pasillos de la prisión son un marco perfecto para hablar de la sinrazón del ser humano, de su nula capacidad para entender al otro. Un gobierno y una banda armada coinciden en el desprecio a la vida, mientras éste les sea útil para conseguir sus objetivos políticos. McQueen no es neutral, pero tampoco cuenta una historia de santos y pecadores que hoy no se creería nadie, y lo hace con precisión de relojero suizo: fotografía, música y montaje son eficaces dentro de un segundo plano;  como se ha dicho, las palabras sólo adquieren relevancia en la parte central de la película y, sin embargo, lo que podría ser un plomazo arty con coartada política se convierte en una película hipnótica.

Uno de los aspectos más llamativos de Hunger es el trabajo de Michael Fassbender, magnífico actor que sometió a su cuerpo a una verdadera tortura para hacer creíble el lamentable estado físico de Bobby Sands en los días previos a su muerte. Fassbender tiene mucho que ver en el hecho de que el visionado de Hunger constituya una experiencia, no precisamente cómoda, para el espectador. Por tanto, Steve McQueen puede sentirse afortunado por haber contado con un protagonista de tan alto nivel. Del resto del elenco, sólo Liam Cunningham, convincente en su papel de símbolo de esa parte del clero católico tan amiga del terrorismo, tiene algo más de unas pocas frases. El trabajo del resto de los actores es más físico e introspectivo que exhibicionista, lo cual ayuda a entender mejor un film que, en el fondo, habla de la sinrazón.

Gran ópera prima de un director de talento, Hunger se ha convertido por derecho propio en una de las películas de referencia en cuanto al muy cinematográfico conflicto irlandés.

HUIDA A BIRMANIA

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ESCAPE TO BURMA. 1955. 86´. Color.

Dirección: Allan Dwan; Guión: Talbot Jennings y Hobart Donavan, basado en el relato Bow tamely to me, de Kenneth Perkins; Director de fotografía: John Alton;  Montaje: Carlo Lodato; Música: Louis Forbes; Dirección artística: Van Nest Polglase; Producción: Benedict Bogeaus, para RKO Radio Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Barbara Stanwyck (Gwen Moore); Robert Ryan (Jim Brecan); David Farrar (Cardigan); Murvyn Vye (Makesh); Lisa Montell (Andora); Robert Warwick (Sawbwa); Reginald Denny (Comisario); Robert Cabal, Peter Coe, Alex Montoya, Anthony Numkena, John Mansfield, Gavin Muir.

Sinopsis: Acusado del asesinato de un príncipe, un aventurero norteamericano huye a través de la selva hasta llegar a los terrenos de Gwen Moore, una mujer que doma y comercia con elefantes.

Huida a Birmania es una de las películas con mayor repercusión de entre las dirigidas por Allan Dwan en la última fase de su carrera. Su condición de film de aventuas exóticas y la presencia de una verdadera estrella como Barbara Stanwyck al frente del reparto la sitúan como una de las obras más reivindicables de esa etapa.

Es sabido que quedaban lejos los años en los que Allan Dwan manejaba presupuestos holgados, pero el director sabe darle a la película un aire clásico, con una cámara que se mueve poco porque, entre otras cosas, suele estar donde debe, y un aprovechamiento excelente de los recursos disponibles. A esto contribuye en gran manera el trabajo de un grande como John Alton, capaz de crear imágenes realmente bellas, fruto también de su compenetración con un director con el que había colaborado en varias ocasiones. Me refiero, por ejemplo y sobre todo, a las escenas nocturnas, que hay que calificar de cautivadoras. También la música es de una calidad que acredita que estamos ante una serie B distinguida.

Ocurre, no obstante, que el guión no es gran cosa. Posee la virtud de darle el protagonismo a una mujer fuerte y con estilo, pero la trama es bastante simple y no consigue alejarse de lo previsible. Al principio, parece que el tema es la caza de un asesino que huye a través de la jungla, pero eso de que el malvado en tierra extraña fuera estadounidense era algo que, sin duda, se prefirió evitar. Eso sí, la película es concisa, va al grano y es francamente entretenida, con acierto a la hora de alternar las escenas de acción con los pasajes románticos y las inevitables concesiones al exotismo que, todo hay que decirlo, añaden encanto a un film cuyo marco geográfico es la selva asiática. Sin embargo, ni existe demasiada tensión, ni se produce un verdadero triángulo amoroso, ni la resolución del conflicto denota un excesivo ingenio. Hay mayor inspiración en el aspecto visual de la película que en el narrativo, cuyo mayor mérito, repito, es el de no andarse por las ramas.

Soy un gran admirador de Barbara Stanwyck, una de las grandes actrices del Hollywood clásico. Su voz, su mirada inteligente y seductora, y el hecho de que he visto fumar a muy pocas mujeres con tanto estilo, la convierten en una de mis favoritas de todos los tiempos. Cuando se rodó Huida a Birmania ya no era una gran estrella a nivel comercial, pero jamás dejó de serlo en la pantalla, y aquí, la inolvidable protagonista de Perdición Bola de fuego deja claro que la presencia y el carisma no se evaporan fácilmente. Otro aliciente para ver esta película es la presencia de Robert Ryan, un pedazo de actor, usualmente secundario, que poseía el don de ser un tipo muy duro y a la vez de poseer expresividad. David Farrar, otro buen intérprete, completa el trío protagonista sin desentonar, pero brillando a un nivel inferior al de los antes mencionados.

Buena película, ideal para pasar un buen rato de evasión, lo que es muy de agradecer en tiempos asquerosos.