TRAIN TO BUSAN

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BUSANHAENG. 2016. 118´. Color.

Dirección: Yeon Sang-Ho; Guión: Park Joo-Suk y Yeon Sang-Ho; Director de fotografía: Lee Hyung-Deok;  Montaje: Yan-Jing Mo; Música: Jang Young-Gyu; Diseño de producción: Lee Mok-Won; Vestuario: Seung Hee-Rym y Kwon Joo-Hin; Producción: Lee Dong-Ha, para RedPeter Film- Next Entertainment World (Corea del Sur).

Intérpretes: Gong Yoo (Seok-Woo); Jung Yu-Mi (Seong-Kyeong); Ma Dong-Seok (Sang-Hwa); Kim Su-An (Soo-An); Kim Eui-Sung (Yon-Suk); Choi Woo-Sik (Yong-Guk); Sohee (Jin-Hee); Choi Gwi-Hwa (Mendigo); Yeong Seok-Jong (Maquinista); Woo Do-Im (Azafata); Ye Soo-Jung, Park Myung-Shin, Yang Hyuk-Jin, Han Seong-Soo, Kim Jae-Rok, Lee Joo-Sil.

Sinopsis: Un ejecutivo, egoísta y adicto al trabajo, acepta a regañadientes acompañar a su hija hasta Busan, donde la pequeña se reunirá con su madre. De pronto, el caos se adueña del país.

El cineasta surcoreano Yeon Sang-ho, cuya carrera se había desarrollado en el terreno de la animación, dio el salto internacional con Train to Busan, película que viene a ser la versión con actores reales de su anterior Seoul station. Este vibrante drama zombi, que en mi opinión supone una de las propuestas más estimulantes que ha dado este subgénero en lo que llevamos de siglo, triunfó en muy distintas latitudes y se convirtió en un film de culto instantáneo.

Es evidente que, tanto en la pequeña como en la gran pantalla, las historias de zombis tienen una gran aceptación en nuestra hastiada y confusa época. En muchas de ellas, empezando por la seminal Zombi (Dawn of the dead, 1978), de George A. Romero, subyace el deseo de que el apocalipsis provocado por el despertar de los muertos vivientes suponga una catarsis que provoque la redención moral de una civilización a la deriva. Train to Busan participa de esta corriente y no está exenta de moralina, aunque debo decir que su punto de vista sobre los males de la humanidad coincide bastante con el mío: la codicia, la insolidaridad, el egoísmo y el cotidiano sálvese quien pueda son algunas de las grandes lacras de nuestras sociedades: llegado el gran desastre, sólo quienes consigan cambiar su forma de actuar obtendrán la salvación, si no física, cuanto menos ética. El símbolo de esto es Seok-Woo, un ejecutivo todavía joven y adicto al trabajo cuyo matrimonio se fue a pique y que apenas presta atención a la hija que surgió de él. Es la insistencia de ella la que hace que el ocupado yuppie acepte acompañarla en el tren que la llevará hasta Busan, ciudad en la que vive su madre.

La película tiene la virtud de perfilar a los personajes con certeras pinceladas para ir rápidamente al grano: al principio, todo parece un furioso ataque de ira colectiva que se extiende por las grandes ciudades, pero cuando las imágenes empiezan a transmitir cómo los cadáveres atacan a los vivos, que casi de inmediato pasan a convertirse ellos también en zombis en busca de carne fresca, la cosa no puede estar más clara. Un rutinario viaje en tren se convierte en una huida desesperada hacia una salvación tan complicada como dudosa. Yeon Sang-ho ofrece una propuesta visualmente atractiva y narrativamente vibrante, en la que los tiempos muertos, cargados de tensión, sólo son una breve toma de aire antes de encarar desafíos todavía mayores. Train to Busan consigue ser una gran película de zombis, y a la vez, ofrecer a sus espectadores un convincente drama familiar y social con moraleja. O, dicho de otra forma, resuelve en dos frenéticas horas situaciones que ocupan una temporada entera de The walking dead. El aprovechamiento que se hace de un escenario tan cinematográfico como un ferrocarril muestra una competencia técnica importante, que se extiende al muy eficaz montaje y a una cuidada fotografía. Por no hablar de esa frase antològica que le suelta el forzado al ejecutivo metido a héroe antes de ponerse a liquidar zombis:” Es usted gestor de fondos, así que se le ha de dar bien machacar a inútiles”.

El desempeño de los actores, todos ellos desconocidos para mí hasta el momento, es en general bastante satisfactorio. Gong Yoo consigue mostrar la conversión de su personaje en héroe altruista sin que esa metamorfosis resulte forzada, y el matrimonio que forman esa mujer fuerte a la que interpreta Jung Yu-Mi y ese tipo fuerte en lo físico y en lo psicológico al que da vida Ma Dong-Seok funciona de maravilla. Es verdad que los malos son muy malos, pero Kim Eui-Sung es un buen villano. Quizá los actores jóvenes, sobre todo Choi Woo Sik, flojeen algo más, pero reitero que en general el capítulo interpretativo me parece bien resuelto.

Train to Busan es una muy buena película, se mire donde se mire, y con razón se ha convertido en uno de los mayores éxitos del cine surcoreano en los últimos años, y también en una referencia moderna indiscutible del cine de muertos vivientes. Dos horas vibrantes, un apocalipsis zombi de lo más brutal, y un mensaje ético claro. No es sencillo dar más.

MANCHESTER FRENTE AL MAR

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MANCHESTER BY THE SEA. 2016. 135´. Color.

Dirección: Kenneth Lonnergan; Guión: Kenneth Lonnergan; Dirección de fotografía: Jody Lee Lipes;  Montaje: Jennifer Lame; Dirección artística: Jourdan Henderson; Música: Lesley Barber; Diseño de producción: Ruth De Jong; Producción: Kimberly Steward, Chris Moore, Kevin J. Walsh, Matt Damon y Lauren Beck, para Amazon Studios-K Period Media-Pearl Street Films-The Media Farm-The A/Middleton Project-BStory-Oddlot Entertainment (EE.UU.).

Intérpretes: Casey Affleck (Lee Chandler); Lucas Hedges (Patrick); Michelle Williams (Randi Chandler); Kyle Chandler (Joe Chandler); Anna Baryshnikov (Sandy); C. J. Wilson (George); Gretchen Mol (Denise Chandler); Tom Kemp (Stan Chandler); Kara Hayward (Silvie McCann); Matthew Broderick (Jeffrey); Heather Burns (Jill); Ben O´Brien, Quincy Tyler Bernstine, Missy Yager, Stephen Henderson, Ruibo Qian, Chloe Dixon, Tate Donovan, Josh Hamilton, Erica McDermott, Danae Nason.

Sinopsis: Lee, un hombre que abandonó su pueblo natal después de un hecho traumático, debe regresar allí para hacerse cargo de su sobrino adolescente.

Curtido como guionista, Kenneth Lonnergan dio el salto a la dirección al comienzo de este siglo con la celebrada Puedes contar conmigoManchester frente al mar es sólo su tercer largometraje, y también el más exitoso de ellos. La película acaparó reconocimientos, incluyendo el Oscar al mejor guión original.

El drama de Lee Chandler, el protagonista de la película, es el de tantas personas que forman una familia sin ser lo suficientemente responsables como para asumir tan complicada tarea. La diferencia es que, mientras la mayoría de esos irresponsables pasa por la vida sin cometer tropelías demasiado gordas, una negligencia de Lee provoca un incendio cuyas consecuencias son las peores que uno pueda imaginar. Aunque, como es del todo punto lógico, el hombre trate de borrarse del mapa, también fracasa en eso y, consumido por la culpa, cambia de lugar y se obliga a una especie de muerte en vida que se ve alterada por el fallecimiento de su hermano, un ser generoso aquejado de una grave enfermedad cardíaca. Lee debe regresar a sus orígenes para hacerse cargo de su sobrino, un chico de dieciséis años de lo más centrado, teniendo en cuenta el trauma que acaba de sufrir, y que su madre es una loca borracha en paradero (casi) desconocido. A quienes la trama les parezca deprimente, he de decirles que aciertan: la película lo es.

El mérito del director es que siempre se mueve en el límite de lo folletinesco sin caer casi nunca en ese pozo. Eso sí, cuando lo hace (la escena del reencuentro entre Lee y su ex-esposa, que acaba de tener un hijo de otro hombre) lo hace con estrépito. En mi opinión, lo mejor del film son las escenas que comparten los dos protagonistas masculinos, el devastado Lee, que se gana la vida como conserje en la gran ciudad y tiene más talento con las manos que con el cerebro, y su sobrino Patrick, un adolescente racional y deportista que no tendrá padres, pero huye como un poseso ante la idea de vivir con su tío en Boston porque en su pueblo tiene dos novias, toca la guitarra en un grupo de rock, está en los equipos de hockey y baloncesto y residen todos sus amigos. Tío y sobrino son la luz y la sombra, el fracaso consumado y la promesa de éxito. Lee pasa su tiempo libre viendo deportes y bebiendo cerveza. Cuando abusa del alcohol, asoma su yo violento, algo por lo demás común entre los fracasados. Con sabiduría, huye de las mujeres que se interesan por él, porque sabe que, como dijo el poeta, su corazón maltrecho y ajado está cerrado por derribo. Hay heridas tan profundas que, simplemente, no cicatrizan jamás. Decía Pavese que lo peor de un dolor terrible es ser consciente de que algún día serás capaz de superarlo, pero eso no siempre ocurre. En esto, el guión de Lonnergan no puede ser más certero.

El aroma que emana de la película es de la tristeza, y en los aspectos técnicos, Lonnergan, lejos de suavizar la carga emocional de su obra, la aumenta. Pese a que se presenta al mar como un entorno liberador, el paisaje es siempre gris, marcado por la nieve y un cielo que no parece conocer el sol. Manchester frente al mar es un film sin un ápice de luminosidad, en el que las imágenes muestran el vacío emocional de los personajes. Por si esto fuera poco, la dramática banda sonora, rematada con distintas piezas de música clásica que no son precisamente valses y polkas, acentúa aún más la atmósfera melancólica de la película. Los únicos contrapuntos están siempre relacionados con los personajes jóvenes, a los que aún les cabe la esperanza, y con algunas situaciones que muestran que, incluso en los momentos más trágicos, en la vida casi siempre hay lugar para lo grotesco.

Encabeza el reparto un actor condenado sin juicio por los escuadrones feministas de la venganza, Casey Affleck, que demuestra haberse quedado con todo el talento interpretativo que había en su familia. No entraré a valorar si su estatuilla es o no merecida, pero sí diré que su trabajo es más que notable. Affleck sabe ser parco sin parecer una momia, explotar cuando toca y mostrar con acierto la desolación. Muy bien el joven Lucas Hedges, que además de saber actuar tiene buena mano a la hora de elegir las películas en las que interviene. A Michelle Williams, que me parece una actriz de mucho talento, la veo aquí un poco pasada de rosca, como dándole demasiada rienda suelta al caudal emocional que encierra su personaje. Defecto parecido encuentro en otra actriz de nivel, Gretchen Mol, especializada en los últimos tiempos en encarnar a mujeres de psique complicada. Bien C. J. Wilson y la joven Anna Baryshnikov, y anotar también la breve aparición de Matthew Broderick como intento de redentor religioso de Denise, la madre de Patrick.

No lo he dicho hasta ahora, pero Manchester frente al mar, pese a que carga demasiado los tintes melodramáticos, tiene hechuras de gran cine. Su visionado no va a alegrarle la vida a nadie, pero el buen arte suele ser triste, como la vida misma.

LA CAPRICHOSA PARCA

Con la de gente que podría palmarla sin que el mundo saliera perdiendo, o incluso se convirtiera por ese solo hecho en un lugar mejor, es una pena que haya tenido que tocarle a Stephen Hawking.

LA ÚLTIMA TENTACIÓN DE CRISTO

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THE LAST TEMPTATION OF CHRIST. 1988. 164´. Color.

Dirección: Martin Scorsese; Guión: Paul Schrader, basado en la novela de Nikos Kazantzakis; Director de fotografía: Michael Ballhaus;  Montaje: Thelma Schoonmaker; Música: Peter Gabriel; Diseño de producción: John Beard; Dirección artística: Andrew Sanders; Producción: Barbara De Fina, para Universal Pictures- Cineplex Odeon Films (EE.UU.).

Intérpretes: Willem Dafoe (Jesús de Nazaret); Barbara Hershey (María Magdalena); Harvey Keitel (Judas Iscariote); Verna Bloom (María); Andre Gregory (Juan el Bautista); Victor Argo (Apóstol Pedro); John Lurie (Apóstol Santiago); Harry Dean Stanton (Pablo de Tarso); David Bowie (Poncio Pilatos); Juliette Caton (Ángel de la guarda); Peggy Gormley, Randy Danson (Hermanas de Lázaro); Irvin Kershner (Zebedee); Michael Been (Apóstol Juan); Barry Miller, Roberts Blossom, Gary Basaraba, Paul Herman, Leo Burmester, Tomas Arana, Nehemiah Persoff.

Sinopsis: Jesús de Nazaret, carpintero odiado por su propio pueblo por construir las cruces con las que los romanos ajustician a los judíos, adquiere la conciencia de ser el hijo de Dios y comienza a predicar su mensaje.

Después del lucrativo encargo que fue El color del dinero, Martin Scorsese emprendió uno de sus proyectos más personales y ambiciosos, la adaptación cinematográfica de la novela de Nikos Kazantzakis La última tentación de Cristo. El film se vio envuelto en una enorme polémica, pues para los fundamentalistas cristianos su contenido era blasfemo. Actitudes inquisitoriales al margen, el resultado artístico es más que notable.

Al margen del paseo por la América de la Gran Depresión que supuso Boxcar Bertha, La última tentación de Cristo es el primer film de época de Scorsese, hombre de hondas preocupaciones espirituales, ya manifestadas de diferentes formas en sus films anteriores y que aquí centran todo el discurso. De nuevo con Paul Schrader como guionista, Scorsese refleja diversos episodios de la vida de Jesucristo para centrarse en la hipótesis que generó todo el escándalo que rodeó al film: que Jesús de Nazaret, como hombre que era, dudara de su condición de Mesías y redentor de la humanidad (tarea en la que, por cierto, su éxito ha sido escaso), y se planteara (bajo influencias demoníacas, todo hay que decirlo) renunciar a su condición y vivir la vida de un hombre corriente. Vida que (y esto es, con toda probabilidad, lo que más molestó a los meapilas más intransigentes) no está nada mal. Desde un punto de vista filosófico, el cristianismo es una fuerza negadora de la vida, o de todo lo bueno que ésta contiene. Por eso la última parte de la película resulta tan subversiva. ¿Qué hay más humano que pensar que todo el sacrificio, que todo el sufrimiento, no tienen sentido? Incluso si eres, o crees ser, el hijo de Dios, tu condición humana te conduce a ello. Más allá de fundamentalismos, que esta idea resulte ofensiva para tanta gente no dice mucho de Kazantzakis, Schrader o Scorsese, pero sí de los ofendidos. En la película, además, se ofrece una visión de dos personajes capitales, como la prostituta María Magdalena y el apóstol Judas Iscariote, muy alejada de los cánones (y, por qué no decirlo, mucho más rica desde el punto de vista intelectual). En consonancia, el personaje de Pablo de Tarso, verdadero creador del cristianismo, recibe un tratamiento tan verosímil como poco embellecedor. Opino, de hecho, que en el plano ético Scorsese hizo oro con el mismo material con el que, década y media más tarde, Mel Gibson produjo mierda.

Tenemos, pues, a un enorme cineasta metido en un proyecto que le entusiasma. Este grado de implicación alcanza a los cuidadísimos aspectos técnicos y formales, con el mejor trabajo de Michael Ballhaus a las órdenes de Scorsese (y, seguramente, de cualquier otro), una inspirada banda sonora, a medio camino entre modernidad y tradición, compuesta por Peter Gabriel, y una labor de edición particularmente meritoria en un film tan largo y complejo. La historia de cómo un hombre tan indigno para su propio pueblo que hasta las prostitutas le escupían en la cara se convierte en el redentor de la humanidad podría chirriar por tantos sitios que el hecho de que no lo haga sí puede considerarse un milagro. Se muestra con arte cómo el hombre trata de librarse de las voces que le empujan a convertirse en profeta, cómo ese hombre es capaz de la piedad, la ira y la duda, cómo su palabra caló entre los estratos inferiores de la sociedad y cómo sufrió ante el rechazo de los poderosos y ante su propio destino, con una cámara que siempre sabe cuándo acercarse y cuándo marcar distancias, cuándo calmarse y cuándo vibrar, haciéndolo de un modo particularmente brillante en la expulsión de los mercaderes del  templo y en el martirio en la cruz. Quizá con un tratamiento más clásico, pero tenemos la fuerza habitual en el cine de Scorsese.

El papel de Jesucristo es uno de los hitos en la distinguida carrera de Willem Dafoe, actor que realiza un trabajo esforzado y, por momentos, brillante que logra que veamos el interior del profeta Jesús de Nazaret: su jactancia casi infantil después de convertir el agua en vino, su zozobra interior, su histérica creencia de ser el portador del mensaje del Dios único y todopoderoso o lo antinatural de su elegido celibato se ponen de manifiesta de manera inequívoca, lo cual es mérito del actor. Harvey Keitel, cuya interpretación de Judas Iscariote fue uno de los aspectos más criticados de la película, hace en mi opinión una buena labor, aunque un punto por debajo del nivel que demuestra Barbara Hershey en su encarnación de María Magdalena. En la escena en la que Cristo habla con el gobernador de Judea, Poncio Pilatos, podemos comprobar que David Bowie sabía actuar, y del resto del reparto, lo más sobresaliente es sin duda el trabajo de Harry Dean Stanton como Pablo de Tarso.

Lo fácil sería decir, porque es lo que cualquier mente regida por la lógica afirmaría, que La última tentación de Cristo no era merecedora de la fanática reacción que provocó en su estreno, pero por su valor artístico y por lo subversivo de su discurso, creo que la película tuvo la virtud de ofender a un colectivo que merecía ser ofendido, y además lo hizo con una incuestionable calidad cinematográfica.

PHANTASMA

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PHANTASM. 1979. 89´. Color.

Dirección: Don Coscarelli; Guión: Don Coscarelli; Dirección de fotografía: Don Coscarelli;  Montaje: Don Coscarelli; Música: Fred Myrow y Malcolm Seagrave;  Dirección artistica: David Gavin Brown; Producción: Dac Coscarelli y Paul Pepperman, para New Breed Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Michael Baldwin (Mike); Bill Thornbury (Jody); Reggie Bannister (Reggie); Angus Scrimm (El Hombre Alto); Kathy Lester (Mujer de lavanda); Terrie Kalbus, Mary Ellen Shaw, Ken Jones, Susan Harper, Lynn Eastman, David Arntzen, Raplh Richomnd, Bill Cone.

Sinopsis: Mike, un adolescente que acaba de perder a sus padres, observa que, después del funeral del mejor amigo de su hermano, un hombre se lleva el féretro a una solitaria mansión. A partir de este hecho, empiezan a ocurrir extraños sucesos.

Sin duda, la película que ha marcado la carrera de Don Coscarelli es Phantasma, film de terror setentero convertido en obra de culto por multitud de fans de todo el mundo. El éxito de este film, de extraña atmósfera y escaso presupuesto, generó diversas secuelas que, como suele suceder, son inferiores al original.

Don Coscarelli, que como Juan Palomo escribe, dirige, fotografía y monta la película, ha confesado en diversas ocasiones que su origen está en un sueño, o más bien en una pesadilla. Ciertamente, visto el film uno no puede sino confirmar que su trama argumental proviene de un sueño… o de un cuelgue. Phantasma es profundamente bizarra, y reúne diversos elementos para resultar un completo desastre bastante cómico, pero es precisamente su logrado ambiente de pesadilla sin sentido el factor decisivo para convertir lo descacharrante en acojone, o al menos en inquietud. Y sí, la trama es un despropósito, y pese a ello la película consigue caer de pie. Coscarelli, que antes de esta obra había dirigido dos films sobre adolescentes, que no he visto y que algunos de quienes sí lo han hecho consideran los mejores de su carrera, vuelve a colocar a un muchacho en plena pubertad como protagonista de una historia de miedos irracionales, esferas asesinas, videntes, mansiones tenebrosas y criaturas hostiles del espacio exterior. Así, todo junto. Lógica, hay poca, pero la tensión abunda y los tiempos muertos escasean. Coscarelli sabe ir al grano, y aprovechar las posibilidades que le otorgan las localizaciones (cementerios, solitarias carreteras nocturnas, una morgue que casi es Lynch antes de Lynch) para contagiar al espectador el aire malsano de su pesadilla filmada. Contribuye a ello la sencilla pero efectiva banda sonora, y en general se nota el escaso presupuesto pero, a excepción de la hilarante (no sé si de forma buscada o involuntaria) escena del moscardón asesino, el acabado visual de la película no es cutre, sólo modesto.

Dicho lo cual, las actuaciones son en general, malas de solemnidad. Michael Baldwin, el adolescente protagonista cuya carrera interpretativa prácticamente se circunscribe a las distintas secuelas de esta película, al menos le pone empeño, pero poco más. Bill Thornbury, su hermano mayor en la ficción, demuestra que lo suyo es la música. Reggie Bannister cumple, lo cual ya es mucho visto el entorno, y Angus Scrimm al menos acojona, aunque sus andares a cámara lenta resultan menos chulos de lo que deberían y es su rostro el que en verdad da miedo. Al resto del elenco tampoco le hubiesen venido mal unas clases de interpretación antes del rodaje.

Phantasma es, en distintos aspectos, una película terrorífica en el mal sentido de la palabra, pero su paradoja es que, pese a ello, consigue serlo también en lo positivo. Cineasta total, Don Coscarelli demostró aquí cierta habilidad para el funambulismo.

 

EL OTRO SEXO

Tipo inteligente, Jean Cocteau:

“HAY TRES COSAS QUE JAMÁS HE PODIDO COMPRENDER: EL FLUJO Y REFLUJO DE LAS MAREAS, EL MECANISMO SOCIAL Y LA LÓGICA FEMENINA”.

EL CASO DE THOMAS CROWN

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THE THOMAS CROWN AFFAIR. 1968. 102´. Color.

Dirección: Norman Jewison; Guión: Alan R. Trustman; Dirección de fotografía: Haskell Wexler;  Montaje: Hal Ashby, Byron Brandt y Ralph E. Winters; Música: Michel Legrand;  Dirección artistica: Robert Boyle; Producción: Norman Jewison, para The Mirisch Corporation (EE.UU.).

Intérpretes: Steve McQueen (Thomas Crown); Faye Dunaway (Vicki Anderson); Paul Burke (Eddy Malone); Jack Weston (Erwin); Biff McGuire (Sandy); Astrid Heeren (Gwen); Addison Powell (Abe);  (Pig); Gordon Pinsent (Jamie); Yaphet Kotto (Carl); Sidney Armus, Richard Bull, Peg Shirley, Ted Gehring.

Sinopsis: Un millonario ansioso de emociones fuertes y descontento de su condición planea un atraco de enormes proporciones. Culminada con éxito la operación, una investigadora de seguros es enviada para dar con el responsable del robo.

Un Norman Jewison en racha después del rotundo éxito de En el calor de la noche se puso al frente de un film de temática más ligera, El caso de Thomas Crown, cinta en la que el director se reencontró con una de las grandes estrellas del Hollywood de la época, Steve McQueen, con quien ya había colaborado en la magnífica El rey del juego. De nuevo, el dúo Jewison-McQueen triunfó con una película enormemente entretenida, aunque de menor calidad artística que la anterior.

El caso de Thomas Crown es un cruce entre el subgénero de atracos, al que se adscribe la primera parte de la película, y el drama romántico, que se adueña de la propuesta en la segunda mitad, cuando el millonario ladrón se encuentra con la investigadora enviada para desenmascararle. Las escenas iniciales, en las que se utiliza con profusión la por entonces novedosa técnica de la pantalla partida, son de excelente factura. La planificación de esas escenas es tan meticulosa y certera como la del atraco que describen, y la labor de montaje, en la que sobresale el futuro director Hal Ashby, brilla sobremanera. Culminado con éxito el robo, la película se zambulle sin complejos en el terreno de la sofisticación, pues no en vano el protagonista masculino es un millonario al que le gustan la adrenalina y la buena vida, y la mujer encargada de perseguirle es estilosa a más no poder. Ambos representan la virilidad y feminidad clásicas en grado sumo y el romance entre ellos surge de manera inevitable. Un romance, sin embargo, teñido de sospechas, ya que, rituales de apareamiento al margen, la investigadora está haciendo su trabajo, que no es otro que probar que el autor intelectual y principal beneficiario del espectacular atraco no es otro que el hombre del que se ha enamorado.

El caso de Thomas Crown es una película que, en el mejor sentido de la palabra, fluye. Lo hace retratando la incuestionable química entre sus protagonistas, al ritmo de la virtuosa partitura de Michel Legrand, realzada con la notable canción The windmills of your mind, e ilustrando las labores policiales de investigación. Nunca una partida de ajedrez ha tenido tal fuerza erótica y, aunque escenas como la del partido de polo o la carrera automovilística en la playa no tienen otra finalidad que satisfacer la vena narcisista de McQueen, la calidad del conjunto se impone sobre sus defectos. Jewison sabe dirigir con pulso firme los momentos de puro thriller, y a la vez dotar de ligereza y encanto la trama romántica, de forma que al espectador le resulta muy fácil dejarse llevar por la historia que se le cuenta, la cual desemboca en un final ambiguo que me convence.

Aunque Steve McQueen esté en su salsa en papeles como el de Thomas Crown, es Faye Dunaway, convertida en estrella después de Bonnie and Clyde, quien merece llevarse las mejores ovaciones en el aspecto interpretativo. Dunaway derrocha sensualidad y estilo, y es fácil entender que el protagonista masculino, dotado también él de un incuestionable magnetismo, no pueda sustraerse a los encantos de su inteligente perseguidora. Ambos protagonistas forman una pareja que, en pantalla, difícilmente podría funcionar mejor. El trabajo de distinguidos y prolíficos secundarios, como Paul Burke y, sobre todos, Jack Weston, aporta nuevas gotas de calidad al conjunto.

No estamos ante una película con afán de trascendencia, sino ante un entretenimiento comercial de primera calidad, que medio siglo después de su estreno puede disfrutarse casi tanto como entonces. El caso de Thomas Crown nos muestra a unos actores y a un director en su mejor momento, al servicio de una buena historia y rodeados de técnicos de primer nivel. Poco más se puede pedir.

TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS

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THREE BILLBOARDS OUTSIDE EBBING, MISSOURI. 2017. 112´. Color.

Dirección: Martin McDonagh; Guión: Martin McDonagh; Dirección de fotografía: Ben Davis;  Montaje: Jon Gregory; Dirección artística: Jesse Rosenthal; Música: Carter Burwell; Diseño de producción: Inbal Weinberg; Producción: Graham Broadbent, Peter Czernin y Martin McDonagh, para Blueprint Pictures-Film4-Fox Searchlight Pictures (EE.UU.-Reino Unido).

Intérpretes: Frances McDormand (Mildred Hayes); Woody Harrelson (Willoughby); Sam Rockwell (Dixon); Abbie Cornish (Anne); Caleb Landry Jones (Red Welby); Lucas Hedges (Robbie); Zeljko Ivanek (Sargento); Sandy Martin (Mamá Dixon); Peter Dinklage (James); Darrell Britt-Gibson (Jerome); Amanda Warren (Denise); Kerry Condon, Jerry Winsett, Kathryn Newton, John Hawkes, Smara Weaver, Clarke Peters, Nick Searcy.

Sinopsis: Una mujer, cansada de la falta de avances en la investigación del asesinato de su hija adolescente, hace colocar tres carteles publicitarios en la periferia del lugar donde ocurrió el suceso.

En sus películas anteriores, el director londinense Martin McDonagh había mostrado unas notables credenciales, que quedan definitivamente confirmadas con Tres anuncios en las afueras, un drama rural con muchos toques de comedia negra que por su ambientación, desarrollo y protagonista femenina remite al universo cinematográfico de los hermanos Coen. Un muy mayoritario apoyo crítico, la buena respuesta del público y un importante número de premios internacionales avalan la apuesta de McDonagh, capaz de hacer una película que consigue mirar a la América profunda con el distanciamiento del extranjero, y a la vez dando la sensación de conocer bien el terreno.

El hecho es que, en todas partes (y una de las que más, los Estados Unidos de Norteamérica) muchos crímenes y hechos violentos tardan una eternidad en resolverse o, simplemente, no lo hacen. Un gran número de personas debe vivir con el trauma por la pérdida de sus seres queridos, y a la vez con la desazón de saber que los culpables siguen impunes. La película parte del hartazgo de una madre ante la nula capacidad de la policía para detener a quienes violaron y asesinaron a su hija varios meses atrás. Por ello, la mujer alquila unas vallas publicitarias en una carretera apenas transitada, y hace colocar unos carteles que acusan directamente al jefe de la policía local, un personaje muy respetado en el pueblo. Este hecho provoca un notable revuelo, y desencadena una espiral violenta que los personajes principales de la historia no dejan de alimentar. No obstante, McDonagh huye del tópico de la madre coraje enfrentada a un sistema corrupto, y dota a personajes y situaciones de unos matices que son los que realmente marcan la diferencia entre Tres anuncios en las afueras y un sinfín de películas que argumentalmente puedan parecérsele. El guionista y director muestra cómo cambian las cosas cuando abandonamos nuestra cerrazón mental y conseguimos ver las cosas desde el punto de vista de quienes, hasta entonces, no eran más que obstáculos para la consecución de nuestros propósitos, es decir, la diferencia entre cosificar y humanizar. La madre coraje, admirable por su fortaleza, muestra un comportamiento adornado por un considerable número de tics fascistoides; la desidia y la incompetencia policiales existen, pero están en buena parte provocadas por la total ausencia de pistas del crimen; Willoughby es un tipo sensible y un perfecto padre de familia que se enfrenta a una muerte próxima; Dixon, un policía de pocas luces y cegado por la rabia, pero con un buen fondo que acaba por salir de entre las pocas rendijas que dejan su alcoholismo y su violencia, y el resto de personajes están trazados de forma certera, con sus luces y sus muchas sombras.

Aunque en el guión asomen algunas incoherencias (por ejemplo, me resulta increíble que los hijos de Mildred no tengan ninguna prueba de que su padre es un maltratador, o que la reacción de los habitantes del pueblo, Dixon al margen, ante los carteles sea menos furibunda una vez fallecido el jefe de policía), éstas se enmiendan gracias a unos potentes diálogos (para enmarcar el sopapo dialéctico que le arrea Mildred al sacerdote de su parroquia, o el que ella recibe de su enano pretendiente, así como algunas partes de las cartas de Willoughby), a los toques de humor y a la hábil manera de encajar lo humanista y lo macabro escena tras escena. Tres anuncios en las afueras nos habla del rencor, de la injusticia, del perdón y de la pérdida sin querer pasarse de trascendente, y se agradece. También lo que se dice sobre la Iglesia y el periodismo carroñero merece mi aplauso. En el terreno visual, escenas como la del incendio nocturno de los carteles o el de la comisaría de policía (el fuego redentor, una y otra vez: veo las huellas de Paul Schrader) están muy logradas, y la música de Carter Burwell subraya con acierto los aspectos principales de la trama con su acentuado sello del Medio Oeste.

Frances McDormand me parece una excelente actriz, de las mejores del cine norteamericano de las últimas décadas. Su papel en esta película le ha dado, y le dará, numerosos premios, porque su interpretación es muy buena, aunque a mí me parece demasiado afectada en escenas como aquella en la que rememora la última conversación con su hija, o en el encuentro con su ex-marido en el restaurante: su actuación es maravillosa cuando consigue mostrarse más contenida, todo hay que decirlo. Para mí, aunque Woody Harrelson esté impecable, quien se lleva la palma en el plano interpretativo es ese excelente actor que es Sam Rockwell, capaz de mostrar, aun vendado, cómo un vaso de zumo de naranja puede cambiar a un hombre (en esa escena veo emoción de la mejor especie). En general, la labor de todo el reparto, desde Zeljko Ivanek, un gran secundario, hasta Caleb Landry Jones, pasando por Abby Cornish o el televisivo Peter Dinklage, me parece de alto nivel, y confirma que Martin McDonagh es bueno a la hora de escoger y dirigir a sus intérpretes.

Gran película, que se sitúa apenas un escalón por debajo de la excelencia, y enésima confirmación de que la América profunda, ese lugar que convirtió en presidente a un multimillonario patán, es un territorio de lo más cinematográfico. Esta vez, Martin McDonagh ha dado en la diana.

007 AL SERVICIO SECRETO DE SU MAJESTAD

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ON HER MAJESTY´S SECRET SERVICE. 1969. 140´. Color.

Dirección: Peter Hunt; Guión: Richard Maibaum, basado en la novela de Ian Fleming; Director de fotografía: Michael Reed;  Montaje: John Glen; Música: John Barry; Diseño de producción: Syd Cain; Dirección artística: Bob Laing; Producción: Harry Saltzman y Albert R. Broccoli, para Eon Productions-United Artists (Reino Unido).

Intérpretes: George Lazenby (James Bond); Diana Rigg (Tracy); Telly Savalas (Blofeld); Gabriele Ferzetti (Draco); Ilse Steppat (Irma Bunt); Lois Maxwell (Moneypenny); George Baker (Sir Hillary Bray); Bernard Lee (M); Bernard Horsfall (Campbell); Desmond Llewelyn (Q); Virginia North (Olympe); Yuri Borienko, Geoffrey Cheshire, Irvin Allen, Angela Scoular, Catherine Schell, Joanna Lumley.

Sinopsis: El agente secreto James Bond debe hacer frente a una organización criminal que tiene preparado un ataque bacteriológico que puede afectar a millones de personas de todo el planeta.

007: Al servicio secreto de su Majestad es uno de los títulos malditos de la saga Bond. El cambio de protagonista, con la sustitución del carismático Sean Connery por el desconocido actor australiano George Lazenby, no gustó al público, que dio la espalda a una película que pasa por ser una de las mejores a nivel narrativo de toda la saga, pero cuyo fracaso provocó la contratación de Roger Moore para interpretar al icónico agente secreto en las siguientes entregas.

La película supuso el salto a la dirección para Peter Hunt, que se había encargado del montaje en varios de los films protagonizados con anterioridad por el espía más conocido del cine. En mi opinión, el trabajo de Hunt no desmerece en lo más mínimo al realizado por los cineastas que le precedieron, pues la película ofrece toda la espectacularidad que se espera de un film de la saga Bond, pero no se queda ahí: con el cambio de protagonista, los productores quisieron introducir una serie de novedades, que no gustaron al público pero aportan a la película un sello especial: vemos al Bond seductor, intrépido y aficionado al lujo que conocemos, pero también le encontramos taciturno a veces, culto (véase la alusión a Paris y Helena de Troya) y enamorado. Con todo ello se consiguió una mayor fidelidad a la novela de Ian Fleming, siendo digno de análisis que Bond, que no utiliza aquí ninguno de sus famosos gadgets, se alíe con un mafioso (quien, además, es el padre de su amada) para acabar con la organización criminal que planea dominar el mundo a través de la guerra bacteriológica. El dilatado metraje no constituye para mí un obstáculo para el disfrute, pues permite, como se ha dicho, aunar escenas en las que se subrayan los rasgos más característicos del protagonista con otras en las que se nos muestra una nueva mirada sobre Bond, antes de culminar en un extenso tour de force ambientado en los Alpes suizos que es puro espectáculo. Es cierto que el malvado de la función tarda en aparecer, pero luce cuando lo hace de la misma forma que algunos de los antagonistas más célebres de la saga. Por lo demás, la fotografía es magnífica, el montaje consigue unir con buen estilo la pura acción con los momentos más intimistas, y los apuntes humorísticos son dignos de resaltarse, en especial la frase del protagonista cuando, culminado el vibrante prólogo, comprueba que su encanto no termina de estar del todo pulido (“esto no le pasaba al otro tipo…”).

Existe otro factor que confirma a 007: Al servicio secreto de su Majestad  como una de las mejores películas de la saga Bond, y no es otro que el fenomenal trabajo de John Barry, que añade a su mítico catálogo Bond nuevas gemas, entre las que destaca la balada We have all the time in the world, que en la película interpreta Louis Armstrong.

George Lazenby ni siquiera era un actor profesional cuando se puso el esmoquin de James Bond, y por ello el fracaso comercial de la película suele achacarse a su presencia, pero su trabajo no es en absoluto malo, por mucho que no llegue a tener el carisma de Sean Connery. Tanto en la parte física como en la más puramente interpretativa, Lazenby no desentona. A su lado, Diana Rigg da vida a una de las mejores chicas Bond de la historia, con un papel más complejo y elaborado que el de mero objeto decorativo tan habitual en la saga, y Telly Savalas es, como ya escribí anteriormente, un malvado que aporta un plus de calidad a la película. Si a esto sumamos el buen hacer de Gabriele Ferzetti, Ilse Steppat, George Baker y una sentimental Lois Maxwell en el papel de Moneypenny, queda claro que, en el apartado interpretativo, estamos ante una película notable.

007: Al servicio secreto de su Majestad  es, quizá, el único film protagonizado por James Bond que ha ganado con el tiempo. Sin ser, ni de lejos, un experto o un entusiasta de la saga, me permito afirmar que estamos ante una de los mejores películas de acción realizadas en los años 60.

LOVING

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LOVING. 2016. 116´. Color.

Dirección: Jeff Nichols; Guión: Jeff Nichols, basado parcialmente en el documental The Loving History, de Nancy Buirski; Dirección de fotografía: Adam Stone;  Montaje: Julie Monroe; Dirección artística: Jonathan Guggenheim; Música: David Wingo; Diseño de producción: Chad Keith; Producción: Nancy Buirski, Ged Doherty, Colin Firth, Peter Saraf, Sarah Green y Marc Turtletaub, para Raindogs Films-Big Beach Films (EE.UU.).

Intérpretes: Joel Edgerton (Richard Loving); Ruth Negga (Mildred Loving); Marton Csokas (Sheriff Brooks); Terri Abney (Garnet); Alano Miller (Raymond); Nick Kroll (Bernie Cohen); Jon Bass (Phil Hirschkop); Bill Camp (Frank Beazley); Michael Shannon (Grey Villet); David Jensen (Juez Bazile); Sharon Blackwood (Mrs. Loving); Christopher Mann (Theoliver); Will Dalton, Mike Shiflett, Winter-Lee Holland, Robert Haulbrook, Matt Malloy.

Sinopsis: En el estado de Virginia, a finales de los años 50, el matrimonio interracial estaba prohibido, al igual que sucedía en el resto de los estados sureños. Richard Loving, un obrero blanco, decide casarse con Mildred, una mujer negra a la que ama y ha dejado embarazada, y con ello afloran todos los prejuicios sociales existentes.

Jeff Nichols dio un nuevo giro a su trayectoria cinematográfica con Loving, el segundo de los largometrajes que estrenó en 2016 tras Midnight specialLoving es un drama racial, basado en hechos reales, con el que su director retrata unos hechos antiguos desde un punto de vista contemporáneo y se enmarca dentro del grupo de los films premiables en una época tan dada a la revisión crítica del pasado con la vara de medir de la corrección política. Siendo una buena película, Loving se queda a medio camino en sus pretensiones artísticas.

Me parece justo empezar diciendo que, en general, abomino de las historias que miran al pasado desde la condescendencia, como si nos dijeran “qué injustos los hombres de antes, y qué justos nosotros los hombres de ahora”, porque opino que, salvo honrosas excepciones, el ser humano es, en todas las épocas y lugares, todo lo necio y mezquino que puede, variando apenas el contexto. Loving es una de esas historias, aunque no de las peores, porque Jeff Nichols es un buen cineasta, capaz de dotar de un sello personal a su obra, más allá de las modas imperantes. Le ayuda el hecho de que lo que se denuncia, la aberración que suponen los (todavía hoy) muy extendidos prejuicios acerca del matrimonio interracial (los míos, que conste, se dirigen contra el matrimonio en general), sólo puede justificarse desde el prisma de una mente enferma. Dicho esto, presentar una película cuyo mensaje sólo puede provocar adhesión es meterse en un terreno espinoso, cuyas dificultades Nichols es capaz de sortear sólo a veces, pues el resabiado espectador de hoy acostumbra a tener una razonable desconfianza hacia las historias de santos y demonios. Con todo, el principal problema de Loving es su falta de ritmo, la carencia de una mayor agilidad narrativa para explicar una historia cuyo final, no lo olvidemos, todo el que se acerca a esta película ya conoce. A Nichols parece interesarle sobre todo mostrar el drama de una pareja ideal cuando ésta no se ajusta a los cánones socialmente establecidos. Richard y Mildred son personas sencillas, que se aman, desean vivir una vida tranquila y decente y deben sortear un sinfín de obstáculos por el hecho de pertenecer a razas distintas.  Lo hacen sin maldad pero con tozudez, y Nichols muestra ese comportamiento de manera tan concienzuda que por momentos eso impide que la película avance. Puestos ya en situación, la entrada en escena de los letrados de los Derechos Civiles, que desencadena el final de la historia, se me antoja demasiado tardía: para entonces, el sí, pero ya se ha instalado en la mente del espectador de manera definitiva.

Los colaboradores habituales de ese cineasta sobrio y de buen estilo que es Jeff Nichols vuelven a rayar a buena altura, con nota superior una vez más para un Adam Stone capaz de captar la belleza de los parajes rurales y contraponerlos al mucho más gris entorno urbano. La recreación de la época es muy realista, lejos de la idealización con la que Hollywood suele mirar la conocida como Década Eisenhower. Nichols, que ha afirmado en más de una ocasión que el miedo es el motor de sus historias, aborda aquí, aunque con menos profundidad psicológica que en sus mejores obras, el pánico a perder lo que más quieres a causa de la oposición social.

Encabezan el reparto Joel Edgerton, muy adecuado en el rol de un trabajador de pocas palabras y férreas convicciones, y la gran revelación del film, una Ruth Negga que hasta el momento había destacado en papeles televisivos y que aprovecha para reivindicarse como una de las actrices a tener en cuenta en este cine norteamericano cada vez más multirracial. Marton Csokas consigue que el racista sheriff al que interpreta dé tanto miedo como debería, y los trabajos de Bill Camp, Terri Abney y Sharon Blackwood me parecen remarcables, así como la breve aparición del actor-fetiche de Jeff Nichols, Michael Shannon. Por contra, la labor de Nik Kroll y Jon Bass, los actores que interpretan a los jóvenes abogados pro-derechos civiles, no pasa de correcta.

Loving es una buena película, pero creo que el arte de Jeff Nichols brilla más en obras de mayor complejidad, tanto en la estructura como en la narrativa. Es algo más que un film bienintencionado, pero marca un cierto estancamiento en la carrera de un director capaz de mayores logros.