EL REY DE LA GUITARRA SURF

Homenaje a Dick Dale, un guitarrista cuyas canciones son un chute de energía, totalmente natural y sin efectos secundarios.

EASY RIDER (BUSCANDO MI DESTINO)

EASY RIDER. 1969. 95´. Color.

Dirección: Dennis Hopper; Guión: Peter Fonda, Dennis Hopper y Terry Southern; Dirección de fotografía: Laszlo Kovacs;  Montaje: Donn Cambern; Música: Miscelánea. Canciones de Steppenwolf, The Band, Jimi Hendrix, Roger McGuinn, The Byrds, etc.; Dirección artística: Jerry Kay; Producción: Peter Fonda, Bert Schneider y William L. Hayward, para Pando Company- Raybert Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Peter Fonda (Wyatt); Dennis Hopper (Billy); Jack Nicholson (George Hanson); Luke Askew (Autoestopista hippie); Luana Anders (Lisa); Robert Walker Jr. (Jack); Sabrina Scharf (Sarah); Karen Black (Karen); Toni Basil (Mary); Antonio Mendoza, Phil Spector, Warren Finnerty, Carmen Phillips, Hayward Robillard, Arnold Hess Jr., Lea Marmer.

Sinopsis: Dos jóvenes motoristas se dirigen a Nueva Orleans con el dinero obtenido gracias a una venta de droga en Los Ángeles.

Easy rider es la primera película dirigida por Dennis Hopper, uno de los enfants terribles por antonomasia del Hollywood clásico. Se trata de un drama contracultural que, para muchos, marcó el inicio de lo que se dio en llamar el Nuevo Hollywood y permanece como una obra de culto, principalmente entre moteros y nostálgicos de la época hippie.

La primera impresión que me deja a día de hoy el visionado de Easy rider es que la película es tan de su tiempo que ha envejecido bastante mal. Planteada como un western en el que los protagonistas sustituyen los caballos por motocicletas de alta cilindrada, esta obra fue muy impactante en su época, pero posee pocas virtudes, ya sean visuales o narrativas, que el tiempo no haya logrado marchitar. Easy rider es un mal viaje, el de dos hombres que, después de haber dado un gran pelotazo con la venta de cocaína, recorren en sus motos los Estados Unidos con intención de acudir al carnaval de Nueva Orleans. Para la historia del cine queda la imagen de los dos hombres galopando a lomos de sus Harleys, sintiéndose los dueños de las inmensas y solitarias carreteras mientras suena el Born to be wild, de Steppenwolf. Icono motero por excelencia, entendida como símbolo de libertad, esta escena se repite en exceso a lo largo del metraje para acabar suponiendo, por pura reiteración, un narcisista ejercicio de paisajismo de postal. Respecto a la apología del consumo de drogas, por tratarse de sustancias que liberan la mente de las ataduras morales de la sociedad cristiano-burguesa, hay que decir que hoy, por desgracia, ya sabemos que la inmensa mayoría de las mentes ni deben ni merecen ser liberadas. En esto, la película casi podría decirse que nació desfasada, en todos los sentidos. La visión idílica (y, de nuevo, demasiado larga) que se ofrece de las comunas hippies se da de hostias con la realidad, además de con la propia naturaleza humana, y sale bastante magullada. Respecto a la lectura política, hay que decir que la progresía estadounidense estaba en un comprensible estado de shock: Vietnam, la batalla por los derechos civiles y los frecuentes estallidos de violencia, con epicentro en el Sur, los asesinatos de John y Bobby Kennedy, el de Martin Luther King, la llegada a la presidencia de Richard Nixon y, para iniciar la caída del caballo de los cerebros más aventajados del movimiento hippie, Altamont y los crímenes de la familia Manson, que impactaron sobremanera en la gauche divine hollywoodiense y rompieron en mil pedazos los mensajes de paz y amor. Por todo ello, se comprende que la visión que se ofrece del conflicto entre reaccionarios y libertarios sea tan simplista: en lo del rechazo visceral a los melenudos en las comunidades más tradicionales, o en el hecho de que la libertad sea algo de lo que mucho se habla, pero en realidad aún más se teme, la película yerra muy poco: el salto entre eso y el crimen indiscriminado parece más fruto de una paranoia psicotrópica que de otra cosa.

En lo visual, se trata de conjugar la mirada hacia el paisaje del western tradicional con las influencias de la nouvelle vague y los delirios psicotrópicos. No obstante, el nombre que asoma con más fuerza es el de Roger Corman, pues Easy rider viene a ser un híbrido entre dos películas de este director, Los ángeles del infierno y El viaje. Si quieren más pistas, ambas están protagonizadas por Peter Fonda, y el guionista de la segunda es un tal Jack Nicholson. Como aquí, guión no es que haya mucho, pero la escena alucinógena en el cementerio de Nueva Orleans, que contiene algunos de los momentos de mayor impacto visual de la película, parece sacada directamente de la segunda de las películas de Corman nombradas. En el estilo, se impone una especie de desaliño esteticista que casa bien con la apariencia física y la indumentaria de los protagonistas. Dicho lo cual, el montaje es bastante mejorable. La música, en cambio, es de enorme calidad, fiel retrato de la mejor época del rock: Steppenwolf, The Band, Jimi Hendrix…

Los artífices de la película, Peter Fonda y Dennis Hopper, interpretaron los papeles que mejor se adaptaban a sus cualidades: el del hippie tranquilo y reflexivo (Fonda) y el del histrión desfasado (Hopper). Ambos lo hacen bien pero acaban por resultar indigestos, cada uno a su manera. El mejor del elenco es, sin duda, un Jack Nicholson que obtuvo su primera nominación al Oscar gracias a su rol de abogado borrachuzo que acompaña a los protagonistas durante la parte de su viaje en la que todo empieza a volverse oscuro. En los personajes que rechazan a los hippies no hallamos el más mínimo matiz, lo que condiciona para mal a los actores que los interpretan, y del resto, a la labor de Luke Askew se la puede equiparar a la de Peter Fonda, y respecto al plantel de actrices, lo más destacable es la breve pero impactante aparición de una intérprete de nivel, Karen Black.

En definitiva, una película en la que pesa más el aura mítica que el valor cinematográfico, que sin duda ha menguado con el paso del tiempo.

MULA

THE MULE. 2018. 116´. Color.

Dirección: Clint Eastwood; Guión: Nick Schenk, inspirado en el artículo The Sinaloa Cartel´s 90-year old drug mule, de Sam Dolnick, publicado en el New York Times Magazine; Dirección de fotografía: Yves Bélanger;  Montaje: Joel Cox; Música: Arturo Sandoval; Diseño de producción: Kevin Ishioka; Dirección artística: Rory Bruen y Julien Pougnier; Producción: Dan Friedkin, Clint Eastwood, Tim Moore, Kristina Rivera, Bradley Thomas y Jessica Meier, para The Malpaso Company-Imperative Entertainment-Bron Creative-Warner Bros. (EE.UU).

Intérpretes: Clint Eastwood (Earl Stone); Bradley Cooper (Agente Bates); Laurence Fishburne (Oficial de la DEA); Dianne Wiest (Mary); Ignacio Serricchio (Julio Gutiérrez); Andy García (Latón); Alison Eastwood (Iris); Taissa Farmiga (Ginny); Robert LaSardo (Emilio); Michael Peña (Agente Treviño); Manny Montana (Axl); Eugene Cordero, Saúl Huezo, Clifton Collins Jr., Jill Flint, Loren Dean, Noel Gugliemi, Victor Rasuk, Lee Coc, Casey Corley.

Sinopsis: Un viejo horticultor arruinado es reclutado por un cártel mexicano para que transporte droga a través de los Estados Unidos.

Después del fracaso de 15:17 Tren a París, considerada una de sus películas más flojas como director, Clint Eastwood se volvió a colocar a ambos lados de la cámara para su siguiente proyecto, Mula, drama inspirado en un caso real que la crítica y el público recibieron de una forma bastante más calurosa.

En Mula se percibe la intención de Eastwood de recobrar el aliento de la que es su última obra mayor, Gran Torino. Lo consigue en parte, lo que sitúa a esta película por encima del 90% de las obras que se estrenan actualmente en las pantallas de cine. Para empezar, ambas películas comparten guionista, un de nuevo inspirado Nick Schenk, y el tema de la búsqueda de la redención por parte de un hombre ya en las postrimerías de su existencia. En esta ocasión, Eastwood interpreta a Earl, un anciano que ha dedicado toda su vida al cultivo de flores y a viajar por todos los Estados Unidos. El reverso de este modo de vida consiste en que Earl postergó siempre a una familia que, a excepción de su nieta Ginny, está resentida con él por ese motivo. A Earl, eso de la vida hogareña siempre le pareció un agobio, pero una serie de circunstancias adversas le dejan en la miseria a una edad en la que el mayor reto es poder seguir en pie. En una fiesta familiar en la que no es bien recibido, un arruinado Earl escucha una singular oferta por parte de uno de los asistentes al evento: entregar una mercancía sin determinar, pero de naturaleza inequívoca, a cambio de una buena suma de dinero. Con poco margen de elección, Earl, un conductor modélico que jamás ha sido multado, realiza la entrega y continúa aceptando trabajos, cada vez de mayor enjundia, para los narcotraficantes, cuyo dinero le sirve al anciano para recomponer su vida.

Mula es un film de ritmo pausado y apariencia sencilla que esconde, bajo un tono de comedia que acompaña la mayor parte de los viajes por carretera de su protagonista, mucha más profundidad de la que aparenta. Opino que, con la aparición en la película de su hija más díscola, Alison, y a través de la relación de Earl con su ex-esposa, que padece una enfermedad muy similar a la que recientemente causó la muerte de la mujer con la que Eastwood vivió su matrimonio más conflictivo, Sondra Locke, el director quiere decirnos algo, tanto a los espectadores como a su propia familia. Seguramente, lo mismo que su personaje le dice al agente Barnes, un oficial de la DEA que persigue al cártel de Sinaloa y cuyo camino termina por cruzarse irremediablemente con el del anciano. Con apariencia ligera, como dije antes, Eastwood nos habla de la América blanca derrotada, de la necesidad de redención, de las grandezas y miserias de ser un hombre chapado a la antigua y del enorme poder de los cárteles de la droga, al tiempo que se permite algunas incorrecciones políticas muy saludables en estos tiempos impregnados de autocensura y papanatismo. Con una narración que fluye al ritmo de un río tranquilo, una puesta en escena que huye de lo estrafalario (pese a que el modo de vida de los narcotraficantes suele serlo) y una acertada explotación de su propio carisma, Eastwood vuelve a ser el cineasta notable de casi siempre, el que vimos, por ejemplo, en Sully. Con una escena tan sencilla como esa en la que Earl conduce al ritmo del Ain´t that a kick in the head que popularizó Dean Martin, con una despreocupación que termina por contagiar a los sicarios que le escoltan desde otro vehículo (Earl es un veterano de guerra al que, a esas alturas de su vida, pocas cosas ponen nervioso), Eastwood demuestra que no ha olvidado hacer buen cine, sin efectismos ni tonterías. De nuevo con su fiel Joel Cox en las labores de montaje, el film es muy acertado en este aspecto, aunque flojea en las escenas, mucho más tópicas, en las que los protagonistas son los agentes que persiguen a los narcotraficantes. Eso sí, a partir del asesinato de Latón, el líder bon vivant del cártel, la película cambia de tono, la intensidad dramática va in crescendo y el director demuestra que quien tuvo, retuvo y guardó para la vejez.

Clint Eastwood se regala a sí mismo, en la que muy probablemente sea la última interpretación de su carrera, un personaje carismático, que le permite mostrar sus cualidades como actor y tiene, según mi parecer, mucho de testamento fílmico (como la propia película, es evidente). Bradley Cooper no es mal actor, pero pienso que no tiene madera de estrella y, al lado de Eastwood, esa circunstancia se hace más visible. Quien sí es una actriz maravillosa es Dianne Wiest, ejemplar en la interpretación de la ex-esposa resentida con Earl, pero al tiempo cautivada por él. Del resto, me quedo con Andy García como excéntrico narco amante del lujo, pues las apariciones de Larry Fishburne quedan diluidas por el hecho de que su personaje no da para mucho.

Creo que Mula es el más que digno testamento cinematográfico de un gran director. Sin llegar a ser una de sus obras maestras, sí es una de las mejores películas jamás realizadas por un octogenario. En todo caso, si no nos volvemos a ver en una pantalla de cine, muchas gracias por sus películas, señor Eastwood. Incluso, por las malas.

OCHO AÑOS SON MUCHOS

Dije, y lo mantengo, que el 15-M fue uno de los escasos momentos esperanzadores que ha dado la política española desde la victoria electoral del PSOE en 1982. El descontento ciudadano provocado por la crisis, la corrupción y el descrédito de la clase política motivó que gentes de distintas ideologías se uniesen para expresar su indignación y reclamar una justicia social que brillaba por su ausencia. Fue bonito mientras duró. Ocho años después de aquella explosión, el desencanto es absoluto. La ilusión generada por la irrupción en la arena política de nuevos partidos (en especial, Podemos y sus tentáculos regionales) se ha diluido por completo, por el sectarismo que se ha adueñado de una propuesta que nació con vocación mayoritaria, y la incapacidad y el exceso de ego de unos líderes que han demostrado estar mucho peor preparados para la gestión que para el activismo, y ser mucho mejores en la proclama que en la resolución de problemas. Estos y otros factores han generado el despegue, eco del que se ha producido en buena parte del mundo occidental, de un populismo de derechas que comparte con el periférico el apego a la bandera, la cosificación del adversario político y un discurso basado en la fe y, en consecuencia, negador de la razón y el diálogo constructivo, muy distinto del que pregonan quienes sólo buscan espectadores mudos para que escuchen sus aberrantes monólogos. Objetivamente, pues, estamos peor como sociedad que hace ocho años, aunque a muchos de los que entraron en política a lomos del 15-M les haya ido muy bien la vida a título individual. Creo que ninguna época de la historia es igual a otra, pero que todas se parecen un poco, y veo demasiadas similitudes, no sólo en España, entre la situación política actual y la vivida en los años 30 del siglo pasado. Peor aún: no pocas de esas coincidencias han sido y son buscadas por grupos que, incapaces de encontrar luz en un futuro incierto, bucean en el pasado para encontrar unas respuestas que casi siempre son demasiado simples (ergo, atractivas para la gran mayoría de una especie poco inclinada a la reflexión crítica) y no suelen ir más allá de la media verdad. No me pregunten cuál será el final del cuento, pero intuyo que no será feliz.  

HESHER

HESHER. 2010. 104´. Color.

Dirección: Spencer Susser; Guión: Spencer Susser y David Michôd, basado en una historia de Brian Charles Frank; Dirección de fotografía: Morgan Susser;  Montaje: Michael McCusker y Spencer Susser; Música: François Tétaz; Diseño de producción: Laura Fox; Dirección artística: Charles Varga; Producción: Johnny Lin, Scott Prisand, Natalie Portman, Spencer Susser, Matthew Weaver y Win Sheridan, para The Last Picture Company- American Work-CatchPlay-Corner Store Entertainment- Handspmecharlie Films-DRO Entertainment-Filmula-Dreamagine Entertainment (EE.UU.).

Intérpretes: Joseph Gordon-Levitt (Hesher); Devin Brochu (T.J.); Rainn Wilson (Paul); Natalie Portman (Nicole); Piper Laurie (Abuela); Brendan Hill (Dustin); Johnn Carroll Lynch (Larry); Monica Staggs, Mary Elizabeth Barrett, Audrey Wasilewski, Lyle Kanouse, Frank Collison, Van Epperson, Helen Slayton-Hughes.

Sinopsis: Un joven amante del heavy metal entra en la vida de una familia hundida por una pérdida reciente.

Hesher es el primer y, por ahora, único largometraje dirigido por Spencer Susser, cineasta que ha realizado algunos trabajos reseñables en el corto y el videoclip. La música tiene mucha importancia en este drama sobre la América derrotada, que se estrenó en Sundance con buenas críticas y permaneció inédito en España hasta que las plataformas televisivas de pago le dieron una segunda oportunidad años después de su estreno.

Hablamos de una película que responde al cánon de lo que hoy se entiende por cine independiente, un drama de personajes en el que el estilo y la puesta en escena son (en ocasiones forzadamente) minimalistas, y el éxito de la propuesta depende en gran medida de que la distancia emocional entre los protagonistas y la audiencia sea escasa. En mi caso, Hesher lo consigue: entiendo el dolor, la rabia y a los seres vencidos por el mundo, y crecí escuchando heavy metal. El personaje principal, que es una especie de demonio de la guarda que entra en una familia destrozada  por la reciente muerte de la madre en un accidente automovilístico, supone algo así como la quintaesencia del rockero que vive libre, al margen de la ley oficial y siguiendo sólo la propia, y que forma parte fundamental de la mítica del heavy metal que, en España, plasmaron con singular acierto las letras de Barón Rojo. Melenudo, obsceno, escandaloso, de modales rudos y comportamiento arbitrario, Hesher entra en escena provocando una explosión y se instala, porque él lo vale, en un hogar reducido a cenizas, con un preadolescente obsesionado por recuperar el automóvil en el que falleció su madre y que sufre acoso escolar, un padre que ha perdido las ganas de vivir y se alimenta básicamente de somníferos, y una abuela enferma que es la única persona que aporta algo de luz en aquella casa. Por el camino, aparece una cajera de supermercado , cuya vida es también una espiral de fracasos, quien primero defiende a T.J., que así se llama el niño protagonista, de la violencia de su acosador, y después es ayudada por Hesher en un accidente de tráfico causado por ella. En medio, un mensaje obvio que no lo es tanto: la vida puede ser una mierda, pero no deja de ser lo único que tenemos.

 La influencia de Metallica se encuentra, incluso, en el logo de la película, que es una copia del de la banda californiana. Canciones como Batttery o Motorbreath, títulos señeros de dos de los mejores discos del grupo, ilustran algunas de las escenas clave. Por lo demás, el desaliño imperante en la estética de los protagonistas, demasiado puteados como para tener estilo, se extiende a la propia película, de una forma que considero coherente con lo que se narra pero que, a veces (la forma de recrearse en la mugre acumulada en lo que poco antes había sido un hogar feliz) cae en un feísmo forzado. Se agradece el esfuerzo, narrativo y de montaje, para conseguir que el visionado de la película resulte ágil, y que el muy americano tema de la redención quede plasmado en una escena que bordea el ridículo pero logra, a la peculiar manera que Susser ha planteado, emocionar. Hesher habla de seres a la deriva y posee fuerza dramática, pero sabe mostrar que la vida, por muy trágica que sea, siempre tiene un punto cómico.

Uno de los méritos de Spencer Susser reside en haber conseguido que un ramillete de notables actores se implicara en su proyecto. Con su interpretación del ácrata, soez y temerario Hesher, Joseph Gordon-Levitt dio con un papel que relanzó una carrera que se había iniciado a muy tierna edad y que estaba bastante estancada. El joven Devin Brochu, que da vida al otro gran vértice de la película, lidia con un papel muy exigente, tanto en lo emocional como en lo físico, y sale bien parado, al igual que un Rainn Wilson que, durante gran parte del metraje, interpreta a un muerto en vida. No obstante, el listón lo elevan dos grandes actrices, como la maravillosa Natalie Portman y una Piper Laurie que siempre sabe aportar un plus de calidad a todo lo que rueda. La labor del resto de secundarios prueba que Susser tiene mano para la dirección de actores.

Hesher  es, salta a la vista, la película que Spencer Susser deseaba hacer. Hay mucha alma en ella, a pesar de las apariencias. Me gustaría, no obstante, ver cómo se desenvuelve este prometedor cineasta en propuestas de distinta naturaleza. El tiempo dirá.

HOLOGRAMAS Y ENCEFALOGRAMAS PLANOS

Hace un tiempo, escribí un artículo acerca de la poca simpatía que me despierta la actual (y creciente) epidemia de las bandas-tributo. Pues bien, se avecinan cosas peores, que demuestran que el ingenio humano, puesto al servicio del sableo del personal, es prácticamente inagotable. Leo con estupor que la viuda de Ronnie James Dio ha organizado una gira con una orquesta de pueblo y el holograma de su difunto esposo como alimento de una nostalgia pésimamente entendida. Es mala, la codicia, porque desvirtúa el legado de quienes ya no pueden defenderse de la explotación que otros hagan de su arte. Últimamente, es raro el día en el que no escuche la voz de Dio, ya sea en grabaciones de su época en Rainbow, de su etapa en Black Sabbath o de sus tres primeros discos en solitario, que son sin duda los mejores, pero la sola idea de pagar por ver a su holograma y escuchar su playback en un pabellón me revuelve el estómago. Es más, ya me produce arcadas que a alguien se le haya ocurrido esa idea, que otros ya han puesto en práctica con anterioridad y amenaza con extenderse con la misma fuerza que los pensamientos sectarios disfrazados de amor al prójimo y el regreso de la moda del chándal, signos inequívocos de que el Apocalipsis se acerca. Lucifer nos libre de todo ello.

MATAR AL MENSAJERO

KILL THE MESSENGER. 2014. 110´. Color.

Dirección: Michael Cuesta; Guión: Peter Landesman, basado en la novela Dark alliance, escrita por Gary Webb y Nick Schou; Dirección de fotografía: Sean Bobbitt;  Montaje: Brian A. Kates; Música: Nathan Johnson; Diseño de producción: John Paino; Dirección artística: Scott Anderson; Producción: Scott Stuber, Naomi Despres y Jeremy Renner, para Bluegrass Films-The Combine-Focus Features (EE. UU.).

Intérpretes: Jeremy Renner (Gary Webb); Mary Elizabeth Winstead (Anna Simmons); Rosemarie DeWitt (Sue Webb); Ray Liotta (John Cullen); Oliver Platt (Jerry Ceppos); Barry Pepper (Russell Dodson); Andy García (Norwin Meneses); Michael Sheen (Fred Weil); Robert Patrick (Ronald J. Quail); Gil Bellows (Agente Miller); Tim Blake Nelson (Alan Fenster); Lucas Hedges (Ian Webb); Paz Vega (Coral Baca); Aaron Farb, Clay Kraski, Yul Vázquez, Michael Kenneth Williams, Jen Harper, Steve Coulter, Susan Walters, E. Roger Mitchell, Michael H. Cole, .

Sinopsis: Un periodista descubre que algunos poderosos traficantes de droga operan en los Estados Unidos con el apoyo de distintas agencias gubernamentales.

Director cuya carrera se inició en los albores del presente siglo, Michael Cuesta ha alternado cine y televisión, medio en el que ha tomado parte en algunas de las series más importantes de los últimos años. Existe un extendido consenso en la idea de que la carrera de Cuesta tuvo un muy buen despegue, con L.I.E. y, sobre todo, El fin de la inocencia, y también al afirmar que la carrera posterior del cineasta no ha respondido a las expectativas generadas en sus dos primeras películas. No obstante, Matar al mensajero es, y así se la considera, una obra notable.

El quinto largometraje dirigido por Michael Cuesta es un atinado intento de recuperar el thriller político de los 70, género en el que brillaron cineastas como Sydney Pollack y Alan J. Pakula, a fuerza de reivindicar una profesión, el periodismo, que no atraviesa por uno de sus mejores momentos. Lo hace, sin embargo, desde un ángulo más escéptico que el usualmente utilizado por el Hollywood más liberal, visión marcada, sin duda, por el destino de Gary Webb, el reportero cuyas vivencias se narran en la película. Se incide en esa temática tan norteamericana del hombre honesto enfrentado a un sistema corrupto, aunque el sentido de la realidad supere aquí al idealismo.

La película, cuyos títulos de crédito están realmente logrados, se inicia con las pomposas declaraciones de varios presidentes norteamericanos (de Nixon a Reagan, en concreto) que subrayan en sus discursos la lacra que supone el tráfico de drogas, y los ambiciosos planes de sus gobiernos para erradicarlo. Y aquí entra en escena Gary Webb, un periodista que trabaja para un pequeño diario californiano y que, casi por casualidad y gracias a la novia de un traficante a punto de ser juzgado, accede a una información que será la causa de su éxito y su desgracia. Primero, Webb descubre que un poderoso narcotraficante centroamericano trabaja en realidad para el gobierno estadounidense. Tirando de ese hilo, Webb  llega a algo mucho más gordo: la convicción de que ese y otros capos de la droga introdujeron su mercancía en los Estados Unidos con la connivencia de la CIA, que utilizó parte de los pingües beneficios obtenidos en la operación, desarrollada durante la presidencia de Ronald Reagan, para financiar a la Contra nicaragüense. ¿La lucha contra el comunismo era suficiente justificación para que las calles de Norteamérica se llenaran de droga barata y altamente adictiva, que hizo estragos en los barrios más deprimidos del país, mayoritariamente habitados por personas de raza negra? Por supuesto, Webb y la CIA tienen diferentes respuestas para esta pregunta.

Viendo Matar al mensajero, uno tiene claro que Michael Cuesta conoce bien las obras más importantes de Oliver Stone, es decir, las que van de Salvador a Nixon. Mucho en esta película recuerda al Stone más inspirado y combativo, que denuncia la podredumbre del sistema y la doble moral que reina en las altas esferas políticas. El estilo visual, enfático e impactante, también recuerda al director neoyorquino, aunque el montaje es menos sincopado y el número de planos, más próximo a los estándares. El ritmo narrativo es alto, y sólo decae en algunas de las escenas que muestran la vida familiar de Webb, un hombre cuya lucha por demostrar la verdad le condena al ostracismo, como resulta evidente en la escena en la que se muestra el contraste entre la entrega de premios soñada y la real. Iniciada la operación para destruirle, y con ello desacreditar su historia, Webb encuentra más sospechas que apoyo entre sus compañeros de profesión y sus propios editores, que dudan de la veracidad de los testimonios recogidos.

Considero que Jeremy Renner es uno de esos actores capaces de levantar por sí solos una película que se sostiene con dificultad. Cuando el guión es sólido, y el director competente, el talento de Renner sobresale como lo hace en esta película, en la que su interpretación es sobresaliente a la hora de mostrar la vehemencia, las dudas y el desamparo de su personaje. Mary Elizabeth Winstead, actriz que da vida a la editora del diario para el que trabaja Webb, está a un nivel sólo correcto, que no alcanza el mostrado por Renner, ni tampoco por Rosemarie DeWitt, que interpreta a la esposa del protagonista. El punto fuerte está en los secundarios masculinos, empezando por un Ray Liotta cuya casi onírica y puntual aparición es de primer nivel. La labor de Andy García, Tim Blake Nelson, Gil Bellows u Oliver Platt es también destacable, aunque mi otro secundario favorito de la película es un Michael Sheen que siempre aporta su sello de calidad. Como nota exótica, decir que el papel de la novia del narcotraficante que suministra información a Webb está interpretada por Paz Vega, que en su breve intervención explota su evidente sensualidad.

Película dura, poderosa y con moraleja: si te enfrentas al sistema, no dejes ni un cabo suelto porque te destruirán. Matar al mensajero es un homenaje a su protagonista, pero también un retrato de lo podridas que están nuestras sociedades, y de lo poco que eso nos importa.

ALGUIEN HIZO ALGO

En (muy contadas) ocasiones, uno se lleva sorpresas agradables cuando viaja en transporte público. Me sucedió ayer, mientras me dirigía en autobús hacia el colapsado centro de esta ciudad, en la que dicen que esta semana se celebra un importante congreso de no sé qué, para alegría de hosteleros, restauradores y dueños de clubs de alterne.

Ahí me tienen, subiendo al bus una vez liberado del tedio laboral. Entre empujones, exceso de calor humano y la esquiva de gentes de apariencia desvalida, pero que demuestran una envidiable agilidad cuando se trata de pescar un asiento libre, fui a parar a un espacio más o menos despejado del fondo del autobús. Allí, dos hombres hablaban de un tema de moda en estos lares. Uno de ellos (pelo entrecano, delgado, barba de pocos días, ropa de Alcampo, aspecto de haber superado los cincuenta) llevaba un libro de Byung Chul Han junto a una carpeta de color verde, lo que me hizo suponer que el tipo tendría discurso. El otro (mucho más joven que su interlocutor, alto, pelo rizado, camiseta de Pearl Jam) llevaba en la mano izquierda una chaqueta, y lo que parecían ser unos apuntes fotocopiados. Hablaban bajito, en tono de confidencia, aunque para los que estábamos al lado era difícil no escucharles. Transcribo la parte del diálogo que me parece más reveladora:

  • Ara resulta que ningú va fer res, tu- dijo el más joven.
  • Ja, quins collons. I es lliuraran de rebre la gran hòstia només perquè aquí, des que la va dinyar en Franco, els cops d´Estat surten molt cutres.

Algo menos pesimista respecto al futuro de la humanidad que antes de subir al autobús, bajé y seguí mi camino.

MOTA DE POLVO

GRAIN DE POUSSIÈRE. 2017. 19´. Color.

Dirección: Léopold Kraus; Guión: Léopold Kraus; Director de fotografía: Malik Brahimi;  Montaje: Audrey Bauduin y Maxime Mathis; Música: Sacha Rudy, Ariski Lucas y Basile Peter;  Diseño de producción: Mika Zimmermann; Producción: Alicia Poirier N´Diaye, Noël Fuzellier y Phillippe Wendling, para Les Films Norfolk (Francia).

Intérpretes:  Théo Fernandez (Lucien); David Marsais (Friedrich Nietzsche); Marilyn Lima (Louise); Laurence Côte (Simone de Beauvoir); Julie-Anne Roth (La profesora); Sylvie Guichenuy, Satya Dusaugey, Noël Fuzellier .

Sinopsis: Un adolescente apático y despistado sufre una metamorfosis cuando se inicia en la lectura de la obra de Nietzsche.

Mota de polvo supone el primer trabajo como director de Léopold Kraus, al que apenas se le conocen dos apariciones como actor en el mundo del cine. Se trata de un cortometraje que habla de filosofía en clave de comedia, y que ha conseguido una difusión internacional más que merecida.

Si hay una etapa en la vida en la que es necesario tener buenos referentes, esa es la adolescencia. Este bloguero observa Mota de polvo con un alto grado de simpatía, porque Friedrich Nietzsche fue uno de los suyos. Le descubrí, a través de una corta selección de aforismos, en el último curso del bachillerato. El impacto que me produjo esa lectura fue tan brutal como inmediato, y aún hoy, cuando ya han pasado treinta años de aquello, he de decir que mis periódicas visitas a las obras de Nietzsche nunca han dejado de ser gozosas, lo que prueba que mi relación con ellas está entre lo más cercano al amor verdadero que un servidor haya experimentado jamás. Al margen de la conexión producida por el hecho de que sea precisamente Nietzsche el consejero espiritual del desorientado adolescente protagonista, considero que Mota de polvo es aguda, ligera e ingeniosa. Si su objetivo es, como creo, fomentar el acercamiento de los jóvenes a la filosofía, me parece que la película sirve muy bien a tan loable fin.

Lucien, el joven protagonista de Mota de polvo, es, por decirlo en una palabra, un pasmado. Pasa de puntillas por su propia vida, poseído por la abulia y esclavo de formas de entretenimiento espiritualmente vacías. Por suerte para él, un día cae en sus manos (de manera casi literal) un ejemplar de La gaya ciencia, y Lucien encuentra en ese libro una verdadera fuente de inspiración, hasta el punto de que el propio autor se le aparece físicamente y le ejerce de guía en ese oscuro laberinto que es la vida. Resulta irónico que Nietzsche, cuyas relaciones con el otro sexo fueron bastante desastrosas, ayude a Lucien a conquistar a su amor platónico, una compañera de instituto que mantiene con Simone de Beauvoir una relación casi idéntica a la de Lucien con el autor de Más allá del bien y del mal, pero esa aparente sinsentido, visto en pantalla, resulta divertido… incluso si uno piensa en el evidente final infeliz que tendrá una relación entre dos adolescentes aconsejados por dos pensadores tan antagónicos. Y sí, hay que leer filosofía porque, entre otras cosas, es útil. No para obtener unas respuestas que nos afanamos en buscar y que, simplemente, no existen, sino para que uno consiga hacerse las preguntas correctas y sea capaz de analizar con cierta lucidez algo tan complejo (sólo los cretinos creen que la vida es sencilla) como es la existencia de cada cual como ser humano.

Al margen de alguna breve incursión en el efectismo moderno, Kraus presenta su historia a través de una puesta en escena sencilla, que no simple. Es de agradecer que la jovialidad del planteamiento se extienda también a lo estilístico porque, ahí también, el exceso de solemnidad sería tan nocivo para el éxito de la propuesta como una excesiva banalización que se sabe esquivar con acierto (sin olvidar que las vidas humanas no banales escasean, y que la de Lucien no es una de esas gloriosas excepciones). La música acompaña a la historia, no la suplanta, y la fotografía posee estilo sin dejar de ser funcional. Un aspecto final a elogiar en el enfoque de Kraus: que Nietzsche y Beauvoir ejerzan de guías, no de gurús, esa gran lacra de la humanidad. Si para algo ha de servir la filosofía, es para librepensar. De ahí su creciente postergación académica.

El trabajo de los actores es correcto, aunque a la pareja de adolescentes, formada por Théo Fernandez y Louise Lima, la encuentro, sobre todo en el caso del joven, algo inexpresiva. A ella le veo más madera en esto de la interpretación, la verdad.  David Marsais, actor al que no conocía de nada, da vida a un Nietzsche jovial, incisivo, misógino y profundo, y Laurence Côte compone a una Simone de Beauvoir de lo más ortodoxa.

Un gran cortometraje, muy francés, en el mejor sentido del término, que ensalza el valor de la filosofía sin que por ello su visionado deje de ser ameno en ningún momento.

CONSPIRANOICOS

La edición de este año de la Copa del Rey de baloncesto ha sido de todo, menos aburrida. De la ya cansina polémica acaecida en la final, sólo decir que el Real Madrid debería buscarse una excusa mejor para dejar la ACB, objetivo que barruntan sus dirigentes desde hace años. Es cierto que se produjeron tremendos errores arbitrales, que además se vienen sucediendo sin tregua en las últimas temporadas (no olvidemos el grosero campo atrás de Llull en 2017, cuya omisión fue clave para que los blancos obtuvieran su más reciente título copero), pero el principal motivo de la derrota madridista tiene que ver con dejar escapar una sustancial ventaja (quince puntos, ya iniciado el último cuarto) en tiempo récord y haciendo gala de una lectura de partido absolutamente desastrosa. Los árbitros de la final merecen ser castigados, por compensar de una forma tan grosera el catedralicio error de no señalar la clamorosa falta antideportiva de Randolph a Singleton en la jugada previa a un dos más uno de Carroll que devolvió al Madrid sus opciones de triunfo y que jamás debió producirse, pero dejémonos de excusas baratas, que tanto lloro agota. En Madrid, y en Cataluña.