¿NO TENGO MIEDO?

Ahora que parece confirmarse que el asesino de la furgoneta de Barcelona bebió de su propia medicina en Cambrils, he de decir que admiro profundamente a quienes manifiestan no sentir miedo ante la tristemente materializada amenaza del terrorismo yihadista en la Ciudad Condal. Mejor dicho, les admiraría si les creyera. Temer a unos asesinos que matan de manera indiscriminada, cuando uno vive en el lugar de mayor implantación del terrorismo islamista en toda la Península Ibérica (lo cual, por cierto, es para hacérselo mirar) no es cobardía, sino puro sentido común. Una cosa es decir que, de todas formas, hay que seguir viviendo, y hacerlo; faltar a la verdad es algo bien distinto.

EL RENACIDO

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THE REVENANT. 2015. 154´. Color.

Dirección: Alejandro González Iñárritu; Guión: Alejandro González Iñárritu y Mark L. Smith, basado parcialmente en la novela de Michael Punke; Director de fotografía: Emmanuel Lubezki;  Montaje: Stephen Mirrione; Música: Ryuichi Sakamoto y Alva Noto;  Diseño de producción: Jack Fisk;  Dirección artística: Michael Diner e Isabelle Guay (Supervisión); Diseño de vestuario: Jacqueline West; Producción: Alejandro González Iñárritu, Steve Golin, Arnon Milchan, Mary Parent, Keith Redmon y James W. Skotchdopole, para Regency Enterprises-New Regency-M Productions- Anonymous Content- Ratpac Entertainment- Appian Way-Monarchy Enterprises (EE.UU.).

Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Hugh Glass); Tom Hardy (John Fitzgerald); Domhnall Gleeson (Capitán Henry); Will Poulter (Bridger); Forrest Goodluck (Hawk); Paul Anderson (Anderson); Kristoffer Joner (Murphy); Joshua Burge (Stubby Bill); Duane Howard (Elk Dog); Christopher Rosamund (Boone); Lukas Haas (Jones); Melaw Nakehk´o, Fabrice Adde, Arthur Redcloud, Robert Moloney, Brendan Fletcher, Tyson Wood.

Sinopsis: Hugh Glass es un explorador que guía a una expedición a través de rutas deshabitadas de Norteamérica. Muchos hombres perecen por un ataque de los indios, y poco después Glass queda al borde de la muerte por el ataque de un oso. La traición de Fitzgerald, uno de los miembros de la expedición, acaba con el asesinato del hijo mestizo de Glass, y con éste abandonado a su suerte. A partir de ese momento, los dos únicos objetivos del explorador son la supervivencia y la venganza.

Después de hacer saltar la banca con su anterior film, Birdman, el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu viró hacia la épica con El renacido, una historia de supervivencia que narra las aventuras del explorador Hugh Glass a principios del siglo XIX. Un aluvión de premios saludó el nuevo tour de force de Iñárritu, que le situó en la intersección entre Terrence Malick y el Tarantino de Los odiosos ocho.

En un entorno salvaje y hostil, como el de los pioneros que colonizaron los Estados Unidos de Norteamérica, cobra todavía más sentido la célebre frase de Thomas Hobbes que dice que el hombre es un lobo para el hombre. De eso va la película. Iñárritu, en una tesis que ya es una constante en su obra, muestra que el hombre blanco, cruel y codicioso, es más lobo aún, pues los únicos gestos de nobleza y solidaridad los encontramos, excepción hecha del capitán que comanda la expedición en la que el protagonista ejerce de explorador, de la mano de indígenas. No comulgo con esta especie de racismo a la inversa, aun siendo consciente de las atrocidades cometidas por el hombre blanco, no sólo en la colonización de Norteamérica. Llámenme misántropo, pero creo que todos los humanos estamos hechos de la misma pasta, y lo único que nos diferencia es el nivel de conocimientos adquirido y la capacidad para ejercer sobre los débiles nuestra maldad natural. Dicho esto, la película narra el devenir de los miembros de una expedición que, tras adentrarse en territorio indio, se dispone a regresar al mundo civilizado con un buen número de pieles de animales, con cuya venta puede obtenerse bastante dinero. Sin embargo, una emboscada de los indios hace que la expedición pierda a la mayoría de sus hombres, y que el resto se vea obligado a huir para no correr idéntico y sangriento destino. En un bosque, Glass, el explorador, es atacado por un oso pardo, y queda al borde de la muerte. En vista de su penoso estado, y de la escasez de hombres y víveres, se decide que un grupo, formado por dos muchachos, uno de los cuales es el hijo mestizo de Glass, y un individuo mezquino y cruel apellidado Fitzgerald, se quede con él a la espera de recibir ayuda o, si muriese, se encargue de darle sepultura. Lo que hace Fitzgerald es engañar a uno de los muchachos, asesinar al hijo de Glass y abandonar a éste, moribundo, en mitad del bosque helado. Desde ese momento, el explorador lucha por sobrevivir, con el objetivo de vengarse del asesino de su hijo.

Iñárritu narra una historia de supervivencia en condiciones extremas y deseo de revancha con extremo preciosismo, de modo que su colaboración con Emmanuel Lubezki vuelve a ser un ejercicio visualmente fascinante. Es cierto que algunos de los larguísimos planos-secuencia que Iñárritu planifica y ejecuta con maestría no parecen tener otra justificación que el puro virtuosismo, pedantería disculpable en un panorama cinematográfico en el que prima en exceso el montaje fragmentado, y que a la película le sobra metraje y no hubiera estado de más un último recorte en la sala de edición, pero la suma de las mencionadas cualidades con unos magníficos efectos visuales convierte a El renacido en una obra mayor. La música, compuesta en su mayor parte por Ryuichi Sakamoto, me parece bastante buena, pero no produce el mismo impacto que las imágenes. En ellas, la belleza inhóspita de los paisajes, la de la sangre sobre el hielo y el paroxismo de unos rostros llevados por la climatología y las circunstancias a la pura animalidad, no se olvidan fácilmente.

El renacido le dio a Leonardo DiCaprio su perseguido Oscar, y hay que decir que se lo ganó a pulso, por lo certero de su labor y por las condiciones extremas en que se desarrolló el rodaje. Otra cosa es que en ningún momento el otro gran protagonista de la película, Tom Hardy, esté peor que él. De hecho, en algunas de las escenas que comparten (su primer diálogo, por ejemplo) opino que Hardy le come la tostada a DiCaprio, como se la comería al 95% de los actores vivos.  Así de mayúscula es su labor. Del resto, me quedo con Domhnall Gleeson y Christopher Rosamund, dentro de un tono general  notable.

Con un cuarto de hora menos de metraje (las ensoñaciones, o delirios, del protagonista me sobran casi en su totalidad, para ser sinceros) estaríamos hablando de una verdadera obra maestra (la primera hora para mí lo es, sin duda), que Alejandro González Iñárritu aún no posee en su filmografía, pero lleva todo el camino de conseguirla. Gran cine de un director cuyo talento casi está a la altura de su hipertrofiado ego.

 

TRUMBO: LA LISTA NEGRA DE HOLLYWOOD

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TRUMBO. 2015. 122´. Color.

Dirección: Jay Roach; Guión: John McNamara, basado en la novela de Bruce Cook Dalton Trumbo; Director de fotografía: Jim Denault;  Montaje: Alan Baumgarten; Música: Theodore Shapiro; Dirección artística: Jesse Rosenthal; Diseño de producción: Mark Ricker; Producción: Janice Williams, John McNamara, Shivani Rawat, Kevin Kelly Brown, Michael London, Nimitt Mankad y Monica Levinson, para Groundswell Productions-Bleecker Street Films- ShivHans Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Bryan Cranston (Dalton Trumbo); Michael Stuhlbarg (Edward G. Robinson); Diane Lane (Cleo Trumbo); Helen Mirren (Hedda Hopper); Louis C.K. (Arlen Hird); Elle Fanning (Niki Trumbo); John Goodman (Frank King); John Getz (Sam Wood); David James Elliott (John Wayne); Richard Portnow (Louis B. Mayer); Roger Bart (Buddy Ross); Peter MacKenzie (Robert Kenny); James DuMont (J. Parnell Thomas);  Dean O´Gorman (Kirk Douglas); Christian Berkel (Otto Preminger); David Maldonado, Toby Nichols, Madison Wolfe, Alan Tudyk, Adewale Akinnuoye-Agbaje, Mitchell Zakocs, Stephen Root, Mark Harelik, Gus Rhodes.

Sinopsis: Dalton Trumbo pasa, en pocos meses, de ser el guionista mejor pagado de Hollywood a ser despedido de su empleo y procesado por sus ideas izquierdistas.

El director Jay Roach, famoso por una serie de infumables comedietas, cuyos nombres recuerdo pero prefiero omitir, decidió cambiar de registro, quizá para compensar el daño hecho al séptimo arte con sus películas anteriores, y ponerse al frente de Trumbo, film biográfico que narra las desventuras de este célebre  personaje cuando la paranoia anticomunista puso su dedo acusador sobre Hollywood. Trumbo logró el prestigio que buscaba, y me atrevo a decir que obtuvo menos premios de los que merecía.

De todos es sabido que el resultado de la Segunda Guerra Mundial dividió el mundo en dos bloques, lo que dio comienzo a la Guerra Fría. Por eso, cuando los guardianes de las esencias americanas quisieron centrar su cruzada en el Hollywood liberal y pecaminoso, no les faltaron víctimas. La Meca del Cine estaba repleta de personas de ideas progresistas, en muchos casos simpatizantes de un régimen soviético que, no hay que olvidarlo, contribuyó en gran manera a la victoria aliada. El ala más izquierdista de Hollywood tuvo el dudoso honor de comprobar, al poco de finalizar la guerra, que la celebradísima derrota del fascismo frente a la libertad y la democracia era fruto de un análisis demasiado optimista. El resultado de todo ello es bien conocido: innumerables carreras y vidas destruidas en pro de una cruzada anticomunista que, dicho sea de paso, buscó muchas más conspiraciones de las que logró encontrar. El nombre más célebre de entre los damnificados fue el de Dalton Trumbo, guionista estrella que conoció la cárcel por no renegar de su ideario político y vio como, durante años, la industria le dio por completo la espalda, obligándole, a lo sumo, a escribir libretos mal pagados que tampoco podía firmar. La película es la crónica de la lucha de Trumbo contra quienes le condenaron al ostracismo.

Trumbo se apoya en un notable guión, de John McNamara, que a su vez se inspira en la bien documentada novela de Bruce Cook. Al libreto puede criticársele cierta falta de sutileza, así como una exposición de la vida familiar del protagonista demasiado tópica, pero en lo demás es modélico. La acción se narra con gracia, agilidad y una carga de reflexión moral del todo necesaria en estos tiempos, en los que en todas partes, incluso en esas en  las que la gente va a votar cada cierto tiempo para crearse la ilusión de que pinta algo, existen personas perseguidas y represaliadas de muy diferentes maneras por el simple hecho de que su ideología no concuerda con la del régimen de turno. Por lo tanto, Trumbo es una película necesaria… que además es bastante buena, pues posee cualidades cinematográficas que trascienden su valor testimonial. La presentación y el desarrollo de los personajes (con nombres y apellidos, como hay que hacer, para que todos sepan quiénes fueron John Wayne, Kirk Douglas o Hedda Hopper, sujeta sobre cuya estrella prometo escupir si alguna vez piso el Hollywood Boulevard) es coherente y creíble; los diálogos, tan ingeniosos como cabía esperar en un film protagonizado por individuos especializados en crear frases brillantes, y las escenas presentan, sin descuidar en ningún momento eso tan importante de que el cine debe entretener, una sucesión de hechos de interés que la convierten en uno de los grandes biopics de este siglo. En el fondo, Trumbo es una película sobre el valor, virtud tan ensalzada como escasa, y sobre la resistencia a traicionarse a uno mismo (y el precio que uno paga por actuar de acuerdo a su conciencia cuando el mundo se vuelve loco). Dalton Trumbo poseía un gran talento, lo que hizo que pocas veces le faltaran guiones de mierda que retocar u ofertas para escribir: otros menos dotados que él vieron cómo sus carreras, su consideración social e incluso sus vidas se fueron al traste, no de forma temporal, sino para siempre. La mayoría prefirió plegarse a la barbarie, renegar de sus ideas o, lo que es peor, delatar a amigos y compañeros para salvar sus carreras. O sus piscinas, como dijo con saña Orson Welles. Los aspectos técnicos están resueltos con eficacia, lo que demuestra que Jay Roach es capaz de algo mejor que dirigir bodrios, y la recreación del Hollywood de los años 50 me parece realmente conseguida.

Quien se llevó el mayor número de parabienes en esta película fue su protagonista masculino, Bryan Cranston, actor de gran calidad que aporta a su personaje las dosis necesarias de terquedad, ingenio e ironía, y además posee capacidad de emocionar. Cranston, intérprete que debe su fama a al televisión, brilla aquí como nunca en la gran pantalla. Otro de los grandes puntos fuertes del reparto es la presencia de Helen Mirren, excelsa en su papel de supervillana. Destaco también la intervención del gran cómico Louis C.K., en el papel de uno de los compañeros represaliados de Trumbo, y de John Goodman, que protagoniza una de las mejores escenas de la película. No quiero dejar pasar la ocasión de alabar el trabajo de Michael Stuhlbarg, ni el de Christian Berkel como Otto Preminger, el excelente y tiránico director que, junto a Kirk Douglas, brindó a Trumbo la oportunidad de regresar al lugar del que jamás debió salir.

Gran película, que sirve para dar una gozosa bienvenida a Jay Roach al cine de verdad. En ocasiones, los films imprescindibles llegan desde lugares inesperados.

 

EL CORAZÓN DEL BOSQUE

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EL CORAZÓN DEL BOSQUE. 1979. 99´. Color.

Dirección: Manuel Gutiérrez Aragón; Guión: Manuel Gutiérrez Aragón y Luis Megino; Dirección de fotografía: Teo Escamilla;  Montaje: José Salcedo; Música: Miscelánea. Canciones de Agustín Lara, etc. Decorados: Félix Murcia; Producción: Luis Megino, para Arándano, S.A. (España).

Intérpretes: Ángela Molina (Amparo); Norman Briski (Juan); Luis Politti (El Andarín); Víctor Valverde (Suso); Santiago Ramos (Atiano); Raúl Fraire, Norma Bacaicoa, Luis Pastor, Susana Prados, Julián Navarro.

Sinopsis: Años después de finalizada la Guerra Civil, El Andarín continúa la lucha desde los montes. La organización a la que pertenece ha decidido poner fin a la lucha armada, por lo que envían a Juan, un hombre que creció en la zona, para convencerle de que se rinda.

El cuarto largometraje dirigido por Manuel Gutiérrez Aragón supuso el comienzo de su colaboración profesional con el productor Luis Megino, que sería una pieza importante en su trayectoria posterior. La película, que no cuadraba con las tendencias en boga durante la Transición, contó con el beneplácito de la crítica, pero tuvo unos resultados en taquilla que no pasaron de discretos.

Con el final del franquismo llegaron al cine español, además del destape, algunas películas que trataban cuestiones que la dictadura fascista impedía abordar, como por ejemplo el de los maquis. Mario Camus lo hizo, desde un enfoque eminentemente realista, en Los días del pasado. Manuel Gutiérrez Aragón, que pasó su infancia rodeado de bosques casi idénticos a los que aparecen en la película, basó también su historia en hechos reales, pero optó por una perspectiva casi onírica que, constituye, en mi opinión, un lastre para el resultado final de la obra. Por no dilatar el asunto, diré que El corazón del bosque me parece un film narrativamente plomizo, capaz de aburrir incluso a quienes estamos interesados en la historia de la resistencia antifranquista. Manuel Gutiérrez Aragón no es Carlos Saura ni, desde luego, Víctor Erice, cineastas con una marcada personalidad visual, capaces de decir mucho utilizando las palabras justas y de proponer un cine en verdad poético. Gutiérrez Aragón intenta seguir esa estela, pero todo se queda en eso, en un intento. La escasez de diálogos no justifica la falta de claridad expositiva (a la hora de explicar el conflicto de los personajes, el guión opta por plantearlo de manera arbitraria, casi a saltos), ni la constante panorámica de unos bellos bosques llenos de niebla y misterio es sinónimo de poesía visual. La animalidad de los personajes me parece forzada, lejos de la pureza con que la exponía Borau en Furtivos, y la película no nos hace entender por qué, en cuestión de diez años, El Andarín pasa de ser el personaje más popular en la verbena del pueblo a convertirse en un paria, escondido en el monte y abandonado por sus propios compañeros de armas, a su vez perseguidos de manera inmisericorde por la Guardia Civil. ¿Miedo, incomprensión ante el empecinamiento del sublevado por no aceptar la derrota y volver a la mísera normalidad? Un poco de todo, tal vez, pero veo mucha voluntad por ser ambiguo y sugerente, cuando lo que de verdad se hace es explicar menos de lo necesario.

Al final, lo mejor del conjunto es la fotografía de Teo Escamilla, que en ocasiones sí alcanza la belleza que la narración no logra transmitir, y también la interpretación de Ángela Molina, actriz visceral y poseedora de un acusado magnetismo, a cuyo personaje no conseguí entender. Las interpretaciones del elenco masculino, con la excepción de Santiago Ramos, me parecen mediocres, más esforzadas que brillantes.

El corazón del bosque es un experimento fallido que, por desgracia, justifica algunos de los prejuicios más recurrentes que los que hablan sin conocer esgrimen contra el cine español. Ni como cine poético, ni como descripción de lo que fue la lucha antifranquista en los montes, llega a funcionar. Creo que, como en la vida, los maquis merecían algo mejor en el cine.

 

DÍA DE ENTRENAMIENTO

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TRAINING DAY. 2001. 119´. Color.

Dirección: Antoine Fuqua; Guión: David Ayer; Director de fotografía: Mauro Fiore;  Montaje: Conrad Buff; Música: Mark Mancina; Dirección artística: David Lazan; Diseño de producción: Naomi Shohan; Producción: Bobby Newmyer y Jeffrey Silver, para Warner Bros. (EE.UU).

Intérpretes: Denzel Washington (Alonzo); Ethan Hawke (Jake); Scott Glenn (Roger); Tom Berenger (Stan); Harris Yulin (Doug Rosselli); Raymond J. Barry (Lou Jacobs); Cliff Curtis (Smiley); Dr. Dre (Paul); Snoop Dogg (Blue); Macy Gray (Mujer de Sandman); Charlotte Ayana (Lisa); Eva Mendes (Sara); Nick Chinlund (Tim);  Jaime Gómez (Mark); Raymond Cruz, Noel Guglielmi, Samantha Becker, Denzel Whitaker.

Sinopsis: Jake, un joven policía de Los Ángeles, desea convertirse en detective de narcóticos. Para ello debe pasar un día de prueba junto a Alonzo, un veterano y condecorado agente.

Antoine Fuqua, un director cuya breve trayectoria no hacía esperar grandes cosas, se destapó en la entrada del siglo con Training day, un thriller policial sobre el mundo de la droga en Los Ángeles que triunfó en taquilla, gustó a la crítica y es considerado por muchos el mejor film de acción en lo que llevamos de siglo.

Una de las claves del éxito la encontramos en el excelente guión de David Ayer, que sabe combinar a la perfección el puro entretenimiento con el análisis de un contexto social especialmente duro, el de los ghettos angelinos, cuya realidad tiene mucho en común con la de las favelas brasileñas, visto desde el prisma de los policías que deben enfrentarse, en una lucha siempre desigual, a los narcotraficantes.

Por lo demás, Training day repite el esquema clásico de las buddy movies, juntando a un policía novato con un experto detective de narcóticos. La diferencia es que, aquí, el veterano tiene más de Mefistófeles que de mentor: Alonzo es un encantador hijo de la gran puta, que se mueve a la perfección entre traficantes de moral inexistente y gatillo fácil porque puede ser igual que ellos, y al tiempo es capaz de pasar por un policía abnegado, generoso y carismático. Como su título indica, el film transcurre durante un solo día: en ese escaso tiempo, Jake irá desenmascarando a Alonzo, cuyos métodos no son en absoluto reglamentarios, mientras él mismo se ve envuelto en los problemas de su compañero, causados por un inoportuno y violento acceso de ira durante un fin de semana en Las Vegas. A su manera, Alonzo es un rey, dueño de las calles, y como tal se comporta. Él ofrecerá a Jake un cursillo acelerado de todo lo que no debe hacer un policía de narcóticos, sazonado con un puñado de actitudes y consejos que le permitirán sobrevivir en la jungla.

Fuqua, director con buen estilo visual estropeado en ocasiones por sus tendencias videocliperas, se pone al servicio de una historia que atrapa al espectador desde el primer minuto, y jamás lo suelta. Me gusta en especial el aprovechamiento que se hace de las posibilidades lumínicas que ofrecen las distintas horas del día, pues con ello se marcan los tiempos de la narración de un modo natural, sin distraer al público. Como película de acción, Training day es fantástica, y no decepcionará a los incondicionales del género. Pero los disparos, las persecuciones y el inevitable duelo final entre los protagonistas (el único aspecto del film que encuentro efectista y recargado en exceso) no son ni de lejos los principales alicientes de una película que saca petróleo del enfrentamiento entre caracteres antagónicos y, a la vez, lo enmarca en un contexto de puro narcoestado, que es lo que son, en pequeña escala, multitud de barrios de casi todas las grandes ciudades americanas (y de la Europa del Sur y el Este, todo sea dicho). El film enseña que para meterse en ese mundo, en el que, sin exagerar, cada día pueden volarte la cabeza, en una guerra, la del narcotráfico, que se está perdiendo en los Estados Unidos y en todas partes, hay que tener una enorme vocación, un punto de inconsciencia y un nulo espíritu flower-power, y al tiempo muestra lo que ocurre cuando se pierden los principios, se dejan atrás los dilemas morales y el ejercicio de la autoridad tiene mucho de poder absoluto. Este cóctel de adrenalina, duelo moral (y generacional) y radiografía del submundo no puede ser más certero.

Training day será recordada por ser la película que le dio el Oscar a Denzel Washington. La crítica ha agotado los elogios al actor por este trabajo, y puedo decir que son merecidos. Alonzo es el mejor papel en la carrera de Washington, que dejó de lado su habitual registro de tipo modélico y se arrojó a los brazos del mal, con resultados artísticos inmejorables. El encanto del personaje es tan indiscutible como su intrínseca hijoputez: la clase de individuo con la que jamás querrías encontrarte en la vida real (y, si lo haces, más te vale llevarte bien con él), pero que en una pantalla de cine es tan cautivador como repulsivo, La labor de Washington dejó en un injusto segundo plano la de Ethan Hawke, que sabe reflejar muy bien la transformación de su personaje, que pasa de novato blandito a tipo duro en un solo día, en buena parte gracias al tipo con el que comparte asiento en el coche patrulla. El personaje de Scott Glenn, eficaz como de costumbre, es imprescindible para ver el verdadero rostro de Alonzo, y los veteranos Tom Berenger, Harris Yulin y Raymond J. Barry sólo intervienen en una escena, pero es tremenda la presencia que le dan. Hablando de presencia, no puedo dejar de comentar la de Eva Mendes, ni tampoco la de diversos representantes de la moderna música negra en roles secundarios.

Gozada de película, que no inventa nada pero ofrece dos horas de puro placer cinematográfico. En su filmografía posterior, Antoine Fuqua no ha rodado nada tan bueno ni de lejos, pero siempre podrá presumir de Training day.

MI TÍO JACINTO

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MI TÍO JACINTO. 1956. 90´. B/N.

Dirección: Ladislao Vajda; Guión: Andrés Laazlo, Max Korner, José Santugini, Gian Luigi Rondi y Ladislao Vajda, basado en un argumento de Andrés Laszlo; Dirección de fotografía: Heinrich Gartner (acreditado como Enrique Guerner); Montaje: Julio Peña; Música: Roman Vlad; Producción: Vicente Sempere, para Chamartín Producciones- Falco Film-ENIC  (España- Italia)

Intérpretes: Pablito Calvo (Pepote); Antonio Vico (Jacinto); José Marco Davó (Inspector); Paolo Stoppa (Restaurador); José Isbert (Sánchez); Miguel Gila (Paco); Juan Calvo (Ropavejero); Walter Chiari (Caballero elegante); Julio Sanjuán (Organillero); Mariano Azaña, Pastora Peña, Luis Sánchez Polack Tip, Adriano Domínguez, Rafael Bardem, José María Lado, José Calvo.

Sinopsis: Jacinto, un torero retirado que vive, en la miseria y entregado al alcohol, con su joven sobrino, recibe una carta en la que le citan para torear esa misma noche en Las Ventas. Su problema es conseguir en tan poco tiempo el dinero que necesita para alquilar un traje de luces.

Después del monumental éxito de Marcelino pan y vino, el director de origen húngaro Ladislao Vajda decidió repetir fórmula (niño prodigio, historia tierna) de un modo más adulto, y desde luego mucho menos complaciente, con Mi tío Jacinto, película que es considerada, con toda justicia, una obra cumbre del Neorrealismo español.

Una de las pesadillas recurrentes del cine patrio son las películas con niño. Si además la criatura canta, la idea del infanticidio puede fácilmente rondar la cabeza del sufrido espectador. A Ladislao Vajda le corresponde el honor de haber dirigido las únicas películas cinematográficamente dignas que se han hecho en España protagnizadas por eso que se entiende como un niño prodigio. Mi tío Jacinto tiene un referente clarísimo, Ladrón de bicicletas. Aunque las comparaciones son odiosas, Vajda hizo una película de gran calidad, en la que hay más ternura que sensiblería y en la que se impone un retrato sensible, pero a la vez ecuánime, de la vida de las clases más bajas en la España de la posguerra.

Jacinto es un novillero retirado que jamás conoció el éxito y al que, ya próximo a la vejez, su alcoholismo ha llevado a vivir en una chabola de la periferia madrileña junto a su sobrino, un niño de siete años. Un día, no sé sabe bien cómo, recibe una carta en la que le ofrecen una importante suma de dinero a cambio de torear en  una charlotada. Al principio, Jacinto cree que todo es una broma de mal gusto pero, cuando se ve en los carteles, descubre que su inclusión en ellos se debió a un error, que no impide que le ofrezcan igualmente la faena. Jacinto la acepta porque puede más la consciencia de su ruina que su aversión a las parodias del toreo. El problema es que tiene un día para conseguir las trescientas pesetas que necesita para alquilar un traje de luces.

La película es un relato sobre los caminos que llevan a la miseria y las maneras, casi siempre delictivas, con las que se intenta salir de ella. La visión del lumpen madrileño refleja la dureza de la vida en lo más bajo de la escala social, con un punto de ternura que se resiste a buscar la lagrimita cómplice y algunos toques de comedia. La inocencia y la energía de Pepote, el sobrino de Jacinto, se oponen al resabio, la decadencia y el sentimiento de fracaso de éste. Vajda rueda, con su sobriedad y maestría características, en exteriores reales (son muy loables las escenas que transcurren en el Rastro madrileño), y obtiene un resultado que es mucho más que una simple copia de los clásicos neorrealistas italianos. Se incluyen aspectos típicamente españoles, como la picaresca y la tauromaquia, por entonces una de las escasas vías que tenían los jóvenes de clase baja para huir de la miseria (quien lo quiera entender, que recuerde la frase del Espartero: “Más cornás da el hambre”). Vajda, quien  ya había retratado la versión luminosa de la fiesta en Tarde de toros, muestra aquí el reverso del mundo taurino: el de los que jamás consiguieron el triunfo, el de las ilusiones rotas. Jacinto ve cumplido su sueño de torear en Las Ventas, pero de un modo muy distinto al que deseaba. Es llamativa la importancia de la climatología: dos de las escenas más importantes de la película transcurren entre intensos chaparrones, lo que viene a mostrarnos que el mal tiempo siempre es peor cuando se es pobre.  Por suerte para la película, cuya música es de calidad, en ella pesa más el realismo que la ternura.

Pablito Calvo tiene el honor de haber sido el único niño prodigio español capaz de no resultar repelente en cada fotograma. Poseía gracia y expresividad, y no es de extrañar que cautivara a un público que, en la vida real, tenía pocos motivos para la evasión y la ternura. No obstante, a quien hay que destacar por encima de todos en el reparto es a Antonio Vico, que borda el rol de viejo fracasado que sólo encuentra consuelo en el vino. Majestuosa interpretación de un actor que consiguió aquí su mayor logro en el cine. El plantel de secundarios reúne a algunos intérpretes italianos de prestigio, como Paolo Stoppa (gran aparición la suya) o Walter Chiari, con tótems del cine español como Pepe Isbert, y referencias del humor de las siguientes décadas, como Miguel Gila, aquí en el papel de estafador de poca monta, y un impávido Luis Sánchez Polack, Tip.

Mi tío Jacinto es una obra referencial del cine español, que sin duda merece un lugar destacadísimo entre los films rodados durante el franquismo, pues la comparación entre sus virtudes y sus defectos arroja un resultado abrumador a favor de las primeras.

CUANDO HARRY ENCONTRÓ A SALLY

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WHEN HARRY MET SALLY… 1989. 89´. Color.

Dirección: Rob Reiner; Guión: Nora Ephron; Dirección de fotografía: Barry Sonnenfeld;  Montaje: Robert Leighton; Música: Piezas adaptadas por Marc Shaiman, con la intervención especial de Harry Connick, Jr.; Diseño de producción: Jane Musky; Producción: Andrew Scheinman y Rob Reiner, para Castle Rock Entertainment- Nelson Entertainment (EE.UU.).

Intérpretes: Billy Crystal (Harry Burns); Meg Ryan (Sally Albright); Carrie Fisher (Marie); Bruno Kirby (Jess); Steven Ford (Joe); Lisa Jane Persky, Michelle Nicastro, Gretchen Palmer, Kyle T. Heffner.

Sinopsis: Harry y Sally se conocen durante un viaje a Nueva York después de licenciarse en la universidad. Años después se reencuentran, y entre ellos surge una gran complicidad que les une a través de los avatares de la vida.

El director Rob Reiner, que había realizado varias películas que le proporcionaron éxito y prestigio en los años 80, despidió la década con una obra que ha pasado a la historia como la mejor comedia romántica (con permiso de Atrapado en el tiempo, la cual ya fue objeto de reseña en este blog) facturada por Hollywood en aquellos años, y en buena parte de los siguientes. Confieso que el producto de la unión entre las expresiones “comedia romántica” y “Hollywood” suele producirme reacciones alérgicas, pero Cuando Harry encontró a Sally supera, con mucho, los estándares de calidad del género al que pertenece.

La piedra angular del proyecto la encontramos en el guión de Nora Ephron, sin duda el mejor de los escritos por esta dramaturga. La trama es fácil de resumir: chico conoce chica y en teoría no ocurre nada entre ellos, pero ambos van reencontrándose a lo largo de los años y termina por forjarse algo en principio inconcebible para él: una amistad entre personas de sexo opuesto. Con esta premisa, el film bien podría ser un horror, pero su libreto posee buen gusto, mucho ingenio, unos diálogos a veces formidables y una capacidad para diseccionar eso tan complicado que son las relaciones sentimentales difícil de rebatir. Harry piensa que la amistad entre hombres y mujeres no puede existir. Acierta casi de pleno: sólo puede darse cuando una de las partes (la mujer, en la mayoría de los casos) no quiere tema, y la otra se conforma, bien porque considera que el asunto es lo suficientemente bueno como para echarle mucha paciencia, o bien porque ya tiene los deseos sexuales satisfechos en otra parte y de todas formas encuentra gratificante la compañía de esa persona con la que no folla. Elementos como el jazz, la ciudad de Nueva York, y el hecho de que la propuesta sea algo menos ñoña que la media hacen que Cuando Harry encontró a Sally remita con frecuencia al universo de Woody Allen. Desde luego, no es Annie Hall, y al final se pone muy blanda, pero posee un encanto indiscutible. La puesta en escena es de lo más funcional (Reiner, que es un director muy capaz, nunca poseyó un estilo propio), y todo se centra en una historia que, en la teórica edad madura, se ve de otra forma. Créanme: haber conocido a una Sally de carne y hueso es una de esas cosas que te llevarás con alegría al horno crematorio, pero la vida real no es Hollywood y las fiestas de Nochevieja de los simples mortales no molan tanto. O, dicho de otra forma, el It had to be you suele acabar sonando como el Hallelujah. Volviendo a la película, se trata de un conseguido intento de actualizar los clásicos románticos del Hollywood dorado (abundan las citas a varios de ellos, empezando por Casablanca), que logra que el espectador se trague con gusto esa mentira que dice que el amor verdadero siempre termina por imponerse. Respecto a la escena más recordada del film (meritoria sobre todo por el comentario final de la clienta de la cafetería), he de decir que he conocido mujeres que fingen muy bien los orgasmos, y hombres que fingen creer que eso les importa… por otro motivo más altruista que el aumento exponencial de las posibilidades de repetir jodienda que supone que el orgasmo femenino sea auténtico.  Hay momentos mejores, como la escena en la que Harry se reencuentra con su exmujer (desde que se conocen, los protagonistas tienen diversas relaciones-sobre todo él, que incluso llega a casarse-, y por rizar el rizo ambos llegan a intentar emparejar al otro con su mejor amigo, pero ninguno de esos proyectos de pareja cuaja, tal vez porque no encuentran en nadie lo que el otro les da), y la discusión sobre el centro de mesa. El final es tópico y blando, pero tampoco cabía esperar otra cosa.

Durante años me negué a ver, pese a las innumerables recomendaciones recibidas (entre ellas, la de mi Sally particular), esta película porque no soporto a Meg Ryan, actriz que de inmediato se convirtió en la reina de la comedia ñoña. Su voz y sus mohínes siempre me han resultado desagradables. Cuando Harry encontró a Sally tiene que ser muy buena, porque su continua presencia en pantalla no ha sido obstáculo para mi disfrute. Tampoco Billy Crystal es santo de mi devoción, pero el papel de tipo neurótico y, pese a todo, sensible, le sienta bien. Ambos hacen buena pareja y, ayudados por los diálogos, poseen esa chispa sin la que la película sería un fiasco. De los secundarios, sólo tienen peso Carrie Fisher y Bruno Kirby, los amigos de los protagonistas, y ambos merecen una buena nota, sin llegar a la excelencia.

En resumen, una comedia romántica de calidad, apreciable incluso por quienes creemos que esta clase de películas pueden hacer más daño que las bombas.

 

 

JUNGLA DE CRISTAL

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DIE HARD. 1988. 131´. Color.

Dirección: John McTiernan; Guión: Jeb Stuart y Steven E. De Souza, basado en la novela de Roderick Thorp; Director de fotografía: Jan de Bont;  Montaje: John F. Link y Frank J. Urioste; Música: Michael Kamen; Dirección artística: John R. Jensen; Diseño de producción: Jackson de Govia; Producción: Lawrence Gordon y Joel Silver, para 20th Century Fox (EE.UU).

Intérpretes: Bruce Willis (John McClane); Alan Rickman (Hans Gruber); Alexander Godunov (Karl); Bonnie Bedelia (Holly Gennaro McClane); Reginald Veljohnson (Sargento Powell); Paul Gleason (Oficial Dwayme Robinson); William Atherton (Richard Thornburg); Hart Bochner (Harry Ellis); James Shigeta (Sr. Takagi); Clarence Gilyard, Jr. (Theo); De´Voreaux White (Argyle); Bruno Doyon (Franco); Dennis Hayden (Eddie);  Robert Davi (Agente Especial Big Johnson); Hans Buhringer, Andreas Wisniewski, Grand L. Bush, Joey Plewa.

Sinopsis: John McClane, un policía de Nueva York, llega a Los Ángeles para reencontrarse con su familia en Nochebuena. Invitado a una fiesta navideña en el rascacielos en el que ella trabaja, McClane es testigo de la toma del edificio por un grupo de terroristas.

Una de las puntas de lanza del boom del cine de acción durante los años 80 es sin duda Jungla de cristal, película en la que, por encima de todos, destaca el sello del productor Joel Silver, uno de los más exitosos de la época. Su fórmula, que actualizó, a fuerza de espectáculo y explosiones, el cliché del tradicional héroe americano que se enfrenta en solitario a un sinfín de adversidades y consigue salir airoso de ellas, reventó taquillas y tuvo su mejor exponente en esta película, dirigida por un aplicado artesano como John McTiernan, que ya en su anterior film, Depredador, había dejado claro que se movía de maravilla en el cine de acción musculosa.

En muchos sentidos, Jungla de cristal es la americanada perfecta. Con un argumento que toma muchos elementos de un clásico como El coloso en llamas, con guarnición de productos setenteros como Pánico en el estadio o la saga de Harry el Sucio y toques propios de los films de acción de la Cannon, sencillo como un puzzle de ocho piezas pero eficaz al máximo, la película narra la epopeya del héroe americano de turno, John McClane, un policía de Nueva York que, por aquellas cosas del reencuentro navideño familiar, se ve atrapado en el asalto, por parte de unos terroristas, del rascacielos angelino en el que trabaja su ya casi exmujer. El protagonista lucha en solitario contra un grupo de profesionales del delito muy bien organizados, y consigue dificultar su plan para hacerse con la verdadera millonada que esconden las cajas fuertes del edificio. McClane es el héroe de acción ochentero por antonomasia, con camiseta mugrienta, discurso breve, adornado por una cantidad de tacos digna de un camionero, humor socarrón y hechos contundentes. En aquellos tiempos, en los que los mitos del cine fumaban tabaco rubio y hacían alarde de testosterona, la lucha de un hombre solitario (cuando McClane consigue llamar la atención del exterior acerca de lo que está ocurriendo en el rascacielos, encuentra más trabas que ayuda) contra un problema que le supera con creces, y que amenaza con matarle casi a cada paso, resultaba tan atractiva como en cualquier otra época. Si a esto le sumamos unas dotes considerables para el espectáculo aparatoso, unos carismáticos malvados (que son en su mayoría alemanes, como en las guerras mundiales) y un marco de lo más apropiado para el cine de acción, tenemos un bombazo.

McTiernan sabe lo que se hace: al principio, dosifica la acción y presenta a los personajes, que tampoco son muy complejos que digamos, de un modo satisfactorio. Una vez iniciada la caza, sumerge con estilo al espectador en una espiral de espectáculo a raudales, en la que sobresalen la excelente fotografía de Jan de Bont, el trabajo de edición y la contundente música de Michael Kamen. Lo peor de una película de gran presupuesto es que no lo parezca: en Jungla de cristal, el (mucho) dinero está en la película, y por suerte no todo se gastó en hacer explotar helicópteros, lacra habitual del género. El espectador de inteligencia normal sabe que lo que le están contando no hay quien se lo crea… pero se lo cree. O lo disfruta igual, que es de lo que se trata, porque estamos ante un espectáculo de masas que no pretende ser otra cosa que puro cine de evasión.

Jungla de cristal lanzó al estrellato a su protagonista, Bruce Willis, hasta entonces conocido por su trabajo en la comedia televisiva Luz de luna y que en la gran pantalla sólo había destacado en Cita a ciegas. Willis ha hecho otras cosas interesantes, pero sin duda John McClane es el personaje de su carrera, y así sería incluso si esta película no hubiese dado lugar a una lucrativa saga. Es un rol hecho a su medida, y Willis lo clava. Es obvio que hay que destacar al jefe de los villanos, el gran Alan Rickman, un actor de primer nivel. Sin su presencia, la película sería menos buena, porque el resto de terroristas apenas posee perfil propio. Reginald Veljohnson cumple en el papel del único aliado exterior del héroe, y Bonnie Bedelia impone carácter a un personaje que no puede ser más tópico. Secundarios típicos de la época, como Paul Gleason o Robert Davi, aportan su toque de calidad a una película que supone la cima del cine de acción ochentero, junto a Terminator y Robocop. Más de dos horas de puro espectáculo, que consigue hermanar sus rutinarios ingredientes de un modo muy superior a la media.  Sin duda, la cima de la carrera de John McTiernan, y también de la de su máximo artífice, Joel Silver, que en parte compensa el daño que le hizo al cine con varias de sus otras producciones.

LANGOSTA

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THE LOBSTER. 2015. 118´. Color.

Dirección: Yorgos Lanthimos; Guión: Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou; Dirección de fotografía: Thimios Bakatakis;  Montaje: Yorgos Mavropsaridis; Música: Miscelánea. Piezas de Beethoven, Stravinski, Johnnie Burn, etc.; Diseño de producción: Jacqueline Abrahams; Producción: Yorgos Lanthimos, Lee Magiday, Ceci Dempsey y Ed Guiney, para Film4- Irish Film Board-Eurimages- Greek Film Center-BFI (Grecia-Irlanda-Reino Unido-Francia-Holanda).

Intérpretes: Colin Farrell (David); Rachel Weisz (Mujer miope); Jessica Barden (Mujer que sangra por la nariz); Olivia Colman (Directora del Hotel); Ashley Jensen (Mujer de las galletas); Ariane Labed (Camarera del Hotel); Angeliki Papoulia (Mujer desalmada); John C. Reilly (Hombre que cecea); Léa Seydoux (Líder de los solteros); Michael Smiley (Lugarteniente de los solteros); Ben Whishaw (Hombre que cojea); Roger Ashton-Griffiths, Sean Duggan, Rosanna Hoult, Anthony Moriarty, Nancy Onu, Emma O´Shea, Anthony Dougall.

Sinopsis: Abandonado por su esposa, David es enviado al Hotel, un lugar en el que los solteros disponen de 45 días para encontrar una pareja adecuada y, si no lo hacen, son convertidos en el animal que eligen.

Reconocido por buena parte de la crítica cinematográfica internacional por su polémico film Canino, el griego Yorgos Lanthimos rodó su primer largometraje en inglés con Langosta, una original fábula futurista que confirmó el idilio entre Lanthimos y la cinefilia más inquieta.

El director nos sitúa en un futuro próximo y distópico en el que, en contraste con lo que ocurre en gran parte de los films de similares características, la tecnología no tiene presencia alguna. En este universo ficticio, los solteros son una especie perseguida, que es expulsada de las ciudades y recluida en unas instituciones de las que sólo puede salir emparejada con alguien que se adapte a su perfil, o convertida en animal. David, el protagonista, ingresa en este mundo cuando su esposa le abandona después de once años de matrimonio. El Hotel, una especie de spa de lujo en el que todo es frío y deshumanizado, será su destino durante los 45 días de que dispone para encontrar una pareja adecuada. Este período puede aumentar si se cobra alguna pieza en las cacerías de solteros que se organizan con frecuencia en los bosques cercanos, en los que un grupo de recalcitrantes solitarios forman una especie de guerrilla.

Langosta posee la gran virtud de lo peculiar. Lanthimos presenta una película que se aparta de las corrientes imperantes en el cine contemporáneo y que, ya desde su prólogo, en el que una mujer detiene su coche en mitad de una carretera para disparar a un burro y seguir su ruta como si tal cosa, provoca en el espectador una especie de curiosa incomodidad que, en lo que a mí respecta, no se disipó en el resto del metraje. El cineasta griego consigue crear un universo en el que nuestro mundo de locos parece hasta normal. Aplaudo su espíritu transgresor, aunque en la segunda parte, la que une a David con la guerrilla de solteros, se pierde parte del siniestro encanto de la propuesta y el brillo no es tan intenso como durante la estancia de David en ese impoluto manicomio que es el Hotel. Allí el protagonista ingresa junto a su perro, que en realidad es su hermano, quien fue soltero antes que él y fracasó en su intento de emparejarse durante el tiempo establecido. Eso sí, no vale arrejuntarse con cualquiera: todo está vigilado y supervisado por el personal del Hotel, dándosele clara preferencia al emparejamiento entre personas que comparten defectos físicos: David es miope, y eso le condiciona a la hora de dar con la persona adecuada.

Lanthimos clava el bisturí donde debe: vamos hacia una sociedad de solteros, lo cual tiene algo de socialmente subversivo porque la dependencia emocional hace a la gente más débil y es sabido que las personas casadas, y en especial aquellas que tienen hijos (en el Hotel, a las parejas que se están conociendo se les facilitan criaturas para que les ayuden a superar sus discusiones), son de mejor conformar. Más aún: cuando David, cuya unión con la Mujer Desalmada no llega a buen puerto, abandona el Hotel y entra en contacto con el grupo de solteros resistentes, descubre algo que es tan cierto como difícil que le entre en la cabeza al borrego medio: en política, lo contrario de una mierda no es algo perfecto, sino otra mierda de características opuestas.

La estética de la película es deliberadamente fría, y este rasgo engloba todo el conjunto: decorados, composición de los planos, cromatismo, perfil y gestualidad de los personajes (la cual puede calificarse de mecánica), banda sonora… la violencia siempre está presente, pues no hay otro modo de imponer el absurdo (ni de escapar de él una vez ha logrado que sus caprichos sean ley), y los toques de humor negro contribuyen al necesario distanciamiento con lo narrado.

Lanthimos cuenta, por primera vez, con un reparto estelar e internacional, y se revela como un buen director de actores: Colin Farrell, tendente muchas veces a la sobreactuación, está de lo más contenido, en línea con la extrema frialdad del conjunto, que hace que uno por momentos se acuerde del cine de David Cronenberg; Rachel Weisz, notable actriz, cuenta con el hándicap de que su personaje aparece en las escenas en las que la película se vuelve más tópica y decae en su interés. En general, la labor de los actores, que están muy bien escogidos, es digna de elogio: los que son muy buenos, como John C. Reilly u Olivia Colman, hacen gala de su calidad cada vez que aparecen en pantalla; los jóvenes, como Ben Whishaw, Ariane Labed o Jessica Barden, demuestran talento, y las actrices que interpretan los papeles femeninos más radicales, Léa Seydoux y Angeliki Papoulia, saben mostrar con acierto la naturaleza del fanatismo y la psicopatía, respectivamente.

Notable película, contraindicada para el público palomitero y, en general, para todo aquel a quien le molesta que le hagan pensar. Es brillante, subversiva y, en sus mejores momentos, roza la genialidad. Dije que en Langosta la tecnología no interviene, y así es, pero gravita sobre todo el conjunto: ella fomenta y facilita la vida solitaria, mientras, a cambio de millonarios beneficios, sigue alimentando la ilusión de que nuestra pareja perfecta nos espera a la vuelta de la esquina. Langosta puede leerse como una crítica a una sociedad infantilizada y castradora, cuyos eternamente adolescentes miembros quieren seguir creyendo que hallarán a su media naranja mirando fotitos en el móvil; en todo caso, me parece un raro ejemplo de película inteligente.

EL CULEBRÓN DEL VERANO

No acabo de entender el furibundo ataque de cuernos producido en Can Barça y en la Liga de Fútbol Profesional por la multimillonaria espantada del futbolista brasileño Neymar Junior. ¿Acaso existe alguien en ese mundo de tiburones que se abstenga de enamorar, con lucrativos cantos de sirena, a jugadores con contrato en vigor con otros clubes? El mismo Fútbol Club Barcelona lleva una serie de temporadas tratando de fichar a jugadores pertenecientes a ese juguetito de jeques llamado París Saint-Germain, llámense Thiago Silva, Marquinhos o, este mismo verano, Verratti. Ninguno de los cuales ha acabado aterrizando en la Ciudad Condal, por cierto. Sí lo hizo años atrás Neymar, cuyo fichaje fue una estafa pura y dura, punto de partida de un periplo judicial que está muy lejos de concluir. Ahora el brasileño, jugador genial y poco deportivo, ha optado por desmentir, a cambio de una escandalosa suma de dinero, ese mantra que dice que todo el mundo está loco por jugar en el Barça.  La misma que el club azulgrana, que durante años ha ingresado una millonada gracias al patrocinio de un estado libre y democrático como Qatar, gastará en llenar su hueco con futbolistas que, miren ustedes por dónde, tienen contrato en vigor con otros equipos. ¿No huelen a hipocresía y prepotencia cazada en su propia red?

Para terminar, un recuerdo para Ángel Nieto, uno de los pocos deportistas de este país que podía presumir de que, cuando él llegó, en lo suyo no había nadie.