LUXO JR.

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LUXO JR. 1986. 2´. Color.

Dirección: John Lasseter; Guión: John Lasseter; Montaje: Craig Good; Producción: John Lasseter y William Reeves, para Pixar Studios (EE.UU.).

Intérpretes: Animación.

Sinopsis: Una lámpara de escritorio observa cómo una pelota se mueve a su alrededor, para comprobar que una congénere de menor tamaño es quien está jugando con ella.

Ver Luxo Jr hoy en día es pensar en un gozoso anticipo de lo que vino después. En poco más de dos minutos de metraje, John Lasseter realiza un divertido ensayo en el que la marca de fábrica está tan clara que incluso la lámpara de escritorio (aquí, representada por padre e hijo) pasó a formar parte del logotipo del estudio. Lo principal, no obstante, es la capacidad de Lasseter y su equipo para dotar de una graciosa humanidad a los más diversos objetos inanimados. La anécdota argumental no es más que una trastada infantil corregida por otra aún mayor, pero la inspiración está ahí. Luxo Jr provoca la sonrisa del espectador, y su visionado sirve para comprobar que, ya desde el comienzo, las obras de Pixar tenían alma.

DÍA Y NOCHE

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DAY AND NIGHT. 2010. 6´. Color.

Dirección: Teddy Newton; Guión: Teddy Newton; Montaje: Greg Snyder; Música: Michael Giacchino; Producción: Kevin Reher, para Pixar Studios-Walt Disney Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Wayne Dyer (Voces).

Sinopsis: El día y la noche, convertidos en dos peculiares criaturas, se encuentran después de haber sido desconocidos el uno para la otra desde siempre.

Día y noche , tercer cortometraje dirigido por Teddy Newton, otro de los meritorios del universo Pixar, se concibió para acompañar el estreno de Toy Story 3 y es una divertida pieza en la que está muy marcada la influencia de los cartoons de la Warner. La temática es el respeto a la diferencia (porque, y aquí Newton deja claro que, aunque su obra vaya dirigida al público infantil, no es ingenuo, y por eso lo primero que genera el encuentro entre el día y la noche es un enfrentamiento entre ambos), pero una vez más lo que destaca es la perfección técnica de la propuesta, amén de la gracia con la que está explicada la historia. Día y noche es puro entretenimiento, pero no por ello deja de insistir, sin resultar cargante, en la necesidad de aceptar al diferente (en efecto, mejor la playa de día… y Las Vegas de noche) y de priorizar, en las relaciones personales, los puntos de unión en detrimento de los de divergencia. Lo que se le debe pedir a una obra cuyo público principal son los niños es que esté bien hecha, que eduque y que entretenga: Día y noche cumple con todos estos requisitos, así que bien por Teddy Newton.

SALTANDO

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BOUNDIN´. 2003. 5´. Color.

Dirección: Bud Luckey y Roger Gould; Guión: Bud Luckey; Dirección de fotografía: Jesse Hollander; Montaje: Steve Bloom; Música: Bud Luckey; Producción: Osnat Shurer, para Pixar Studios (EE.UU.).

Intérpretes: Bud Luckey (Narrador).

Sinopsis: Una oveja vive feliz y consagrada al baile hasta que un día la esquilan y se convierte en el hazmerreír de los que le rodean.

Saltando es un cortometraje cuyo codirector, y máximo artífice, es Bud Luckey, un veterano animador que ha trabajado en varias de las obras mayores de Pixar. Concebida para ser estrenada junto a Los increíbles, esta fábula con moraleja, versos y animales imaginarios tiene la calidad visual característica del estudio y se deja ver, pero palidece respecto a otros trabajos de la marca por lo obvio de su propuesta. Es cierto que se trata de un producto orientado específicamente al público infantil, pero Saltando carece de la carga de profundidad de otras obras de la marca y focaliza en exceso el mensaje de superación, que está muy bien, pero resulta demasiado simple. Lo de no venirse abajo cuando las circunstancias son esquivas tiene sentido en cualquier edad, y se agradece que se exponga con esa calidad visual, pero la forma en que se expresa se me queda corta. Por decirlo al modo de Bud Luckey, cuando a una oveja la esquilan, a los pocos meses vuelve a estar cubierta de lana, pero no siempre los males tienen cura, o una tan sencilla, aunque afrontarlos con buena actitud es importante. El film es divertido y está hecho con gracia, pero no deja de ser un Pixar menor, no sólo en lo que se refiere al metraje.

PATERSON

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PATERSON. 2016. 116´. Color.

Dirección: Jim Jarmusch; Guión: Jim Jarmusch; Dirección de fotografía: Frederick Elmes;  Montaje: Affonso Gonçalves; Música: Sqürl; Diseño de producción: Mark Friedberg; Dirección artística: Kim Jennings; Producción: Carter Logan y Joshua Astrachan, para KS International-Amazon Studios- Inkjet Productions (EE.UU-Francia-Bélgica).

Intérpretes: Adam Driver (Paterson); Golshifteh Farahani (Laura); Nellie (Marvin); Barry Shabaka Henley (Doc); Chasten Harmon (Marie); William Jackson Harper (Everett); Rizwan Manji (Donny); Sterling Jerins (Joven poetisa); Masatoshi Nagase (Poeta japonés); Method Man, Kara Hayward, Jared Gilman, Kacey Cockett, Trevor Parham, Troy Parham.

Sinopsis: Paterson es un joven conductor de autobús que vive y trabaja en una pequeña ciudad de la que toma su nombre de pila. Vive con Laura y un perro llamado Marvin, y su pasión es escribir versos.

Paterson es, por ahora, la última obra de ficción estrenada por Jim Jarmusch, un cineasta que, pese a haber pulido su estilo con el paso de los años, no ha perdido su espíritu independiente. El film, que fue visto por primera vez en Europa dentro de la programación del Festival de Cannes, se ha convertido en el mejor valorado de su director en lo que llevamos de siglo, obteniendo una aprobación casi unánime por parte de aficionados y profesionales.

La película, que destaca por su tono amable, gira alrededor de un protagonista masculino que constituye en sí mismo un fenómeno paranormal (y aún más paracinematográfico), pues se trata de un hombre adulto que está satisfecho con su existencia. Vive en una casa modesta junto a su pareja, una joven bella y soñadora, conduce un autobús que recorre la pequeña ciudad de Nueva Jersey con la que comparte nombre y, en sus ratos libres, escribe poemas (influidos por la obra de William Carlos Williams, un notable poeta oriundo de la misma localidad), pasea a su perro y se toma una cerveza en el bar de siempre. Paterson es, en el sentido machadiano del término, un hombre bueno, tolerante y tranquilo, pero no estúpido, que recibe de los demás el mismo trato cortés y amable que él profesa a toda persona con la que se cruza en su rutina diaria. Su vida es sencilla, pero canaliza todos sus sueños y ambiciones a través de la poesía. Su compañera no deja de alabar la calidad de sus poemas (obra de Ron Padgett), que Paterson escribe a mano en un cuaderno, pero él se resiste a publicarlos porque, a diferencia de ella, no busca el éxito en el sentido material o popular: tiene todo el que desea, y escribe por puro placer.

Viendo Paterson, me ha venido a la cabeza el título de una película que no he visto: La vida es un largo río tranquilo. Jarmusch, que sigue fiel a su temperamento minimalista, presenta una obra que es rompedora precisamente por su nula voluntad de serlo, por su deseo de mostrar la normalidad tal y como debería ser, incluyendo algunos apuntes de cómo es en realidad para no caer en el indigesto buenismo que arruina tantas propuestas de este estilo. El director acierta al mostrar a Paterson no como la norma, sino como la excepción, rodeada de peligros que se materializan en el incidente del bar y en la destrucción de su cuaderno de poesías, única circunstancia que consigue sumirle en la desazón. Él disfruta conduciendo su autobús, pensando en sus versos y escuchando algunas de las conversaciones de los pasajeros, pero habla cada día con un compañero cuya vida es bastante más complicada que la suya; es feliz junto a Laura, su musa, pero conoce, en sus encuentros diarios en el bar con Everett, la desgracia del amor no correspondido; soporta con estoicismo los sueños de grandeza de su compañera, ya sean a través de la decoración, de la cocina (a veces, con resultados desastrosos) o de la música, porque sabe muy bien que hay que tener deseos e inquietudes para no pasar por la vida como un anodino autómata, y se niega a tener teléfono móvil porque, en efecto, sin ellos vivíamos mejor. La puesta en escena está muy cuidada, en lo que se refiere a la fotografía, a la música y a un montaje que consigue que la película discurra con la placidez buscada.

Encabeza el reparto un Adam Driver que, pese a su juventud, ya ha trabajado a las órdenes de algunos de los cineastas estadounidenses más relevantes y es capaz de transmitir la bonhomía de su personaje haciéndole parecer tranquilo, pero no idiota. La iraní Golshifteh Farahani, que interpreta a Laura, en algunas escenas (y me refiero sobre todo al tramo final de la película) no consigue desprenderse del todo de la naturaleza empalagosa de la mujer a la que da vida, pese a su indiscutible encanto. Barry Shabaka Henley, como el viejo barman, Chasten Harmon y William Jackson Harper, como la pareja imposible, recitan sus papeles con buen estilo, y es de agradecer la aparición, en forma de premio para el protagonista, de un viejo conocido de Jarmusch, Masatoshi Nagase.

Paterson es un film de denuncia, aunque aparente una cosa bien distinta: con elegancia, su director nos dice que tal vez el mundo sería más habitable si todos fuéramos menos codiciosos, menos egoístas y menos cabrones. Y lo hace a través del buen cine. La poesía recitada suele funcionar mal en la gran pantalla, pero un inspirado Jarmusch, que demuestra ser capaz de evolucionar sin traicionarse, sabe encajar bien los versos de Ron Padgett y mostrar la génesis de un poema sin resultar pedante.

EXTRAÑOS EN EL PARAÍSO

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STRANGER THAN PARADISE. 1984. 87´. B/N.

Dirección: Jim Jarmusch; Guión: Jim Jarmusch; Dirección de fotografía: Tom DiCillo;  Montaje: Jim Jarmusch y Melody London; Música: John Lurie; Producción: Sara Driver y Otto Grokenberger, para Cinesthesia Productions-Grokenberger Film Produktion-ZDF (EE.UU-República Federal de Alemania).

Intérpretes: John Lurie (Willie); Eszter Balint (Eva); Richard Edson (Eddie); Cecillia Stark (Tía Lotte); Danny Rosen, Rammellzee, Tom DiCillo, Richard Boes.

Sinopsis: Eva viaja desde Hungría hasta los Estados Unidos. Al llegar al país, se aloja en el apartamento neoyorquino de su primo Willie, un jugador de carácter huraño.

Con Extraños en el paraíso, su segundo largometraje, el director Jim Jarmusch cimentó su prestigio internacional y sentó las bases de su estilo, que pasó a ser algo así como el canon del cine independiente norteamericano a partir de entonces: historias de perdedores, rodadas con escaso presupuesto y contadas de una forma absolutamente minimalista. El menos es más, por voluntad propia y por hacer de la necesidad virtud, llevado a su máxima expresión.

El film, rodado en blanco y negro, comienza con el plano de una joven, sola y con dos maletas, en los alrededores de un aeropuerto. Esa mujer es Eva, que llega a Norteamérica desde Budapest y, antes de reunirse en Cleveland con su tía, pasa unos días en el cochambroso apartamento que tiene su primo Willie en Nueva York. Willie es un tipo algo malcarado, que reniega de sus raíces húngaras y vive a salto de mata con lo que gana en las apuestas y en partidas de póker amañadas junto a su inseparable amigo Eddie. Por mucho que quiera ser más estadounidense que el Empire State, Willie es un ser desarraigado y alérgico al trabajo al que apenas le llueven algunas migajas del sueño americano. Eddie es un individuo inofensivo, de cierta bondad, que siempre hace lo que le dice su amigo. La recién llegada es, sin duda, el ser más despierto de los tres.

Extraños en el paraíso, que pese a su espartana producción se beneficia de la estilosa fotografía de Tom DiCillo, es una película profundamente nihilista, en la que su director explota al máximo ese laconismo tan característico, tanto en la puesta en escena como en los diálogos. El film se estructura en tres partes, y puede verse como una road movie minimalista que mejora a medida que avanza el metraje. En la primera parte, que transcurre en Nueva York, lo que intenta ser escueto a veces consigue su propósito, pero en ocasiones lo que hay es pura falta de ritmo. No es que lo que viene después sea precisamente trepìdante, ni debe serlo en absoluto, pero tanto la segunda parte del film, que se rodó en un suburbio de Cleveland, como sobre todo la tercera, que tiene lugar en Florida, son mejores, como si Jarmusch, una vez fijadas las premisas, se dedicara realmente a contar la historia. Más moderna en lo formal (esa manera de concebir las escenas como sketches, unidos entre sí por planos en negro) que en lo narrativo (el esquema es el clásico de introducción-nudo-desenlace),  Extraños en el paraíso destaca por el buen aprovechamiento de sus recursos: tres actores principales, unos cuantos figurantes con frase, un equipo técnico minúsculo y unas localizaciones bastante cutres generan una película a la que le cuesta arrancar, pero que se disfruta en cuanto lo hace. Siguiendo con eso de aprovecharlo todo al máximo, el film, que cuenta con una buena banda sonora compuesta por su protagonista, John Lurie, hace un uso intensivo de la versión del I put a spell on you de Screamin´Jay Hawkins, hasta el punto de convertir esta pieza casi en el leitmotiv de una película que, si tiene alguna moraleja, no puede ser otra que lo caprichoso del azar.

El estilo minimalista de la película se extiende al trabajo de los actores, que, eso sí, no desentonan lo más mínimo. No me imagino a ninguno de ellos recitando Hamlet, pero aquí las coordenadas son otras. John Lurie, más músico que actor, por mucho que ya hubiera intervenido en diversas películas (y lo hiciera después en algunas muy importantes), incluyendo el debut de Jarmusch, cumple en el papel de un personaje antipático, un don nadie que se cree un tipo con estilo y no es más que una garrapata social. Eszter Balint, actriz de breve carrera, interpreta con acierto un papel con más aristas de lo que parece, y Richard Edson, que debutó en el cine con esta película, deja claro que en él había un actor interesante. La breve aparición de Cecillia Stark como la tía húngara de Eva sirve para ilustrar un tema muy frecuente en Jarmusch: las barreras idiomáticas.

Extraños en el paraíso ha envejecido bien, pues consigue ser una película intemporal (su mensaje sobre el nihilismo y el desarraigo no puede estar más vigente) pese a ser muy de su época. Sigue siendo de lo mejor de un cineasta irregular, pero capaz de rodar películas atractivas siendo fiel a su manera de entender el cine.

KNICK KNACK

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KNICK KNACK. 1989. 4´. Color.

Dirección: John Lasseter; Guión: John Lasseter; Música: Bobby McFerrin; Producción: John Lasseter, para Pixar Studios (EE.UU.).

Intérpretes: Animación.

Sinopsis: Mientras sus compañeros disfrutan del sol y el mar, un muñeco de nieve metido en una bola de cristal navideña trata de escapar de su encierro y unirse al resto.

Knick knack representa algo así como la prehistoria de Pixar, el estudio que encabezó el salto digital en la animación. Se trata de un divertido corto, en el que un personaje, que no ha tenido demasiada fortuna en el reparto de roles, trata de escapar de su muy navideño encierro, cautivado por la belleza de una playera muñeca. Sus cada vez más aparatosos intentos de escapar de la bola de cristal culminan con un chapuzón en la pecera, que tampoco termina como el protagonista había previsto.

El artífice de este trabajo es John Lasseter, uno de los nombres fundamentales de Pixar, y se nota que el estudio ya transitaba por el buen camino que le llevaría a revolucionar la animación a partir de Toy Story. La perfección técnica no es todavía la que impresionó al mundo poco más de un lustro después, pero Knick knack apunta excelentes maneras, y cuenta además con la tremenda pericia vocal de Bobby McFerrin en la banda sonora, que consiste en una improvisación a capella realizada por el vocalista mientras visionaba un montaje previo de la película, que derrocha ingenio y anuncia todo lo bueno por llegar en cuatro minutos llenos de gracia y en los que las huellas de los clásicos del cine mudo y de la animación infantil (en especial los de la Warner) saltan a la vista.

LLANTO POR UN BANDIDO

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LLANTO POR UN BANDIDO. 1964. 100´. Color.

Dirección: Carlos Saura; Guión: Mario Camus y Carlos Saura; Dirección de fotografía: Juan Julio Baena; Montaje: Pedro del Rey;  Música: Carlo Rustichelli; Decorados: Enrique Alarcón; Producción: José Luis Dibildos, para Ágata Films- Atlantica Cinematografica Produzione Films-Méditerranée Cinéma (España-Italia-Francia).

Intérpretes: Francisco Rabal (José María Hinojosa, El Tempranillo); Lea Massari (María); Philippe Leroy (Pedro Sánchez); Lino Ventura (El Lutos); Manuel Zarzo (Sotillo); Fernando Sánchez Polack (Antonio); Antonio Prieto (El Lero); José Manuel Martín (El Tuerto); Agustín González (Capitán Valdés); Venancio Muro (Jiménez); Rafael Romero (El Gitano); Silvia Solar, Luis Buñuel, Antonio Buero Vallejo, Gabriele Tinti, José Calvo.

Sinopsis: José María Hinojosa se une a una partida de bandoleros, liderada con mano de hierro por El Lutos. Tras un duelo a muerte, José María se convierte en el nuevo líder de la banda, y consigue ser el dueño de Sierra Morena y extender su influencia por toda Andalucía, donde tiene lugar el enfrentamiento entre las tropas del rey Fernando VII y los liberales.

Llanto por un bandido es una película que ha quedado empequeñecida por figurar entre el exitoso debut en el largometraje de Carlos Saura, Los golfos, y la obra maestra del director aragonés, La caza. El propio Saura ha expresado más de una vez su poco apego hacia este film que, sin ser uno de los mejores de su filmografía, sí posee elementos de interés más que suficientes para ser rescatado del olvido.

Vaya por delante que me interesa el tema del bandolerismo en la convulsa España del siglo XIX, y que considero que el cine español no le ha dado a este tema la importancia que merece. En muchos casos, los bandoleros se lanzaron al monte para huir de la miseria imperante en Andalucía; no pocos de ellos fueron asesinos despiadados, pero otros impartieron a su manera una justicia social que, en aquellas tierras, era del todo inexistente. Llanto por un bandido, cuyas influencias cinematográficas se hallan mucho más en el western que en otros géneros en principio más cercanos, recrea las andanzas de José María El Tempranillo, todavía muy recordadas pese a que han pasado casi dos siglos desde el fallecimiento, a los 28 años de edad, de este bandolero cordobés. El film se inicia cuando José María se echa al monte y se enrola en la partida de El Lutos, un asesino cuyo liderazgo se basa más en el miedo que en el carisma. El guión, coescrito por el director junto a otro destacado cineasta aragonés, Mario Camus, sigue de forma cronológica los hechos más destacados de la corta vida de El Tempranillo, cuyo poder al sur de Despeñaperros empequeñeció al del propio rey Fernando VII y traspasó las fronteras españolas: Merimée se hizo eco de ello y acuñó una frase que se hizo famosa (“en España gobierna el rey Fernando, pero en Sierra Morena manda El Tempranillo”), y fue retratado por artistas extranjeros, como (en una escena que puede verse en la película) el pintor inglés John Frederick Lewis.

Por lo demás, Llanto por un bandido sigue los cánones literarios y estéticos del western clásico, y destaca por la buena calidad de sus tomas exteriores (desde sus inicios, Saura es un gran creador de imágenes), en las que con frecuencia se utilizan los planos generales para mostrar la lucha del hombre en un entorno natural hostil. Especialmente bella es la escena del duelo entre José María y El Lutos, clarísimo homenaje al cuadro de Goya Duelo a garrotazos. No es que las secuencias de acción sean el punto más fuerte de Saura como director, pero las varias que hay en Llanto por un bandido están resueltas con solvencia. El film refleja también las disputas entre las tropas leales al rey más nefasto que ha tenido España en toda su historia (y ya es decir) con los rebeldes liberales. Muchos bandoleros de más edad que El Tempranillo fueron importantes en la restauración de este monarca tras la Guerra de la Independencia, pero, al igual que sucedió con las mejores mentes de este país, todos ellos se sintieron traicionados cuando, recuperado el trono, El Rey Felón impuso el absolutismo y la represión. Dominador de su mundo, El Tempranillo quiso mantenerse al margen de las luchas políticas pese a simpatizar con los liberales, y terminó por aceptar el perdón real a cambio de abandonar la lucha en la sierra. No le sirvió de mucho. Curiosamente, Fernando VII y el bandolero más famoso de su reinado murieron el mismo año, aunque sin duda es el fuera de la ley quien merece mejor recuerdo en la memoria popular. El film, en el que también merece destacarse la música de Carlo Rustichelli, es ameno a la par que descriptivo, y no es que sea un gran western, pero sí bastante mejor que la gran mayoría de films de este género que inundaron las pantallas europeas después del éxito de Por un puñado de dólares. 

Como ocurre siempre con las coproducciones, el reparto es internacional, y eso, en un film de temática tan española, hace que no todos los intérpretes extranjeros encajen como debieran. Al frente del reparto encontramos a un gran actor, Francisco Rabal, que pese a ser mayor para el papel, da perfectamente el perfil de un bandolero andaluz. Lea Massari, que interpreta a la esposa del Tempranillo, es una buena actriz que aquí se ve algo limitada por un rol algo tópico, y Philippe Leroy, uno de los actores franceses más prolíficos, me parece algo fuera de sitio en su papel de liberal que se une a los bandidos. Dentro de la parte política del film, me parece mejor el trabajo de Agustín González, que en apenas dos pinceladas compone a un perfecto militar liberal, en el fondo un ser ingenuo que cree que la justicia de su causa será suficiente para darle la victoria. Quien sí es más que adecuado para dar vida a un bandido de modos tiránicos es el gran Lino Ventura, tipo duro donde los haya. Buenas son también las interpretaciones de los actores que forman la banda de El Tempranillo, en especial las de Manolo Zarzo y Fernando Sánchez Polack. Por último, destacar los cameos de Luis Buñuel (que hace de verdugo en la primera escena del film) y del dramaturgo Antonio Buero Vallejo, ambos amigos personales de Saura.

Estimable film que aborda con buen estilo un aspecto importante de la historia de España, Llanto por un bandido no es la película que el bandolerismo merece, pero sí un logrado intento.

LA CORTINA DE HUMO

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WAG THE DOG. 1997. 95´. Color.

Dirección: Barry Levinson; Guión: Hilary Henkin y David Mamet, basado en la novela de Larry Beinhart American heroDirector de fotografía: Robert Richardson;  Montaje: Stu Linder; Música: Mark Knopfler; Diseño de producción: Wynn Thomas; Dirección artística: Mark Worthington; Producción: Barry Levinson, Jane Rosenthal y Robert De Niro, para Baltimore Pictures- Tribeca Films-Punch Productions-New Line Cinema (EE.UU.).

Intérpretes: Dustin Hoffman (Stanley Motss); Robert De Niro (Conrad Brean); Anne Heche (Winifred Ames); Denis Leary (Rey de la Moda); Willie Nelson (Johnny Dean); Kirsten Dunst (Tracy Lime); William H. Macy (Agente de la CIA); Craig T. Nelson (Senador Neal); Woody Harrelson (Sargento Schumann); Andrea Martin (Liz Butsky); John Michael Higgins, Suzie Plakson, Suzanne Cryer, David Koechner, Sean Masterson, Ed Morgan, James Belushi, Merle Haggard.

Sinopsis: En vísperas de las elecciones, un escándalo presidencial amenaza la reelección del presidente de los Estados Unidos. Para distraer la atención del público y de la prensa, algunos colaboradores deciden simular una guerra en algún país remoto, y para ello deciden reclutar a un célebre productor de cine.

El director Barry Levinson prolongó el buen momento artístico demostrado en Sleepers con La cortina de humo, ácida sátira política cuyo discreto éxito, pese a su estelar reparto, vino marcado por el hecho de que, en el film, se retrata al público estadounidense como a un rebaño de seres cortos de entendederas y muy fáciles de manipular. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Con el célebre affaire entre el presidente Bill Clinton y la becaria Monica Lewinsky, dúo protagonista de la felación más famosa de la historia, sobrevolando el relato, Levinson se retira a un discreto segundo plano, que es el que más favorece a un cineasta de su naturaleza, más aplicado que genial, y deja que el guión, en el que se nota la intervención de un escritor de nivel como David Mamet, y los actores lleven la voz cantante. Partiendo de la base de que la política es algo demasiado serio como para dejarlo en manos de quienes se presentan como candidatos en las elecciones, tenemos a un presidente de viaje en China y disparado hacia su segundo mandato, al que le pierde su poco empeño en reprimir sus instintos sexuales. Sus asesores más cercanos tiemblan ante la magnitud que puede tener el escándalo, y deciden reclutar a un experto en eso que llaman política subterránea, Conrad Brean, una especie de Señor Lobo de la Casa Blanca, aventajado representante de esa élite humana que rinde mejor bajo presión. Brean decide que el mejor modo de empequeñecer el escándalo de faldas presidencial es simular una guerra en un país lejano, porque lo que la gente se va a creer es lo que vea en la televisión. A la hora de crear ficciones creíbles, lo mejor es recurrir a Hollywood, y eso es lo que hace Brean, contratando a un célebre productor para que organice el espectáculo.

La cortina de humo se nos presenta como una parodia, exagerada y teatral (su puesta en escena se encamina en todo momento a dar esa impresión), de la alta política, pero basa su indiscutible encanto precisamente en que lo que cuenta no es demasiado descabellado (y si no lo era en 1997, menos lo es dos décadas más tarde, en Norteamérica y, por ejemplo, en este Ulster que hemos creado aquí tan lejos) para su público potencial, que es aquel que tiene una ligera idea de cómo funcionan en verdad la política y los grandes medios de comunicación. En muchos aspectos, La cortina de humo es una digna descendiente de Uno, dos, tres, por su frenéticos y casi siempre chispeantes diálogos, por su maravilloso cinismo y por mostrar cómo, fruto del trabajo mental de un ser inteligente y perverso, se organiza un tremendo espectáculo de masas que, como dice el título español de la película, no es más que humo. La mala leche con la que la película muestra el proceso de idiotización de la masa alcanza cotas hilarantes, como los que se producen durante la grabación del inevitable bombazo musical patriótico, o al acabarse el ensayo del discurso presidencial hecho por el productor, con todas las asistentes abandonando la sala entre lágrimas. Lo mejor es, con todo, el momento en el que Stanley, ese productor cinematográfico de recursos infinitos y desmedido afán de protagonismo, explica que, de todas sus obras, la ficticia campaña militar en Albania (país que, dicho sea de paso, podrían invadir sin que se perdiera gran cosa) es su favorita… porque es la más honesta. No está mal cuando el imprescindible héroe escogido al azar resulta ser un tarado que lleva más de una década en una prisión militar por haber violado a una monja. La banda sonora de Mark Knopfler, artista que conoce y admira la música tradicional norteamericana, sirve de contrapunto a este gran ejercicio de cinismo ilustrado, y lo amplifica cuando guión y partituras convergen en la creación de los himnos patrioteros que toda causa estúpida necesita para tocar la fibra sensible del sumiso rebaño. La parte técnica, que permanece en un plano secundario, se beneficia no obstante de la presencia del siempre excelente Robert Richardson.

Dustin Hoffman y Robert De Niro son dos grandísimos actores, que en la comedia tienden a sobreactuar y a que con ello se desperdicie mucho de su talento. La cortina de humo es, sin duda, la mejor comedia de ambos, y su trabajo más distinguido en este género, seguramente porque, en el fondo, la película no es una comedia. Que los diálogos sean, en su mayoría, ágiles y graciosísimos ayuda en gran medida, pero Hoffman está perfecto como productor de verborrea incansable y reiterativa, pero también de loable capacidad para sortear los diferentes reveses que amenazan con arruinar su espectáculo, y De Niro, que también coproduce la película, se luce de lo lindo como el fontanero que todo político inepto desearía tener a su servicio. Anne Heche, que siempre me pareció una actriz del montón, cumple en el papel de asesora despierta y competente. Denis Leary, encargado de darle forma a la parte estética del espectáculo, y un Willie Nelson saludablemente autoparódico están a buen nivel, pero quien se luce de verdad es un descacharrante Woody Harrelson, imposible héroe nacional que aparece cuando la película pierde algo de fuelle y ayuda lo suyo a realzarla. Intervienen también, entre otros, una joven y ya prometedora Kirten Dunst, y ese pedazo de actor llamado William H. Macy, así que, en conjunto, La cortina de humo es una película notable en el plano interpretativo.

Una de las mejores sátiras políticas ideadas por el cine norteamericano desde los gloriosos años 70, que como dije antes ha ganado actualidad desde que se estrenó. Cínica, brillante, y mucho más realista de lo que quiere parecer, La cortina de humo es un estacado ejercicio de algo de lo que mucho se habla y poco se ve: humor inteligente.

REMEMBER

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REMEMBER. 2015. 88´. Color.

Dirección: Atom Egoyan; Guión: Benjamin August; Director de fotografía: Paul Sarossy;  Montaje: Christopher Donaldson; Música: Mychael Danna; Diseño de producción: Matthew DaviesDirección artística: Rory Cheyne; Producción: Ari Lantos, Robert Lantos,  Jens Meurer y Paula Devonshire, para Serendipity Point Films-Distant Horizon-Detalle Films- Egoli Tossell Film (Canadá).

Intérpretes: Christopher Plummer (Zev Guttman); Martin Landau (Max Rosenbaum); Dean Norris (John Kurlander); Bruno Ganz (Rudy Kurlander #1); Jürgen Prochnow (Rudy Kurlander #4); Henry Czerny (Charles Guttman); Sofia Wells (Molly); Kim Roberts (Paula); Peter DaCunha (Tyler); James Cade (Dependiente de la armería); Liza Balkan, T.J. McGibbon, Lory Wainberg, Mark Roeder.

Sinopsis: Zev. un hombre, nonagenario y con demencia senil, acaba de perder a su esposa. Vive en una residencia con un amigo, Max, que estuvo con él en Auschwitz. Siguiendo las instrucciones de Max, que está inmovilizado en una silla de ruedas, Zev escapa de la residencia en busca de Rudy Kurlander, un ex-oficial del campo de exterminio que vive en Norteamérica.

Aunque la obra reciente de Atom Egoyan no goza del reconocimiento crítico de sus primeras películas, el director canadiense de origen armenio continúa facturando films estimables como Remember, una historia de venganza protagonizada por ancianos y con el Holocausto como telón de fondo que, no obstante, recibió más palos que aplausos por parte de la prensa especializada.

Al ver la buena salud de la que goza el fascismo en todo el mundo, cuesta hacerse a la idea de que, hace 72 años, la guerra la ganaron los buenos. De hecho, muchos criminales nazis consiguieron huir de una segura condena a muerte poniendo el Océano Atlántico entre ellos y quienes les perseguían. Un buen número de esos asesinos fueron capturados, pero otros consiguieron eludir a los cazanazis, adoptaron una nueva identidad y pudieron vivir la vida confortable que ellos arrebataron a millones de personas. De eso va Remember, de una venganza largo tiempo aplazada que tiene lugar cuando víctimas y verdugos han llegado a la senectud.

El guión, de Benjamin August, es el sustento fundamental de un film que Egoyan, que sabe de lo que habla pues proviene de un pueblo que sufrió un genocidio, lleva con pulso firme hasta su impactante tramo final, en el que culminan los deseos de revancha de un nonagenario con problemas de memoria. Antes, y en el marco en apariencia apacible de una residencia de ancianos, tiene lugar un funeral según los rituales judíos y, acto seguido, comienza la ejecución del plan trazado por Max, un superviviente de Auschwitz, cuyo brazo ejecutor será Zev, que también estuvo en ese campo. Se trata de encontrar a Rudy Kurlander, un antiguo oficial de las SS que consiguió el buscado anonimato en Norteamérica. El problema, además de la débil memoria de Zev, que ha de apoyarse en una carta de Max que le explica todo lo que debe hacer, es que entre Estados Unidos y Canadá hay cuatro Rudy Kurlanders que, por origen y edad, podrían ser el que buscan.

Egoyan continúa siendo un agudo captador de los aspectos más oscuros del alma humana, pero como cineasta parece haber perdido parte de la inspiración que desprendían sus films más importantes de los años 90. De hecho, el acabado de la película es telefilmesco, y este es un factor que resta poderío a una obra que, no obstante, posee fuerza y cautiva al espectador gracias a una historia que nos habla de la importancia de la memoria y de la justicia, del olvido selectivo y del olvido imposible, de lo necesario que es aportar luz a una oscuridad que siempre estará ahí. Hay traumas de una gravedad tan extrema que ni siquiera el tiempo es capaz de borrar, y la película subraya la importancia de que quienes los causaron mueran siendo perfectamente conscientes de las atrocidades que cometieron o ayudaron a cometer. Sobre este punto, me extenderé un poco en uno de los grandes aciertos que para mí tiene Remember en el plano narrativo: que el alcohólico y descerebrado neonazi (agente de la ley, para más inri) con el que se encuentra Zev en su recorrido justiciero no sea descendiente de ese antiguo oficial que persigue, sino de un don nadie nostálgico que sólo fue cocinero en el frente y tenía diez años cuando sucedió esa vergüenza absoluta para Alemania, y por extensión para toda la especie humana, que fue la Kristallnacht. La clavan, August y Egoyan: nada hay más atrevido que la ignorancia, ni mejor gasolina para el resentimiento y el odio que la mediocridad.

Lo más alabado en Remember es, sin duda, la interpretación de su protagonista, un Christopher Plummer que, ya en la vejez, sigue siendo un actor mayúsculo, que aquí puede lucir sus notables habilidades al piano, además de mostrarnos la lucha diaria de un anciano contra los terribles efectos de una memoria que ya no se enciende y se apaga a capricho, sino del todo. Meritorio también el trabajo de Martin Landau, en el papel del cerebro de la trama, y notable la labor de Dean Norris como el obtuso policía neonazi. Las breves, pero impactantes, apariciones de dos actores alemanes de prestigio, como Bruno Ganz y Jürgen Prochnow, contribuyen a apuntalar uno de los aspectos más logrados de la película.

Pese a que en lo visual no pasa del aprobado justito, y de que a Egoyan hay que pedirle más en este aspecto, Remember es una película que funciona en lo cinematográfico y que posee una profundidad de discurso que nunca está de más. No es lo mejor de su director, pero sí un film cuyo nivel está bastante por encima de la media.

EN LA CASA

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DANS LA MAISON. 2012. 101´. Color.

Dirección: François Ozon; Guión: François Ozon, basado en la obra de teatro de Juan Mayorga El chico de la última filaDirección de fotografía: Jérôme Alméras;  Montaje: Laure Gardette; Diseño de producción: Armaud de Moleron; Música: Phillippe Rombi; Producción: Claudie Ossard, Eric y Nicolas Altmayer, para Mandarin Films- Mars Films- France 2 Cinéma-FOZ (Francia).

Intérpretes: Fabrice Luchini (Germain); Ernst Umhauer (Claude García); Kristin Scott Thomas (Jeanne Germain); Emmanuelle Seigner (Esther Artole); Denis Ménochet (Rapha Artole padre); Bastien Ughetto (Rapha Artole hijo); Jean-François Balmer (El director); Yolande Moreau (Las gemelas); Catherine Davenier, Vincent Schmitt, Jacques Bosc, Stéphanie Campion, Diana Stewart, Ronny Pong.

Sinopsis: Germain es un veterano profesor de instituto que se interesa por Claude, un chico de su clase, de origen humilde e innegable talento literario.

François Ozon, director de prestigio que llevaba años sin facturar una película a la altura de su fama, acertó en la diana con En la casa, adaptación de la obra teatral del madrileño Juan Mayorga que le supuso, entre otros galardones, la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián.

En la casa navega entre varios géneros, como el drama, la comedia y el thriller, pero en lo fundamental es un ejercicio de metaliteratura y una crítica a la clase media, que bebe de las obras francesas de Buñuel, de algunas películas de Polanski y, sobre todo, del Pasolini de Teorema. Como allí, tenemos a un joven atractivo y manipulador que se introduce en las vidas burguesas para dinamitarlas. Por aquello de empezar por lo básico, el material literario es excelente, de una inteligencia poco usual. En efecto, en un aula llenada mayoritariamente por zoquetes que no saben ni escribir con corrección, a pesar de la mucha práctica, ni los mensajes en el móvil, la presencia de un chico retraído, inteligente, de clase baja y un innegable encanto físico, constituye un cebo perfecto para un profesor de literatura que no vio cumplido su sueño de convertirse en escritor y cuyo matrimonio con una galerista de arte contemporáneo está instalado en la rutina. Al principio, el brillante alumno conquista al viejo profesor con unas redacciones escolares que aúnan talento literario e ingenio perverso a la hora de describir la realidad. El chico, que ha escogido para su experimento a la familia de un compañero de clase poco apto para las matemáticas, es un maestro de la manipulación, que se mete en el bolsillo al profesor porque, tras la coartada de estar puliendo a un futuro escritor, se esconden el morbo por entrar en las vidas ajenas para huir del propio hastío (factor que constituye una de las principales fuentes de atracción del cine y la literatura, que el joven Mefistófeles describe con una frase magistral: siempre hay una forma de entrar en una casa), y un mal disimulado resentimiento hacia la forma de vida adoptada por su propia clase social.

El tándem Ozon-Mayorga construye una obra con varios niveles de lectura, que por un lado es una clase magistral sobre cómo escribir un relato de ficción, y por el otro es una perturbadora historia en la que las sucesivas redacciones del alumno aventajado van revelando nuevos aspectos de él, así como del resto de personajes que aparecen en ellas y/o las leen. Añadan algunos certeros disparos contra los modelos imperantes en la enseñanza, el arte contemporáneo y la clase media en general, pero céntrense en dos detalles primordiales: que en la vida real, efectivamente, la gente interesante casi siempre se sienta en la última fila (el lugar desde donde puedes observarlos a todos y nadie te observa a ti), y que todos somos voyeurs que sabemos, por propia experiencia, que la normalidad de la vida burguesa esconde tantos monstruos como individuos; por eso nos chifla entrar en otras vidas. El relato funciona como el reloj más preciso hasta desembocar en un final coherente y disfrutable. Ozon es un experto investigador de las profundidades del ser humano, a veces cómico, a veces trágico, y casi siempre una mezcla de ambas cosas, e ilustra el texto sin ocultar su origen teatral, pero con un estilo elegante que da empaque a la obra sin que haga que el espectador se desvíe de lo esencial. La música de Philippe Rombi encaja perfectamente con el relato, huyendo de la estridencia y el subrayado innecesario.

El personaje clave de la película es el de Claude, el joven escritor y maestro de la manipulación, una verdadera joya para cualquier actor. Ernst Umhauer no me parece un futuro crack de las tablas, pero es capaz de recitar sus diálogos de manera acertada, y de transmitir el encanto perturbador que necesita su personaje. Excelentes los actores veteranos, empezando por Fabrice Luchini, el profesor cautivado, siguiendo por la siempre elegante Kristin Scott Thomas, y con buena nota para una Emmanuelle Seigner que mejora con los años y que aquí es una magnífica ama de casa frustrada. Dénis Menochet clava su papel de hombre primario, obsesionado con el trabajo y aficionado al deporte, que en cuanto pasa la magia del enamoramiento lleva la palabra divorcio escrita en la frente.

Magnífica película, la mejor que he visto de François Ozon, con cualidades que representan lo mejor del cine europeo de nuestro tiempo. Quienes la vean, y todos deberían hacerlo, comprenderá cómo se construye un relato, y por qué nos gustan tanto.