LA BOTELLA MEDIO LLENA

Si hacemos caso a esta sentencia del físico Robert Oppenheimer, debo de ser un pesimista de libro:

“EL OPTIMISTA CREE QUE ESTE ES EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES, Y EL PESIMISTA TEME QUE ESO SEA CIERTO”.

UN HOMBRE SOLTERO

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A SINGLE MAN. 2009. 97´. Color. 

Dirección: Tom Ford; Guión: Tom Ford y David Scearce, basado en la novela de Christopher Isherwood; Dirección de fotografía: Eduard Grau; Montaje:  Joan Sobel; Música: Abel Korzeniowski; Diseño de producción: Dan Bishop; Dirección artística: Ian Phillips; Producción: Tom Ford, Andrew Miano, Robert Salerno y Chris Weitz, para Fade to Black Productions-Depth of Field (EE.UU.)

Intérpretes: Colin Firth (George); Julianne Moore (Charley); Nicholas Hoult (Kenny); Matthew Goode (Jim); Jon Kortajarena (Carlos); Paulette Lamori (Alva); Ginnifer Goodwin (Mrs. Strunk); Ryan Simpkins (Jennifer Strunk); Teddy Sears, Aline Weber, Lee Pace, Paul Butler, Nicole Steinwedell.

Sinopsis: Un catedrático de literatura inglés, afincado en California, observa los cambios que vive la juventud a principios de los años 60 mientras sufre la pérdida de su pareja.

El prestigioso diseñador de moda Tom Ford, conocido por haber sido el director creativo de Gucci durante varios años, dio un giro a su trayectoria profesional al pasarse a la dirección cinematográfica para llevar a la gran pantalla la adaptación de Un hombre soltero, novela de Christopher Isherwood que, a buen seguro, Ford consideró como la obra de un espíritu muy afín al suyo. La película recibió buenas críticas, que alabaron en especial sus cualidades estéticas, y dejó claro que el cambio de tercio de Ford obedecía a algo más que a un simple capricho.

Al margen de su evidente temática homosexual, creo que Un hombre soltero es una película que versa sobre el difícil deambular por el mundo de las personas dotadas de una especial sensibilidad. George, el protagonista del film, es el paradigma del esteta: su triple condición de inglés, gay y profesor de literatura ya explica bastantes cosas, pero su indumentaria, sus modales, su domicilio y la apariencia de sus amantes nos dicen muchas más. Incapaz de superar la pérdida del amor de su vida, George ha decidido suicidarse, pero su esteticismo llega a lo cómico cuando su desmedido afán por conseguir la perfección estilística le disuade de cometerlo. Un hombre soltero es, pues, una de esas películas que narran el último día en la vida de alguien, aunque la realidad nunca se ajusta a los planes de los hombres porque la vida es, muchas veces, una ironía macabra. Ford, que también es coguionista y productor de la película, debe lidiar de continuo con el fantasma de la vacuidad, de la intrascendencia del dolor de un pobre hombre rico en un mundo de pobres hombres pobres (¿qué es el drama de una sola persona en mitad de la crisis de los misiles?), pero le salvan la sensibilidad y la ausencia de impostura. Sí, al artista de una de las disciplinas más superficiales que puedan llegar a existir no le es ajena la profundidad, y por ello es capaz de captar el dolor de la pérdida. Hay escenas que rayan lo superfluo, pero otras, como la comentada del suicidio no consumado de George, o la que transcurre en la casa de la mejor amiga de éste, Charley, en la que se manifiesta que la amistad entre un hombre y una mujer sólo es posible desde la frustración sexual de una de las partes, me parecen sublimes.

En lo que se refiere al envoltorio de la película, Tom Ford no decepciona, pues la estética es impecable: para empezar, su ropa, que es la que luce el protagonista desde el primer fotograma en el que aparece, posee una elegancia que uno, que no es un entendido en cuestiones indumentarias, sólo ha encontrado en Giorgio Armani. En los aspectos puramente cinematográficos, Ford consigue que el cineasta no quede a la zaga del diseñador, pues la fotografía, la composición de los planos y los decorados hacen gala de una distinción difícil de ver. Un hombre soltero es un ejercicio de buen gusto, en el que cada plano parece haber sido objeto de un estudio minucioso y cada movimiento de cámara busca, a veces hasta lo exagerado, la perfección estética. A Tom Ford parece escapársele la alegría de la nota disonante, pero no se le puede negar la fidelidad a sus principios.

Dicho lo anterior, hay que hacer constar que, de todas las decisiones que tomó Tom Ford respecto a esta película, la mejor de todas fue escoger a Colin Firth como protagonista. Gran actor, gran personaje, interpretación fuera de serie, ante la que sólo cabe levantarse y aplaudir. No menos parabienes merece Julianne Moore, actriz superlativa, capaz de que la actuación de Firth aún gane enteros en la memorable escena que ambos comparten. Matthew Goode, como de costumbre, está a buen nivel, la interpretación del joven Nicholas Hoult no me parece nada del otro mundo, y al modelo español Jon Kortajarena no le ha llamado Dios por el camino de la actuación.

Drama sensible, en el mejor sentido del término, de una perfección estética que puede llegar a apabullar, Un hombre soltero es un muy buen debut cinematográfico para un tipo tocado por el talento.

EN LA VÍA LÁCTEA

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ON THE MILKY ROAD. 2016. 125´. Color.

Dirección: Emir Kusturica; Guión: Emir Kusturica; Dirección de fotografía: Martin Sec y Goran Volarevic;  Montaje: Svetolik Zajc; Dirección artística: Nevena Mijuskovic; sicaStribor Kusturica; Diseño de producción: Goran Joksimovic; Producción: Lukas Akoskin, Paula Vaccaro y Álex García, para Pinball London-BN Films (Serbia-Reino Unido).

Intérpretes: Monica Bellucci (La novia); Emir Kusturica (Kosta); Sloboda Micalovic (Milena); Predrag Manojlovic (Zaga); Novak Bilbija (Pastor); Milojka Andric (Anciana); Vitomir Jofic (Vito); Aleksandar Sasa Saric (El Gordo); Sergej Trifunovic, Bajram Severdzan, Davor Janjic, Petar Mircevski, Ninoslav Culum, Milorad Ukropina, Elvedin Musanovic, Branislav Fistric, Tomislav Sokic, Marko Ukropina, Milorad Supic.

Sinopsis: En plena guerra de los Balcanes, un lechero se enamora de la mujer que ha llegado a su aldea para desposarse en un matrimonio concertado.

Tras casi una década sin dirigir un largometraje de ficción, Emir Kusturica estrenó En la Vía Láctea en el festival de Cannes, certamen en el que el director nacido en Sarajevo ha logrado sus mayores éxitos. No fue el caso de esta película, basada en un episodio rodado por el líder de la No Smoking Orchestra para un film colectivo, y recibida con comentarios poco favorecedores por la crítica, que vio en ella un pálido reflejo de las mejores obras de Kusturica y condenó al film a una irrelevancia que, desde luego, no merece.

Emir Kusturica es uno de esos cineastas con un estilo único, que en el fondo siempre hacen la misma película. Su obra nunca ha dejado de generar controversias, en especial por su lectura política, pero antes que nada hay que hacer constar que estamos ante un personaje muy talentoso, que ha dirigido obras que deben pasar y pasarán a la posteridad. Quizá En la Vía Láctea no sea una de ellas, pero de ahí a desdeñarla hay mucho trecho, porque esta película contiene momentos de gran brillantez, que demuestran que Kusturica puede estar algo oxidado, pero retiene esa excéntrica genialidad tan suya. El director serbio nos cuenta la historia de Kosta, el lechero de una zona rural ubicada en la República Srpska. Músico y amigo de los animales salvajes, Kosta lleva su mercancía a través del frente en plena guerra de los Balcanes, y es amado por la un tanto desquiciada belleza local, Milena. La madre de ésta ha concertado un matrimonio de conveniencia entre su hijo, un héroe de guerra, y una mujer medio italiana que huye de un desdichado matrimonio con un oficial británico. Cuando Kosta y la recién llegada se conocen, la atracción mutua es instantánea, pero él va a casarse con Milena, ella con su hermano, la guerra parece eterna y, cuando deja de serlo y se firman los acuerdos de paz, aparecen los esbirros del militar inglés dispuestos a capturar a la esposa fugada sin reparar en medios.

Kusturica es tan sutil como la imagen con la que se inicia la película, la de unos patos bañándose en la sangre de un cerdo al que acaban de sacrificar. La crítica a la mayor cagada geopolítica de Occidente entre los años 50 y la guerra de Irak, que no es otra que la decisiva contribución a la partición de Yugoslavia, es feroz, y a veces panfletaria, pero, al margen de unos efectos especiales de medio pelo que no hacen mucho más que dar carnaza a quienes ya venían predispuestos a cargarse la película por su incómodo mensaje político, la verdad es que la vestimenta cinematográfica de la trama es excelente. El estilo barroco, excesivo, surrealista y onírico de Kusturica (que antes de nada nos avisa, mediante un rótulo, de que su film se basa en tres historias reales y muchas fantasías) brilla como en sus mejores tiempos, creando algunas imágenes mágicas y, sobre todo en la primera parte de la película, volviendo a ese humor básico y a esa brutal y festiva alegría de vivir que son dos de sus grandes marcas de fábrica. Luego, la película se hace más agria, y el final, pese a su indudable carga poética y belleza visual, no me convence del todo, pero, incluso en una obra irregular y a veces caótica, Kusturica puede llegar muy arriba como cineasta. Toda la escena de la fiesta anterior a las dos bodas que jamás llegan a celebrarse merece un diez, por poner un ejemplo. En cambio, la frenética huida de Kosta y su amada se acaba dilatando en exceso.

La música, otro elemento primordial en la obra de Emir Kusturica, corre esta vez a cargo de Stribor, hijo del director, y posee el encanto de siempre, pues la etílica alegría de los personajes interpretando a coro canciones populares serbias es contagiosa, y el acompañamiento a la acción funciona. Por su barroquismo visual, por su capacidad para crear imágenes cargadas de simbolismo y por su tino a la hora de combinar realidad y magia, Kusturica vuelve a dejar claro que es uno de los pocos cineastas que, sin llegar a tan altas cotas, sí puede considerarse heredero de algunas de las mejores virtudes de Federico Fellini.

Emir Kusturica no es el mejor actor del mundo, pero el hecho de interpretar a un personaje que le es muy próximo en muchos aspectos ayuda a que su interpretación sea más conseguida. No obstante, el vértice sobre el que gira el film a nivel actoral es sin duda Monica Bellucci, que consigue aquí una de las mejores interpretaciones de su carrera al servicio de un personaje que lucha y sufre, que ama y huye rayando siempre a muy buen nivel y demostrando que la italiana es más que una belleza única. Nota alta también para Sloboda Micalovic, salvaje y vital, y para uno de los rostros más habituales en el cine de Kusturica, el de Predrag Miki Manojlovic. Como es norma de la casa, aparecen secundarios impagables, personajes que sólo pueden surgir de la mente de este director, como el piloto del helicóptero, el camarero o la anciana. Por no hablar de lo bien que actúan los muchísimos animales que intervienen en la película, y hasta el gigantesco y malvado reloj austro-húngaro…

Excelente primera parte, desarrollo con altibajos y epílogo discutible: esto es En la Vía Láctea, notable film al que no me atrevo a calificar de menor porque, si hablamos de Emir Kusturica, semejante calificativo no puede ser menos propio.

SÉPTIMO DE CABALLERÍA

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7TH CAVALRY. 1956. 75´. Color.

Dirección: Joseph H. Lewis; Guión: Peter Packer, basado en una historia de Glendon H. Swarthout; Director de fotografía: Ray Rennahan;  Montaje: Gene Havlick; Música: Mischa Bakaleinikoff; Dirección artística: George Brooks; Producción: Harry Joe Brown, para Scott/Brown Productions-Columbia Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Randolph Scott (Capitán Tom Benson); Barbara Hale (Martha Kellogg); Jay C. Flippen (Sargento Bates); Frank Faylen (Sargento Kruger); Jeanette Nolan (Charlotte Reynolds); Leo Gordon (Vogel); Denver Pyle (Dixon); Russell Hicks (Coronel Kellogg); Harry Carey Jr., Michael Pate, Donald Curtis, Frank Wilcox.

Sinopsis: Un capitán del ejército estadounidense debe responder a la acusación de cobardía por haberse ido de permiso en vísperas de la batalla de Little Big Horn.

Aunque las mejores películas de Joseph H. Lewis pertenecen al género negro, lo cierto es que este prolífico director filmó numerosos westerns, si bien ninguno de los cuales alcanzó el reconocimiento, muy merecido por otra parte, que sí obtuvieron obras como El demonio de las armas o Agente especial. Séptimo de caballería es una de esas películas sobre las que Randolph Scott cimentó su prestigio, aunque no figura entre las mejores que este actor protagonizó.

Hablamos de un film del Oeste típico de su época, que carece de elementos que le distingan del grueso de producciones del género que en aquellos años llenaban las pantallas cinematográficas del todo el mundo. La historia gira alrededor de Benson, un oficial del Ejército, hombre de confianza del general Custer, que es acusado de cobardía por no haber participado en la mayor derrota de los soldados yanquis frente a los indios, la batalla de Little Big Horn, presuntamente por haber recibido un permiso personal del general para ausentarse unos días e ir en busca de su amada, hija de un coronel por más señas. Para demostrar su valentía, Benson se presenta voluntario para liderar una misión poco menos que suicida: recuperar los cadáveres de Custer y el resto de oficiales caídos en la batalla, en un lugar ya dominado de nuevo por los indios, que lo consideran territorio sagrado.

Séptimo de caballería es una película que cualquier cinéfilo ha visto muchas veces, y se revela inferior a la gran mayoría de films protagonizados por Randolph Scott que contaron con Budd Boetticher como director. Todo es muy correcto, pero nada más, hasta la pirueta final, por la que Benson y sus hombres salen ilesos de una incursión en territorio indio que tenía todos los números para convertirse en una carnicería. Aquí, pasamos del tópico al absurdo, factor que lastra una película de la que, hasta entonces, había que destacar el vigor y la concisión de su puesta en escena, en la que nada era especialmente distinguido, pero todo estaba bien hecho y era capaz de entretener.

Nunca he sido un gran fan de Randolph Scott, que aquí vuelve a encarnar al tipo hierático y valeroso que fue el sello distintivo de su carrera, sin especiales virtudes y defecto a añadir a los habituales. El papel de Barbara Hale, buea actriz, no puede ser más tópico, y ella se limita a cumplir. Quizá el mejor del elenco sea el veterano, y eterno secundario del western, Jay C. Flippen, Jeanette Nolan sólo puede lucir su talento en una escena, y del resto del reparto me quedo como uno de los soldados pendencieros y traidores que se rebelan contra Benson.

Por resumir, un rutinario western que no figura entre los mejores rodados por sus principales artífices. Se deja ver, simplemente, y el final no ayuda a ensalzar el producto, sino más bien al contrario.

CARS 2

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CARS 2. 2011. 105´. Color.

Dirección: John Lasseter y Brad Lewis; Guión: Ben Queen, basado en la historia de Dan Fogelman, John Lasseter y Brad Lewis; Dirección de fotografía: Jeremy Lasky; Montaje: Stephen Schaffer; Música: Michael Giacchino; Diseño de producción: Harley Jessup; Producción: Denise Ream, para Pixar Studios-Walt Disney Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Larry the Cable Guy (Voz de Mate); Owen Wilson (Voz de Rayo McQueen); Bonnie Hunt (Voz de Sally); Michael Caine (Voz de Finn McMissile); Emily Mortimer (Voz de Holley Shiftwell); Eddie Izzard (Voz de Sir Miles Axelrod); John Turturro (Voz de Francesco Bernoulli); Joe Mantegna (Voz de Grem); Thomas Kretschmann (Voz del Profesor Z); Peter Jacobson (Voz de Acer); Franco Nero (Voz del Tío Topolino); Brent Musburger, Darrell Waltrip, Tony Shalhoub, Michel Michelis, Jason Isaacs, Bruce CampbelL, Jenifer Lewis, Teresa Gallagher, Guido Quaroni, Vanessa Redgrave, Cheech Marin, John Ratzenberger, Lewis Hamilton, Fernando Alonso, Sebastian Vettel (Otras voces).

Sinopsis: Mientras Rayo McQueen se disputa con un fanfarrón piloto italiano un prestigioso trofeo cuyo objetivo es promocionar un nuevo combustible no fósil, Mate se ve envuelto en una trama de espionaje.

Un lustro fue lo que tardó Pixar en seguir rentabilizando el éxito de Cars con una secuela. Com0 suele suceder en las franquicias cinematográficas, la segunda parte no acabó de igualar las virtudes de la primera, pero amplificó sus defectos, si bien su éxito comercial fue considerable.

La principal novedad que encontramos en Cars 2 es que el protagonismo se traslada al mejor amigo de Rayo McQueen, Mate, el viejo camión-grúa de Radiador Springs que pone toda su bondad y escasez de entendederas al servicio de una trama bondiana en la que se ve involucrado a causa de una confusión. El enfrentamiento entre Rayo McQueen y el sobradito piloto italiano Francesco Bernoulli parece no interesar demasiado ni a los responsables de la película, que sólo lo aprovechan para introducir un puñado de espectaculares escenas automovilísticas y algunos chistes de gracia dispar. Todo gira alrededor de una pareja de intrépidos espías británicos que, en su intento por desenmascarar una trama criminal de altos vuelos, confunden a Mate con el agente estadounidense con el que deben contactar y acaban compartiendo con él un buen número de arriesgadas aventuras.

Película frenética desde su mismo comienzo, que narra la espectacular huida portuaria del espía inglés Finn McMissile, Cars 2 es tan virtuosamente prodigiosa en lo técnico como su predecesora, aunque en su contra juega el hecho de que ya se ha perdido el factor sorpresa: la película impresiona por su maestría técnica, pero aporta escasas novedades respecto a la primera parte. Cars no era precisamente uno de los mejores logros narrativos de Pixar, y su secuela nos muestra un guión endeble, en el que las escenas y los diálogos están por debajo del puro espectáculo visual que es la película. En los escasos momentos en los que no todo es adrenalina y acción a raudales, las carencias del guión se hacen evidentes, pues está muy bien la defensa de las energías alternativas, o la denuncia de las siniestras actividades de las grandes corporaciones petrolíferas, pero todo sería mucho mejor con un libreto que no pareciera escrito con el piloto automático, en el que no es sencillo encontrar situaciones o diálogos de esos que tanto abundan en las obras mayores de Pixar. Esta vez, la exuberancia visual supera en mucho a la calidad narrativa, y ni siquiera la música pasa de correcta. Hay de nuevo un número importante de guiños cinéfilos, algunos incluso autorreferenciales, pero se echa en falta algo más de inspiración.

En lo que sí se vuelve a acertar es en la elección de los intérpretes que ponen voz a los distintos personajes de la trama. En primer lugar, brilla la presencia de Michael Caine como Finn McMissile, ese espía británico que es puro Bond. El veterano actor londinense es, una vez más, de lo mejor de la película. Tampoco se quedan cortos Emily Mortimer, como la intrépida agente Shiftwell, o John Turturro en el papel de un piloto italiano que viene a ser como un Cristiano Ronaldo en versión Ferrari. De los actores que repiten, hay que mencionar que Larry the Cable Guy lleva muy bien el aumento del protagonismo de Mate, y que Owen Wilson cumple con buena nota como Rayo McQueen. No está de más mencionar la labor de otro actor de alto nivel como Joe Mantegna, o las breves intervenciones de la gran Vanessa Redgrave, o de Franco Nero.

En definitiva, un gran espectáculo algo hueco, que no deja de ser un Pixar menor, que a buen seguro satisfará al público infantil, pero no tanto al adulto.

CUÁL ES NUESTRO SITIO

He aquí una frase de Francis Bacon en la que cabemos todos los seres humanos, ya sea a ratos, o siempre:

“QUIEN NO QUIERE PENSAR ES UN FANÁTICO; QUIEN NO PUEDE PENSAR ES UN IDIOTA; QUIEN NO SE ATREVE A PENSAR ES UN COBARDE”.

ROJOS

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REDS. 1981. 194´. Color.

Dirección: Warren Beatty; Guión: Trevor Griffiths y Warren Beatty; Dirección de fotografía: Vittorio Storaro;  Montaje: Dede Allen y Craig McKay; Dirección artística: Simon Holland; sica: Stephen Sondheim y Dave Grusin; Diseño de producción: Richard Sylbert; Producción: Warren Beatty, para JRS Productions- Paramount Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Warren Beatty (John Reed); Diane Keaton (Louise Bryant); Jack Nicholson (Eugene O´Neill); Maureen Stapleton (Emma Goldman); Edward Herrmann (Max Eastman); Paul Sorvino (Louis Fraina); Jerzy Kosinski (Zinóviev); Gene Hackman (Pete Van Wherry); Joseph Buloff (Joe Volski); Jan Triska (Radek); Josef Sommer, Nicolas Coster, M. Emmett Walsh, George Plimpton, William Daniels, Roger Sloman, Jerry Hardin, Shane Rimmer, Jack Kehoe, R.G. Armstrong, Oleg Kerensky, Roger Baldwin, Henry Miller, Adela Rogers St. Johns, Dora Russell, Scott Nearing, Isaac Don Levine, Rebecca West, Arne Swabeck, Art Shields, George Jessel, Jessica Smith, Adele Gutman Nathan, Emmanuel Herbert.

Sinopsis: Biografía de John Reed, periodista estadounidense que vivió desde la primera línea la Revolución rusa de 1917.

El primer largometraje dirigido en solitario por Warren Beatty, Rojos, supuso el mayor éxito de su carrera detrás de las cámaras. La biografía de John Reed, el periodista que explicó al mundo la Revolución rusa, fue un proyecto personal que Beatty logró levantar con no poco esfuerzo y que le supuso, entre otras cosas, ser nominado al Oscar en cuatro categorías diferentes. Rojos no obtuvo la estatuilla más preciada, la de mejor película, pero la estrella se llevó a su casa la de mejor director, y eso parecía augurar una venturosa carrera como director para Warren Beatty, pero la verdad es que ninguno de sus films posteriores se acercó a la misma altura.

Aunque la película no está exenta de licencias dramáticas, Rojos está concebida como un documental, que empieza y termina con declaraciones de personas que conocieron al auténtico John Reed y a quien fue su esposa, Louise Bryant. Estos testimonios aparecen también en diversos momentos clave de la película, a la que no puede negársele su vocación de autenticidad. Podría suscribir las típicas acusaciones que hablan del glamouroso playboy de Hollywood haciéndose el izquierdista, pero en general el enfoque de Beatty me parece bastante honesto, dentro de lo que cabe, y no le niego el valor de atreverse a explicar a sus compatriotas la vida de la figura más célebre del comunismo estadounidense, justo en el momento en el que un reaccionario actor, Ronald Reagan, acababa de acceder a la presidencia del país.  

La película, que se estructura en tres partes, muestra a un periodista de gran talento al que el periodismo le parecía poca cosa y aspiraba a hitos más trascendentes: John Reed fue, antes que nada, un idealista, alguien que quiso cambiar no sólo su propia realidad, sino la de todos los desfavorecidos. Como dice Henry Miller, uno de los testigos de la época que aparecen en el film, Reed se impuso a sí mismo una tarea en la que fracasó el mismo Jesucristo. Al principio, el protagonista no deja de ser un reportero de provincias que goza de cierto prestigio en Nueva York y que defiende con obstinación que su país no intervenga en la Primera Guerra Mundial. Su aspecto y sus ideas le llevan a conquistar a Louise Bryant, la esposa del dentista más acaudalado de Portland. Bryant fue una mujer de ideas muy avanzadas para su época, y lo dejó todo para seguir a Reed y buscar su sueño de convertirse en escritora. La historia de amor entre Reed y Bryant, y la relación de ambos con un círculo de intelectuales izquierdistas del Greenwich Village al que pertenecían figuras tan destacadas como Emma Goldman o Eugene O´Neill, ocupa la primera parte de la película, que contiene algunas de las escenas menos interesantes de todo el metraje. Beatty se toma excesivo tiempo en narrar la época de bailes y debates intelectuales de la pareja, aunque la cosa remonta cuando Louise empieza a mostrar el ahogo que le produce su insignificancia dentro del grupo, en contraste con el avasallador carisma de su pareja, hasta que, en una de las muchas ausencias de Reed, consagrado a divulgar la lucha obrera por todo el país, Bryant busca refugio en los brazos de O´Neill.

La segunda parte del film narra los dos grandes hechos históricos sobre los que éste gira: la entrada de los Estados Unidos en la guerra junto al bando aliado y, sobre todo, el estallido de la Revolución en Rusia. Reed comprende que se halla ante el gran acontecimiento histórico con el que llevaba muchos años soñando, y entiende que su misión es ir allí, ver lo que ocurre y explicárselo al mundo. Louise le acompaña, y ambos pudieron ver desde dentro cómo se coció la victoria bolchevique. Reed plasmó todo ello en la obra que le valió el acceso a la posteridad: Diez días que conmovieron al mundo.

El regreso de la pareja a los Estados Unidos vuelve a separarla: John entra de lleno en la política, con la intención de dirigir a las fuerzas que han de trasladar lo ocurrido en Rusia a los Estados Unidos, y Louise retrocede ante el creciente mesianismo que muestra su marido, causante de división entre la militancia. Reed decide volver a Rusia para obtener el aval de los bolcheviques para la facción que lidera, pero es detenido en Finlandia. Ante la falta de noticias, Louise decide partir en su búsqueda. Ambos descubrirán que los sueños y la realidad no son precisamente lo mismo.

En este tercio final del film, a Beatty le vence el narcisismo, pues se recrea demasiado en la agonía de Reed (y en la abnegación de Louise, ya convertida en una esposa tradicional) en un improvisado hospital ruso. Es mucho más interesante, sin duda, el contraste entre la revolución soñada y la realidad de la Rusia bolchevique, en la que pronto asomaron las deficiencias que, varias décadas después, causaron el hundimiento de lo que dio en llamarse socialismo real. Un contrasentido, en mi opinión, porque todo socialismo es, en esencia, utópico. Llama la atención que, siendo Reed un personaje famoso por su fuerza oratoria, las mejores frases de la película no las pronuncie él: éstas se reservan al discurso que le suelta Louise sobre las verdaderas razones de su regreso a Rusia, al diálogo que mantienen ella y Eugene O´Neill una vez Reed ha partido hacia Europa, y a las reflexiones de Emma Goldman respecto a las taras inherentes a toda revolución que intenta pasar de las palabras a los hechos, concretadas en el fenómeno soviético.

La forma de dirigir de Beatty es convincente, aunque no impresionante. Lo que sí impresiona es el trabajo en la iluminación de un Vittorio Storaro que, después de Apocalypse Now, volvió a acreditar ser un fuera de serie aficionado a los grandes desafíos. La música, cuya autoría comparten dos nombres tan célebres como lo de Stephen Sondheim y Dave Grusin, se basa en el ragtime y demás sonidos de la época, y no me llega a apasionar. El  montaje y el resto de apartados técnicos merecen una nota muy alta.

Warren Beatty podía ser un buen actor, pero nunca fue uno de los grandes, ni de lejos, y en esta película esto se hace patente. Su labor interpretativa es correcta y esforzada, pero palidece frente a la de buena parte de sus compañeros de reparto. No todo es culpa suya: el trabajo de su por entonces pareja, Diane Keaton, es espectacular: no concibo una Louise Bryant mejor, aunque al final se le vaya algo la mano con la lágrima. Jack Nicholson me da más la impresión de ser él mismo que Eugene O´Neill, pero su carisma y su talento son incuestionables. Maureen Stapleton incorpora a una Emma Goldman siempre creíble y Gene Hackman, como de costumbre, se come la pantalla en las pocas escenas en las que interviene. A un nivel más discreto, y en un terreno que no es el que más domina, tenemos a Jerzy Kosinski en el papel del líder bolchevique Zinóviev. Mucho mejor está Paul Sorvino en el rol de cabecilla comunista italo-americano, dentro de un reparto, que en conjunto, hace un trabajo de mérito.

Rojos no es una obra maestra, sobre todo porque le sobra metraje al principio y al final, pero sí es una muy buena película, la única de verdadero interés de las dirigidas por Warren Beatty.

 

STARSHIP TROOPERS: INVASIÓN

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STARSHIP TROOEPRS: INVASION. 2012. 87´. Color. 

Dirección: Shinji Aramaki; Guión: Flint Dille, basado en la novela de Robert A. Heinlein; Música: Tetsuya Takahashi; Diseño de producción: Daisuke Matsuda y Jack Tong; Producción: Joseph Chou, para Sola Digital Arts-Stage 6 Films (Japón).

Intérpretes: Sanae Kobayashi (Voz de Carmen Ibáñez); Takaya Kuroda (Voz de Johnny Rico); Shinshu Fuji (Voz de Hero); Aya Hirano (Voz de Trig); Hiroshi Yanaka (Voz de Carl Jenkins); Kenta Miyake (Voz de Ratzass); Mitsuaki Hoshino (Voz de Daugherty); Shinji Kawada (Voz de Bugspray); Junko Minagawa (Voz de Ice Blonde); Ryunosuke Hobayashi (Voz del Alto Mando).

Sinopsis: Las Brigadas del Espacio vuelven a la acción cuando deben tomar el control de una nave desaparecida.

 Starship troopers: Invasión es la tercera secuela de la película dirigida en 1997 por Paul Verhoeven, y el primer film de animación de la saga, que a tales efectos se trasladó a Japón. Shinji Aramaki, un especialista en el manga de ciencia-ficción, fue el encargado de dirigir la película, e hizo un trabajo bastante digno, aunque el film fue estrenado directamente en vídeo en los Estados Unidos y tampoco goza de un especial reconocimiento en el resto del mundo, más allá del que le profesan los seguidores de la saga.

He de decir que soy fan del film de Verhoeven (más que de la novela de Robert Heinlein, que escribió otras mejores), pero que no he visto ninguna de las secuelas que preceden a Starship troopers: Invasión, también escritas por Ed Neumeier. Por lo que sé, el film japonés las ignora a ambas, y está concebido como una continuación directa de la obra original, varios de cuyos protagonistas reaparecen en versión animada. La película de Aramaki se inicia, como no podía ser de otra manera, con una cruenta batalla entre las Brigadas del Espacio y los gigantescos insectos a los que se enfrentan en una lucha interplanetaria que parece no tener final. Son las escenas de batalla las que forman el eje central de la narración y las que concentran la atención del espectador, pero he de decir que el guión  de Flint Dille contiene algunas ideas interesantes que hacen que la película sea algo más que un rutinario producto de acción animada de bajo presupuesto: para empezar, tenemos a Carl Jenkins, el intelectual del grupo, transmutando de odioso listillo a mad doctor a la antigua usanza: en su afán por terminar la guerra espacial, a Jenkins no se le ocurre otra cosa que enviar a las Brigadas a una misión suicida (que, naturalmente, acaba haciendo honor a ese calificativo, y desemboca en la detención de Hero, uno de los soldados con mejor expediente de toda la Federación). No contento con eso, Carl secuestra la nave que comanda una vieja conocida, la capitana Carmen Ibáñez, con la intención de albergar allí a una reina de los insectos y dar con la clave para su exterminio. Sin embargo, la criatura resulta ser más lista de lo previsto, y ella y sus tropas toman el control de la nave, con lo que obligan a los miembros de las Brigadas a arriesgar una vez más sus vidas para recuperar lo perdido y evitar una catástrofe de fatales consecuencias para la humanidad.

Echo a faltar el sarcasmo con el que Paul Verhoeven describía a los terrícolas, seres uniformes, con mucho más músculo que cerebro y más valentía que sagacidad, pero al margen de esto, Starship troopers: Invasión me parece una secuela bastante digna. La idea de que la saga pasara a la animación me parece buena: de todas formas, sus personajes son apolíneos y planos, y esta clase de individuos suele ganar cuando la vemos dibujada; además, el formato contribuye a hacer que los efectos especiales, que son un elemento fundamental en esta clase de obras, se vean más conseguidos. Aramaki consigue crear un film que entretiene, y que gustará a los seguidores de la saga, y a todos los amantes de la ciencia-ficción que disfruten de, por ejemplo, la primera secuela de AlienStarship troopers: Invasión tiene ritmo, su historia es bastante menos plana que sus personajes principales (con la excepción del mencionado Jenkins, el único ser complejo que se sale del estereotipo del soldado heroico), y las escenas de transición entre batallas, que son sin duda más flojas, no estropean un conjunto, repito, más que digno.

EL ATAQUE DE LOS CLONES

Uno de los signos más inequívocos de que el rock and roll se nos ha hecho viejo es la proliferación de bandas-tributo, fenómeno que uno no alcanza a entender. La fiebre no se limita a grupos disueltos desde hace lustros, sino que se extiende incluso a formaciones que siguen vivitas, coleando y haciendo exitosas giras cada cierto tiempo. Servidor, que por razones de edad no ha podido asistir a conciertos de los Beatles, Jimi Hendrix o Led Zeppelin, ni ver actuar a las formaciones originales de Deep Purple, Queen, Pink Floyd o Supertramp, no es de conformarse con sucedáneos. Es más, me parece un mal síntoma, un ejercicio innecesario de nostalgia que demuestra que el público rockero es, en el fondo, muy conservador. Si se trata de disfrutar de esos grupos legendarios, tenemos sus discos, DVD´s y la ingente cantidad de material recuperado (conciertos en directo, actuaciones en televisión…) que podemos encontrar en plataformas como Youtube.  Si la cuestión es disfrutar de un buen concierto, sigue habiendo un buen puñado de bandas y solistas que, al menos en una gran ciudad, te los pueden ofrecer con cierta periodicidad. Es cuestión de tener curiosidad y acercarse a conocer a formaciones que no copan las listas de éxitos, ni aparecen en grandes festivales o programas de televisión, pero que hacen buena música original. También de abrir los oídos y comprobar que hay mucha vida musicalmente plena más allá del rock. Puede ser triste, pero sólo es posible un Freddie Mercury, un Bon Scott, un Jimi Hendrix, un John Bonham… como sólo hubo un Miles Davis, un John Coltrane y un Paco de Lucía, y a nadie en el jazz o el flamenco se le ocurre salir a un escenario disfrazado de ellos y ponerse a tocar sus canciones como un lorito bien adiestrado. Es absurdo pretender detener el tiempo, y los sucedáneos son la peor forma de recuperarlo. Prefiero disfrutar de los maestros que siguen en activo, de sus discípulos más aventajados y de los auténticos artistas que nos quedan.

UN MAL DÍA

Ayer, no sólo perdimos a uno de los estandartes del jazz latino, Jerry González, sino a un artista como la copa de un pino, último representante de una distinguida raza. Quede aquí mi pequeño homenaje.