EDUCACIÓN

Anda revuelto el patio educativo últimamente, entre los tijeretazos de Esperanza Aguirre y las sentencias e interlocutorias sobre el uso del castellano en las escuelas catalanas. Respecto al primer asunto, es evidente para quien no se niegue a verlo que echar a la calle a interinos, poner a los profesores titulares a impartir materias que no dominan y aumentar el número de alumnos por maestro no sólo es indecente, sino que supone, me temo, una excelente contribución al aumento del ya sobrecogedor número de zoquetes que nuestro sistema educativo provoca al año. Conste que a un servidor la idea de crear un bachillerato de excelencia le parecía bien en principio, pero en eso de educar a los pobres a la derecha siempre se le acaba viendo el plumero.

En cuanto al tema que ha vuelto a provocar uno de esos motines en falso a los que el catalanismo es tan dado, decir que servidor está orgulloso de hablar y escribir en lengua castellana y catalana (ojalá pudiera decir lo mismo con otros idiomas) y que por tanto opino que cualquier sistema educativo ha de garantizar que al término de la enseñanza obligatoria los alumnos dominen por igual (de mal, en muchos casos) ambas lenguas. Por eso creo que el castellano ha de tener menos protagonismo en la escuela que el catalán (por ser aquélla la lengua más hablada tanto en la mayoría de los núcleos de población más importantes de Catalunya, como también la más utilizada en el mundo audiovisual), pero tampoco ha de ser una asignatura más, con dos horas lectivas semanales, sino tener en la escuela una presencia más acorde con la que tiene fuera de ella. Estoy a favor de la inmersión lingüística, pese a muchos de los que la defienden, porque el catalán es la lengua propia de Catalunya y saber idiomas en enriquecedor para cualquiera, hecho entendido en todas partes menos en España. Eso sí, el catalán no es la única lengua de Catalunya, y quienes utilizamos prioritariamente el castellano por ser nuestra lengua materna no somos menos catalanes que nadie. Siempre he creído que en este país el tema lingüístico está sobredimensionado, seguramente porque es de los pocos campos en los que Catalunya realmente dispone de un rasgo diferencial respecto a España. No me encontrarán en el campo de los que sólo defienden un idioma, sea éste cual sea.

MÁS DYLAN

Con Bob Dylan sigue el juego. Podría citar muchas frases suyas, pero he elegido una perteneciente a un tema del año 2000, titulado Things have changed, por el que consiguió un Oscar a la mejor canción original:

“TODAS LAS VERDADES DEL MUNDO SUMAN UNA GRAN MENTIRA”.

TODA UNA VIDA

BOB DYLAN. LETRAS 1962-2001. Global Rhythm. 1.264 páginas

Ante todo, elogiar a la editorial por emprender la difícil tarea de recopilar y traducir (de manera excelente) las letras, muchas de ellas nada fáciles, que el trovador de Minnessota escribió en los primeros 39 años de su carrera. Las notas sobre cada tema son un alarde de documentación, y facilitan mucho al lector la tarea de comprender los en ocasiones crípticos textos de Dylan.

Pocas cosas pueden decirse de un personaje del que ya se ha dicho y escrito casi todo, de un hombre cuya irrupción en el mundo de la música popular supuso un antes y un después. Casi todas las canciones de Dylan más recordadas por el gran público pertenecen a la primera década de su carrera, la del estrellato de un tipo que, viniendo del folk y del blues más tradicionales, transformó las letras pop y las dotó de una profundidad inédita hasta su irrupción en el panorama musical, de un hombre a quien poco le importaba desafinar cuando cantaba, que copió a muchos y fue copiado (bastante mal, en la mayoría de los casos) por muchos más, de un individuo empeñado como pocos en destruir su propio mito. Ciertamente, de esa primera década son varias de las letras más destacables de Dylan, como Masters of war, A hard rain´s a-gonna fall, The times they are a-changin´, With God on our side, Chimes of freedom, Subterranean homesick Blues, Mr. Tambourine Man, Like a rolling stone (una de las mejores canciones del rock de todos los tiempos) o Desolation row, entre otras. Canciones muchas de ellas apasionadas, reivindicativas, con textos muy cuidados pero en los que lo que se dice es mucho más relevante que el cómo se dice.

El Dylan posterior tiene muchas caras. El apasionamiento y la reivindicación van dejando paso paulatinamente a un misticismo intimista y a textos más desesperanzados, y el cómo se dicen las cosas (tanto a nivel musical como literario) adquiere cada vez más importancia. Muchas letras dylanianas desde los años 70 en adelante son complicados ejercicios de estilo, rizando el rizo de la rima y estirando sus posibilidades al máximo por el puro placer de hacerlo. Más allá de joyas como Tangled up in blue, Hurricane o Changing of the guards, llaman la atención los textos de la etapa evangélica de Dylan, es decir, los de los discos Slow train coming y Saved. Aunque eso de abrazar la cruz esté en las antípodas de mi pensamiento, reconozco que algunas de esas letras son fantásticas, por ejemplo la de Gotta serve somebody. Dylan escribe con el fervor del converso, que pronto desaparece y da paso a un escepticismo desencantado, presente en Man of peace e hiperdesarrollado en Political world o Everything is broken. 

De los últimos años, destacaría casi por entero el disco Time out of mind, uno de los mejores de toda la carrera de Dylan. Letras como Not dark yet llegan a lugares donde muchos otros no podrían ni en sus mejores sueños, o en sus peores pesadillas.

De esta lectura me queda una visión completa de la trayectoria de un autor prolífico, cuya obra bebe tanto de los grandes escritores norteamericanos (de Mark Twain a Tennessee Williams, de Lewis Carroll a F. Scott Fitzgerald) como de los grandes maestros del folk y del blues, léase Woody Guthrie o Robert Johnson, que cita constantemente la Biblia, desde el principio de su carrera hasta hoy, y que ciertamente tiene textos prescindibles e incluso algunos en los que parece querer burlarse de sus propios idólatras, pero que ha dado textos clave a la música del último medio siglo. En mi opinión, el gran poeta/compositor de canciones se llama Leonard Cohen, pero Dylan ha dado mucho, y casi siempre bueno (a veces, genial). Y no se me olvida que él fue quien abrió el camino que el propio Cohen siguió. Altamente recomendable, tanto por la calidad de los textos como por la de la edición.

MIDNIGHT IN PARIS

MIDNIGHT IN PARIS. 2011. 93´. Color.

Dirección : Woody Allen; Guión: Woody Allen; Director de fotografía : Darius Khondji;  Montaje : Alisa Lapselter; Dirección artística: Anne Seibel; Música: Miscelánea. Temas de Cole Porter, Sidney Bechet, Stèphane Wrembel, Offenbach, etc. Producción: Letty Aaronson, Stephen Tenembaum y Jaume Roures, para Mediapro (España).

Intérpretes: Owen Wilson (Gil); Rachel McAdams (Inez);  Kurt Fuller (John); Mimi Kennedy  (Helen); Michael Sheen (Paul); Carla Bruni (Guía del museo); Adrien Brody (Salvador Dalí); Alison Pill (Zelda Fitzgerald); Corey Stoll (Ernest Hemingway); Kathy Bates (Gertrude Stein); Marion Cotillard (Adriana).

Sinopsis: Gil es un guionista de éxito en Hollywood, insatisfecho con su trabajo porque querría dedicarse a la literatura, que está a punto de casarse con Inez. Viaja con su prometida a París acompañando a los padres de ella, que están en viaje de negocios. Una vez allí, y al llegar la medianoche, Gil puede trasladarse a épocas pasadas y conocer a ilustres figuras del arte del siglo XX.

Debo decir que me resistía a ver Midnight in Paris porque las últimas películas que he visto de Woody Allen me parecieron bastante flojas. Sin embargo, la película fue del agrado de gente en cuyo criterio confío, así que he ido a verla. Pues bien, me resistía con razón, porque el film es decepcionante. Empezando por el principio, el primer minuto de postalitas parisinas sobra. Yendo más allá, la trama es poco ingeniosa, carente de chispa y previsible desde el principio; las apariciones en la pantalla de grandes glorias del arte como Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Picasso, Dalí o Buñuel (por citar sólo a algunos) están a medio camino entre el topicazo y la bufonada superficial, y a la película le ocurre casi siempre lo peor que le puede ocurrir a una comedia: no tiene gracia. Por otro lado, los personajes, a excepción del protagonista, son arquetípicos y planos, y me cuesta recordar otro film de Allen (director justamente famoso por lo contrario) en que las actuaciones sean tan pobres. En este punto salvo a Owen Wilson, actor por el que no tengo mucho aprecio pero que está más que correcto interpretando a Woody Allen, a la gran actriz Kathy Bates, y a Marion Cotillard. Del resto, poco que decir.

Cosas positivas: La selección musical es excelente. No se me ocurren muchas más, la verdad. Estoy de acuerdo en la opinión de Gil/Allen sobre el Tea Party, y también en que a esa América provinciana, garrula y reaccionaria (representada por los padres de Inez) es mejor cambiarla por  Europa. Que la visión del Viejo Continente de Allen sea tan naïf no tendría que ser un problema, pero esta circunstancia lastra todas y cada una de las películas que el neoyorquino ha rodado hasta la fecha fuera de su ciudad.En cuanto al Complejo de la Edad de Oro, sería un muy interesante tema de debate si el film no lo planteara de un modo tan simplista.

En resumen, un eslabón más en la decadencia de Woody Allen, que, a catorce años vista de su última gran obra (Desmontando a Harry) parece ya definitiva.

EL PRÍNCIPE EN BARCELONA

Muchas veces me he preguntado cómo eran las calles de mi ciudad antes de mi llegada al mundo. Sí, ya sé que hay documentales, libros y museos de historia para eso, y también he dedicado a ellos parte de mi tiempo, pero sin duda este documento histórico-musical del que aquí me hago eco ayuda a resolver muchos de mis interrogantes.

LA QUINTA

Nueva píldora, la número cinco en esta ocasión. Antes de leerla, dediquen un minuto a recordar a aquel compañero de clase que les amargó la existencia.

OLD FOLKS

Ayer tarde lucía el sol, no se veía una sola nube en el horizonte y, lo que es mejor, yo no tenía nada que hacer, aparte de hojear revistas en los quioscos de las Ramblas y comprar condones, pues por una vez la noche prometía y los que guardaba en casa eran de cuando La Ramona triunfaba en las fiestas patronales de toda España y parte de Andorra. Todo iba sobre ruedas hasta que mi extasiada contemplación del último número de Hustler se vio interrumpida por unos toquecitos en el hombro. Al girarme noté, no sin espanto, que la persona que ya empezaba a saludarme era Martí Trias, uno de esos individuos que podía conseguir que un día normal te pareciera maravilloso con sólo desaparecer de tu vista, un tipo que votaba a Convergència en las autonómicas y al PP en las generales, que tardó ocho años en sacarse la carrera y que fue capaz de cepillarse un par de veces (que se sepa) a la delegada de cuarto curso para conseguir que se cambiara una fecha de examen que no le convenía. Alguien, en fin, a quien colocar en un museo de cera junto a Pol Pot y al mamón que inventó la muñeca Barbie: alguien a quien siempre odié, y no por confundir a Van Morrison con Jim Morrison (Toni Morrison no corre peligro, Trias no lee), ni por decir que Some like it hot era “una peliculilla divertida”, que ya serían motivos suficientes para lapidarlo en mitad de la plaza de Catalunya, sino porque una tarde, en el bar de la facultad, llegó a insinuar que yo le pasaba los apuntes llenos de tachones y con una caligrafía del todo ininteligible con la intención de hacerle suspender cuantas más asignaturas mejor, cosa que por otra parte era absolutamente cierta y que cualquier otro hubiera dicho sin tapujos, pero él… él no era como Carlos, que siempre me pagaba la Voll Damm y el donut del desayuno cuando iba corto de pasta, ni como Vanesa, que había visto todas las películas de Stanley Kubrick y se entendía con los gatos mucho mejor que yo con las personas, ni como Sergio, que me suministró mis primeras dosis de Bill Evans y Miles Davis; él era un tipo de quien todos sospechábamos, no me pregunten por qué, que llegaría lejos.

Por suerte, desde que dejé la Facultad no sabía nada de él y ya apenas le recordaba. El problema era que en ese momento le tenía justo delante de mis narices.

–  ¿ Sabes?- me dijo al ver mi aspecto de desecho social- Dentro de unos meses entraré a trabajar en una oficina de la Generalitat que se dedica a la expropiación de fincas.

–  Siempre supe que lo tuyo era la obra social. Pagarán mucho, supongo.

–   Medio kilo al mes, y el que trabaja de verdad es el arquitecto. Nosotros, los asesores jurídicos, sólo nos encargamos del papeleo.

–  Eso me tranquiliza un poco.

–   ¿Y tú a que te dedicas?

–  No se lo digas a nadie – le susurré con mi mejor, o más bien única, sonrisa-. Formo parte de una organización terrorista que se dedica a colocar bombas en oficinas de la Generalitat. Bueno, he de irme. Pronto nos veremos.

MILES DAVIS, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Anoche me dejé caer por la sala Apolo para asistir a un concierto peculiar: el homenaje que una big band catalana y formada para la ocasión tributaba a Miles Davis con motivo del vigésimo aniversario de su fallecimiento. El director del tinglado era Joan Chamorro, y la presencia en la banda de músicos como Carles Benavent, Jordi Bonell o Llibert Fortuny acabó llevándome al Paralelo, lugar de fauna humana siempre interesante.

Mucho público, muchos músicos (algunos de ellos niños, lo que, más allá de su habilidad interpretativa, siempre garantiza la benevolencia del respetable) y un desafío enorme: resumir en menos de dos horas una trayectoria de cinco fecundas décadas, y no deslucir la música de uno de los mayores talentos artísticos del siglo XX. Se agradece la valentía, tan necesaria en la música y en la vida. El resultado, que escucharemos en forma de disco en el futuro, sólo podía ser irregular o desastroso, y se quedó en irregular. La elección del repertorio y su forma de enfocarlo era uno de los puntos fuertes, y en este aspecto hubo muchos altibajos, desde una potente versión de Tutu con un Carles Benavent excelente al bajo eléctrico, a una interpretación en clave groove de So what directamente desafortunada. A excepción de la mencionada Tutu y de una más que correcta lectura de Seven steps to heaven, el repertorio excluyó los últimos 30 años de carrera de Davis, y eso es mucho excluir. Por si esto fuera poco, eché de menos a un nombre clave en la carrera de Miles: Gil Evans. Resulta curioso que una big band no incluyera en el homenaje ninguno de los trabajos en los que el homenajeado grabó en compañía de… una big band. Y algunas de esas grabaciones están entre lo mejor de una carrera en la que abundan las cumbres. La parte buena en el aspecto interpretativo, además de las intervenciones de Benavent en los tres temas en que participó, se centró en los solos de Matthew Simon a la trompeta y fliscorno, de Jordi Bonell a la guitarra, y a la sólida y brillante actuación de Esteve Pi en la batería. A Llibert Fortuny, que tocó exclusivamente el saxo tenor, se le notó mucho más a gusto en los temas más modernos y bailables que en los clásicos, y a muchos de los jóvenes el desafío les vino directamente grande, aunque algunos de ellos, no cabe duda, pueden llegar a ser unos muy buenos jazzmen en el futuro. Y, aunque la voz de la joven Andrea Motis es agradable, tuvo demasiado protagonismo para el que tiene la voz humana en la música de Miles Davis. Aprobado, sin tirar cohetes.

Una de las joyas de Miles y Gil Evans:

So what. Miles, mejor acompañado que nunca (y ya es decir) en abril de 1959:

 

DECIR LAS VERDADES

Reproduzco un magnífico artículo firmado por el magistrado progresista José Antonio Martín Pallín y publicado en la edición de hoy del diario El País. Añado que, a excepción del comentario sobre Raimon, cantante que no me gusta en absoluto, suscribo cada palabra que en él se dice.

” Una Constitución democrática se asienta sobre un pilar básico: la soberanía reside en el pueblo y este se conforma por ciudadanos libres e iguales ante la ley. Lamentablemente, tenemos que acudir a estos elementales principios después de 32 años de vigencia de un texto salido de unos tiempos irrepetibles y, por ello, necesariamente mejorables para adaptarse a nuevas realidades.

Somos muchos los que, desde diferentes perspectivas ideológicas, pensamos que se debe acometer una reforma constitucional. Son varios los cambios necesarios exigidos por una nueva base social en continua y acelerada evolución. Ahora bien, nadie puede dudar de la necesidad de realizarla desde la más pura adaptación a las previsiones y principios inalterables de las reglas del juego democrático. Es decir, respetando escrupulosamente el camino que debe seguir una decisión como la que se nos propone que va más allá de un simple ajuste presupuestario. La Constitución de 1978 se aprobó por referéndum y cualquier modificación sustancial que afecte a derechos fundamentales debe seguir el mismo trámite.

Hay que ser un irresponsable político para mantener que la fijación por norma constitucional de un déficit presupuestario no afecta a derechos tan fundamentales como la salud, la educación y, en definitiva, el bienestar de los ciudadanos como meta irrenunciable en una sociedad soberana, equilibrada y libre de presiones externas intolerables. Mucho más inadmisible, cuando, según los dos líderes, que se han puesto de acuerdo en medio de un perenne estado de discordia, la reforma es necesaria para ganarse la confianza de los mercados. Que yo sepa, los mercados no tienen ni alma ni cuerpo, pero nos hemos dado cuenta de que los manejan unos delincuentes que, de momento, están siendo perseguidos infructuosamente en tribunales penales de diferentes países.

Según los expertos, la crisis viene de atrás y va para largo. En pleno verano y con las Cortes Generales de vacaciones, los líderes de los dos partidos políticos con mayor representación parlamentaria han decidido, de igual modo que ordenaron quién tenía que ser el presidente del Tribunal Supremo, que la receta milagrosa para crear empleo y generar confianza en los especuladores es importar la fórmula alemana que estableció en su Constitución un límite al déficit público. Desgraciadamente, no podemos trasplantar a nuestra cruda realidad la estructura económica de una sociedad líder en patentes y en tejido industrial y con una potencia exportadora inalcanzable para nuestra crónica deficiencia creativa.

Si me garantizan que copiando el texto alemán España va a convertirse en una potencia industrial no dudaría en dar mi aprobación. No creo que nadie tenga la osadía de sostener que el único camino para incorporamos a la investigación e innovación pasa por ponerle un corsé a los presupuestos del Estado.

La modificación se ha propuesto súbitamente, es decir, de forma alevosa en lenguaje jurídico y además va seguida de una catarata de amenazas oscuras, mezcladas con vaciedades, para atemorizar al ciudadano que contempla inerme cómo la crisis tiene una nueva cara cada día.

Ha llegado el momento de ejercitar nuestra dignidad y decir no. No al procedimiento, grosero en las formas y absolutamente inane en su contenido. Si no fuera por su intrínseca perversidad, pensaríamos que nuestros gobernantes se han abrazado a la tierna ingenuidad de nuestros constituyentes de 1812 que recordaron a sus conciudadanos que debían ser justos y benéficos.

Si se consuma lo que parece irremediable, me atrevería a suplicar a los autócratas que incluyan un pasaje en el que se recuerde a los gestores públicos que no deben ser derrochadores, populistas, irresponsables, vulgares y aprovechados. Quizá con estas admoniciones se conseguiría el ansiado, por algunos, déficit cero. Es decir, nada de nada, calor para unos pocos y frío para la inmensa mayoría.

¿Podrían explicarnos los sabios de turno cuál sería el papel del Tribunal Constitucional en el marco institucional del Estado? Si sigue siendo el supremo intérprete del texto constitucional tendrá en sus manos el dilema de interferirse de forma inevitable, incurriendo en un peligroso activismo judicial, en el gobierno económico de los ciudadanos.

Los que contemplamos indignados el espectáculo de la elección de sus magistrados empezamos a preocuparnos seriamente por el panorama que se nos avecina. No solo habrá bloqueos, propuestas disparatadas o puro filibusterismo, puede haber víctimas. La lucha por colocar a los adeptos será feroz. La muerte del Tribunal Constitucional será irreversible. Es posible que sea esta una de las metas que se persigue.

No nos pueden despojar impunemente de nuestra dignidad. La perderíamos si no nos opusiéramos, serena y firmemente, a esta iniciativa impuesta por unos gobernantes que han abjurado de sus responsabilidades con los ciudadanos que los han elegido.

Querido Raimon, nunca me imaginé que pasados los tiempos de la oposición a la dictadura me iba a salir del alma como un grito rebelde tu maravillosa e inolvidable consigna ¡Diguem No! ¿No habrá 35 diputados o 26 senadores capaces de velar por la dignidad institucional?

A nosotros, los ciudadanos, nos ha llegado el momento de movilizarnos para restituir a este país su dignidad perdida en el templo de los mercaderes. El referéndum no es de izquierdas ni de derechas, es una forma de expresarnos con libertad y proclamar nuestra dignidad”.

 

PATRIOTISMO

Al hilo de lo anterior, una conocida frase de Samuel Johnson que viene que ni pintada. La pena es que la pronunció en el siglo XVIII, y seguimos igual:

“EL PATRIOTISMO ES EL ÚLTIMO REFUGIO DE LOS MISERABLES”.

POLICÍAS, BOMBEROS Y LADRONES

El otro día hablaba de vergüenza ajena. Ése fue justamente el sentimiento que me invadió al ver, y sobre todo al oír, el vídeo en el que unos policías y bomberos españoles abucheaban e insultaban a sus colegas catalanes porque a éstos les dio por lucir una bandera independentista. Los hechos ocurrieron en Nueva York, durante los Juegos Mundiales de Policías y Bomberos, evento más bien ridículo que Barcelona organizó años atrás. Suerte que allá en la ciudad de los rascacielos tenían problemas más urgentes en forma de huracanes e imagino que pocos repararían en tan sonrojante espectáculo, que, más allá de si la culpa es del huevo, de la gallina o del cha cha cha, pagamos todos. Me pregunto, con la que está cayendo, por qué tenemos que sufragar un viajecito a las Américas para que separatistas y españolísimos machotes se luzcan en disciplinas tales como el aporreo a manifestantes, o intenten ganar la medalla de oro al mejor calendario en bolas, en vez de estar aquí apagando incendios y deteniendo delincuentes, que es lo suyo. Aprovechar además la estancia para dejarnos en ridículo a todos es puro recochineo. Ahora me queda más claro por qué este país es el paraíso de las mafias. No olviden que esos cuerpos de seguridad tan orgullosos de la combinación de los colores rojo y amarillo que lucen en sus respectivos uniformes están obligados a colaborar (y, visto lo visto, uno se imagina lo peor) en lo que a los demás realmente nos importa: que las organizaciones criminales sean perseguidas con éxito, y los incendios extinguidos con celeridad y eficacia. Lo demás sobra, y no está el patio para tonterías.