
DOÑANA: DONDE EL AGUA ES SAGRADA. 2025. 98´. Color.
Dirección: Carmen Rodríguez y Joaquín Gutiérrez Acha (Director de campo); Guión: Carmen Rodríguez. Texto de la narración escrito por Carlos de Hita; Dirección de fotografía: Joaquín Gutiérrez Acha; Montaje: Joaquín Gutiérrez Acha y Carmen Rodríguez; Música: Victoria de la Vega; Producción: José María Morales, Pablo Iraola, Miguel Morales y Pandora da Cunha Telles, para Azul Media-Bitis-Wanda Visión y Ukbar Filmes (España-Portugal).
Intérpretes: Odile Rodríguez de la Fuente (Narración).
Sinopsis: Retrato cinematográfico de Parque Nacional de Doñana, la mayor reserva ecológica de Europa, espacio donde confluyen más de trescientas especies de aves migratorias y sobreviven algunos de los animales más amenazados del planeta.
Aunque no soy quién para afirmar que también lo haya sido para sus protagonistas, desde fuera el tema de la autoría del documental Doñana: Donde el agua es sagrada, se antoja controvertido. Como directora y coguionista firma Carmen Rodríguez, debutante en ambas lides pero jefa de producción de algunos notables films sobre naturaleza rodados este siglo en España como Cantábrico: Los dominios del oso pardo y Dehesa: El bosque del lince ibérico, trabajos ambos dirigidos por Joaquín Gutiérrez Acha, máximo responsable también de la excelente Guadalquivir y que aquí figura como director de campo y camarógrafo. Es probable que el hecho de que las ayudas públicas en lo que al cine se refiere se incrementen si quien firma el proyecto es una mujer, rasgo propio de una época empeñada en reparar injusticias del pasado creando nuevos agravios, tenga algo que ver con ese reparto de papeles. Sea como fuere, la película, rodada durante treinta y un meses, es de una calidad altísima, y explora la belleza y fragilidad de un ecosistema único, marcado por la escasez de agua, el cambio climático y la presión humana.
Dividida en bloques temáticos, que a nivel interno funcionan a modo de capítulos, esta obra se inicia con Los viajeros, que habla de la multitud de especies de aves que emigran a Doñana como episodio imprescindible de su ciclo vital. Este segmento marca las constantes de la película: exhuberancia visual a la hora de mostrar un paisaje maravilloso, tono didáctico que logra evitar la condescencia hacia el público, aunque no siempre el propósito aleccionador, y un recordatorio constante de la fragilidad de toda la belleza que alberga Doñana. En este sentido, el documental construye una elegía luminosa sobre un territorio cuya supervivencia depende, literalmente, del agua. Imprescindible elemento, y cada vez más ausente debido a la influencia del hombre. Los artífices de la película centran su denuncia en el cultivo de la fresa, pero siendo este un elemento sin el que no se puede explicar los motivos por los que muchas veces escasea en Doñana ese agua que tanto se necesita, no es la única, pues habría que hablar de la presión urbanizadora, en buena medida consecuencia del turismo, y la continua sustracción de agua por parte de ciertos señores de mucho rango, no pocos de los cuales ni siquiera son de la tierra. Se trata, y se consigue mediante el arte, de advertir al espectador de que quizá dentro de unas décadas el paisaje que contemplamos solo pueda existir ya en imágenes de archivo. Sin estridencias ni alarmismos, sino a través de la reivindicación de la belleza. Mucha posee la banda sonora escrita por Victoria de la Vega, talentosa compositora que ya había colaborado con Rodríguez y Gutiérrez Acha en Dehesa: El bosque del lince ibérico. Su música ensalza unas imágenes de estética primorosa.
La cámara de Joaquín Gutiérrez Acha convierte las marismas, las dunas y los bosques de Doñana en un territorio casi mitológico. El documental posee momentos de una belleza abrumadora: aves atravesando cielos rojizos al amanecer, linces que emergen entre la maleza como apariciones, caballos avanzando entre la niebla, anfibios y crustáceos microscópicos, algunos pertenecientes a especies con millones de años de existencia, convertidos en criaturas fantásticas gracias a una fotografía paciente y minuciosa. Lo extraordinario es que ese despliegue visual nunca deriva en postal turística. Cada plano transmite la fragilidad de aquello que vemos. El paraíso aparece constantemente amenazado por la sequía, por el agotamiento del acuífero y por la intervención humana. Sin embargo, el hombre no es sólo presentado como un depredador sin escrúpulos, porque las imágenes de la romería del Rocío se presentan con mucho respeto, y en el segmento dedicado a los caballos mesteños, que como bien se recuerda en la película son los antecesores de los mustang que poblaron las praderas tantas veces vistas en el cine, el retrato de los equinos y sus jinetes posee la épica de un western, cámara lenta incluida.
La denuncia está ahí, de forma clara, pero integrada dentro del propio fluir de la vida natural. El filme entiende que la mejor manera de defender Doñana es hacer que el espectador se enamore de ella. Y lo consigue. Frente a tantos documentales contemporáneos dominados por la voz grandilocuente o por el didactismo televisivo, Carmen Rodríguez y Joaquín Gutiérrez Acha apuestan por la contemplación, por el ritmo lento de las estaciones y por un mensaje que parece escuchar antes que soltar proclamas. La voz de Odile Rodríguez de la Fuente, hija del hombre que cambió para bien la percepción de la naturaleza de todo un país, que da sonoridad a las palabras surgidas de la pluma y el cerebro de Carlos de Hita, aporta cercanía y continuidad histórica a una tradición divulgativa inevitablemente asociada a la memoria de su padre, pero evitando en todo momento caer en la imitación o la nostalgia fácil.
Hay además algo profundamente cinematográfico en la manera en que la película retrata el paso de la abundancia a la escasez. Durante largos tramos, el agua desaparece y el paisaje adquiere una dimensión casi fantasmal. Después llegan las lluvias y el territorio revive de manera milagrosa, como si el documental asistiera a una resurrección colectiva. Esa alternancia entre muerte y renacimiento termina convirtiéndose en el verdadero motor dramático de la obra. La película, pues, rehúye tanto el pesimismo absoluto como el optimismo ingenuo. Hay preocupación, pero también esperanza. Todo parece decirnos que aún estamos a tiempo de conservar ciertos lugares si aprendemos a mirarlos no como recursos explotables, sino como patrimonio emocional y biológico irremplazable. En tiempos de saturación digital y catástrofe permanente, contemplar durante noventa y ocho minutos la respiración secreta de un humedal puede convertirse, inesperadamente, en una experiencia casi espiritual, que proporciona paz y nos recuerda qué es lo que realmente vale la pena defender y conservar. Recordando obras precedentes, los creadores del film se refieren a una historia de éxito, la de la recuperación del lince ibérico, criatura tan icónica como bella que tan cerca estuvo de la extinción, como ejemplo a seguir en el futuro en la gestión, sin duda más compleja, del porvenir del Parque Nacional de Doñana y de esas marismas legendarias.
Doñana: Donde el agua es sagrada es, se mire por donde se mire, una gran película, por la estética y por la ética. De visionado imprescindible, a mi juicio.