
HARD TIMES. 1975. 91´. Color.
Dirección: Walter Hill; Guión: Bryan Gindoff, Bruce Henstell y Walter Hill, basado en un argumento de Bryan Gindoff y Bruce Henstell; Director de fotografía: Philip Lathrop; Montaje: Roger Spottiswoode; Música: Barry De Vorzon; Dirección artística: Trevor Williams; Producción: Lawrence Gordon, para Columbia Pictures (EE. UU.).
Intérpretes: Charles Bronson (Chaney); James Coburn (Speed); Jill Ireland (Lucy); Strother Martin (Poe); Maggie Blye (Gayleen Schoonover); Michael McGuire (Gandil); Felice Orlandi (Le Beau); Edward Walsh (Pettibon); Bruce Glover (Doty); Robert Tessier (Jim Henry); Nick Dimitri, Frank McRae, Fred Lerner, Maurice Kowalewski, Joan Kleven.
Sinopsis: Durante la Gran Depresión, un hombre se busca la vida participando en peleas clandestinas. Conoce a un promotor de poca monta y se asocian.
Walter Hill ya había firmado el guión de varias producciones de prestigio antes de lanzarse a la dirección de largometrajes, algo que hizo con El luchador, drama ambientado en la época de la Gran Depresión que narra la existencia de un hombre errante que se gana la vida con la fuerza de sus puños. Sin llegar a ser un gran éxito, la película fue bien acogida por crítica y espectadores, lo que contribuyó a afianzar la incipiente carrera de su director.
En los años 70, fue tendencia en Hollywood echar la vista atrás y fijarla en los años de entreguerras, lo que se tradujo en una cantidad ingente de proyectos ambientados en una etapa tan convulsa en lo político y social como fructífera en lo que al arte se refiere. En Norteamérica, los años que siguieron al crack bursátil de 1929, marcados por una crisis económica galopante, dejaron una huella profunda, y es precisamente en esa época en la que Walter Hill sitúa su ópera prima, cuyo protagonista lleva una existencia marcada por algo tan norteamericano como el nomadismo. Esta forma de vivir, retratada con amplitud por un género que Hill apreciaba especialmente, el western, tampoco fue nada excepcional cuando la escasez de recursos empujó a millones de personas a buscarse la vida yendo de un sitio a otro. Como en tantas películas del Oeste, nada sabemos del pasado del protagonista, Chaney, un hombre ya maduro que persigue su suerte colándose en trenes que le llevan de ciudad en ciudad. Un tipo solitario, de pocas palabras, que visita tugurios en los que se organicen peleas clandestinas para ganarse unos dólares. En uno de ellos, Chaney coincide con Speed, un buscavidas con ínfulas de promotor que ve en la fuerza de los puños del recién llegado a su particular gallina de los huevos de oro. Juntos, parten hacia Nueva Orleans, lugar en el que Speed, al margen de acumular deudas, se dedica a organizar combates. Chaney le dará la posibilidad de devolverle al más poderoso promotor local, Gandil, el dinero que le debe… y diversas humillaciones sufridas en el pasado.
En El luchador ya se hizo patente que Walter Hill tenía un excelente pulso para las escenas de acción, sin duda una de sus grandes fortalezas como cineasta. Las numerosas secuencias de lucha siguen la estela de clásicos boxísticos de décadas anteriores, como Marcado por el odio o Más dura será la caída: montaje sincopado, alternancia de planos largos y cortos y un modo seco de mostrar la violencia, con un afán realista que busca retratar, no recrearse ni esconder. Un punto a favor es que el film no flaquea, como acostumbra a suceder en tantos otros de sus características, cuando la acción se traslada más allá de los improvisados rings y debe centrarse en los personajes y los diálogos. Ahí tiene bastante que ver la presencia de Poe, un médico drogadicto que afirma ser descendiente lejano del famoso poeta y se une al peculiar dueto que forman Chaney y Speed. En cambio, el romance entre Chaney y Lucy se desarrolla de un modo bastante tópico, por mucho que esa relación, como sucede con el conjunto de la película, transmita un cierto aire fatalista. Los diálogos son concisos, pero no estúpidos, y la recreación de la Nueva Orleans de los años 30, realizada desde unos planteamientos austeros, se antoja convincente. Es interesante señalar que, aunque Chaney viva a su aire y odie las ataduras, sufre una evolución durante el metraje, al estar dispuesto a establecer con los distintos personajes unos vínculos emocionales que ni se adivinan respecto a los lugares y personas que ha dejado atrás. Al margen de adoptar un gato, con el que comparte el cuchitril en que vive, no coge otro tren y deja tirado a Speed cuando la vida de este se halla en serio peligro, sino que sale de su retiro y le socorre. En cambio, al darse cuenta de que lo que Lucy desea es confort y seguridad, no se esfuerza en retenerla.
La puesta en escena es sobria, pero cuidada, destacando el trabajo en la fotografía de Philip Lathrop, quien ya había brillado trabajando para Blake Edwards, así como en otras recreaciones de la época de la Gran Depresión como Danzad, danzad, malditos, y que saca mucho partido de la precaria iluminación típica de los garitos en los que se celebran las peleas clandestinas. El trabajo en la edición del luego director Roger Spottiswoode, un tipo que, como el propio Walter Hill, había trabajado a las órdenes de Sam Peckinpah, es magnífico, como puede apreciarse en las escenas de peleas, sobre todo en la final, en la que Chaney debe enfrentarse a un luchador invicto venido desde Chicago. La música, de Barry De Vorzon, recoge, junto a influencias country y folk asociadas a la época en la que se desarrolla la película, sonidos jazzísticos más vinculados a la ciudad de Nueva Orleans. Buen trabajo el suyo.
Charles Bronson era una estrella del cine de acción en los 70, marcado por un físico pétreo y un vigor envidiable, si tenemos en cuenta que cuando rodó esta película superaba los cincuenta años de edad. Por entonces, seguían a su alcance proyectos de cierto fuste, mucho antes de convertirse en el arquetipo del justiciero urbano, y creo que El luchador es una de sus mejores películas. El papel de Chaney estaba hecho a su medida, pues el protagonista es más expresivo con los puños que con las palabras o los gestos, y ese tipo de personajes eran los ideales para él. James Coburn, un gran actor, es quien lleva el peso del film en su vertiente más dramática, bordando un rol que tampoco le era ajeno, el de un pobre diablo que se da aires de tipo importante. La mejor interpretación en El luchador es la suya, sin duda. Jill Ireland, esposa de Bronson en la vida real, repite junto a él en la gran pantalla, aunque sus cualidades como actriz queden un tanto ensombrecidas en una película tan masculina y con el que posiblemente sea el personaje más tópico del guión. En cambio, Strother Martin, otro viejo conocido de Peckinpah, se muestra inspirado en la piel de un rol que se lo permite, el de un toxicómano que intenta mantenerse a flote. Entre los secundarios hallamos buenos intérpretes televisivos, como Michael McGuire, Felice Orlandi o Margaret Blye, que aportan solidez al conjunto, así como actores que imprimen mucha fuerza a las escenas de lucha, y en esta parcela se ha de destacar a Nick Dimitri y Robert Tessier.
Notable película, de un director que empezó en el cine con varios films de alto nivel a los que creo que se debe un mayor reconocimento. El luchador es una película hecha sin grandes pretensiones, pero en la que casi todos los elementos funcionan con enorme precisión.