
DEUX PERSONNES ÉCHANGEANT DE LA SALIVE. 2024. 38´. B/N.
Dirección: Natalie Musteata y Alexandre Singh; Guión: Natalie Musteata y Alexandre Singh; Dirección de fotografía: Alexandra de Saint Blanquat; Montaje: Hanna Park; Música: Bobak Lotfipour; Diseño de producción: Anna Brun; Diseño de vestuario: Rezvan Farsijani; Producción: Violeta Kreimer, Valentina Merli, Natalie Musteata, Alexandre Singh y Carol Cohen, para Misia Films-Preromanbritain (Francia-EE.UU.).
Intérpretes: Zar Amir Ebrahimi (Angine); Luàna Bajrami (Malaise); Aurélie Boquien (Pétulante); Nicolas Bouchaud (Chagrin); Mitchell Jean (Jérémiade); Mustapha Abourachid (Arnaque); Thibault de Lussy (Tuyaux); Lucile Jaillant (Carie); Vicky Krieps (Narradora).
Sinopsis: En una sociedad distópica en la que los besos están prohibidos bajo pena de muerte y las compras se pagan recibiendo bofetadas, Angine, una mujer infeliz y consumista, se siente atraída por Malaise, una joven dependienta.
La pareja personal y profesional que forman Natalie Musteata y Alexandre Singh pasó del anonimato, más allá de ciertos sectores específicos de la cultura francesa, a entrar por todo lo alto en el panorama cinematográfico internacional gracias a Dos personas intercambiando saliva, cortometraje en el que exponen un mundo futuro distópico, algo que a estas alturas ya es una redundancia, en el que los besos están prohibidos y, cuando alguien compra un producto, paga su precio en bofetadas, en lugar de con dinero. El film mezcla la sátira social con el drama lésbico, y hace uso de una premisa absurda para abordar hacia dónde nos dirigimos como sociedad en el ámbito de las relaciones humanas. El proyecto ya comenzó con buen pie, dado que las que a mi juicio son las dos mejores actrices de cine vivas, Isabelle Huppert y Julianne Moore, se involucraron en él asumiendo tareas de producción ejecutiva, y se coronó consiguiendo Óscar al mejor cortometraje de ficción de acción real. A eso se le llama llegar y besar el santo.
La película presenta un mundo en el que la violencia ha sustituido a la amabilidad y el afecto en la interacción social. Comprar un objeto comporta recibir un número de bofetadas acorde al valor del producto, mientras que los besos en público se consideran una transgresión intolerable, que se castiga con la muerte y que todos tratan de evitar a fuerza de rechazar cualquier asomo de higiene bucal. Angine, la mayor de las dos principales protagonistas, vive atrapada en una paradoja. Su afición compulsiva a las compras le ofrece un remedio momentáneo a su insatisfacción, pero el encuentro con Malaise, la joven dependienta recién llegada a los grandes almacenes de los que Angine es clienta VIP, despierta en ella el deseo, algo imposible de aceptar si además se tiene en cuenta que su marido es un prestigioso fabricante de las cajas en las que se encierra a los transgresores de la norma para que mueran dentro de ellas. La relación entre ambas mujeres constituye el núcleo de la narración, enmarcado en una atmósfera opresiva, en la que todas las personas, ya sean familiares, amigos o compañeros de trabajo, observan y juzgan a quienes tienen a su alrededor.
Uno de los mayores aciertos de Musteata y Singh es la coherencia con la que desarrollan esta inversión de la realidad. La película no explica el origen de las normas sociales que plantea: están ahí, todos las aceptan y quienes las transgreden y son descubiertos no viven para contarlo. Así, entre la denuncia y el humor negro, transcurre un film que se ve con interés, pero al que le cuesta ir más allá de su atractivo planteamiento.
El trabajo visual contribuye de manera decisiva a la construcción de ese universo absurdo. La fotografía en blanco y negro de Alexandra de Saint Blanquat, con una trayectoria en el cortometraje mucho más extensa que la de los codirectores, y la escenografía de Anna Brun dan forma a un entorno estilizado y artificioso, en el que los espacios comerciales y las relaciones entre las personas están concebidos para el control de los individuos. Los grandes almacenes no son sólo el escenario en el que se desarrolla buena parte de la acción, sino también una representación de una sociedad que ha convertido el consumo en una religión, y la satisfacción inmediata de los deseos en una necesidad perentoria. En ese contexto, la atracción entre Angine y Malaise, dos mujeres separadas por dos grandes muros, la edad y la clase social, introduce una ruptura que tiene el aroma de una amenaza, en primer término para ellas, pero también para la sociedad en su conjunto. La narración, además, se beneficia de su brevedad: los directores tienen la virtud de comprender que lo que plantean no da para un largometraje.
Zar Amir Ebrahimi, actriz iraní cuyos trabajos anteriores desconozco, aporta a Angine una mezcla de desamparo, distinción y deseo contenido que permite percibir la dimensión erótica de una historia construida sobre una premisa extravagante. Luàna Bajrami, a quien sí recuerdo por su aparición en dos films reseñados en este blog y que no juzgo como lo hace la mayoría, La última lección y Retrato de una mujer en llamas, ofrece el contrapunto necesario con un personaje cuya presencia despierta en la protagonista un deseo al que parecía ajena hasta conocerla. Aurélie Boquien, actriz de calidad, da vida a un personaje que simboliza a todos aquellos que están conformes con las normas en vigor, rasgo común al resto de roles secundarios. Vicky Krieps, que presta su voz a la narradora, completa lo más destacable del reparto con una intervención que contribuye a situar al espectador en la historia, aunque más de una vez lo que dice es redundante.
Dos personas intercambiando saliva es, en definitiva, una película singular y provocadora, que habla de la represión, el deseo y la soledad de un modo ingenioso, aunque falto de contexto e irregular en su desarrollo. He de decir, desde un plano del todo subjetivo, que tengo un problema con el mundo que plantea la película, y es que no lo veo tan distópico: en general, el contacto con los semejantes, y en especial la cercanía entre los individuos, a la larga da más problemas que beneficios, y lo de pagar los productos recibiendo bofetadas, aun aceptando eso que plantea el film de que el consumo desenfrenado es una forma de masoquismo, haría de lo más placentero el hecho de trabajar de cara al público. Servidor pagaría por hacerlo.