
SERGIO LEONE: L´ITALIANO CHE INVENTÒ L´AMERICA. 2022. 106´. Color.
Dirección: Francesco Zippel; Guión: Francesco Zippel; Dirección de fotografía: Marco Tomaselli y Luca Ciuti; Montaje: Michele Castelli y Christian Lombardi; Música: Rodrigo D’Erasmo; Producción: Raffaella Leone, Andrea Leone y Carlo Alberto Orecchia, para Leone Film Group-Sky Studios (Italia).
Intérpretes: Sergio Leone, Clint Eastwood, Martin Scorsese, Jennifer Connelly, Quentin Tarantino, Giuseppe Tornatore, Steven Spielberg, Frank Miller, Darren Aronofsky, Ennio Morricone, Damien Chazelle, Robert De Niro, Eli Wallach, Arnon Milchan, Jacques Audiard, Tsui Hark, Carlo Verdone, Dario Argento, Giuliano Montaldo, Christopher Frayling, Noel Simsolo, Raffaella Leone, Francesca Leone, Andrea Leone.
Sinopsis: Retrato del cineasta italiano Sergio Leone a través de materiales de archivo y testimonios de colaboradores, familiares y directores influidos por su obra.
Francesco Zippel es un artesano especializado en filmar biografías de cineastas importantes. En este contexto, y dados sus orígenes, parecía lógico que una de las paradas de su trayectoria fuese Sergio Leone, el máximo exponente, aunque no el creador, del western europeo, el de los paisajes españoles, el cinismo, los primeros planos y los duelos en los que el tiempo se detiene. La película fue presentada en Venecia dentro de la sección Venezia Classici y utiliza, entre otros elementos, imágenes procedentes de la Cineteca de Bolonia, incluyendo grabaciones poco habituales y documentos relacionados con los rodajes. Con este material, Zippel elabora un film que es, ante todo, una tentativa de explicar cómo un hombre que mamó cine desde la cuna, pero que no conocía directamente América, consiguió apropiarse del imaginario estadounidense de los pioneros y modificarlo a su criterio. Francesco Zippel consigue que casi siempre dicha tentativa sea exitosa, aunque por momentos le cueste alejarse del cliché de la sucesión de alabanzas de admiradores. Que, en el caso de Sergio Leone, son legión.
Leone fue mucho más que el director-símbolo del spaghetti western. «Ser el padre de ese género, significa serlo de un montón de hijos de puta», afirmó en una ocasión. El romano entendió como pocos que el cine americano era, por encima de todo, una mitología construida a través de imágenes que, en todo caso, podían ser una forma de la realidad, no la realidad misma. Su América surgió de su propio cerebro, como la épica del western es un producto de la creación de novelistas y cineastas, en especial de John Ford. Donde en este había mito, Leone optó por la suciedad; donde había héroes inmaculados, aparecen pistoleros y cazarrecompensas de moral ambigua, y donde había una narración convencional se opta por una puesta en escena en la que el tiempo, el espacio y el rostro lo eran casi todo, y las palabras eran casi lo de menos. Es aquí donde hallamos al hijo de uno de los grandes directores del período mudo en Italia.
Zippel estructura la película alrededor de los testimonios de una extraordinaria nómina de cineastas, actores, biógrafos e hijos del director, acompañados por abundante material de archivo, grabaciones y escenas de las películas de Leone. La mayoría de los personajes que aparecen en la película fueron colaboradores de Leone en algunos de sus proyectos, pero lo que dicen unos y otros posee mucho valor. En primer término, está Clint Eastwood, convertido en estrella internacional gracias a la trilogía del dólar del director; Martin Scorsese refleja la admiración de un cineasta mayúsculo hacia otro que supo aunar violencia y espectáculo de manera magistral; Quentin Tarantino habla con el entusiasmo del cinéfilo metido a director, en cuyo trabajo la influencia de Leone es palmaria; Spielberg, Aronofsky, Chazelle, Audiard o Tsui Hark permiten comprobar que el valor de Sergio Leone va más allá de su deconstrucción del Oeste. Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo modificaron para siempre el género, pero Hasta que llegó su hora fue su propia La conquista del Oeste (y superó a su referente); Agáchate, maldito abrió nuevos caminos en su carrera, y Érase una vez en América, su última película estrenada, traslada su visión de América al mundo del hampa para construir una obra maestra absoluta. Todo ello se aborda en profundidad en un film que sirve también como reivindicación de un director tantas veces menospreciado por la crítica, mucha de la cual no entendió lo que el público europeo captó a la primera: que en el cine de Leone se unían calidad y entretenimiento. El tiempo ha puesto las cosas en su sitio, aunque hay que señalar que, cuanto mejores fueron las películas del director romano, peor funcionaron en las taquillas. Más allá de eso, ahora todos reconocen el mérito de un artista que hizo cosas de enorme mérito con el montaje y la música.
Y aquí aparece Ennio Morricone, porque hablar de Leone sin hablar de Morricone sería como hablar de Hitchcock sin Bernard Herrmann. La película recuerda esa colaboración fundamental, muchas veces en las palabras del propio compositor, y permite comprobar nuevamente que en el cine de Leone imagen y música dejaron de funcionar como elementos independientes para unirse en una forma de hacer cine que tiene mucho de operística. Morricone no se limitaba a ilustrar las imágenes de Leone: en muchas ocasiones, él las creaba a partir de la música que le entregaba el maestro, algo entonces nunca visto en el cine.
Hay, como era de esperar, algo de hagiografía en Sergio Leone: El italiano que inventó América. Sería absurdo esperar otra cosa de una película construida desde la admiración hacia uno de los grandes cineastas italianos del siglo XX, y producida además por sus hijos. Lo importante, y esto hay que recalcarlo, es que el elogio está acompañado de argumentos. La película funciona mejor cuando analiza que cuando simplemente celebra, cuando permite que una secuencia, un plano o una declaración expliquen por qué Leone fue tan importante y no se limita a recordarnos esa archisabida conclusión. Francesco Zippel no descubre un Leone desconocido, pero sí consigue recordar algo que para ningún cinéfilo es baladí: que detrás del espectáculo, de los duelos, de los dólares, de los pistoleros y de las melodías de Morricone había un cineasta con una concepción extraordinariamente sofisticada de la imagen, del tiempo y de la violencia. Para quienes abominan de la apropiación cultural, que quede claro que Sergio Leone es la quintaesencia del término. Vean y disfruten de lo que construyó gracias a ella, porque eso incluye una de las mejores películas de todos los tiempos. Ah, y la anécdota de la voladura accidental del puente durante el rodaje de El bueno, el feo y el malo sigue siendo divertida, por mucho que uno la haya escuchado veinte veces.