
THE PRODUCERS. 1967. 88´. Color.
Dirección: Mel Brooks; Guión: Mel Brooks, basado en su obra teatral; Dirección de fotografía: Joseph F. Coffey; Montaje: Ralph Rosenblum; Música: John Morris; Diseño de producción: Charles Rosen; Producción: Sidney Glazier, para Embassy Pictures-Crossbow Productions-Springtime Priductions- U M Productions (EE.UU.).
Intérpretes: Zero Mostel (Max Bialystock); Gene Wilder (Leo Bloom); Kenneth Mars (Franz Liebkind); Dick Shawn (Lorenzo St. DuBois «L.S.D.»); Estelle Winwood (Hold Me Touch Me); Renée Taylor (Eva Braun); Christopher Hewett (Roger De Bris); Andreas Voutsinas (Carmen Ghia); Lee Meredith (Ulla); William Hickey, David Patch, Michael Davis, John Zoller, Madlyn Cates.
Sinopsis: Max Bialystock, un productor teatral en decadencia que sobrevive seduciendo a ancianas adineradas para financiar sus fracasos, conoce al tímido contable Leo Bloom y, entre ambos, poner en marcha un infalible plan pata hacerse millonarios: producir una obra de teatro que sea un fracaso absoluto para estafar a las inversoras.
A diferencia de la mayoría de cineastas noveles, cuando Mel Brooks debutó como director de largometrajes con Los Productores era cualquier cosa menos un joven inexperto, pues su puesta de largo como realizador venía avalada por una extensa trayectoria como guionista en televisión, coronada por ser el cocreador de la mítica serie Superagente 86. Aun así, el éxito de la ópera prima de Brooks sorprendió a propios y extraños: Los Productores obtuvo el Óscar al mejor guión original y definió para siempre el estilo irreverente del director, para quien cualquier tema es susceptible de ser analizado en clave de comedia.
Lo primero que llama la atención de Los Productores es la audacia de su punto de partida. La idea de convertir a Adolf Hitler en protagonista de un musical de Broadway resultaba, apenas dos décadas después del final de la Segunda Guerra Mundial, sencillamente escandalosa. Brooks comprendió que la mejor forma de combatir el mito del dictador era privarlo de toda solemnidad, tal y como, ya durante el conflicto, habían hecho Charles Chaplin y Ernst Lubitsch. En la más fiel tradición del humor judío, del que Mel Brooks es a la vez heredero y reformulador, Los Productores, en última instancia, es una denuncia en clave de sátira contra la banalización de la figura de Hitler, convertido en icono pop de la maldad. Fiel a su idiosincrasia, Brooks combate el incendio con gasolina, es decir, banalizando al personaje hasta el extremo.
El guión posee una estructura prodigiosa, que arranca con un fraude financiero tan absurdo como ingenioso: producir una obra teatral que sea un fracaso mayúsculo puede hacer ganar más dinero del que podría generar un éxito. Brooks desarrolla esta premisa con una lógica disparatada, en la que el productor venido a menos y estafador de ancianas (algo así como un Landru incruento) se alía con el neurótico contable, y esa unión sirve para ir encadenando situaciones cada vez más disparatadas sin perder nunca de vista la precisión narrativa del relato. La película demuestra que el mejor disparate es aquel que se toma completamente en serio. Es desternillante la queja al vacío de un Max Byalinstock superado por los acontecimientos: produces un musical sobre Hitler, basado en la obra de un nazi sin cerebro, escoges a un director vanidoso e incompetente, para interpretar al dictador no se te ocurre sino poner a un enajenado cantante de pop psicodélico… y la obra resultante triunfa, hecho que paradójicamente va a llevarte a la ruina.
La gran virtud del film reside en su capacidad para combinar la farsa más desatada con una construcción dramática muy sólida. El humor nace tanto de los diálogos como de la interacción entre los personajes, todos los cuales son arquetipos, movidos por un único rasgo llevado hasta el extremo. Max Bialystock es la codicia convertida en la droga más potente que pueda existir; Leo Bloom, la neurosis hecha ser humano; Franz Liebkind, el absurdo de todos los fanáticos, incapaces de ver el mundo real, sino la delirante representación que su cerebro ha construido; Roger De Bris convierte el divismo típico de las estrellas de las tablas en una parodia andante. Y todos ellos, unidos, conforman un paisaje deliciosamente caricaturesco. Los Productores se nutre de la tradición del vodevil, la screwball comedy y la sátira contemporánea. El ritmo frenético de entradas y salidas, los malentendidos y los personajes excéntricos remiten a la comedia clásica, mientras que el tono irreverente preludia un tipo de humor cáustico que precisa de mucho talento para no convertirse en una mero ejercicio de mal gusto. El principal defecto de la película es la tendencia a reiterar gags en su primera parte, en particular en lo que respecta a las habilidades de Bialystock como galán de ancianas.
Los Productores es una película de guión, pero en el aspecto visual, Brooks demuestra que sus años en televisión le habían dado unas nociones del ritmo y del manejo de la cámara que no sería justo desdeñar. En ocasiones, incluso la técnica llama la atención sobre sí misma, como en el plano cenital de los bailarines de la obra componiendo una perfecta esvástica. En general, la representación de Springtime for Hitler es un hito de la comedia, en el que lo narrado y el modo de presentarlo al espectador son pura simbiosis. El montaje de Ralph E. Winters resulta decisivo para que ese crescendo no pierda nunca precisión, pero es la música la que desempeña un papel esencial. John Morris compone una partitura que funciona simultáneamente como homenaje y parodia de Broadway. Y luego están las canciones de Brooks, que no deja títere con cabeza: nazis al margen, pocas veces se han parodiado de manera más precisa los excesos de la psicodelia sesentera como en ese número musical formidable que es Love power.
El reparto alcanza un nivel muy alto. Zero Mostel, de regreso a Hollywood tras un largo ostracismo a causa de su inclusión en las tristemente célebres listas negras del Comité de Actividades Antiamericanas, compone un Max Bialystock excesivo, histriónico y entrañablemente miserable, un codicioso superviviente que no interpreta cada fracaso como una oportunidad de enmendarse, sino como motor para urdir mejores planes para engañar al prójimo. Frente a él, Gene Wilder, que por primera vez explotó la vis cómica que a partir de entonces sería el fundamento de su carrera, ofrece una interpretación antológica basada en una forzada contención, que de manera puntual genera unos estallidos de ansiedad que son como el manual del neurótico. La química entre ambos engrandece la película. Kenneth Mars borda a Franz Liebkind, parodia de todos esos nazis incapaces de asumir la derrota que se integraron en la sociedad de los vencedores gracias a la Guerra Fría; Christopher Hewett y Andreas Voutsinas forman una pareja fantástica, que da pie a una serie de chistes sobre homosexuales que hoy escandalizarán a la sección más pijoprogre de la tribu, mientras que Dick Shawn borda su delirante encarnación del cantante-actor hippie Lorenzo St. DuBois. La veterana Estelle Winwood se luce en su rol de anciana engañada, y todo el plantel de secundarios cumple con nota alta al servicio de una trama muy bien urdida.
Los Productores continúa siendo una de las comedias más notables y osadas de la historia del cine, y en particular desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Si parte de su humor ha perdido vigencia, es más culpa de estos tiempos amargados que de su creador. Mel Brooks debutó con una película que desafiaba las convenciones y el buen gusto y, justo como esa obra que le sirve de coartada, acabó triunfando por todo lo alto.