![Battle Of The Sexes [Reino Unido] [DVD]: Amazon.es: Sellers, Peter, Morley, Robert, Cummings, Constance, Pleasence, Donald, Thesiger, Ernest, Crichton, Charles, Sellers, Peter, Morley, Robert: Películas y TV](https://m.media-amazon.com/images/I/51Bs9boPeIL._AC_UF894,1000_QL80_.jpg)
BATTLE OF THE SEXES. 1960. 82´. B/N.
Dirección: Charles Crichton; Guión: Monja Danischewsky, basado en el relato The catbird seats, de James Thurber; Dirección de fotografía: Freddie Francis; Montaje: Seth Holt; Música: Stanley Black; Dirección artística: Edward Carrick; Producción: Monja Danischewsky, para Prometheus Film Productions (Reino Unido).
Intérpretes: Peter Sellers (Mr. Martin); Robert Morley (Robert MacPherson); Constance Cummings (Angela Barrows); Jameson Clark (Andrew Darling); Ernest Thesiger (Mr. MacPherson, Sr.); Donald Pleasence (Irwin Hoffman); Moultrie Kelsall (Graham); Alex Mackenzie (Robertson); Roddy McMillan, Michael Goodliffe, James Gibson, Noel Howlett, Patricia Hayes.
Sinopsis: El heredero de una empresa textil en Escocia decide contratar a una ejecutiva estadounidense, experta en organización empresarial, para modernizar el negocio.
Durante la breve época transcurrida entre su paso por la Ealing y su larga carrera en la televisión, Charles Crichton dirigió una comedia que tenía mucho que ver con las rodadas para la mencionada productora, como Oro en barras o Los apuros de un pequeño tren. La batalla de los sexos, basada en un relato de James Thurber adaptado para la pantalla por Monja Danischewsky, colaborador de Crichton en otra de sus obras precedentes, La lotería del amor, es una película que posee todos los ingredientes de la comedia inglesa de la época: humor negro, personajes excéntricos, enfrentamiento entre tradición y modernidad, diálogos afilados y un punto de displicente misantropía. No alcanzó, sin embargo, el éxito de las mejores producciones de la Ealing ni, salvo momentos puntuales, su brillantez, aunque resulta un vehículo estimable para un Peter Sellers que por entonces ya empezaba a demostrar su tremendo talento cómico.
Uno, que es por lo general ajeno a los encantos de la voz en off, soltó varias carcajadas al escuchar la introducción de la película, que ilustra esa guerra que da título a la película en la sarcástica voz de Sam Wanamaker. En ese breve prólogo, hay tiempo para pitorrearse del feminismo, de los Estados Unidos y de Escocia, presentada como un reducto de resistencia contra la imparable ola antipatriarcal que llega de la otra orilla del Atlántico. El único lugar del mundo en el que son los hombres quienes llevan la falda más corta, en palabras del narrador. Mis felicitaciones, señores Thurber y Danischewsky. Después de ese preludio, es lícito pensar que la película sólo puede empeorar. Lo cierto es que lo hace, pero con dignidad.
La historia, de apariencia sencilla, tiene más que ver con la lucha entre dos diferentes formas del capitalismo que con la propia guerra de sexos que anuncia el título, y enfrenta al viejo mundo, representado por Mr. Martin, con la nueva mentalidad empresarial encarnada por Angela Barrows, una ejecutiva norteamericana que llega a Escocia dispuesta a poner orden en una empresa que, como el propio país, parece haberse quedado detenida varias décadas atrás. La tradición es el hombre británico; la modernidad, la mujer estadounidense. Semejante batalla, cada vez más cruenta, es tratada con esa mezcla de elegancia y mala leche que caracteriza a buena parte de la comedia británica.
Uno de los mayores aciertos de La batalla de los sexos consiste precisamente en que no necesita convertir a ninguno de sus personajes en un auténtico villano. Mr. Martin es un reaccionario, pero también un hombre que contempla cómo desaparece lentamente el mundo que conoce, y que tiene la virtud de no ser el típico papanatas que entiende que todo lo moderno es mejor sólo por el hecho de serlo; Angela Barrows representa la modernización, pero su entusiasmo por las nuevas técnicas empresariales tiene mucho de brutal y deshumanizador. La película se mueve así en un territorio mucho más interesante que el de una simple confrontación entre buenos y malos, u hombres y mujeres. El problema es que el guión, aunque ingenioso en muchos momentos y que contiene algunos diálogos fuera de serie, no consigue mantener siempre esa ambigüedad y termina recurriendo a algunas soluciones bastante previsibles, en especial en la conclusión.
Crichton dirige con la sobriedad característica de un cineasta que sabe que el material que maneja funciona mejor cuanto menos se nota la mano de quien dirige. No hay grandes alardes visuales, ni falta que hacen. El interés reside en los personajes, en los espacios de la vieja empresa, nobles pero anticuados y llenos de papeles, en los pequeños detalles de una sociedad que se resiste a adaptarse a los nuevos tiempos y, naturalmente, en los actores. La película conserva además ese peculiar aroma de las producciones de la Ealing, aunque ya sin la sensación de encontrarnos ante una obra tan libre y desinhibida como aquellas. Es una comedia de transición, realizada cuando aquel magnífico modelo comenzaba a pertenecer al pasado. Con todo, hay una lograda fotografía en blanco y negro de Freddie Francis, y una jocosa banda sonora compuesta por Stanley Black que, junto al aplicado trabajo de Crichton, libran a la película de la mediocridad en la puesta en escena.
Peter Sellers se apodera de la película luciendo esa facilidad insultante que tenía para encontrar el lado cómico de cualquier criatura. Su personaje, Mr. Martin, a la vez un modelo y su caricatura, permite al actor desplegar una colección de gestos, voces, miradas y pequeños movimientos que convierten cada aparición suya en una lección de comedia. Sellers todavía no había alcanzado la popularidad internacional que le proporcionaría La pantera rosa, pero ya era uno de esos actores capaces de transformar una película simplemente correcta en algo mucho más estimulante. Es fantástica la manera que tiene de mostrar la transformación de su personaje, imperturbable y abstemio, en la secuencia en la que visita a su antagonista con la intención de asesinarla, siguiendo el esquema que ha visto en el cine. Robert Morley, actor de gran presencia y una vis cómica poco explotada hasta entonces, viene a representar al hombre blandengue, que diría El Fary. Su corpulencia, su voz y esa capacidad tan británica para representar a personajes capaces de ponerse en ridículo sin perder la compostura amplifican la comicidad del film. Constance Cummings, actriz estadounidense establecida en Inglaterra, hace uno de sus mejores trabajos en el cine en la piel de Angela Barrows, ejemplo y parodia tanto de su sexo como de su país de nacimiento y su forma de entender (y extender) el capitalismo después de la Segunda Guerra Mundial. El plantel de secundarios es excelente, con intervenciones impagables de Jameson Clark como chófer dispuesto a plantear batalla, y de Ernest Thesiger como patriarca de la empresa.
No estamos, con todo, ante una de las grandes comedias británicas clásicas, pero sí ante un film entretenido, inteligente y, repito, con un prólogo sensacional. La batalla de los sexos conserva además el encanto de un cine británico que estaba a punto de desaparecer para dejar paso a una nueva generación de humoristas. Vista hoy, mantiene intacta una virtud actualmente en desuso: sabe reírse de la estupidez de los hombres sin olvidar que las mujeres también pueden cometerla. Su otra gran cualidad tiene nombre y apellido: Peter Sellers.