JOSÉ LUIS LÓPEZ VÁZQUEZ: ¡QUÉ DISPARATE! 2022. 98´. Color-B/N.
Dirección: Roberto J. Oltra; Guión: José Luis López Magerus y Roberto J. Oltra; Dirección de fotografía: Andrés Torres; Montaje: Carlota Fraguas Grande y África Muñoz López; Música: Juan Antonio Simarro; Producción: José Luis López Magerus y José Páez, para Fata Morgana Audiovisual-Atlantia Media Producciones-Enrique Cerezo P.C.-Estudio Multidesign (España).
Intérpretes: José Luis López Magerus, José Sacristán, Fernando Méndez-Leite, Pedro Olea, Ketty Magerus, Julia Gutiérrez Caba, Mónica Randall, Miguel Rellán, Antonio Resines, Javier Coronas, Luis Alegre, Camino López Aguilar, Cayetana López Aguilar, Julieta Serrano, Pepe Viyuela.
Sinopsis: Retrato de la vida y la trayectoria profesional de José Luis López Vázquez, uno de los actores fundamentales de la historia del cine español.
Más conocido en el panorama cinematográfico por su faceta de guionista, y por el mundo en general por su breve pero fructífera etapa como batería de Burning, Roberto J. Oltra se alió, coincidiendo con el centenario del nacimiento de José Luis López Vázquez, con el primogénito del actor para la realización de un documental sobre su figura. El resultado es una obra pulcra, bienintencionada pero superficial, que deja muchas cosas por explicar respecto al mejor actor, en cuanto a variedad de registros y talento innato, que ha dado el cine español en toda su historia.
El esquema es el clásico en este tipo de películas: reconstruir la vida de López Vázquez mediante testimonios de familiares, amigos, compañeros de profesión y admiradores, acompañándolos de abundante material de archivo y de fragmentos de sus películas, que fueron más de doscientas cincuenta en total, al margen de las numerosas apariciones en teatro y televisión de este adicto al trabajo. La dificultad radica en encontrar un criterio que permita analizar semejante trayectoria sin convertir la película en una simple sucesión de títulos, anécdotas y declaraciones. El reto se supera de forma desigual.
Hablar de José Luis López Vázquez es hablar del cine español, porque fue uno de los rostros icónicos de la comedia popular, pero también estuvo asociado a algunos de los autores más talentosos que ha dado nuestro cine. Hablamos del actor que mejor supo mostrar al español de ciudad, angustiado por el dinero y la posición social, reprimido, triste y gracioso a la vez, entrañable y con mala leche. En el cine, hizo de todo, y todo bien, incluso en películas infumables que ni de lejos estaban a la altura de su talento. López Vázquez fue un niño abandonado por su padre que pasó hambre en la posguerra y vivió siempre obsesionado con no volver a pasarla, lo que provocaba que aceptara cualquier papel que le ofrecieran. Esta circunstancia, que el film analiza en profundidad, es capital para entender al personaje, que, al contrario que el actor, era muy tímido y con escasas dotes para las relaciones sociales, algo que repercutió en una vida familiar muchas veces infeliz, un hecho que sintonizaba con muchos de los personajes que le tocó interpretar, y con la realidad misma. Esta paradoja está presente en la película, pero se profundiza en ella menos de lo necesario, quizá por respeto mal entendido.
José Luis López Magerus es quien ejerce de maestro de ceremonias, en compañía de José Sacristán, cuyos testimonios son de mucho valor. Otros, meramente laudatorios, no hacen más que subrayar lo obvio: que López Vázquez era un actor de primer nivel, a cuyo lado era más recomendable aprender que intentar competir. Es interesante ver cómo Sacristán se muerde la lengua al hablar de Gracita Morales, con quien el biografiado formó la pareja cómica por excelencia del cine español. Al escuchar, por boca de su hijo, que el actor la calificó de imprevisible, el invitado apostilla: «Es una forma muy generosa de decirlo».
La presencia de los familiares, los tres hijos vivos del actor y la madre del primogénito, permite vislumbrar no sólo el precio que pagó López Vázquez por su entrega al trabajo, sino el que pagaron ellos ante la figura de un padre siempre ausente. El hombre que construyó una carrera gigantesca lo hizo a costa de su vida privada. El actor trabajador, perfeccionista y obsesivo resulta, pues, mucho más ajustado a la realidad que el cliché del genio querido por todos.
También es significativa la utilización de las propias películas de López Vázquez. Cuando se dispone de una filmografía como la suya, resulta difícil resistirse a la tentación de mostrarla. Ahí aparecen El pisito, Atraco a las tres, Plácido, La cabina, Mi querida señorita, La prima Angélica, El bosque del lobo y tantas otras, y uno vuelve a comprobar que pocas veces un actor ha sido capaz de representar con semejante precisión los cambios experimentados por la sociedad española durante varias décadas. El problema es que el documental utiliza esas imágenes fundamentalmente como ilustración de lo que los entrevistados están contando, cuando habría sido mucho más interesante dejar que las propias escenas construyeran el discurso. Hasta los años 80, en los que su carrera empezó a decaer, López Vázquez estuvo, cinematográficamente hablando, en todas partes. Unas se explican con detalle; otras, se obvian. Al ser un hombre tan introvertido, es difícil desentrañar la clave de su altísimo nivel interpretativo: la construcción de los personajes, que le hacía único a pesar de un físico vulgar. Lo que hacía, lo hemos visto y admirado todos; cómo lo hacía, sigue permaneciendo en buena medida en la penumbra. Mucho de su arte radica en la mirada, algo que sí se dice, como también se habla de su aprendizaje de los grandes del cine mudo, incluso mientras Madrid era bombardeada durante la Guerra Civil. Pero cómo era capaz de cambiarla de un personaje a otro, incluso cuando estaba metido en proyectos simultáneos, eso se lo llevó a la tumba. Y es lo que explica cómo brillaba en la contención y en el histrionismo, y cómo su salto de la comedia al drama dio resultados tan extraordinarios. No es el talento, que también; es la versatilidad, el ser divertido y trágico, exagerado e introvertido, incluso en la misma escena.
En general, Roberto J. Oltra se muestra más competente que inspirado en esta película. El trabajo técnico es correcto y la abundancia de material de archivo garantiza que el espectador tenga siempre algo interesante que contemplar, pero el montaje no termina de encontrar una personalidad propia. La película avanza acumulando testimonios, imágenes y recuerdos, con una estructura que cumple su función pero que rara vez sorprende. Tampoco la música de Juan Antonio Simarro alcanza una presencia especialmente significativa. En un documental dedicado a un actor cuya carrera está íntimamente ligada a la historia sentimental de varias generaciones de espectadores, habría sido deseable una utilización más imaginativa del sonido y de las propias voces de López Vázquez. Sí hay, en cambio, algo que funciona: la presencia del propio actor. Cada vez que aparece en pantalla, la película mejora. Quizá esa sea la mejor virtud del documental: aunque no consiga construir alrededor suyo la película definitiva que merecía, sí consigue despertar unas ganas enormes de volver a su filmografía.
José Luis López Vázquez: ¡Qué disparate! no es, por tanto, el documental definitivo sobre uno de los mejores actores que he visto jamás, pero sí un homenaje honesto y una introducción útil a una trayectoria gigantesca. Le falta también contexto, pero es una necesaria reivindicación de alguien que, tal vez por ese espíritu cainita tan español, pocas veces ha sido valorado como merece más allá de la profesión que le hizo inmortal.