DEAD MEN DON´T WEAR PLAID. 1981. 86´. B/N.
Dirección: Carl Reiner; Guión: Carl Reiner, Steve Martin y George Gipe; Dirección de fotografía: Michael Chapman; Montaje: Bud Molin; Música: Miklos Rosza; Diseño de producción: John DeCuir; Producción: David V. Picker y William E. McEuen, para Aspen Film Society-Universal Pictures (EE.UU.).
Intérpretes: Steve Martin (Rigby Reardon); Rachel Ward (Juliet Forrest); Carl Reiner (Mariscal de campo Von Kluck); Reni Santoni (Carlos Rodríguez); George Gaynes (Dr. Forrest); Alan Ladd, Barbara Stanwyck, Ava Gardner, Humphrey Bogart, Vincent Price, Bette Davis, Veronica Lake, Burt Lancaster, Cary Grant, Lana Turner, Charles Laughton, Ray Milland, Kirk Douglas, Fred MacMurray, James Cagney, Joan Crawford, Ingrid Bergman.
Sinopsis: Un detective privado es contratado por una joven para investigar el asesinato de su padre. La investigación le llevará a enfrentarse con una complicada trama criminal en la que se verá rodeado por personajes que parecen proceder directamente de las películas clásicas de cine negro.
No demasiado conocido en estos lares, Carl Reiner fue, durante varias décadas, uno de los nombres importantes de la comedia norteamericana, en el cine y, en especial, en la televisión. Desde finales de los años 70 se asoció a un cómico también surgido de la pequeña pantalla, Steve Martin, junto al que urdió Cliente muerto no paga, peculiar ejercicio metacinematográfico que, si bien tiene un componente significativo de extravagancia, conserva todavía buena parte de su encanto gracias a una idea tan sencilla como ingeniosa: introducir a un personaje contemporáneo en las imágenes de algunas de las películas más conocidas del cine negro. Esta apuesta, que mezcla el tributo al Hollywood dorado, producto de una época en la que la Meca del cine destacó por sus tendencias retro, con el humor contemporáneo, dividió a crítica y público, aunque tuvo una buena carrera comercial y goza de la codiciada condición de obra de culto.
El guión, escrito por Steve Martin, Carl Reiner y George Gipe, es más atractivo en su punto de partida que en su desarrollo, dado que en el transcurso de la película se tienden a repetir situaciones cómicas cuyo interés, por esta razón, es decreciente. El protagonista es Rigby Reardon, un detective privado que parece salido de una novela de Raymond Chandler, marcando una línea entre el homenaje y la parodia poco clara en ocasiones. El personaje se mueve por un universo construido a partir de fragmentos de películas antiguas, y de esta manera comparte plano con algunos de los grandes mitos del cine. Humphrey Bogart, Burt Lancaster, Ava Gardner, Barbara Stanwyck, James Cagney, Bette Davis o Vincent Price reaparecen, gracias a la manipulación del montaje, para convertirse en integrantes del reparto de una película que, más que un tributo nostálgico, propone algo parecido a una deconstrucción, con resultados desiguales.
Todo empieza, cómo no, con la aparición de una bella y misteriosa mujer en el despacho del detective. Tenemos, pues, una investigación criminal, un asesinato tras el que parece haber una conspiración, una femme fatale, una fortuna en juego y un detective que se ve envuelto en una trama bastante más complicada de lo que en principio podía imaginar. La dama en apuros contrata a Reardon para descubrir quién asesinó a su padre, un científico, y a partir de ese momento el protagonista se verá obligado a enfrentarse con una interminable sucesión de policías, matones y demás personajes de dudosa catadura. Poco importa que la intriga resulte disparatada, elemento nada ajeno a los cánones del noir, porque lo que interesa a Reiner es reproducir los mecanismos del cine negro para después someterlos a una operación de desacralización. El detective recibe golpes y balazos, comete errores, se enamora y se encuentra en situaciones cada vez más absurdas, pero continúa comportándose como si estuviera protagonizando uno de aquellos solemnes relatos de perdedores, asesinos y mujeres fatales que hicieron fortuna en Hollywood.
Carl Reiner, realizador más dotado para la comedia que para el drama, asimila a la perfección las posibilidades que le brinda semejante material y pone la dirección al servicio de la idea. La puesta en escena no busca llamar la atención sobre sí misma, porque el verdadero protagonista es el montaje, encargado de conseguir que Steve Martin parezca estar dialogando con intérpretes que, en algunos casos, llevaban muchos años desaparecidos. Desconozco si los artífices del film lo pretendían, pero lo cierto es que, a medida que Cliente muerto no paga se acerca a su clímax, el aspecto que más brilla es la técnica, la capacidad de ensamblar escenas rodadas muchas décadas antes sin que el resultado chirríe al espectador. Todo está pensado para que reconozcamos las convenciones del género: los despachos sombríos, las calles peligrosas, los interiores cargados de humo, las persecuciones y, naturalmente, esa permanente sensación de que cualquier conversación aparentemente inocente puede terminar en un tiroteo. De ahí surge el juego cómico, que alterna situaciones divertidas (la mujer extrayendo con la boca las balas recibidas por el detective, éste afeitándose la lengua…), con otras que lindan el mal gusto o que, simplemente, no sobrepasan el nivel de un chascarrillo. Hay dos aspectos sobresalientes: la fotografía de Michael Chapman y la banda sonora de Miklos Rosza, que no tiene nada de paródica, y sí mucha de la grandeza de aquellas películas, en alguna de las cuañles él mismo participó.
Steve Martin, a mi parecer, es un actor que comparte una decisiva característica con las estrellas de la primera hornada del Saturday night live, con varias de los cuales se asoció años más tarde: todos ellos son menos graciosos de lo que el público pensó en su momento, y sobre todo de lo que ellos mismos creían. Aquí, Rigby Reardon es una especie de héroe clásico al que no le han quitado la petulancia, pero sí le han inoculado una buena dosis de torpeza contemporánea. Por entonces, las parodias, más o menos disimuladas, de los míticos detectives de Chandler o Hammett tenían bastante recorrido, a veces hechas con mejores intérpretes. Esta vez, el papel limita el histrionismo habitual de Martin, lo cual es de agradecer. Rachel Ward, con su belleza y su presencia cargada de misterio, da mejor que su compañero con la mezcla ideal entre el tipo de personaje al que rinde tributo y la deconstrucción del mismo que propone la historia. Los intérpretes procedentes de las películas originales, algunas de ellas obras maestras absolutas, se convierten, gracias al montaje, en el mejor reparto de todos los tiempos. No siempre Cliente muerto no paga está a su altura, que no está de más recordar que es enorme. El propio Carl Reiner da vida, con bastante gracia, a un personaje que parece directamente salido de Encadenados, el film que marca el tercio final de esta obra, mientras que Reni Santoni se limita a cumplir en el rol de policía aliado del detective.
Una película, en definitiva, bastante más cinéfila que nostálgica, que sigue la estela de Mel Brooks dando una vuelta de tuerca al concepto de parodia. Cliente muerto no paga no pretende competir con las obras maestras del cine negro a las que homenajea, sino jugar con ellas, ponerlas del revés y devolverlas al espectador convertidas en materia de diversión. Cuando lo logra, es una obra muy disfrutable. No siempre sucede, y a uno le queda la sensación de que el film sería mejor si lo hubiese protagonizado un actor de más calidad que Steve Martin.