
ABSOLUTE BEGINNERS. 1986. 106´. Color.
Dirección: Julien Temple; Guión: Richard Burridge, Christopher Wicking y Don MacPherson, basado en la novela Absolute Beginners, de Colin MacInnes; Dirección de fotografía: Oliver Stapleton; Montaje: Richard Bedford, Michael Bradsell, Russell Lloyd y Gerry Hambling; Música: Gil Evans. Incluye canciones de David Bowie, Eighth Wonder, Sade, Ray Davies, Charles Mingus, etc.; Diseño de producción: John Beard; Dirección artística: Ken Wheatley y Stuart Rose; Producción: Chris Brown y Stephen Woolley, para Goldcrest Films International-Palace Pictures-Virgin (Reino Unido).
Intérpretes: Eddie O’Connell (Colin); Patsy Kensit (Crepe Suzette); David Bowie (Vendice Partners); James Fox (Henley of Mayfair); Tony Hyppolite (Mr. Cool); Ray Davies (Arthur); Sade Adu (Athene Duncannon); Steven Berkoff (El Fanático); Mandy Rice-Davies (Madre de Colin); Anita Morris (Dido Lament); Eve Ferret (Big Jill); Graham Fletcher-Cook (Wizard); Bruce Payne (Flikker); Joe McKenna, Edward Tudor-Pole, Paul Rhys, Chris Pitt, Johnny Shannon, Robbie Coltrane.
Sinopsis: Londres, 1958. Colin, un joven fotógrafo que sobrevive haciendo reportajes para revistas y retratos callejeros, intenta conservar su relación con Crepe Suzette, una aspirante a diseñadora de moda fascinada por el mundo de la publicidad y el lujo.
Cineasta surgido del punk, que en pocos años se convirtió en el realizador de videoclips de mayor prestigio, Julien Temple siempre ha sentido una fascinación casi enfermiza por Londres. En realidad, toda su filmografía gira alrededor de la ciudad, analizada casi siempre desde la música, sin olvidar la política o la memoria colectiva. Aupado por el predicamento de que gozaba por parte de grandes estrellas del rock y el pop, Temple intentó condensar el nacimiento del Londres contemporáneo en Principiantes. adaptación de la novela de Colin MacInnes, la segunda de su conocida Trilogía de Londres, y también su obra más conocida. Pese a contar con elementos artísticos que constituían un reclamo potente para el público de la época, en especial del inglés, la película fue uno de los fracasos comerciales más sonoros del cine británico de los años ochenta. Tampoco la crítica ensalzó en demasía un film que se quedó a medio camino de muchas cosas.
Desde el inicio se observan debilidades narrativas, porque en la práctica las primeras escenas son un largo videoclip muy certero en lo que se refiere a la puesta en escena, pero sin excesiva sustancia. Estas carencias quedan mitigadas en parte por el hecho de que Julien Temple no pretende hacer un musical al uso, o contar una historia de amor convencional, o ni siquiera adaptar con fidelidad la novela de Colin MacInnes. Lo que le interesa es capturar el instante exacto en que su ciudad dejó definitivamente atrás la gris Inglaterra de la posguerra y comenzó a convertirse en el laboratorio cultural de Occidente. La eclosión del swinging London, en definitiva. El Soho, Notting Hill, Carnaby Street o el East End aparecen como escenarios donde conviven el jazz, el rhythm and blues, los primeros mods, los fotógrafos de moda, los publicistas sin escrúpulos y miles de inmigrantes caribeños que llegaron convencidos de haber encontrado la tierra prometida para descubrir que la capital del Imperio no les esperaba precisamente con los brazos abiertos. De hecho, el eje de la segunda mitad de la película son los choques raciales de 1958 en Notting Hill, los primeros que tuvieron lugar en el Reino Unido después de la victoria en la Segunda Guerra Mundial.
Temple se mueve entre la nostalgia y el testimonio, consciente de que retrata una época de esplendor artístico en la que, sin embargo, las desigualdades eran profundas, algo propio en una sociedad hiperclasista como la británica. Si bien la película tiene un buen ritmo, y notables aciertos puntuales, al director le pierden su esteticismo, que desvirtúa en parte los efectos de la denuncia social que formula, y sus limitaciones como narrador de historias. Las obvias referencias a West Side Story no evitan que el romance entre la pareja protagonista sea tópico y carente de interés, y luego está la sensación de que el director está utilizando los años 50 para hablar de los 80, y de que esa sociedad creativa, multicultural y abierta que retrata hasta que los ricachones y los fascistas hacen de las suyas, sólo existió en su mente. Sí le aplaudo el carácter precursor en cuanto al tema de la gentrificación en las grandes ciudades, lacra que se ha extendido como una mancha de aceite y en la que Londres fue una triste adelantada a su tiempo.
Temple rueda con nervio y entusiasmo, siendo la parte técnica lo mejor del film. La cámara no deja de moverse (el inicio videoclipero contiene un plano-secuencia majestuoso que sigue a Colin por el Soho), los colores parecen recién salidos de una ilustración pop, los decorados buscan lo artificial, casi la ensoñación, y el montaje salta continuamente de una idea a otra con una libertad que recuerda más al videoclip —la cabra tira al monte— que al musical clásico.
Y luego está la música, que no acompaña las imágenes: las explica, y en multitud de secuencias suple con éxito las limitaciones de una adaptación floja. Desde Absolute Beginners, otra constatación de que el David Bowie de los años ochenta es más reivindicable de lo que se dice, hasta las aportaciones de Ray Davies o Jerry Dammers, y el momentazo de Sade Adu, toda la banda sonora funciona como un mapa sentimental de una ciudad que todavía no sabía que estaba a punto de convertirse en la capital mundial del pop… gracias, en buena parte, a cuatro muchachos de Liverpool.
El capítulo interpretativo no funciona con la misma precisión. El debutante Eddie O’Connell, cuyo personaje está concebido como un héroe romántico, no consigue insuflar carisma al fotógrafo a quien interpreta, y Patsy Kensit, una de las revelaciones del pop británico de los 80, canta y baila más que interpreta, lo cual es de agradecer porque es una actriz discreta. Resulta evidente que Temple está mucho más interesado en filmar calles, escaparates, anuncios luminosos y conciertos que en profundizar en los conflictos íntimos de sus personajes, solucionados de forma rutinaria. También que no es un gran director de actores. Los secundarios son, en general, estereotipos, sean positivos o negativos. Bowie sí da presencia al magnate perverso al que da vida, como James Fox al arrogante modisto Henley, pero ese cóctel de estrellas musicales metidas a actores e intérpretes de la vieja escuela funciona a medias. Lo hace, por ejemplo, en el sketch musical protagonizado por Ray Davies, a mi juicio una de las mejores escenas de la película, pero no tanto al describir a los malos de la función (todos ellos trajeados y que cantan y bailan la mar de bien, por cierto), a los que se debería haber dejado sobreactuar menos, y pienso en un desaprovechado Steven Berkoff, que compone una versión anfetamínica de Oswald Mosley.
Vista casi cuarenta años después de su estreno, sorprende comprobar hasta qué punto Principiantes anticipa muchas de las preocupaciones que Temple desarrollará con posterioridad, y de manera más lograda, en sus documentales. La inmigración, la especulación urbanística, la mercantilización de la cultura, la utilización de la música como memoria colectiva y la convicción de que una ciudad sólo puede comprenderse retratando a sus habitantes ya estaban aquí, aunque envueltas en colores llamativos, neones y números musicales. Otra cosa es que a ese envoltorio se le vean en exceso las costuras.