
En plena ola perpetua de calor, y a la misma hora del España-Portugal de fútbol, visitaba Barcelona una de las pocas leyendas vivas de la guitarra que me quedaban pendientes de ver en directo. Eric Johnson, texano universal, ganador del Grammy y músico de músicos, se presentaba en la capital catalana al mando de un trío que completaban Tal Bergman a la batería y Daniel Kimbro al bajo.
El evento se celebró en Razzmatazz 2, una sala en la que el rock en directo no va a sonar bien en toda la eternidad, pero los designios de los programadores y la escasez de salas de concierto en Barcelona producen monstruos. Eso sí, Eric Johnson extrae un sonido tan limpio de sus guitarras, que los asistentes a su espectáculo, que no llenamos la sala pero sí le dimos un muy buen aspecto, pudimos disfrutar del arte de un guitarrista que lleva dando guerra desde los años 70 y que, a punto de cumplir 72 años, se mantiene en plena forma, no sólo como instrumentista, sino también en el plano vocal.
El concierto se dividió en tres partes: la primera, de corte eléctrico, sirvió para acreditar que Eric Johnson, como demuestran sus grabaciones, es un virtuoso ajeno a la pirotecnia, tanto en sus canciones como en su manera de presentarse ante el público. Asociado desde hace décadas a Joe Satriani y Steve Vai, Johnson es el más discreto y el menos heavy, en actitud y sonido, del trío. De maneras tranquilas, habla pausada y con un gesto muchas veces reclinado hacia su guitarra, Eric Johnson fluye, y los distintos estilos que abarcan sus canciones se alternan con naturalidad. En este primer tercio sobresalió Trademark, una de las piezas que situaron a Johnson en la élite de los héroes de la guitarra. Se lució Daniel Kimbro, aunque su bajo fue el instrumento que más acusó los problemas de sonido de la sala.
El segundo tercio del concierto fue enteramente acústico, e incluyó un homenaje a Chet Atkins, pionero de la guitarra eléctrica con quien Johnson grabó allá por los años 90. Me encanta que los músicos reivindiquen ante nuevos públicos a aquellos artistas que les sirvieron de inspiración. En esa faceta más intimista, el texano, capaz de adentrarse en el blues, el country, el rock, el jazz o el boogie woogie sin parecer que transita terrenos extraños y sin alterar el gesto, terminó de conquistar a una audiencia variopinta, aunque en su mayoría veterana, y entusiasta.
Como colofón, regreso a la eléctrica, con canciones que hacían pensar en ZZ Top o Stevie Ray Vaughan, hablando de texanos ilustres, y el esperado repaso a los dos mayores hitos del monumental álbum Ah via musicom: Cliffs of Dover, con una introducción tan extensa como brutal, y Desert rose, donde quedó claro que para la voz de Eric Johnson no pasan los años. En definitiva, gram ovación y vuelta al ruedo para un guitarrista superlativo.
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