
LAW AND ORDER. 1969. 78´. B/N.
Dirección: Frederick Wiseman; Guión: Frederick Wiseman; Dirección de fotografía: William Brayne; Montaje: Frederick Wiseman; Producción: Frederick Wiseman, para Osti Films-The Ford Foundation (Estados Unidos).
Sinopsis: Seguimiento durante varias jornadas de trabajo a agentes del Departamento de Policía de Kansas City.
Si el recientemente fallecido Frederick Wiseman ostenta la reputación de ser uno de los mejores documentalistas de la historia es gracias a trabajos como Ley y orden, su tercer largometraje. Convertido en cronista oficial de las instituciones estadounidenses de su época, Wiseman, que había centrado su debut, Titicut Follies, en un hospital psiquiátrico judicial (sanidad y justicia), y su segundo film, High School, en un instituto público (educación), describe en Ley y orden el trabajo cotidiano de la policía (orden público). Rodada en 1968, apenas unos meses después de los disturbios raciales que siguieron al asesinato de Martin Luther King, la película se inscribe en unos tiempos convulsos en los que la labor de las fuerzas de seguridad estaba en el ojo del huracán. El impacto del trabajo de Wiseman le hizo acreedor de un premio Emmy.
El director prescinde de cualquier artificio que pudiera alterar la percepción del espectador. No hay entrevistas, carteles explicativos, estadísticas ni expertos que analicen los acontecimientos. Estos, descritos a modo de viñetas que describen la vida de la América real, hablan por sí mismos. El eje vertebrador de la propuesta es el montaje. Las escenas se suceden sin orden aparente, pero la acumulación termina construyendo un retrato complejo del funcionamiento de la institución policial. Ley y orden no es un vehículo para exponer ninguna tesis, lo que la diferencia del modo de hacer de la intelectualidad progresista de salón, sino que hace que sea el propio espectador quien extraiga sus propias conclusiones a partir de aquello que observa. La manera de hacer de Wiseman, su personalidad como cineasta, se halla en la elección del material rodado y en el modo de editarlo.
El documental, rodado en un austero blanco y negro, sorprende por la amplitud de situaciones que recoge. Los policías no aparecen únicamente persiguiendo delincuentes. De hecho, ese elemento, predominante en cualquier ficción policial que se precie, tiene una presencia limitada en la película. Los agentes socorren a una niña perdida, median en discusiones familiares, tranquilizan o reducen a personas alteradas, atienden accidentes o intentan resolver conflictos vecinales antes de que acaben degenerando en delitos. Los barrios marginales de Kansas City albergan situaciones de verdadero deterioro individual y social, y momentos de impacto, como la frase de una mujer negra cuando una patrulla despierta y detiene a un indigente al que el alcohol o las drogas han reducido a la condición de despojo humano: «¿Para qué viven algunas personas? ¿Qué objetivo tienen en la vida?»
Es obvio que el comportamiento de los agentes de policía se halla condicionado por el hecho de que les están grabando, pero nada da la sensación de estar guionizado. Por ejemplo, hay una secuencia en la que dos agentes de paisano detienen a una mujer negra sospechosa de ejercer la prostitución. Uno de ellos la inmoviliza aplicándole una llave alrededor del cuello mientras amenaza con matarla si continúa resistiéndose. La cámara permanece inmóvil; ese estatismo acentúa la denuncia más que cualquier elemento dramático, de los que Wiseman prescinde. Lo inquietante no es la violencia ejercida, sino la absoluta naturalidad con la que los agentes parecen desenvolverse delante del objetivo, como si su actuación tuviera el mismo alcance moral que atarse los zapatos. Más tarde, el policía niega haber estrangulado a la detenida, pese a que las imágenes muestran exactamente lo contrario. La línea entre el servicio público entendido como medio de protección a las personas y el abuso de poder es, en todas partes, muy delgada. Reveladoras son las conversaciones de coche patrulla a coche patrulla entre los agentes, que tanto versan de su día a día en la ciudad como de sus propias opciones de promoción o la idea de mudarse a lugares con mejores condiciones laborales. Incluso se muestra una discusión en la comisaría sobre el modo de dirigirse a los ciudadanos y la necesidad de evitar términos que estos puedan considerar ofensivos.
La cuestión racial atraviesa toda la película sin necesidad de convertirse en tema explícito. La mayoría de los policías son blancos; buena parte de las personas detenidas o interrogadas pertenecen a la comunidad afroamericana, que es la que puebla los barrios más deprimidos de la ciudad. Wiseman nunca comenta este desequilibrio, pero tampoco intenta ocultarlo. Vista más de medio siglo después, la película adquiere una vigencia sorprendente. Los debates contemporáneos acerca del racismo institucional, la violencia policial o el uso legítimo de la fuerza parecen encontrar aquí un lúcido antecedente, justo porque el documental evita convertir esos problemas en consignas políticas. Este modo de hacer se rompe cuando Wiseman intercala en la película un discurso electoral de Richard Nixon sobre la seguridad y el orden público, aspecto que terminó siendo clave en su ascenso a la presidencia.
Desde el punto de vista formal, Ley y orden posee una sobriedad casi ascética. La fotografía en blanco y negro de William Brayne renuncia a cualquier efectismo estético. Los interiores de la comisaría aparecen iluminados con la frialdad propia de la luz fluorescente, mientras que las patrullas nocturnas transmiten una constante sensación de incertidumbre, la que uno experimenta cuando se mete en un sitio mugriento en el que no sabe lo que hay porque no se ve nada. No existen composiciones espectaculares ni encuadres diseñados para embellecer la realidad. La cámara busca estar lo bastante cerca como para captar los detalles significativos, pero sin interferir en el desarrollo de los acontecimientos. Esa aparente invisibilidad constituye una de las mayores virtudes del documental.
Tampoco el sonido admite concesiones. Las conversaciones se desarrollan entre ruidos de motores, emisoras policiales, teléfonos y voces que entran y salen del encuadre. La ausencia absoluta de música obliga al espectador a concentrarse en la palabra y en los silencios. La tensión nace exclusivamente de las situaciones registradas, nunca de recursos externos destinados a intensificar las emociones con métodos propios de la ficción.
Al tratarse de personas reales, carece de sentido hablar de interpretaciones. Sin embargo, resulta llamativa la naturalidad con la que policías y ciudadanos actúan ante la presencia de la cámara. La sensación de espontaneidad es tan intensa que, por momentos, el espectador olvida que está asistiendo a un rodaje. Wiseman consigue un grado de acceso a la intimidad institucional que pocos documentalistas han alcanzado, antes o después.
Ley y orden nunca fue un documento sobre la policía de Kansas City, sino un estudio de dimensión universal acerca de la naturaleza del poder que ha gozado de mucho menos predicamento del que merece. Wiseman demuestra que las instituciones no funcionan gracias a discursos pomposos, sino mediante una sucesión interminable de decisiones aparentemente insignificantes que afectan directamente a la vida de las personas. Por eso su cine continúa siendo una referencia para entender el documental contemporáneo. Sin panfletos, coartada social barata ni menosprecio a la inteligencia del espectador, Frederick Wiseman llega, con los mismos elementos de los que tantos cineastas disponen, más lejos que casi todos ellos. Un ejemplo meridiano de que menos es más.