GEORGE MICHAEL: PORTRAIT OF AN ARTIST. 2024. 94´. Color.
Dirección: Simon Napier-Bell; Guión: Simon Napier-Bell; Dirección de fotografía: Roberto Gómez Martín; Montaje: Connor Whitfield; Música: Canciones de George Michael; Producción: Eamonn O´Keefe y Euan MacLaren, para Protocol Media-Channel 4 (Reino Unido).
Intérpretes: George Michael (archivo), Stevie Wonder, Amanda Harcourt, Sean Smith, Peter Tatchell, Piers Morgan, Andy Morahan, Adam Mattera, Stephen Fry, Kenny Goss, Jo Whiley, Tom Robinson, Mike Read, Andrew Ridgeley, Sananda Matreya, Rufus Wainwright, Jo Hemmings, Caroline Frost, Pete Paphides, Paul Gambaccini, Jake Duncan.
Sinopsis: Documental que repasa la trayectoria artística y personal de George Michael, desde sus inicios en Wham! hasta su consolidación como una de las grandes figuras del pop británico, poniendo el foco en su proceso creativo, su búsqueda de independencia artística y el precio de la fama.
El polifacético Simon Napier-Bell, histórico representante de artistas pop muy asociado a la carrera de George Michael, ha dirigido varios documentales de enjundia en los últimos tiempos, casi todos asociados a la música. El último de ellos, por orden cronológico, es el dedicado al cantante de origen grecochipriota, un trabajo que aspira a ser la biografía definitiva de un artista tan popular como controvertido, y que a mi parecer no alcanza ese ambicioso objetivo.
Más que un recorrido biográfico exhaustivo, George Michael: Portrait of an Artist plantea un viaje a través de la evolución de un músico cuya carrera estuvo marcada por una constante tensión entre el éxito comercial y la necesidad de ser reconocido como un artista de pleno derecho. Dicotomía también aplicable a su condición sexual, que le granjeó el rechazo de su familia y la necesidad de ocultarla al público si quería progresar en la industris discográfica y llegar a ser la superestrella que soñó. El documental adopta una estructura cronológica convencional, propia de este tipo de producciones, aunque procura que el relato se construya a partir de la voz del propio George Michael, gracias a un abundante uso de entrevistas de archivo. El resultado no revoluciona el género, pero sí ofrece una aproximación íntima y respetuosa (demasiado, a mi criterio) a una personalidad compleja.
Uno de los principales empeños del documental consiste en desmontar la percepción superficial que durante años acompañó al cantante. Aquí asoma el representante que hay en Simon Napier-Bell, porque Wham!, el dúo que formaron Andrew Ridgeley y George Michael, constituye un perfecto ejemplo de cómo la industria musical de los 80 convirtió a los artistas en marionetas, o relegó al ostracismo a los incómodos. Para los melómanos que crecimos entonces, lo que hacía Wham! era música-chicle: dos chicos guapos, muy aptos para brillar en la MTV, que interpretaban canciones banales y de consumo rápido para un público, en su mayoría femenino, que exigía hedonismo y superficialidad. En lo estético, Wham! era algo así como la apoteosis de lo hortera. Servidor no los soportaba, y canciones como Wake me up before you go-go o Club Tropicana amargaron parte de mi adolescencia, y todavía hoy las recuerdo con escalofríos. La única canción de ellos que me gustaba fue el último single que publicaron, The edge of heaven, que por cierto la película ignora. Consciente de que había llegado al ansiado estrellato por la vía fácil, George Michael quiso además el reconocimiento de la gente con cultura musical, y ahí puede estar el detonante de una carrera en solitario que, en sus inicios, no mejoró mucho el panorama: el recuerdo del pasado inmediato, así como la sobreexposición, llevaron a muchos, entre los que me incluyo, a despreciar Careless whisper, primera gema de un baladista mayúsculo. Faith, su primer álbum en solitario, arrasó en todo el mundo, empezando por los Estados Unidos, pero erró el tiro en cuanto a la búsqueda del prestigio artístico: el propio George Michael despreció parte de su contenido, y casi todo el aspecto estético construido a su alrededor. Que su siguiente disco, y uno de los mejores que grabó, se llamase Listen without prejudice, supone un loable mea culpa. La película analiza este período desde una autocomplacencia que, como hemos visto, el propio artista no compartía. Pondré un ejemplo: los conciertos de Wham! en China, los primeros que un grupo de pop occidental celebró allí, fueron muy importantes para Simon Napier-Bell, menos para Wham!… y casi nada para un país que todavía estaba lejos de convertirse en el gran monstruo geopolítico que es en la actualidad.
El documental dedica buena parte del resto de su metraje a exponer las dificultades personales del músico. La presión mediática, la pérdida de seres queridos (entre ellos el amor de su vida, Anselmo), su complicada relación con la prensa sensacionalista y el impacto que tuvo en su vida privada la brutal exposición pública de su homosexualidad aparecen tratados con excesiva pulcritud, porque una cosa es respetar la memoria de los difuntos y otra pasar de lado ante el hecho de que ellos mismos ayudaron mucho a sus detractores a cavar su tumba. Es bueno mencionar que muchas de las canciones de George Michael nacieron de experiencias muy dolorosas, pero no se debe obviar que sus adicciones privaron a los aficionados de otras perlas musicales que jamás verán la luz. Eso sí, he de mencionar otra vivencia personal, porque George Michael dio un giro copernicano a la pésima opinión que un servidor tenía sobre él en sólo cinco minutos: como fanático de Queen, viví con emoción el concierto celebrado en Wembley como tributo a Freddie Mercury meses después de su fallecimiento a causa del SIDA. Allí, mientras vocalistas míticos del rock como Robert Plant y Roger Daltrey naufragaron al interpretar en directo clásicos del grupo, George Michael, vestido de forma hortera para variar, bordó Somebody to love y no sólo puso el estadio a sus pies, sino que me disparó todo su talento a la cara a través de la pantalla del televisor. Cuando, después del concierto, y ante los elogios de los periodistas musicales hacia su interpretación, comentó que había practicado mucho esa canción cuando cantaba en el metro de Londres a cambio de unas monedas, me acabó de ganar.
Regreso a la película: como suele ocurrir en los documentales musicales, el material de archivo del propio cantante constituye su mayor patrimonio. Actuaciones en directo, entrevistas televisivas y grabaciones del proceso creativo permiten seguir la transformación de un intérprete que siempre intentó evolucionar. Echo en falta, eso sí, muestras de cómo trabajaba George Michael en el estudio de grabación. Los testimonios hacen declaraciones que oscilan entre lo valioso y lo reiterativo.
Con un ritmo pausado y una cuidada selección musical, George Michael: Portrait of an Artist funciona tanto como homenaje como reivindicación. Los seguidores del cantante encontrarán abundantes motivos para redescubrir una trayectoria con puntos muy bajos, pero también muy altos (Outside y Shoot the dog merecen gloria eterna, a mi juicio) mientras que quienes únicamente conozcan sus grandes éxitos descubrirán a un compositor e intérprete mucho más ambicioso y sofisticado de lo que la etiqueta de ídolo del pop permitió apreciar durante buena parte de su carrera. Es una lástima, sin embargo, que no se mencione esa joya que es Cowboys and angels, una de las mejores baladas que he escuchado. Sin alcanzar la profundidad de otros grandes documentales musicales recientes, constituye una aproximación elegante y emotiva, aunque tal vez cautelosa en exceso, a uno de los artistas más representativos de la música popular de finales del siglo XX.