
GILDA. 1946. 110´. B/N.
Dirección: Charles Vidor; Guión: Marion Parsonnet, a partir de una historia de E. A. Ellington; Dirección de fotografía: Rudolph Maté; Montaje: Charles Nelson; Música: Hugo Friedhofer; Dirección artística: Stephen Goosson y Van Nest Polglase; Vestuario: Jean Louis; Producción: Virginia Van Upp, para Columbia Pictures (EE.UU.).
Intérpretes: Rita Hayworth (Gilda Mundson); Glenn Ford (Johnny Farrell); George Macready (Ballin Mundson); Joseph Calleia (Obregón); Steven Geray (Tío Pío); Joe Sawyer (Casey); Gerald Mohr (Capitán Delgado); Robert Scott (Gabe Evans); Ludwig Donath, Don Douglas, Saul Martell, Ruth Roman, Philip Van Zandt.
Sinopsis: En la turbulenta Buenos Aires de la inmediata posguerra, Johnny Farrell, un aventurero de dudosa reputación, es rescatado de un apuro por Ballin Mundson, propietario de un exclusivo casino. Con el tiempo, se convierte en su hombre de confianza.
Muchos años antes de que la crítica europea pusiera sobre la mesa la condición autoral de los directores de cine, hubo películas que se convirtieron en fenómenos pero cuyo éxito apenas alcanzó al máximo responsable detrás de las cámaras. Un caso paradigmático es Gilda, la mejor y más recordada obra de Charles Vidor… aunque sólo los cinéfilos más enciclopédicos sepan quién fue su director. Ejemplo de artesano eficaz, que ya había rodado dos películas con Rita Hayworth, Vidor, miembro de una larga lista de directores europeos en la Meca del cine, aportó oficio a films de estudio de diferentes estilos, como era habitual en el Hollywood clásico. Este melodrama triangular con toques de cine negro fue ignorado en las nominaciones a los Óscar, pero se convirtió en una obra con aura de leyenda casi desde su estreno.
Gilda fue concebida como un vehículo para el lucimiento de una de las máximas estrellas de la Columbia, Rita Hayworth, al modo de la precedente Las modelos, también dirigida por Charles Vidor, pero terminó siendo mucho más que eso. Hay películas cuya fama descansa en una escena concreta, en una imagen inmortal que termina por eclipsar todo lo demás. A Gilda le ocurrió precisamente eso. La secuencia en la que la protagonista interpreta Put the Blame on Mame, enfundada en aquel legendario vestido negro diseñado por Jean Louis, ha alcanzado tal categoría mítica que durante décadas ha reducido injustamente la película a una simple exhibición de sensualidad. Así se vio en la España hambrienta y reprimida de la posguerra, donde el striptease interruptus de la Hayworth constituyó la educación sexual de una generación entera, pero también en unos Estados Unidos que, finalizada la etapa presidencial de Franklin D. Roosevelt, habían emprendido un giro ultraconservador. Puestos a puntualizar, no está de más decir que el personaje de Gilda aparece cuando ya ha transcurrido casi un tercio de un metraje hasta entonces sostenido por la relación entre Johnny Farrell, un jugador de bajos vuelos que deambula por Buenos Aires en busca de fortuna, y el millonario Ballin Mundson, dueño de un casino y empresario con turbias intenciones monopolísticas, cosa usual en ese gremio. Eso sí, en cuanto Gilda aparece en pantalla, la película es suya.
Sobre el papel, la historia podría parecer una variante de los habituales melodramas románticos de la época: un hombre, una mujer y un tercero en discordia atrapados en un triángulo amoroso. Esquema, por otra parte, de lo más frecuente en el otro gran género en boga por entonces, el cine negro, del que Gilda toma numerosos elementos argumentales y estéticos. La película desarrolla una extraordinaria batalla psicológica entre Johnny y Gilda. Ambos se aman y se odian, en una relación de marcados tintes sadomasoquistas (en el imaginario popular queda la bofetada más icónica de la historia del cine, pero no hay que obviar que, mucho antes, Gilda agrede físicamente a Johnny… y a él le da igual). Cada gesto, cada mirada y cada palabra se convierten en armas dentro de una guerra sentimental en la que ninguno está dispuesto a admitir su vulnerabilidad, hasta culminar en un matrimonio que no se fundamenta en el amor, sino en el resentimiento, en concreto el que Johnny siente hacia la mujer que le convirtió en un cínico. No es casualidad que numerosos críticos hayan señalado que la aparente trama criminal funciona en realidad como una excusa para explorar obsesiones mucho más profundas relacionadas con el deseo, la posesión y la culpa. O, como cantaba Emilio José: Ni contigo ni sin ti/tienen mis males remedio/Contigo, porque me matas/Y sin ti, porque me muero.
Hablemos del director invisible: Charles Vidor demuestra un admirable dominio del ritmo narrativo. La película avanza con una fluidez ejemplar, alternando secuencias de gran tensión dramática con momentos de elegante ligereza. A ello contribuye decisivamente la extraordinaria fotografía de Rudolph Maté, uno de esos camarógrafos (y más tarde reivindicable director) capaces de modelar la luz como si fuese una sustancia física. Las sombras, los reflejos y los contrastes luminosos envuelven la historia en una atmósfera cargada de misterio y erotismo que compendia las grandes conquistas visuales del cine negro.
El apartado artístico merece asimismo todos los elogios. Los decorados poseen una elegancia casi irreal, mientras que el vestuario alcanza cotas de auténtica leyenda cinematográfica. Jean Louis no sólo vistió a Rita Hayworth; contribuyó decisivamente a construir el mito visual del personaje. Pocas veces una estrella ha estado tan perfectamente fotografiada y tan cuidadosamente presentada ante la cámara. Eso sí, la ciudad que vemos en la película es Buenos Aires bajo palabra de honor, y no sólo por el macarrónico y nada porteño español recitado por los intérpretes que lo emplean, sino porque ese ambiente exclusivo y cosmopolita tiene mucho más que ver con Casablanca que con la capital argentina. De hecho, las importantes similitudes entre el legendario drama de Michael Curtiz y Gilda fueron más allá de la pantalla, porque ambas películas tuvieron rodajes azarosos y guiones escritos casi sobre la marcha. Algunos elementos del argumento son artificiosos, especialmente en su tramo final, donde determinadas escenas responden de manera clara a las limitaciones impuestas por el Código Hays. Sin embargo, incluso esos aspectos quedan empequeñecidos ante la fuerza visual, emocional y simbólica del conjunto.
Si hay una razón definitiva para seguir viendo Gilda ochenta años después de su estreno, esa razón tiene nombre y apellido: Rita Hayworth. Resulta difícil exagerar el magnetismo que despliega en pantalla. La famosa presentación del personaje, cuando aparece lanzando la cabeza hacia atrás mientras sacude su melena pelirroja, constituye una de las entradas más memorables de toda la historia del cine. Hayworth consigue algo extraordinario: hacer creíble simultáneamente la vulnerabilidad y el poder de su personaje, a la vez marioneta y titiritera. Más allá de la arquetípica femme fatale, en Gilda se oculta una figura mucho más trágica y compleja, víctima de las proyecciones masculinas que la rodean, que ella misma genera. Se diría que su atractivo le concede un gran poder, que luego es incapaz de controlar. Gilda fue el apoteosis de Hayworth, cuya carrera inició a partir de ahí un largo y acentuado descenso, motivado también por el exceso de alcohol y una serie de matrimonios tan rimbombantes como fallidos. A su lado, Glenn Ford realiza una de las mejores interpretaciones de su carrera. Su Johnny Farrell es un personaje desagradable en numerosos momentos, dominado por los celos y el resentimiento, pero Ford logra dotarlo de suficiente humanidad para impedir que se convierta en una mera caricatura. La química entre ambos actores resulta sencillamente eléctrica y sostiene buena parte del metraje. No debe olvidarse tampoco la magnífica aportación de George Macready. Su Ballin Mundson posee una mezcla de sofisticación, vulnerabilidad y amenaza que convierte al personaje en una presencia inolvidable. Su relación con Johnny añade a la película una serie de matices psicológicos (ese insinuado homoerotismo) que continúan generando análisis y debates entre los estudiosos del cine clásico. Yendo a los secundarios, destacan el siempre eficaz Joseph Calleia y un Steven Geray que borda un personaje que es a la vez testigo y voz de la conciencia de los protagonistas.
Gilda es un ejemplo de por qué el cine es capaz de conjugar el fervor popular y el arte mayor. Es, a la vez, una obra importante del cine negro, un melodrama apasionado, una historia de amor enfermiza y una lección de estilo en lo estético. Si existe una definición cinematográfica de la palabra «mito», uno de los lugares más adecuados para explicarla es Gilda.