
AMERICAN GRAFFITI. 1973. 110´. Color.
Dirección: George Lucas; Guión: George Lucas, Gloria Katz y Willard Huyck; Dirección de fotografía: Ron Eveslage y Jan D´Alquen; Montaje: Marcia Lucas y Verna Fields; Música: Miscelánea. Canciones de Bill Haley, The Platters, Chuck Berry, Fats Domino, The Beach Boys, etc.; Diseño de producción: Dennis Clark; Producción: Francis Ford Coppola y Gary Kurtz, para Universal Pictures (EE.UU.).
Intérpretes: Richard Dreyfuss (Curt); Ron Howard (Steve); Paul Le Mat (John Milner); Charles Martin Smith (Terry); Cindy Williams (Laurie); Candy Clark (Debbie); Mackenzie Phillips (Carol); Wolfman Jack (Él mismo); Bo Hopkins (Joe); Manuel Padilla, Jr. (Carlos); Beau Gentry (Ants), Harrison Ford (Bob Falfa); Jim Bohan (Holstein); Jana Bellan (Budda); Deby Celiz, Lynne Marie Stewart, Terry McGovern, Kathleen Quinlan, Susan Richardson, Kay Lenz, Joe Spano, Suzanne Somers.
Sinopsis: Una noche de verano de 1962, en una pequeña ciudad de California. Un grupo de adolescentes pasa las últimas horas antes de que algunos de ellos abandonen su hogar para ir a la universidad. Entre carreras de coches, romances inciertos, conversaciones banales y sueños de futuro, todos ellos afrontan el final de una etapa de sus vidas.
Antes de convertirse en firme candidato al ficticio título de director cinematográfico más rico con una filmografía más corta, George Lucas realizó una hermética obra de ciencia-ficción, THX-1138, con la que debutó en el largometraje al amparo de su amigo Francis Ford Coppola. Fue el futuro director de Apocalypse Now, unido ya a Lucas en tareas de producción, quien le insistió para que su segunda película larga tuviera algo de lo que carecía la anterior: alma. Siguiendo el consejo, George Lucas regresó a su adolescencia y creó American Graffiti, la película en la que mejor plasmó su talento como cineasta, una obra tan modesta en su planteamiento como exitosa en sus resultados. El favor de la taquilla, el Globo de Oro a la mejor película en la categoría de comedia o musical, y cinco nominaciones a los premios de la Academia fueron la recompensa obtenida por el cuasidebutante. Pocas películas han sabido capturar con tanta precisión la sensación de estar viviendo los últimos instantes de una edad de oro personal, ese momento en el que la juventud todavía parece eterna pero el mundo adulto ya empieza a reclamar su tributo.
Lo primero que sorprende de American Graffiti es su estructura. Lucas prescinde de una trama dominante y construye la película como una sucesión de pequeñas historias que se cruzan durante una única noche. Estas historias las protagonizan cuatro amigos, muy distintos entre sí: Curt, que debe partir hacia una prestigiosa universidad del Este a la mañana siguiente, todavía duda respecto a si partir es la decisión correcta; Steve, novio de la hermana de Curt, que se halla ante la misma encrucijada vital, está en cambio decidido a marcharse; John Milner, apasionado de los coches y rocker de la primera hornada, se aferra a un pasado que no ha de volver, mientras que Terry es un pardillo de buen corazón. En otras manos, semejante planteamiento podría haber desembocado en un ejercicio disperso; aquí se produce el efecto contrario. La película avanza con la misma naturalidad con la que transcurren las horas de una noche cualquiera entre amigos: sin grandes acontecimientos, sin giros melodramáticos y sin la necesidad de subrayar constantemente su significado. Lo importante no es lo que sucede, sino la conciencia de que todo está a punto de terminar. Porque esa noche cualquiera terminará siendo todo menos eso.
La gran virtud del film reside en que evita la nostalgia complaciente. Lucas recuerda el mundo de su adolescencia con afecto, pero también con lucidez. Los personajes viven en una burbuja de coches brillantes, hamburgueserías abiertas hasta la madrugada, drive-ins y canciones de rock sonando sin descanso en la radio. Sin embargo, el espectador sabe algo que ellos ignoran: aquel universo está a punto de desaparecer. En segunda instancia, American Graffiti es la antesala de la pérdida de la inocencia, pero no la de sus jóvenes protagonistas, sino la de los Estados Unidos. La película nunca verbaliza esta idea de forma insistente; es justo por eso que resulta tan poderosa. Que se sitúe en 1962, justo antes del asesinato de John Fitzgerald Kennedy y del inicio de la guerra de Vietnam, no es fruto de la casualidad.
El retrato generacional es magnífico porque no idealiza a sus personajes. Curt, el estudiante brillante que duda entre marcharse o quedarse, representa la incertidumbre de quien comprende que crecer implica renunciar. Steve, convencido de tener su futuro perfectamente planificado, ve cómo sus planteamientos se resquebrajan; ambos descubrirán esa noche que la vida rara vez obedece a nuestros esquemas. Milner, rey de las carreras callejeras, es ya un hombre desplazado en un mundo que empieza a dejarle atrás, tan fiel a los 50 que rechaza a los Beach Boys como a un incordio moderno. Incluso Terry, el torpe y entrañable perdedor del grupo, encuentra durante unas horas la ilusión de ser alguien distinto. Ninguno de ellos es un héroe; todos son reconociblemente humanos.
Si hay algo que reprocharle a American Graffiti es que algunas de sus historias resultan más interesantes que otras. No todas alcanzan la misma intensidad emocional, y ciertos episodios (las idas y venidas de la relación entre Steve y Laurie, en especial) tienen un aire anecdótico que diluye ligeramente el ritmo. Pero incluso esos momentos contribuyen a reforzar la impresión de estar asistiendo a una noche real, llena de encuentros fortuitos, conversaciones irrelevantes y decisiones aparentemente pequeñas que terminan definiendo una vida.
Lucas demuestra además una sensibilidad visual que pocas veces volvería a exhibir con tanta pureza. Las luces de neón, los cromados de los automóviles, las avenidas interminables recorridas de madrugada y la oscuridad cálida del verano californiano crean una atmósfera casi hipnótica. El director entiende que la memoria no funciona mediante argumentos, sino mediante imágenes, sonidos y sensaciones. Por eso la película parece menos una narración convencional que un recuerdo colectivo filmado. Para que esto funcione, Lucas se apoya en un espléndido ejercicio de montaje, a cargo de su entonces esposa, Marcia, y de Verna Fields.
Y luego está la música. Si en otras películas las canciones acompañan la acción, aquí constituyen el tejido mismo del relato. Los temas de Chuck Berry, Buddy Holly, The Beach Boys y decenas de artistas más no aparecen como mero adorno nostálgico: son la banda sonora emocional de unos personajes que aún creen que el mundo les pertenece. La radio de Wolfman Jack actúa casi como una presencia omnisciente que acompaña a los protagonistas durante toda la noche, hasta el punto de ejercer de mentor de Curt en el tramo final. El film hace suya una idea que se acerca a la verdad absoluta: las canciones de la adolescencia son la Arcadia a la que siempre queremos volver aunque, como ya se ha señalado, American Graffiti no es en realidad una obra nostálgica: George Lucas, que ni siquiera había llegado a la treintena cuando se estrenó la película, tenía aún demasiado cerca la adolescencia como para idealizarla.
El reparto funciona como una maquinaria perfectamente engrasada. Richard Dreyfuss aporta inteligencia y vulnerabilidad a Curt, que duda porque sabe que los pasos que dé (o no) ahora marcarán su destino; Ron Howard, más adelante un célebre director, transmite con naturalidad la mezcla de seguridad y miedo que define a Steve; Paul Le Mat construye un personaje memorable en Milner, figura crepuscular, casi un viejo veinteañero, cuya aparente confianza esconde una profunda melancolía. Charles Martin Smith encaja como un guante en el rol de perdedor simpático, y en cuanto a la sección femenina del elenco, más tópica en cuanto a la psicología de sus personajes, tanto Cindy Williams como Candy Clark rebosan naturalidad en sus interpretaciones, pero he de destacar a la joven Mackenzie Phillips, un talento malogrado que borda su rol de adolescente precoz. Wolfman Jack posee un aura casi mítica, mientras que un entonces desconocido Harrison Ford tiene una breve pero relevante intervención como chulo de pueblo sin demasiados motivos para serlo.
American Graffiti es una de las grandes películas estadounidenses de los años setenta. Se ambienta en el verano, pero es la crónica del final de una primavera que se escapa entre los dedos: la de la vida. George Lucas nunca volvió a dirigir una película tan íntima, tan observadora ni tan humana. Y es una lástima.