
THE IDLE CLASS. 1921. 29´. B/N.
Dirección: Charles Chaplin; Guión: Charles Chaplin; Dirección de fotografía: Roland Totheroh; Montaje: Charles Chaplin; Dirección artística: Charles D. Hall; Producción: Charles Chaplin, para First National Pictures (EE.UU.).
Intérpretes: Charles Chaplin (Charlot/Marido rico); Edna Purviance (Esposa); Mack Swain (Suegro); Henry Bergman (Vagabundo durmiente); Loyal Underwood, John Rand, Harry Maynard, Lita Grey.
Sinopsis: Un tren llega a un destino vacacional. Allí, dos viajeros toman caminos diferentes: un vagabundo va a jugar al golf, y una mujer regresa a su casa contrariada porque su esposo no fue a recogerla.
Tras el éxito monumental de El chico, Charles Chaplin atravesaba un periodo de enorme desgaste personal y profesional. Su batalla legal con la First National y el esfuerzo invertido en su primer largometraje habían tensado al máximo una relación contractual que todavía obligaba al cineasta a entregar nuevos cortos protagonizados por Charlot. De aquella coyuntura nació The Idle Class, estrenada en España con el título de Vacaciones, un film nacido no de la voluntad de Chaplin, cuya idea era no hacer más cortometrajes y dedicarse en exclusiva al formato largo, sino de las obligaciones derivadas del contrato suscrito con First National. Con todo, la película satisfizo a la legión de incondicionales de Charlot y, aunque se trata de un trabajo menor del cómico londinense, muchas de las cualidades que le convirtieron en un mito del cine se hallan también aquí.
Bajo la apariencia de una comedia ligera construida alrededor de confusiones de identidad y enredos matrimoniales, Chaplin crea una sátira social mucho más afilada de lo acostumbrado en este tipo de cortometrajes humorísticos. Charlot aparece convertido en un vagabundo ocioso que deambula, después de bajar de un tren en el que ha viajado como polizón, por un balneario frecuentado por ricos engreídos, mientras Chaplin interpreta simultáneamente a uno de esos individuos, en concreto a un marido millonario, que en realidad es un alcohólico despreocupado incapaz de atender a su esposa. El juego del doble papel no sólo permite a Chaplin una exhibición técnica admirable, sino que además revela dos caras complementarias de ciertos tintes autobiográficos, que revelan una obra más amarga de lo que aparenta: el marido rico tiene mucho en común con los millonarios ociosos a quienes adoraba satirizar, pero también al modo en el que le veía a él mismo su primera esposa, Mildred Harris, de la que se acababa de divorciar. Que el personaje que representa a esa abstemia desatendida en la pantalla sea Edna Purviance, actriz cuya carrera se despeñó en buena medida a causa de su alcoholismo, añade un punto de ironía amarga al conjunto.
La primera, y mejor en lo cómico, mitad del cortometraje funciona como una refinada colección de gags alrededor del golf, deporte que Chaplin convierte en terreno ideal para el caos físico. Bastones, pelotas y etiquetas aristocráticas sirven de combustible para una cadena de accidentes donde el cineasta demuestra nuevamente una precisión coreográfica casi musical. Sin embargo, es en el segundo acto, durante el célebre baile de máscaras, donde Vacaciones alcanza una dimensión superior. Chaplin aprovecha el equívoco visual entre sus dos personajes para construir una secuencia brillante, divertida y al mismo tiempo melancólica, culminada por un desenlace sorprendentemente cruel para los estándares de Charlot.
Como era habitual en esta etapa, Chaplin volvió a asumir prácticamente todas las responsabilidades creativas: dirección, guión, montaje y producción. Su control absoluto del medio resulta evidente en la fluidez narrativa y en la capacidad para alternar humor físico y comentario social sin que el mecanismo cómico se resienta. A su alrededor aparecen nuevamente varios de sus colaboradores esenciales, entre ellos Edna Purviance, cuya presencia adquiere aquí un peso dramático mucho mayor que en otros cortos contemporáneos, y el inseparable operador Roland Totheroh, fundamental para la elegancia visual del conjunto. Destacar asimismo la presencia de Henry Bergman, sempiterno compinche de Chaplin desde sus primeros trabajos, y de la que en breve se convertiría en la segunda esposa del director, Lita Grey.
Puede que Vacaciones no posea la ambición emocional de El chico ni la perfección mecánica de los mejores cortos de la Mutual, pero sí muestra a un Chaplin cada vez más interesado en introducir tristeza, cinismo y crítica de clase dentro de la carcajada. Y eso convierte estos poco más de treinta minutos en bastante más que un simple entretenimiento de transición. Incluso a disgusto, Charlie Chaplin era capaz de hacer películas que muchos en su máximo esplendor jamás lograron igualar.