
LOS GOLFOS. 1960. 80´. B/N.
Dirección: Carlos Saura; Guión: Daniel Sueiro, Carlos Saura y Mario Camus; Dirección de fotografía: Juan Julio Baena; Montaje: Pedro del Rey; Música: Antonio Pérez Olea; Dirección artística: Enrique Alarcón; Producción: Pere Portabella, para Films 59 (España).
Intérpretes: Manuel Zarzo (Julián); Luis Marín (Ramón); Óscar Cruz (Juan); María Mayer (Visi); Juanjo Losada (El Chato); Ramón Rubio (Paco); Rafael Vargas (Manolo); Antonio J. Escribano, Arturo Ors, Teresa Gisbert, Lola García, Ángel Calero, Miguel Merino, Carmen Sánchez, Maruja Lázaro, Adelardo Díaz Caneja, Francisco Bernal, Manuel Serrano.
Sinopsis: Un grupo de jóvenes marginales sobrevive en la periferia de Madrid mediante pequeños robos y trapicheos. Uno de ellos sueña con convertirse en torero, lo que llevará al grupo a intentar reunir dinero para financiar su debut.
Los golfos supuso el debut en el largometraje de Carlos Saura. Rodada en escenarios reales y con un tono semidocumental, la película se adentra en los márgenes de una sociedad que las estructuras del poder tendían a ocultar. Por ello, el film tuvo muchos problemas con la censura, pues en la España de 1960, el cine estaba sometido a un férreo control por parte del aparato censor del régimen de Francisco Franco. Las películas debían ajustarse a una imagen “oficial” del país: ordenada, moral y alejada de conflictos sociales visibles. Los golfos, sin embargo, rompía frontalmente con ese modelo al mostrar la marginalidad juvenil, la pobreza en la periferia de Madrid y la falta de expectativas de toda una generación. Esto hizo que los responsables de la película se vieran obligados a cortar y modificar algunas escenas, y aun con esos recortes, el film apenas tuvo recorrido comercial en España y recibió mejor acogida más allá de nuestras fronteras, siendo exhibido en la competición oficial de Cannes.
Desde sus primeras imágenes, Saura muestra un interés claro por capturar la realidad sin artificios. Las calles polvorientas, los descampados y las barriadas periféricas de Madrid se convierten en el verdadero protagonista del film, en el que los personajes parecen arrastrados por un entorno que limita cualquier posibilidad de ascenso social. En este sentido, la influencia del neorrealismo italiano resulta evidente, tanto en el uso de actores no profesionales como en la construcción de una narración fragmentaria, más atenta a los ambientes que a una trama convencional. A su vez, esta ópera prima de Saura constituye un claro precedente del cine quinqui que tan en boga estuvo en la España de la Transición. Con una diferencia esencial: el director aragonés no romantiza la delincuencia, sino que la muestra en toda su mezquindad. Que el prólogo del film recree el robo a una estanquera ciega, acto miserable donde los haya, es el perfecto ejemplo de ello. Dejando de lado las influencias cinematográficas, Los golfos se nutre del espíritu de las novelas que formaron la trilogía de La lucha por la vida, de Pío Baroja, una de las cuales, La busca, fue adaptada para la gran pantalla pocos años después.
El guión, coescrito por Saura junto a Mario Camus, evita caer en el melodrama fácil y opta por una mirada seca, casi distante, hacia sus personajes. No hay concesiones ni moralejas explícitas: los jóvenes protagonistas delinquen no por rebeldía romántica, sino por pura necesidad. El sueño taurino que articula la historia funciona más como símbolo de evasión que como verdadera posibilidad de redención, reforzando la sensación de fatalismo que recorre toda la película. Los diálogos suenan creíbles, y son a veces tan áridos como las zonas del extrarradio madrileño en las que transcurre una parte importante del metraje.
Desde el punto de vista formal, destaca la sobriedad de la puesta en escena. Esto se traduce, en primer lugar, en el uso de escenarios reales: barrios periféricos, áreas apenas urbanizadas y calles de Madrid sustituyen a los decorados artificiales, aportando una sensación de autenticidad poco habitual en el cine español del momento. Es llamativo que incluso el lugar de asueto de los jóvenes, un descampado junto a un arroyo, carezca de cualquier atractivo. La cámara de Juan Julio Baena se mueve con naturalidad por espacios abiertos, captando la dureza del paisaje urbano sin embellecerlo. Saura demuestra ya aquí una notable capacidad para componer imágenes con fuerza expresiva, aunque todavía lejos del refinamiento visual que alcanzará en obras posteriores. No hay grandes alardes técnicos, pero sí una clara intención de observar más que dramatizar, lo que refuerza el tono semidocumental. Con todo, los planos cenitales de la sala de baile demuestran pericia técnica. Asimismo, los primeros planos de las escenas taurinas ahondan en la sensación de realismo, sin florituras ni afán de embellecer la tauromaquia, sino de exhibirla de manera imparcial. En cuanto al montaje, firmado por Pedro del Rey, es relativamente fragmentario y poco convencional. La narración no sigue una estructura clásica cerrada, sino que se construye a partir de episodios que reflejan la deriva de los personajes. Esto refuerza la idea de una vida sin rumbo claro, marcada por la improvisación y la precariedad. Los protagonistas son jóvenes, pero nada joviales: mezquinos, desilusionados, sin sentido del humor y marcados por la necesidad, se diría que son viejos prematuros. El sonido de la guitarra flamenca y de los cantes que interpreta uno de los protagonistas son la antítesis de la alegría y la juerga que siempre quiso vender el régimen respecto a la música andaluza, y sirven para amplificar el tono desazonador de la película, que por momentos, y regreso a la ausencia del menor rasgo de humor, se antoja excesivo.
En cuanto a las interpretaciones, la mezcla de actores profesionales y no profesionales aporta veracidad al conjunto, aunque de manera irregular. Manuel Zarzo es el único miembro del reparto con experiencia, y esto se nota en su trabajo, de mayor enjundia dramática y abanico de matices que el de sus compañeros. La labor de Luis Marín, que apenas había actuado en un par de cortometrajes antes de ponerse a las órdenes de Saura, es más que correcta, en la piel de Ramón, el líder del grupo. Las actuaciones del resto de componentes del sexteto protagonista son más toscas; aportan autenticidad, pero individualmente funcionan a medias. De María Mayer, que tuvo una brevísima carrera como actriz, se puede decir tres cuartos de lo mismo. Más allá de estos personajes, no hay secundarios de entidad.
En definitiva, Los golfos es una estimable obra primeriza de un director fundamental dentro del cine español. Su importancia radica menos en sus logros estrictamente cinematográficos, aunque los tiene, que en su valentía a la hora de mostrar una realidad incómoda y poco representada en su tiempo.