QUÉ NOCHE LA DE AQUEL DÍA

A HARD DAY´S NIGHT. 1964. 86´. B/N.

Dirección: Richard Lester; Guión: Alun Owen; Dirección de fotografía: Gilbert Taylor; Montaje: John Jympson; Música: The Beatles; Dirección artística: Ray Simm; Producción: Walter Shenson, para Walter Shenson Films-Proscenium Films (Reino Unido).

Intérpretes: George Harrison, John Lennon, Paul McCartney, Ringo Starr (Ellos mismos/The Beatles); Wilfrid Brambell (Abuelo); Norman Rossington (Norm); John Junkin (Shake); Victor Spinetti (Realizador de televisión); Anna Quayle (Millie); Deryck Guyler (Inspector de policía); Richard Vernon, Robin Ray, Lionel Blair, Pattie Boyd, Kenneth Haigh, Brian Epstein, Phil Collins, Rosemarie Frankland, Margaret Nolan, Richard Lester, Charlotte Rampling.

Sinopsis: Los Beatles, en plena vorágine de su fama, viajan a Londres para grabar un programa de televisión.

Desde que el cine se hizo sonoro, la presencia en la gran pantalla de los músicos más en boga en cada momento se hizo casi ineludible. Por supuesto, un fenómeno de la envergadura del que causaron los Beatles no podía ser ajeno a esa tendencia, por lo que el cuarteto de Liverpool no tardó en ponerse delante de las cámaras para alborozo de sus incondicionales, que se contaban por millones en todo el mundo. El debut en el cine de George, John, Paul y Ringo significó asimismo un gran espaldarazo para la carrera de su director, Richard Lester, que hasta entonces se circunscribía básicamente a trabajos televisivos. La película permanece como uno de los musicales pop de referencia más de medio siglo después de su estreno.

A mi juicio, Qué noche la de aquel día ha envejecido francamente bien, pese a ser una película rodada muy de acuerdo a las tendencias más modernas en su época (lo que acostumbra a ser sinónimo de senectud prematura), por dos motivos fundamentales: que las canciones de los Beatles permanecerán para siempre en la memoria colectiva, y que ni el propio film, ni desde luego sus artífices, se toman a sí mismos demasiado en serio. A hard day´s night continúa siendo divertida e irreverente, gracias al ingenioso guión escrito por Alun Owen y al espíritu desenfadado que impregna todo el metraje. No todo lo que sucede es divertido (ya volveré a eso más adelante), pero todo es observado, y retratado, desde el prisma de la comedia. Estamos en los inicios del seísmo beatle, y lo que vemos es a cuatro amigos de clase obrera (detalle nada baladí en una sociedad estratificada como pocas), ajenos a toda solemnidad, que todavía disfrutan del increíble éxito obtenido gracias a su música pese a los inconvenientes que conlleva ser el centro de atención de todo el mundo, máxime cuando apenas se ha superado la veintena y el ascenso a la cumbre ha sido tan repentino. De hecho, la velocidad es una de las constantes de la película, y esto se plasma en el modo de filmarla de Lester, muy cercano al documental en lo que a técnica se refiere, y en el montaje, bastante acelerado para los estándares de la época. De hecho, la película se inicia con los cuatro de Liverpool en plena carrera, huyendo del acoso de docenas de fans histéricas. Carreras, veremos muchas, ya sean con ese mismo objeto, por el puro placer de disfrutar de unos minutos de libertad, delante de la policía o para llegar a tiempo de cumplir con los compromisos profesionales. Carreras… y muchas bromas: el gag del abuelo de Paul dura, literalmente, toda la película, y proporciona algunos momentos tronchantes (el del casino, sin ir más lejos), pero no es el único, pues los miembros del grupo no paran de emitir comentarios jocosos, ya sea dirigidos a sus propios compañeros, a la gente seria (ocasionales compañeros de viaje ferroviario, periodistas, estresados directores de televisión) en general o, sobre todo, al dúo de representantes que les acompañan a todos sitios. Todavía los Beatles pueden presentarse como una convincente hermandad de amigos, que se divierten de lo lindo (en especial Ringo, casi siempre sonriente) pese al rechazo que provocan en el gran mundo por su baja extracción social y su llamativa imagen, a la acumulación de exigencias promocionales que les convierten casi en monos de feria, sin tiempo para detenerse a pensar o dedicárselo a ellos mismos, o al continuo caos provocado por unas fans a las que vuelven locas sus canciones pero que, paradójicamente, berrean con tal intensidad que resulta casi imposible escuchar la música. Los egos permanecen ocultos: se nota que el de Lennon, sin duda el mayor de todos, se impuso a la hora de seleccionar las canciones, pero en pantalla el lucimiento está repartido de forma muy equitativa. Y, entre tanto chascarrillo, una gran verdad, la que asoma de la conversación entre George Harrison y ese moldeador de estrellas juveniles prefabricadas que se cree un Petronio de su tiempo. Sí, el lobo ya asomaba la patita por debajo de la puerta…

Como ya se ha mencionado, Lester busca la máxima espontaneidad, y tiene el mérito de conseguirla. Para ello, su inquieta cámara sigue tan de cerca a sus protagonistas que uno diría que más de una vez debió de chocar con ellos, pero aceptamos pulpo porque la película es muy ágil, rezuma frescura y, todo hay que decirlo, la actuación final está tan bien filmada que se nota que el director conocía muy bien el medio televisivo pero, a la vez, logra trascenderlo. Hay que resaltar que en la calidad visual de la película tiene mucho que ver el gran trabajo del veterano Gilbert Taylor.

En general, los cuatro Beatles se mueven con desparpajo ante las cámaras. Quizá al más joven de ellos, Harrison, se le vea menos suelto, pero ellos contribuyen mucho a que la película tenga tanta chispa. También lo hacen dos notables secundarios como el ya muy curtido Wilfrid Brambell y un impagable Norman Rossington. Destacar, por último, la labor de Victor Spinetti, así como la presencia de Pattie Boyd, antes de convertirse en la esposa de George Harrison… y en Layla.

Lo dicho: fresca, divertida, trufada de canciones inmortales y muy apropiada, ahora que todo Cristo parece haber perdido la perspectiva histórica, para comprender la auténtica dimensión de lo que significaron los Beatles en los años 60.

HABRÁ MONSTRUOS

HABRÁ MONSTRUOS. 2019. 6´. Color.

Dirección: Carlota Pereda; Guión: Carlota Pereda; Dirección de fotografía: Rita Noriega;  Montaje: Verónica Callón; Dirección artística: María Gómez Lou; Producción: Carlota Pereda, David Moreno y Raquel Pedreira, para Almaina Producciones (España).

Intérpretes: Patricia Ponce de León (Joven intoxicada); Jorge Elorza, Álvaro Quintana, Alejandro Chaparro y José Gabriel Campos (La Manada); Laura Galán (Madre escritora).

Sinopsis: Una mujer ebria es asaltada por un grupo de jóvenes.

Habrá monstruos es el tercer cortometraje de Carlota Pereda, realizadora con una amplia experiencia en el mundo de la televisión que, además, abordó este trabajo con el Goya al mejor cortometraje de ficción bajo el brazo. Vista esta obra, he de decir que mis expectativas han quedado defraudadas.

Contar una historia en apenas seis minutos entraña bastante dificultad, y he de decir que a Pereda se le notan el oficio y la capacidad de síntesis, virtud imprescindible cuando se transita por estos terrenos. Otro tema es que la historia, por mucho que sea muy consecuente con los vientos ideológicos que corren, sea más bien pobre, y que su potencial simbólico se quede en anécdota. Que la película se inicie con la imagen de una joven vomitando en un banco, se supone que a causa de un consumo abusivo de alcohol, ya nos indica que el film no caminará por los senderos de la sutileza, cosa que no es mala en sí misma, aunque suele restar credibilidad al mensaje. Acto seguido, esa joven es abordada por cuatro indeseables (inequívocamente españoles, por supuesto: una simple sugerencia de lo contrario es tabú para la progresía), que, aprovechándose de su estado de embriaguez, la llevan hasta un portal, se entiende que con la intención de violarla. El desenlace de este cuento cruel, y por desgracia a veces real,  es muy distinto del que cabría esperar (de un plumazo, lo realista se convierte en fantástico), y por fin descubrimos que todo es una historia dentro de otra historia, algo que me suena a truco sin demasiado sentido. Lo cierto es que la factura visual es más que correcta: de hecho, el importante abuso de los primeros planos se redime por la mejor elección de la directora, que es filmar el portal, y la escena que allí acaece, desde el banco, ya vacío, en el que empezó todo. Lástima que esa necesaria distancia no se aplique en el resto del metraje, ni desde luego en el discurso, que me atrevo a calificar de feminismo zafio. Las interpretaciones se ven lastradas por ese esquematismo en el perfil de los personajes, sin que uno vea a ningún actor capaz de aprovechar su breve aparición en pantalla para darle un plus de profundidad al conjunto. En definitiva, una obra de esas que demuestran que, de buenas intenciones, están los cementerios llenos.

FAMILIA

FAMILIA. 1996. 94´. Color.

Dirección: Fernando León de Aranoa; Guión: Fernando León de Aranoa; Dirección de fotografía: Alfredo Mayo;  Montaje: Nacho Ruiz Capillas; Música: Canciones interpretadas por Stéphane Grappelli; Decorados: Soledad Seseña; Producción: Elías Querejeta, para Elías Querejeta Producciones Cinematográficas-Albares Production-MGN Films (España).

Intérpretes: Juan Luis Galiardo (Santiago); Amparo Muñoz (Carmen); Ágata Lys (Sole); Chete Lera (Ventura); Elena Anaya (Luna); Raquel Rodrigo (Rosa); Juan Querol (Carlos); Aníbal Carbonero (Nico); Béatrice Camurat (Alicia); André Falcon (Martín).

Sinopsis: Una familia se reúne para celebrar el aniversario del patriarca, aunque nada es lo que parece.

Familia no sólo fue el debut en la dirección de largometrajes de Fernando León de Aranoa, sino el film que de un plumazo le situó entre los jóvenes valores más a tener en cuenta en el cine español. Este original drama, aderezado con toques de comedia, aúna el costumbrismo con el absurdo y logró encandilar a la crítica, al tiempo que obtuvo una acogida popular muy importante para tratarse de una película concebida para minorías. Por todo ello, puede decirse que, en este caso, la ópera prima funcionó, de forma muy merecida, como plataforma de despegue de una carrera que ha alternado grandes momentos con obras mucho más prescindibles.

En principio, nada puede haber más típico que una reunión familiar en conmemoración del aniversario del patriarca. Esto es lo que sucede un buen día en la casa de Santiago, un hombre maduro de buena posición social. Sin embargo, no tardamos en descubrir que todo el tinglado es una tremenda pantomima, pues la família de Santiago no es más que una compañía de actores contratada para la ocasión por un individuo que, en realidad, está absolutamente solo. No conocemos el motivo de esa soledad, sólo la forma en la que ese peculiar cincuentón decide combatirla por un día. Las costuras saltan nada más empezar, cuando el hijo pequeño entrega un regalo claramente erróneo y el homenajeado se queja con amargura de que la criatura no se ajusta ni de lejos a sus deseos. A partir de ahí, asistimos al contraste entre las vivencias de una familia falsa, la que ha montado Santiago para no celebrar en soledad su aniversario, y una verdadera, la de la compañía de actores, cuyas relaciones cruzadas casan bastante mal con los papeles asignados a cada cual en la pantomima. En conjunto, predomina la tristeza, pues por un lado tenemos a un hombre que parece tenerlo todo, pero a nadie con quien compartirlo, y por el otro a unos actores que forman un núcleo cerrado y, en cierto modo, protector, aunque marcado por la precariedad y el deterioro de las relaciones entre los miembros adultos de la compañía. Es decir, que bajo la apariencia de una família tradicional, lo que en verdad tenemos es a una inexistente y a otra, no necesariamente biológica, bastante disfuncional. Fernando León, ante todo un guionista muy talentoso, añade a esta historia de poso amargo un buen número de digresiones humorísticas, algunas gozosamente absurdas y otras más en sintonía con lo que podría esperarse en una típica comedia de situación. En definitiva, un ejercicio de estilo en el que queda claro que la vida es puro teatro, y todos  somos actores, en sentido calderoniano, en esta gigantesca tragicomedia.

El estilo de Fernando León como director se basa en la sencillez y el realismo a ultranza. Todo el trabajo técnico está supeditado a la historia, que transcurre en un solo escenario, una casa señorial de aspecto más bien decadente. Es cierto que la puesta en escena es básicamente teatral, sin que haya elementos visuales que sobresalgan de un conjunto tan funcional como previsible. No obstante , la fotografía, de Alfredo Mayo, es de calidad, y es de destacar el acertado uso que se hace de las canciones interpretadas por el gran Stèphane Grappelli, muchas de ellas junto al genio de la guitarra Django Reinhardt. Esta música contribuye en gran manera a atenuar los elementos más dramáticos de la acción y añadirle al conjunto una ligereza que se busca tanto como se necesita. El director sabe dosificar los distintos elementos y consigue que la narración avance sin acelerones ni tropiezos, resultando un acierto la aparición, a media película, de un nuevo personaje que evita el desgaste de la premisa y aporta un nuevo prisma dramático a la trama.

El reparto mezcla a iconos del cine español con jóvenes que iniciaban por entonces su trayectoria. Al frente, un notable Juan Luis Galiardo, de lo más creíble a la hora de comunicar la trsiteza de su personaje, pero también su retorcida naturaleza. El director recuperó para esta ópera prima a dos de las actrices más bellas del cine español del tardofranquismo y la Transición, Amparo Muñoz y Ágata Lys. Ambas mantenían una gran presencia en pantalla, más frágil la de la ex-miss Universo, y más enérgica la de la vallisoletana. A la hora de valorar sus respectivas interpretaciones, creo que el papel de Muñoz es mejor, pero el desempeño de Lys en el suyo alcanza cotas más altas. Chete Lera está tan correcto como acostumbra, y la que sale mejor parada, Galiardo al margen, es una debutante Elena Anaya, que ya apuntaba cualidades de gran actriz en su adolescencia. En cambio, Juan Querol muestra bastantes limitaciones. La veterana Raquel Rodrigo se despidió de la gran pantalla aportando buenos momentos, mientras que la francesa Béatrice Camurat no aprovecha del todo un personaje bastante jugoso.

Familia es un gran debut para un director que, con escasos medios, supo construir una historia rica en elementos y matices, en la que coexisten sin desentonar lo triste y lo amable, lo cotidiano y lo grotesco, servido todo con unos diálogos inteligentes y una puesta en escena sencilla, pero efectiva a la hora de explicar con ligereza que, en la vida, las más de las veces la disyuntiva radica en estar solo… o mal acompañado.

ELYSIUM

ELYSIUM. 2013. 109´. Color.

Dirección: Neill Blomkamp; Guión: Neill Blomkamp; Director de fotografía: Trent Opaloch;  Montaje: Lee Smith y Julian Clarke; Música: Ryan Amon; Diseño de producción: Philip Ivey; Dirección artística: Don Mcaulay (Supervisión); Producción: Simon Kinberg, Neill Blomkamp y Bill Block, para Media Rights Capital-Kinberg Genre-AlphaCore-QED International- Tri Star Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Matt Damon (Max); Jodie Foster (Delacourt); Sharlto Copley (Kruger); Alice Braga (Frey); Diego Luna (Julio); Wagner Moura (Spider); William Fitchner (John Carlyle); Brandon Auret (Drake); Josh Blacker (Crowe); Emma Tremblay, José Pablo Cantillo, Maxwell Perry Cotton, Faran Tahir, Adrian Holmes, Chris Shields, Terry Chen.

Sinopsis: En pleno siglo XXII, la Tierra es un lugar devastado del que los ricos han huido para mantener su nivel de vida. Max, un obrero, contacta con grupos de insurgentes que planean acceder a Elysium, el lugar donde los poderosos viven confortablemente mientras controlan lo que sucede en nuestro planeta.

El sudafricano Neill Blomkamp impresionó a la cinefília planetaria con su debut en el largometraje, Distrito 9, cuyo éxito llamó la atención de los ejecutivos de Hollywood. El primer proyecto estadounidense de Blomkamp fue Elysium, fábula futurista en la que el director insiste en varias constantes de su ópera prima. Pese a ello, fueron pocos los que consideraron que el producto resultante resistía la comparación con su precedente.

Elysium es un buen ejemplo de película que promete bastante más de lo que da, porque una trama llena de interés y un inicio vibrante terminan por convertirse en un rutinario film de ciencia-ficción que no consigue elevarse por encima de la infinidad de distopías futuristas producidas en nuestro tiempo para la gran pantalla. El problema, a mi juicio, estriba en que el drama social que plantea la película tiene mucho más interés para el espectador que el drama personal de los protagonistas, en el que el director se centra en la segunda mitad del film. Ahí es donde, creo, se malogra una propuesta de calado, tanto en lo argumental como en lo referente a la puesta en escena. Blomkamp nos enseña una ciudad de Los Ángeles que, en el siglo XXII,  es más una favela gigante que otra cosa. No creo que ahí se equivoque en exceso. Tampoco a la hora de mostrar cómo, para mantener su nivel de vida y evitar ser engullidos por la miseria que ellos mismos han generado, los ricos se han construido una megaurbanización extraplanetaria desde la que dominan la Tierra. Allí no sólo la existencia es lujosa, sino que además sus residentes tienen acceso a la vida eterna gracias a los avances médicos, capaces de curar las enfermedades y evitar el fallecimiento. Para morirse ya están los pobres, que son muchos y, por lo tanto, fácilmente sustituibles, y para evitar que los menesterosos accedan a ese Paraíso está una ministra de Defensa inspirada en Margaret Thatcher y con maneras de Adolf Hitler. Hasta ahí, lo que plantea Blomkamp, y cómo lo plantea desde un punto de vista cinematográfico, es impecable. Luego, a raíz del accidente en la fábrica de Max, que provoca el definitivo reencuentro con su amor de la infancia, esa historia de redención personal, un tanto forzada, pasa a ocupar el centro de la acción y, con ello, la trama se enrevesa y pierde buena parte de su originalidad y potencial subversivo. La manera de enlazar eso con el aspecto social de la historia tampoco la encuentro acertada: si bien el director acierta en dividir a los ricos entre quienes ni siquiera ven a los pobres como seres humanos y quienes los quieren vivos, pero en la miseria, en la conclusión se muestra demasiado condescendiente: gran parte de esos individuos preferirían fenecer antes que compartir sus privilegios. Por lo demás, las cada vez más abundantes escenas de acción, lejos de impedir que la película vaya perdiendo fuelle, contribuyen a lo contrario. Lo que era una fábula social de alcance degenera en un espectáculo bienintencionado, pero tópico, en el que suceden demasiadas cosas (el secuestro del empresario, sin ir más lejos) que simplemente hay que creerse.

Blomkamp maneja un presupuesto muy superior al de su ópera prima, y da la impresión de que acaba siendo engullido por esa circunstancia. Visualmente, mantiene las buenas maneras a lo largo del metraje, visibles, por ejemplo, en los planos aéreos de ese degradado núcleo chabolista en que vive Max, y su contraste con los de ese paraíso terrenal que es Elysium. La escena en la que las tres naves terrestres tratan de entrar sin autorización en el Edén de los ricos es brillante; luego, el despliegue se distingue cada vez menos del que podría haber en una película de Michael Bay, aunque funciona como espectáculo de acción futurista. La música, de Ryan Amon, hace el mismo viaje desde lo sugerente a lo rutinario en que se embarca toda la película.

El reparto se ve perjudicado por una cierta indefinición de los personajes: Matt Damon hace una correcta interpretación de un héroe con alma, pero a Jodie Foster, perfecta como ser cruel de pies a cabeza, se la desaprovecha de mala manera, siendo el desenlace de su personaje uno de los aspectos más discutibles de la película, y de los que más la perjudica. Sharlto Copley interpreta con estilo a un violento esbirro de los poderosos, aunque tampoco el perfil de su personaje es el más logrado posible. La interpretación de Alice Braga le deja a uno indiferente, algo que, unido al hecho de que su papel podría haber sido eliminado sin excesivos problemas, coloca a esta actriz en el furgón de cola del elenco. Diego Luna y Wagner Moura están algo mejor, en especial el segundo de ellos, pero me quedo con William Fitchner, frío y elegante malvado.

Elysium es un film-gaseosa, que empieza muy bien pero cuya fuerza se va diluyendo hasta hacerlo pasar de muy notable a bastante correcto. Ya sabéis, parias de la Tierra: la revolución será televisada, pero se quedará, como siempre, con las migajas.

DILILI EN PARÍS

DILILI À PARIS. 2018. 94´. Color.

Dirección: Michel Ocelot; Guión: Michel Ocelot; Montaje: Patrick Ducruet; Música: Gabriel Yared; Producción: Christophe Rossignon y Philip Boëffard, para Studio 0- Nord Ouest Films- Mars Films-Wild Bunch-Arte France Cinéma-Artémis Productions-RTBF-Shelter Prod-Mac Guff Ligne (Francia-Bélgica).

Intérpretes: Prunelle Charles-Ambron (Voz de Dilili); Enzo Ratsito (Voz de Orel); Natalie Dessay (Voz de Emma Calvé); Bruno Paviot (Voz de Lebeuf/Otras voces); Jérémy López (Voz de Toulouse Lautrec/Otras voces); Elisabeth Duda (Voz de Marie Curie/Otras voces); Isabelle Guiard (Voz de Sarah Bernhardt/Otras voces); Nicolas Planchais, Paul Bandey, Liliane Rovère, Harrison Arévalo, Thissa d´Avila Bensalah, Michel Elias, Nicolas Gonzales, Olivier Claverie, Nicolas Lormeau .

Sinopsis: Dilili, una niña mestiza de Nueva Caledonia, llega al París de finales del siglo XIX, donde se están produciendo numerosos secuestros de personas de su mismo sexo y edad.

Michel Ocelot, un ilustre veterano del cine de animación en Francia, cosechó un importante éxito con Dilili en París, película ambientada en plena Belle Epoque, cuando la capital gala lo era también del mundo. Se trata de un thriller con mensaje progresista que cautivó a la crítica local y, desde luego, gustó a los numerosos fans que el cine de Ocelot tiene más allá de las fronteras de su país de origen.

A lo largo de los años, Michel Ocelot ha ido perfeccionando un estilo reconocible para los cinéfilos, basado en una técnica depurada, una estética preciosista y una defensa del mestizaje y el feminismo. Todas esas características las encontramos en grado sumo en Dilili en París, obra de madurez que repite los esquemas más usuales en el cineasta francés. Claramente orientada al público infantil, aunque poblada de numerosos guiños al adulto, la película narra la odisea parisina de una niña llegada de una niña llegada desde los territorios de ultramar, en los que recibió una educación muy de damisela a la antigua. La belleza de una ciudad en su época de mayor esplendor y la amistad que pronto entabla la muchacha con Orel, un repartidor adolescente, se funde con un aspecto mucho más siniestro de la metrópoli, en la que una organización clandestina se dedica a secuestrar niñas sin que las autoridades logren poner coto a sus fechorías. A partir de esta premisa, Ocelot orquesta un thriller irregular en lo narrativo en el que, como es fácil suponer, Dilili y su joven amigo tendrán un destacado papel a la hora de desenmascarar a la organización delictiva. Por otro lado, el film es una galería de personajes ilustres, casi un museo de las grandes glorias francesas, en el que aparecen. de forma relevante para la acción o meramente testimonial, genios como Toulouse-Lautrec, Rodin, Erik Satie, Degas, Renoir, Pasteur, Gustave Eiffel, Proust y, por supuesto, las grandes personalidades femeninas de esa era dorada, como Marie Curie, Sarah Bernhardt, Colette, Gertrude Stein, Camille Claudel y la más importante en la trama, la soprano Emma Calvé. En este sentido, diría que Dilili en París es como Midnight in Paris, de Woody Allen, pero en bueno. Como thriller, la película es muy poco verosímil incluso para ser infantil, y se diría que la propia acumulación de personajes reales juega en contra de una suspensión de la incredulidad que el film necesita como el comer y consigue sólo parcialmente. En cuanto al mensaje, me parece muy de educación para la ciudadanía: bienintencionado, pero simplista e ingenuo. Que la moralina vista ahora con distintos colores no es suficiente para ocultar su naturaleza. Diré más: si quería jugar a hablar de nuestra época a través de otra, Ocelot ha pecado de cobardía, porque en tal caso, quizá los miembros de esa organización masculina que conspira para mantener a las mujeres genuflexas y tapadas desde el cabello a los tobillos deberían vestir otras ropas. Claro que los cojones de Michel Houellebecq no los tiene cualquiera.

En la estética, se alternan por igual aciertos y apuestas discutibles, como la frecuente superposición de los personajes sobre fotografías reales, que produce resultados a veces chirriantes que deslucen un conjunto por lo demás notable, en el que el muy fauvista concepto visual de Ocelot, basado en el predominio de lo monocromático y la utilización de colores primarios y muy vivos hace de la película, que se mueve por todo París, desde sus palacios a sus alcantarillas, un chispeante retrato de la que no en vano es conocida como ciudad de la luz. Las vistas desde la torre Eiffel, los vertiginosos descensos en triciclo por las escaleras de Montmartre o la secuencia en el Moulin Rouge son momentos en los que, por encima de la historia, brilla el talento visual de un director que conoce muy bien su oficio. Otro aspecto a destacar es la banda sonora, compuesta por un músico importante, como Gabriel Yared, que sigue ofreciendo muestras de su talento.

Respecto a las voces, decir que la película nos proporciona el placer de escuchar la de Natalie Dessay, una de esas que, al contrario de lo que sucede con el común de los mortales, elevan el espíritu. Prunelle Charles-Ambron cumple en el papel de la protagonista, una niña simpática y educada, aunque algo redicha. Correcto también el otro joven cuasidebutante, Enzo Ratsito. Lo mejor, con permiso de la diva, lo encontramos en Jérémy Lopez, que acredita su calidad en la voz de Toulose-Lautrec, y su versatilidad en el resto de las que ejecuta, y en la veterana Liliane Rovère. También Bruno Paviot hace un trabajo valioso, dentro de un plantel de secundarios que, en general, merece una nota alta.

Buena película, pese a unas limitaciones que están mucho más en el guión que en unas imágenes en su mayoría cautivadoras. Con todo, Michel Ocelot ha dirigido mejores películas en el pasado.

SICARIO: EL DÍA DEL SOLDADO

SICARIO: DAY OF THE SOLDADO. 2018. 122´. Color.

Dirección: Stefano Sollima; Guión: Taylor Sheridan; Director de fotografía: Dariusz Wolski;  Montaje: Matthew Newman; Música: Hildur Gusnadottir; Diseño de producción: Kevin Kavanaugh; Dirección artística: Marisa Frantz y Carlos Y. Jacques; Producción: Molly Smith, Basil Iwanyk, Thad Luckinbill, Trent Luckinbill y Edward L. O´Donnell, para Black Label Media-Thunder Road-Redrum-Columbia Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Benicio Del Toro (Alejandro); Josh Brolin (Matt Graver); Isabela Moner (Isabel Reyes); Jeffrey Donovan (Steve Forsing); Catherine Keener (Cynthia Foards); Manuel García-Rulfo (Gallo); Matthew Modine (James Riley); Shea Wigham (Andy Wheeldon); Elijah Rodríguez (Miguel Hernández); Howard Ferguson Jr., David Castañeda, Jacqueline Torres, Raoul Trujillo, Bruno Bichir, Jake Picking, Tenzin Marco-Taylor.

Sinopsis: Cuando las agencias de seguridad estadounidenses descubren que los cárteles mexicanos, que controlan el tráfico de personas en la frontera entre ambos países, permiten infiltrarse a terroristas islámicos junto a los inmigrantes ilegales, deciden provocar una guerra entre los narcotraficantes para combatir el problema.

El éxito de Sicario hacía prever una continuación, que vio la luz hace dos años por cortesía del muy talentoso guionista Taylor Sheridan, quien retomó a los dos protagonistas masculinos de la primera entrega y los sumergió en una nueva aventura fronteriza en la que se dan cita los cárteles mexicanos y el terrorismo islámico. El escogido para encargarse de la dirección fue Stefano Sollima, que con ello dio el siempre difícil salto a Hollywood después de impresionar con Suburra. La opinión dominante estima que Sicario: El día del soldado es una buena película, aunque inferior a la dirigida por Denis Villeneuve. Estoy de acuerdo con ella.

Hace tiempo que las mafias internacionales descubrieron que el tráfico de personas es un negocio todavía más lucrativo que el de estupefacientes. Los cárteles mexicanos, sin duda el paraestado más poderoso de América, llevan años jugando esa carta con singular empeño, dados los enormes beneficios, no sólo económicos, que les supone. La película arranca cuando una serie de atentados suicidas perpetrados en los Estados Unidos por terroristas islámicos lleva a pensar a los responsables de la lucha antidroga del Tío Sam que los narcos se dedican a algo más que a introducir mano de obra barata en su país. Se imponen soluciones drásticas, y pocos como el agente Matt Graver para llevarlas a cabo. La idea es generar un conflicto a gran escala entre cárteles rivales que agite el hormiguero lo suficiente como para que el oso pueda cazarlas, y para ello Graver recurre a un viejo conocido: el mercenario Alejandro, que vive a su aire en Colombia hasta que entra a formar parte de una operación consistente en el asesinato del abogado principal del cártel de Matamoros, y en el secuestro de la hija adolescente de Carlos Reyes, líder de un cártel rival. La misión es ejecutada con éxito, aunque encender esa mecha no va ser fácil de afrontar para nadie.

Pese a que la película posee no pocas de las mejores virtudes de la primera entrega, es cierto que se queda al menos un escalón por debajo, algo que ya encontramos en el guión de Taylor Sheridan, que empieza fuerte pero va perdiendo fuelle en su desarrollo y decepciona con un clímax falto de verosimilitud y coherencia narrativa. Matar personajes no es como matar personas, o eso dicen, pero a Sheridan parece faltarle valor para culminar una faena hasta entonces notable con una estocada que, visto lo visto, era más que necesaria. Por lo demás, Stefano Sollima es muy bueno en lo suyo, pero no es Denis Villeneuve. El italiano mantiene bien el pulso del relato, filma con brío las escenas de acción y acierta en la frialdad de la exposición de los hechos narrados, así como en lo parco, casi minimalista, de su puesta en escena, pero adolece del punto de inspiración del director canadiense, algo que se traduce en que no encontramos en El día del soldado una sola escena que iguale las cotas más altas del film precedente. Lo mismo ocurre con el resto de la película: todo está bien… pero menos. El trabajo de Dariusz Wolski en la fotografía es el que más cerca está del que Roger Deakins hiciera años atrás, porque roza la excelencia, pero en el montaje no se resuelven algunos problemas de ritmo (más de una vez, la historia del adolescente convertido en empleado de los narcos funciona como anticlímax), y la música, algo monótona y reiterativa, no está a la altura de lo hecho en el origen por el malogrado Johann Johansson. Lo que sí se mantiene es el afán por realizar una obra que quede lejos de la típica película de acción pirotécnica pero insustancial: esta segunda parte conserva el poso realista, por no decir el espíritu didáctico. El espectador intuye una buena labor de documentación, lo que en la práctica se traduce en que, hasta que en la parte final Sheridan juega a ser un Dios más compasivo, nada de lo que vemos nos resulta ajeno, y mucho menos inverosímil. Lo que sucede entre las mafias y quienes las combaten formando parte de las fuerzas de seguridad, puede ser tal que así. Da un poco de miedo, pero apuesto a que la realidad da bastante más. A la hora de plasmar esto, Villeneuve también estuvo más certero, dicho sea de paso.

Esta vez, Benicio del Toro y Josh Brolin se reparten todo el protagonismo. Es verdad que no extraen de sus personajes más jugo del muchísimo que les sacaron en su primera toma de contacto con ellos, pero aún así su labor, en especial la de Benicio, es excelente. Isabela Moner, en su primer papel adulto, cumple sin impresionar, Jeffrey Donovan vuelve a estar a buen nivel, y lo mejor, al margen del dúo estelar, está en las intervenciones de la siempre notable Catherine Keener, cuyo personaje quizá podría haber dado más de sí, y de Matthew Modine en el papel de alto cargo sin escrúpulos, valga la redundancia,. Bien de nuevo Raoul Trujillo, mientras que al joven Elijah Rodríguez me parece que la película le viene un poco grande.

No llega al sobresaliente nivel de la primera parte, y puede que el final no esté a la altura del conjunto, pero Sicario: el día del soldado está lejos de ser la típica secuela rutinaria y prescindible.

3 BODAS DE MÁS

3 BODAS DE MÁS. 2013. 94´. Color.

Dirección: Javier Ruiz Caldera; Guión: Pablo Alén y Breixo Corral; Dirección de fotografía: Arnau Valls Colomer; Montaje: Alberto de Toro; Música: Javier Rodero;  Dirección artística: Silvia Steinbrecht; Producción: Mikel Lejarza, Eneko Lizarraga, Belén Atienza, Enrique López Lavigne, Mercedes Gamero, Juan Carlos Caro, Francisco Sánchez Ortiz, Rosa Pérez y Ricardo García Arrojo, para Ciskul- Lolimax Films-Atresmedia Cine-Apaches Entertainment-Think Studio (España).

Intérpretes: Inma Cuesta (Ruth); Martiño Rivas (Dani); Quim Gutiérrez (Jonás); Paco León (Mikel); Rossy de Palma (Mónica); María Botto (Sandra); Berto Romero (Pedro); Bárbara Santa Cruz, Laura Sánchez, Octavi Pujades, Toni Sevilla, Natalia Rodríguez, Silvia Abril, Eloi Yebra, Joaquín Reyes.

Sinopsis: Durante una boda, a Ruth, una joven investigadora, la deja su novio. Poco después, éste y otros dos de sus ex la invitan a sus respectivos enlaces.

Javier Ruiz Caldera es un cineasta que, desde sus inicios, se ha especializado en un tipo de comedia de clara vocación comercial que, en la mayoría de las ocasiones, ha obtenido la respuesta positiva de la taquilla. En lo artístico, sus películas oscilan entre lo resultón y el bodrio infame. 3 bodas de más constituye un ejemplo de la primera categoria.

El film es una comedia española muy estadounidense, pues las influencias de algunos éxitos de las últimas décadas, en especial de El diario de Bridget Jones, son notorias. Para completar el cuadro, las huellas de la comedia al estilo de los hermanos Farrelly, o de la saga American pie, tampoco son difíciles de ver. El director adereza ese cóctel con algún ingrediente cañí, y lo que queda, a mi juicio, es un producto elaborado de manera competente y con algunos buenos momentos, pero que visto de manera global se queda a medio camino de casi todo. La historia de esta científica treintañera a la que se le acumulan las bodas de sus ex-novios es previsible como comedia romántica, e incoherente en su sentido del humor, que se debate entre lo ñoño, lo gracioso y lo chusco según los momentos. Hay gags muy eficaces que consiguen su propósito de hacer reír, pero insertados entre otros que debieron quedarse en la sección de escenas eliminadas. Por poner algún ejemplo, la escena inicial, en la que la protagonista es abandonada por su novio durante una boda, ceremonia muy frecuente entre treintañeros que un servidor se vanagloria de esquivar salvo en casos extremos, es de las mejores del film, pues encaja muy bien lo costumbrista con lo absurdo. Lo mismo ocurre con la improvisada conga en la boda del surfista, o en buena parte de la secuencia del casamiento provinciano-transexual (que, eso sí, incluye el peor gag de toda la película), pero da la impresión de que los guionistas no entienden que la película sería más graciosa si en su vertiente romàntica no se tomara a sí misma tan en serio, actitud que lastra sobremanera el tercio final de metraje. El conjunto se salva por lo agradable de su tono, pero los altibajos son excesivos. Y la selección musical es de lo más hortera. Está científicamente demostrada la responsabilidad que ha tenido Carrie, deEurope, en innumerables casos de diabetes, sin que jamás las autoridades sanitarias se hayan pronunciado ante un hecho de tamaña gravedad. El resto de lo que suena tampoco es que sea para tirar cohetes, pero se oye menos veces que esa balada infame a la que acabo de aludir, y por ello prefiero no profundizar en mi idea de que el gusto musical del español medio está a la altura de su inteligencia política. Lo que creo más acertado es el retrato de la faceta profesional de la protagonista, en el que se cuelan algunas de las escasas cargas de profundidad de una película en la que los elementos transgresores son pura pose. Por otro lado, que con los años uno acumule un número significativo de gilipollas entre sus antiguas parejas no es en absoluto sorprendente. En lo técnico, la película no es torpe, pero tampoco tiene nada de particular.

Sobre Inma Cuesta, lo primero que he de decir es que lamento muchísimo que lo nuestro sea imposible. Que ella es lo mejor de la película casi no habría ni que decirlo, pero nunca está de más subrayar que su belleza y su talento están muy por encima de la media, lo que hace que, incluso en una comedia bastante superficial, aporte a su personaje matices que el guión no le otorga. A Martiño Rivas le toca hacer de tío ñoño, labor que corona con un aprobado justito, y el resto de actores ofrece registros que son los que más han repetido a lo largo de sus carreras. De ellos, me quedo con Rossy de Palma, como excéntrica madre de la protagonista, y con una María Botto que da muy bien el perfil de lo que suele ser una jefa. Quim Gutiérrez y Paco León vuelven a hacer de sí mismos utilizando el piloto automático, mientras que Berto Romero proporciona algún momento interesante. Eso sí, la aparición de Joaquín Reyes en mitad de los créditos finales está entre lo mejor de la película.

3 bodas de más es una comedia con más éxito que sustancia, cuyo interés no va mucho más allà de la presencia de Inma Cuesta al frente de su reparto.

CAFARNAÚM

CAPHARNAÜM. 2018. 126´. Color.

Dirección: Nadine Labaki; Guión: Nadine Labaki, Jihad Hojeily y Michelle Keserwany, con la colaboración de Georges Khabbaz y Khaled Mouzanar; Dirección de fotografía: Christopher Aoun; Montaje: Konstantin Bock; Música: Khaled Mouzanar; Dirección artística: Hussein Baydoun; Producción: Khaled Mouzanar y Pierre Sarraf, para Mooz Films (Líbano).

Intérpretes: Zain Al Rafeea (Zain); Yordanos Shiferaw (Rahil); Kawsar Al Haddad (Souad); Fadi Kamel Yousef (Selim); Boluwatife Treasure Bankole (Yonas); Cedra Izzam (Sahar); Alaa Chouchnieh (Aspro); Elias Khoury (Juez); Samira Chaalhoub (Daad); Nour El Husseini (Assaad); Farah Hasno (Maysoun); Joseph Jimbazian (Hombre Cucaracha); Nadine Labaki (Nadine); Elias Akobegia, Faten Asmar, Mohamad Chabouri, Said El Nachar.

Sinopsis: Un preadolescente libanés denuncia a sus padres ante la justicia por haberle traído al mundo.

Aunque el nombre de Nadine Labaki no era desconocido para los cinéfilos más curiosos, el salto cualitativo más importante en la carrera de la directora libanesa se produjo con el estreno de Cafarnaúm,contundente denuncia de la pobreza infantil que acaparó premios en el festival de Cannes y convenció a crítica y público de manera casi unánime. Labaki consIguió impactar a su público mostrándole una realidad que, salvo contadas excepciones, conocemos pero preferimos ignorar. El resultado, uno de los films con mayor carga de profundidad de la década.

El protagonismo absoluto recae en un niño de unos doce años que toma la insólita decisión de denunciar a sus padres por haberle traído al mundo. Labaki dedica el resto del metraje a explicar qué ha llevado al muchacho a promover una medida tan extrema, y en ilustrar el proceso judicial subsiguiente. Lo que vemos es la crónica de una de tantas vidas condenadas a la marginalidad desde la cuna, con la diferencia de que la directora otorga a su joven protagonista dos cualidades raras de ver en los humanos, y muy contraproducentes cuando tu destino es no ser nadie: sensibilidad y conciencia. Zain vive en las mismas condiciones miserables que tantos muchachos del Tercer Mundo, sólo que él es, además de consciente, inconformista: un adulto, en el mejor sentido del término, con cuerpo de niño y una tremenda fuerza de voluntad que no encaja en un entorno que no sólo se conforma con su desgracia, sino que más bien retoza en ella. Sus padres no son más que unos embrutecidos maltratadores dedicados a traer hijos al mundo para abandonarlos después a su suerte; quienes gozan de una posición económica más favorable sólo se interesan por Zain y sus hermanos para aprovecharse de ellos. El detonante de un conflicto ya latente es el interés que un tendero adulto tiene por casarse con una hermana de Zain de tan sólo once años.  Él niño es el único que la protege, ayudándola a ocultar el hecho de que la muchacha ya ha empezado a menstruar, y en consecuencia es apta para ser vendida en matrimonio, atrocidad a la que sus padres se prestan con entusiasmo. Por ello, Zain prepara la huida de ambos del hogar, aunque llega tarde para salvar a su hermana y decide escapar solo, siendo acogido por una inmigrante etíope que trabaja como limpiadora y tiene un bebé a su cargo.

La historia es durísima, pero auténtica. El mayor inconveniente que se le puede poner al trabajo de la directora es su tendencia a enfatizar en exceso lo que no necesita mayor despliegue para conmover al espectador. Sobre todo en el tramo final, la cámara acaba por ser intrusiva, recreándose con cierta desmesura en los primeros planos de unos rostros dolientes. Si tenemos en cuenta que algunos de los mejores momentos de la película no necesitan palabras (el sonido de los muelles del catre paterno mientras la cámara enfoca a unos hermanos que duermen hacinados en el suelo, ejemplo magistral de capacidad narrativa), o utilizan la música de forma harto expresiva (cuando el abominable viva la gente queentonan los meapilas de turno es sustituido por una música mucho más acorde con la realidad, en una escena que muestra con toda crudeza la nefasta influencia de las religiones en la perpetuación de la miseria), un trabajo de dirección más neutro es a la postre más eficaz, por cuanto en ocasiones el objetivo se difumina cuando lo observas desde demasiado cerca. Por lo demàs, la película es excelente: ahí están esos planos cenitales que enseñan mejor que cualquier otra cosa la verdadera naturaleza de esas villas miseria en las que malviven los protagonistas, que no son más que ratoneras de las que es casi imposible salir. Y Labaki tiene valor, porque denuncia sin esconderse y convierte su película en toda una experiencia que no dejará indiferente a ningún espectador, por muy cínico que este sea. Porque la directora se plantea hacer un documental ficcionado, y lo logra con una fuerza que no está al alcance de muchos cineastas. La tesis está clara, y desde luego la comparto: sólo un adecuado control demográfico logrará acabar con la miseria a escala global. El problema es que, para eso, hay que acabar primero con las religiones, y por extensión con quienes hacen de las miserias ajenas su modo de vida.

Quienes leen mis reseñas conocen mis reticencias respecto a los niños actores. Esta vez, voy a dejarlas de lado. El empeño de Nadine Labaki por crear una obra realista hasta el extremo tiene un buen punto de apoyo en el trabajo del reparto, y en especial en el del joven Zain Al Rafeea, toda una revelación. Si el trabajo de un actor es exitoso en la medida en que logra que el espectador se crea a su personaje, el de este muchacho debe calificarse de espléndido. El guión le brinda frases memorables (Dios quiere que seamos felpudos, y que nos pisoteen), pero el protagonista no se limita a recitar sus frases y explotar su gestualidad para tocar la fibra sensible, lo que es de agradecer. El resto del elenco es igualmente eficaz en sus papeles, en los que podemos reconocer a tantas personas que nada aportan a este mundo, y a otras que tratan de no hundirse en la indignidad en la que viven. Por ello, la interpretación de las dos mujeres que dan vida a dos madres antagónicas, y Yordanos Shiferaw y Kawsar Al Haddad, es también loable.

Película-experiencia, que pone al descubierto una de las grandes lacras de la Humanidad con saber hacer cinematográfico. Viendo Cafarnaúm,en algunos momentos me han venido a la cabeza Los olvidados o Ladrón de bicicletas. Y esas son palabras mayores.

PERFECTOS DESCONOCIDOS

PERFECTOS DESCONOCIDOS. 2017. 96´. Color.

Dirección: Álex de la Iglesia; Guión: Jorge Guerricaechevarría y Álex de la Iglesia, basado en el guión escrito por Paolo Genovese, Rolando Ravello, Paola Mammini, Filippo Bologna y Paolo Costella; Dirección de fotografía: Ángel Amorós;  Montaje: Domingo González; Música: Víctor Reyes;  Dirección artística: José Luis Arrizabalaga y Arturo García BiaffraProducción: Kiko Martínez, Ghislain Barrois, Álex de la Iglesia y Álvaro Augustin, para Telecinco Cinema- Nadie es Perfecto- Pokeepsie Films -Perfectos Desconocidos (España-Italia).

Intérpretes: Belén Rueda (Eva); Eduard Fernández (Alfonso); Ernesto Alterio (Antonio); Juana Acosta (Ana); Eduardo Noriega (Eduardo); Dafne Fernández (Blanca); Pepón Nieto (Pepe); Beatriz Olivares, María Jesús Hoyos, Gonzalo Torralba, Valentina Méndez, Ana Valeiras, Belén González, David Robles, Vicente Gil.

Sinopsis: Unos amigos, casi todos ya en la cuarentena, se reúnen para cenar. Como pasatiempo, deciden iniciar un juego consistente en dejar sus teléfonos encima de la mesa y hacer partícipes a los demás del contenido de las llamadas y mensajes que reciban.

De vez en cuando, Álex de la Iglesia se toma un paréntesis entre sus proyectos más personales para asumir obras de encargo, normalmente muy lucrativas. Esto fue lo que sucedió con Perfectos desconocidos,remake casi inmediato de uno de los últimos grandes éxitos de taquilla del cine italiano. Quien fuera que viese el tirón comercial que esta historia de seres hipócritas y nuevas tecnologías podía tener en España es, desde luego, un lince, porque la versión del director donostiarra atrajo a un público mayoritario, que la convirtió en el tercer film que mayor recaudación obtuvo en España en 2017, colándose entre las superproducciones yanquis que acostumbran a llevárselo crudo año tras año. 

Una de las primeras cosas a reseñar es que obra de encargo no es sinónimo de film impersonal.Álex de la Iglesia, que es poseedor de un estilo muy marcado como cineasta, imprime su sello característico a una trama cuyo atractivo, y esto hay que dejarlo claro, hay que atribuírselo a los guionistas italianos. Opino, en contra de lo que se ha dicho, que Perfectos desconocidos tienemuy poco de comedia, o que, en todo caso, se trata de una comedia tan negra que en muchos momentos no lo parece.  En ese terreno, el director de La comunidad se mueve como pez en el agua, pues en casi todas sus películas hace gala de una misantropia muy saludable. Además, este film entronca con la obra más reciente del cineasta vasco en un aspecto fundamental: como Mi gran noche y El bar, Perfectos desconocidos  transcurreen un único espacio, en apariencia inocente, que poco a poco va convirtiéndose en un marco terrorífico del que los protagonistas son incapaces de salir indemnes. Una vez más, la alargada sombra de El ángel exterminador emerge con fuerza en este relato que demuestra que es mejor que el grado de intimidad entre uno mismo y sus amigos no sea absoluto, porque la consecuencia más inmediata de ello es que dejas de tener amigos, lo que tampoco es demasiado sano. En esa luna de sangre que parece contaminarlo todo, en esas rachas de viento huracanado, en esos planos aéreos y en esa violencia que se desata cuando el manto de la hipocresía, esencia y sustento de todas las relaciones humanas, cae al suelo, cualquier espectador medianamente informado puede comprobar que está viendo una película de Álex de la Iglesia. Aunque la idea pertenezca a otros. Que esa idea provenga de personas nacidas en el país que, en tantos aspectos, mayores similitudes guarda con España es un factor que ayuda, porque el film es, desde luego, muy latino. Por ejemplo, a la hora de exhibir lo mucho que nos gusta aparentar, incluso con la gente que en teoría goza de nuestra mayor confianza, o lo que disfrutamos metiendo el hocico y el sabio consejo en las vidas ajenas. Otro aspecto llamativo es esa capacidad que tenemos para, en el afán por salir de un atolladero, meternos en otro peor. Podemos tener aparatos tecnológicos de última generación y con utilidades a cascoporro, pero seguimos siendo los mismos cazurros de siempre, sólo que con más ínfulas. Por último, hay un mensaje para jóvenes: no os juntéis con cuarentones, que ya están demasiado resentidos con la vida. Y, por supuesto, hay moraleja.

El estilo visual tiene más que ver con una película de terror (que, en muchos aspectos, es lo que acabamos viendo) que con una comedia al uso. Con el paso de los minutos, los movimientos de cámara se hacen más bruscos, en el empeño de captar esos rostros cada vez más crispados y de dibujar con trazo más grueso la tensión que transforma una cena de amigos en una batalla campal de la que nadie sale indemne y en la que los justos son pocos y los pecadores, bastantes más. La música va de la mano de la acción en ese tránsito de lo apacible a lo salvaje (es decir, a lo auténtico), llegando a caer en el efectismo. De nuevo, Álex de la Iglesia justifica la fama de ser uno de los cineastas visualmente más capaces de España y parte (no pequeña) del extranjero. Una puesta en escena plana y una sumisión a los clichés del teatro filmado serían un serio inconveniente que el donostiarra se encarga de evitar siendo fiel, repito, a su estilo.

Que el film es un proyecto de encargo se aprecia, más que en su propia factura narrativa o visual, en la composición del reparto, en el que no figura ninguno de los intérpretes habituales en las películas de Álex de la Iglesia. Pese a ello, la dirección de actores es notable, con mención especial para la pareja que forman una Belén Rueda que está dando lo mejor de sí a una edad en la que muchas actrices pierden su sitio entre la élite, y un Eduard Fernández que es un actor como la copa de un pino y que aquí tiene el privilegio de interpretar al único personaje adulto que se comporta como tal. Ellos son lo mejor de un elenco muy televisivo en el que quien mejor les aguanta el tipo es Pepón Nieto, en el rol del comensal desparejado con sorpresa incluida. Ernesto Alterio y Juana Acosta están más excesivos que inspirados,siendo ambos actores competentes, mientras que Eduardo Noriega y Dafne Fernández dan para lo que dan, y tienen la suerte de interpretar unos papeles bastante adecuados para sus características.

Álex de la Iglesia no se conformó con hacer un producto sin sustancia y destinado a hacer taquilla, lo cual hace que, más allà del indiscutible éxito económico, Perfectos desconocidos seatambién una película más que interesante a nivel artístico.

KIDS RETURN

KIZZU RITAN. 1996. 107´. Color.

Dirección: Takeshi Kitano; Guión: Takeshi Kitano; Dirección de fotografía: Katsumi Yanagijima; Montaje: Takeshi Kitano; Música: Joe Hisaishi; Diseño de producción: Hirohide Shibata; Dirección artística: Norihiro Isoda; Producción: Masayuki Mori, Takio Yoshida y Yasushi Tsuge, para Bandai Visual Company-Ohta Publishing-Office Kitano (Japón).

Intérpretes: Ken Kaneko (Masaru); Masamobu Ando (Shinji); Leo Morimoto (Profesor); Hatsuo Yamaya (Dueño del gimnasio); Michisuke Kashiwaya (Hiroshi); Yuko Daike (Sachiko); Mitsuko Oka (Madre de Sachiko); Ryo Ishibashi (Jefe yakuza); Susumu Terajima (Lugarteniente yakuza); Moro Morooka (Hayashi); Peking Genji, Atsuki Ueda, Kotaro Yoshida, Takekazu Shigehisa, Masami Shimojo, Kyosuke Yabe.

Sinopsis: Dos adolescentes dejan el instituto e intentan ganarse la vida huyendo de los destinos típicos de los adultos.

Kids return supuso el regreso de Takeshi Kitano a su trabajo detrás de las cámaras después del grave accidente que casi le costó la vida. Se trata de un film de corte intimista, que incorpora diversos elementos autobiográficos y cuyo tema es el siempre complicado paso a la edad adulta. Siendo uno de las obras menos conocidas del cineasta japonés, es de resaltar que su calidad no es inferior a la de algunos de sus films más célebres.

Si hablamos de Takeshi Kitano, la probabilidad de que no escogiera a dos adolescentes modélicos (suponiendo que eso exista) para protagonizar esta película de iniciación era bastante alta. Así fue: el director posa su cámara sobre dos inadaptados de manual, esa clase de muchachos que, si recibieran un euro por cada vez que escucharan eso de nunca llegarás a nada en la vida, acumularían un capital importante sin hacer el mínimo esfuerzo. Masaru y Shinji son figuras infantiles, y a mucha honra, a una edad en la que el mundo empieza a esperar otra cosa de ellos. Se aburren soberanamente en el instituto, que les sirve como escenario de sus bromas ridículas y como fuente de ingresos, logrados mediante la intimidación a sus compañeros más débiles. Cogen de la edad adulta lo que les apetece (los cigarrillos, la cerveza, las películas prohibidas a los menores), despreciando todo lo demás. Cuando, por fin, son expulsados del templo del saber, buscan modos de ganarse la vida sin pasar por el aro, y empiezan formando un dúo cómico, con resultados poco esperanzadores. Después, un atraco fallido les lleva a probar con el boxeo, deporte para el que Shinji, el más callado de los dos amigos, muestra aptitudes. Esta circunstancia le separará de Masaru, que empieza a hacer trabajos de poca monta para la Yakuza.

Kitano exhibe una mirada melancólica en esta historia sobre la última edad en la que uno puede permitirse el lujo de ser despreocupado, aunque, si no se proviene de una familia acomodada, esa despreocupación te llevará, la mayoría de las veces, a ocupar un sitio entre los parias de la Tierra. Al margen de los dos protagonistas, la cámara del director, que casi siempre se mueve a un ritmo pausado, se sitúa a ratos sobre otros compañeros de instituto de Masaru y Shinji, algunos de los cuales siguen sus dudosos pasos. No ocurre esto con el tímido Hiroshi, enamorado de la hija de la dueña de la cafetería en la que los protagonistas pasan parte de sus horas muertas. Hiroshi viene a ser el reflejo del hombre corriente, de quienes hacen lo que deben. Kitano tampoco se muestra muy entusiasmado respecto a esta opción de vida, todo hay que decirlo, cuyo retrato emerge cuando las existencias de los anteriormente inseparables Masaru y Shinji toman caminos distintos. Ahí emergen algunos problemas de ritmo narrativo, pues en esta parte de la película hay un excesos de imágenes de entrenos boxísticos que ralentizan la acción. Al final, los protagonistas se reencuentran, se cierra un círculo, que es el propio film, y se inicia otro, de conclusión incierta. Significativas resultan las ausencias de dos aspectos que suelen ser capitales en las vidas de los quinceañeros y, desde luego, en las películas sobre ellos: la familia y el sexo. La ausencia de los referentes domésticos de los adolescentes protagonistas es absoluta, por lo que se muestra a los jóvenes como seres lanzados al mundo sin brújula. El aspecto sexual, o más bien la falta de él, sitúa a Kids return en las antípodas de esas docenas de películas sobre adolescentes con las hormonas a tope y obsesionados con la pérdida de la virginidad que todos conocemos. El amor de Hiroshi hacia Sachiko es puramente romántico, mientras que a Masaru y Shinji las mujeres no parecen interesarles en absoluto, rasgo que también les infantiliza. Kitano opta por una estética realista y una puesta en escena funcional: su deriva hacia la búsqueda del preciosismo visual está aún por llegar. Cautivadora, una vez más, la música de Joe Hisaishi, cuyo tema principal es especialmente destacable.

Takeshi Kitano saca buenas interpretaciones de sus jóvenes protagonistas, casi todos ellos debutantes. De ellos, es Masamobu Ando quien más me convence, pues extrae buen partido de la introversión de su personaje. Ken Kaneko y Yuko Daike están a buen nivel. Michisuke Kashiwaya, un pelín menos. En cuanto a los veteranos, valoro el trabajo de Moro Morooka en su papel de boxeador decrépito (lo que Shinji podría acabar siendo), así como el buen hacer de Hatsuo Yanaya y, por supuesto, de Susumu Terajima, ya un clásico del audiovisual nipón.

Notable película de Takeshi Kitano, en su faceta más intimista. Recomendada para fans de las películas más conocidas del director, y también para quienes aún recuerdan al joven que un día fueron.