BALANCE FUTBOLERO

Con la victoria del Real Madrid en la final de la Liga de Campeones finaliza la temporada futbolística de clubes, caracterizada por el dominio de los clásicos recientes en los grandes campeonatos nacionales, y por la enésima confirmación de la hegemonía de los equipos españoles en las competiciones europeas. A los madridistas les ha vuelto a funcionar la estrategia de volcar todas sus energías en su competición fetiche, que además es la más prestigiosa. Cuatro Copas de Europa en cinco años no pueden ser sólo fruto de la casualidad, o de la buena suerte, y hay que reconocer el trabajo de un excepcional grupo de jugadores, cuyo único defecto es que le cuesta motivarse para afrontar competiciones menores. El pasado sábado, el alemán Jürgen Klopp agrandó su leyenda de perdedor de finales: su equipo fue mejor hasta la lesión de Salah, pero es recomendable afrontar las finales con un guardameta del nivel suficiente como para ser el tercer portero de un recién ascendido a la Championship. Lo contrario es concederle demasiadas facilidades a un club que lleva la victoria en su ADN.

Las competiciones españolas han sido dominadas con mano de hierro por un Barcelona más eficaz que brillante, encomendado a la magia de Messi, a la capacidad goleadora de Suárez y a una notable seguridad defensiva. La gran temporada azulgrana queda lastrada por el ridículo en Roma, y envuelta en un halo de nostalgia por la despedida de Andrés Iniesta, el mejor centrocampista español de la historia, con diferencia. Por detrás, un buen Atlético, que se sobrepuso a su mal papel en la Liga de Campeones logrando el subcampeonato nacional y el título en la Liga Europa, digno colofón a la trayectoria de uno de sus grandes ídolos, Fernando Torres. Destacar la notable temporada de un Valencia que, de la mano de Marcelino, ha recuperado la aureola de equipo fuerte y logrado la clasificación para la máxima competición europea, y el regreso del Eurobetis, un equipo que en la segunda vuelta supo añadir consistencia defensiva al buen fútbol que los equipos dirigidos por Quique Setién siempre han practicado, y que gracias a eso logró la clasificación europea y superar en la tabla, después de varios años convulsos, a su rival ciudadano. Por abajo, descienden Málaga, Las Palmas y Deportivo de La Coruña, tres clubes que han sido ejemplo de pésima gestión deportiva en esta temporada. Huesca, Rayo Vallecano y el equipo que venza en las eliminatorias de ascenso, para las que ya están clasificados dos históricos como Sporting  de Gijón y Zaragoza, les sustituirán en la máxima categoría del fútbol español.

En las grandes ligas europeas, han ganado los de casi siempre. Los dos caprichos de los jeques, Manchester City y París Saint Germain, han dominado sus campeonatos con suficiencia pero se han estrellado de nuevo en Europa. Bayern Munich y Juventus obtuvieron, como el Barcelona en España, un doblete que explica bien a las claras su dominio (el club lombardo despidió a otra leyenda, Gianluigi Buffon, quizá el mejor portero que yo haya visto), y PSV Eindhoven y Oporto regresaron a la senda del triunfo liguero. Sólo el Nápoles (gran temporada la suya) en Italia llegó a cuestionar de verdad la victoria de los equipos nombrados. En el resto de campeonatos mayores, la emoción, en cuanto a la lucha por el título, ha brillado por su ausencia.

Y llega el Mundial, en el que Alemania, Brasil y España me parecen las selecciones con mayores opciones de triunfo. Y los rumores, y los fichajes… el carrusel no se detiene.

SECRETARY

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SECRETARY. 2002. 111´. Color.

Dirección: Steven Shainberg; Guión: Erin Cressida Wilson, basado en un relato de Mary Gaitskill, adaptado por Steven Shainberg y Erin Cressida Wilson; Dirección de fotografía: Steven Fierberg; Montaje: Pam Wise; Música: Angelo Badalamenti; Diseño de producción: Amy Danger; Dirección artística: Nick Ralbovsky; Producción: Andrew Fierberg, Amy Hobby y Steven Shainberg, para Slough Pond-Double A Films-TwoPoundBag Productions.(EE.UU.)

Intérpretes: James Spader (E. Edward Grey); Maggie Gyllenhaal (Lee Holloway); Jeremy Davies (Peter); Lesley Anne Warren (Joan Holloway); Stephen McHattie (Burt Holloway); Patrick Bauchau (Dr. Twardon); Jessica Tuck (Tricia O´Connor); Amy Locane (Hermana de Lee); Oz Perkins, Mary Joy, Michael Mantell, Lily Knight, Julene Renee, Lauren Cohn.

Sinopsis: Lee, una joven con problemas mentales, es contratada como secretaria por un abogado, Edward Grey, pese a carecer de experiencia profesional previa. La relación entre ambos termina por ir más allá de lo estrictamente profesional.

Steven Shainberg, director de escasa y en general poco memorable filmografía, dio en el clavo con Secretary, película premiada en los más prestigiosos festivales de cine independiente y que puede considerarse la primera comedia romántica sadomasoquista de la historia del cine.

La película, que adapta un relato corto de Mary Gaitskill, tiene una premisa atractiva: una joven, sin experiencia laboral pero con una irrefrenable tendencia a autolesionarse, es contratada como secretaria por un misterioso abogado. Ella es la narradora de la historia, aunque la presencia de la voz en off no es demasiado extensa en la película. Para empezar, Lee, que así se llama la muchacha, entra en la oficina del abogado Edward Grey y se la encuentra patas arriba, antes de cruzarse con la secretaria saliente, que abandona el lugar llorosa y sin dirigirle la palabra. Más tarde, Lee supera con éxito una entrevista en la que Grey entra de lleno en el terreno personal. Una vez contratada, la joven parece encontrarse con el aburrido empleo que se le prometió, consistente en mecanografiar cartas y llevar cafés, pero no tarda en descubrir que su jefe es un sádico, y no precisamente en sentido figurado.

Con un sentido del humor gozosamente retorcido, aromas de David Lynch, en los que algo tiene que ver la presencia del compositor Angelo Badalamenti, y una aguda inteligencia, Shainberg estira con estilo su prometedora premisa narrativa e interna al espectador en un romance atípico que se ríe de la corrección política y demuestra que los sádicos y los masoquistas congenian divinamente. Al ver las heridas, provocadas por ella misma,  en las piernas de su secretaria, Grey intuye que Lee puede ser esa empleada ideal que tanto tiempo lleva buscando: una auténtica sumisa. El abogado no tarda en dar salida a sus instintos y Lee, lejos de sentirse violenta, encuentra junto a su jefe la fuente de placer que su convencional novio, Peter, está muy lejos de darle. A Grey, sus peculiares inclinaciones sexuales le hacen sufrir, y opta por reprimirse. Y es precisamente su indiferencia lo que más excita a Lee, a quien su jefe ha abierto un verdadero jardín de las delicias… antes de cerrárselo en las narices. Resulta muy llamativo el contraste entre la respuesta sexual de Lee a los convencionales polvos que le echa su novio, frente a las furiosas masturbaciones que le inspira su jefe. Con toda la ironía que se quiera, Shainberg muestra que, en el trabajo y en el sexo (los mojigatos lo llaman amor, pero ya somos mayorcitos todos), las relaciones que se establecen son relaciones de poder que, como tales, poseen un componente más o menos visible de violencia y humillación, de abuso y sometimiento. Ahora bien, ¿qué sucede cuando a la presunta víctima le complacen -hasta llegar a la cachondez más extrema- unos comportamientos que las personas normales considerarían del todo inmorales? La respuesta de Shainberg, y la mía propia, coinciden: el cielo en la Tierra. En su conclusión, Secretary entra de lleno en los terrenos de la comedia romántica más convencional, pero lo hace desde un prisma tan marciano (véanse los breves planos que muestran cómo la pareja protagonista celebra su luna de miel), que hasta eso resulta simpático. Con un estilo visual pausado, una puesta en escena deliberadamente fría y ese momentazo ilustrado por una canción tan inspirada como el I´m your man, de Leonard Cohen, Secretary es sexy, divertida y lúcida. Lo que hagan dos adultos libres en la intimidad de la alcoba es algo exclusivamente de su incumbencia, y los demás poco o nada han de opinar al respecto. Shainberg se adentra en lo bizarro hasta el fondo, y lo hace con un cariño hacia sus personajes muy de agradecer.

Es conocida la afición de James Spader por interpretar personajes complejos, de sexualidad intrincada. Algunos de sus grandes trabajos, léase Sexo, mentiras y cintas de vídeo o Crash, ya iban en esa línea, y por eso Spader, un actor capaz de resultar inquietante desde la parquedad, era el protagonista ideal para Secretary. Lo demuestra haciendo una de las mejores interpretaciones de su carrera, aunque la verdadera revelación de la película es su protagonista femenina, Maggie Gyllenhaal, una actriz a la que he visto en papeles secundarios sin que hubiera llamado especialmente mi atención, pero que aquí hace un trabajo extraordinario, en el que la inocencia, la sorpresa y el puro éxtasis sexual se superponen para dar forma a una de las más grandes interpretaciones femeninas que he visto en años. Además, la química entre ella y Spader es intensa, lo que le da a al film el caudal erótico que necesita. En una película que es casi siempre de dos personajes, los secundarios tienen poco brillo, pero cumplen. Lo hacen Jeremy Davies, como el más bien obtuso novio de Lee, la veterana Lesley-Anne Warren y, mejor que ninguno, Stephen McHattie en el papel del padre alcohólico de la protagonista.

Secretary es una agradabilísima sorpresa, que deja a 50 sombras de Grey a la altura del betún y es, sin duda, una verdadera película de culto. Stephen Shainberg ha hecho poco, y no muy bueno, después de esto, pero siempre podrá decir que ha dirigido al menos una gran película.

RÉQUIEM POR LAS LETRAS

Con la muerte de Philip Roth, sumada al reciente fallecimiento de Tom Wolfe, se van dos escritores clave de la narrativa del siglo XX. Ambos gozaban de mi admiración: Wolfe, fundamentalmente, por haber escrito una de esas novelas que tantos mataríamos por poder firmar; Roth, por ser un autor excelente al que, en muchos aspectos, siempre he considerado muy próximo. El hecho es que la gran literatura se nos va de las manos, pienso al recordar que la inmensa mayoría de mis escritores de cabecera han fallecido, o es previsible que lo hagan en no demasiados años. Dijo Roth que las imágenes han devorado a los escritores, y dijo bien. La mejor literatura se encamina definitivamente hacia los museos, pues hace tiempo que dejó de ser algo vivo y de tener influencia en la sociedad. Lo grave no es que los más grandes perezcan, pues eso obedece a la pura ley natural, sino lo poco a su altura que viene por detrás. Y en la música y el cine las cosas discurren por idénticos derroteros, si bien a un ritmo menos acelerado. Aunque eso lo dejo para otros posts.

LA REINA DE MONTANA

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CATTLE QUEEN OF MONTANA. 1954. 85´. Color.

Dirección: Allan Dwan; Guión: Robert Blees y Howard Estabrook, basado en un argumento de Thomas Blackburn; Director de fotografía: John Alton;  Montaje: Carlo Lodato; Música: Louis Forbes; Dirección artística: Van Nest Polglase; Producción: Benedict Bogeaus, para RKO Radio Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Barbara Stanwyck (Sierra Nevada Jones); Ronald Reagan (Farrell); Gene Evans (McCord); Lance Fuller (Colorados); Anthony Caruso (Natchakoa); Jack Elam (Yost); Yvette Duguay (Starfire); Morris Ankrum (J.I. Pop Jones); Chubby Johnson (Nat Collins), Myron Healey (Hank); Rodd Rewing, Paul Birch, Byron Foulger.

Sinopsis: Una familia de Texas se dirige a Montana para tomar posesión de unas tierras que han adquirido. Por la noche, un grupo de indios les atacan y roban todo su ganado. La hija de la familia, Sierra Nevada Jones, que sobrevive al ataque, intenta recuperar sus propiedades.

El director Allan Dwan dedicó los últimos años de su extensísima filmografía a la producción de westerns y films de aventuras. Al primero de estos géneros pertenece La reina de Montana, funcional y vigorosa película del Oeste que destaca por el protagonismo femenino y por ofrecer una imagen más matizada de los indios de la habitual en esa clase de producciones. Se trata de un típico film de la RKO, serie B de escaso presupuesto y calidad más que aceptable.

Aunque siempre le faltó añadir mayores pretensiones artísticas a su indiscutible dominio del oficio, Allan Dwan raras veces desentona. No lo hace en La reina de Montana, película que narra la historia de una familia de Texas que viaja al estado del título para ocupar unos terrenos que les pertenecen, y en los que tienen previsto establecerse. Sin embargo, nada más llegar a sus tierras, los nuevos colonos sufren un ataque de los indios que acaba con varios muertos y la pérdida de todo el ganado. Esos indios operan en connivencia con McCord, el poderoso terrateniente del lugar. La superviviente del ataque, y heredera de las tierras, Sierra Nevada Jones, luchará por hacer valer sus derechos.

El estilo es directo, tanto en el guión, que no depara demasiadas sorpresas respecto a otras producciones de parecidas características, como en la puesta en escena. Virguerías, las justas; oficio, todo el que se quiera. Esto significa que las escenas de acción están filmadas con buen estilo, y que la utilización que se hace de los bellos parajes naturales que sirven de marco geográfico de la película los convierte en un personaje importante de la misma. Es en las escenas nocturnas (de entre las que destaco la que muestra el ataque de los indios a la propiedad de los Jones) en las que mejor se aprecia la calidad de John Alton, colaborador habitual de Dwan en aquellos años. Como era de esperar, los buenos son muy buenos y los malos son malísimos, aunque hay que decir que el hecho de que el triángulo virtuoso lo formen una mujer de armas tomar, un militar infiltrado en las filas del terrateniente McCord y un jefe indio que estudió en la universidad se aleja bastante de los tópicos del género. Que los malvados sean un indio sanguinario y un magnate sin escrúpulos es de todo menos novedoso, pero el resultado en la pantalla es bueno, dejando claro que la corrupción y el gusto por el derramamiento de la sangre ajena no entiende de razas, sino de caracteres. Y hay tiempo para denunciar el racismo de quienes a duras penas son capaces de reconocer valores humanos en los indios.

Encabeza el reparto una actriz que siempre me encantó, Barbara Stanwyck, cuya posición en la industria había menguado respecto a la que ocupara una década antes, pero que seguía manteniendo su talento, su carisma y su atractivo. A su lado, Ronald Reagan vuelve a demostrar que nunca fue más que un John Wayne de segunda fila, y Lance Fuller no es que sea un dechado de expresividad. Mejor está Gene Evans, por mucho que su papel esté muy visto, y lo mismo cabe decir de un secundario de lujo del western, Jack Elam, aquí en el papel de esbirro del terrateniente. El resto, cumplidor, sin demasiado brillo.

La reina de Montana no es un clásico, pero sí una película muy entretenida, ideal para pasar un buen rato y beneficiada sin duda por el protagonismo de la gran Barbara Stanwyck.

EL HOMBRE MÁS BUSCADO

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A MOST WANTED MAN. 2014. 118´. Color.

Dirección: Anton Corbijn; Guión: Andrew Bovell, basado en la novela de John Le Carré; Dirección de fotografía: Benoit Delhomme; Montaje: Claire Simpson;  Diseño de producción: Sebastian Crawinkel; Música: Herbert Gronemeyer; Dirección artística: Sabine Engelberg (Supervisión); Producción: Gail Egan, Malte Grunert, Simon Cornwell, Stephen Cornwell y Andrea Calderwood, para Lionsgate- Film4- Demarest Films- Potboiler- Senator Film-Ink Factory- Amusement Park (Reino Unido-Alemania-EE.UU).

Intérpretes: Philip Seymour Hoffman (Günther Bachmann); Rachel McAdams (Annabel Richter); Willem Dafoe (Tommy Brue); Grigory Dobrigyn (Issa Karpov); Nina Hoss (Irna Frey); Robin Wright (Martha Sullivan); Homayoun Hershadi (Abdullah); Mehdi Dehbi (Jamal); Daniel Brühl (Maximilian); Rainer Bock (Dieter Mohr); Vicki Krieps, Kostja Ullmann, Martin Wuttke, Derya Alabora, Tamer Yigit, Ursina Lardi.

Sinopsis: Un joven radical checheno, hijo ilegítimo de un general ruso, entra clandestinamente en Alemania y reclama una importante cantidad de dinero que pertenecía a su padre. Sus movimientos son vigilados por los servicios de inteligencia de diferentes países.

En la carrera, muy vinculada al videoclip, de Anton Corbijn, El hombre más buscado es el largometraje de ficción que sucedió a la irregular El americano. Se trata de la adaptación cinematográfica de una novela de John Le Carré, fiel a la letra y al espíritu del escritor británico, y que en muchos aspectos recuerda a los films de espionaje que hicieron furor durante la Guerra Fría. Como admirador de la obra de Le Carré, a quien considero el gran maestro de las narraciones sobre los servicios secretos, diría que El hombre más buscado está a la altura de otras excelentes adaptaciones contemporáneas de sus obras, y me refiero en especial a El topo y a la miniserie televisiva El infiltrado.

En primer lugar, le agradezco a Corbijn que no juegue a ser moderno y se nutra, en ética y estética, de las películas de espías realizadas en los años 60 y 70, cuyo estilo estuvo en buena parte marcado por las premisas de un tal John Le Carré. Hablamos de terrorismo yihadista, la gran pesadilla de nuestro tiempo para los servicios secretos occidentales, pero hablamos, como es habitual en el novelista inglés, de inteligencia, de lealtad, de desesperanza y de un mundo en el que casi todo el mundo juega con dos barajas. El espía Günther Bachmann (que en ese y otros aspectos guarda notables similitudes con el icónico George Smiley) constituye una rareza en ese mundo, pues él es capaz de nadar en el fango sin que su cerebro de llene de tan nocivo elemento. Es sabido (y la película nos lo recuerda con un rótulo inicial) que los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron organizados, en su mayor parte, en Hamburgo, ciudad portuaria del norte de Alemania en la que los terroristas pudieron moverse a su antojo durante meses ante la incompetencia de los servicios secretos de medio mundo. Hasta allí llega Issa Karpov, en quien Bachmann ve la oportunidad de desenmascarar el aparato financiero del terrorismo islámico y, en consecuencia, de detener a sus últimos, y poderosos, responsables. Sin embargo, el tóxico entramado de intereses políticos y económicos, al más alto nivel, que se mueve entre las cloacas del poder hará que el espía, adicto al tabaco y a su trabajo, haya de sortear infinidad de trabas para cumplir con su misión.

La estética fría y la casi total ausencia de acción, en el sentido más tópico del término, son tal vez los dos elementos más marcados en esta película, una de cuyas grandes virtudes reside en conseguir que una trama enrevesada sea del todo comprensible para cualquier espectador mínimamente atento. Cielos siempre grises, que es el color en el que se mueven los pensamientos y las acciones de la práctica totalidad de los personajes principales. El tono es crítico: se denuncia que Occidente no aprende, ni quiere aprender, de sus errores, y que eso beneficia a los terroristas y a quienes les amparan. Las estúpidas luchas de poder, o simplemente de egos, entre los servicios de inteligencia de distintos países, e incluso entre diferentes organizaciones dentro de un mismo Estado, cuestan vidas y agotan la paciencia de quienes, como Bachmann, anteponen la eficacia de las acciones de contraespionaje a las conveniencias políticas. Entrando más en materia, diré que la escena del secuestro de Annabel Richter, la abogada pija que juega a defensora del zorro en el gallinero, y la del primer interrogatorio que le hace Bachmann, me parecen antológicas. Y podría decirse que el final es previsible, pero lo es por consecuente, con la narración y con Le Carré, quien, una vez más, demuestra saber muy bien de lo que habla. Corbijn opta por la sobriedad en la puesta en escena, deja la cámara quieta las más de las veces (un plano fijo a tiempo sigue siendo una victoria), y, haciendo gala de su buen ojo para la música, se apoya en una notable banda sonora para crear ambiente. Y ese ambiente es uno en el que la lealtad y los valores éticos no tienen cabida.

El hombre más buscado se nutre de un gran plantel de actores, entre los que destaca un magistral Philip Seymour Hoffman. Actor superlativo, cuya pérdida fue una pésima noticia para el cine en general, Hoffman crea un Günther Bachmann perfecto en voz y gestos, en escepticismo, en ironía, en meticulosidad, en decepción. El mérito del resto del elenco es el de no palidecer frente a él. Rachel McAdams, actriz cuya carrera está en claro progreso, hace un trabajo notable, bastante superior a mi entender al desarrollado a las órdenes de Brian De Palma en Passion; Willem Dafoe pone toda su ambigüedad y su buen hacer al servicio del turbio banquero Tommy Brue, y Robin Wright vuelve a sacar su lado más intrigante, el que ha explotado con tanto acierto en House of cards. Grigory Dobrigyn, que interpreta al personaje que desencadena la acción, demuestra buenas maneras, y es de alabar también la labor de Nina Hoss en el papel de Irna, la mano derecha de Bachmann.

En el mejor sentido posible, El hombre más buscado es una película de las que ya no se hacen, que recupera el esplendor del mejor cine de espías de antaño y lo adapta a los nuevos desafíos estratégicos y al cinismo imperante en esta época de locos. Anton Corbijn consigue una gran película, que le reivindica como cineasta de ficción, y nos brinda otra modélica adaptación de un autor imprescindible.

 

TUESTA, ESTAMOS CONTIGO

Que si fascista, que si racista (le falta que le llamen “machista” para hacer pleno; si le pide consejo a Jové, seguro que lo logra), la verdad es que al pobre Quim Torra (Joaquín Tuesta, en el idioma de los neandertales españoles; imagino que los demasiados seres de apellidos poco nostrats que apoyan la causa indepe andarán un tanto incómodos al saber que el recién elegido les considera escoria racial de segunda clase) no le están dando tregua. Y eso que el hombre ha llegado a la cúspide (a la suya, quiero decir), en la política y en la vida: ya es presidente de paja. Dadas sus reticencias a ocupar el despacho presidencial, no vaya a ser que el gurú se le cabree, y dada su condición de Monchito del fugado Pelucas, le sugiero que ejerza su actividad de molt honorable desde el servicio de caballeros (no en el de señoras, que aún le empapelarán por mirón, y eso sería más ridículo que martirológico), lugar siempre propicio para la paja. No obstante, debo decir que estoy de acuerdo con Tuesta en eso de que Carcaluña necesita una limpieza étnica. Es más, la necesita el mundo entero. Pero dudo que la que yo propongo, y lo voy a hacer con música, sea del agrado de Tuesta. Porque mira que es antiestético, el supremacista de los cojones…

SULLY

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SULLY. 2016. 96´. Color.

Dirección: Clint Eastwood; Guión: Todd Kimarnicki, basado en el libro Highest duty, de Chesley Sullenberger y Jeffrey Zaslow; Dirección de fotografía: Tom Stern;  Montaje: Blu Murray; Música: Christian Jacob y la Tierney Sutton Band; Diseño de producción: James J. Murakami; Dirección artística: Kevin Ishioka; Producción: Frank Mrshall, Clint Eastwood, Tim Moore y Allyn Stewart, para Malpaso Productions-The Kennedy Marshall Company-RatPac Dune Entertainment-Orange Corp-Flashlight Films-Village Roadshow Pictures-Warner Bros. (EE.UU).

Intérpretes: Tom Hanks (Chesley Sully Sullenberger); Aaron Ekhardt (Jeff Skiles); Laura Linney (Lorrie Sullenberger); Mike O´Malley (Charles Porter); Jamey Sheridan (Ben Edwards); Anna Gunn (Elizabeth Davis); Holt McCallany (Mike Cleary); Chris Bauer (Larry Rooney); Jane Gabbert (Sheila Dail); Ann Cusack (Donna Dent); Molly Hagan (Doreen Welsh); Jeff Kober, Max Adley, Michael Rapaport, Sam Huntington, Christopher Curry, Ashley Austin Morris, Patch Darragh, Brett Rice.

Sinopsis: En 2009, el veterano piloto Chesley Sully Sullenberger hizo aterrizar un avión con 155 pasajeros a bordo sobre el río Hudson, a causa de una avería en los motores.

En su línea de dedicar su filmografía postrera a distintos héroes norteamericanos, Clint Eastwood retrató en Sully una de las más significativas hazañas aeronáuticas recientes, la que logró un veterano piloto comercial estadounidense haciendo aterrizar un Airbus A320, con los motores averiados a causa de un choque con una bandada de aves, sobre las aguas del río Hudson. Todos los pasajeros y tripulantes de la aeronave fueron rescatados con vida. La visión de Eastwood de esta historia obtuvo críticas diversas, lejos de la práctica unanimidad que suscitan sus obras más recordadas. Por lo que a mí respecta, Sully no es un Eastwood mayor… por poco, y sin duda es su película más distinguida desde Gran Torino.

No hay que obviar las dificultades que entraña hacer esta película: en la parte técnica, por tener que rodar de forma convincente un accidente aéreo; en la narrativa, porque se ha de explicar una historia que sucedió en apenas unos minutos, y cuyo final todo el mundo conoce. Eastwood acredita que, a sus años, filmar tiene pocos secretos para él y cumple con nota en las escenas más espectaculares; en lo narrativo, opta por centrarse en lo primordial: la crónica del accidente y de la investigación posterior sobre el mismo. Como espectador, agradezco que la narración vaya al grano y nos ahorre no sólo casi todos los detalles sobre la vida y milagros de los pasajeros de la aeronave, que sería un truco muy fácil para llenar metraje, sino incluso del propio protagonista, del que sólo sabemos que es un veterano piloto de historial inmaculado y un buen padre de familia. Eastwood regresa a uno de los temas clásicos de su filmografía, el del hombre solo enfrentado al sistema, personificado aquí en una burocracia que trata de ensuciar lo que todo el mundo, en un primer momento, consideró una verdadera heroicidad. En esta época dura e irreflexiva que nos ha tocado vivir, tan dada a fabricar héroes con materiales harto discutibles como a destruirlos por cualquier medio legal o ilegal, mantener la integridad es algo muy difícil, y a la vez muy poco valorado. En especial, cuando alguien acomete una acción contraria a los rígidos esquemas de la burocracia (y qué puede ser más opuesto a la cuadrícula que conseguir aterrizar un avión sobre un río sin que nadie fallezca después de tan arriesgada maniobra), y cuando además esa acción resulta exitosa, el heterodoxo debe afrontar que todos sus actos se cuestionen. Chesley Sullenberger soportó una investigación insidiosa, protagonizada por gentes sin alma que, como es natural, sólo obedecen a los fríos números sin tener en cuenta el factor humano, y que son incapaces de encontrar en los demás los valores de los que ellos carecen. Eastwood explica todo esto con maestría, jugando hábilmente con los saltos en el tiempo narrativo y reflejando las dudas que en el propio héroe despiertan los en apariencia indiscutibles resultados de los análisis y simulaciones. Lo que debe ser espectacular (el accidente, el rescate de los pasajeros en las frías aguas del Hudson) lo es; lo que debe ser épico (la vista final de la investigación), también; flojea, por ñoña, la subtrama familiar del piloto, lo que no deja de ser un lastre, pero el guión está bien construido y destaca por su capacidad de síntesis, la fotografía, el montaje y los efectos especiales son de mucho nivel, y a Clint Eastwood no se le ha olvidado hacer buenas películas.

No es que Tom Hanks sea uno de mis actores preferidos, pero en su carrera ha hecho los suficientes méritos como para conseguir que un servidor se haya comido sus prejuicios más de cuatro veces. Y con esta película, Hanks lo ha vuelto a lograr. Su interpretación, sobria y poderosa, es uno de los grandes puntos de apoyo de Sully. El resto del reparto cumple, pero no está a su altura: Aaron Ekhardt ejerce, con su habitual corrección carente de brillantez, de fiel escudero del protagonista, Laura Linney me vuelve a demostrar que es una versión gris de Julianne Moore, y el plantel de secundarios aprueba sin llegar al notable. Se diría que el hecho, en principio perjudicial para los intérpretes, de que Sully sea fundamentalmente una película para un solo actor, casi acaba por beneficiar al resto, pues ni siquiera los que interpretan a los malvados burócratas de la función consiguen destacar en exceso.

De Clint Eastwood pueden decirse muchas cosas, pero es un tipo coherente con sus principios, y un gran cineasta. La prueba de ello es que en Sully hace la mejor película posible, sin ser una de las mejores de entre las que ha dirigido.

EL VUELO

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FLIGHT. 2012. 138´. Color.

Dirección: Robert Zemeckis; Guión: John Gatins, inspirado en hechos reales; Dirección de fotografía: Don Burgess;  Montaje: Jeremiah O´Driscoll; Música: Alan Silvestri; Diseño de producción: Nelson Coates; Dirección artística: David Lazan; Producción: Laurie MacDonald, Walter F. Parkes, Jack Rapke, Steve Starkey y Robert Zemeckis, para Paramount Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Denzel Washington (Látigo Whitaker); Don Cheadle (Hugh Lang); John Goodman (Harling Mays); Kelly Reilly (Nicole); Bruce Greenwood (Charlie Anderson); Tamara Tunie (Margaret); Nadine Velázquez (Katerina Márquez); Brian Geraghty (Ken Evans); Melissa Leo (Ellen Block); Charlie E. Schmidt (Casero); Peter Gerety (Avington Carr); James Badge Dale, Ric Reitz, Ron Caldwell, Janet Metzger, Justin Martin.

Sinopsis: El comandante Whitaker es un experto piloto de aeronaves que, con una audaz maniobra, evita que multitud de pasajeros mueran en un accidente. Whitaker es un héroe, hasta que se descubre que es alcohólico, toma drogas y pilotó el avión intoxicado.

Con El vuelo, Robert Zemeckis se recuperó en buena parte de su discreta trayectoria posterior al éxito de Náufrago. Se trata de un drama sobre la redención, las adicciones y la necesidad social de construir héroes, aunque gran parte de ellos tengan los pies de barro. Con sus defectos, que los tiene, la crítica y el público coincidieron en valorar El vuelo como lo que es: una película notable.

Cuando un piloto comercial realiza un aterrizaje de emergencia y salva docenas de vidas, es normal que la sociedad entera le considere un héroe, un espejo en el que mirarse. Hasta que se descubre que ese modelo para la juventud es un alcohólico que, para recuperarse de los efectos de su última borrachera, cogió los mandos del avión puesto de cocaína hasta las trancas. Este personaje es el comandante Látigo Whitaker, un piloto excepcional que, dadas su vida y costumbres, escogió mal su oficio. Si quieres dedicarte al sexo, el alcohol y las drogas, y que la sociedad te aplauda, debes ser actor, músico de rock o ejecutivo de Bolsa. En otras profesiones, lo de ir colocado no está tan bien visto. Y si se trata de buscar culpables en el caso de un accidente aéreo que provocó la muerte de seis personas, ¿qué hacer cuando el individuo cuya maniobra salvó al resto del pasaje resulta ser un politoxicómano irredento? La respuesta, en la gran mayoría de los casos, es la que se da en la película: intentar encubrirlo.

El vuelo es, en esencia, la crónica de la espiral de decadencia de un adicto que, una vez tras otra, va desperdiciando las diferentes oportunidades que se le brindan para pasar página y convertirse en el héroe que todos querrían que fuese. El guión, al que traiciona un final en exceso moralizante, no retrocede a la hora de mostrar la mecánica y las consecuencias de las adicciones (el autodesprecio, la mentira continua, la paz encontrada sólo con aquello que nos destruye), aunque pasa de puntillas sobre un aspecto interesante: hasta qué punto fueron las drogas responsables del temple y la audacia que demostró Whitaker en un momento límite, en el que sólo los seres excepcionales son capaces de obrar con eficacia.

Por lo que a mí respecta, he de decir que el primer tercio de la película me parece impresionante, tanto por lo acertado de la narración como por la enorme pericia técnica que demuestra Zemeckis para rodar el accidente aéreo, de una forma tan espectacular que hace que, a los espectadores que ya de por sí no disfrutamos subidos en un avión, se nos quiten todavía más las ganas de hacer ricas a las aerolíneas. Cuando Whitaker sale del hospital, en el que coincide con una bella fotógrafa, adicta a la heroína, que le acompaña en su travesía hacia la sobriedad, el film se convierte en un drama más tópico, aunque técnicamente impecable en todos los aspectos, con momentos de inspiración y otros que impregnan la película de un aroma telefílmico que la perjudica en buena manera, pues empequeñece  sus muchas virtudes. Por dar algunas claves, creo que las escenas en las que intervienen la exesposa y el hijo adolescente de Whitaker deberían haberse eliminado del montaje final.

Sin duda, los papeles ambiguos le sientan muy bien a Denzel Washington, actor especializado durante mucho tiempo en personajes modélicos pero que da lo mejor de sí cuando puede sacar a relucir su lado siniestro. El comandante Látigo Whitaker supone uno de los puntos álgidos de una carrera ya de por sí notable. Es un magnífico Washington quien realza la película, sin olvidar el trabajo de actores de nivel como Don Cheadle, aquí en la piel de un abogado sobrado de recursos, y Bruce Greenwood. No obstante, quien lo borda es un John Goodman que, en el papel de un peculiar narcotraficante, roba todas las escenas en las que interviene. Buena labor también de Kelly Reilly, actriz en la que se percibe talento, y también de Melissa Leo. En cuanto a Nadine Velázquez, decir que el sátiro de Whitaker no tiene precisamente mal gusto.

Con menos moralina y la misma energía en los dos últimos tercios de metraje que la que se derrocha en el primero, El vuelo sería una obra maestra. No llega a tanto, pero deja claro que Robert Zemeckis mantiene la capacidad de hacer buenas películas.

LOS PINTAMONAS

Friedrich Nietzsche, con seguridad uno de los hombres que más verdades ha escrito a lo largo de la historia, estuvo especialmente inspirado con una frase que no puede ser más actual:

“HAY ESPÍRITUS QUE ENTURBIAN SUS AGUAS PARA HACERLAS PARECER PROFUNDAS”.

QUE DIOS NOS PERDONE

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QUE DIOS NOS PERDONE. 2016. 122´. Color.

Dirección: Rodrigo Sorogoyen; Guión: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen; Dirección de fotografía: Álex de Pablo;  Montaje: Alberto del Campo y Fernando Franco; Música: Olivier Arson;  Dirección artística: Miguel Ángel Rebollo; Producción: Gerardo Herrero, Mercedes Gamero y Mikel Lejarza, para Atresmedia- Tornasol Films-Hernández y Fernández Producciones Cinematográficas (España).

Intérpretes: Antonio de la Torre (Velarde); Roberto Álamo (Alfaro); Javier Pereira (Andrés); Luis Zahera (Alonso); Raúl Prieto (Bermejo); María de Nati (Elena); María Ballesteros (Rosario); José Luis García-Pérez (Sancho); Mónica López (Amparo); Rocío Muñoz-Cobo, Teresa Lozano, Fran Nortes, Andrés Gertrúdix, Raquel Pérez.

Sinopsis: En el verano de 2011, dos policías de Homicidios siguen el rastro de un asesino que se dedica a matar ancianas en el centro de Madrid.

Con su segundo largometraje en solitario, Que Dios nos perdone, el director madrileño Rodrigo Sorogoyen se situó en la cúspide del panorama cinematográfico nacional, y volvió a dejar claro que el thriller policíaco vive una época dorada en nuestro país. La película gustó a la crítica, consiguió unos buenos resultados en taquilla y ganó un número destacable de premios en festivales de prestigio.

Conozco muy pocas películas españolas que reflejen con mayor verosimilitud el trabajo de las fuerzas de seguridad que la conseguida por Sorogoyen es este film, necesariamente duro, que se sitúa en el caluroso verano madrileño de 2011, coincidiendo con la visita a la ciudad del entonces Papa Benedicto XVI. Sus protagonistas pertenecen a la brigada de Homicidios y, como suele ocurrir en esta clase de obras, tienen personalidades diferentes: uno es violento, pero noble y eficaz en su trabajo; el otro es tímido, a causa de su tartamudez, y metódico hasta el extremo. Ambos encuentran conexiones entre los asesinatos de dos ancianas, ocurridos en el lapso de pocos meses, y deben enfrentarse a la burocracia y a sus propios fantasmas personales mientras tratan de atrapar al asesino. No es que Sorogoyen haya inventado la sopa de ajo, pero su propuesta es creíble, atractiva y poseedora de eso que llaman atmósfera. El perfil de los dos personajes principales es tan complejo y está tan logrado, que el resto de aspectos de la película se benefician en todo momento de ello. Las absurdas rivalidades entre presuntos compañeros, o el hecho de que un jefe, ante la disyuntiva entre hacer algo que pueda hacerle caer de su sillón, y no hacer nada, siempre escoja la segunda opción, están a la orden del día en cualquier oficina administrativa, con el agravante de que ese fracaso cotidiano, cuando existe en la Policía, cuesta vidas. Esto se explica en la película con toda su crudeza, y la dota de una buena dosis de autenticidad. La escena en la que los dos protagonistas intentan acordonar una estación de metro, en la que se oculta el presunto asesino, unida a la siguiente, donde se muestran las consecuencias de esa actuación, constituyen un verdadero tratado del desgaste que supone dedicarse a eso del servicio público en España. En un plano más estrictamente policial, el film, cuyo guión encuentro muy sólido, explica con detalle cómo es el desgaste mental producido al sumergirse cada día en lo más podrido de la sociedad, vivir jornada tras jornada inmerso en aquello que las personas normales prefieren no ver, y las personas con despacho, esas que te joden el día a día para después pronunciar tus honras fúnebres, prefieren hacer ver que no existe.

Narrativa y acabado técnico convergen hacia el mismo punto: el realismo. La cámara es movida con nervio, consiguiendo mostrar el interior de unos personajes que viven sobre el alambre y el entorno en el que éstos se mueven. El epílogo, rodado bajo una lluvia torrencial, posee la violenta belleza que la película requiere. Por otro lado, el espíritu del film queda resumido por la recurrente presencia de la voz de la gran diva del fado, Amália Rodrigues, una de cuyas canciones incluso da título a la película. Que Dios nos perdone tiene elementos del moderno cine negro norteamericano, rasgos inequívocamente españoles y un aura desencantada, de puro fado.

La pareja protagonista no puede estar mejor elegida: Roberto Álamo está que se sale, y por eso es capaz de mostrarnos todas las aristas de un personaje que, en manos menos inspiradas, no sería más que un Torrente sin gracia. Por su parte, Antonio de la Torre sale, una vez más, airoso de una labor muy complicada, pues ha de lidiar con un personaje difícil, por su tartamudez, por su introspección y porque todo ello no puede desembocar en la falta de emoción. Del plantel de secundarios, más cumplidor que brillante, he de decir que el papel más relevante, el interpretado por Javier Pereira, está bien resuelto, que a Luis Zahera y a José Luis García-Pérez me los creo y que, del plantel femenino, me quedo con la labor de Mónica López.

Que Dios nos perdone es un notable ejercicio de cine negro hispánico, obra de un director cuya carrera habrá que seguir muy de cerca.