YO NO ME LLAMO RUBÉN BLADES

YO NO ME LLAMO RUBÉN BLADES. 2018. 85´. Color.

Dirección: Abner Benaim; Guión: Abner Benaim; Dirección de fotografía: Mauro Colombo, Gastón Girod y Carlos Rossini;  Montaje: Felipe Guerrero; Música: Rubén Blades; Producción: Abner Benaim, Gema Juárez Allen y Cristina Gallego, para Apertura Films-Ciudad Lunar Producciones-Gema Films (Panamá).

Intérpretes: Rubén Blades, Junot Díaz, Gilberto Santa Rosa, Luba Mason, Ismael Miranda, Danilo Pérez, Residente, Paul Simon, Sting, Larry Harlow, Andrés Montañez Rodríguez.

Sinopsis: El cantante Rubén Blades explica su vida, una vez tomada la decisión de abandonar su carrera musical.

Llegado a una etapa trascendental de su existencia, simbolizada en el adiós a la faceta que le ha hecho famoso en todo el mundo, Rubén Blades se dispuso a contar su verdad en un documental. El elegido para dar forma cinematográfica a este proyecto fue Abner Benaim, director aclamado por su film Invasión, en el que abordó unos sucesos acaecidos en 1989 que quedaron oscurecidos por el derrumbe del bloque comunista: la ocupación de Panamá por tropas estadounidenses. En consecuencia, era lógico que Blades pensara en este cineasta para dirigir su testamento fílmico.

La película se inicia con un particular recuerdo de infancia del cantante panameño: cómo tuvo su primera noción de lo que era la muerte al ver pasar un cortejo fúnebre junto a su abuela. Esa idea le ha perseguido desde entonces, y es la que, tantas décadas después, ha llevado a Blades a querer hacer esta película: el deseo de controlar su propio paso a la posteridad, sin que sean otros, como le ha sucedido a artistas como Prince, quienes le retraten a su manera. Debo decir, no obstante, que en este aspecto el documental se queda bastante corto, pues infinidad de aspectos decisivos en la trayectoria vital y artística de un personaje tan contradictorio como Rubén Blades quedan en penumbra. Es el problema de las autobiografías, todas las cuales poseen un defecto de serie: que cada cual construye y modula sus recuerdos a su manera, más que la manera que marca la realidad. Es más, uno diría que la película, al margen de sus pretensiones testamentarias, está también pensada para facilitar objetivos más terrenales: la constante reivindicación por parte de Blades de sus orígenes y de su patriotismo como panameño, del todo innecesaria a ojos españoles, me induce a creer que el cantante allana el terreno para seguir labrando un campo que siempre le ha interesado sobremanera: el de la política. Hay en este músico universal, y así se plasma en la película, una transposición del deseo de muchos de aquellos que no son étnicamente puros (Blades es hijo de colombiano y cubana, reside en Nueva York desde tiempos muy remotos y está casado con una estadounidense) de que no quede ninguna duda de su patriotismo. Me permito decir que esa es una actitud acomplejada, y que el film dedica demasiado tiempo a este aspecto, en detrimento de otros sin duda más interesantes para el público internacional.

Rubén Blades recorre aquellos lugares que han marcado su vida: el barrio donde creció, el lugar donde se encontraba la primera sala en la que cantó para el público, la antigua sede de la discográfica Fania, que encumbró y esclavizó a tantos artistas latinoamericanos, y su domicilio neoyorquino, en el que jamás había permitido que se filmara y donde muestra orgulloso su voluminosa colección de cómics y unas cuantas fotografías antiguas “que le hacen ver a uno que se está poniendo viejo”. Intervienen también la esposa del cantante, algunos músicos anglosajones de prestigio y varios de los nombres más señeros de la salsa y de la música panameña, pero sus testimonios no van más allá de aspectos muy conocidos. Algunas revelaciones de Blades sí tienen peso, como por ejemplo cómo vivió la contradicción que suponía alcanzar el éxito interpretando canciones como Pablo Pueblo, que precisamente reivindicaban a las personas humildes y trabajadoras que jamás alcanzarían la fama, o cómo vivió una paternidad sobrevenida, único aspecto de su vida en el que el compositor de Pedro Navaja muestra arrepentimiento. Sin embargo, elementos fundamentales de su carrera musical se abordan casi de soslayo: sabemos que la clave para entender a Rubén Blades estriba en que él fue el primer artista en darle una dimensión social y política a la salsa, género hasta entonces concebido como música de baile y cuyos textos oscilaban entre lo inexistente, lo tópico y lo infame (él mismo reconoce que escribe canciones sobre aquello que no le gusta, y que su primera composición fue inspirada por unos trágicos hechos conocidos en Panamá como el día de los mártires), y también que el panameño entró en Fania como encargado de llevar el correo y salió de allí como una estrella internacional, pero hay otros aspectos de su música y de su vida (la entente y posterior ruptura con Willie Colón, su trabajo junto a músicos de primerísima fila, como los que forman la orquesta de Roberto Delgado, que le ha acompañado en estos últimos años de carrera, o los que formaron Son del Solar) que permanecen en la oscuridad. Sin ir más lejos, su estancia en Harvard o su irregular carrera como actor son analizadas de un modo bastante superficial.

Al final, Yo no me llamo Rubén Blades queda más como un documental indicado para quienes apenas conozcan a Rubén Blades que para aquellos que han seguido su carrera a lo largo de los años, para esos fans que le saludan cuando se cruzan con él por la calle o asisten a sus conciertos . Eso sí, mola oírle cantar All the way a la manera de su admirado Frank Sinatra, y hay que decir que el trabajo de Abner Benaim es notable, pues la estructura y el acabado técnico del conjunto son de lo más convincente.

EMOCIONES VERDADERAS

Siempre es bueno escuchar a quien sabe de qué habla. Por ejemplo, a H.P. Lovecraft acerca del tema que mejor dominó:

“LA EMOCIÓN MÁS ANTIGUA Y MÁS INTENSA DE LA HUMANIDAD ES EL MIEDO, Y EL MÁS ANTIGUO Y MÁS INTENSO DE LOS MIEDOS ES EL MIEDO A LO DESCONOCIDO”.

EUGENIO

EUGENIO. 2018. 93´. Color.

Dirección: Xavier Baig y Jordi Rovira; Guión: Òscar Moreno y Jordi Rovira; Dirección de fotografía: Xavier Baig;  Montaje: Xavier Baig; Producción: Xavier Baig, para Rec Produccions (España).

Intérpretes: Eugenio, Gerard Jofra, Núria Jofra, Dani Galiot, Eugeni Jofra, Conchi Ruiz, Joan Ferrando, Malen Muller, Enric Frigola, Amadeu Pàmies, Amadeu Molins, Màgic Andreu, Joan Gimeno, Jos Novellón, Gemma Recorder, Mag Selvin, Fede Sardà, Carles Turull, Fernando Rodríguez Madero, Mariano 1´85, Antonio Bolinches, Carlos Latre, Joan Carles Doval, Enrique García Varnetta, Lluís Josep Comerón, Paca Folguera, Luis del Olmo.

Sinopsis: Biografía de Eugenio, un hombre polifacético que triunfó como humorista y cuya vida personal estuvo marcada por la tragedia.

Se hacía casi extraño que no existiera un documental sobre Eugenio, uno de los humoristas más célebres de España en la última época dorada del género en nuestro país. Repartiéndose las tareas, y contando con la colaboración de buena parte de los familiares y amigos del biografiado, el trío formado por Xavier Baig, Jordi Rovira y Òscar Moreno vino a paliar esta carencia con un film que sigue los cánones de esta clase de productos y aborda el dilema que supone hacer humor desde la tristeza. En el éxito de la propuesta tuvo mucho que ver el hecho de que, pese a que hayan transcurrido casi dos décadas desde su fallecimiento, Eugenio sigue siendo un personaje muy recordado por estos lares.

La paradoja del payaso triste, del cómico que hace reír mientras en su interior encuentra pocos motivos para la alegría, se ha convertido en un tópico que, como todos los tópicos, tiene no poco de cierto. Eugenio representó este arquetipo mejor que nadie en España, como mínimo en el período transcurrido desde el fin de la dictadura. Hablamos de un hombre que alcanzó la fama un poco de rebote, y que fue incapaz de gestionar su éxito con mesura, cualidad de la que siempre careció, aunque justo es reconocer que pocas cosas pueden trastocar la mente de una persona como la celebridad repentina. Si a ello le unimos la tragedia personal, tenemos a un Eugenio que durante mucho tiempo permaneció oculto a las miradas del gran público y que es el que nos revela este documental, estructurado en ocho capítulos que se titulan con frases muy reveladoras en la vida del artista. La primera de ellas es una que le dedicó su padre, un tipo severo y chapado a la antigua, a Eugenio, su único hijo varón, cuando éste era un crío: “No harás nada en esta vida”. Ciertamente, la trayectoria académica del muchacho no invitaba a pensar en un futuro exitoso, pero la relación entre la realidad y la lógica es siempre tirante. Con talento para la orfebreria, Eugenio se dedicó a la fabricación de joyas y, pese a que el servicio militar le liberó de las ataduras familiares y descubrió su acusado gen noctámbulo, se echó una novia formal e incluso tenía fecha para la boda. Parecía que al joven Eugenio le esperaba la vida burguesa que sus ancestros deseaban para él, pero antes del casamiento conoció a Conchita Alcaide, y con ella apareció el Eugenio que todos conocemos.

El hecho de contar con el apoyo de la família del humorista catalán hace que esta película sobre su vida adquiera un especial valor, pues por una parte permite que aparezcan en el film, al margen de extractos de multitud de apariciones públicas del biografiado, un gran número de imágenes inéditas de archivo, que dicen tanto o más acerca de la génesis y la eclosión del fenómeno Eugenio que las declaraciones de los testimonios, y por otra posibilitan que el espectador pueda analizar los efectos que tuvo en los hijos del artista, los mayores marcados por el prematuro fallecimiento de la madre, que tan hondo efecto causó en el propio Eugenio, la celebridad y la decadencia de quien, oficialmente, era el cabeza de la família, si bien pocas veces ejerció como tal. Falta el testimonio de Ivens, el segundo hijo que Eugenio tuvo con Conchita Alcaide, pero las abundantes apariciones y los reveladores comentarios de Gerard, el hijo mayor, compensan esta ausencia. Lo que vemos es a un hombre que, gracias a una mujer llegada de otra tierra, encontró su lugar en el mundo, que triunfó de un modo distinto al que esperaba, que perdió al amor de su vida e intentó recuperarlo con otra mujer que guardaba enormes parecidos con la difunta, que gozó de una popularidad enorme, que devoró la vida y que al final, como explica Gerard Jofra en la conclusión de la película, fue devorado por ella. Eugenio me ha hecho reír muchísimo, al igual que a millones de españoles. Al modo de un Buster Keaton, hizo de su impasibilidad una marca de fàbrica y era, sí, un humorista, pero aparecía en escena como la antítesis del gracioso cuentachistes. Incluso utilizaba su falta de gracia natural como excelente recurso cómico (“y ahora, con la alegría que me caracteriza…”). Quizá por eso, su estilo ha perdurado. Eugenio decía que el humor surge de las desgracias. Tal vez tuviera razón, porque él sabia bastante de ambas cosas. Quien quiera conocerle, o simplemente recordarle, hará bien en ver este interesante documental.

DOGMAN

DOGMAN. 2018. 102´. Color.

Dirección: Matteo Garrone; Guión: Ugo Chiti, Matteo Garrone y Massimo Gaudioso; Director de fotografía: Nicolaj Brüel;  Montaje: Marco Spoletini; Música: Michele Braga; Diseño de producción: Dimitri Capuani; Dirección artística: Massimo Pauletto; Producción: Paolo Del Brocco, Matteo Garrone, Jeremy Thomas y Jean Labadie, para Archimede-Le Pacte-RAI Cinema (Italia-Francia).

Intérpretes: Marcello Fonte (Marcello); Edoardo Pesce (Simone); Adamo Dionisi (Franco); Alida Baldari Calabria (Alida); Mirko Frezza (Traficante); Nunzia Schiano (Madre de Simone); Aniello Arone (Inspector de policía); Francesco Acquaroli, Gianluca Gobbi, Laura Pizzirani, Giancarlo Porcacchia, Mario Perfetti, Miriam Platano.

Sinopsis: En el extrarradio romano, un peluquero y cuidador de perros que trapichea con cocaína sufre las consecuencias de su amistad con el matón del barrio.

Al margen de un gran éxito en Italia, Dogman supuso el relanzamiento de la carrera internacional de Matteo Garrone, cuyo reconocimiento fuera de las fronteras transalpinas se limitaba casi exclusivamente al obtenido con su adaptación del best-seller de Roberto Saviano Gomorra. Garrone regresa a los bajos fondos, marco idóneo para su estilo como cineasta, y aborda un drama duro sobre la venganza, el modo en el que nos relacionamos con los demás y las consecuencias morales de nuestras acciones.

Aunque la película está basada en hechos reales, Garrone no ha cesado de repetir que, junto a su equipo de guionistas, modificó para la gran pantalla aspectos fundamentales del suceso, como por ejemplo su localización geográfica. El meollo del asunto, lo realmente relevante cuando hablamos de ficción, no es tanto lo veraz como lo verosímil, y el film de Garrone lo es en grado sumo. Sin haber pisado Italia en su vida, uno reconoce ese extrarradio, que es el de otras muchas ciudades del Sur de Europa, ha intercambiado algunas frases con personajes como el amable, apocado y sumiso Marcello, y se ha relacionado alguna vez con individuos como ese matón de barrio con su escasa sesera corroída por las drogas y capaz de mandarte al hospital de una paliza si le contradices o, simplemente, si el sujeto está de malas y la desgracia te ha hecho cruzarse en su camino. Aquí, no obstante, la relación entre Marcello, el amante de los perros, y Simone, el violento hooligan, va mucho más allá de lo superficial, porque el primero tiene otro negocio, al margen de su peluquería canina, y ese negocio no es otro que el pequeño narcotráfico. Simone es uno de sus mejores clientes, y el terror que éste inspira en quienes le rodean hace el resto.

Las maneras con las que Marcello trata con sus adorados perros marcan el devenir de la película, pues nos permiten familiarizarnos con la forma de ser del protagonista, al tiempo que nos anticipan cosas que veremos más adelante. El modo con el que el hombre consigue someter al agresivo cánido al que debe asear en la primera escena dice mucho en sí mismo, y dice más cuando vemos el clímax de la película, que se desarrolla en ese mismo lugar. ¿Nos está diciendo Garrone que los peores perros siempre son mejores que los peores hombres? Es muy posible. En todo caso, pronto vemos cómo la vida social de Marcello es, en realidad, muy triste. Adora a su hija, que siente por él idéntico cariño, pero más allá de eso, no hay nada, salvo una irrelevante pertenencia al grupo de pequeños comerciantes del barrio, para quienes el cuidador de perros no es en el fondo más que un hombrecillo insignificante, y una falsa amistad con Simone que no es otra cosa que humillación. Marcello es un tipo amable, pero todos le consideran un don nadie. Quienes le rodean, simplemente le toleran, más que aceptarle, y Simone se aprovecha directamente de él, pues esa clase de individuos desconoce por completo el sentido de la amistad. Ocurre, sin embargo, que el matón abusa tanto de su víctima que ésta termina por despertar. En este punto, la película tiene un referente claro, que no es otro que Perros de paja, y he de decir que la comparación no es odiosa.

Garrone se mueve bien en la sordidez, y su estilo seco y directo casa bien con la historia. El modo de filmar, por ejemplo, la entrada en escena de Simone, a quien se retrata de una forma que hace que, literalmente, no quepa en la pantalla, refleja a las claras el poder de intimidación del personaje. Se nota que Garrone ha pulido su técnica, porque he de decir que la puesta en escena de Gomorra me resultó decepcionante, pues encontré poco arte detrás de su hiperrealismo, y en Dogman se percibe una mayor capacidad de expresión a través de las imágenes. El guión es rocoso, y logra que el espectador se sumerja en el paulatino caos en que se convierte la existencia de un personaje obligado a dar un golpe de timón para reencauzar su vida y no perder lo único que le importa: su negocio y el amor de su hija. No es baladí subrayar que Marcello es el único personaje humano y adulto de la historia que, más allá de cuál sea su segundo oficio, posee valores morales. De otra forma, la fuerza narrativa de la película sería mucho menor. También hay que destacar que lo único que se nos muestra de la etapa carcelaria del protagonista es su ingreso en el centro penitenciario: Garrone renuncia a esa película dentro de la película para no dilatar lo que de verdad importa, que es lo que sucederá después.

Dogman es un film suburbial y, por lo tanto, gris, en el que brilla la fotografía de Nicolaj Brüel, cuyo trabajo era desconocido para mí hasta el momento, en especial en esos planos generales del final de la película que enseñan lo que es el desamparo. Antes de eso, dirección y montaje se encargan de mostrar la violencia de un modo árido, alejado del glamour o la estilización que acompaña a multitud de films sobre los bajos fondos. En conjunto, una puesta en escena cuidada y llena de aciertos, en la que uno echa en falta un mayor peso dramático de la música, quizá lo más flojo del conjunto.

La película tiene uno de sus puntos fuertes en la interpretación de Marcello Fonte, todo un descubrimiento. Su apariencia de hombre insignificante le convierte en un actor ideal para su papel, pero en su composición hay un gran trabajo más soterrado, que es el que nos hace ver que, en su personaje, bondad no es sinónimo de idiotez y hace creíble su metamorfosis final. Los premios obtenidos por Fonte no pueden ser más merecidos. Edoardo Pesce queda algo oscurecido por el desempeño de su compañero, también porque su personaje es mucho menos complejo, pero quienes hemos conocido a algún Simone sabemos que su trabajo es meritorio. El resto de actores se limita a cumplir, porque, o funcionan como grupo, como es el caso de los pequeños comerciantes del barrio, o sus apariciones son meramente esporádicas.

Dogman es una gran película, que quedará como una de las mejores del cine italiano de nuestra época. Esta vez, Garrone acertó en la diana y, además de realismo, hay profundidad moral y una más que correcta técnica a la hora de plasmarla en imágenes.

VERANO DE UNA FAMILIA DE TOKIO

KAZOKU WA TSURAIYO 2. 2017. 112´. Color.

Dirección: Yoji Yamada; Guión: Emiko Hiramatsu y Yoji Yamada; Dirección de fotografía: Masashii Chikamori; Montaje: Iwao Ishii; Música: Joe Hisaishi; Dirección artística: Hisayuki Kobayashi y Tomoko Kurata; Producción: Hiroshi Fukazawa, para Shochiku (Japón).

Intérpretes: Isao Hashizume (Shuzo Hirata); Kazuko Yoshiyuki (Tomiko Hirata); Masahiko Nishimura (Konosuke Hirata); Yui Natsukawa (Fumie Hirata); Shôzô Hayashiya (Taizo Kanai); Tomoko Nakajima (Shigeko Kanai); Satoshi Tsumabuki (Shoto Hirata); Tanakosuke Nakamura (Kenichi Hirata); Ayumu Maruyama (Nobusuke Hirata); Yû Aoi (Noriko Mamiya); Nenji Kobayashi (Ginpei Maruta); Jun Fubuki (Kayo); Takashi Sasano, Katsumi Kiba.

Sinopsis: El patriarca de la familia Hirata sigue empeñado en conducir su automóvil, a pesar de las abolladuras que el vehículo luce en su carrocería. Por ello, la familia decide convencer al anciano de que renuncie a su carnet de conducir.

El éxito comercial de Maravillosa familia de Tokio en la taquilla japonesa hizo que el veterano Yoji Yamada tuviera pista libre de inmediato para rodar una secuela, que mantuvo el tono de comedia de su.antecesora y recibió la misma frialdad entre la critica internacional. Verano de una familia de Tokio es una película divertida y capaz de conmover, lo cual debería hacerla acreedora de una mejor respuesta por parte de quienes cobran por analizar el cine.

De nuevo, un hecho trivial provoca el caos en la peculiar familia Hirata. En esta ocasión, el testarudo patriarca se dedica a coleccionar pequeños accidentes automovilísticos ante la inquietud de sus descendientes, que creen que ya ha llegado la hora de que el anciano guarde en la mesilla su carné de conducir, Éste, obviamente, se niega en redondo. Mientras, su esposa prepara un viaje a Escandinavia, con la intención de cumplir un viejo sueño que consiste en ver auroras boreales. Con su cónyuge ya en ruta hacia el norte de Europa, el liberado marido aprovecha para vivir sin ataduras, lo que le lleva a padecer un nuevo percance de tráfico y a reencontrarse con un antiguo compañero de instituto, Ginpei Maruta. La primera de estas circunstancias es la que precipita el conflicto familiar; la segunda marca un cambio de tono significativo en la película.

Ya sea en clave de comedia o poniendo el acento en cuestiones de mayor fuerza dramática, el ya casi nonagenario Yamada continúa hablando de su tema predilecto, las relaciones familiares, analizando desde un prisma desenfadado el conflicto entre los roles tradicionales y las nuevas formas que adoptan los lazos parentales en las sociedades contemporáneas. Shuzo Hirata es un patriarca a la vieja usanza, pero los tiempos van en otra dirección, en una sociedad dividida entre el respeto a los valores tradicionales y una cada vez mayor occidentalización en todos los órdenes de la vida. La intransigencia de Shuzo en lo referente a renunciar a las cosas que le hacen no sentirse aún como un anciano acabado llega a lo grotesco, al igual que la manera en la que sus familiares se pasan la pelota a la hora de enfrentarse al patriarca y decirle lo que todos piensan pero nadie osa mencionar en presencia del aludido. Como en la película anterior, las simpatías del director se decantan hacia la joven pareja que forman el artista Shoto y la enfermera Noriko, que simbolizan el encanto y el idealismo de la juventud. El resto de los vástagos de los Hirata siguen ahí: el ejecutivo mezquino, la hija-sargento… sus parejas son seres pusilánimes; los nietos, unos pequeños monstruos que reparten su tiempo entre el deporte, la televisión y los típicos piques fraternales. El humor, de nuevo, es sencillo, incluso chusco, y aparece cuando la familia se reúne, pero no se reencuentra. La verdadera unión, o lo más parecido a eso que puede haber en una familia de ese tipo y en estos tiempos, aparece cuando lo hace el drama, con el protagonismo del señor Maruta, un hombre que en los tiempos del instituto era un tipo alto y apuesto, portero del equipo de fútbol, que se casó con la chica más deseada por todos los bachilleres masculinos y que por un momento lo tuvo todo. Luego, sus fracasos en los negocios se llevaron por delante su matrimonio y la relación con su familia. Ya septuagenario, Maruta malvive en un cuchitril del extrarradio y trabaja señalizando las obras que se realizan en la vía pública porque, sencillamente, no puede permitirse la jubilación. Es la tragedia de este hombre la que unirá a la familia Hirata, separada por tantas otras cosas. Aún hay momentos cómicos, y baste citar la reacción del repartidor de comida a domicilio, pero Yamada sabe cómo tocar la fibra sensible del público de una manera eficaz y poco artificiosa.

La inmediatez con la que se rodó esta secuela lleva a pensar en ese desaliño formal que siempre provocan los rodajes precipitados, pero a Yoji Yamada le sobran la experiencia y el oficio, y la puesta en escena es más que correcta. El calor del verano tokiota se refleja en el cromatismo de la película y se convierte en un personaje más de la misma. Otro aspecto a resaltar es que la que la banda sonora de Joe Hisaishi me parece más lograda que la del film anterior. En general, puede decirse que Yamada, otra vez, se divierte, y yo lo hago con él. De una forma quizá muy primaria, pero efectiva. Cuando trata de buscar la emoción, el director pisa terreno firme y muestra toda su sabiduría como cineasta, también en la mezcla entre comedia y tragedia tan típica de la vida real que se recrea al narrar la solemne ceremonia de la cremación, y su más que curioso final.

El hecho de que el plantel de intérpretes sea idéntico al de los otros films sobre los Hirata hace que ya sepamos lo que nos vamos a encontrar. Isao Hashizume, vuelve a sobreactuar buscando la comicidad. Para algunos, es algo así como una versión nipona de Paco Martínez Soria, y un servidor se pregunta qué tiene eso de malo. Tomoko Nakajima continúa luciendo sus habilidades, y Yu Aoi acredita ser, sin duda, una actriz talentosa. Todos los personajes son arquetípicos, pero los femeninos son más complejos, y por eso las actrices logran, en general, destacar más.

Como escribí al principio, Verano de una familia de Tokio divierte, despeja la mente del espectador desacomplejado y, cuando busca la emoción, la encuentra con acierto. Yamada ha rodado una nueva película sobre el clan Hirata y, si sigue la línea de las anteriores, merecerá la pena verla.


DESPROPÓSITO EN AZUL Y GRANA

Hace tiempo que se aprecia que el desquiciamiento general que invade a la sociedad catalana se ha extendido al club deportivo más popular de la zona, pero el sainete organizado con motivo de la destitución del entrenador del primer equipo de fútbol, Ernesto Valverde, ha superado todas las expectativas. Para que quede claro, opino que el Txingurri es un buen entrenador, que ha sabido capear con éxito el declive de una irrepetible generación de futbolistas cuya mejor época ya ha quedado atrás, y el hecho de que, desde que Andoni Zubizarreta dejó de ser el director deportivo del club, no ha llegado ni un solo jugador que haya mejorado el equipo. Con Valverde, un tipo cuyo comportamiento en público ha sido siempre exquisito, han podido los sucesivos fracasos europeos de las últimas temporadas, que han empequeñecido su magnífico palmarés en las competiciones españolas. No olvido que varias de esas Ligas de Campeones que el Barcelona ha perdido en estos años han ido a parar a las vitrinas del Real Madrid, circunstancia que escuece mucho a los seguidores barcelonistas. Tampoco que muchos de esos seguidores ansían que su equipo alcance la final de la Champions por motivos más espurios, como por ejemplo convertir dicho evento en un escaparate ideal para sus reivindicaciones políticas, pues eso de silbar al Rey y el himno de España en cada final de Copa ya ha quedado como parte del folklore y tiene escasa repercusión internacional, amén de dar una imagen un tanto pueblerina. Sea como sea, el momento elegido para cesar a Valverde es tan difícil de entender como de explicar. Líder de la Liga, con un rival muy asequible en los octavos de final de la Liga de Campeones y con la Copa del Rey por disputarse, el equipo tenía todas las opciones de culminar una temporada exitosa. Que una derrota en un torneo menor, en un partido en el que para colmo el Barcelona jugó bastante bien, se haya llevado por delante al técnico, sólo se explica por la histeria preelectoral de una directiva sin criterio, unida a la histeria mediática y social que siempre acompaña a clubs de esta magnitud. La guinda de este pastel es que ni siquiera había un sustituto, pues el deseado lamejeques Hernández escurrió el bulto en cuanto pudo, y Ronald Koeman y algunos otros técnicos de prestigio rechazaron el puesto. Con la nevera vacía, el nuevo entrenador, para respiro de béticos y alegría de madridistas, es Quique Setién. Culminada la impresentable faena, adornada con unas formas que deberían avergonzar para siempre a cualquier dirigente de ese club que hable de valores, los palmeros se han apresurado a decir que Setién es un técnico de perfil Barça. Lo es, qué duda cabe, si ese perfil Barça lo entendemos, asociado a un entrenador, como sinónimo de prepotente talibán del tiqui-taca en su versión más plomiza. Rondos interminables y, casi siempre, previsibles, adornados con una larga ausencia de su ariete titular, que además carece de sustituto natural en la plantilla, eso es lo que van a ver los culés a partir de ahora. A muchos les parecerá bien y todo, así de ciegos están. Pues que lo sepan: se llevan una joya. Suerte que quienes dirigen el Barcelona no pilotan aviones.

DIEZ FORAJIDOS

TEN WANTED MEN. 1955. 80´. Color.

Dirección: H. Bruce Humberstone; Guión: Kenneth Gamet, basado en una historia de Irving Ravetch y Harriet Frank, Jr.; Director de fotografía: Wilfrid M. Cline;  Montaje: Gene Havlick; Música: Paul Sawtell; Dirección artística: Edward Ilou; Producción: Harry Joe Brown, para Scott/Brown Productions-Columbia Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Randolph Scott (John Stewart); Jocelyn Brando (Corinne); Richard Boone (Wick Campbell); Skip Homeier (Howie Stewart); Leo Gordon (Frank Scavo); Alfonso Bedoya (Hermando); Donna Martell (María Segura); Dennis Weaver (Sheriff Gibbons); Clem Bevans, Lester Matthews, Minor Watson, Lee Van Cleef, Tom Powers.

Sinopsis: Un rico ganadero de Arizona acoge a su hermano, abogado, y a su joven sobrino con la intención de instaurar la legalidad en el lugar. Sus planes se verán truncados por la presencia de Wick Campbell, un comerciante con ansias de poder que contrata a varios pistoleros para hacerse con el control de la zona.

Aunque Randolph Scott era un intérprete muy dado a repetir con los directores (acababa de finalizar una fructífera colaboración con André de Toth, y poco después de rodarse esta película iniciaría la entente con Budd Boetticher, que proporcionó a Scott los mejores resultados artísticos de su carrera), la relación profesional entre el actor y H. Bruce Humberstone, un artesano especializado en el cine de género conocido por haber dirigido varias películas basadas en el personaje de Charlie Chan, se circunscribe a Diez forajidos, uno más de los westerns de serie B que Scott había convertido en el fundamento de su carrera y que facturaba con su propia productora.

Por resumir lo que es la película en una sola frase, basta con hacer constar que Diez forajidos es un rutinario y entretenido western de serie B típico de la época en la que se rodó. No faltan en él los tópicos habituales del género: el vaquero de recto proceder, el villano que por codicia arrastra al protagonista a la violencia, la mujer como abnegada compañera y los bandidos a sueldo que siembran el terror en un pequeño pueblo del Oeste. Es manifiesta, pues, la falta de originalidad del guión. Tampoco la puesta en escena o la forma de resolver el conflicto se alejan de lo que hemos visto docenas de veces, pero hay algunos buenos detalles en la narración, como mostrar que quien se hace valer de pistoleros para lograr sus propósitos acaba siendo rehén de los violentos. Por otra parte, la concisión del relato y el gran número de escenas de acción que contiene hacen muy ameno el visionado, que en el espectador contemporáneo puede provocar un asomo de nostalgia por aquellos tiempos en los que los héroes y los villanos eran tan sencillos de distinguir. En todo caso, tratándose de un film que busca ser un divertimento y no tiene ningún afán de trascendencia, los resultados se ajustan a las pretensiones.

Humberstone no es un cineasta especialmente personal ni talentoso, pero cubre el expediente con solvencia. El expeditivo montaje ayuda, pero escenas como la que ilustra el robo del ganado demuestran que el director conoce bien su oficio. Es cierto que, vistas hoy, las escenas de peleas y tiroteos tienen un indiscutible punto naïf, como también lo es que cumplen con los estándares establecidos en su época. Siguiendo la tónica general, la partitura de Paul Sawtell es un compendio de clichés del western, si bien contiene alguna pieza brillante en la que luce el sonido de la guitarra.

Randolph Scott siempre fue un actor de escasos registros que, al igual que otras figuras eminentes del western, construyó una sólida carrera a fuerza de interpretar siempre al mismo personaje. El papel protagonista de Diez forajidos no es la excepción, sino la norma. John Stewart es un hombre duro, pero noble y con un elevado sentido de la justicia, un rol hecho a la medida de Scott en el que la estrella se desenvuelve con maestría. El villano de la función es un notable Richard Boone, que le da empaque a su personaje, el codicioso (y, bien mirado, incestuoso) Wick Campbell). Jocelyn Brando, una actriz de talento cuya carrera nunca terminó de despegar y que venía de brillar en Los sobornados, hace un buen trabajo en un rol que tampoco le ofrece demasiadas opciones de lucimiento. El televisivo Skip Homeier interpreta, sin destacar para lo bueno o para malo, uno de sus escasos papeles de cierta entidad en la gran pantalla, y Leo Gordon da mucho juego en el rol del bandido Frank Schavo. Destacar la presencia de Lee Van Cleef interpretando, como tantas otras veces antes de su desembarco en Europa, a un fuera de la ley sin demasiado protagonismo.

Lo dicho, un western más de la época dorada del género, que gustará a sus aficionados pero que tampoco posee unas especiales cualidades.

LA QUE SE NOS AVECINA

Por aquello de continuar mostrando el notable entusiasmo que me provoca el actual panorama político español, diré que la derecha debería gritar menos, hacer más y, sobre todo, robar menos. Le irá mejor. En cuanto a los que van a gobernar, veremos por cuánto tiempo, empiezan bien, con cuatro vicepresidencias y un previsible porrón de ministerios, algunos de los cuales parece que ocuparán eminencias académicas en edad de dedicarse a la petanca. Pobre izquierda, con lo que prometía… y para lo que ha quedado. Créanme, nada cambiará, más allá de algún detalle cosmético y de poco alcance económico. Nada, salvo el nivel de vida de quienes pillen cargo, por supuesto.

TOP KNOT DETECTIVE

TOP KNOT DETECTIVE. 2016. 88´. Color.

Dirección: Aaron McCann y Dominic Pearce; Guión: Aaron McCann y Dominic Pearce; Dirección de fotografía: A. J Coultier; Montaje: Steve Aaron Hughes y Dominic Pearce; Música: Malcolm Clark, Lance Robinson y Mason Vellios; Diseño de producción: Matt Willemsen; Dirección artística: Elizabeth Wratten; Producción: Lauren Brunswick, Aaron McCann y Dominic Pearce, para Blue Forest Media-ScreenWest-SBS-Screen Australia (Australia-Japón).

Intérpretes: Toshi Okuzaki (Takashi Takamoto/Sheimasu Tantai); Masa Yamaguchi (Haruto Kioke/Kurosaki Itto); Mayu Iwasaki (Mia Matsumoto/Saku); Kuni Hashimoto (Leiji Nishizaki); Izumi Woods (Izumi Himura/Saku); Nobuaki Shimamoto (Detective Oshiro); Shinichi Katsuda (Moritaro Kioke); Des Mangan (Narrador); Yoji Tatsuta, Guitar Wolf, Oscar Harris, Lee Lin Chin, Travis Johnson, Dario Russo, Arnold Wong.

Sinopsis: Historia de cómo una popular serie de samuráis japonesa se convirtió en objeto de culto en Australia, y de lo que sucedió después con sus principales protagonistas.

Aaron McCann, conocido hasta entonces por haber sido ayudante de dirección en diversas producciones, y Dominic Pearce, cuyas funciones en el cine se circunscribían fundamentalmente al montaje, se unieron hace unos años para dirigir Top Knot Detective, un falso documental que recrea los avatares de una exitosa serie trash japonesa y analiza la trayectoria de sus principales protagonistas. El producto resultante es una inmensa broma, planteada a partir de un ajustado presupuesto, que a raíz de su inclusión en distintos festivales acabó cautivando al sector más gamberro de la cinefilia internacional.

El referente indiscutible de McCann y Pearce es, sin duda, This is Spinal Tap, joya absoluta del documental ficticio, subgénero que cuenta con no pocos detractores por aquello de que rompe con la esencia de lo que debería ser un documental. Eso sí, a diferencia de las realidades alternativas que los partidarios de diversas religiones e ideologías acostumbran a plantear, aquí el resultado es sumamente divertido. Si en la película de Rob Reiner el objeto de chanza era el rock & roll, aquí se trata de parodiar esa pintoresca costumbre occidental de convertir en material de culto ciertos delirantes bodrios de ninjas y samuráis llegados del Extremo Oriente. La mejor forma, qué duda cabe, es crear una verdadera quintaesencia del género, en la que se reúnan todos sus tópicos y se les dé la vuelta como si de un calcetín se tratara. Si para eso hay que poner en una coctelera elementos de una serie tan famosa como Kung Fu, mezclados con los filmes más cutres de samuráis que pueda uno haber visto, y con esas pelis de ninjas que llevan décadas haciendo las delicias de los amantes del cine trash, pues se hace. Ronin Suiri Tentai, la serie que surge de semejante delirio, no tiene desperdicio alguno.

La pàrodia funciona en dos direcciones: por un lado, se recrean las escenas clave de la serie, una verdadera macedonia de géneros en la que no falta el típico latiguillo del protagonista, destinado a ser repetido por los fans hasta la saciedad, y en la que caben desde números musicales a momentos gore. Al mismo tiempo, se cuentan los entresijos de la serie tras las cámaras, más estrambóticos si cabe que lo que ya se nos presenta como ficción. La idea es la siguiente: una poderosa compañía japonesa, que fabrica desde dispositivos electrónicos hasta cerveza y cigarrillos, ansía desembarcar en el mundo de la televisión y para ello secunda la idea de un aspirante a vocalista pop, consistente en narrar las aventuras de un samurái que busca venganza por el asesinato de su maestro. Aceptada la propuesta, el creador de la serie se agencia el papel principal (su antagonista en la ficción será ni más ni menos que el hijo del todopoderoso presidente de la compañía) y se viene arriba ante el descomunal éxito de la serie: no sólo inventa guiones cada vez más bizarros, sino que cae en todas las adicciones posibles y convierte el rodaje de cada capítulo en una guerra. Por si esto fuera poco, el carácter multidisciplinar de la empresa patrocinadora es la excusa para para colar en la narración algunos anuncios que casi consiguen que el resto de lo que vemos nos parezca normal. Como es de esperar, al final todo termina como el rosario de la Aurora, crimen incluido.

El envoltorio técnico es competente: las imágenes noventeras de la serie están recreadas de la manera más cutre posible, y se nota para bien que Dominic Pearce domina las técnicas del montaje. La gracia reside en lo descabellado de la propuesta, pero también, y a un nivel si se quiere más intelectual, en el abracadabrante pero no desencaminado análisis de cómo se construye un fenómeno de masas en nuestras sociedades, además de en la saludable irreverencia de todo el conjunto. McCann y Pierce no dejan títere con cabeza (algunos, de manera literal), y llama la atención la aparente seriedad con la que narran una historia descacharrante a más no poder, con giro truculento (y un policía chusco, para que no falte de nada) en la parte final. Para la historia queda ese anuncio de tabaco con niño incluido, monumento iconoclasta en sí mismo.

Los actores, casi todos japoneses y desconocidos por estos lares, dan credibilidad a la trama. En el reparto se mezclan intérpretes cuya carrera cinematográfica prácticamente se resume en esta película con otros más expertos. Toshi Okuzaki es uno de los primeros, pero su inexperiencia no es óbice para que esa especie de Charlie Sheen nipón que es su personaje resulte convincente. Un actor más hecho como Masa Yamaguchi, que interpreta a la némesis del héroe de la función, consigue aguantar la risa de un modo que aplaudo, y lo mismo ocurre con Mayu Iwasaki, cuyo personaje es una mocatriz con todas las letras que protagoniza un romance con el creador de la serie tan estúpido como el resto de lo que se nos cuenta. Buena nota para Izumi Woods y Kuni Hashimoto, que recrean a las compañeras de reparto de la estrella que sacan todas sus vergüenzas al exterior, y mención especial para Nobuaki Shimamoto como policía obtuso donde los haya.

Para no perdérsela. Top Knot Detective es un saludable soplo de aire fresco y de irreverencia en un panorama cada vez más carcomido por la dictadura de la corrección política. McCann y Pearce tienen la virtud de orinarse encima de algo tan respetable, y de hacerlo con talento. La escena post-créditos, que es un tráiler de otra película puesto ahí por las buenas, es absolutamente impagable.

SHERLOCK HOLMES

SHERLOCK HOLMES. 2009. 126´. Color.

Dirección: Guy Ritchie; Guión: Michael Robert Johnson, Anthony Peckham y Simon Kinberg, basado en un argumento de Michael Robert Johnson y Lionel Wigram respecto a personajes creados por Sir Arthur Conan Doyle; Dirección de fotografía: Philippe Rousselot;  Montaje: James Herbert; Música: Hans Zimmer;  Dirección artística: Niall Moroney (Supervisión); Diseño de producción: Sarah Greenwood; Producción: Dan Lin, Susan Downey, Lionel Wigram y Joel Silver, para Wigram Productions-Silver Pictures- Village Roadshow-Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Robert Downey, Jr. (Sherlock Holmes); Jude Law (Dr. Watson); Rachel McAdams (Irene Adler); Mark Strong (Lord Blackwood); Eddie Marsan (Inspector Lestrade); Robert Maillet (Gigante francés); Geraldine James (Mrs. Hudson); Kelly Reilly (Mary); William Huston (Constable Clark); Hans Matheson (Lord Coward); James Fox (Sir Thomas Rotheram); William Hope (Embajador Standish); Clive Russell, Oran Gurel, David Garrick, Ky Discala, Andrew Brooke, James A. Stephens, Terence Taplin.

Sinopsis: Sherlock Holmes salva en el último momento a una muchacha de ser sacrificada en un ritual por Lord Blackwood, un aristócrata aficionado a la magia negra y envuelto en una conspiración al más alto nivel para hacerse con el poder en Inglaterra.

El británico Guy Ritchie ya había recuperado con Rocka Rolla el punch de sus primeros filmes como director, después del socavón artístico en el que le hizo caer su unión con la famosa cantante Madonna. La resurrección de Ritchie quedó confirmada con Sherlock Holmes, adaptación de un cómic basado en los personajes creados por Conan Doyle que pretendía darle un toque de modernidad al célebre inquilino del 221 B de Baker Street. El resultado fue del gusto del público joven, más que de los seguidores del Holmes más ortodoxo, pero no es la típica revisión moderna de un clásico en la que el guión es casi un trámite.

Salta a la vista desde el primer fotograma que la máxima prioridad para Ritchie es entretener al espectador, pero sólo es necesario ver la introducción para comprobar que entretenimiento de masas e imbecilidad supina no tienen por qué ser sinónimos. La secuencia inicial, en la que un Holmes mucho más atlético de lo que establecen los cánones se adentra por la fuerza en una vetusta mansión y libera in extremis a una joven cautiva de las garras de un pérfido aristócrata, hace gala de los típicos tics posmodernos del cine de acción (montaje sincopado, abundante uso de la cámara lenta, profusa utilización de efectos visuales para acercar la estética a la del cómic o el videojuego), pero a la vez está bien estructurada, el sentido del ritmo es innegable y ya se adivina que los principales protagonistas son carismáticos. El efectismo visual de Ritchie no resulta indigesto, pues se adivina maestría en su forma de mover la cámara y filigranas como el travelling que sigue al carruaje en el que viajan Watson y Lestrade serían del gusto de un Brian De Palma y, por eso mismo, lo son del mío. La ejecución de Lord Blackwood, como él mismo le dice a Holmes, no es el final de nada, sino el principio de una pesadilla que obligará al célebre detective londinense a aguzar al máximo su intelecto y a desplegar todas sus capacidades físicas para librar a Inglaterra de una sangrienta dictadura más propia de las épocas recreadas por Shakespeare en sus tragedias. La inicial inquietud de Sherlock al verse sin un caso entre manos, que le sume en el desasosiego y saca a la luz sus innumerables excentricidades, se transforma en una vorágine de crímenes en la que, como ocurría en ese Sherlock tan interesante y atípico llamado Asesinato por decreto, las conspiraciones de una poderosa sociedad secreta tienen mucho que ver.

Opino que el hilo narrativo está bien delineado y engancha al espectador. Incluso una escena tan prescindible como la del combate de boxeo del detective, se salva por dos elementos: permite comprobar cómo el talento deductivo de Holmes le ayuda a derrotar a un adversario mucho más fuerte que él, y está ilustrada por una canción interpretada por The Dubliners que vale la pena escuchar y casa bien con el contexto. El conjunto es vibrante, el clímax no decepciona pese a que se percibe demasiado esfuerzo por rizar el rizo, y los principales personajes secundarios poseen entidad. Como de costumbre, Watson, aquí recién comprometido con Mary (las escenas que ambos comparten con Holmes no tienen desperdicio), pone el punto de sentido común que reubica en la tierra a su mejor amigo, y Lestrade es un jefe de policía más esforzado que brillante. Tiene mucho peso en la historia la única debilidad femenina de Sherlock, Irene Adler, una inteligente ladrona contratada por un inquietante personaje de intenciones poco claras. Ella tiene sus propios intereses, y una considerable habilidad para velar por ellos, pero su siempre ambigua relación con Holmes se vuelve mucho más fuerte al estar en juego la mutua supervivencia.

Comentadas ya las virtudes y defectos de Ritchie en la puesta en escena, es preciso añadir que los apartados técnicos merecen una nota bastante alta. La fotografía de Philippe Rousselot resalta los tonos grises, tan dominantes en el Londres del final de la época victoriana, el montaje denota mucho oficio y el trabajo en la escenografía de Sarah Greenwood me parece de alto nivel. La banda sonora del siempre rimbombante Hans Zimmer tiene mucho protagonismo, y lo cierto es que en ella se incluyen algunas piezas de notable calidad.

Aunque a uno le resulte poco satisfactorio su criterio para escoger papeles, que parece más bien dictado por su banquero, es evidente que Robert Downey, Jr. es un actor como la copa de un pino, y que con un caramelo para cualquier intérprete como Sherlock Holmes el lucimiento está asegurado. Downey da vida al Holmes más físico de cuantos se han visto en pantalla, y triunfa tanto en ese terreno como en el meramente actoral. Jude Law está a un nivel inferior, pero al menos demuestra esa agradable socarronería tan británica, y la muy talentosa Rachel McAdams es una perfecta Irene Adler: a través de su acertada interpretación, comprendemos el poderoso influjo que su personaje ejerce sobre Holmes, y también la fortaleza de su carácter. Para completar el cuarteto protagonista, qué mejor que un carismático villano como Mark Strong, actor que siempre aporta una gran energía a los personajes que interpreta. Muy bien Kelly Reilly como la prometida de Watson, y a destacar también la presencia del veterano James Fox en la piel de uno de los hombres más poderosos de Inglaterra.

Sherlock Holmes, en versión Guy Ritchie,es una sorpresa agradable para el aficionado al detective más famoso de todos los tiempos, pues supera las expectativas. Es una modernez, sí, pero con estilo. Y la clave está en que posee un guión inteligente, no el mero objeto decorativo que acostumbra a ser el libreto en esta clase de producciones. ¿Pastiche manierista con dejes posmodernos? Sí, pero de alta calidad. Y con moraleja: la magia es sólo para crédulos.