EL DESENCANTO

EL DESENCANTO. 1975. 95´. B/N.

Dirección: Jaime Chávarri; Guión: Jaime Chávarri; Dirección de fotografía: Teo Escamilla y Juan Ruiz Anchía;  Montaje: José Salcedo; Música: Franz Schubert; Producción: Elías Querejeta, para Elías Querejeta Producciones Cinematográficas (España).

Intérpretes: Felicidad Blanc, Juan Luis Panero, Leopoldo María Panero, José Moisés Michi Panero.

Sinopsis: Más de una década después de la repentina muerte del poeta Leopoldo Panero, su viuda y sus tres hijos recuerdan su figura y describen cómo fue su vida a partir del suceso.

La primera película importante de Jaime Chávarri, y todavía hoy la mejor de su extensa trayectoria, fue El Desencanto, un documental que lleva el sello de su productor, Elías Querejeta, y que explora el muy particular universo de la familia Panero en los años posteriores al fallecimiento del patriarca. Exitosa en su momento, a pesar de la censura, y hoy considerada como un título indispensable del cine español, esta obra se entiende como la crónica del hundimiento de una familia y, por extensión, de todo el régimen franquista.

Soy de los que piensan que la historia de cualquier persona, y desde luego de cualquier familia, merecería una película. De algunos de esos microcosmos surgen testimonios tan poderosos que, para obtener un resultado cinematográfico que es oro puro, sólo se precisa dejar que la cámara ruede mientras los retratados se expresan con total libertad. Perfecto ejemplo de ello es esta disección de los Panero, representados por cuatro personajes de lo más atípico. Para quienes lo ignoren, hay que decir que Leopoldo Panero fue, con permiso de Pemán, el poeta oficial del régimen fascista que lideró Francisco Franco durante casi cuatro décadas. Su temprano y repentino fallecimiento, a finales de agosto de 1962, marcó el inicio de una caótica espìral que la genética anunciaba a gritos y que los retratados exhiben sin ningún pudor ante las cámaras. Alcoholismo, enfermedades mentales y un odio no siempre soterrado entre los protagonistas forman un conjunto que, por momentos, y con la ayuda del insobornable blanco y negro que filman con mano diestra Teo Escamilla y Juan Ruiz Anchía, por entonces un operador novel que más tarde tendría una exitosa carrera en los Estados Unidos, parece una película de terror porque, parafraseando el título de la canción más célebre de Lou Reed, una entrevista con los Panero es un paseo por el lado salvaje de la vida.

La película se estructura en dos secciones a trío, circunstancia provocada por la nula relación que ya por entonces mantenían Juan Luis, el primogénito, y Leopoldo María, el segundo hijo nacido del matrimonio entre Leopoldo Panero y Felicidad Blanc. El primer trío lo forman ella y sus hijos Juan Luis y José Moisés, más conocido como Michi. El tono oscila entre lo amargo y lo distendido, porque la historia de los Panero es la de un desastre genealógico en toda regla que, por momentos, sus protagonistas consiguen tomarse con humor. Hablamos de una familia castellana acomodada y protegida por el régimen franquista, pero también de una herencia marcada por la locura y el alcoholismo que los tres hijos de Leopoldo Panero llevaron a su máxima expresión. La etílica, aguda y desordenada conversación inicial entre Juan Luis y Michi funciona como perfecta introducción a lo que veremos: vasta cultura que brota a borbotones y en la que se mezclan la lucidez y la nadería. Por aquí y por allá asoman los excesos de esta familia ilustre y patética, en palabras de Juan Bonilla. No obstante, el mayor de esos excesos se produce en algo tan humano como buscar culpables, escapatoria siempre presente pero que se acentúa en cuanto aparece en escena Leopoldo María, que en un principio no deseaba intervenir en la película y que termina por adueñarse de ella de un modo casi vampírico. Suyas son las frases más potentes, y a él se debe el giro visceral que con él adopta la película. La figura del patriarca ausente planea sobre cada frase: su viuda le acusa de haberla condenado a un papel de esposa y madre que la encorsetaba, mientras él ejercía cargos muy bien pagados y trasegaba whiskies sin freno junto a su gran amigo, el también poeta Luis Rosales, a quien Felicidad Blanc acusa prácticamente de haberle secuestrado al marido. No obstante, ella no saldrá indemne, ni de lejos: Leopoldo María, el más díscolo de los hijos, le dice del modo más directo que ella fue la principal causante de su desastre, que comenzó con sus escarceos con la clandestina izquierda radical y degeneró en una interminable peregrinación por prisiones y psiquiátricos. Su madre replica definiéndole como “la mayor complicación de mi vida”. Juan Luis, que a la muerte del padre ejerció como sucesor del difunto, practica una atildada indiferencia respecto a su madre que casa muy bien con su permanente pose snob. Y Michi, en quien aún apreciamos rasgos de cordura y que añora de forma sincera los fugaces momentos de alegría vividos en el pasado, es paradójicamente quien remata a su madre al explicar la anécdota de los cachorros arrojados al río.

Al margen de la ya comentada excelencia de las imágenes filmadas por Escamilla y Anchía, es cierto que Jaime Chávarri debía hacer poco, como también lo es que ese poco lo hace muy bien. Diseccionando a una poderosa familia del recién extinto franquismo, el director (y Querejeta, mediante él) ajusta cuentas con un pasado gris que frustró las esperanzas de millones de españoles en un período clave de la historia reciente a fuerza de represión ideológica y de dotar de un poder omnímodo a la Iglesia. Esa disección funciona gracias a unos personajes que se lanzan a tumba abierta unos contra otros… dejando un poco favorecedor retrato de sí mismos. Por entonces, Leopoldo María era el más reconocido de todos los hermanos en el ámbito literario, circunstancia que se vio alterada años más tarde en favor de su hermano mayor. Michi ni siquiera dejó una obra a la posteridad, lo que quizá le confirma como el más lúcido de la familia, porque de los Panero se ha hablado mucho, gracias sobre todo a esta película; se ha escrito mucho también, porque la cultura y la locura mezcladas con tanta fuerza son un juguete muy solicitado por biógrafos y apologetas del malditismo, pero es un hecho que a los Panero se les ha leído, y se les lee, poco. Que ello sea justo o injusto es tema para otra reseña, como lo son también las alusiones a la continuación de esta película que filmó Ricardo Franco ya en los años 90. Aquí se trata de comentar una película de un enorme valor testimonial y cinematográfico, que sigue tan viva como cuando se rodó y ofrece uno de los retratos familiares más descarnados que se hayan visto en la gran pantalla. Aún hoy, El desencanto remueve a quienes la ven, incluso si no saben quiénes fueron los Panero, poseen un bagaje cultural limitado o simplemente no conocieron el franquismo. Por ello, y en una frase: de lo mejor del cine español.

BURNING

BEONING. 2018. 146´. Color.

Dirección: Lee Chang-Dong; Guión: Oh Jungmi y Lee Chang-Dong, basado en el relato Quemar graneros, de Haruki Murakami; Director de fotografía: Hong Kyung-Pyo;  Montaje: Kim Da-Won y Kim Hyun; Música: Mowg; Diseño de producción: Shin Jum-Hee; Vestuario: Lee Choong-Yeon; Producción: Ok Gwang-Hee y Lee Chang-Dong, para Pine House Film- NHK- Now Films (Corea del Sur).

Intérpretes: Yoo Ah-In (Lee Jong-Su); Steven Yeun (Ben); Jun Jong-Seo (Haemi); Kim Soo-Kyung (Yeon-Ju); Choi Seung-Ho (Lee Yong-Seok); Mun Seong-Kun (Abogado); Min Bok-Gi (Juez); Lee Soo-Jeong, Ban Hye-Ra, Cha Mi-Kyung, Lee Bong-Ryeon.

Sinopsis: Un repartidor que aspira a convertirse en novelista se reencuentra en Seúl con una chica criada en su mismo entorno rural. Ambos comienzan una relación, que se altera cuando aparece Ben, un joven adinerado.

Ocho años después de Poesía, film que agradó a la sección más inquieta de la cinefilia internacional, el surcoreano Lee Chang-Dong dio un significativo paso adelante en cuanto a reconocimiento de su trabajo a escala planetaria con Burning, adaptación de un relato de Haruki Murakami que obtuvo, entre otros, el premio FIPRESCI en Cannes. Galardones aparte, lo cierto es que esta película es otra de las buenas noticias que el cine llegado desde Corea del Sur ha traído a los amantes del séptimo arte en lo que llevamos de siglo.

No es Haruki Murakami un escritor cuya obra sea especialmente fácil de adaptar para la gran pantalla. De hecho, casi todas las adaptaciones realizadas con anterioridad a la que aquí se reseña decepcionaron a los seguidores de un novelista que ha calado como pocos entre la generación del cambio de milenio. Por ello, el desafío de Lee Chang-Dong era complicado, y lo que vemos en la pantalla supone un triunfo para un cineasta que hace gala de talento y sensibilidad. La película es a la vez un drama que se va transformando en thriller y la historia de un triángulo amoroso clásico con barniz de posmoderno. Su protagonistas son tres jóvenes que navegan, cada uno a su manera, a la deriva en una sociedad que ha perdido sus valores y en la que reinan la soledad y la incomunicación. Todos ellos tienen en común la ruptura de sus lazos familiares: la madre de Jongsu desapareció sin dejar rastro en plena infancia del muchacho; su padre, un hombre de carácter iracundo, se enfrenta a un juicio por enfrentarse a un funcionario y no intercambia una frase con su hijo, que debe regresar a cuidar de la vaquería familiar por la situación procesal de su progenitor, en toda la película. Haemi, la chica del pueblo con la que Jongsu se reencuentra mientras ella ejerce de azafata en un sorteo de un centro comercial, ha sido repudiada por su familia, y de los ancestros de Ben, el tercer vértice del triángulo, no poseemos ningún tipo de información. De él se sabe que es inmensamente rico, pero no cómo ha conseguido o mantiene su elevado tren de vida: “Hay muchos Gatsbys en Corea”, dice el aspirante a escritor en una de las muchas escenas de la película en las que se alude a la desigualdad entre clases sociales.

El tema central del film, no obstante, es cómo la ausencia de referentes nos hace ser especialmente proclives a dar pasos acelerados hacia la perdición, ya sea por ser corderos en un mundo de lobos (Haomi), por ser lobos que ni siquiera se esfuerzan por reprimir sus peores instintos (Ben), o por ser pastores incapaces de defender de los lobos a quienes se han entregado a nosotros (Jongsu). Sin prisa pero sin pausa, el director va tejiendo una tela de araña cada vez más opresiva sobre este trío de personajes que son, a la vez, símbolos. Ben es el Poder (que, en esta época, se sustenta en el Dinero) que todo lo corrompe, un psicópata de manual incapaz de empatizar y que utiliza a los demás, especialmente a aquellos que, por su bajo origen social, quedan deslumbrados por su opulento mundo, como marionetas a las que usar y tirar sin complejos. Haomi es la Mujer, doblemente víctima: por su propia condición de hembra (así lo expone un personaje cuya única función en la película es precisamente esa) y de joven pobre, y Jongsu es el Pueblo que vive con los ojos vendados y toma conciencia cuando es demasiado tarde. La forma de exponer todo esto está, sin embargo, repleta de sutileza: sólo cuando el film deriva hacia el thriller puro y el desenlace se precipita se hace todo más obvio y previsible. Hasta entonces, todo lo impregna una atmósfera delicada y llena de detalles a tener en cuenta; por ejemplo, en el eterno debate sobre los desnudos femeninos en la ficción audiovisual, he de decir que pocas veces la exhibición de unos pechos en pantalla ha estado más justificada: las dos escenas en las que eso ocurre explican, sin palabras, cómo la pureza ha sido corrompìda, cómo el insecto ha caído en la trampa de la araña. Quien quiera saber por qué el cine es mucho más que las palabras que en él se dicen debería repasar bien estas dos escenas, en especial la segunda, que además posee una gran belleza estética y está ilustrada con una de esas piezas que han convertido a Miles Davis en un mito de la música.

Burning es, qué duda cabe, una película larga, pero a quienes consigan penetrar en su atmósfera y sentirse implicados en las peripecias del triángulo protagonista no va a parecérselo en absoluto, porque el guión está muy bien escrito y sabe dosificar con maestría los elementos de interés que sin duda posee la historia. Ayuda no poco a encandilar al espectador el hecho de que el film esté muy logrado a nivel estético, con un gran trabajo de Hong Kyung-Pyo, cuyas habilidades ya conocíamos vistos algunos de los films más conocidos de Bong Joon-Ho, y una no menos destacable escenografía, a cargo de Shin Jum-Hee. Es cierto que la película se inicia siguiendo el periplo como repartidor de Jongsu con cámara en mano, técnica de la que uno no es en general demasiado partidario, pero a partir de ahí todo se hace más sobrio y los movimientos de cámara son gráciles y elegantes. La belleza de muchos planos, en especial de los exteriores rodados en el área rural a la que se muda Jongsu, hace el resto.

Es evidente que el rostro más conocido por el público extranjero de cuantos intervienen en la película es el de Steven Yeun, que aquí aparece con su nombre en coreano y es célebre en todo el mundo por su papel en The walking dead. Yeun da vida a un personaje muy distinto al de la serie zombi, pues aquí es un malvado con todas las letras, y sale bien parado del reto. Mi nota más alta en el aspecto interpretativo se la lleva, no obstante, Jun Jong-Seo, una actriz que debutaba en el cine y que demuestra muy buenas maneras en la piel de un personaje instalado en el desamparo y víctima de sus malas decisiones. El principal protagonista, Yoo Ah-In, se ha labrado una sólida carrera en su país natal, pero en ocasiones encuentro su interpretación demasiado esquemática. Poco hay que decir del resto del reparto, por cuanto los personajes secundarios carecen prácticamente de relevancia.

Burning es una muy agradable sorpresa llegada de unas latitudes en las que las buenas películas cada vez nos sorprenden menos. Lee Chang-Dong puede presumir de haber realizado una gran adaptación de Haruki Murakami, lo que no es moco de pavo, y desde luego ha conseguido que uno le preste atención a sus futuros trabajos, que ojalá posean ese perfecto equilibrio entre forma y contenido que demuestra en esta gran película.

A 20 PASOS DE LA FAMA

20 FEET FROM STARDOM. 2013. 87´. Color.

Dirección: Morgan Neville; Guión: Morgan Neville; Dirección de fotografía: Nicola Marsh y Graham Willoughby;  Montaje: Doug Blush (Supervisión); Música: Miscelánea. Canciones de Ray Charles, Ike Turner, Lou Reed, Talking Heads, Joe Cocker, David Bowie, Sting, The Rolling Stones, etc.; Producción: Gil Friesen, Caitrin Rogers y Michael K. Ross, para Gil Friesen Productions-Tremolo Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Darlene Love, Lisa Fischer, Merry Clayton, Judith Hill, Claudia Lennear, Tata Vega, Patti Austin, Stephanie Stevvi Alexander, Jo Lawry, Gloria A. Jones, Mable John, David Lasley, Lou Adler, Julia Waters, Maxine Waters, Oren Waters, Bruce Springsteen, Bette Midler, Mick Jagger, Sting, Chris Botti, Stevie Wonder, Sheryl Crow, Janice Pendarvis, Sharon Robinson.

Sinopsis: Documental que narra la trayectoria de algunas de las coristas con mayor incidencia en la historia del pop y el rock.

Morgan Neville ha dedicado gran parte de su carrera cinematográfica a la producción y realización de documentales, muchos de ellos encuadrados en el ámbito musical. De todos sus trabajos, seguramente el más conocido y reconocido es A 20 pasos de la fama, un film que se centra en uno de los colectivos más minusvalorados del gremio de la música, las coristas. Los astros confluyeron, y Neville obtuvo el Oscar al mejor documental por esta película, que supuso el reconocimiento para un grupo de mujeres cuyos nombres no resultan familiares para el gran público.

Aunque desde los mismos comienzos de la música pop muchas voces conocidas se hicieron acompañar de otras, casi siempre femeninas, con el fin de darle un envoltorio de lujo a sus canciones, es cierto que ese microcosmos se alteró sobremanera con la aparición de varias mujeres de raza negra, todas ellas educadas musicalmente en el gospel, que aprovecharon el creciente empuje del soul y del rhythm & blues para posicionarse en lo más alto del escalafón de su gremio. La invasión británica también fue una gran noticia, pues muchas estrellas llegadas de Inglaterra como Elton John, Joe Cocker, David Bowie o los Rolling Stones admiraban sus excelentes voces y las incluyeron en sus grabaciones y conciertos. En buena lógica, el siguiente paso para mujeres como Merry Clayton, Darlene Love, Tata Vega o Claudia Lennear era alcanzar la fama lograda por cantantes como Aretha Franklin, Diana Ross o Dionne Warwick, pero por unos u otros motivos, y en ellos se explaya la película, ninguna de ellas llegó a ser una estrella de la música. Un nutrido grupo de celebridades se presta a loar las cualidades de estas vocalistas, al tiempo que desgrana las razones por las que, según su parecer, las puertas de la fama no se abrieron para ellas cuando se decidieron a alcanzar el centro del escenario. Al margen de que a algunas de ellas, como a las pertenecientes a la familia Waters, no les apetecía acarrear con el cúmulo de exigencias que arrastra consigo el estrellato, esas razones se resumen en una: ya en la edad dorada del pop, tener una gran voz no era sinónimo de éxito, pues para llegar a lo más alto de las listas deben juntarse multitud de factores, muchas veces ajenos a los propios artistas. El listado de cantantes y músicos de extraordinario talento que jamás cosecharon un significativo éxito discográfico es casi tan extenso como el de mediocridades que se pasean en limusina pese a poseer las mismas cualidades musicales que un gorrino. En estilos musicales más minoritarios es mucho más difícil que el talento pase desapercibido, pero la industria del pop es como la de la moda, pero con coartada musical.

A Neville se le nota para bien el oficio: sabe combinar de forma certera las imágenes del esplendor pretérito con los ajados rostros de las protagonistas, de cuya expresividad extrae mucho partido, en el presente. Alterna sus testimonios con los de las celebridades en un notable trabajo de montaje, que quiere dejar siempre claras las intenciones laudatorias y reivindicativas de los artífices de la película. Los momentos de mayor intensidad dramática, como dos protagonizados por Darlene Love (el efecto que produjo en ella escuchar una de sus viejas canciones en la radio de la casa que estaba limpiando y su tardío ingreso en el Rock and Roll Hall of Fame), están distribuidos de una forma que acentúa el respeto que siente el director hacia esas mujeres que tocan la gloria y hacen que los demás también lo hagan gracias a su voz. Porque pueden haber sido marginadas por la industria, cada vez más entregada a la búsqueda de marionetas atractivas cuyo talento musical es un elemento secundario, o no haber dado con buenos compositores o arreglistas, o haber tomado decisiones erróneas, o haber considerado que la presión de la fama era demasiado para ellas, o simplemente haber tenido mala suerte, pero todas estas mujeres poseen un don digno del homenaje que Morgan Neville les brinda.



AHORA LO ENTIENDO

A quienes no entienden por qué Boris Johnson ha arrasado en las elecciones británicas, voy a dejar que se lo explique él mismo:

“SI VOTAS AL PARTIDO CONSERVADOR, ES MUCHO MÁS PROBABLE QUE A TU MUJER LE CREZCAN LOS PECHOS Y TÚ PUEDAS COMPRARTE POR FIN UN BMW M3”.

EL IRLANDÉS

THE IRISHMAN. 2019. 210´. Color.

Dirección: Martin Scorsese; Guión: Steven Zaillian, basado en la novela de Charles Brandt I heard you paint houses; Director de fotografía: Rodrigo Prieto;  Montaje: Thelma Schoonmaker; Música: Robbie Robertson; Diseño de producción: Bob Shaw; Dirección artística: Laura Ballinger (Supervisión); Producción: Gastón Pavlovich, Troy Allen, Martin Scorsese, Randall Emmett, Robert De Niro, Irwin Winkler, Gerald Chamales, Jane Rosenthal y Emma Tillinger Koskoff, para Tribeca Productions-Sikelia Productions-Winkler Films-Netflix (EE.UU.).

Intérpretes: Robert De Niro (Frank Sheeran); Al Pacino (Jimmy Hoffa); Joe Pesci (Russell Bufalino); Harvey Keitel (Angelo Bruno); Ray Romano (Bill Bufalino); Bobby Cannavale (Navaja flaca); Anna Paquin (Peggy Sheeran); Stephen Graham (Tony Pro); Stephanie Kurtzuba (Irene Sheeran); Jack Huston (Robert Kennedy); Kathrine Narducci (Carrie Bufalino); Jesse Plemons (Chucky O´Brien); Domenick Lombardozzi (Tony Salerno); Paul Herman (Whispers Di Tullio); Gary Basaraba (Frank Fitzsimmons); Marin Ireland (Dolores Sheeran); Lucy Gallina (Joven Peggy Sheeran); Welker White (Jo Hoffa); Louis Cancelmi (Sally Bugs); Jonathan Morris, Dascha Polanco, Bo Dietl, Sebastian Maniscalco, Aleksa Palladino, Steven Van Zandt, Jim Norton, Daniel Jenkins, Billy Smith, Kevin O´Rourke, Patrick Gallo, Jake Hoffman, Barry Primus, Craig Vincent, Robert Funaro, Al Linea.

Sinopsis: Frank Sheeran es un transportista, veterano de la Segunda Guerra Mundial, que empieza a subir enteros en el sindicato del gremio gracias a sus amistades en la Mafia y a su cercanía con el líder del sindicato, Jimmy Hoffa.

La adaptación cinematográfica de la novela de Charles Brandt I heard you paint houses era un viejo deseo de Martin Scorsese que ha estado cerca de no convertirse en realidad. Varias décadas después de su génesis, el proyecto vio la luz gracias al respaldo de Netflix, por otra parte una de las compañías que más ha contribuido a vaciar las salas de cine en los últimos años. La larga postergación del proyecto ha acabado por generar una obra crepuscular, por no decir testamentaria, que quizá no deba figurar entre las obras maestras de Scorsese, pero sí merece la etiqueta de gran cine.

La película se podría haber titulado The last Gangster movie, porque en muchos aspectos supone el punto final a un modo de entender el género que bebe de los monumentos al cine que dirigieron Coppola, Leone, De Palma y el propio Scorsese, y que está destinado a desaparecer con ellos. De hecho, la vejez y la muerte son dos de los grandes temas del film, y lo que éste viene a decirnos es que la esperanza de vida de los mafiosos es menor que la de las personas corrientes, pero que, si consiguen llegar a viejos, los gángsters degeneran y mueren igual que los demás.

El eje argumental es la todavía hoy no aclarada desaparición de quien en tiempos fue el líder sindical más poderoso de la historia de los Estados Unidos, Jimmy Hoffa, y lo que hacen la novela de Brandt, el guión de Steven Zaillian y la mano maestra de Scorsese es ofrecernos una teoría bastante plausible sobre ese hecho, narrada en primera persona por alguien que tuvo mucho que ver en lo ocurrido: Frank Sheeran, un camionero irlandés que aprendió a matar en la guerra y que prosperó gracias a que sus trabajos para la Mafia le permitieron seguir haciéndolo mientras escalaba peldaños en la pirámide social. La suma de estas circunstancias hizo que Sheeran fuera testigo directo de algunos de los episodios más relevantes acaecidos en la etapa más convulsa de la Norteamérica de posguerra, a caballo entre la Cosa Nostra, cuyos tentáculos llegaban prácticamente a todas partes, y el poderoso sindicato de transportistas liderado por Hoffa. La ligazón entre ambas organizaciones era notoria, pero eso no significa que fueran lo mismo: lo comprobará Sheeran cuando, ya caído Nixon, deba escoger entre la lealtad a Russ Bufalino, el hombre que le hizo prosperar y le protegió después de dar algún significativo paso en falso, y la fidelidad a Hoffa, que con los años convirtió a Sheeran en su mano derecha. El antiguo soldado y camionero, de cuyo pasado no sabemos absolutamente nada, cuenta su historia con la libertad de quien ve acercarse la hora de la muerte, pero también con el temor propio de alguien que afronta su final dejando atrás una existencia nada ejemplar.

La mirada de Scorsese sobre el crimen organizado se distingue por ser más realista y menos glamourosa que las de Coppola o Leone, y esa antigua inclinación es más fuerte que nunca en El irlandés, una obra que muestra algunas facetas de los mafiosos que, de tan mundanas, han sido casi siempre obviadas en el cine. Por citar otro gran referente del género gangsteril contemporáneo, la película está, por su dimensión desmitificadora, más cerca de Los Soprano que de, por ejemplo, Érase una vez en América, film con el que coincide en subrayar que la presencia de la Mafia en la historia de los Estados Unidos no es precisamente anecdótica. De hecho, creo que uniendo ambas películas se obtiene un fresco bastante preciso de lo que ha significado el crimen organizado en la América del siglo XX. Dicho lo cual, hay un par de similitudes más entre El irlandés y la obra maestra de Leone: la avanzada edad de su protagonista (en el film de Scorsese, también narrador) y la importancia que se le otorga a un tema, el de la amistad traicionada, que es el eje central de la filmografía de otro cineasta fundamental como Sam Peckinpah.

A la hora de filmar la historia, Scorsese opta por el clasicismo y deja bastante de lado su faceta más virtuosa, aunque algunos movimientos de cámara, como el que muestra el recorrido hasta el fondo del río de un arma con la que se ha cometido un crimen, o la forma de filmar el gélido rostro de Russ Bufalino mientras en la televisión anuncian el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, dejan el inequívoco rastro de un verdadero artista. La fotografía opta por los tonos grises, acordes con la naturaleza de una historia, como ya se ha dicho, eminentemente crepuscular, y el montaje de Thelma Schoonmaker es, una vez más, modélico, dando forma a una película que dura tres horas y media y no se hace larga. Al margen del típico ejercicio de erudición musical del que el director neoyorquino vuelve a hacer gala, hay que señalar que la banda sonora de Robbie Robertson opta por lo funcional y se aleja de las piezas que Rota y Morricone han fijado en la memoria de los cinéfilos. En este aspecto, creo que el film yerra la apuesta. Con todo, el aspecto más debatido de El irlandés en la vertiente técnica es el rejuvenecimiento digital de sus principales protagonistas, todos ellos de avanzada edad. Sobre esto, he de decir que la cuestión facial está muy bien resuelta, pero no sucede lo mismo con los movimientos de los actores, carentes del necesario nervio cuando la historia retrocede en el tiempo, ni en sus miradas, que no poseen el brillo propio de la mediana edad cuando los protagonistas se supone que están en ella.

El tema de la expiación y la culpa, tan presente en la obra de Scorsese, ocupa también un lugar importante en esta historia, en la que la culpa tiene un rostro, el de Peggy, la hija mayor de Frank Sheeran. El perdón divino puede servir de alivio, pero si algo queda claro es que, más tarde o más temprano, de una manera o de otra, a todo el mundo le llega el momento de pasar cuentas. Peggy sabe la verdad: que los mafiosos imponen un sistema basado en el miedo para servirse, fundamentalmente, a sí mismos, y que las personas como Jimmy Hoffa, aunque no sean trigo limpio porque nada hay menos humano que la santidad, al menos sí fueron útiles para que los trabajadores mejoraran sus condiciones de vida. Hoffa es, en cierto modo, un poderoso atípico, porque la fuerza dominante en él no es el cinismo.

De Niro. Pacino. Pesci. Poco más se puede decir, salvo que es un placer verles juntos en la pantalla. El protagonista de Taxi Driver opta por un registro más contenido, mientras que Pacino da vida a un Jimmy Hoffa mucho más histriónico. Ambos están mejor cuanta más edad tienen sus personajes, y pocas veces han brillado tanto en las dos últimas décadas. La gran suerte de Scorsese, no obstante, fue convencer a Joe Pesci de que abandonara por unos meses su retiro y aceptara interpretar a Russ Bufalino, porque su actuación es inmejorable, quizá por ser una de las más contenidas de su carrera. La intervención de otro de los actores de cabecera de Scorsese, Harvey Keitel, es más episódica, pero también acertada. Del resto del reparto, el rostro más conocido es el de Anna Paquin, eficaz en su doble papel de hija adulta y materialización del sentimiento de culpabilidad. Los secundarios cuyas apariciones ocupan mayor metraje son Ray Romano, Bobby Cannavale y Stephen Graham, y la verdad es que todos ellos consiguen destacar, en especial los dos últimos. Entre Pacino y Graham existe la chispa necesaria para que las escenas que comparten sean de alto voltaje. Por último, el plantel de secundarios italoamericanos cumple con nota.

El irlandés deja el regusto triste de ser el final de una forma de entender el cine que a muchos nos hizo enamorarnos de este arte. No alcanza el grado de perfección de Uno de los nuestros, pero tampoco por mucho. En todo caso, supera por un amplio margen al 95% de las películas que se estrenan anualmente, y creo que está destinada a perdurar. Sería un digno epílogo a la trayectoria de un gran maestro del cine, pero espero que Martin Scorsese llegue a dirigir más largometrajes.



I AM THOR

I AM THOR. 2015. 82´. Color.

Dirección: Ryan Wise; Guión: Ryan Wise; Dirección de fotografía: Ryan Wise;  Montaje: Ryan Wise; Música: Christopher Ward (Original)/Thor (Canciones); Producción: Alan Higbee y Ryan Wise, para Blue Lame 61 Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Jon Mikl Thor, Rusty Hamilton, Mike Favata, Steve Price, John Holmstrom, Keith Zazzi, Michael Pilmer, Lou Ferrigno, Ben Perman, John Fasano, Katherine Elo, John Hartman, Ed Prescott.

Sinopsis: Biografía de Jon Mikl Thor, culturista y cantante de hard rock.

Curtido en la realización de series televisivas, el director Ryan Wise se adentró en el terreno del documental musical para narrar la trayectoria de uno de los personajes más peculiares (y eso es mucho decir) del rock duro: Jon Mikl Thor, un hercúleo vocalista de origen canadiense en cuya carrera hay muchas más sombras que luces. La película ha circulado casi en exclusiva por los certámenes dedicados al género al que pertenece, pero constituye un impagable documento sobre el lado menos glamouroso del rock and roll.

En síntesis, el film cuenta la historia de alguien que ha empleado tanto esfuerzo como poca traza en la búsqueda del éxito. Personaje a la vez entrañable y patético, Thor, o más bien dicho su incapacidad para alcanzar el estrellato, es la suma de una falta de consciencia de las propias limitaciones y de un cúmulo de decisiones erróneas propias de alguien que vive en su propio mundo y cuyo contacto con la realidad es más bien difuso. La película sigue el habitual orden cronológico, y hasta que se sitúa en el primer regreso de Thor a los escenarios la narración es bastante sintética, incluso atropellada por momentos. No obstante, permite que el espectador acceda a la mente de esta especie de Ed Wood del rock & roll que ya desde pequeño soñó con convertirse en un superhéroe y creó un personaje, a medio camino entre la mitología nórdica y el culturismo kitsch, que se ha mantenido ajeno a los cambios vividos en las varias décadas transcurridas desde su irrupción, más allá de que el hipermusculado cuerpo primigenio haya degenerado en un superhéroe fondón, ya autoparódico a primera vista.

Primero forzudo de feria, más tarde protagonista de espectáculos cuasipornográficos, Jon Mikl Thor creyó, iniciada la segunda mitad de la década de los 70, que el rock sería la plataforma desde la que su personaje obtendría la ansiada fama. De acuerdo a su relato, el infortunio y el contacto con algunas de las distintas especies de chupasangres que pueblan el negocio musical impidieron su éxito masivo. Esta creencia derivó en una desmedida ansia por controlar cualquier aspecto de su carrera que, vista en retrospectiva, tuvo consecuencias más bien funestas para el protagonista de esta película, y para todos los que han acompañado, ya sea por lealtad o por pura compasión mal entendida, a Thor en su alocada carrera hacia el estrellato. El biografiado no tiene en cuenta que sus muy limitadas cualidades como vocalista y compositor (en su larga carrera, Thor no ha producido nada que se parezca a una canción perdurable), sus psicotrónicos videoclips y el hecho de que siempre haya optado por incluir en sus espectáculos elementos no menos descacharrantes tomados de sus vidas profesionales anteriores han impedido que alguna vez el público entendido pudiera tomarle en serio como músico. Servidor habla con conocimiento de causa, pues un amigo compró el vinilo del Live in Detroit y tuvo el detalle de grabármelo en cassette: para un adolescente fanático del heavy metal, era un disco que se dejaba escuchar, pero que musicalmente hablando no tenía nada que lo distinguiera de los cientos de grupos que buscaban su lugar en el sol en el universo metalero de la época; puestos a escuchar heavy inflado de testosterona, Manowar eran mejores (y, comparados con Thor, un modelo de clase y saber estar).

El siguiente paso de Jon Mikl Thor, ya que las puertas del estrellato rockero eran infranqueables para él, fue probar suerte en el cine. El resultado: unas cuantas películas de terror de esas que veías con tus colegas para reírte de lo malas que eran. Quizá si el canadiense hubiera optado por la acción musculosa, tan en boga en los 80 y que llevó a la fama a un puñado de forzudos incapaces de actuar, el destino de Thor hubiese sido otro, pero la cuestión es que el cine tampoco le dio lo que buscaba. Ello le provocó una crisis nerviosa de grandes proporciones (o un arranque de lucidez, vaya usted a saber) que se tradujo en un retiro de más de diez años junto a su esposa, Rusty Hamilton. Pero el gusanillo seguía picando, y Thor decidió regresar a los escenarios.

Ryan Wise narra la historia de este curioso personaje desde la óptica del fan, pero sin caer en la idolatría: muestra la infinita paciencia de la que hacen gala quienes siguen a Thor (por otro lado, una buena persona), o como éste es incapaz de asimilar su realidad, y también enseña la buena acogida que su espectáculo tuvo en varios grandes festivales escandinavos o la exquisitez con la que Thor ha tratado siempre a su público. Graves dolencias, hoteles de mala muerte y confesiones en las que la ciega esperanza se mezcla con el inconfundible olor de la derrota conforman el marco de este notable documental, que reclama a gritos una versión más extensa. Mención especial para Mike Favata y Steve Price, batería y guitarrista de Thor, dos auténticos obreros del rock cuyos testimonios rezuman honestidad. En conjunto, una pequeña joya del documental musical, artesana en la forma pero de contenido mucho más atractivo para el espectador que muchos de los films autorizados con los que las estrellas suelen dorarse la píldora a sí mismas.

ACABÁRAMOS

Servidor de ustedes se vanagloria de tener amigos peculiares, sobre todo porque la gente que dice ser normal es aburrida de cojones. Uno de esos amigos, trasnochado cuarentón y antiguo defensor de diversas causas perdidas, me dice desde hace tiempo que la especie humana debe extinguirse cuanto antes, y que cada uno de nosotros, dentro de sus posibilidades, debe hacer lo posible para que esa extinción se produzca a la mayor brevedad. Para ello,y por poner unos ejemplos, come carne a todas horas, se ha hecho independentista pese a ser un charnegazo que no tiene ni medio apellido catalán (hasta fue un día a incendiar contenedores en el Eixample, su barrio natal, después de hacer el vermut en Alella y comprar un Iphone para uno de sus sobrinos en el FNAC), ha hecho una petición en Change.org para que los carritos de bebé sean prohibidos en el transporte público y se ha convertido en uno de los más exitosos abogados matrimonialistas de la comarca. Su estado de ánimo es usualmente mustio, por aquello de que su anhelado Apocalipsis no se está produciendo al ritmo que le gustaría, pero anteayer le encontré de un humor magnífico. Yo salía del trabajo, y él fumaba en la puerta de un gimnasio próximo al centro comercial junto al que un servidor se paga los garbanzos y las cervezas de importación. Me vi obligado a preguntarle el motivo de su alegría. Sonriendo, me contestó: “Si el mundo tiene que salvarlo Greta Thunberg, es que ya queda poco para el fin”.

CASI FAMOSOS

ALMOST FAMOUS. 2000. 122´. Color.

Dirección: Cameron Crowe; Guión: Cameron Crowe; Director de fotografía: John Toll; Montaje: Joe Hutshing y Saar Klein; Música: Nancy Wilson; Dirección artística: Clay A. Griffith, Clayton Hartley y Virginia Randolph-Weaver; Producción: Ian Bryce, Lisa Stewart y Cameron Crowe, para Vinyl Films-Dreamworks Pictures-Columbia Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Patrick Fugit (William Miller); Frances McDormand (Elaine Miller); Billy Crudup (Russell Hammond); Kate Hudson (Penny Lane); Jason Lee (Jeff Bebe); Philip Seymour Hoffman (Lester Bangs); Zooey Deschanel (Anita Miller); Michael Angarano (Joven William); Anna Paquin (Polexia); Fairuza Balk (Sapphire); Noah Taylor (Dick Roswell); John Fedevich (Ed Vallencourt); Mark Kozelek, Liz Stauber, Jimmy Fallon, Olivia Rosewood, Bijou Phillips, Terry Chen, Pauley Perrette, Peter Frampton, Eric Stonestreet, Kevin Sussman.

Sinopsis: Un quinceañero amante del rock es requerido por una revista musical para hacer un reportaje sobre un grupo de moda. Acabará por unirse a otra banda en su gira por los Estados Unidos.

El éxito de Jerry Maguire empujó a Cameron Crowe a abordar un proyecto personal, de notorios tintes autobiográficos, sobre sus inicios como crítico musical allá por los primeros años de la década de los 70, en plena época dorada del rock. El regreso de Crowe a su primera juventud le granjeó buenas críticas, pues no en vano muchos, entre los que me incluyo, consideran que Casi famosos es la película más redonda de este irregular cineasta.

El film es la historia de un quinceañero, de gran inteligencia y convertido en el tesoro de una madre hiperprotectora que es además maestra, metido en plena vorágine de sexo, drogas y rock & roll. En una época en la que la música, y en especial el rock, disfrutaba de una relevancia cultural que hoy en día nos resulta impensable, William Miller se dedica a escribir críticas de sus discos favoritos, con la buena fortuna de que algunos de esos textos llaman la atención de Lester Bangs, todo un pope de la prensa musical, y de una de las publicaciones de referencia, Creem. Por obra y gracia de un puñado de jóvenes adictas al rock (y a los músicos que lo tocaban), lo que en principio iba a ser una entrevista frustrada a Black Sabbath se convierte en una inmersión en el universo de una banda en pleno ascenso, Stillwater, que de un día para otro considera al joven William su periodista de cabecera y se lo lleva con ellos de gira, en una experiencia que cambiará la vida del muchacho y despertará el interés de la revista musical más importante del momento, Rolling Stone. Se trata de un típico film iniciático, que destaca por su tono marcadamente nostálgico y por retratar desde dentro un ambiente, el de las postrimerías de la gran explosión de talento que vivió la música popular desde finales de la década de los 50, que por fuerza ha de interesar a todo melómano que se precie.

Tenemos al joven que despierta a la vida, a sus raíces, simbolizadas en su madre, que por suerte es retratada de un modo muy distinto al estereotipo de mujer posesiva y corta de entendederas, al ídolo (Russell, el guitarrista de Stillwater), a la chica (Penny Lane, algo más que una simple groupie) y a la voz de la sabiduría, personificada en Lester Bangs. Sobre las relaciones de todos ellos con el protagonista se articula este film ágil, muy bien escrito y, como por otra parte era casi un mandato bíblico, dueño de un banda sonora que es una maravilla en sí misma. Crowe consigue que el espectador se imbuya de esa atmósfera que él conoció de primera mano y es capaz de mostrar la complejidad de unos personajes que participan del tópico (en ellos suele haber mucho de verdad), pero van bastante más allá de él. Aún no se había llegado a la época en la que los viejos rockeros rememoraban sus antiguos desmanes en forma de autobiografía, y por ello lo que cuenta Crowe era bastante novedoso, y rezuma autenticidad. Como ocurre en toda la obra de este director, el film peca de blando, sobre todo en su tramo final, pero rezuma autenticidad y mejora al resto en lo que a la construcción de personajes y al desarrollo de la narración se refiere. Dentro de lo que es una evocación amable, Crowe también refleja la cara oscura del rock: la mercantilización, los hinchados egos de los músicos, nublados por la adulación y las drogas, la forma que los artistas tienen de utilizar a quienes en el fondo consideran sus súbditos, ya sean éstos periodistas o mujeres, su permeabilidad ante los manejos de los buitres que se lucran gracias al talento ajeno o el desmedido narcisismo de todo el conjunto. En la gloria estaba el embrión de las futuras miserias, nos dice Crowe con conocimineto de causa y la perspectiva que da el tiempo. En este aspecto, la escena del avión, en la que todo el mundo se sincera creyendo que está a punto de morir, es antológica, por ingeniosa y por divertida. Lástima que el edulcorado final rompa una magia que el film posee casi desde el primer fotograma.

Cameron Crowe no es un cineasta especialmente imaginativo en el aspecto visual, pero sí un cinéfilo aplicado y con oficio que conoce bien algunos de los trucos más válidos para ilustrar con acierto una historia siempre interesante porque, como dijo alguien, los músicos son personas como los demás pero con vidas mucho más apasionantes. La presencia de John Toll, que venía de hacer un trabajo majestuoso a las órdenes de Terrence Malick en La delgada línea roja, es el gran plus de la película a nivel técnico, al margen de su excelente montaje.

El título de la película se puede utilizar, no sin cierta ironía, para hablar de la carrera de muchos de sus principales intérpretes. No es el caso, desde luego, de dos monstruos que elevan el nivel de cualquier película en la que participan, como son Frances McDormand y el añorado Philip Seymour Hoffman. Ambos están, una vez más, sobresalientes. Patrick Fugit, que ha desarrollado una discreta carrera, posee expresividad, pero se le ve falto de tablas en algunos de los momentos más emocionalmente fuertes. Billy Crudup, un buen actor aquí en el papel de un guitarrista que por momentos parece haber perdido el sentido de la realidad, es de los que merece una nota más alta, junto a un Jason Lee al que el papel de vocalista más bien descerebrado le viene muy bien para sus capacidades. Kate Hudson, actriz de indudable encanto, no acaba de sacarle todo el jugo a un personaje que oscila entre lo despreocupado y lo melodramático, y, pese a que su labor hay que calificarla como buena, no mejora el trabajo de otras actrices del elenco como Fairuza Balk o Anna Paquin.

Lo dicho, la mejor película de Cameron Crowe, por la veracidad que desprende y la nostálgica gracia con la que está narrada. Un homenaje a una música y a una época inolvidables, que nos recuerda la importancia que tiempo atrás tuvo el rock & roll… y también los motivos por los que con el tiempo dejó de tenerla.



ABDUCIDO

LIFTED. 2006. 4´. Color.

Dirección: Gary Rydstrom; Guión: Gary Rydstrom, basado en una historia de Jeff Pidgeon y Max Brace; Montaje: Steve Bloom; Música: Michael Giacchino; Diseño de producción: Mark Cordell Holmes; Producción: Katherine Sarafian, para Pixar Studios-Walt Disney Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Animación.

Sinopsis: Unos alienígenas intentan abducir a un niño terrícola, pero el encargado de hacerlo es un espécimen bastante torpe.

Abducido es uno de los cortometrajes con los que Pixar acompañó el estreno de Ratatouille, una de las mejores producciones del estudio en toda su historia. Este pequeño film significó el.salto a la dirección de Gary Rydstrom, un prestigioso técnico de efectos visuales que acumula galardones en este apartado.

La historia que cuenta este cortometraje es tan sencilla como efectiva: el intento de abducción por parte de una nave alienígena a un niño que duerme plácidamente, llevado a cabo por el extraterrestre más torpe que pueda uno imaginarse, mientras su instructor se hace cruces ante la manifiesta incapacidad de su alumno para hacer algo a derechas. El film funciona como parodia del subgénero de abducciones extraterrestres, y permite una vez más comprobar el insultante poderío visual de la factoría Pixar. En cierto modo, la película es un chiste de cuatro minutos, que se ve con notable agrado porque ese chiste tiene gracia. La torpeza, sea humana o alienígena, resulta cómica, y más si va acompañada de un estilo visual tan potente. No hablamos de un producto magistral, pero sí, como digo, de una broma muy graciosa y muy bien hecha, disfrutable tanto para los niños como para esos adultos que no han perdido del todo la alegría infantil y han visto unas cuantas películas de invasiones extraterrestres. Sin duda, quienes vean Abducido pasarán cuatro buenos minutos.

QUEEN. LOS PRIMEROS AÑOS

QUEEN. FROM RAGS TO RHAPSODY. 2015. 57´. Color.

Dirección: Simon Lupton y Rhys Thomas ; Guión: Simon Lupton y Rhys Thomas; Dirección de fotografía: Ric Clarke;  Montaje: Christopher Bird; Música: Queen. Producción: Simon Lupton y Rhys Thomas, para Queen Productions-Eagle Rock-BBC Music (Reino Unido).

Intérpretes: Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor, John Deacon, Norman Sheffield, Bob Harris.

Sinopsis: Documental que repasa la trayectoria musical de Queen desde la formación de la banda, en 1971, hasta la llegada al estrellato gracias al álbum A night at the opera.

Antes de que el bombazo que significó el estreno de Bohemian rhapsody resucitara el fenómeno Queen con toda su fuerza, la BBC ya se dedicó a subrayar el legado de la legendaria banda británica que lideró Freddie Mercury. Queen: Los primeros años toma el testigo del magnífico Days of our lives, aunque se centra en el origen de la banda y finaliza justo cuando ésta consiguió un éxito masivo con su cuarto álbum.

Al margen de la recuperación de algunas imágenes inéditas que ilustran varios de los primeros conciertos de la banda, tampoco es que este documental, que es de tan buena factura como es norma de la casa, ofrezca novedades demasiado significativas para quienes, como un servidor, son fans de Queen desde hace décadas. Se trata de un film oficial, en el que Brian May y Roger Taylor tienen la última palabra, y por ello quien busque revelaciones escandalosas, o incluso testimonios contemporáneos, no los encontrará. Sí hallará, en cambio, muy buena música, la energía de una banda especialmente poderosa en directo y la constatación de que estos estudiados muchachos británicos, alejados del estereotipo del joven rockero inglés de clase obrera y perfil asilvestrado, no lo tuvieron fácil para alcanzar la cima. Fracasaron con Smile, el primer grupo que formaron May y Taylor, y estuvieron a punto de hacerlo cuando, ya unidos los cuatro eternos miembros de Queen, su poco convencional estilo les hizo resultar chocantes para muchas audiencias y nada simpáticos para la inmensa mayoría de la prensa musical británica. Por todo ello, el primer LP de Queen no tuvo ningún éxito, y los dos posteriores incrementaron la popularidad y el prestigio de la banda, pero no sus cuentas corrientes, a causa de las triquiñuelas de esos depredadores del talento ajeno tan frecuentes en el universo musical. En su conclusión, el film de Lupton y Thomas se explaya al explicar el proceso de creación y grabación de la pieza que ha permanecido hasta hoy como el símbolo de lo que ha significado Queen en el mundo del rock: Bohemian rhapsody, y en cómo este tema ha calado en el público generación tras generación. Bien, cómo no, aunque echo en falta una mayor reivindicación del que para mí es uno de los mejores discos de Mercury, May, Deacon & Taylor: Sheer heart attack. Con todo, un documental técnicamente perfecto, muy bien montado y lleno de interés para los fans antiguos, pero sobre todo para quienes se aficionaron a la música de Queen cuando su líder había fallecido.