CUANDO HARRY ENCONTRÓ A SALLY

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WHEN HARRY MET SALLY… 1989. 89´. Color.

Dirección: Rob Reiner; Guión: Nora Ephron; Dirección de fotografía: Barry Sonnenfeld;  Montaje: Robert Leighton; Música: Piezas adaptadas por Marc Shaiman, con la intervención especial de Harry Connick, Jr.; Diseño de producción: Jane Musky; Producción: Andrew Scheinman y Rob Reiner, para Castle Rock Entertainment- Nelson Entertainment (EE.UU.).

Intérpretes: Billy Crystal (Harry Burns); Meg Ryan (Sally Albright); Carrie Fisher (Marie); Bruno Kirby (Jess); Steven Ford (Joe); Lisa Jane Persky, Michelle Nicastro, Gretchen Palmer, Kyle T. Heffner.

Sinopsis: Harry y Sally se conocen durante un viaje a Nueva York después de licenciarse en la universidad. Años después se reencuentran, y entre ellos surge una gran complicidad que les une a través de los avatares de la vida.

El director Rob Reiner, que había realizado varias películas que le proporcionaron éxito y prestigio en los años 80, despidió la década con una obra que ha pasado a la historia como la mejor comedia romántica (con permiso de Atrapado en el tiempo, la cual ya fue objeto de reseña en este blog) facturada por Hollywood en aquellos años, y en buena parte de los siguientes. Confieso que el producto de la unión entre las expresiones “comedia romántica” y “Hollywood” suele producirme reacciones alérgicas, pero Cuando Harry encontró a Sally supera, con mucho, los estándares de calidad del género al que pertenece.

La piedra angular del proyecto la encontramos en el guión de Nora Ephron, sin duda el mejor de los escritos por esta dramaturga. La trama es fácil de resumir: chico conoce chica y en teoría no ocurre nada entre ellos, pero ambos van reencontrándose a lo largo de los años y termina por forjarse algo en principio inconcebible para él: una amistad entre personas de sexo opuesto. Con esta premisa, el film bien podría ser un horror, pero su libreto posee buen gusto, mucho ingenio, unos diálogos a veces formidables y una capacidad para diseccionar eso tan complicado que son las relaciones sentimentales difícil de rebatir. Harry piensa que la amistad entre hombres y mujeres no puede existir. Acierta casi de pleno: sólo puede darse cuando una de las partes (la mujer, en la mayoría de los casos) no quiere tema, y la otra se conforma, bien porque considera que el asunto es lo suficientemente bueno como para echarle mucha paciencia, o bien porque ya tiene los deseos sexuales satisfechos en otra parte y de todas formas encuentra gratificante la compañía de esa persona con la que no folla. Elementos como el jazz, la ciudad de Nueva York, y el hecho de que la propuesta sea algo menos ñoña que la media hacen que Cuando Harry encontró a Sally remita con frecuencia al universo de Woody Allen. Desde luego, no es Annie Hall, y al final se pone muy blanda, pero posee un encanto indiscutible. La puesta en escena es de lo más funcional (Reiner, que es un director muy capaz, nunca poseyó un estilo propio), y todo se centra en una historia que, en la teórica edad madura, se ve de otra forma. Créanme: haber conocido a una Sally de carne y hueso es una de esas cosas que te llevarás con alegría al horno crematorio, pero la vida real no es Hollywood y las fiestas de Nochevieja de los simples mortales no molan tanto. O, dicho de otra forma, el It had to be you suele acabar sonando como el Hallelujah. Volviendo a la película, se trata de un conseguido intento de actualizar los clásicos románticos del Hollywood dorado (abundan las citas a varios de ellos, empezando por Casablanca), que logra que el espectador se trague con gusto esa mentira que dice que el amor verdadero siempre termina por imponerse. Respecto a la escena más recordada del film (meritoria sobre todo por el comentario final de la clienta de la cafetería), he de decir que he conocido mujeres que fingen muy bien los orgasmos, y hombres que fingen creer que eso les importa… por otro motivo más altruista que el aumento exponencial de las posibilidades de repetir jodienda que supone que el orgasmo femenino sea auténtico.  Hay momentos mejores, como la escena en la que Harry se reencuentra con su exmujer (desde que se conocen, los protagonistas tienen diversas relaciones-sobre todo él, que incluso llega a casarse-, y por rizar el rizo ambos llegan a intentar emparejar al otro con su mejor amigo, pero ninguno de esos proyectos de pareja cuaja, tal vez porque no encuentran en nadie lo que el otro les da), y la discusión sobre el centro de mesa. El final es tópico y blando, pero tampoco cabía esperar otra cosa.

Durante años me negué a ver, pese a las innumerables recomendaciones recibidas (entre ellas, la de mi Sally particular), esta película porque no soporto a Meg Ryan, actriz que de inmediato se convirtió en la reina de la comedia ñoña. Su voz y sus mohínes siempre me han resultado desagradables. Cuando Harry encontró a Sally tiene que ser muy buena, porque su continua presencia en pantalla no ha sido obstáculo para mi disfrute. Tampoco Billy Crystal es santo de mi devoción, pero el papel de tipo neurótico y, pese a todo, sensible, le sienta bien. Ambos hacen buena pareja y, ayudados por los diálogos, poseen esa chispa sin la que la película sería un fiasco. De los secundarios, sólo tienen peso Carrie Fisher y Bruno Kirby, los amigos de los protagonistas, y ambos merecen una buena nota, sin llegar a la excelencia.

En resumen, una comedia romántica de calidad, apreciable incluso por quienes creemos que esta clase de películas pueden hacer más daño que las bombas.

 

 

JUNGLA DE CRISTAL

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DIE HARD. 1988. 131´. Color.

Dirección: John McTiernan; Guión: Jeb Stuart y Steven E. De Souza, basado en la novela de Roderick Thorp; Director de fotografía: Jan de Bont;  Montaje: John F. Link y Frank J. Urioste; Música: Michael Kamen; Dirección artística: John R. Jensen; Diseño de producción: Jackson de Govia; Producción: Lawrence Gordon y Joel Silver, para 20th Century Fox (EE.UU).

Intérpretes: Bruce Willis (John McClane); Alan Rickman (Hans Gruber); Alexander Godunov (Karl); Bonnie Bedelia (Holly Gennaro McClane); Reginald Veljohnson (Sargento Powell); Paul Gleason (Oficial Dwayme Robinson); William Atherton (Richard Thornburg); Hart Bochner (Harry Ellis); James Shigeta (Sr. Takagi); Clarence Gilyard, Jr. (Theo); De´Voreaux White (Argyle); Bruno Doyon (Franco); Dennis Hayden (Eddie);  Robert Davi (Agente Especial Big Johnson); Hans Buhringer, Andreas Wisniewski, Grand L. Bush, Joey Plewa.

Sinopsis: John McClane, un policía de Nueva York, llega a Los Ángeles para reencontrarse con su familia en Nochebuena. Invitado a una fiesta navideña en el rascacielos en el que ella trabaja, McClane es testigo de la toma del edificio por un grupo de terroristas.

Una de las puntas de lanza del boom del cine de acción durante los años 80 es sin duda Jungla de cristal, película en la que, por encima de todos, destaca el sello del productor Joel Silver, uno de los más exitosos de la época. Su fórmula, que actualizó, a fuerza de espectáculo y explosiones, el cliché del tradicional héroe americano que se enfrenta en solitario a un sinfín de adversidades y consigue salir airoso de ellas, reventó taquillas y tuvo su mejor exponente en esta película, dirigida por un aplicado artesano como John McTiernan, que ya en su anterior film, Depredador, había dejado claro que se movía de maravilla en el cine de acción musculosa.

En muchos sentidos, Jungla de cristal es la americanada perfecta. Con un argumento que toma muchos elementos de un clásico como El coloso en llamas, con guarnición de productos setenteros como Pánico en el estadio o la saga de Harry el Sucio y toques propios de los films de acción de la Cannon, sencillo como un puzzle de ocho piezas pero eficaz al máximo, la película narra la epopeya del héroe americano de turno, John McClane, un policía de Nueva York que, por aquellas cosas del reencuentro navideño familiar, se ve atrapado en el asalto, por parte de unos terroristas, del rascacielos angelino en el que trabaja su ya casi exmujer. El protagonista lucha en solitario contra un grupo de profesionales del delito muy bien organizados, y consigue dificultar su plan para hacerse con la verdadera millonada que esconden las cajas fuertes del edificio. McClane es el héroe de acción ochentero por antonomasia, con camiseta mugrienta, discurso breve, adornado por una cantidad de tacos digna de un camionero, humor socarrón y hechos contundentes. En aquellos tiempos, en los que los mitos del cine fumaban tabaco rubio y hacían alarde de testosterona, la lucha de un hombre solitario (cuando McClane consigue llamar la atención del exterior acerca de lo que está ocurriendo en el rascacielos, encuentra más trabas que ayuda) contra un problema que le supera con creces, y que amenaza con matarle casi a cada paso, resultaba tan atractiva como en cualquier otra época. Si a esto le sumamos unas dotes considerables para el espectáculo aparatoso, unos carismáticos malvados (que son en su mayoría alemanes, como en las guerras mundiales) y un marco de lo más apropiado para el cine de acción, tenemos un bombazo.

McTiernan sabe lo que se hace: al principio, dosifica la acción y presenta a los personajes, que tampoco son muy complejos que digamos, de un modo satisfactorio. Una vez iniciada la caza, sumerge con estilo al espectador en una espiral de espectáculo a raudales, en la que sobresalen la excelente fotografía de Jan de Bont, el trabajo de edición y la contundente música de Michael Kamen. Lo peor de una película de gran presupuesto es que no lo parezca: en Jungla de cristal, el (mucho) dinero está en la película, y por suerte no todo se gastó en hacer explotar helicópteros, lacra habitual del género. El espectador de inteligencia normal sabe que lo que le están contando no hay quien se lo crea… pero se lo cree. O lo disfruta igual, que es de lo que se trata, porque estamos ante un espectáculo de masas que no pretende ser otra cosa que puro cine de evasión.

Jungla de cristal lanzó al estrellato a su protagonista, Bruce Willis, hasta entonces conocido por su trabajo en la comedia televisiva Luz de luna y que en la gran pantalla sólo había destacado en Cita a ciegas. Willis ha hecho otras cosas interesantes, pero sin duda John McClane es el personaje de su carrera, y así sería incluso si esta película no hubiese dado lugar a una lucrativa saga. Es un rol hecho a su medida, y Willis lo clava. Es obvio que hay que destacar al jefe de los villanos, el gran Alan Rickman, un actor de primer nivel. Sin su presencia, la película sería menos buena, porque el resto de terroristas apenas posee perfil propio. Reginald Veljohnson cumple en el papel del único aliado exterior del héroe, y Bonnie Bedelia impone carácter a un personaje que no puede ser más tópico. Secundarios típicos de la época, como Paul Gleason o Robert Davi, aportan su toque de calidad a una película que supone la cima del cine de acción ochentero, junto a Terminator y Robocop. Más de dos horas de puro espectáculo, que consigue hermanar sus rutinarios ingredientes de un modo muy superior a la media.  Sin duda, la cima de la carrera de John McTiernan, y también de la de su máximo artífice, Joel Silver, que en parte compensa el daño que le hizo al cine con varias de sus otras producciones.

LANGOSTA

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THE LOBSTER. 2015. 118´. Color.

Dirección: Yorgos Lanthimos; Guión: Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou; Dirección de fotografía: Thimios Bakatakis;  Montaje: Yorgos Mavropsaridis; Música: Miscelánea. Piezas de Beethoven, Stravinski, Johnnie Burn, etc.; Diseño de producción: Jacqueline Abrahams; Producción: Yorgos Lanthimos, Lee Magiday, Ceci Dempsey y Ed Guiney, para Film4- Irish Film Board-Eurimages- Greek Film Center-BFI (Grecia-Irlanda-Reino Unido-Francia-Holanda).

Intérpretes: Colin Farrell (David); Rachel Weisz (Mujer miope); Jessica Barden (Mujer que sangra por la nariz); Olivia Colman (Directora del Hotel); Ashley Jensen (Mujer de las galletas); Ariane Labed (Camarera del Hotel); Angeliki Papoulia (Mujer desalmada); John C. Reilly (Hombre que cecea); Léa Seydoux (Líder de los solteros); Michael Smiley (Lugarteniente de los solteros); Ben Whishaw (Hombre que cojea); Roger Ashton-Griffiths, Sean Duggan, Rosanna Hoult, Anthony Moriarty, Nancy Onu, Emma O´Shea, Anthony Dougall.

Sinopsis: Abandonado por su esposa, David es enviado al Hotel, un lugar en el que los solteros disponen de 45 días para encontrar una pareja adecuada y, si no lo hacen, son convertidos en el animal que eligen.

Reconocido por buena parte de la crítica cinematográfica internacional por su polémico film Canino, el griego Yorgos Lanthimos rodó su primer largometraje en inglés con Langosta, una original fábula futurista que confirmó el idilio entre Lanthimos y la cinefilia más inquieta.

El director nos sitúa en un futuro próximo y distópico en el que, en contraste con lo que ocurre en gran parte de los films de similares características, la tecnología no tiene presencia alguna. En este universo ficticio, los solteros son una especie perseguida, que es expulsada de las ciudades y recluida en unas instituciones de las que sólo puede salir emparejada con alguien que se adapte a su perfil, o convertida en animal. David, el protagonista, ingresa en este mundo cuando su esposa le abandona después de once años de matrimonio. El Hotel, una especie de spa de lujo en el que todo es frío y deshumanizado, será su destino durante los 45 días de que dispone para encontrar una pareja adecuada. Este período puede aumentar si se cobra alguna pieza en las cacerías de solteros que se organizan con frecuencia en los bosques cercanos, en los que un grupo de recalcitrantes solitarios forman una especie de guerrilla.

Langosta posee la gran virtud de lo peculiar. Lanthimos presenta una película que se aparta de las corrientes imperantes en el cine contemporáneo y que, ya desde su prólogo, en el que una mujer detiene su coche en mitad de una carretera para disparar a un burro y seguir su ruta como si tal cosa, provoca en el espectador una especie de curiosa incomodidad que, en lo que a mí respecta, no se disipó en el resto del metraje. El cineasta griego consigue crear un universo en el que nuestro mundo de locos parece hasta normal. Aplaudo su espíritu transgresor, aunque en la segunda parte, la que une a David con la guerrilla de solteros, se pierde parte del siniestro encanto de la propuesta y el brillo no es tan intenso como durante la estancia de David en ese impoluto manicomio que es el Hotel. Allí el protagonista ingresa junto a su perro, que en realidad es su hermano, quien fue soltero antes que él y fracasó en su intento de emparejarse durante el tiempo establecido. Eso sí, no vale arrejuntarse con cualquiera: todo está vigilado y supervisado por el personal del Hotel, dándosele clara preferencia al emparejamiento entre personas que comparten defectos físicos: David es miope, y eso le condiciona a la hora de dar con la persona adecuada.

Lanthimos clava el bisturí donde debe: vamos hacia una sociedad de solteros, lo cual tiene algo de socialmente subversivo porque la dependencia emocional hace a la gente más débil y es sabido que las personas casadas, y en especial aquellas que tienen hijos (en el Hotel, a las parejas que se están conociendo se les facilitan criaturas para que les ayuden a superar sus discusiones), son de mejor conformar. Más aún: cuando David, cuya unión con la Mujer Desalmada no llega a buen puerto, abandona el Hotel y entra en contacto con el grupo de solteros resistentes, descubre algo que es tan cierto como difícil que le entre en la cabeza al borrego medio: en política, lo contrario de una mierda no es algo perfecto, sino otra mierda de características opuestas.

La estética de la película es deliberadamente fría, y este rasgo engloba todo el conjunto: decorados, composición de los planos, cromatismo, perfil y gestualidad de los personajes (la cual puede calificarse de mecánica), banda sonora… la violencia siempre está presente, pues no hay otro modo de imponer el absurdo (ni de escapar de él una vez ha logrado que sus caprichos sean ley), y los toques de humor negro contribuyen al necesario distanciamiento con lo narrado.

Lanthimos cuenta, por primera vez, con un reparto estelar e internacional, y se revela como un buen director de actores: Colin Farrell, tendente muchas veces a la sobreactuación, está de lo más contenido, en línea con la extrema frialdad del conjunto, que hace que uno por momentos se acuerde del cine de David Cronenberg; Rachel Weisz, notable actriz, cuenta con el hándicap de que su personaje aparece en las escenas en las que la película se vuelve más tópica y decae en su interés. En general, la labor de los actores, que están muy bien escogidos, es digna de elogio: los que son muy buenos, como John C. Reilly u Olivia Colman, hacen gala de su calidad cada vez que aparecen en pantalla; los jóvenes, como Ben Whishaw, Ariane Labed o Jessica Barden, demuestran talento, y las actrices que interpretan los papeles femeninos más radicales, Léa Seydoux y Angeliki Papoulia, saben mostrar con acierto la naturaleza del fanatismo y la psicopatía, respectivamente.

Notable película, contraindicada para el público palomitero y, en general, para todo aquel a quien le molesta que le hagan pensar. Es brillante, subversiva y, en sus mejores momentos, roza la genialidad. Dije que en Langosta la tecnología no interviene, y así es, pero gravita sobre todo el conjunto: ella fomenta y facilita la vida solitaria, mientras, a cambio de millonarios beneficios, sigue alimentando la ilusión de que nuestra pareja perfecta nos espera a la vuelta de la esquina. Langosta puede leerse como una crítica a una sociedad infantilizada y castradora, cuyos eternamente adolescentes miembros quieren seguir creyendo que hallarán a su media naranja mirando fotitos en el móvil; en todo caso, me parece un raro ejemplo de película inteligente.

EL CULEBRÓN DEL VERANO

No acabo de entender el furibundo ataque de cuernos producido en Can Barça y en la Liga de Fútbol Profesional por la multimillonaria espantada del futbolista brasileño Neymar Junior. ¿Acaso existe alguien en ese mundo de tiburones que se abstenga de enamorar, con lucrativos cantos de sirena, a jugadores con contrato en vigor con otros clubes? El mismo Fútbol Club Barcelona lleva una serie de temporadas tratando de fichar a jugadores pertenecientes a ese juguetito de jeques llamado París Saint-Germain, llámense Thiago Silva, Marquinhos o, este mismo verano, Verratti. Ninguno de los cuales ha acabado aterrizando en la Ciudad Condal, por cierto. Sí lo hizo años atrás Neymar, cuyo fichaje fue una estafa pura y dura, punto de partida de un periplo judicial que está muy lejos de concluir. Ahora el brasileño, jugador genial y poco deportivo, ha optado por desmentir, a cambio de una escandalosa suma de dinero, ese mantra que dice que todo el mundo está loco por jugar en el Barça.  La misma que el club azulgrana, que durante años ha ingresado una millonada gracias al patrocinio de un estado libre y democrático como Qatar, gastará en llenar su hueco con futbolistas que, miren ustedes por dónde, tienen contrato en vigor con otros equipos. ¿No huelen a hipocresía y prepotencia cazada en su propia red?

Para terminar, un recuerdo para Ángel Nieto, uno de los pocos deportistas de este país que podía presumir de que, cuando él llegó, en lo suyo no había nadie.

DE ÓXIDO Y HUESO

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DE ROUILLE ET DÓS. 2012. 119´. Color.

Dirección: Jacques Audiard; Guión: Thomas Bidegain y Jacques Audiard, basado en la novela de Craig Davidson; Dirección de fotografía: Stéphane Fontaine;  Montaje: Juliette Welfling; Música: Alexandre Desplat; Diseño de producción: Michel Barthélémy; Dirección artística: Yann Megard; Producción: Jacques Audiard, Pascal Caucheteux, Martine Cassinelli, Alix Raynaud, Annemie Degryse, Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne, para Why Not Prductions- Page 114-Lumière- France 2 Cinéma-Lunanime-Les Films du Fleuve (Bélgica-Francia).

Intérpretes: Marion Cotillard (Stéphanie); Matthias Schoenaerts (Alain Van Versch); Armand Verdure (Sam); Céline Sallette (Louise); Corinne Masiero (Anna); Bouli Lanners (Martial); Jean-Michel Correia (Richard); Yannick Choirat (Simon); Mourad Frarema, Fred Menut, Duncan Versteegh, Françoise Michaud.

Sinopsis: Alain deja Bélgica, junto a su hijo de cinco años, para buscar cobijo en casa de su hermana, que vive en Antibes. Allí consigue trabajo como portero de discoteca y conoce a Stéphanie, una domadora de orcas que volverá a reencontrarse con él después de padecer un terrible accidente.

El director francés Jacques Audiard consiguió un creciente prestigio crítico en la primera década de este siglo, que se incrementó al estrenar la violenta Un profeta. Para su siguiente película, Audiard decidió cambiar de registro y llevar a la pantalla la adaptación de Rust and bone, un drama intimista que afianzó el reconocimiento internacional del director y ganó premios en diversos festivales.

El film narra la peculiar historia de amor entre Alain, un desempleado que abandona Bélgica para refugiarse en casa de su hermana, en Antibes, junto a su hijo de cinco años, y Stéphanie, una bella domadora de orcas a la que una tragedia cambia la vida por completo. Se trata de dos individuos emocionalmente incapaces, cada cual a su manera: él es un espécimen primario, con más músculo que cerebro, al que sólo le interesan las relaciones sexuales sin ataduras y que apenas siente apego hacia su hijo; ella es una mujer acostumbrada a que los hombres la deseen, a la que su desgracia, que provoca un acusado descenso de su cotización en el mercado del sexo, descoloca al máximo. Ambos se conocen por una pelea en la discoteca en la que él ha encontrado trabajo como portero, sin que su encuentro parezca tener la menor relevancia, y retoman su relación cuando Stéphanie regresa a casa después de su estancia en el hospital.

Se ha dicho que De óxido y hueso es una historia de amor sin romance, quizá porque éste no sigue los estándares marcados por el cine hecho en Hollywood. Lo que Audiard trata de mostrar es la evolución de unos personajes a quienes las circunstancias y la influencia mutua sacan de una parálisis emocional cultivada a conciencia durante años. Quizá resulte poco verosímil que una mujer, sobre quien ha recaído una gran desgracia y cuyo novio ha desaparecido del mapa, se acuerde precisamente del portero de discoteca que la llevó a casa después de una pelea acaecida meses atrás, pero la mecánica erótica de la gente sin cultura es algo que me cuesta entender. Aceptada la premisa, todo transcurre por unos derroteros que se antojan deliberadamente antirrománticos, aunque el final convierte al film en algo menos transgresor de lo que se dice y se pretende. En cuanto a la puesta en escena, hay dos aspectos que me disgustan: el montaje fragmentado, que creo que genera más dispersión que atención, y el abuso de los primeros planos, que hace que muchas veces la cámara sea un testigo intrusivo de lo que vemos en pantalla. Todo ello al margen de que Alexandre Desplat ha estado casi siempre más brillante que en esta película. Tics modernos (chocantes en un director amante de lo árido) al margen, el esqueleto narrativo resulta convincente, sin entusiasmos.  Sin duda, la parte que prefiero de la película es aquella en la que Alain, que no es que tenga mal fondo pero es bastante zote, descubre que esas cosas que él hace porque sí afectan negativamente a los demás, por ejemplo cuando su hermana, que le acogió y cuida de su hijo, pierde el empleo por un espionaje ilegal en el que él colabora. El personaje de Stéphanie se me queda borroso más de una vez, y creo que su proceso de redención está peor definido que el del protagonista masculino. La ventaja, eso sí, es que lo interpreta una de las grandes actrices del cine actual, Marion Cotillard, cuya actuación es, una vez más, excelente, e incluso consigue sobreponerse a las limitaciones de su personaje que acabo de exponer. Por su parte, Matthias Schoenaerts podría haber sido sustituido durante gran parte del metraje por Jean-Claude Van Damme y ningún crítico podría poner ningún pero. De hecho, es una pena que el papel no le fuera ofrecido al protagonista de Contacto sangriento. Entre los secundarios, mi favorita es Corinne Masiero, en parte porque el personaje de Céline Sallette está definido de manera más superficial, defecto que también percibo en los roles secundarios masculinos.

Buena, sin más. No creo que Jacques Audiard pase a la historia del cine por esta película, en la que lo mejor es, sin duda, la interpretación de Marion Cotillard.

 

EL BOLA

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EL BOLA. 2000. 84´. Color.

Dirección: Achero Mañas; Guión: Achero Mañas y Verónica Fernández; Dirección de fotografía: Juan Carlos Gómez; Montaje: Nacho Ruiz Capillas; Música: Eduardo Arbide; Diseño de producción: Satur Idarreta; Producción: José Antonio Félez, para Tesela Producciones Cinematográficas (España).

Intérpretes: Juan José Ballesta (Pablo, El Bola); Pablo Galán (Alfredo); Alberto Jiménez (José); Manuel Morón (Mariano); Ana Wagener (Laura); Nieve de Medina (Marisa); Gloria Muñoz (Aurora); Javier Lago (Alfonso); Omar Muñoz (Juan); Manolo Caro, Soledad Osorio, Alfonso Vallejo, Juan Carlos Martín, Máximo Jiménez.

Sinopsis: La vida de El Bola, un niño introvertido, cambia al conocer a Alfredo, su nuevo compañero de colegio. Ambos se harán amigos, y esa amistad hará que salga al exterior un doloroso secreto que oculta El Bola.

Achero Mañas, actor que se pasó al otro lado de la cámara a mediados de los 90, consiguió su mayor éxito como director con su debut en el largometraje, El Bola, una película que aborda la problemática de los malos tratos a menores y que logró un buen número de premios, además de un importante reconocimiento popular.

El cine social siempre ha tenido presencia en España, pues éste es, por desgracia, un país en el que las desigualdades nunca han dejado de formar parte de la realidad cotidiana. El éxito de Barrio, de Fernando León de Aranoa, reavivó el interés de los cineastas por retratar la vida de la juventud de extrarradio, que Achero Mañas muestra en su lado más duro: el de los malos tratos y las infancias rotas por la crueldad de los adultos. El director la virtud de ser más realista que tópico, al evitar el sensacionalismo e ir desgranando el drama de manera paulatina. Mañas sabe que pisa un terreno muy resbaladizo, y opta por una perspectiva progresista en la que el monstruo se esconde dentro de una familia a la que todo el mundo calificaría de normal. Detrás del carácter esquivo y retraído de Pablo, un chaval de doce años cuyo principal pasatiempo consiste en participar en un peligroso juego que sus amigos montan en las vías del tren, está el miedo a un padre tiránico, traumatizado por la muerte de su hijo mayor e incapaz de razonar. Cuando El Bola conoce a Alfredo, un muchacho que proviene de una familia que, de acuerdo a los tópicos, debería ser mucho más disfuncional que la suya, los acontecimientos se precipitan y la bomba de relojería que es toda la película termina por explotar.

Quienes me conocen, saben lo que pienso acerca de la reproducción de la especie: en cada calle hay gente que debería ser castrada, y el mundo es así de feo porque a nadie se le ha ocurrido priorizar la salud pública a la sobreabundancia de mano de obra barata y de dóciles borregos. La principal virtud de El Bola es que en ella hay discurso, pero no por ello éste está grabado a martillo en cada fotograma. Mañas muestra, describe, analiza y sugiere, pero pocas veces juzga. Cuando lo hace, el espectador no puede más que compartir su veredicto, pero resulta agradable ver que un director neófito tiene tan claro el enfoque idóneo (que implica distancia) que debe darse a las ficciones cuya razón de ser no es otra que llamar la atención sobre problemas tan reales como graves, que muchas veces se silencian porque dejan en mal lugar a la sociedad en la que ocurren. El Bola no puede ser otra cosa que una película incómoda, pero Mañas consigue que eso no suponga caer en lo fácil. El espectador nota que el guión está muy trabajado, que los personajes son complejos y están descritos de forma creíble, y por eso la película conmueve mucho más de lo que lo haría un panfleto fílmico. No es que la parte técnica se adorne con virtuosismos, por otra parte innecesarios; sin embargo, la fotografía y el montaje dejan ver que social no es sinónimo de cutre, ni de descuidado. La música sí creo que cae más de una vez en el efectismo, pero el balance general de los aspectos relativos a la puesta en escena es bastante satisfactorio.

El Bola supuso el estrellato automático para su joven protagonista, Juan José Ballesta, un chico que demuestra tener talento para eso de la actuación. en un papel que, desde luego, no debió de resultarle nada sencillo. Ninguno de los otros chicos que intervienen en la película están a la misma altura. Entre los adultos, confieso que, como persona crecida en el extrarradio, he conocido a individuos que mucho tienen  que ver con el personaje interpretado por Manuel Morón, y que por eso la labor de éste, sin duda la más ingrata de todo el reparto, me parece meritoria. Del resto, me quedo con Alberto Jiménez y Nieve de Medina.

Acabaré esta reseña con un topicazo: El Bola es una película tan dura como necesaria, pues la violencia que alberga todo ser humano en su interior tiende demasiadas veces a manifestarse en su modo más desagradable, es decir, contra los seres más indefensos. Es bueno que el cine hable de eso, en especial si, como es el caso, lo hace de una forma satisfactoria en lo artístico.

EL CEBO

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EL CEBO/ES GESCHAH AM HELLICHTEN TAG. 1958. 88´. B/N.

Dirección: Ladislao Vajda; Guión: Friedrich Dürrenmatt, Ladislao Vajda y Hans Jacoby, basado en la novela de Friedrich Dürrenmatt Das Versprechen. Diálogos en español de Miguel Pérez Ferrero y José Santugini; Dirección de fotografía: Heinrich Gartner; Montaje: Hermann Haller y Julio Peña; Música: Bruno Canfora; Diseño de producción: Max Röthlisberger; Producción: Lazar Wechsler, para Chamartín Producciones- Praesens Film  (España- Suiza)

Intérpretes: Heinz Rühmann (Comisario Matthai); María Rosa Salgado (Sra. Heller); Sigfrit Steiner (Detective Feller); Gert Fröbe (Schott); Michel Simon (Jacquier); Siegfried Lowitz (Teniente Henzi); Anita Von Ow (Annemarie Heller); Margrit Winter (Sra. Moser); Berta Drews (Sra. Schott); Heinrich Gretler, Ewald Balser, Hans Gaugler.

Sinopsis: Un vendedor ambulante encuentra el cadáver de una niña en mitad del bosque. El comisario Matthai, encargado de comunicar la noticia a los padres de la pequeña, les promete que encontrará al asesino. No convencido de la culpabilidad del vendedor, al que todos acusan, Matthai investiga el crimen por su cuenta.

El director Ladislao Vajda cerró la parte más brillante de su filmografía con El cebo, coproducción hispano-suiza en la que participaron un sinfín de actores y técnicos alemanes y que adapta una novela de un autor helvético, Friedrich Dürrenmatt. Se trata de uno de los grandes films policíacos del cine europeo de posguerra, que bebe de obras mayores como M, El vampìro de Düsseldorf, de Fritz Lang, y que a su vez supuso una gran influencia para muchísimas películas posteriores sobre asesinos en serie.

“Hay personas así de malas”, replica el estoico comisario Matthai cuando el Sr. Moser, padre de la niña cuyo asesinato va a investigar, le dice que ni el mismo Satanás sería capaz de cometer una crueldad semejante. El cebo es una película moderna en el mejor de los sentidos, en la que la sobriedad de los diálogos y de la puesta en escena no es obstáculo para que su visionado resulte conmovedor. Todo se centra en la investigación policial del mencionado crimen, a cargo de un verdadero profesional que se siente del todo vinculado a la promesa (por algo el título de la novela adaptada es precisamente éste) hecha a unos padres destrozados por una pérdida tan atroz como incomprensible. A nivel oficial, el caso concluye con el suicidio del hombre acusado no sólo de este, sino de otros dos asesinatos de niñas cometidos en cantones cercanos en el último lustro. Matthai, que conoce al sospechoso, no le cree un asesino y decide investigar por su cuenta, aunque sólo puede apoyarse en su propia intuición y en un dibujo hecho por la víctima, que parece contener información relevante sobre el verdadero criminal. Cuando Matthai conoce a una niña casi idéntica a la asesinada, decide tenderle una trampa a su desconocido sospechoso, usando a la niña como cebo.

Resulta complicado retratar el desenmascaramiento de un asesino en serie de manera más inspirada, concisa y opuesta al efectismo barato que la empleada por Vajda. El espectador ve el cadáver de la niña a través de los ojos aterrorizados del hombre que lo descubre, y sigue a partir de ahí, punto por punto, la labor de investigación, hasta que se nos descubre al culpable de una manera que sólo puede calificarse de magistral. Lo primero que conocemos de él es su figura en un dibujo infantil; más tarde, oímos su voz y le vemos convertido en el saco de arena de su castradora esposa; más tarde, descubrimos su rostro a través del espejo retrovisor de su automóvil, y sólo le vemos como encarnación real (que recuerda al monstruo de Frankenstein) de la figura del dibujo cuando se repite la escena de éste y el asesino se encuentra en el bosque con su siguiente víctima, que no es otra que la niña empleada por Matthai para detenerle. Todo cuadra: en la narración, en la composición de los planos (abundan los contrapicados para hacernos entender por qué los niños describen al sospechoso como un gigante, o simplemente para adoptar el punto de vista de éstos), en el modélico montaje y en la conclusión. A muchos espectadores, sobre todo de estas o parecidas latitudes, las reacciones de los personajes pueden parecerle frías, pero no hay que olvidar que la acción se desarrolla en Suiza, un lugar en el que lo razonable es lo usual.

Gran parte del reparto es de nacionalidad alemana, lo que a priori no me provoca demasiado entusiasmo, pero la labor de los actores es más que correcta. El experimentado Heinz Rühmann, intérprete que no me produce ni frío ni calor,  convence como policía de maneras corteses y obsesiva profesionalidad. La española María Rosa Salgado, que tampoco me parece una actriz de primera fila, sabe estar, y quienes mejor partido sacan de sus personajes son Michel Simon, cuyos inicios se sitúan en el cine mudo, y Gert Fröbe, actor de notable carrera internacional que, con muy poco, es capaz de mostrar el lado más monstruoso del ser humano.

El cebo es una magnífica película, de esas que uno no se cansa de ver pese a lo escabroso de su temática. Lo mejor de la obra de Ladislao Vajda, y una verdadera joya del cine europeo.

SEÑOR MANGLEHORN

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MANGLEHORN. 2014. 94´. Color.

Dirección: David Gordon Green; Guión: Paul Logan; Dirección de fotografía: Tim Orr;  Montaje: Colin Patton; Música: Explosions in the Sky, David Wingo;  Dirección artistica: Joshua Locy; Diseño de producción: Richard A. Wright; Producción: Molly Conners, David Gordon Green, Lisa Muskat, Christopher Woodrow y Derrick Tseng, para Rough House Pictures-Dreambridge Films-Worldview Entertainment- Muskat Filmed Properties (EE.UU.).

Intérpretes: Al Pacino (Manglehorn); Holly Hunter (Dawn); Harmony Korine (Gary); Chris Messina (Jacob); Skylar Glasper (Kylie); Brian D. Mays, Herculano Trevino, Angela Woods, Marisa Varela, Sandy Ávila.

Sinopsis: Manglehorn es un viejo cerrajero que vive con su gato. Enfadado con el mundo, vive del recuerdo de Clara, su gran amor perdido.

El director David Gordon Green, de trayectoria tan ecléctica como poco sobresaliente, tuvo la oportunidad de dirigir a uno de los grandes actores vivos en Señor Manglehorn, drama con pretensiones que se queda a medio camino de lo que podría haber sido.

La película, que es la historia de un hombre huraño y solitario que sólo encuentra sentido a su vida en el recuerdo de un gran amor de juventud que dejó perder, no carece en teoría de puntos de interés, pero queda lastrada por algunos tics visuales modernos que no le pegan nada a una película de su estilo, y por un final blando y condescendiente que apesta a Hollywood. Y es una lástima, porque el planteamiento, y el perfil del anciano misántropo y de los seres que le rodean (una mujer con enormes carencias emocionales, un hijo que le considera un fracasado y un tipo insufrible que le admira desde que fue su entrenador años atrás) daba para más, pero el ritmo, sobre todo al principio, es premioso, por mucho que el director se empeñe en ofrecer planos efectistas que no vienen a cuento (véase la escena en el club nocturno), y el drama nihilista que se plantea queda embadurnado de azúcar. No sé si el origen de estas carencias está en el guión de Paul Logan, o si el espíritu del libreto fue traicionado, pero lo cierto es que ese final no es consecuente con lo visto con anterioridad, y chirría por los cuatro costados. Incluso si uno compra el mensaje de que estar siempre mirando hacia atrás no sirve para mucho más que para machacarse el presente, la caída del caballo de Manglehorn (la enésima carta devuelta al remitente por parte de su gran amor perdido) no tiene demasiado sentido, y lo de que su vida vaya a ser mejor rodeándose de un hijo que le mira por encima del hombro y sólo se acuerda de él cuando su próspera existencia, construida gracias a las estafas a inversores, se tambalea, y de una mujer víctima de una dependencia emocional que, por mucho que se disfrace de romanticismo, no deja de ser enfermiza, es peliculero en el peor sentido de la palabra.

A la hora de la verdad, no queda mucho más en Señor Manglehorn que una magnífica interpretación de Al Pacino, tan contenido y eficaz como en los viejos tiempos en un film que, por desgracia, no está su altura. Holly Hunter es una muy buena actriz, pero tampoco su personaje le permite un gran lucimiento. El resto del elenco, incluido el rompedor cineasta Harmony Korine, aquí metido a intérprete, no pasa de discreto.

Para incondicionales de Al Pacino, a quien es un placer ver actuar en este registro. David Gordon Green debería intentarlo mejor la próxima vez.

DESTREZA Y PEGADA

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La sala Barts se llenó anoche para ver en directo a la nueva sensación del jazz, Kamasi Washington, que brindó a la concurrencia un interesante anticipo fuera de fechas del próximo Festival de Jazz de Barcelona. Washington, que en poco tiempo ha pasado de ser un artista semidescono0cido al estrellato, gracias a sus colaboraciones con celebridades como Kendrick Lamar y, sobre todo, a su monumental álbum The epic, ofrece una música que va más allá de lo estrictamente jazzístico y toca todos los palos de la música negra.

Dos horas largas de concierto, sin bises, y sensaciones encontradas para quien esto escribe. Washington es un tremendo saxofonista, que suena como sonarían Sonny Rollins y Maceo Parker si fueran la misma persona, se hace acompañar de una banda potentísima y crea buenas canciones, pero no me llegó a entusiasmar. Primero, porque a su directo le faltan los matices que sí aparecen en su disco: la actuación fue una pura exhibición de músculo, a un volumen innecesariamente alto, que buscaba conquistar al público por K.O. y, en mi caso, lo consiguió sólo a medias. Si canciones como la que el líder dedica a su abuela –Henrietta our hero– supieron ir más allá de la pura demostración de poderío, otros pasajes me resultaron prescindibles. Por ejemplo: si tienes a dos baterías tocando a todo trapo durante todo el concierto, ¿es necesario que ambos músicos compartan un largo solo? Incluso el contrabajo sonaba fortísimo, y la voz de Patrice Quinn, que estaba como en trance dentro de su cabina, quedaba a veces ahogada entre tamaño despliegue decibélico. Ojo, lo que se oía era música de mucha calidad, pero a ratos me pareció estar en un concierto de Sun Ra con el equipo de sonido de Slayer. El público, entre los que había al menos tantos modernos como seguidores del jazz, aplaudió mucho, y algunas de las larguísimas canciones que se interpretaron fueron dignas de ovación, pero uno cree que Kamasi Washington debería utilizar su gran destreza como saxofonista y su habilidad como compositor para ofrecer directos menos fieros. A veces, demasiado puede no ser suficiente.

Sin atronar todo el rato, la cosa mola mucho:

 

 

LA FAMILIA

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LA FAMIGLIA. 1987. 127´. Color.

Dirección: Ettore Scola; Guión: Ettore Scola, Furio Scarpelli y Ruggero Maccari; Dirección de fotografía: Ricardo Aronovich;  Montaje: Francesco Malvestito; Música: Armando Tr0vaioli; Diseño de producción: Luciano Ricceri y Cinzia Lo Fazio;  Producción: Franco Committeri, para Mass Film-Cinecittá-Les Films Ariane-Cinémax-Rai Uno (Italia-Francia).

Intérpretes: Vittorio Gassman (Carlo/Abuelo de Carlo); Fanny Ardant (Adriana); Stefania Sandrelli (Beatrice); Andrea Occhipinti (Joven Carlo); Jo Champa (Joven Adriana); Cecilia Dazzi (Joven Beatrice); Emanuele Lamaro (Carlo niño); Carlo Dapporto (Giulio); Ottavia Piccolo (Adelina); Memè Perlini (Aristide); Athina Cenci (Tía Margherita); Alessandra Panelli (Tía Luise); Monica Scattini (Tía Ornella); Ricky Tognazzi (Paolino); Philippe Noiret (Jean-Luc); Renzo Palmer (Tío Nicola); Sergio Castellitto (Carletto); Giuseppe Cederna (Enrico); Dagmar Lassander (Marika); Joska Versari, Alberto Gimignani, Massimo Dapporto, Consuelo Pascali, Ilaria Stuppia, Hanja Kochansky, Barbara Scoppa, Massimo Venturiello, Paola Agosti. 

Sinopsis: El octogenario Carlo, catedrático universitario jubilado, repasa la vida de su familia, que siempre ha vivido en un céntrico piso romano.

La familia es, probablemente, el film más importante de Ettore Scola dentro de una década, la de los 80, que fue muy prolífica para él, tanto por la cantidad de películas realizadas como por la calidad de las mismas.  Se trata de un repaso a la Italia del siglo XX, vista a través de dos filtros: el de la familia de Carlo, el narrador y protagonista, y el de la propia mirada de éste sobre su existencia y la de aquellos con quienes comparte genealogía. El film tuvo desde el principio el beneplácito de la crítica, así como el de multitud de cinéfilos de todo el mundo, y forma parte del catálogo de obras imprescindibles de su autor.

La gran peculiaridad de La familia es que toda la película se desarrolla en el interior de la residencia romana de Carlo, a excepción de una escena clave que transcurre en las escaleras del edificio. Se trata de un film de estructura circular que se inicia y concluye con una foto de familia: la primera la preside al abuelo de Carlo, y éste es uno más de los niños que aparecen en la imagen; en la segunda, que tiene lugar casi ocho décadas después, es él, ya viudo y retirado, quien ocupa el lugar principal. Los cambios temporales son anunciados por majestuosos travellings que recorren el ancho corredor de la residencia: el más importante de ellos, el que más marcará la vida del protagonista, acontece en su juventud, cuando, convertido en un apuesto e intelectual veinteañero, despierta el amor en Beatrice, una joven de su círculo a la que da clases, pero queda prendado de su hermana, a la que conoce por casualidad. Ella le corresponde, y ambos inician un romance, secreto pero tempestuoso, que se rompe por las ambiciones profesionales y el complejo de culpa de Adriana. Carlo se casa con Beatrice, será feliz junto a ella y dará continuidad a la estirpe, pero nunca será capaz de olvidar a Adriana, el amor de su vida.

Film profundamente nostálgico, aderezado con el humanismo de izquierdas característico del autor, La familia se centra en lo íntimo, pero permite que a través de las paredes de la casa, y de las voces y la indumentaria de quienes la visitan o residen en ella, se filtren los grandes acontecimientos sociales y políticos del exterior, que no son poca cosa: dos guerras mundiales, el período negro del fascismo (gran acierto de la película al mostrar que los regímenes políticos dan un poco igual para el común de los mortales, mientras no sean absolutamente nefastos y atenten contra la libertad) y los caóticos vaivenes de esa república tan pulcra y estable llamada Italia. Con todo, prima el tragicómico relato de lo que sucede en la casa a través de las generaciones, con sus bodas, bautizos, comuniones y entierros. Carlo se presenta a sí mismo como un intelectual lúcido, pero también como un ser egoísta y falto de valor. Su hermano Giulio, que desposa a la criada de la casa y no para de acumular fracasos en los negocios, le acompaña a lo largo de su periplo vital, al que se van añadiendo hijos, nietos, yernos y nueras, cada cual con sus historias. De todas ellas, me quedo con el perfil de las tres tías solteronas de Carlo, que aportan el siempre agradable toque de comedia italiana clásica. Como se ha dicho, la cámara se mueve a través de las dependencias de la casa con parsimonia, casi con la majestuosa elegancia de una vieja dama. La música brilla especialmente en los temas y variaciones más sensibles, en los que la vena lírica de Armando Trovaioli sale a relucir.

Scola recurre a muchos de sus actores-fetiche, de entre los que sobresale un Vittorio Gassman nacido para interpretar personajes como el de Carlo, al que puede considerarse un alter ego del propio actor, y también del mismo Scola. Su porte majestuoso, su capacidad para la autoironía y su variedad de registros hacen de Gassman un actor fuera de serie, al que uno no se cansa de ver. Stefania Sandrelli y Fanny Ardant dan vida a los dos amores de Carlo, el que le da la estabilidad y el que no le deja vivir tranquilo. La primera sabe darle a su personaje un aire de melancólica resignación, y la segunda está perfecta a la hora de mostrar la viveza y el temperamento de Adriana, que también muestra de modo muy satisfactorio Jo Champa, la actriz que interpreta el personaje en su juventud. En general, el nivel de los actores es bastante alto (aunque Gassman le dé mil vueltas a Andrea Occhipinti) , y algunos de ellos, como Philippe Noiret, que interviene en una de las escenas de mayor intensidad dramática, aún son capaces de incrementarlo.

Gran película, sobria, elegante, nostálgica, capaz de conmover sin abusar del azúcar y muestra del talento de un cineasta que se movía de maravilla en espacios mínimos. La vida misma, en versión Scola.