SIETE PSICÓPATAS

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SEVEN PSYCHOPATHS. 2012. 109´. Color.

Dirección: Martin McDonagh; Guión: Martin McDonagh; Dirección de fotografía: Ben Davis;  Montaje: Lisa Gunning; Dirección artística: John Dexter; Música: Carter Burwell; Diseño de producción: David Wasco; Producción: Graham Broadbent, Peter Czernin y Martin McDonagh, para CBS Films-Film4-BFI- Blueprint Pictures (EE.UU.-Reino Unido).

Intérpretes: Colin Farrell (Marty); Sam Rockwell (Billy); Woody Harrelson (Charlie); Christopher Walken (Hans); Tom Waits (Zachariah); Abbie Cornish (Kaya); Zeljko Ivanek (Paolo); Harry Dean Stanton (Viejo cuáquero); Long Nguyen (Sacerdote vietnamita); Amanda Warren (Maggie); Olga Kurylenko (Angela); Michael Pitt, Michael Stuhlbarg, Linda Bright Clay, Gabourey Sidibe, Christine Marzano, John Bishop, Richard Wharton, Brendan Sexton III.

Sinopsis: Un guionista de Hollywood en crisis se ve metido en un lío importante cuando su mejor amigo, un actor de talante muy peculiar, secuestra al perro de un importante mafioso local.

Martin McDonagh afrontó el reto de dar continuidad a una ópera prima exitosa (en su caso, Escondidos en Brujas) a partir de otro guión propio. Siete psicópatas, ingeniosa comedia negra metarreferencial, fue el resultado de la apuesta. Considerada inferior a su antecesora, la película, no obstante, obtuvo una buena respuesta general y confirmó que McDonagh era un cineasta del que podían esperarse grandes cosas. No tardó mucho en dar crédito a las expectativas más optimistas.

Si a alguien, al ver esta película, no le vienen a la cabeza los nombres de Quentin Tarantino y Guy Ritchie, es que tiene el punto de mira crítico un poco desviado. La primera escena podría estar firmada por el director de Kill Bill, lo que es a la vez una virtud y un problema. La profesión de Marty, el principal protagonista (y alter ego del director), le da pie a éste a fabricar un atractivo y complejo rompecabezas en el que se mezclan la realidad y la ficción, que al final termina por írsele un poco de las manos. La premisa es atractiva (un guión todavía por escribir llamado Siete psicópatas, y un escritor rodeado de ellos, de tal modo que su obra termina por escribirse sola), y el desarrollo, en general, ágil, aunque la película es mejor en su primera mitad, fresca, frenética, macabra y cargada de ingenio, que en su conclusión, en la que se mezcla lo reflexivo y no todos los aspectos planteados en la narración se resuelven de modo satisfactorio. Compro el discurso de que los psicópatas son mucho más divertidos en el cine que en la vida real, y que en ésta te irá mejor si los mantienes lejos de ti, pero McDonagh no termina de estar en lo reflexivo tan inspirado como en lo adrenalínico y en lo sarcástico. Quizá pretenda abarcar demasiado (¿hacer el Pulp fiction del siglo XXI?), pero lo cierto es que no termina de redondear una faena hasta entonces muy lucida.

Martin McDonagh es un muy bien guionista, y un director más que solvente, que no abusa de los primeros planos e intenta no marear al espectador con efectistas movimientos de cámara (alguno hay, pero muy por debajo de esos directores modernos que creen que el público se les va a dormir si incluyen en su película un plano fijo de treinta segundos). Como escritor, tiene una mano magnífica para los diálogos, buen olfato para definir a sus personajes y amplio conocimiento de cómo desarrollar una trama criminal, aunque en Siete psicópatas le sobre algún regate… o trate de huir de un modo demasiado autoconsciente de las acusaciones, inherentes a esta clase de películas por parte de los censores progres, de banalizar la violencia. En cuestión de localizaciones, en el film se mezclan dos de las grandes referencias paisajísticas del cine criminal norteamericano: los bajos fondos de una gran ciudad, en este caso Los Ángeles, y el desierto situado entre colinas que son a la vez trampa y escondite. En general, McDonagh filma de un modo satisfactorio tanto los interiores, mucho más abundantes al principio, como los exteriores, en los que se desarrolla buena parte de la segunda mitad de la película.

Como los buenos guionistas no abundan en el cine de hoy, los que hay suelen disponer de grandes actores para dar vida a sus personajes. Hay muchos de ellos en Siete psicópatas, pero el mejor de todos es un impresionante Christopher Walken, uno de esos intérpretes capaces de salvar una película mediocre, o de engrandecer una buena, como aquí es el caso. En muchos aspectos (por su serenidad, por su ausencia de miedo) el personaje de Hans es el mejor escrito de la película, pero es la labor de Walken la que consigue que esto se aprecie de veras. El protagonista principal, Colin Farrell, está bien en el papel de constructor y a la vez marioneta de la trama que intenta escribir, y a Sam Rockwell, actor que casi siempre consigue que disfrute con su trabajo, lo encuentro aquí sobreactuado, hasta el punto de que cuando su personaje se come la película, ésta se contagia de sus formas. No me llega a cansar, pero George Clooney sacó mejor partido de Rockwell en Confesiones de una mente peligrosa. Woody Harrelson es de lo más destacable del reparto, en el papel de un mafioso que desprecia a sus semejantes pero adora a su perro, y otro que  se hace acreedor de elogios es un Tom Waits que por fin consigue hacer algo bueno en el cine sin que Coppola o Jarmusch estén detrás de las cámaras. En cuanto a los personajes femeninos, cuya escasa relevancia es incluso objeto de un comentario entre profundo y sarcástico, poco que destacar, salvo a Abbie Cornish. Ah, y Zeljko Ivanek es un secundario de lujo, y Harry Dean Stanton no necesita ni mover su reconocible rostro para expresar muchas cosas.

Siete psicópatas es la demostración de que Martin McDonagh no necesita el estado de gracia para hacer buen cine.

 

 

SPOTLIGHT

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SPOTLIGHT. 2015. 125´. Color.

Dirección: Thomas McCarthy; Guión: Josh Singer y Thomas McCarthy, basado en hechos reales; Dirección de fotografía: Masanobu Takayanagi;  Montaje: Tom McArdle; Música: Howard Shore; Diseño de producción: Stephen H. Carter; Dirección artística: Michaela Cheyne; Producción: Nicole Rocklin, Steve Golin, Blye Pagon Faust y Michael Sugar, para Participant Media-Anonymous Content-Rocklin Faust-First Look Media (EE.UU).

Intérpretes: Mark Ruffalo (Mike Rezendes); Michael Keaton (Michael Robby Robinson); Rachel McAdams (Sacha Pfeiffer); Liev Schreiber (Marty Baron); John Slattery (Ben Bradlee Jr.); Brian D´Arcy James (Matt Carroll); Stanley Tucci (Mitchell Garabedian); Doug Murray (Peter Canellos); Jamey Sheridan (Jim Sullivan); Neal Huff (Phil Saviano); Billy Crudup (Eric McLeish); Brian Chamberlain (Paul Burke); Michael Cyril Creighton (Joe Crowley); Paul Guilfoyle (Pete Conley); Elena Wohl, Gene Amoroso, Sharon McFarlane, Michael Countryman, Tim Whalen, Maureen Keiller, Len Cariou, Robert B. Kennedy.

Sinopsis: La llegada de un nuevo editor al Boston Globe implica el reinicio de una investigación periodística sobre agresiones sexuales contra menores perpetradas por sacerdotes católicos de la ciudad.

La carrera como director de Thomas McCarthy, que caminaba cuesta abajo después de unos comienzos más que prometedores, dio un brutal salto hacia adelante con Spotlight, drama periodístico que retrata la investigación sobre el escándalo de los sacerdotes pederastas en Boston, y a los reporteros que la llevaron a cabo. El film cosechó un notable éxito crítico y popular, además de multitud de premios, y se convirtió por derecho propio en una de las películas más importantes, a todos los niveles, estrenadas en los últimos años.

No ocurre muchas veces que una película actual, con un claro referente en el pasado, supere a su antecesora en todos los terrenos. Esto es lo que sucede entre Spotlight y Todos los hombres del presidente, obra cinematográfica de cabecera sobre la investigación periodística al más alto nivel cuyo brillo palidece comparado con el del film de McCarthy, que se beneficia de poseer un guión fantástico, de los mejores que se han llevado a la gran pantalla en este siglo. No es que todo encaje, que también, sino que el modo en que está construida la narración, casi como un thriller, consigue que la película se imponga a sus previsibles limitaciones, una de las cuales (y no la menor) es que un relato sobre una investigación periodística larga y complicada puede fácilmente resultar aburrido para quienes no estén interesados en el tema de fondo. Dejando aparte la opinión personal que puedan merecerme quienes no sientan interés en una historia que denuncia multitud de agresiones sexuales, cometidas por sacerdotes católicos, cuyas víctimas eran menores de edad, la cuestión es que la película posee un ritmo endiablado, producto de las cualidades del guión y del buen trabajo realizado en la sala de montaje, que no deja demasiado margen para el pestañeo. La odisea de un pequeño grupo de periodistas del Boston Globe cautiva en lo estrictamente cinematográfico porque, sin estar filmada con un estilo atrevido o tocado por el genio, sabe exprimir las posibilidades de un libreto del que me impresiona su capacidad para añadir personajes y situaciones que hacen que la trama avance por diferentes caminos hasta converger en un final que, no por conocido, deja de ser excelente. Spotlight es un canto a los mejores valores del periodismo a la antigua usanza, ese que está desapareciendo en el mundo libre, vencido por las censuras (así, en plural, porque son fundamentalmente dos: la ideológica y la económica, que a la larga es aún peor) y el todo fácil y gratis que satura el ciberespacio llenándolo de patochadas sin rigor informativo o científico alguno. Porque lo que hizo ese grupo de periodistas del Boston Globe denunciando a los curas pederastas de la ciudad pero, sobre todo, la ley del silencio impuesta por las altas jerarquías católicas que les otorgaba impunidad, cambió el mundo para mejor, y de eso puede presumir muy poca gente. Está todo en Spotlight: el valor de los periodistas, la pasión por su trabajo, pero también sus miedos (a precipitarse, a equivocarse y hundir sus carreras y sus vidas, incluso a ser adelantados por la competencia y perder el Santo Grial de los reportajes periodísticos), la progresiva salida a la luz de las víctimas, casi siempre niños pobres, las consecuencias de la investigación en una ciudad en la que la tradición católica es centenaria y el poder terrenal de los siervos de Dios muy difícil de sortear… está todo, dije, narrado en un magnífico crescendo exento de estridencias y trucos baratos hollywoodienses, sabedores los artífices de la película de que, cuando una historia es tan poderosa, todo lo que haga que la atención del público se desvíe de ella va en perjuicio de la película. Pero ojo, hay arte: la partitura de Howard Shore, sin duda, lo tiene.

También las interpretaciones. Más de una vez he escrito que Mark Ruffalo es un actor con cualidades que no me acaba de convencer, pero aquí está acertado, e intenso sólo cuando toca, en un papel que ha marcado para bien su trayectoria. Michael Keaton está teniendo una madurez muy provechosa en lo artístico, y en Spotlight se erige en uno de los puntos fuertes del reparto en el papel del periodista más veterano, y por lo mismo más resabiado, del grupo; Rachel McAdams, de la que ya hablé bien en la reseña de El hombre más buscado, vuelve a darme motivos para hacer lo mismo, y a Liev Schreiber nunca le he visto mejor que en esta película. Capítulo aparte para Stanley Tucci, actor mayúsculo que borda el papel de abogado protector de las víctimas… y tipo lúcido, pues es este personaje quien hace el inteligente apunte de que deben ser los extranjeros en Boston, el letrado armenio y el editor judío, quienes limpien la basura de la ciudad. Bien Brian D´Arcy James, superior un John Slattery que demuestra no haber perdido el carisma que lució en Mad Men, y Jamey Sheridan a lo suyo, que es hacer de secundario siempre eficaz. Por último, la labor de Michael Cyril Creighton, dando voz y alma a las víctimas, también merece destacarse.

Aunque tiene escenas para enmarcar (la visita de Sacha Pfeiffer a la casa de uno de los sacerdotes pederastas, por ejemplo) el mérito de Spotlight reside en coger una historia real, que en verdad merece la sobada calificación de drama humano, y explicarla de la mejor forma posible. En rigor, una de las películas fundamentales de lo que llevamos de siglo. Y no sólo por ética, sino también por cinefilia. Spotlight es un éxito artístico, la película que esa historia merecía.

FÚTBOL ES FÚTBOL… O NO

Creo que fue Lothar Matthaus, excelente futbolista que lideró a la selección alemana campeona del mundo en 1990, quien definió ese estilo futbolístico que por aquí conocemos como tiki-taka de la manera más exacta que soy capaz de recordar: mucho amor y poco sexo. En el fútbol, como en casi todo en esta vida, lo más importante es el resultado: por ejemplo, a los entrenadores se les contrata para ganar, y se les despide cuando no lo hacen. Lo del estilo está muy bien, y de hecho pienso que a la larga el buen juego gana más partidos, pero de ahí a considerar el estilo basado en la posesión, cuyo origen encontramos en el Ajax de finales de los 60, como la tabla de salvación del fútbol moderno, va un buen trecho. Para empezar, porque el interés del aficionado en el partido es directamente proporcional a la cercanía del balón a una de las dos porterías: ver a tres tíos pasarse el balón en horizontal en el centro del campo, y a once apalancados atrás tomando unas olivitas a la espera de recuperar el esférico, aburre a cualquiera. Es más, dudo que utilizar la posesión como argumento defensivo (tener el balón sólo para que el rival no lo tenga, y por tanto se vea incapaz de crear peligro) aporte nada al espectáculo. Los rondos pueden ser vistosos a priori, pero para producir algo más que sopor necesitan un ritmo alto de circulación de balón, pases verticales, desmarques de ruptura y laterales muy profundos (el hecho de que éstos hayan acabado sustituyendo al extremo tradicional, driblador y fino estilista, tampoco me parece un avance del fútbol moderno). Entre el juego cavernícola basado en colgar balones al área sin pasar por el centro del campo, y el monopolio del balón por parte de un equipo que juega a ritmo de tortuga (véase la selección española en el pasado Mundial) hay un justo término medio que es el que, en mi opinión, hace que el futbolero de pro siga acudiendo a los estadios, o simplemente pueda ver los partidos sentado en su sofá sin verse empujado a hacer zapping. Por utilizar un símil musical, entre el death metal y los cantautores, me quedo con el rock clásico.

EL MEJOR IDIOMA

Frase de Hans Christian Andersen relativa a una de las pocas cosas verdaderamente importantes en la vida:

“DONDE LAS PALABRAS FALLAN, LA MÚSICA HABLA”.

WIND RIVER

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WIND RIVER. 2017. 106´. Color.

Dirección: Taylor Sheridan; Guión: Taylor Sheridan; Director de fotografía: Ben Richardson;  Montaje: Gary Roach; Música: Nick Cave y Warren Ellis; Diseño de producción: Neil SpisakDirección artística: Lauren Slatten; Producción: Wayne Rogers, Peter Berg, Matthew George, Elizabeth A. Bell y Basil Iwanyk, para Acacia Filmed Entertainment-Savvy Media Holdings-Film 44- Thunder Road Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Jeremy Renner (Cory Lambert); Elizabeth OIsen (Jane Banner); Graham Greene (Ben); Gil Birmingham (Martin); Julia Jones (Wilma); Tantoo Cardinal (Alice Crowheart); Kelsey Asbille (Natalie); Martin Sensmeier (Chip); Tyler Laracca (Frank); James Jordan (Pete Mickens); Hugh Dillon (Curtis); Matthew Del Negro (Dillon); Jon Bernthal (Matt); Ian Bohen (Evan); Teo Briones, Eric Lange, Althea Sam, Blake Robbins.

Sinopsis: Una joven muere en una reserva india de Wyoming mientras huía de sus agresores. La agente del FBI  Jane Banner es enviada para esclarecer los hechos.

Avalado por la justificadamente entusiasta acogida otorgada a Comanchería, película guionizada por él, Taylor Sheridan se lanzó a la dirección con Wind river, un thriller que ahonda en los traumas de la América profunda y que se estrenó en el festival de Sundance, obteniendo asimismo una recepción muy favorable por parte de la crítica. Con Wind river, Sheridan demostró que, además de ser capaz de escribir buenas historias, también podía llevarlas él mismo a la pantalla con resultados más que satisfactorios.

El primer elogio que debo darle a la película es que no parece una ópera prima, sino una obra de madurez, rotunda, desesperanzada, nacida de una experiencia profunda sobre la pérdida y la lucha contra la adversidad. De eso va Wind river, cuyo principal protagonista es un cazador de alimañas cuya hija mestiza apareció muerta tiempo atrás sobre las heladas montañas de Wyoming. El asesinato de otra joven en similares circunstancias provoca que este hombre deba enfrentarse de nuevo con el episodio más oscuro de su pasado.

Wind river es una reserva india en la que ocurrieron los hechos reales en que se basa la película, y es a su vez el personaje más importante de la misma. Los nevados paisajes son el fiel reflejo de unos personajes fríos y heridos. Como dice Cory Lambert, el protagonista, a los nativos residentes en el lugar les ha sido arrebatado todo, excepto la nieve y el silencio siempre presentes en esos territorios en mitad de ninguna parte. La figura de la joven agente del FBI enviada para resolver el caso resulta fundamental para entender la peculiar idiosincrasia de esas personas desde la perspectiva de alguien absolutamente desconocedor del terreno (tanto, que se presenta en él con una indumentaria que no le libraría de la muerte por congelación) y llegado desde eso que llamamos civilización. Ella encontrará en Lambert al aliado que necesita para resolver el crimen, y descubrirá que las peores alimañas caminan sobre dos piernas.

Con unos elementos que hemos visto en otras muchas películas (algunas de ellas muy buenas) Taylor Sheridan compone una obra dura, que nos remite al aforismo más repetido de Hobbes y sabe acumular tensión para después hacerla explotar con furiosa violencia, propia de un lugar en el que lo que en otros te libraría de la muerte (por ejemplo, huir de tus agresores a la carrera), allí te la produce. En la puesta en escena, el elemento más llamativo es el contraste entre la blancura de los exteriores, en los que casi se percibe que la presencia del ser humano está fuera de lugar, y unos hogares orientados a proporcionar todo el calor que falta fuera y en los que el fuego domina. Los personajes no sólo deben lidiar con el clima hostil y con el desarraigo que provoca vivir en un lugar abandonado por todos y al que nadie tiene en cuenta, sino con esa clase de dolor que muchas personas son incapaces de superar. Hablamos, pues, de verdaderos supervivientes, de personas que, como dice Lambert, teniendo mil y un motivos para pelearse con el mundo, deciden reprimir ese sentimiento porque saben que el mundo ganaría. La primera escena es impactante, la presentación y el desarrollo de los personajes muestra a un buen narrador, y el desenlace no sólo no desentona, sino que aumenta el valor de la película. Sheridan, al margen de algún exceso con la cámara en mano en el clímax, se muestra sobrio en la manera de filmar y con ello pone el acento en la historia, brillante y explicada con vigor. Por ejemplo, el parecido entre la primera y la última escena en las que Lambert saca a pasear su rifle dice muchas cosas al espectador atento.

Si quieres que una película te salga bien, ayuda colocar al frente del reparto a un actor de primera fila como Jeremy Renner, que sabe ser intenso en su parquedad y mostrar al público el dolor y la firmeza de su personaje sin recurrir a grandes despliegues de energía. Elizabeth Olsen, actriz que ha coincidido con Renner en algunos films con el sello de Marvel, no es Julianne Moore, pero sí una intérprete capaz de soportar el peso de un personaje nada fácil, que debe suplir su inexperiencia con coraje en un entorno hostil. Resulta adecuado el estoicismo de Graham Greene, sheriff tribal de vuelta de casi todo, al igual que sucede con el talante casi hierático de Gil Birmingham, cuyo personaje sufre el impacto de una pérdida tan inesperada como dolorosa. La más bestia de todas las bestias, James Jordan, me parece un actor interesante, calificativo que hago extensivo a Matthew Del Negro. Jon Bernthal y la joven Kelsey Asbille merecen también una buena nota dentro de un film cuyos actores se benefician de la calidad del guión.

Wind river posee muchas de las mejores características del llamado cine independiente (en lo básico, contar historias de verdad sin someterse a los conocidos peajes de Hollywood) sin participar de sus principales defectos (pretenciosidad, impostura seudoartística), lo que la convierte en una gran película sobre la banalidad del mal y sus terribles consecuencias, que hace concebir muchas esperanzas en el futuro como cineasta de Taylor Sheridan.

PASOLINI

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PASOLINI. 2014. 83´. Color.

Dirección: Abel Ferrara; Guión: Maurizio Braucci, basado en una idea de Nicola Tranquillino y Abel Ferrara; Dirección de fotografía: Stefano Falivene;  Montaje: Fabio Nunziata; sica: Miscelánea. Obras de Giaocchino Rossini, canciones tradicionales napolitanas y croatas, etc.; Diseño de producción: Igor Gabriel; Producción: Thierry Lounas y Fabio Massimo Cacciatori, para Capricci Films-Urania Pictures-Tarantula-Dublin Films (Italia-Francia-Bélgica).

Intérpretes: Willem Dafoe (Pier Paolo Pasolini); Riccardo Scamarcio (Ninetto Davoli); Adriana Asti (Susanna Pasolini); Giada Colagrande (Graziella); Ninetto Davoli (Epifanio); María de Medeiros (Laura Betti); Valerio Mastandrea (Nico); Adamo Dionisi, Andrea Bosca, Roberto Zibetti, Lucien Rumiel Braun, Francesco Siciliano.

Sinopsis: Crónica del último día de vida del escritor y cineasta Pier Paolo Pasolini.

Tenía su lógica que un director iconoclasta como Abel Ferrara tuviera interés en llevar a la gran pantalla la biografía de uno de los intelectuales más controvertidos de la Italia de la posguerra, Pier Paolo Pasolini. Consciente de que abordar una vida tan rica en apenas hora y media de metraje constituía un empeño inútil y condenado al fracaso, el director neoyorquino decidió centrar su obra en las últimas 24 horas de la vida del intelectual italiano. El resultado fue recibido por la crítica con la división de opiniones habitual en el cine de Ferrara.

La muerte sorprendió a Pasolini en un período de efervescencia creativa, que coincidió con uno de los momentos políticos más convulsos de la ya de por sí convulsa Italia de la posguerra, con las garras del crimen organizado bien clavadas en los organismos más importantes de la nación, y una espiral de violencia sectaria que provenía de ambos extremos del espectro político. Con este panorama, Pasolini viajó a Estocolmo mientras intentaba sortear a la censura de cara al estreno de una de sus películas más controvertidas (e importantes), Salò y los 120 días de Sodoma. De regreso a la casa romana en la que vivía con su madre, Pasolini concedió entrevistas, visitó y recibió a amigos del mundo del arte y la cultura, reflexionó acerca de la novela que acababa de terminar y de la película a la que trataba de dar forma, preparó el discurso que había de pronunciar en el congreso del Partido Radical y se sumió una vez más en el submundo de los chaperos y la homosexualidad más marginal antes de ser asesinado en el muelle de Ostia. Ferrara narra todo esto en un tono más bien pausado, que quizá decepcionó a quienes esperaban algo más visceral, tratándose de un director polémico hablando sobre un intelectual para quien provocar el escándalo de las mentes biempensantes era un elemento fundamental en su forma de entender el arte y el mundo. En la narración se alternan los epìsodios cotidianos del último día en la vida de Pasolini, que para el espectador mínimamente informado tienen el valor de saber que fueron los últimos, con pasajes de las obras en las que el artista trabajaba en el momento de su asesinato. Este cuadro tiene todos los números para ser irregular, y así sucede. El Ferrara más visceral, que en muchos aspectos es el mejor, aparece en las escenas más sórdidas, y brilla en especial en la del asesinato, donde el director se abstiene de suscribir o emitir teorías de la conspiración y apunta a la causa más probable. El resto del metraje se ve a veces lastrado (en especial cuando se recrea la última entrevista concedida por Pasolini) por un aire divagatorio que, todo hay que decirlo, también se encuentra en la obra cinematográfica del italiano, en la que más de una vez los resultados cinematográficos no están a la altura de la brillantez y la profundidad del discurso. A Ferrara le ocurre otro tanto, o peor: juega a ser Pasolini recreando sus obras póstumas, pero no tengo claro que al biografiado le entusiasmaran esas escenas, en las que el sexo y la religión, o más bien la espiritualidad, acaparan el protagonismo. En lo técnico, el film da el nivel exigible, pero tampoco llega a descollar.

Uno de los puntos fuertes de la película es la capacidad de Willem Dafoe para mimetizarse en Pasolini. Lo que la película consigue a ratos, él lo logra en cada plano. El actor estadounidense explota su parecido físico con el artista italiano, pero sus méritos van mucho más allá, pues sus gestos y sus miradas son siempre creíbles. Del resto del reparto, me quedo con Adriana Asti, que trabajó en el debut cinematográfico de Pasolini y da vida aquí, de manera convincente, a su madre, con la brillante aparición de María de Medeiros y con la particularidad de que en la película se dan cita un actor que interpreta a Ninetto Davoli, actor-fetiche de Pasolini, en su juventud, y el auténtico Ninetto Davoli, que protagoniza las escenas en las que se recrea la película póstuma del director.

Irregular, con momentos de gran interés y otros que provocan aburrimiento, Pasolini es interesante, pero no llega al nivel del film realizado hace más de dos décadas por Marco Tullio Giordana sobre la misma temática.

12 AÑOS DE ESCLAVITUD

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12 YEARS A SLAVE. 2013. 133´. Color.

Dirección: Steve McQueen; Guión: John Ridley, basado en el libro de Solomon Northup; Dirección de fotografía: Sean Bobbitt;  Montaje: Joe Walker; Dirección artística: David Stein; Música: Hans Zimmer; Diseño de producción: Adam Stockhausen; Vestuario: Patricia Norris; Producción: Brad Pitt, Steve McQueen, Arnon Milchan, Dede Gardner, Jeremy Kleiner, Bill Pohlad y Anthony Katagas, para Regency Enterprises- River Road Entertainment-Plan B Entertainment- Film4- Summit Entertainment (EE.UU.- Reino Unido).

Intérpretes: Chiwetel Ejiofor (Solomon Northup/Platt); Michael Fassbender (Edwin Epps); Benedict Cumberbatch (Mr. Ford); Lupita Nyong´o (Patsey); Paul Dano (Tibeats); Garret Dillahunt (Armsby); Sarah Paulson (Sra. Epps); Paul Giamatti (Freeman); Brad Pitt (Bass); Kelsey Scott (Anne Northup); Scoot McNairy (Brown); Taran Killam (Hamilton); Christopher Berry (Burch); Bill Camp (Radburn); Chris Chalk (Clemens); Adepero Oduye (Eliza); Michael Kenneth Williams, Rob Steinberg, Liza J. Bennett, J. D. Evermore, Andy Dylan, Thomas Francis Murphy.

Sinopsis: A mediados del siglo XIX, un hombre negro que vive en libertad en el estado de Nueva York es secuestrado y enviado al Sur, donde se verá convertido en esclavo.

El británico Steve McQueen, que había conseguido un importante éxito con Shame, firmó la película más premiada del año 2013 con 12 años de esclavitud, crónica de la vida de un hombre que sufrió en sus propias carnes la indignidad del tráfico de personas, pese a haber vivido en libertad hasta la edad adulta. Este poderoso drama se benefició de la corriente reinante favorable a premiar las películas dirigidas por cineastas pertenecientes a minorías étnicas y fue el gran triunfador en la noche de los Oscar, además de recibir otro buen número de galardones y obtener el respaldo casi unánime de la crítica especializada.

Ya desde su primer largometraje, Hunger, McQueen había demostrado talento y querencia por las temáticas fuertes, cualidades que saltan a la vista en 12 años de esclavitud, obra que posee el don de no caer en esa estomagante costumbre moderna de reescribir el pasado de acuerdo a los insufribles cánones de la corrección política, pues no interpreta nada, sino que describe, lo cual es mucho más potente (la realidad siempre lo es) y, sobre todo, mucho menos estúpido. El drama de Solomon Northup no es tanto la esclavitud, que también, sino el haber vivido buena parte de su vida como hombre libre. Por razones obvias, este hombre no podía poseer el grado de sumisión que caracteriza a quienes nacieron esclavos y no conocían otra forma de vida. De ahí que afirme que su objetivo es vivir, no sólo sobrevivir: él, a diferencia de gran parte de las personas de su misma raza, sabía lo que eran el bienestar, la cultura y la libertad (en mi opinión, si en la primera categoría incluimos la salud y un adecuado sustento económico, las únicas cosas verdaderamente importantes en la vida), así que su pérdida (que incluía también una familia con esposa y dos hijos) era aún más grave.

McQueen, apoyado en un guión de lo más certero, opta por el realismo para describir una sociedad profundamente injusta y explotadora, en la que unos pocos hombres poseían poder absoluto sobre quienes estaban bajo su yugo, en especial, y ya es decir, si esa carne de cañón tenía la piel negra. El director no ahorra a su público la mezquindad de los traficantes de esclavos, la crueldad de los terratenientes y capataces (de hecho, McQueen pone especial énfasis en mostrar los castigos físicos, el chasquido del látigo y el brutal resultado de sus impactos contra la piel), y la ignominia de una actividad que en diversos lugares del mundo se sigue practicando de formas no muy distintas a las que se describen en la película, y en otros muchos se realiza de forma algo más disimulada, pues si algo caracteriza a la especie humana es su capacidad para explotar a los demás en beneficio propio. Tampoco se esconde la cobarde, aunque comprensible, sumisión de muchos esclavos: no hay explotación posible sin explotados obedientes. Con todo, y como se ha dicho, el director describe y deja el análisis para el publico, lo que a la larga es más efectivo… si ese público no es idiota. Se opta con acierto por la sobriedad en la puesta en escena (incluso la banda sonora, de Hans Zimmer, queda en un discreto segundo plano y no se utiliza para buscar la conmoción fácil del espectador), que por otra parte es de muchos kilates: sólo hay que ver las escenas que discurren en el barco que transporta a los futuros esclavos, o las que narran la venta de éstos, para comprobar que estamos delante de un tipo que sabe hacer buen cine, rodeado de técnicos competentes en grado sumo.

No deja de tener su punto de ironía que, de todos los que aparecen en la película, el único personaje de raza blanca que es partidario de la abolición de la esclavitud sea canadiense, ni que las mejores interpretaciones las ofrezcan actores caucásicos. No es que el trabajo de Chiwetel Ejiofor sea malo: al contrario, es esforzado y más que digno, pero al lado de un maravilloso Michael Fassbender, que vuelve a triunfar a las órdenes de McQueen, o de ese crack llamado Benedict Cumberbatch, aquí en el papel de un terrateniente de buen fondo pero pusilánime, la labor del protagonista principal queda un escalón por debajo, a la altura de los de Paul Dano, Sarah Paulson (cuyo personaje muestra a la perfección el temperamento de la típica dama blanca sureña) o un Brad Pitt que se reserva para sí el personaje de mayor poso moral. A Paul Giamatti le vemos poco, pero muy bien, y quien brilla de veras es Lupita Nyong´o, actriz casi debutante que supo darle a su personaje toda la intensidad que el guión demandaba.

Quizá, la película definitiva sobre la esclavitud. Con toda seguridad, el film que Spike Lee querría haber hecho. Un documento poderoso, y de notable valor cinematográfico (perdurará, cosa que no sucede con la inmensa mayoría de las películas simplemente testimoniales), sobre una de esas costumbres que forman parte de la naturaleza humana y hoy en día nos parecen abominables. En todo caso, la definitiva confirmación de que hay otro Steve McQueen dispuesto a figurar en un puesto importante en la historia del cine.

AFTERWORK

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AFTERWORK. 2017. 6´. Color.

Dirección: Luis Usón y Andrés Aguilar; Guión: Luis Usón; Dirección de fotografía: Rodrigo Chico; Montaje: Luis Usón y Andrés Aguilar; Música: Manuel Riveiro; Producción: Luis Usón y Andrés Aguilar, para Matte CG (España-Ecuador).

Intérpretes: Txabi Mira (Voz de Groompy).

Sinopsis: Groompy es el protagonista de una serie de dibujos animados, cuya vida fuera del trabajo es de lo más aburrida.

Que la animación para adultos es uno de los géneros cinematográficos que mejores resultados creativos ofrece de un tiempo a esta parte empieza a ser una obviedad. Incluso desde lugares tan inesperados como Ecuador nos llegan joyas como Afterwork, film que puede considerarse el reverso deprimente, no sólo de algunos de los clásicos animados por excelencia, sino de alguna obra representativa del estilo de Pixar. El protagonista, Groompy, es un remedo de personajes clásicos como El Coyote, Silvestre o Mr. Jinks, obsesionados con la captura de una presa que siempre se les acaba escapando. En su caso, ese objetivo imposible es una zanahoria. Esa es su vida en los dibujos animados. Después del trabajo, la vida de Groompy les resultará familiar: atascos, soledad, televisión, somnolencia, comida preparada… ¿Acaso el trato no era dejarnos explotar alegremente durante nuestra jornada laboral para disfrutar del confort y el bienestar (o séase, la zanahoria) en nuestras horas libres? ¿O el trato era mentira y detrás de ese cieno de números y leyes del que hablaba Lorca se esconde el vacío? Como es natural, cuando la zanahoria aparece en la sombría casa de Groompy, éste se desvive por atraparla porque en ella está el secreto de nuestra felicidad, ¿no?

Afterwork nos ofrece todo esto en apenas cinco minutos de acabado técnico más que solvente y con una mala hostia digna de elogio. La película tiene un sabor a máscara arrancada que cautivará a los cinéfilos menos complacientes, y un final de impacto. El trabajo hecho por Luis Usón, Andrés Aguilar y los técnicos que les acompañan justifica que la carrera internacional de esta obra sea larga y fructífera, pues no estamos hablando de un producto menor, ni en técnica ni mucho menos en contenido. Absolutamente recomendable… para cuando no vuelves demasiado quemado del trabajo.

LADY SOUL

Aunque, si hacemos caso al papanatismo imperante en los diarios de mayor difusión (con honrosas excepciones, como el artículo que publica Diego Manrique en El País de hoy), ahora resulta que Aretha Franklin era una feminista que además cantaba bien, los méritos de la cantante nacida en Memphis son muy otros: poseer una voz prodigiosa, adaptable a estilos muy diversos, que quizá no dio todos los frutos que debería porque la artista casi siempre orientó su carrera hacia la búsqueda del éxito comercial, lo que llevó a la publicación de diversos trabajos que no estaban a la altura de su talento. La última gran diva del soul murió anteayer, y creo que el mejor elogio que puede hacérsele es el que le dedicó otro grande de la música popular, Burt Bacharach, al comentar su versión de I say a little prayer: “Sin duda, era mucho mejor que la que grabamos nosotros”.

Una muestra de un talento vocal que va mucho más allá de las cuatro canciones que conoce todo el mundo:

EN ESTE RINCÓN DEL MUNDO

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KONO SEKAI NO KATASUMI NI. 2016. 129´. Color.

Dirección: Sunao Katabuchi; Guión: Sunao Katabuchi y Chie Uratani, basado en el manga de Fumiyo Kono; Dirección de fotografía: Yuya Kumazawa; Montaje: Kashiko Kimura; Música: Kotringo; Dirección artística: Kosuke Hayashi; Producción: Taro Maki y Masao Maruyama, para Mappa-Genco (Japón).

Intérpretes: Rena Nounen (Voz de Suzu); Yoshimasa Hosoya (Voz de Shusaku); Daisuke Hara (Voz de Tetsu); Natsuki Hinaba (Voz de Harumi); Minori Omi (Voz de Keiko); Megumi Han (Voz de Sumi); Hisako Kyouda (Voz de la abuela); Shigeru Ushiyama (Voz de Entaro); Mayumi Shintani (Voz de la madre de Shusaku); Nanase Iwai (Voz de Lin); Masumi Tsuda (Voz de la madre de Suzu); Tsuyoshi Koyama (Voz del padre de Suzu).

Sinopsis: Suzu es una joven de 18 años, soñadora y amante del dibujo, que vive en Hiroshima. Siguiendo las costumbres locales, es casada con un joven funcionario del Ejército japonés cuya familia vive en la misma provincia. Con el estallido de guerra, profundos cambios sucederán en la vida de la joven.

En este rincón del mundo, tercer largometraje dirigido por Sunao Katabuchi, fue todo un éxito en Japón y, aunque no ha logrado la repercusión internacional de las películas de animación niponas que llevan el sello de calidad del Studio Ghibli, sí ha cosechado diversos premios y un importante reconocimiento crítico. Se trata de la adaptación a la gran pantalla del conocido cómic de Fumiyo Kono, que recrea la vida de una joven centrándose en los sucesos ocurridos en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

Katabuchi insiste en darle todo el protagonismo a un personaje femenino, al igual que hizo en sus dos películas anteriores, y el resultado es francamente satisfactorio, pues vemos cómo paulatinamente el paso a la edad adulta y la aparición de la tragedia dejan su huella en el temperamento de una joven que, al llegar a la mayoría de edad, es mentalmente una niña, a la que su familia casa cuando a ella, inocente y optimista, sólo le interesan la naturaleza, el dibujo y, en menor medida, Tetsu, un joven de la zona. Con su bondad natural, su carácter humilde y su espíritu trabajador, Suzu logra superar el trauma de verse convertida en la esposa de un desconocido en un lugar extraño para ella, pero la guerra, que en sus primeros años fue casi un paseo triunfal para las tropas imperiales japonesas, da un vuelco y, poco a poco, llegan el racionamiento, las restricciones de todo tipo y los aviones enemigos, uno de los cuales arrojó en Hiroshima la bomba más destructiva creada hasta entonces por la inteligencia humana. Suzu y sus dos familias, la biológica y la política, sufrirán los desastres de la guerra en carne propia.

El principal defecto que se achaca a En este rincón del mundo es el de tener un metraje dilatado en exceso. Discrepo a medias: más que la duración del film, el problema es que le cuesta arrancar: la primera parte de la película es un cuadro costumbrista de notable belleza (esas pequeñas olas que son como conejos blancos saltando sobre el agua), pero algo reiterativo y en el que algunos de los diversos saltos en el tiempo se me antojan prescindibles. La razón de ser de esta obra es que el espectador conozca lo que es vivir en directo el horror de la guerra, y tal vez se dé algún rodeo de más para llegar hasta allí. No obstante, cuando la película emerge, lo hace con un notable poderío que no desaparece hasta el último fotograma. El tono se va haciendo progresivamente más negro, como no podía ser de otra forma, vistos los hechos narrados, hasta acabar situando a la película casi a la altura de la mejor obra que el cine japonés ha producido sobre el lanzamiento de las bombas atómicas, Lluvia negra, de Shoei Imamura. Aquí, sin embargo,, mi entusiasmo ante lo que se muestra en la pantalla disminuye por una cuestión ética: ni el pueblo japonés, ni desde luego sus cineastas, a quienes admiro en muchos aspectos, deben ignorar que su desgracia fue consecuencia de los desmanes provocados por la agresiva (y cruel en extremo) política imperialista de su país en el Sudeste asiático (otra cosa es que Alemania mereciera todavía más que Japón que le cayeran dos bombas atómicas encima). Poco se dice en el film de esto, salvo en la aparición de la joven esclava sexual que ayuda a Suzu a encontrar el camino de regreso desde la ciudad. Las guerras son malas, y pero aún es perderlas.

En los apartados técnicos la calidad de la película es notable, y debería satisfacer a los espectadores más exigentes. Se intenta respetar no sólo el espíritu, sino también las imágenes del cómic original, y la sobria delicadeza de los planos y los movimientos de cámara lo consiguen de sobras. La banda sonora, más allá de las canciones que ilustran el prólogo y el epílogo de la película, tiene la virtud de no enfatizar más de la cuenta las escenas más dramáticas. En cuanto a las voces he de decir que me parecen mejores, más expresivas y dotadas de mayores recursos las de las actrices que doblan a las protagonistas femeninas; el lado masculino me parece, en comparación, más plano y monocorde.

Muy buena película, que vuelve a demostrar que hay vida inteligente más allá de Ghibli. En muchos aspectos, me parece un film más destinado al público adulto que al infantil, y más disfrutable para personas de cierta edad y bagaje cultural. El mensaje es que hay que vivir, a pesar de todo, y que en paz se vive mejor. Como parece que muchos seres en apariencia inteligentes no acaban de comprender estas obviedades, he aquí una razón más para recomendar esta película.