LA PIEL QUEMADA

Resultat d'imatges de la piel quemada

LA PIEL QUEMADA. 1967. 109´B/N.

Dirección: José María Forn; Guión: José María Forn; Dirección de fotografía: Ricardo Albiñana; Montaje: Luis Puigvert; Música: Federico Martínez Tudó;  Producción: José María Forn, para Teide Producciones Cinematográficas (España)

Intérpretes: Antonio Iranzo (José); Marta May (Juana); Silvia Solar (Turista belga); Luis Valero (Manolo); Ángel Lombarte (Andrés); Carlos Otero (Julio); Juan Miguel Solano (Fernando); Inés Guisado (Juanita); Santiago Guisado (Pepito); José Castillo Escalona, Carlos Ronda, Salvador Escamilla, Jaume Picas, Gina Baró.

Sinopsis: José es un andaluz que se gana la vida como albañil en la Costa Brava. Su mujer y sus hijos parten de Andalucía para reunirse con él.

Aunque previamente había dirigido varios largometrajes, la fama cinematográfica de Josep Maria Forn se debe, casi en exclusiva, a la que es de lejos su película más conseguida, La piel quemada, para muchos el mejor testimonio fílmico de lo que significó la masiva emigración andaluza a Cataluña durante el franquismo.

Partiendo de una òptica claramente neorrealista, Forn utiliza la técnica del montaje paralelo para narrar, por un lado, cómo es la vida de José, un albañil que huyó de la miseria del campo andaluz en busca de mejor fortuna en la Costa Brava, el día antes de que su mujer y sus hijos se reúnan con él en Lloret de Mar, y por el otro, el viaje de éstos desde el Sur al litoral catalán. Al tiempo, la narración incluye flashbacks que nos explican cómo era la vida de José y Juana antes de dejar su tierra.

He de decir que La piel quemada es, en cierto modo, la historia de mi família, y de casi todas las de mis amigos, conocidos y saludados. Soy charneguísimo, hijo de aquella emigración (no rural, en mi caso) y mucho me han contado sobre el Sevillano, los andamios, el hambre, la falta de expectativas, lo que uno gana cuando logra que le exploten a cambio de algo, aunque sea poco, el desarraigo y el “si no ganas, no comes”. Forn recurre a muchos tópicos sobre lo andaluz (y con esto no estoy diciendo que no haya bastante de verdad en ellos), pero lo que cuenta encaja bien con lo que he vivido, y con lo que me han explicado. Puede decirse, no sin razón, que el situar la acción en la Costa Brava convierte el film en menos representativo de lo que sería de haberse centrado en aquellos lugares donde la emigración andaluza fue especialmente masiva, es decir, en los barrios populares de Barcelona y en sus localidades colindantes. Por otro lado, también hubo muchos andaluces en la Costa Brava (el sinfín de hoteles que convirtieron a Lloret en ese parque temático para guiris que ha terminado siendo toda la costa mediterránea, Barcelona incluida, no se levantó solo), y el enmarcar allí la acción le sirve a Forn para situarnos en el otro gran eje argumental de la película: el impacto del turismo en la cerril, primaria y reprimida sociedad española de los 60, algo así como mezclar el mundo que se retrata en Los santos inocentes con Sodoma y Gomorra. Un solo personaje, José, nos sirve para entrar a saco en ambas cuestiones, imprescindibles para comprender mucho de lo que hoy ocurre en Cataluña y España.

Josep Maria Forn no es un cineasta brillante, pero en La piel quemada ejerce de aplicado artesano,  que por medio de un estilo semidocumental ilustró una realidad hasta entonces invisible en el cine español (con la notable excepción de Surcos, film ya reseñado en este blog), la de los millones de personas que huyeron de la pobreza del Sur, en especial en las zonas rurales, y se establecieron en las regiones más ricas de España. Las pieles quemadas son en realidad de dos tipos: las de los obreros que juntan ladrillos bajo el sol, y las de los turistas que se tuestan en la playa. Hay una escena magistral que explica toda la película, la del vía crucis de José acarreando sus pertenencias por todo Lloret hasta llegar, reventado de cansancio, a su nueva casa. Nadie le ayuda en su camino, como les ocurrió a todos los Josés y las Juanas de entonces. Después, el albañil tiene tiempo de descubrir, aunque sea por una noche, cómo viven los que viven, esos que disfrutan de los lujosos apartamentos que él ayuda a levantar. En aquellos tiempos, el viaje desde Andalucía hasta Cataluña era largo y penoso, lo que permite a Forn alternar las vivencias de José con las diversas etapas del trayecto que precede al reencuentro familiar, de una forma del todo coherente. Dije antes que el director hace extenso uso de los tópicos andaluces, pero justo es reconocer que, en diversas escenas, muestra la intolerancia con la que fueron recibidos en Cataluña los recién llegados.

El afán neorrealista de Forn se extiende al reparto, formado por un ramillete de actores semidesconocidos de entre los que destaca Antonio Iranzo, cuya interpretación rebosa verdad. Marta May, como abnegada madre y ama de casa, cumple con creces. Entre los secundarios, actores que parecen no serlo, lo que en esta clase de films es una virtud. Los que hemos conocido a tantas personas casi idénticas a las interpretadas por Luis Valero, Ángel Lombarte o Carlos Otero, no podemos más que elogiar el trabajo de todos ellos.

La piel quemada es una notable película que, en estos tiempos en los que a muchos parece que les cuesta recordar de dónde vienen, debería ser de obligada visión en los colegios e institutos de este país.

 

 

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