LA MADRE MUERTA

LA MADRE MUERTA. 1993. 104´. Color.

Dirección: Juanma Bajo Ulloa; Guión: Juanma Bajo Ulloa y Eduardo Bajo Ulloa; Dirección de fotografía: Javier Aguirresarobe; Montaje: Pablo Blanco;  Música: Bingen Mendizábal; Diseño de producción: Satur Idarreta; Producción: Fernando Bauluz, para Gasteizko Zinema, S.L.- Sogepaq (España).

Intérpretes: Karra Elejalde (Ismael); Ana Álvarez (Leire); Lio (Maite); Silvia Marsó (Blanca); Elena Irureta (Directora); Ramón Barea (Dueño del bar); Gregoria Mangas, Marisol Saes, Raquel Santamaría, Txarly Llorente, Juan Ignacio Viñuales.

Sinopsis: Ismael, un psicópata asesino, descubre que la hija de una de sus víctimas, que quedó traumatizada al ser testigo del crimen, está internada en una clínica mental.

Después de su alabado debut con Alas de mariposa, Juanma Bajo Ulloa escogió para su segundo largometraje un cuento gótico, coescrito junto a su hermano Eduardo, que recibió numerosos premios pero no tuvo demasiado éxito entre el público, que en su momento no entendió demasiado bien esta obra rompedora.

La madre muerta no engaña a nadie: desde sus primeros planos, el espectador comprende que en ella hay mucha belleza, y también mucha violencia. Esto último no sorprende a nadie, si se tiene en cuenta que el protagonista es un despiadado asesino, un criminal que sabe que la mejor forma de no ser atrapado es matar a quienes se cruzan en su camino, y lo hace sin problemas. Durante un robo en casa de una restauradora de arte, Ismael es descubierto, y asesina a la mujer en presencia de su hija pequeña. Años después, las vidas de ambos vuelven a cruzarse cuando Ismael descubre que la muchacha, que no habla pero parece reconocerle, se encuentra internada en una clínica de salud mental. Ismael decide asesinarla, pero las cosas no salen según lo previsto y la cosa acaba en secuestro.

Juanma Bajo Ulloa enfrenta al mal y a la inocencia en estado puro, y lo hace en forma de cuento gótico para adultos. De todos los crímenes que ha cometido Ismael, el que le une a Leire es el único que le ha producido algo parecido al remordimiento, no tanto por la crueldad gratuita de su acción, sino por tener que enfrentarse a su resultado. No es que se haya vuelto un blando, como queda claro por la forma en que acaba con el dueño del prostíbulo en el que trabaja, o por el modo en el que trata a Maite, su pareja; Ismael sigue siendo un monstruo, pero incluso los monstruos tienen su punto débil.

En muchos aspectos, La madre muerta es una rareza en el cine español, que a principios de los 90 vivió el estallido de una generación de cineastas, casi todos nacidos en el País Vasco, que destacaba por su calidad estética y por su ausencia de complejos. La madre muerta puede ser a veces poco creíble, pero este hecho queda disimulado por la belleza de su propuesta visual (magnífica la forma en la que Javier Aguirresarobe fotografía los caserones abandonados en los que transcurre buena parte de la película), y por la indudable fuerza de lo narrado. Pueden contarse con los dedos de una mano las películas españolas que retratan la violencia de un modo tan poético, y a la vez tan gráfico. De hecho, sobran dedos. Bajo Ulloa no titubea, no hace concesiones, y consigue una película poderosa, hecha con extraordinario mimo, en la que la música de Bingen Mendizábal acentúa de manera soberbia los múltiples, y ya aludidos, rasgos góticos del relato, que empieza intenso, sigue siéndolo en la preparación del clímax y concluye tan bien como se inicia, con un Ismael que acepta su culpa a cambio de su salvación.

El personaje de Ismael le ofrece a Karra Elejalde, uno de los actores con más garra del cine español, la oportunidad de dar rienda suelta a su lado más destroyer. El actor vasco, ideal para interpretar a cabrones complicados y al tiempo capaz de alternar diferentes registros, nunca ha estado mejor en la gran pantalla. A su lado, una de las más desaprovechadas actrices del cine español, Ana Álvarez, que consigue un verdadero alarde de expresividad sin decir una sola palabra en toda la película. La francesa Lio, que interpreta a Maite, la amante de Ismael, cumple con creces, y Silvia Marsó, sin estar a la altura del dúo protagonista, interpreta con convicción un papel importantísimo en el desarrollo de la trama.

La madre muerta es, espero que de momento, la mejor película de Juanma Bajo Ulloa, director al que, vista su irregular y guadianesca carrera, seguramente le hubiera ido mejor si hubiese nacido, por ejemplo, en Francia. Viendo esta gran película, uno lamenta que en ella se reúna tanto talento, y que ese talento haya dado después tan pocos frutos, lo cual es sólo en parte culpa de los interesados. He reseñado en este blog varias películas españolas que no tuvieron el éxito que merecían por culpa de la censura; el caso de La madre muerta es distinto: a veces, sencillamente, el público opta por films más fáciles, más digeribles, más vacíos. El Bajo Ulloa más intimista puede presumir de no ser nada de eso. Y, al igual que el más gamberro, de no andarse con esas medias tintas que por aquí suelen gustar tanto.

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