LA VIDA DE ADÈLE

LA VIE D´ADÈLE (CHAPITRES 1 & 2). 2013. 179´. Color.

Dirección: Abdellatif Kechiche; Guión: Abdellatif Kechiche y Ghalia Lacroix, basado en la novela gráfica de Julie Maroh Le bleu est un coleur chaude; Dirección de fotografía: Sofian El Fani;  Montaje: Sophie Brunet, Ghalia Lacroix, Albertine Lastera, Jean-Marie Lengelle y Camille Toubkis;  Decorados: Julia Lemaire y Coline Débée; Producción: Brahim Chioua, Abdellatif Kechiche y Vincent Maraval, para Quat´sous Films- Wild Bunch- Radio Télévision Belge Francofone- France 2 Cinéma- Scope Films-Vértigo Films (Francia-Bélgica-España).

Intérpretes: Adèle Exarchopoulos (Adèle); Léa Seydoux (Emma); Salim Kechiouche (Samir); Aurélien Recoign (Padre de Adèle); Catherine Salée (Madre de Adèle); Benjamin Siksou (Antoine); Mona Walravens (Lise); Alma Jodorowsky (Béatrice); Jérémie Laheurte (Thomas); Anne Loret (Madre de Emma); Benoît Pilot (Padrastro de Emma); Sandor Funtek, Fanny Maurin, Maelys Cabezon, Samir Bella, Tom Hurier, Quentin Médrinal, Peter Assogbavi.

Sinopsis: Adèle es una joven adolescente francesa que vive con sus padres y va al instituto. Lo común en su entorno es que las chicas de su edad empiecen a salir con chicos, pero ella siente un flechazo al cruzarse por la calle con una joven de pelo azul.

Una de las películas que ha generado más debate entre los cinéfilos durante el último año es La vida de Adèle, que se alzó con la Palma de Oro en la ya penúltima edición del festival de Cannes. Confieso que ni el argumento ni el metraje del film me empujaban a su visionado pero, para opinar, primero hay que ver. Y lo primero que he de decir es que esta película, independientemente de lo que se piense sobre ella, hay que verla.

Uno de los grandes dilemas de la vida, ya sea en el terreno amoroso o en el profesional, es la casi inevitable elección entre lo que uno desea y lo que más le conviene. Escoger lo segundo suele significar que uno ha dejado atrás la adolescencia, pero he aquí que la película está protagonizada por una adolescente, es decir, por alguien que todavía aspira a lo absoluto. Y no lo encuentra donde conviene, en las facciones de un apuesto joven de su edad que en el futuro tendrá un buen trabajo y le dará hijos, sino en las de una chica con el pelo teñido de azul ante cuya visión Adèle se queda literalmente petrificada. Los flechazos existen, vaya si existen. Y cuando ese sentimiento es mutuo, como le ocurre a las dos protagonistas de la película, y uno puede dedicarse a ver el mundo a través de los ojos del ser deseado, y desde luego a mojar sábanas en su compañía, nunca va a sentirse más cerca de Dios. Pero el amor, ya lo dijo el poeta, no es una marcha triunfal. Adèle no sufre por ser lesbiana, sino porque ella misma no se acepta como tal, porque en el fondo concibe la homosexualidad bajo el mismo prisma que sus amigas más retrógradas, o que unos padres a quienes ni siquiera se les pasa por la cabeza que su hija pueda sentirse atraída por una mujer. Emma ha aprendido a aceptarse: es una artista, un ser creativo, que frecuenta las discotecas de ambiente y no oculta a nadie su condición sexual. Se expone a ser rechazada, pero se niega a fingir. Adèle, en cambio, sólo deja de hacerlo cuando se siente libre, sola, o en campo propio. Ahí no hay espacio para los remilgos: a uno le pone lo que le pone y Adèle es una romántica empedernida, lo que la lleva a entregarse por completo al objeto de sus deseos. Y eso, en la vida real, es sinónimo de sufrimiento.

Hablemos de cine, una vez expuesto el juego. El director, Abdellatif Kachiche, a quien no conocía de nada hasta su triunfo en Cannes, apuesta por un realismo total, y lo consigue. La película produce una sensación de verdad que dudo que nadie se atreva a discutir. Se prescinde, por ejemplo, de música original, lo que en este caso me parece un acierto. A mucha gente le han provocado rechazo las largas escenas de sexo explícito entre las protagonistas: como no pertenezco a esa enfermiza estirpe de seres que aceptan la violencia descarnada en la pantalla, pero no el sexo ídem, no es mi caso. Mis problemas van por otro lado: no las escenas de sexo, sino la película entera es excesivamente larga. Llama la atención que, habiendo tantas personas a cargo del montaje, a uno le quede la sensación de que se ha cortado muy poco. Por poner un ejemplo, la escena de Adèle en la manifestación estudiantil me parece prescindible. Otro problema es que, si bien en muchos momentos la película consigue conmover, en otros se nota demasiado que juega a ello. Kachiche, director al que se le adivinan recursos, abusa de los primeros planos hasta resultar cargante. Para mostrar el sufrimiento de un personaje no es necesario ponerle la cámara delante de la cara y retratar cómo llora. O, al menos, no hacerlo tantas veces. Para mi gusto, lo que impide a La vida de Adèle ser esa gran película que muchos han querido ver no es la pornografía sexual, valga el pleonasmo, sino cierta pornografía emocional. He de decir, no obstante, que las escenas finales triunfan al apostar por la tragedia cotidiana en lugar de por la cinematográfica.

El gran descubrimiento de la película, y sin duda su gran baza, es la actriz Adèle Exarchopoulos. Todo en ella transmite verdad, su interpretación es magistral porque nunca deja de conseguir lo más difícil para un actor: que no se vea que está actuando. Un diez. Léa Seydoux, a quien conocí en Malditos bastardos y volví a ver hace poco en El gran hotel Budapest, hace también una interpretación excelente. La película es meritoria, sobre todo, por lo que estas dos mujeres arriesgan, por su física y por su química, por su intensidad y su compromiso. El resto de actores se limitan a completar, sin demasiados aspavientos, un cuadro, quizá demasiado largo, centrado en dos mujeres enamoradas. Porque hay mucho sexo, sí, pero no recuerdo muchas otras películas que retraten con tanta exactitud lo que es el amor. El verdadero, se entiende. Por eso hay que verla.

 

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