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EL PLANETA DE LOS SIMIOS

PLANET OF THE APES. 1968. 112´. Color.

Dirección: Franklin J. Schaffner; Guión: Michael Wilson y Rod Serling, basado en la novela de Pierre Boulle;  Dirección de fotografía: Leon Shamroy;  Montaje: Hugh S. Fowler; Música: Jerry Goldsmith;  Dirección artística: William Creber y Jack Martin Smith; Decorados: Norman Rockett y Walter M. Scott; Maquillaje: Ben Nye y Dan Striepeke; Producción: Arthur P. Jacobs, para 20th. Century Fox (EE.UU.).

Intérpretes: Charlton Heston (Taylor); Roddy McDowall (Cornelius); Kim Hunter (Dra. Zira); Maurice Evans (Dr. Zaius);  James Whitmore (Presidente de la Asamblea); Linda Harrison (Nova); James Daly (Honorious); Robert Gunner (Landon); Lou Wagner (Lucius); Woodrow Parfey, Jeff Burton, Paul Lambert.

Sinopsis: Una nave espacial, al mando del capitán Taylor, aterriza en un planeta desconocido en el que los monos gobiernan y los humanos parecen haber regresado a la era de las cavernas.

He aquí uno de los títulos fundamentales de la ciencia ficción, una película que desde su exitoso estreno ha impactado a varias generaciones de cinéfilos y hoy recibe el tratamiento que merece, el reservado a los grandes clásicos. En El planeta de los simios se mezclan, con tino poco frecuente, acción y reflexión, arte y entretenimiento, filosofía y diversión. El final de la película es uno de los mejores de la historia del cine, y responde de una manera categórica a la tercera de las preguntas fundamentales del ser humano: adónde vamos. Con todo, cuando uno ya conoce ese final, lo que no puede dejar de alabar es cómo se llega hasta él.

Supongamos que una nave espacial que abandona la Tierra durante la octava década del siglo XX emprende un largo viaje a través del espacio exterior que la lleva hasta una dimensión en la que el tiempo prácticamente no pasa para sus tripulantes, quienes en el año terrestre 2.673 siguen teniendo casi la misma edad con la que abandonaron su planeta. Supongamos también que los miembros de la misión se sumergen en un largo sueño, del que uno de ellos no saldrá. Y, puestos a suponer, veamos qué sucedería si la nave que transporta a esos hombres amerizara en un planeta desconocido en el año terrestre 3.972 y los tripulantes despertaran de su letargo. Podrían encontrarse, por ejemplo, con tribus de seres humanos incapaces de hablar y de razonar, como recién salidos de la era paleolítica. Y también podrían encontrarse con simios inteligentes, capaces de crear su propia civilización y de gobernar el planeta de acuerdo a esa superioridad intelectual que poseen respecto a los humanos. Taylor, el capitán de la nave espacial, protagonizará el choque entre ambos mundos: los simios le hacen prisionero, y descubren que, en contra de todo lo que han conocido hasta entonces, ese humano es capaz de escribir, hablar y razonar. Los científicos creen que, antes de que su especie dominara el planeta, existieron otras, y que el prisionero puede ser el eslabón perdido entre los humanos y la especie superior, los simios. Sus investigaciones chocan, sin embargo, con los postulados de la fe, cuyos defensores máximos son los ancianos que gobiernan la comunidad.

La Biblia, Galileo, Darwin… y un planeta en el que la evolución parece haberse invertido. Taylor solicitó participar en la misión porque estaba convencido de que, en algún lugar del Universo, encontraría especies mejores que el hombre, y quería ser el primero en descubrirlas, o en ser descubierto por ellas. Sin embargo, la sociedad del planeta al que ha ido a parar no es, ni de lejos, lo que buscaba. Sus estructuras políticas y religiosas son demasiado humanas, aunque hombres y simios hayan intercambiado los papeles que Taylor, relegado a la esclavitud y la humillación desde su captura, había conocido desde siempre. ¿Cómo es posible que los monos hayan evolucionado tanto, y que a los humanos apenas pueda llamárseles de esa forma, visto su primario desarrollo? La respuesta a esa pregunta la encontrará Taylor cuando, ayudado por los científicos y los jóvenes que cuestionan los fundamentos de la fe, consiga huir del yugo y, acompañado por su particular Eva, se disponga a crear su propio mundo. Y menuda respuesta…

Aquí lo tienen, uno de los estudios más lúcidos que ha dado el cine sobre la condición humana, servido con el disfraz de un film hollywoodiense, de género y que nunca deja de entretener. El mismo año que Stanley Kubrick hizo 2001, Franklin J. Schaffner, un cineasta venido de la televisión, gran dominador de la técnica y amante de las historias con poso, firmó esta obra maestra que le lanzó a la fama, dio origen a varias (y cada vez peores) secuelas, a un innecesario y pobre remake… y a miles y miles de cinéfilos en todo el mundo. Porque estoy convencido de que El planeta de los simios es una de esas películas que contagian el amor por el cine, que te abren los ojos y te hacen ver que el cine es arte, y que el arte no tiene por qué ser aburrido ni estar reservado a las élites intelectuales, que se puede ser profundo sin ser aburrido. Que hay algo más allá de pasar el rato viendo una película. Que, no pocas veces, en el cine está lo mejor de nosotros. Incluso en películas que hablan de lo peor.

Schaffner, virtuoso cuando toca (la escena del amerizaje, esos planos cenitales que subrayan la insignificancia del ser humano en el Universo, la cacería, ese final) e invisible cuando la historia necesita caminar hacia adelante sin que el espectador se fije en la labor del director, nunca estuvo más inspirado que aquí. La película deja momentos y frases para recordar a cada paso (el discurso de Taylor antes de caer en el letargo, su carcajada cuando su compañero Landon coloca una banderita estadounidense en el suelo del planeta desconocido, la primera frase que dice cuando recupera el habla- “¡¡¡ quítame tus sucias garras de encima, maldito simio!!!”, el chiste tarzanesco, la últimas palabras de Zaius cuando Taylor se aleja junto a Nova…) y, repito, es entretenidísima. En la parte técnica, destacar que el maquillaje es tan bueno que incluso fue galardonado con un Oscar especial por no existir aún un premio establecido para esa categoría, que la fotografía de Leon Shamroy es excelente, que un tal Jerry Goldsmith demuestra su magisterio componiendo bandas sonoras, y que nunca habrá una playa cinematográfica como la de esta película, que, eso sí, necesitaba un héroe. Y quién mejor que Charlton Heston, al que el carisma y la virilidad le vinieron de serie y que, además, sabía actuar y tenía especial querencia por interpretar historias que, además de permitir su lucimiento, dijeran algo. Él es el rostro del film, junto a los de esos simios perfectamente caracterizados tras los que se esconden actores de valía como Roddy McDowall o Kim Hunter (nunca nadie supo hacer tan humana, en el buen sentido de la palabra, a una mona). La historia es tan buena que sólo necesitaría para brillar que los actores no la estropearan. El elenco de El planeta de los simios no sólo no estropea, sino que aporta valor añadido a un conjunto que me atrevo a calificar de obra cinematográfica imprescindible.

 

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