
GEGEN DIE WAND. 2004. 121´. Color.
Dirección: Fatih Akin; Guión: Fatih Akin; Dirección de fotografía: Rainer Klausmann; Montaje: Andrew Bird; Música: Alexander Hacke y Maceo Parker; Diseño de producción: Tamo Kunz; Dirección artística: Sirma Bradley y Nergis Çaliskan; Producción: Stefan Schubert y Ralph Schwingel, para Wüste Filmproduktion-Corazón International (Alemania-Turquía).
Intérpretes: Birol Ünel (Cahit Tomruk); Sibel Kekilli (Sibel Güner); Catrin Striebeck (Maren); Güven Kıraç (Seref); Meltem Cumbul (Selma); Stefan Gebelhoff (Nico); Hermann Lause (Doctor Schiller); Demir Gökgöl (Yunus Güner); Aysel Iscan (Birsen Güner); Cem Akin (Yilmaz Güner); Mehmet Kurtuluş, Zarah McKenzie, Adam Bousdoukos, Tim Seyfi, Selim Erdogan, Maceo Parker.
Sinopsis: Cahit, un alemán de origen turco, alcohólico y autodestructivo, conoce en una clínica psiquiátrica a Sibel, una joven que intenta escapar del yugo de su familia. Para conquistar la libertad que ansía, ella le propone un matrimonio de conveniencia.
Para el cineasta alemán de ascendencia turca Fatih Akin, Contra la pared supuso un momento crucial de su trayectoria, porque motivó que su obra comenzara a trascender los límites del cine independiente para convertirse en estandarte de una nueva generación de autores europeos surgidos al albor del cambio de milenio. La película, que obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2004, constituye una de las aproximaciones más contundentes a los conflictos de identidad de quienes viven entre dos culturas, aunque su interés va mucho más allá de las dificultades de integración de las comunidades de origen turco en Alemania. Sobre esta base, Akin construye una historia de amor que encuentra en la violencia, la desesperación y la incapacidad de sus protagonistas para relacionarse de un modo sereno consigo mismos los elementos de una tragedia contemporánea. Contra la pared es, por su capacidad para trascender una historia de marcado carácter étnico, un film que condensa las mejores cualidades de la filmografía de su autor, y también algunos de sus defectos.
Contra la pared está dividida en actos musicales, al modo de las tragedias griegas. Los interpreta un conjunto turco a la orilla del Bósforo, una estampa de postal que nada tiene que ver con el tono desgarrado de la película. Cahit, su protagonista masculino, es un hombre que ha convertido la autodestrucción en una forma de vida, un tren descarrilado que se intenta suicidar con su automóvil tras una noche de borrachera. Sibel, por su parte, es una joven que vive bajo la autoridad de una familia tradicional y que contempla el matrimonio, su único destino posible, como una condena, porque lo que desea es vivir a tope al modo occidental. Cuando ambos se conocen (en un hospital psiquiátrico, tras sus respectivos intentos de suicidio), la propuesta de matrimonio de ella, que en un principio Cahit, un hombre viudo, rechaza con violencia, responde a una necesidad práctica: casarse con un hombre de su misma procedencia cultural, aceptable para su familia, pero ajeno por completo a las tradiciones turcas, le permitirá liberarse del yugo y vivir de acuerdo a sus deseos. Lo que comienza como un acuerdo entre dos desconocidos acabará convirtiéndose en una relación en la que el afecto, la dependencia y los celos se confunden hasta hacer imposible distinguir el amor de la posesión. No se trata de una historia romántica convencional, sino del encuentro entre dos individuos que buscan en el otro una salida a su propia desesperación. Sibel no es una heroína ejemplar, a la ridícula manera contemporánea, que lucha por la emancipación mediante un proceso de aprendizaje ordenado, sino una mujer que confunde la libertad con la vía para entregarse sin restricciones a una existencia dominada por los excesos. Su legítimo deseo de romper con un entorno familiar que condensa todos los males de la forma de vida turca, choca con su incapacidad para tomar alguna decisión mejor que la precedente, por lo que poco a poco se convierte en otra clase de esclava. Cahit tampoco representa una alternativa satisfactoria a la autoridad patriarcal que ella pretende abandonar. Su rechazo a las convenciones sociales oculta a un ser incapaz de controlar sus impulsos, por lo que es más un desecho que un ser libre. Es algo así como un Bukowski sin talento. La pareja que forman es, más que tóxica, intoxicada. Akin evita así la salida fácil de presentar el conflicto como una oposición entre una tradición que oprime y una modernidad que libera. Lo que pierde al director es su inclinación a buscar siempre la salida más trágica a los dilemas que plantea la obra, cuyo punto de partida, analizado con frialdad, es poco verosímil. En lo bueno y en lo malo, se palpa la influencia de Fassbinder en Fatih Akin.
La puesta en escena responde a esta visión desencantada de las relaciones humanas. Contra la pared combina una cámara inquieta, un montaje enérgico y una utilización de los espacios que refleja la inestabilidad emocional de los protagonistas. Los interiores nocturnos, los bares, los apartamentos y las calles de Hamburgo, en concreto del distrito de St. Pauli, forman un paisaje urbano hostilñ, que genera una profunda sensación de aislamiento. Akin no embellece la marginalidad de sus personajes, sino que la muestra en toda su decadencia. La película encuentra en la música uno de sus recursos expresivos más importantes, no sólo en referencia a la que divide sus distintas partes. Las canciones (de Depeche Mode, Sisters of Mercy, Niños con Bombas o Mona Mur, al margen de la aparición del mismísimo Maceo Parker) no sólo ilustran, sino que muchas veces explican lo que vemos, al igual que los interludios musicales describen lo que veremos. La mezcla de rock, música popular y tradición no es un simple adorno cosmopolita, sino una expresión de la identidad fragmentada sobre la que se construye el film.
Uno de los mayores aciertos de Akin consiste en evitar que el choque cultural, p siendo más precisos, el desarraigo de los extranjeros de segunda generación, se convierta en una justificación automática del comportamiento de los personajes. La película muestra el peso de las normas familiares, el control de la sexualidad femenina y la exagerada importancia del honor, pero deja claro que en el rechazo a todo eso hay otras formas de violencia. Cahit encuentra en la autodestrucción una manera de responder a su incapacidad para afrontar el dolor o, simplemente, la vida. No deja de ser interesante que se redima en la cárcel, guiado por el amor de Sibel pero separado de ella; la joven busca en la transgresión una libertad que no es más que una descerebrada acumulación de experiencias extremas. Lo que la redime es el hecho de sobrevivir a la más brutal de todas ellas.
El trabajo de los intérpretes contribuye en gran manera a la fuerza de la película. Birol Ünel, que para poder rodar en Turquía necesitó de una autorización especial del Parlamento, pues no había cumplido el servicio militar en su país, compone un Cahit de extraordinaria intensidad física, un hombre cuya brusquedad es una tentativa de huir del dolor. Su interpretación, que no lo es tanto si conocemos su vida personal, hace visible, incluso en los momentos de mayor violencia, la fragilidad de alguien que ha renunciado a cualquier expectativa de futuro. Sibel Kekilli, cuyo éxito en este film motivó el descubrimiento de que con anterioridad había rodado diversas películas pornográficas, ofrece una interpretación igualmente notable, dotando a su personaje de una mezcla de vitalidad, irreflexión y desamparo que impide reducirla a la figura de la joven rebelde que busca liberarse de su familia. La actriz transmite con particular eficacia la transformación de un personaje que empieza creyendo que para ser libre sólo le bastará casarse con el hombre idóneo, en una mujer que ha comprobado que el borde del abismo no es un lugar confortable. La química entre ambos intérpretes resulta fundamental para que la relación mantenga su credibilidad, incluso cuando la narración adopta los rasgos de un melodrama llevado al límite. Entre los secundarios destaca Güven Kıraç, cuya presencia contribuye a perfilar el entorno social de Cahit, mientras que Catrin Striebeck aporta al relato una dimensión cotidiana que contrasta con la intensidad de la pareja protagonista. Dato curioso es que el director recurrió a su hermano en la vida real, Cem Akin, para dar vida al intransigente hermano de Sibel.
Contundente, visceral e incómoda, a veces de un modo forzado, Contra la pared constituye una de las obras más importantes del cine europeo de comienzos del siglo XXI, y también una de las más logradas de Fatih Akin.