
DER MÜDE TOD. 1921. 98´. B/N.
Dirección: Fritz Lang; Guión: Fritz Lang y Thea von Harbou; Dirección de fotografía: Erich Nitzschmann, Bruno Timm, Hermann Saalfrank, Bruno Mondi y Fritz Arno Wagner; Montaje: Fritz Lang; Música: Giuseppe Becce, Karl-Ernst Sasse, Jr. y Peter Schirmann (original, actualmente perdida); Diseño de producción: Walter Röhrig, Hermann Warm y Robert Herlth; Vestuario: Heinrich Umlauff; Producción: Erich Pommer, para Decla-Bioscop AG (Alemania).
Intérpretes: Lil Dagover (La joven/Zobeide/Mona Fiametta/Tiao Tsien); Bernhard Goetzke (La Muerte/El Mot/El arquero imperial); Walter Janssen (El joven/El Franco/Giovanfrancesco/Liang); Rudolf Klein-Rogge (Derwisch/Girolamo); Georg John (Mendigo); Hans Sternberg (Alcalde); Carl Rückert (Párroco); Max Adalbert (Notario); Erich Pabst (Maestro); Karl Platen (Boticario); Grete Berger (Madre); Eduard von Winterstein (Califa); Erika Unruh (Ayesha); Karoly Huszar (Emperador); Paul Biensfeldt (A Hi); Wilhelm Diegelmann, Hermann Picha, Paul Rehkopf, Max Pfeiffer, Lydia Potechina.
Sinopsis: Una joven pierde a su amado después de que un misterioso viajero, que resulta ser la propia Muerte, se lo arrebate. Para recuperarlo, deberá evitar la muerte inminente de al menos una de las tres personas escogidas por la Parca.
El octavo largometraje (si contamos las dos partes de Las arañas como filmes distintos) de Fritz Lang fue su primera obra maestra. Las tres luces (o La Muerte cansada, que es la traducción literal de su título al castellano) ha quedado en parte eclipsada por Metrópolis o M, el vampiro de Düsseldorf, pero estamos ante una película fundamental para comprender no solamente la evolución del director alemán, sino también el desarrollo y la transformación del cine fantástico en los años veinte. Estrenada en Berlín en octubre de 1921, la película se presentó como «un cuento popular alemán en seis estrofas», y en efecto contiene elementos de balada, de leyenda medieval y de cuento de hadas, aunque las influencias de Lang y su entonces colaboradora habitual, Thea von Harbou, se internan en otros senderos que se analizan acto seguido. Las tres luces no sólo consolidó el prestigio del director en Alemania, sino que su impacto en el exterior fue tal que Alfred Hitchcock la nombró su película favorita, Luis Buñuel la citó como la obra que despertó su vocación de director, y Douglas Fairbanks compró sus derechos para Estados Unidos y se inspiró en ella para la magistral El ladrón de Bagdad.
El film nace, además, en un momento histórico clave del cine alemán. El gabinete del doctor Caligari acababa de demostrar a los espectadores de la incipiente República de Weimar que el cine podía convertirse en un vehículo de expresión artística de primer orden, y Lang, cuya actividad después de la guerra fue frenética, desarrolló algunos de los elementos que definirían su trayectoria posterior: la inexorabilidad del destino, protagonistas sometidos a fuerzas superiores, la arquitectura convertida en elemento dramático, la obsesión por los mecanismos del poder y, sobre todo, la lucha desesperada del individuo contra la fatalidad. En Las tres luces esa lucha adquiere una forma hermosa: una mujer pretende arrebatarle a la Muerte al hombre que ama.
Las tres luces comienza como un cuento fantástico de apariencia sencilla: una pareja de enamorados llega a una pequeña población y allí se cruza con un extraño personaje vestido de negro, de aspecto grave y silencioso, que acaba adquiriendo una parcela de terreno junto al cementerio y levanta alrededor de ella un enorme muro. El joven desaparece y la muchacha descubre que el desconocido no es otro que la Muerte. En lugar de presentarla como una criatura monstruosa, Lang y Thea Von Harbou la convierten en un ser cansado, melancólico, que parece ejercer su oficio por obligación. La joven le suplica que devuelva la vida a su amado y la Muerte le ofrece una posibilidad: tendrá que salvar una vida, que escoge entre tres a punto de extinguirse, simbolizadas por tres velas. A partir de ese momento (la primera estrofa), el film abandona la estructura lineal y pasa a ser una película de episodios. La primera historia transcurre en un imaginario Oriente dominado por palacios, califas y conspiraciones; la segunda nos lleva a la Venecia del carnaval, donde los personajes adoptan una identidad casi operística; y la tercera se desarrolla en una exótica China imperial, poblada de magos, emperadores y prodigios. Los mismos intérpretes encarnan personajes diferentes, como si todas esas historias no fueran más que variaciones de una misma tragedia: el amor enfrentado al poder de la muerte. Todas estas historias, junto al epílogo, conforman una obra profundamente romántica, al modo de los clásicos literarios y musicales del siglo XIX. Las tres luces condensa el núcleo temático esencial de ese movimiento artístico: el amor más poderoso que la Muerte (tema que ya encontramos en Quevedo, entre otros autores), el exotismo, las pasiones exacerbadas, el misterio y la Muerte, siempre prematura y, muchas veces, violenta.
A nivel formal, la película constituye un extraordinario paso adelante respecto a buena parte del cine fantástico realizado hasta entonces. Si Caligari había utilizado la deformación expresionista de los decorados para convertir la realidad en una pesadilla, Lang desarrolla una concepción diferente. No renuncia al expresionismo (ahí está ese contrapicado con el que presenta a la Muerte, por ejemplo), pero aquí el entorno es exótico, no opresivo. Los decorados de Walter Röhrig, Hermann Warm y Robert Herlth crean tres mundos perfectamente diferenciados y permiten que la película se transforme varias veces, algo que no chirría dada su potente unidad temática. Es muy apreciable la influencia de Intolerancia, la obra magna de Griffith, en la concepción, el desarrollo y, en especial, en la puesta en escena de Las tres luces, film muy alemán en un sentido; el papel clave que tiene la arquitectura. Los decorados explican la historia casi tanto como los intertítulos: los muros (el que levanta la Muerte separa el mundo de los vivos de sus dominios), los palacios y las puertas definen la situación de los personajes, condicionan sus movimientos y expresan su resistencia frente a las fuerzas que rigen su destino. Es también muy llamativo el uso de los efectos especiales y de las sobreimpresiones, en especial durante el episodio chino, donde la magia tiene gran relevancia. Esros recursos amplifican el exotismo de la historia y permiten al espectador adentrarse en diversos mundos fantásticos.
Lil Dagover, que ya había colaborado con anterioridad con Fritz Lang, además de haber tenido un rol principal en El gabinete del doctor Caligari, vuelve a demostrar aquí su extraordinaria capacidad para expresar emociones mediante el gesto y el movimiento corporal. Sus distintos personajes le permiten transmitir angustia, esperanza y determinación sin caer en un sentimentalismo excesivo. Walter Janssen tiene una presencia más convencional, adecuada a los distintos galanes que interpreta, mientras que Bernhard Goetzke realiza la composición más memorable del elenco. Su Muerte no es un monstruo ni un verdugo sanguinario, sino una figura solemne, implacable y al mismo tiempo cansada, casi humana, cual funcionario que realiza con eficiencia su trabajo, pero a quien le hastía el sistema que ayuda a hacer funcionar. Rudolf Klein-Rogge, futuro Mabuse y una de las presencias más reconocibles del cine de Lang, aparece interpretando al personaje más inteligente de la película, y le da un aire de pesarosa lucidez.
Más allá de su valor histórico, Las tres luces es una película extraordinaria y hermosa que se pasea por mundos muy diferentes para mostrar, en cada uno de ellos, la lucha del ser humano contra su condición mortal. El resultado es una película romántica en el sentido más amplio de la palabra, una obra de calidad altísima en la que la pasión intenta romper una ley inexorable. Por eso, más de un siglo después, mantiene su vigencia.