DIP HUET SEUNG HUNG/ THE KILLER. 1989. 110´. Color.
Dirección: John Woo; Guión: John Woo; Dirección de fotografía: Peter Pau y Wong Wing-Hang; Montaje: Fan Kung-Ming; Música: Lowell Lo; Dirección artística: Luk Man Wah; Producción: Tsui Hark, para Film Workshop-Golden Princess Film Production-Magnum Films (Hong Kong).
Intérpretes: Chow Yun-fat (Ah Jong); Danny Lee (Inspector Lee Ying); Sally Yeh (Jennie); Chu Kong (Sidney); Kenneth Tsang (Sargento Tsang); Shing Fui-On (Wong Hoi); Wing-Cho Yip (Tony Weng); Fan Wei Yee (Frankie Fung); Barry Wong (Inspector Tu); Parkman Wong, Siu-Hung Ng, Kwong-Leung Wong.
Sinopsis: Un asesino a sueldo provoca accidentalmente la pérdida de visión de una cantante durante uno de sus trabajos y decide aceptar un último encargo para pagar la operación que podría devolvérsela, mientras el policía encargado de perseguirle acaba estableciendo con él una relación de respeto y amistad.
A pesar de que su trayectoria posterior no ha acabado ofreciendo lo que prometían sus mejores años, es preciso recordar que, a caballo entre las décadas de los 80 y los 90, John Woo se convirtió en uno de los referentes mundiales del cine de acción. El artista nacido en Guangzhou ya era conocido en Hong Kong, el lugar que realmente define una parte esencial de su carrera cinematográfica, y había encontrado el camino que le haría célebre con A Better Tomorrow, pero fue después del estreno de El asesino cuando su nombre alcanzó una fama internacional que llevó a numerosos cineastas occidentales a reivindicar su manera de entender el género. El desarrollo del rodaje estuvo marcado por las desavenencias entre Woo y el productor, Tsui Hark, pero al final prevaleció el criterio del primero, avalado después por un éxito que traspasó fronteras.
El batiburrillo de influencias de El asesino abarca el cómic, el cine de yakuzas, la acción ochentera, en especial las buddy movies, Martin Scorsese, a quien Woo dedica la película, los westerns de Sergio Leone, el estilo de Sam Peckinpah o el cine negro. De la mezcla de todo ello, John Woo, hasta entonces un artesano que exploró distintos géneros sin destacar demasiado en ninguno de ellos, encontró un estilo personal, con mucho más interés por la vertiente visual que por la narrativa. Con todo, uno de los rasgos más remarcables de El asesino radica en que, al margen de los tiroteos, las persecuciones y los enfrentamientos armados, que ocupan buena parte de su metraje, queda espacio para hablar del honor, de la amistad, de la culpa, de la nostalgia, de la redención, de la soledad, del sacrificio y de la posibilidad de encontrar un vínculo humano en un mundo dominado por la violencia. Todo ello de un modo esquemático y poco sutil, pero está ahí, a diferencia de lo que sucede en infinidad de películas de acción pura. Woo plantea una historia en la que dos hombres situados a ambos lados de la ley terminan descubriendo que tienen mucho más en común de lo que inicialmente podría parecer: el asesino que desea abandonar su profesión, el policía que se niega a contemplarlo únicamente como un delincuente, la cantante cuya desgracia desencadena el último trabajo de aquel y la relación de respeto que se establece entre los dos protagonistas. En el relato se alternan, y en ocasiones incluso se solapan, las escenas de acción con momentos de marcado carácter melodramático, expresados por medio de una puesta en escena que, en verdad, es puro artificio, pero que aprovecha la violencia como ejercicio de estilo sin olvidar los sentimientos de los personajes. El director no se centra en la investigación policial, sino en el modo en que dos hombres que deberían ser enemigos terminan aliándose contra las mafias y los organismos gubernamentales excesivamente burocráticos, cuando no corruptos.
John Woo convirtió en marca de fábrica filmar los tiroteos dimensión casi coreográfica. La cámara lenta, los planos congelados de los protagonistas y los personajes que disparan con una pistola en cada mano se convirtieron en su señal de identidad. En la primera parte de El asesino, el director emplea con profusión la cámara en movimiento, como modo de mostrar el mundo de delincuentes, policías y asesinos profesionales, siempre en la trastienda de una ciudad nocturna que parece cómoda en una violencia perpetua. Las reflexiones del asesino acerca de su oficio, de la muerte y de la necesidad de abandonar ese mundo se refieren, en un primer plano, a la situación concreta de un hombre perseguido por su pasado, pero si vamos un poco más allá pueden verse como un medio para expresar el sentimiento general de unos personajes atrapados en una sociedad donde la violencia parece ser la única forma de resolver los conflictos. En esta historia los protagonistas, situados a ambos lados de la ley sin que eso les impida reconocerse mutuamente, buscan cosas distintas: el sicario, la redención que le proporcionaría salvar a la víctima inocente de uno de sus trabajos, y el policía, la capacidad de administrar justicia de la manera expeditiva que los malhechores utilizan y que el sistema le niega. En la segunda mitad, John Woo utiliza planos más largos, introduce numerosos elementos del melodrama y nos brinda algunos de los mejores momentos de la película, cuya sensibilidad contenida y su modo de poetizar la violencia valen más que buena parte de esos productos de acción que Hollywood nos vende haciéndonos creer que la espectacularidad equivale a emoción… de los que el propio director terminó haciendo unos cuantos. Todo es inverosímil, empezando por las monumentales ensaladas de tiros, pero está lleno de fuerza y, por momentos, incluso posee belleza.
La fotografía, que firman conjuntamente Peter Pau y Wong Wing-Hang, es inspirada al exhibir el modo en que las luces nocturnas de Hong Kong hacen frente a la oscuridad. El montaje, que como ya se ha dicho convierte los enfrentamientos armados en auténticas coreografías, es ágil y bien trabajado en esas escenas, pero no tanto en las más pausadas. La banda sonora apuesta por lo melancólico de una manera que, sobre todo en los momentos en los que Ah Jong y Jennie comparten espacio, hace que a uno le vengan a la mente determinadas imágenes del cine romántico clásico. Eso sí, hay baladas empalagosas que subrayan más de lo denido lo que las imágenes muestran. Los disparos, las palomas, las vidrieras de la iglesia, el humo y los movimientos de los personajes forman parte de una puesta en escena deliberadamente exagerada, pero también de una concepción del cine de acción que entiende que la belleza de una imagen puede ser más importante que la credibilidad de aquello que está sucediendo dentro de ella.
No andaban errados quienes dijeron que, de todos los intérpretes de El asesino, quien se lleva la palma es Chow Yun-fat, que además de bordar el personaje más complejo del trío protagonista, se luce componiendo a un hombre cuya elegancia física contrasta con la violencia de su profesión. Hace mucho tiempo que Yun-fat es una de las grandes estrellas del cine hongkonés, pero sus dotes interpretativas no son escasas y aquí encuentra uno de los papeles que mejor se adaptan a su peculiar mezcla de dureza y vulnerabilidad. Sally Yeh cumple bien como mujer indefensa, mientras que Danny Lee recrea con eficacia al policía obstinado que poco a poco descubre que el hombre al que persigue merece algo más que su consideración como delincuente. La relación entre los dos personajes masculinos es, en cualquier caso, el verdadero centro emocional de la película, y Woo consigue que la progresiva admiración entre ambos resulte creíble pese a que la historia se desarrolle en un territorio donde las coincidencias y los comportamientos extremos son constantes. Que John Woo no es un director de actores se aprecia en los personajes secundarios, definidos con brocha gorda y, en general, interpretados de una manera exagerada y poco solvente.
El asesino quizá haya envejecido mal en cuanto a la sobreexplotación de algunos de sus recursos visuales, pero ante todo es una película notable y muy definitoria de un cineasta que, junto a otros nombres fundamentales del cine hongkonés, demostró al mundo que el cine de acción podía ser también una forma de estilización visual, de melodrama y hasta de poesía. Esto hizo que, en pocos años, el imitador del cine occidental pasase a ser copiado él mismo en Occidente.