
THE BANSHEES OF INISHERIN. 2022. 110´. Color.
Dirección: Martin McDonagh; Guión: Martin McDonagh; Dirección de fotografía: Ben Davis; Montaje: Mikkel E. G. Nielsen; Dirección artística: Paul Ghirardani (Supervisión); Música: Carter Burwell; Diseño de producción: Mark Tildesley; Producción: Graham Broadbent, Peter Czernin y Martin McDonagh, para Searchlight Pictures-Film4-Blueprint Pictures-TSG Entertainment (Irlanda-Reino Unido-EE.UU.).
Intérpretes: Colin Farrell (Pádraic Súilleabháin); Brendan Gleeson (Colm Doherty); Kerry Condon (Siobhán Súilleabháin); Barry Keoghan (Dominic Kearney); Gary Lydon (Peadar Kearney); Pat Shortt (Jonjo Devine); Sheila Flitton (Mrs. McCormick); David Pearse (Sacerdote); Jon Kenny (Gerry); Aaron Monaghan (Declan); Bríd Ní Neachtain (Mrs. O’Riordan).
Sinopsis: En una pequeña isla irlandesa, a comienzos de los años veinte, un hombre decide poner fin de manera repentina a la amistad que durante toda su vida ha mantenido con su compañero habitual de taberna. La incomprensión del abandonado y su empeño por recuperar la relación provocarán consecuencias cada vez más graves.
Nunca es fácil dirigir una película después de haber realizado una obra mayor, como es el caso de Tres anuncios en las afueras. Martin McDonagh afrontó con Almas en pena en Inisherin el reto de dar continuidad a una filmografía corta, pero rayana en la excelencia y caracterizada por combinar la comedia negra con la violencia y el absurdo. El regreso a Irlanda no supuso un cambio radical de registro, ni le privó de un entusiasmo crítico que le ha acompañado desde sus inicios, y que quedó refrendado con las nueve infructuosas candidaturas a los Óscar que obtuvo una película que, a mi juicio, supone el primer tropiezo en la carrera de McDonagh.
Entendida como una comedia negra, Almas en pena en Inisherin carece de gracia, virtud que, si está en el guión, en ningún momento se traslada a los personajes. Visto como un drama, el film es pretencioso y obvio. En la segunda parte de la película, que vira hacia la tragedia, el dudoso humor que pudiera haber antes queda deslucido. La evidente comparación con Siete psicópatas (no sólo repite la pareja protagonista, sino que reaparece ese gusto de McDonagh por colocar a personajes extravagantes en situaciones absurdas) no favorece a una obra en la que uno diría que McDonagh se tomó con demasiado entusiasmo su retorno a Irlanda porque, al contrario de lo que se pretendía, el interés que produce la trama es más local que universal. Almas en pena en Inisherin es una película demasiado irlandesa para quienes no lo somos. La primera escena, en la que Pádraic se dispone a acudir a la taberna como todos los días y descubre que su amigo ya no quiere hablar con él, contiene en pocas imágenes buena parte de lo que será la película: una situación absurda, personajes definidos en pocos trazos y una, repito, muy irlandesa tragedia anunciada. Sucede que el guión retuerce esta premisa hasta más allá de lo absurdo, con el añadido de que resulta muy difícil empatizar con los protagonistas: Colm, músico aficionado que considera que su tiempo está mejor empleado componiendo canciones que conversando con su antiguo amigo, es un ser mezquino. Pádraic, que se niega en redondo a aceptar la ruptura, es un lerdo de buen corazón, que a medida que la situación degenera pierde esa cualidad, tal vez la única que posee. La película es mejor en su inicio, cuando se mantiene en el terreno de la comedia cotidiana, absurda y macabra, que en su segunda mitad, cuando se acerca a lo trágico, pues aquí las decisiones de los personajes dejan la impresión de que McDonagh juega con el público con las cartas marcadas. Si uno no comparte el discurso de que la soledad puede ser más terrible que la compañía de alguien aburrido, no le queda mucho margen para disfrutar de una obra cuyo mayor fracaso es su ambición por convertirse en una parábola de la guerra civil irlandesa, que no llega a la remota aldea que pueblan los protagonistas más que a través del ruido de las bombas que se lanzan sobre las islas más cercanas. Este hecho, el único que podría justificar que Almas en pena en Inisherin sea un film de época, termina por ser más un lastre que un valor.
Martin McDonagh flaquea en el terreno que mejor domina, el de guionista. Como director, tiene la virtud de no abusar de los primeros planos y no ceder a la tentación de marear al espectador con efectistas movimientos de cámara que desvíen la atención de las carencias del libreto. La isla, fotografiada de manera magnífica por Ben Davis, es un microcosmos cargado de misantropía, porque, excepción hecha de Siobhán, la hermana de Pádraic, a sus pobladores no hay por dónde cogerlos. Es un acierto el contraste, muy real, entre los idílicos paisajes y la estupidez de los humanos que la habitan. Como obra sobre los monstruos que genera el aislamiento, Almas en pena en Inisherin ofrece lo mejor de sí misma. En otros terrenos, patina. La moraleja, que no es otra que explicarle al espectador que los conflictos más cruentos suelen tener su origen en agravios triviales, nos la han explicado mejor varias veces, en cine y en literatura (véanse los padres putativos de McDonagh, que son los hermanos Coen, pero lo hizo Saura en La caza; Polanski lo bordó, vía Yasmina Reza, en Un dios salvaje, pero está también en Shakespeare, en Camus, en Flaubert o en los clásicos rusos). Con todo, el mayor pecado del film es no ser nunca divertido.
Colin Farrell es un actor con tendencia a irritarme, y esta vez se queda cerca de conseguirlo. No estoy diciendo que haga un mal trabajo (de hecho, la suya es probablemente la mejor interpretación de la película), pero sí que Almas en pena en Inisherin necesitaba un protagonista que lograra mejorar lo que el guión le ofrece, y Farrell no parece haberlo intentado con el suficiente empeño. Pádraic es un personaje que involuciona a lo largo del film, algo que el actor que le da vida ilustra con corrección, pero hacía falta más para entender por qué ese hombre pasa de ser un tonto entrañable a un tonto malvado. Quizá explicar por qué sólo tiene un amigo en la isla, por ejemplo. Brendan Gleeson hace lo que puede en el papel de Colm, que no cambia de registro en todo el metraje y sólo le permite el lucimiento en la parte musical, que en el film tiene más de pretexto que de subtrama relevante. En cuanto a Kerry Condon, actriz talentosa, sabe aprovechar el papel de la única persona sensata de la isla; cuando la abandona, uno tiene la sensación de que las bombas de los contendientes en la guerra civil podrían alcanzar la isla y no se perdería gran cosa. Barry Keoghan es de lo más destacable del reparto, en el papel de un joven marginado cuya ingenuidad esconde la historia más trágica de una película que, incluso sin él, ya empeoraría la pobre opinión que quien esto escribe tiene acerca de sus semejantes. Pat Shortt, que interpreta al dueño del pub, es el único del elenco que se acerca a lo que uno entiende por comedia. La presencia fantasmagórica de Sheila Flitton, que remite a Macbeth, podría haber dado más de sí, y el resto de secundarios oscilan entre lo costumbrista y lo despreciable.
Las nueve nominaciones al Óscar, y los muchos reconocimientos obtenidos por Almas en pena en Inisherin dicen bastante más del estado actual del cine que de la calidad de una película que es, de lejos, la más prescindible de cuantas ha dirigido Martin McDonagh.