
MUNEKATA KYODAI. 1950. 110´. B/N.
Dirección: Yasujiro Ozu; Guión: Kogo Noda y Yasujiro Ozu, basado en la novela seriada de Jiro Osaragi; Dirección de fotografía: Joji Ojara; Montaje: Toshio Goto; Música: Ichiro Saito; Diseño de producción: Seiya Kajima; Dirección artística: Tomoo Shimogawara; Producción: Hideo Koi e Hiroshi Higo, para Shintoho (Japón).
Intérpretes: Kinuyo Tanaka (Setsuko Munekata); Hideko Takamine (Mariko Munekata); Ken Uehara (Hiroshi Tashiro); Chishû Ryû (Tadachika Munekata); Sanae Takasugi (Yoriko); Sô Yamamura (Mimura); Yuji Hori (Maejima); Tatsuo Saitô, Kamatari Fujiwara, Yoshiko Tsubouchi, Setsuko Horikoshi, Reikichi Kawamura.
Sinopsis: La vida de dos hermanas de caracteres muy diferentes se ve alterada por los problemas de salud del padre, la difícil situación matrimonial de la mayor, casada con un hombre alcohólico y arruinado, y el inesperado regreso de un antiguo amor.
Después del mayúsculo trauma colectivo que supuso para Japón la derrota en la Segunda Guerra Mundial, Yasujiro Ozu regresó a sus quehaceres y, en los años inmediatamente posteriores al fin del conflicto, filmó algunas de sus mejores obras. Estrenada una de ellas, Primavera tardía, Ozu realizó Las hermanas Munekata, una película que quizá no tenga la consideración de sus logros cinematográficos más celebrados, pero que, al menos en mi opinión, demuestra de forma inequívoca por qué su nombre ocupa el lugar que ocupa en la historia del séptimo arte. Fiel al estilo minimalista que siempre le definió, Ozu abordó un drama familiar en apariencia convencional para, sin aspavientos, convertirlo en una reflexión sobre la situación de la mujer en la sociedad japonesa, y el contraste entre tradición y modernidad. Esta obra, como la práctica totalidad del cine japonés hasta la explosión internacional de Kurosawa, apenas fue vista en Occidente y no fue recuperada hasta mucho después de que fuera estrenada en su país de origen. Su gran calidad le ha permitido mantener la vigencia.
Si tengo que destacar una virtud de Las hermanas Munekata por encima de las demás, ésta sería sin duda la capacidad de su director para convertir una historia que sobre el papel podría parecer bastante convencional en un retrato lleno de matices sobre el matrimonio, la familia, el deber y, sobre todo, la posición de las mujeres en una sociedad en la que cambiar de vida no resulta tan sencillo como decirlo. Setsuko está casada con Mimura, un hombre alcohólico, desagradable y arruinado, pero se niega a abandonarlo; Mariko, su hermana menor, mucho más moderna, desenvuelta y aparentemente liberada, intenta convencerla de que existe otra posibilidad. Y en medio de todo ello reaparece Hiroshi, un antiguo amor de Setsuko, de regreso a su país tras un largo período de residencia en Francia. Antes de ello, está la grave enfermedad del padre, hecho que este, en connivencia con su hija mayor, decide ocultar a Mariko. En la interrelación entre las hermanas nunca se ha de olvidar que una de ellas permanece ajena a una situación muy dolorosa que la otra sí conoce. Es decir, que en un principio, y este no es un detalle menor, es Setsuko quien protege a Mariko.
Ozu no se dedica a señalar con el dedo a sus personajes. Mimura es un zángano borracho, pero también alguien que sencillamente no encaja en la sociedad, prefiere a los gatos antes que a los humanos y es infeliz en grado sumo, alguien a quien puedes a la vez despreciar y compadecer. Mariko podría limitarse a ser la mujer moderna que viene a salvar a su hermana de las cadenas de un matrimonio a todas luces fallido, pero las cosas no son tan sencillas. Setsuko sabe perfectamente cómo es su marido, pero también que ha construido su vida alrededor de él; se casaron, por resumirlo con brevedad, por descarte: ella quería a Hiroshi, que partió al extranjero sin declarársele, y Mimura… bueno, a cierta edad un hombre debe casarse. Mariko parece mucho más libre, pero tiene sus propias contradicciones; Hiroshi representa una posibilidad de felicidad que regresa cuando quizá ya es demasiado tarde, pero es un personaje que sirve para explicar que el devenir de la vida y el de la dicha, caminan muchas veces por senderos distintos.
El contraste entre las dos hermanas es quizá el gran punto fuerte de la película. Setsuko es el Japón antiguo: laboriosa, pía, dotada de una capacidad de contención extraordinaria, pero a la vez incapaz de romper con las normas que impone la sociedad, aunque la hagan infeliz. Su vestimenta tradicional la define: también el cansancio, la resignación o ese extraño sentido del deber que la mantiene atada a un matrimonio que parece no proporcionarle más que amargura. Mariko es moderna, directa en su forma de relacionarse con los demás, llena de energía juvenil y viste al modo occidental. Pertenece a una generación que empieza a mirar el mundo de otra manera y que, como casi todas, cree que lo antiguo es malo por sí mismo y que ellos lo harán mejor que quienes les precedieron. Ozu defiende el equilibrio entre tradición y modernidad, y lo hace a través de las palabras del padre.
De alguien que ha dirigido una cantidad considerable de películas, lo mínimo que cabe esperar es mucho oficio, pero Ozu posee algo más que eso. Las hermanas Munekata puede apoyarse en un argumento que en ocasiones es demasiado melodramático, rasgo que la acerca al cine comercial de la época, pero está rodada con una precisión que deja claro quién está detrás de esa cámara casi siempre inmóvil y situada a la altura de una persona sentada sobre un tatami. Los interiores domésticos, las conversaciones, las pausas y esos planos aparentemente insignificantes de calles, edificios o espacios vacíos tienen una función mucho mayor de la que parece. Ozu no necesita llenar cada plano de acontecimientos; le basta con dejar que los personajes respiren dentro de ellos. Y, aunque aquí todavía no encontramos llevada hasta sus últimas consecuencias la depuración formal de algunas de sus obras posteriores, ya está presente esa manera suya de mirar sin invadir, de observar sin convertir la observación en una exhibición de estilo, porque los personajes no dejan de ser lo más importante. En un mundo en el que todo tiene que ser frenético y recargado, ensalzo la quietud que proporciona el cine de Yasujiro Ozu, maestro en el manejo de los silencios. Hay directores que parecen tener miedo de que el espectador se distraiga, o piense por su cuenta, y, por tanto, llenan cada segundo de diálogos, música o movimientos de cámara. Ozu hace justo lo contrario. Impone la calma sin dejar de narrar. En él, hablar de costumbrismo es un elogio. La mezcla de ternura y distancia que caracteriza buena parte de su cine está aquí muy presente. No hay una condena rotunda del matrimonio tradicional ni una defensa ingenua de la emancipación femenina; hay personas intentando sobrevivir a las decisiones que tomaron en el pasado, y construyendo, con mayor o menor acierto, las que determinarán su porvenir. Y, entre ellas, destaca en especial el personaje de Setsuko, que quizá sea el más doloroso de todos porque su tragedia, en el fondo, no consiste en que alguien le impida ser feliz, sino en que ella misma parece no concederse el derecho a intentarlo. En eso se parece a su marido, y ese es en verdad su rasgo común. Esto me parece mucho más interesante que cualquier lectura superficialmente feminista que pueda hacerse de la película.
Las interpretaciones, por supuesto, ayudan muchísimo. Kinuyo Tanaka, icono del cine japonés muy asociada a Mizoguchi, está magnífica, porque consigue que la contención de Setsuko nunca se convierta en inexpresividad. Es un personaje que exige introspección, porque no exterioriza nada sino que todo lo absorbe, y Tanaka consigue gracias a él brillar por encima del resto del reparto. Hideko Takamine da vida a una mujer con mucha más vitalidad, moderna pero menos reflexiva y profunda que su hermana. Buen trabajo el suyo a la hora de ejercer de contraste. Ken Uehara, como Hiroshi, representa en muchos aspectos al hombre ideal, pero carece de un rasgo tan importante como es la determinación. So Yamamura da vida con solvencia al polo opuesto, un individuo infeliz que exporta infelicidad. Y Chishu Ryu, actor en verdad legendario y presencia casi inevitable cuando hablamos de Ozu, aporta esa naturalidad que hace que incluso una pequeña intervención parezca formar parte de la vida de los personajes y no de una película que alguien está interpretando. Como se ha dicho, es él quien en cierto modo ejerce de portavoz del director.
Mucho mejor película de lo que podría sugerir su condición de obra poco citada dentro de la filmografía de Ozu, Las hermanas Munekata demuestra que el director podía desenvolverse dentro de un melodrama al uso sin perder aquello que hacía reconocible su cine. Es una película sobre dos hermanas, un matrimonio que hace aguas, un amor que vuelve demasiado tarde y una familia que intenta decidir qué hacer con todo ello en un futuro como siempre incierto. O sea, una película sobre personas reales. Y Ozu, cuando se dedicaba a observar a la gente, era único.