
THE FAR COUNTRY. 1954. 95´. Color.
Dirección: Anthony Mann; Guión: Borden Chase; Dirección de fotografía: William H. Daniels; Montaje: Russell Schoengarth; Música: Hans J. Salter, Henry Mancini, Herman Stein y Frank Skinner; Dirección artística: Bernard Herzbrun y Alexander Golitzen; Producción: Aaron Rosenberg, para Universal Pictures (EE.UU.).
Intérpretes: James Stewart (Jeff Webster); Ruth Roman (Ronda Castle); Corinne Calvet (Renée Vallon); Walter Brennan (Ben Tatum); John McIntire (Gannon); Jay C. Flippen (Rube); Harry Morgan (Ketchum); Royal Dano (Luke Cottrell); Steve Brodie (Ives); Robert J. Wilke (Madden); Jack Elam (Frank Newberry); Connie Gilchrist (Hominy); Chubby Johnson, Kathleen Freeman, Connie Van.
Sinopsis: Jeff Webster es un hombre solitario que conduce un rebaño de ganado desde Wyoming hasta Alaska en busca de fortuna.
Tierras lejanas se enmarca en la era dorada del western, y es el reflejo de hasta qué punto las carreras de Anthony Mann y James Stewart estuvieron unidas durante la primera mitad de la década de los 50. Ambos habían colaborado en películas de otros géneros, pero fue en el cine del Oeste donde su entente dio resultados más memorables, subvirtiendo varias de las convenciones de esa clase de obras. Si Winchester 73, el primer western del tándem, podía entenderse como una reformulación de los elementos clásicos de las películas de vaqueros, aquí Mann los utiliza para construir algo más sombrío: un western fronterizo, pero no en clave mexicana, zona geográfica protagonista de la notable Incidente en la frontera, sino utilizando como marco la salvaje y gélida Alaska. No es Tierras lejanas la más exitosa ni recordada película de Anthony Mann, pero por su complejidad y espíritu renovador ocupa un lugar destacado en las preferencias de los aficionados al western.
El guión, escrito por un especialista en el género como Borden Chase, también autor del libreto de la mencionada Winchester 73, presenta en su planteamiento temas comunes: el hombre solitario que busca una tierra donde empezar de nuevo, una ciudad donde la ley no es otra que la impuesta a capricho por el hombre más poderoso del lugar, la mujer que intenta escapar de un pasado poco honorable, y, rasgo común en los westerns de Mann, un personaje misántropo que sólo parece sentirse libre cuando está a caballo y lejos de cualquier comunidad organizada. Jeff Webster es un antihéroe, que desconfía de sus semejantes y ansía vivir alejado de ellos. Para ello necesita ganar dinero, algo que espera conseguir vendiendo en Alaska las reses que transporta desde Missouri. Sobre Jeff pende una condena por asesinar a dos de sus hombres, que se disponían a huir llevándose consigo el ganado, y eso le obliga a esconderse en el barco que debe llevarle hasta su lugar de destino. Luego de una refriega con los oficiales del navío, el protagonista encuentra refugio en el camarote de Ronda Castle, una bella mujer que regenta un saloon en Alaska.
Una vez que Webster llega a Skagway, la película adquiere una dimensión diferente. La ciudad, en apariencia próspera y llena de oportunidades, se encuentra en realidad bajo el dominio de Gannon, un personaje que ha convertido la autoridad en un negocio privado y que entiende la ley como una forma más de explotación, condiciones con las que uno puede llegar a presidente de los Estados Unidos en la actualidad. Mann retrata de un modo poco complaciente esos lugares fronterizos en los que mandan el dinero y la violencia, siempre de la mano, y en los que la llegada de un hombre capaz de valerse muy bien por sí mismo en un entorno tan hostil constituye una amenaza para un statu quo que, antes de su aparición, nadie osaba cuestionar. El inevitable enfrentamiento entre Webster y Gannon, que lo es porque ni siquiera un misántropo puede quedarse de brazos cruzados ante la injusticia, es el de la libertad individual frente a la opresión.
Mann factura un western magnífico, de una extraordinaria riqueza visual, en el que el paisaje canadiense desempeña un papel protagonista. La secuencia del desprendimiento de nieve en las montañas marca, de hecho, un giro decisivo de la película. Su dirección es tan sólida y certera como en sus mejores obras. Los enfrentamientos armados, las cabalgadas y las escenas de acción están filmados con una claridad y una energía extraordinarias, pero hay que resaltar que prima el naturalismo frente a la épica: en el duelo final, Jeff recurre al engaño para no ser una víctima fácil, y el tiroteo con Gannon se resuelve en un lugar tan poco distinguido como el hueco entre la entrada al saloon y el suelo. Si hay algún aspecto menos conseguido, quizá se encuentre en ciertos elementos secundarios del argumento, unos personajes femeninos todavía demasiado condicionados por las convenciones del género y algún giro narrativo que responde más a las constantes del western clásico que a una verdadera profundización psicológica, pero son objeciones menores ante la extraordinaria coherencia del conjunto. La espléndida fotografía en Technicolor de William H. Daniels consigue que esos espacios transmitan simultáneamente belleza y amenaza, y en este sentido Tierras lejanas anticipa buena parte de los grandes westerns que Mann realizará en los años siguientes. Hay aquí una naturaleza inmensa que parece ofrecer al hombre la posibilidad de ser no sólo libre, sino también rico, pero, como repite uno de los lugareños, donde hay oro siempre aparecen la codicia y las pistolas.
James Stewart vuelve a estar magnífico como ese hombre de pocas palabras que tiene su propio código moral, que en esencia consiste en creer que el ser humano está podrido y sólo merece la pena tratar con él en busca del propio beneficio. Jeff Webster es un personaje áspero e individualista, pero tiene dos cualidades primordiales para prosperar en ambientes tan complicados: férreos principios, y fuerza para conseguir que se respeten. Walter Brennan está excelente, algo habitual en él, aportando humanidad y humor a una película que de otro modo podría resultar excesivamente sombría. Aunque es su bondad natural lo que pierde a su personaje. John McIntire compone un villano carismático y amenazador, mientras Jay C. Flippen vuelve a demostrar que era uno de esos secundarios capaces de enriquecer cualquier western con su sola presencia. Los principales personajes femeninos representan caracteres antagónicos: Ronda, interpretada con tino por Ruth Roman, es la mujer de pasado deshonroso que intenta hacerse respetable, sirviendo como instrumento de la opresión si es necesario, mientras que Corinne Calvet da vida de forma correcta a una joven que simboliza la ingenuidad pura, pero también el último reducto de esperanza en el ser humano. También resulta llamativa la nómina de intérpretes que aparecen en papeles secundarios, entre ellos Harry Morgan, Royal Dano, Jack Elam y Robert J. Wilke, algunos de ellos destinados a convertirse en rostros habituales del género.
Tierras lejanas es, en resumen, uno de los grandes westerns de Anthony Mann y una película esencial para comprender la evolución del género durante los años cincuenta, cuando se empieza a abandonar la épica, y con ella la figura del héroe inmaculado, y se intenta explicar esas historias de pioneros, violencia y conflicto entre libertad y estructuras sociales modernas de un modo más realista.