EL 47. 2024. 107´. Color.
Dirección: Marcel Barrena; Guión: Marcel Barrena y Alberto Marini; Dirección de fotografía: Isaac Vila; Montaje: Nacho Ruiz Capillas; Música: Arnau Bataller; Diseño de producción: Marta Bazaco; Dirección artística: Clara Rosell Abelló; Producción: Javier Méndez y Laura Fernández Espeso, para Mediapro Studios-3Cat-Movistar Plus-RTVE (España).
Intérpretes: Eduard Fernández (Manolo Vital); Clara Segura (Carmen); Zoe Bonafonte (Joana); Salva Reina (Felipín); Óscar de la Fuente (Antonio); Betsy Túrnez (Aurora); Vicente Romero (Ortega); David Verdaguer (Serra); Aimar Vega (Josep); Carlos Cuevas (Pasqual); Borja Espinosa, Carme Sansa, Francesc Ferrer, Lolo Herrero, Maria Morera, Mireia Rey.
Sinopsis: En la Barcelona de finales de los años setenta, Manolo Vital, conductor de autobuses y vecino de Torre Baró, decide apropiarse de un autobús de la línea 47 para demostrar que los vehículos pueden subir hasta su barrio, al que el Ayuntamiento se niega a llevar el transporte público.
Si bien ya supera los 40 años, los usos y costumbres de la época hacen que quepa incluir a Marcel Barrena en el grupo de los jóvenes cineastas relevantes que han iluminado en los últimos tiempos el por momentos muy oscuro panorama cinematográfico catalán. Autor de varias obras dignas de mención, Barrena llegó a lo más alto de la popularidad y los premios gracias a El 47, film que recrea la llegada del transporte público al extrarradio barcelonés a través de la figura de Manolo Vital, un conductor de autobús asentado en Torre Baró después de llegar a Barcelona procedente de Extremadura. La descarada apuesta por lo popular, lo sentimental y lo reivindicativo de Barrena, fue a todas luces ganadora, con gran éxito de público y cinco Goyas, entre ellos el de mejor película (compartido con La infiltrada) como recompensa para una obra que alterna grandes aciertos con significativos errores.
El punto de partida posee una fuerza extraordinaria. Torre Baró, que en Barcelona es la periferia de la periferia, fue construido por inmigrantes venidos principalmente de Andalucía y Extremadura, y había crecido al margen de la planificación urbana y sin tener cubiertas ninguna de las necesidades básicas que cualquiera asocia a un núcleo urbano. Manolo Vital, uno de los primeros moradores del barrio, líder entre sus convecinos y empleado de Transportes de Barcelona, fue durante muchos años conductor asignado a la línea 47, que hacía el recorrido entre la Plaza Cataluña y el barrio de la Guineueta. Su empeño en que esa ruta llegase hasta Torre Baró es el eje sobre el que se sustenta la película.
El guión, escrito por Barrena junto a Alberto Marini, opta por una narración clásica, transparente, accesible y, no hay por qué disimularlo, tramposa. Quien busque hechos objetivos, complejidad política o una reconstrucción histórica rigurosa hará bien en dirigirse hacia otra parte. El 47 sabe desde el primer momento quiénes son los buenos y quiénes los malos, cuál es la injusticia que debe denunciar y cuál será el desenlace. No hay sorpresas: el problema es que se documenta un hecho real de un modo poco realista. Un servidor no conoce bien la historia de Torre Baró, que incluso para los hijos de otras zonas del extrarradio barcelonés era algo así como una aldea gala, pero sí la de un barrio como el Carmelo, parecido en muchos aspectos, y también la de otros municipios próximos como Santa Coloma de Gramenet, y por eso puede decir que la visión idílica que se da de las personas que moraban esos lugares es una media verdad, propia de gentes que crecieron en ambientes mucho más confortables. Es un hecho que la pobreza no mejora a nadie, y que los sacrificios enormes, la hostilidad de las autoridades, las luchas vecinales, el fuerte sentimiento comunitario y el afán reivindicativo existieron, pero también que esa loable realidad coexistía con un entorno en el que proliferaban situaciones de alcoholismo, violencia en el ámbito familiar, rencillas entre grupos llegados de distintos lugares y, ya en las postrimerías de los años 70, cuando la película narra los hechos que la justifican, problemas de orden público relacionados con la prostitución y, sobre todo, con la extensión del consumo de drogas a las clases populares. En este aspecto, no secundario, El 47 es un film demasiado consciente de a quién debe resultar incómodo y a quién no. Volveré sobre este punto más adelante.
Barrena carga en exceso las tintas. El 47 tiene una ostentosa tendencia al subrayado emocional, y no pocas escenas parecen diseñadas para provocar directamente el aplauso o la lágrima del espectador. Las conversaciones familiares, los enfrentamientos con las autoridades, los discursos reivindicativos y determinados momentos de exaltación colectiva están construidos con una evidente voluntad de conmover. A ratos funciona, porque la pornografía emocional también puede ponerle cachondo a uno, sobre todo si es hijo de gentes como Manolo Vital, que llegaron sin nada en los 50 a Cataluña, nunca renegaron de sus orígenes y prosperaron a fuerza de trabajar como cabrones; otras veces, asoma la impostura. El 47 es un drama social, pero que en una película sobre la inmigración andaluza y extremeña a Cataluña no aparezca ni una sola vez la palabra charnego, la sitúa de lleno en el género de la ciencia-ficción. Barrena debió ver más veces La piel quemada, que se estrenó en pleno franquismo, y en esta y otras cuestiones es una obra más valiente que la suya. En esto, y en el a todas luces excesivo empleo de la lengua catalana a lo largo del metraje, se percibe que TV3 no participó en la producción a cambio de nada. Hay, a mi parecer, otro error importante: la acción de Manolo Vital se nos presenta muy a la americana, como un desafío individual hacia el sistema. La realidad fue otra: el autobusero extremeño, hijo de un campesino fusilado por rojo en la Guerra Civil, fue un activo miembro de Comisiones Obreras y del PSUC, dos organizaciones que respaldaron su acción, al igual que otras similares que se produjeron en distintos barrios. Me pregunto por qué la película obvia esto.
Desde el punto de vista formal, El 47 está muy lejos de la crudeza del cine social de los años setenta y ochenta, marcado por una visceralidad con frecuencia rayana en el desaliño. Barrena opta por una puesta en escena limpia, funcional y perfectamente adaptada al cine comercial contemporáneo, incluso un punto televisiva. La fotografía de Isaac Vila reconstruye una Barcelona reconocible sin convertirla en una postal, aunque las imágenes reales de aquella ciudad intercaladas en la película se noten bastante. Los barrios, las viviendas, los descampados y las calles periféricas poseen una apariencia convincente, pero rara vez transmiten la suciedad o la dureza material que caracterizaron muchos de aquellos espacios. El montaje de Nacho Ruiz Capillas mantiene un ritmo fluido y eficaz, mientras que la música de Arnau Bataller cumple su cometido con solvencia, aunque incurre también en la trampa típica de utilizar la partitura para decirle al espectador cuándo debe emocionarse. Técnicamente, por tanto, es una película mucho más sólida que arriesgada.
La principal virtud de El 47 está en sus actores. Eduard Fernández carga sobre sus hombros con toda la película y lo hace con una naturalidad que explica buena parte de su éxito. Su Manolo Vital no es un revolucionario profesional ni un líder al que el carisma le viene de serie, sino un hombre corriente que descubre que puede hacer algo cuando los cauces habituales no sirven. Que el guión describa a su personaje como un santo laico no le quita un ápice de valor a una interpretación soberbia. Clara Segura está muy bien como Carmen, símbolo de los catalanes que sí se desvivieron por ayudar a los emigrantes llegados del resto de España. Que en las muchas escenas compartidas esté a la altura de ese monstruo que es Eduard Fernández habla muy bien de su desempeño. Zoe Bonafonte, en su primer papel en el cine, da vida a Joana, la hija de Manolo y Carmen, un personaje que funciona más como contrapunto generacional que por su propia entidad dramática. De hecho, toda la subtrama de ella con la coral podría haberse eliminado del montaje sin problemas, y la canción que sirve de epílogo, y lo siento por Chicho Sánchez Ferlosio, debería enseñarse en las escuelas de cine como ejemplo de subrayado innecesario. Salva Reina aporta humanidad y sentido del humor a su rol, que a mi juicio debería haber tenido más importancia, mientras que Vicente Romero está correcto en la piel del policía antagonista, que por supuesto no iba a ser catalán, ni envejece con los años. David Verdaguer aparece en un registro contenido y demuestra, una vez más, que es capaz de ser un actor serio cuando toca.
En definitiva, El 47 es una película eficaz y necesaria, lastrada por un buenismo sentimentaloide que está fuera de lugar en una historia dura. Su valor reside en haber recuperado para el gran público una parte de la memoria popular de esa Barcelona por la que el autobús que jamás va a pasar es el turístico.