
LÉOLO. 1992. 106´. Color.
Dirección: Jean-Claude Lauzon; Guión: Jean-Claude Lauzon; Director de fotografía: Guy Dufaux; Montaje: Michel Arcand; Música: Miscelánea. Canciones de Tom Waits, Gilbert Bécaud, The Rolling Stones, etc.; Diseño de producción: François Séguin; Producción: Lyse Lafontaine y Aimée Danis, para Les Productions du Verseau-Flach Film-Le Studio Canal + (Canadá).
Intérpretes: Maxime Collin (Léolo Lozone); Ginette Reno (Madre); Gilbert Sicotte (Narrador); Julien Guiomar (Abuelo); Pierre Bourgault (Domador de Palabras); Giuditta Del Vecchio (Bianca); Andrée Lachapelle (Psiquiatra); Yves Montmarquette (Fernand); Roland Blouin, Geneviève Samson, Marie-Hèléne Montpetit, Germain Houde, Lorne Brass.
Sinopsis: Léolo es un niño que vive en un barrio marginal de Montreal junto a una familia numerosa en la que la enfermedad mental, la pobreza y la frustración forman parte de la vida cotidiana. El muchacho se refugia en sus fantasías, en la literatura y en el amor idealizado por Bianca para escapar de una realidad que se niega a aceptar.
Nadie podía imaginar que Léolo, el segundo largometraje del quebequés Jean-Claude Lauzon, fuese también el último. Un accidente de aviación acabó con la vida de un creador que había llamado la atención de la crítica. No fueron pocos los especialistas que recibieron Léolo como una de las películas canadienses más singulares de su tiempo, aunque tampoco faltaron quienes consideraron que la exuberancia visual de Jean-Claude Lauzon no iba más allá de un ejercicio de exhibicionismo, forzado hasta el extremo para demostrar originalidad. El film ganó distintos premios en certámenes especializados en el género fantástico, y he de decir que, cuando lo vi al poco de su estreno en España, me decepcionó. Más de tres décadas después, mi opinión sobre Léolo no ha mejorado en lo más mínimo.
Léolo, obra que en palabras del director tiene mucho de autobiográfica, gira alrededor de uno de los temas más repetidos en las historias de infancia: la necesidad de inventarse una identidad distinta cuando la realidad que nos ha tocado vivir resulta insoportable. Aquí, Lauzon enfoca el asunto describiendo a los miembros de una familia disfuncional en grado sumo: el niño leído que se niega a aceptar su origen; la madre autoritaria y desbordada por una prole que no puede controlar; el padre convertido en una presencia casi insignificante; los hermanos, cada uno encerrado en sus propias obsesiones, y una galería de personajes que parecen caricaturas de la marginalidad. La falta de una mirada convencional sobre todos ellos es el rasgo más característico de una obra que, contraviniendo las reglas habituales del cine de iniciación, no contempla la infancia desde un prisma nostálgico, sino como la etapa en la que se aprende que la vida real puede ser infame. Ocurre que todo eso nos lo cuenta una estomagante voz en off, que o bien busca la poesía sin conseguirla, o se muestra soez sin gracia. No hay término medio, sólo un recurso pobre y sobreexplotado para mitigar las carencias de un guión que no es tal, sino más bien una sucesión de ocurrencias y situaciones grotescas que solo llevan a un constante ejercicio de onanismo, a veces en sentido literal.
La mirada de Lauzon, llena de autocomplacencia, transforma la miseria familiar en un ejercicio visual meritorio, arruinado por una narrativa paupérrima y un afán de provocar que, como todo el film, no hace mucho más que dar giros sobre sí mismo. Algunas escenas parecen concebidas para incomodar al espectador antes que para profundizar en los personajes, perfilados con trazo grueso, a excepción del protagonista y del individuo que le sirve de coartada intelectual, bautizado como el Domador de Palabras. Y olé. Algunos episodios (las reiteradas alusiones al enamoramiento imposible hacia Bianca, por ejemplo) podrían haber sido eliminados sin más. Porque Léolo se hace larga, no siendo un film de metraje particularmente extenso. La enfermedad mental, la sexualidad pervertida, la pobreza y la violencia doméstica se exhiben sin pudor, a media película ya se repiten más que el pepino… y lo peor viene después. Frente a todo ello, el protagonista construye un mundo propio hecho de literatura, fantasía y deseo, convencido de que soñar es la única forma de no convertirse en aquello que le rodea. El empeño continuo del repelente niño en demostrar que es una flor en mitad de una charca infecta le podrá servir al director para ajustar cuentas con su pasado, pero un servidor ve en él más clasismo e hipocresía que otra cosa.
Las limitaciones de una producción franco-canadiense de presupuesto relativamente modesto no son obstáculo para que veamos una puesta en escena de considerable ambición, con una fotografía feísta de Guy Dufaux, que en contadas ocasiones incluso encuentra belleza en unos espacios siempre desagradables, y un montaje, de Michel Arcand, que contribuye a esa sensación de galopar sin rumbo en la que se mueve toda la película. La selección musical es de lo mejor de la película, pero pocas veces Tom Waits o los Rolling Stones han servido tanto para rellenar el vacío..
Maxime Collin, el niño protagonista, genera con su interpretación más desprecio que empatía hacia su victimizado personaje. Ginette Reno compone una madre grotesca, pero sí logra darle un punto de humanidad a ese ser caricaturizado, mientras Gilbert Sicotte, el narrador, es una presencia constante y cargante. Giuditta Del Vecchio da el pego como Bianca, figura idealizada, y el resto del reparto se adapta lo mejor que puede y sabe a unos roles exagerados y carentes de profundidad.
Léolo es un ejemplo de que una película hecha con personalidad también puede ser mala. Excesiva, irregular y deliberadamente desagradable, su buena factura visual no salva ni de lejos un conjunto que, como expuse al principio, no deja de ser un ejercicio extremo de onanismo cinematográfico. Léolo juega a ser una comedia dramática surreal de iniciación, pero no es más que un Amarcord de Todo a un Euro, ni le llega a la suela de los zapatos a Kusturica, por citar algunos ejemplos de obras o artistas que sí lograron mostrar la infancia a través de la imaginación de una forma convincente. Vista hoy, me parece peor de lo que juzgué tras mi descorazonador primer visionado, allá por los años noventa.