
SCUM. 1979. 96´. Color.
Dirección: Alan Clarke; Guión: Roy Minton; Dirección de fotografía: Phil Méheux; Montaje: Michael Bradsell; Dirección artística: Mike Porter; Producción: Davina Belling y Clive Parsons, para Boyd´s Company-Berwick Street Films (Reino Unido).
Intérpretes: Ray Winstone (Carlin); Mick Ford (Archer); Julian Firth (Davis); Phil Daniels (Richards); John Blundell (Banks); John Fowler (Woods); Patrick Murray (Dougan); Herbert Norville (Toyne); Peter Howell (Gobernador); Jo Kendall (Enfermera jefe); John Grillo (Mr. Goodyear); John Judd (Mr. Sands); Ray Burdis (Eckersley); Phillip Jackson (Greaves); Bill Dean, P.H. Moriarty, Nigel Humphries, George Winter, Alrick Riley.
Sinopsis: Carlin, un joven delincuente, ingresa en un reformatorio británico famoso por su dureza tras haber agredido a un funcionario en el correccional en el que estuvo recluido con anterioridad.
Roy Minton, socio habitual de Alan Clarke, construyó un guion preciso y contundente, en el que cada escena parece destinada a desmontar la idea de que la delincuencia juvenil es sólo un problema individual. Escoria habla de jóvenes, de muy distinta naturaleza, pero que comparten el hecho de haber sido excluidos por la sociedad. Allí se juntan chicos pobres e inadaptados. Algunos de ellos son, en efecto, personajes que están mejor entre rejas que en ninguna otra parte, pero lo que la película muestra a las claras es que, dentro de una institución perversa y corrupta, no existe esperanza, sino que todos los internos saldrán del reformatorio siendo peores que cuando ingresaron en él.
Alan Clarke filma este mundo de forma austera, con una frialdad que resulta mucho más perturbadora que cualquier exceso dramático. Su cámara permanece cerca de los personajes, capta sus emociones, pero no sucumbe al impulso de manipular las del espectador. La violencia se exhibe de manera seca, pues no en vano forma parte de la rutina del correccional. En este sentido, Escoria es una película de terror, porque nos enseña a unos personajes encerrados en un escenario de pesadilla, que parece diseñado al milímetro para aniquilar el único patrimonio de cualquier joven: la esperanza en el futuro. Las puertas del reformatorio son las del infierno de Dante. La evolución de Carlin, que después de someter a los internos matones de la institución, que no son otra cosa que los esbirros del sistema al nivel jerárquico más bajo, se convierte en alguien similar a ellos, es sintomática. Su liderazgo entre los muchachos mejora bastante más su vida que la de ellos. Caso distinto es el de Archer, un chico mayor, culto y vegetariano, que practica una especie de resistencia pacífica que enerva a los funcionarios aún más que la visceralidad de Carlin, porque pocas cosas hieren más el orgullo de un clasista que tener que discutir con una rata educada.
La fotografía de Phil Méheux refuerza esa impresión de asfixia. Los espacios del reformatorio, filmados con una desnudez casi documental, transmiten una sensación de abandono absoluto. Los dormitorios, los pasillos y los patios no son simplemente escenarios, sino la expresión física de una estructura donde la violencia es el elemento principal del mobiliario. Su estallido no es más que cuestión de tiempo.
El reparto es extraordinario y está encabezado por un joven Ray Winstone, que, como varios de sus compañeros, ya había aparecido en Quadrophenia y de quien, viéndole actuar en esta película, no sorprende la gran carrera que ha tenido desde entonces. Su interpretación combina dureza, rabia contenida y un punto de fragilidad que nunca llega a desaparecer, y que es lo que impide que se deshumanice a la manera de los matones a quienes destronó. Mick Ford, que ha tenido una trayectoria más discreta y centrada en la televisión, está magnífico como Archer, el culto contestatario. Julian Firth, otro actor de calidad, da vida de forma conmovedora a Davis, una víctima propiciatoria, y Phil Daniels aporta naturalidad en la piel de Richards, uno de los internos que más claro lleva escrito el destino de ser carne de presidio. Los actores adultos, que interpretan a los responsables del centro (en Escoria, el exterior no existe: no hay un sólo plano que indique que hay vida más allá del reformatorio) representan distintas formas, cínicas o brutales, de una autoridad que sólo es capaz de imponerse mediante la fuerza. Dentro de ese plantel, John Judd da verdadero miedo.
Escoria es una película áspera, violenta y profundamente triste sobre un lugar donde la infancia ha sido sustituida demasiado pronto por la supervivencia. Viéndola, uno entiende, aunque ni de lejos comparte, que la BBC decidiera no emitirla. Es de esos films que nadie quiere ver, aunque todo el mundo debería hacerlo.