FIVE EASY PIECES. 1970. 96´. Color.
Dirección: Bob Rafelson; Guión: Carole Eastman (Adrien Joice), basado en un argumento coescrito con Bob Rafelson; Dirección de fotografía: László Kovács; Montaje: Christopher Holmes y Gerald Shepard; Música: Miscelánea. Piezas de Johann Sebastian Bach, Fréderic Chopin, W.A. Mozart, y canciones de Tammy Wynette; Dirección artística: Toby Carr Rafelson; Producción: Richard Wechsler y Bob Rafelson, para BBS Productions-Columbia Pictures (EE.UU.).
Intérpretes: Jack Nicholson (Robert Dupea); Karen Black (Rayette Dipesto); Susan Anspach (Catherine Van Ost); Lois Smith (Partita Dupea); Ralph Waite (Carl Fidelio Dupea); Billy Green Bush (Elton); Fannie Flagg (Stoney); Helena Kallianiotes (Palm Apodaca); Sally Ann Struthers (Betty); William Challee, Marlena MacGuire, John P. Ryan, Tony Basil, Irene Dailey, Lorna Thayer, Richard Stahl.
Sinopsis: Un talentoso músico, que ha dejado de tocar y trabaja en una refinería, viaja hasta el estado de Washington después de saber que su padre está gravemente enfermo.
Mi vida es mi vida fue uno de los títulos que consagraron al llamado Nuevo Hollywood, así como la película que reveló que Jack Nicholson iba a ser una de las grandes figuras del cine estadounidense venidero. Después del experimento al servicio de los Monkees que fue Head, Rafelson realizó su primera obra personal, una película que es el retrato de un hombre errante. Tenemos aquí casi todas las coordenadas del nuevo cine estadounidense: influencias europeas, de John Cassavetes y de la factoría Corman, espíritu independiente, búsqueda del realismo y afán de reflejar el lado de Norteamérica que Hollywood prefería obviar. Rodada con un presupuesto inferior al millón de dólares, la película fue un éxito sorpresa, que encandiló a la crítica neoyorquina y sumó cuatro nominaciones a los Óscar, aunque no logró ninguna de las estatuillas a las que aspiraba.
En esencia, Mi vida es mi vida es la historia de una huida. Robert Dupea procede de una familia acomodada y culta, posee una extraordinaria formación musical y, por lo que descubrimos poco a poco, podría haber llevado una existencia privilegiada. Sin embargo, ha elegido viajar sin rumbo hasta trabajar en un campo petrolífero, vivir en una casa vulgar y mantener una relación con Rayette, una camarera de escasa cultura, que aspira a ser cantante de country y le ama con una intensidad que él no es capaz de corresponder. Robert huyó de la vida burguesa y refinada que le correspondía, pero tampoco halló la felicidad entre la clase obrera, porque deslomarse a trabajar por un salario escaso, y no tener más entretenimiento que ver la televisión, beber e ir a la bolera tampoco es que sea un paraíso terrenal.
Rafelson, apoyado en el libreto escrito por Carol Eastman, construye el personaje sin necesidad de explicarlo demasiado. Robert habla poco y tiene una actitud abúlica. Es un inadaptado profesional, o más bien un infeliz que toma la mitad de todos los caminos: no soporta la vulgaridad de su entorno, pero tampoco acepta la sofisticación del mundo al que pertenece por nacimiento; no quiere a Rayette, sometida a un maltrato psicológico constante, aunque se resiste a la idea de abandonarla para siempre; desprecia a su familia, pero regresa al hogar cuando su padre está agonizando; rechaza las convenciones sociales, a la vez que es incapaz de desligarse por completo de ellas y ser de verdad libre. Su rebeldía tiene, por tanto, algo de impostura. Es, en resumen, un personaje con el que resulta muy difícil empatizar, cualidad de la que él mismo carece. Robert Dupea es tan desagradable como fascinante. Puede ser egoísta, cruel y condescendiente, pero su incapacidad para adaptarse al mundo convencional procede de una insatisfacción profunda. El personaje no es un rebelde al modo usual de la contracultura: no tiene una alternativa mejor, sólo que ninguna de las existentes le parece digerible. Es una diferencia que explica a la perfección el tono melancólico de la película y que permite entender por qué su final resulta tan coherente: Robert no encuentra una solución, simplemente continúa huyendo. Eso sí, nunca podrá escapar de sí mismo. Allá donde vaya, siempre será alguien que no pertenece, un desarraigado.
La película está construida a partir de momentos concretos que sirven para definir al protagonista, enfrentado al mundo que le rodea: la escena del atasco, en la que afloran el carácter indómito y el talento musical de Robert; la de la bolera, que ilustra el desprecio que siente hacia Rayette; la aparición de los dos autoestopistas lesbianas, que representan el lado más aborrecible de la contracultura; la secuencia en la cafetería, que deja clara la incapacidad de Robert para aceptar unas normas que, por otro lado, son estúpidas; el encuentro en el estudio de grabación con su hermana Tita, la única persona a la que se siente unido, si bien la permanencia de ella en la familia y en la música les separan; la autoconfesión ante el padre, casi reducido a la condición de vegetal; el intento de tener lo que rechaza de Rayette, una relación de pareja estable, con Catherine, la prometida de su hermano, que ella rechaza con demoledora sinceridad. Todo ello dota a la película de una complejidad psicológica que es el elemento decisivo para captar el interés del espectador, incluso de aquel a quien el protagonista puede resultar odioso.
En la puesta en escena, Rafelson apuesta por un naturalismo que entonces era poco común. No hay una voluntad de embellecer América, ni de convertir la carretera en un espacio romántico de libertad. La fotografía de László Kovács, de tono crepuscular, encuentra belleza en los paisajes y en la luz, pero nunca parece imponerla sobre los personajes. La cámara acompaña a Robert, más que observarlo desde una posición de superioridad, y el montaje mantiene esa sensación de desplazamiento continuo, de vida que transcurre sin que nadie termine de saber exactamente qué está buscando. Es una película que parece sencilla, porque lo es, y porque Bob Rafelson huye de la tentación de complicarla de manera artificiosa. La música expresa a la perfección la dualidad del film, porque está compuesta casi a la par de piezas clásicas (el pasado de Robert) y canciones country (su presente).
Al ver la película, se entiende que Jack Nicholson consiguiera gracias a ella su primera nominación al Óscar como actor principal. Nicholson se revela como un actor pura sangre, que da vida a Robert Dupea con una naturalidad que resulta sorprendente incluso para quienes conocemos de sobra su capacidad como intérprete. Lejos del histrionismo que tantas veces le ha caracterizado, Nicholson regala un trabajo contenido, árido y con esa habilidad para resultar inquietante marca de la casa. Karen Black, ganadora del Globo de Oro por este papel, está magnífica como Rayette, y su interpretación consigue algo bastante difícil: que el personaje pueda transmitir su profundo desvalimiento sin ser plenamente trágico, al modo de la Cabiria de Fellini y Giulietta Masina. Susan Anspach, casi una debutante en la gran pantalla, aporta una elegancia fría y melancólica, que casi linda con el existencialismo, como Catherine, mientras Lois Smith consigue transmitir con enorme sensibilidad el vínculo entre la familia y la música. Hay buenas interpretaciones de Billie Green Bush, Helena Kallianiotes (la hippie obsesionada con la suciedad) o Ralph Waite, además de una aparición interesante del duro John P. Ryan, pero la película pertenece a Nicholson, que encuentra aquí uno de esos personajes que parecen escritos para él y que, al mismo tiempo, contribuyen de manera decisiva a construir la imagen que el actor mantendría durante décadas.
Gran película, amarga y desencantada. Mi vida es mi vida habla de la necesidad de escapar, pero también de la imposibilidad de dejar de ser quien eres vayas donde vayas. Por eso, el camino de Robert Dupea, y de las personas que son como él, sólo se detiene con la muerte.