
SEND ME NO FLOWERS. 1964. 98´. Color.
Dirección: Norman Jewison; Guión: Julius J. Epstein, basado en la obra teatral de Norman Barasch y Carroll Moore; Director de fotografía: Daniel Fapp; Montaje: J. Terry Williams; Música: Frank DeVol; Dirección artística: Robert Clatworthy y Alexander Golitzen; Producción: Harry Keller, para Universal Pictures (EE.UU.).
Intérpretes: Rock Hudson (George Kimball); Doris Day (Judy Kimball); Tony Randall (Arnold Nash); Paul Lynde (Mr. Akins); Hal March (Winston Burr); Edward Andrews (Dr. Morrissey); Clint Walker (Bert); Patricia Barry (Linda); Clive Clerk, Dave Willock, Aline Towne.
Sinopsis: Un hipocondríaco, convencido de que padece una enfermedad terminal, decide afrontar sus últimas semanas de vida para, con la ayuda de un amigo y vecino, conseguir que su esposa pueda rehacer su existencia junto a otro hombre.
Director, como tantos otros de sus coetáneos, curtido en la televisión, Norman Jewison se especializó en sus primeras películas en la comedia, sin duda uno de los géneros más populares. Su anterior trabajo, Su pequeña aventura, era un vehículo para el lucimiento de una de las estrellas de la época, Doris Day, con quien Jewison repitió en su siguiente proyecto, No me mandes flores, la tercera y última de las películas que la actriz coprotagonizó junto a Rock Hudson y Tony Randall. Se trata de una comedia matrimonial de apariencia ligera que, bajo su envoltorio de enredo, contiene una mirada de talante conservador, pero más perspicaz de lo que pudiera parecer, sobre las relaciones de pareja, los usos y costumbres sociales y el rol de las mujeres en el mundo moderno.
La película parte de una premisa disparatada: George Kimball, hipocondríaco hasta extremos casi patológicos, interpreta de forma errónea una conversación telefónica de su médico, al que visita con cansina regularidad, y llega a la conclusión de que le queda muy poco tiempo de vida. En lugar de comunicarle a su esposa que va a morir, se alía con su amigo y vecino Arnold, que decide ahogar en alcohol la pena que le ha provocado la noticia, para buscarle un sustituto que pueda acompañarla cuando él haya fallecido. Lo que en principio podría parecer una muestra de generosidad acaba convirtiéndose en una sucesión de malentendidos que, como suele ocurrir en las mejores comedias de enredo, terminan poniendo al descubierto aquello que los protagonistas, en especial el masculino, intentaban ocultar. George no sólo teme morir, lo que en cierto modo es una profecía autocumplida: teme, sobre todo, que su mujer no haga lo que él espera. Sus sueños son muy reveladores: antes de creer que su vida se acaba, imagina remedios extraordinarios que curan las terribles enfermedades que piensa que padece; después, sus pesadillas se centran en su viuda viviendo la vida loca junto al joven empleado de la sastrería.
No me mandes flores es, en este sentido, una comedia menos inocente de lo que aparenta. Jewison, apoyado en un guión muy ingenioso de Julius Epstein, aprovecha la situación para cuestionar una concepción del matrimonio en la que el marido es el único miembro con derecho a voto. George está convencido de que Judy necesitará un hombre que la proteja cuando él falte y, desde esa premisa, organiza su futuro sin contar con ella. El equívoco resulta divertido porque el espectador sabe algo que él ignora: que la hipótesis sobre la que construye todo el entramado es falsa.
El director maneja con solvencia los mecanismos de la comedia clásica, sin apartarse del origen teatral del proyecto, ni de los cánones establecidos en las anteriores comedias protagonizadas por Doris Day y Rock Hudson. No hay grandes alardes formales, porque tampoco los necesita una historia concebida para que los actores y las situaciones cómicas lleven el peso del relato. La cámara acompaña discretamente la acción y Jewison demuestra que sabe obtener rendimiento de los espacios domésticos, de las reuniones sociales y de esos ambientes de clase media acomodada en los que se desarrolla buena parte de la película. Ahí su experiencia, no sólo televisiva sino en largometrajes de corte similar, es clave. El resultado tiene la ligereza propia de una producción destinada al entretenimiento, pero también la precisión de un cineasta que conoce perfectamente su oficio. Al buen resultado del conjunto contribuye la fotografía de Daniel Fapp, operador todoterreno con un bagaje importante en la comedia, cuya utilización del color proporciona a la película una apariencia elegante, acorde con el universo confortable de sus protagonistas. También resulta muy eficaz la música de Frank DeVol, que aporta ese toque de sofisticación y dinamismo tan característico de buena parte de las comedias norteamericanas de la época. Para complementar este apartado, la canción principal, obra del dúo Bacharach-David, es en verdad inspirada. La película funciona, por tanto, como una pieza de artesanía hollywoodiense en la que todos los elementos están puestos al servicio de un objetivo muy concreto: hacer reír sin renunciar a una observación irónica de los modos de comportamiento mayoritarios en la sociedad.
El principal atractivo de No me mandes flores reside, sin embargo, en su trío protagonista. Doris Day demuestra una vez más que se le daba francamente bien interpretar a Doris Day. Judy es una esposa convencional, pero ni sumisa ni estúpida. Y la actriz resuelve muy bien su principal momento cómico, que es la escena en la que el lechero le trae las viandas y se le cierra la puerta, dejándola fuera de la casa y sin margen de maniobra. Rock Hudson, por su parte, encuentra en George Kimball uno de esos personajes que le permiten sacar partido de su capacidad para la comedia. Cansado de interpretar a galanes, Hudson se miró en el espejo de Cary Grant y salió reforzado de sus incursiones en el género. El enfermo imaginario al que da vida es una fuente permanente de situaciones cómicas: cuanto más intenta forzar que su mundo siga respondiendo a sus deseos cuando fallezca, más absurdo resulta todo lo que hace. La química entre Hudson y Doris Day es, por supuesto, uno de los grandes activos de la película, que sin embargo sería peor sin el trabajo del tercer eslabón del triángulo: Tony Randall, cómico notable que brilla en el papel de amigo abnegado y etílico. Hal March, como seductor irredento, y sobre todo Edward Andrews, que asume el papel del agobiado médico de George, se lucen en sus respectivos papeles. Otro momento cómico a destacar lo protagoniza el gigantón Clint Walker, que interpreta al hombre a quien George escoge para ser el futuro marido de Judy, saliendo a duras penas de su diminuto biplaza.
No me mandes flores es un entretenimiento ligero, y así hay que verlo para que el disfrute sea el esperado. Es amable, divertida, sofisticada y previsible, porque hay mucho margen para el enredo pero ninguno para la sorpresa, mas nada estúpida. Day, Hudson y Randall están espléndidos, la factura visual es impecable y el conjunto posee esa mezcla de elegancia, ingenio y profesionalidad que caracteriza a buena parte del mejor Hollywood comercial de los años sesenta.