
DAYEREH. 2000. 89´. Color.
Dirección: Jafar Panahi; Guión: Kambuzia Partovi, según un argumento de Jafar Panahi; Dirección de fotografía: Bahram Badakhshani; Montaje: Jafar Panahi; Diseño de producción: Vajihollah Fariborzi; Dirección artística: Iraj Raminfar; Producción: Jafar Panahi, para Jafar Panahi Film Productions-Mikado Film-Lumière & Co. (Irán-Italia-Suiza).
Intérpretes: Nargess Mamizadeh (Nargess); Maryiam Parvin Almani (Arezou); Fereshteh Sadr Orafai (Pari); Fatemeh Naghavi (Nayer); Monir Arab (Monir); Elham Saboktakin (Elham); Maedeh Tahmasebi (Maedeh); Mojgan Faramarzi (Zan); Solmaz Panahi, Abbas Alizadeh, Maryam Shayegan, Khadiyeh Moradi.
Sinopsis: Varias mujeres recorren las calles de Teherán intentando resolver problemas cotidianos que, por su condición femenina, se convierten en obstáculos prácticamente insalvables.
Formado como ayudante de dirección del pionero del nuevo cine iraní, Abbas Kiarostami, a Jafar Panahi no le arredraron las limitaciones impuestas por la censura padecidas por su mentor, sino todo lo contrario, pues desde sus inicios se aventuró a crear obras realistas que bien pronto le granjearon la hostilidad del régimen de los ayatolás, algo extraño dado que la tolerancia y la defensa de la libertad son dos de sus divisas, dentro y fuera de sus límites territoriales. Con su tercer largometraje, El círculo, Panahi se adentró en un territorio mucho más incómodo que en sus films precedentes, porque la película es un retrato descarnado de la situación de la mujer en la sociedad iraní. La recompensa fue dispar: El círculo obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia, aunque en su país tuvo que enfrentarse a la prohibición de las autoridades y marcó el inicio de una cruenta persecución al director que todavía dura.
El círculo narra varias historias protagonizadas por mujeres que, en principio, no parecen tener relación entre sí. Una de ellas acaba de dar a luz y descubre que ha tenido una niña, circunstancia que provoca el rechazo de la familia del bebé, que esperaba un varón. Poco después, otras mujeres, cuyo nexo de unión consiste en estar perseguidas por las autoridades, intentan conseguir dinero, abandonar Teherán, encontrar un lugar donde alojarse o simplemente salir adelante en una ciudad en la que su condición femenina las coloca bajo sospecha. Entre ellas está Pari, una antigua reclusa que busca con denuedo una vía de escape para su precaria situación, ya que es expulsada por sus hermanos del hogar familiar nada más volver a casa; también Nargess y Arezou, que intentan conseguir dinero para poder marcharse de la capital; y Nayereh, una mujer que, incapaz de hacerse cargo de su propia hija, acaba tomando una decisión terrible. Las historias van sucediéndose y, de manera casi imperceptible, los personajes se cruzan, de modo que lo que al principio parecía una colección de episodios independientes termina adquiriendo la forma de un único relato. El círculo al que alude el título no es, por tanto, un simple recurso narrativo: es también la metáfora de una sociedad en la que estas mujeres parecen condenadas a regresar una y otra vez al mismo punto de partida. El plano final, ese pausado travelling del siniestro habitáculo que acaban compartiendo las protagonistas, lo expresa con nitidez.
El film es una buena muestra de lo difícil que es hacer cine de denuncia en un país sometido a una de las censuras más estrictas que existen en el planeta. Panahi no necesita mostrar grandes escenas de violencia, ni recurrir a discursos solemnes para que el espectador comprenda cuál es la situación de sus protagonistas. Basta con observar los pequeños o grandes problemas a los que se enfrentan para comprobar hasta qué punto sus vidas ni siquiera les pertenecen en sus aspectos más nimios. No pueden viajar con libertad, necesitan justificar sus actos una y otra vez, encuentran dificultades para trabajar o alojarse y, en muchos momentos, ni siquiera pueden caminar por la calle sin temor a ser detenidas. En Teherán, una mujer sola no es que sea ignorada, es que ese solo hecho la convierte en sospechosa. Lo aterrador es que Panahi logra que todo esto parezca cotidiano, porque nada de lo que se narra nos es presentado como excepcional, sino como parte del día a día. En ese contexto, no queda más que alabar la valentía del director al sacar a relucir un tema tan espinoso como la prostitución, y por hacerlo además con sensibilidad.
El director evita presentar a sus protagonistas como meras víctimas. Lo son, pero actúan mucho más de lo que se lamentan. La solidaridad entre ellas aparece de manera intermitente, aunque nunca basta para romper el círculo. En este aspecto, el cambio de actitud que muestra ante Pari la única de las protagonistas que ha logrado una vida estable, y que para ello ha debido ocultar por completo su pasado, es paradigmático.
Desde el inicio, el director nos hace partícipes de esta realidad creando una atmósfera cada vez más angustiosa, en buena medida gracias a una puesta en escena que obliga al espectador a acompañar, casi como un testigo directo, a las mujeres en sus desplazamientos. En esto, el trabajo de cámara es fundamental, y el director utilizó una técnica distinta para narrar cada una de las historias. Predomina, como es de imaginar, la cámara en mano, en ocasiones oculta: casi siempre se mueve con las protagonistas, las sigue mediante planos-secuencia, las observa desde cerca, y es imposible ignorar la sensación de permanente inseguridad que desprenden esas imágenes. Eso sí, para narrar la última de las historias por orden cronológico, que es la de la mujer más resignada a su destino de todas las principales, la cámara permanece siempre estática. El montaje, obra del propio Panahi, resulta especialmente eficaz a la hora de enlazar unas historias con otras, porque cada personaje que abandona la pantalla parece dejar el testigo a otro que continuará el mismo recorrido. Con todo, es en ese tramo final cuando se aprecia en exceso el afán del director por dar forma a esa estructura circular que define esta obra, que da lugar a algún giro forzado.
La música tiene una presencia muy discreta, como corresponde a una obra que busca ante todo el realismo. No es detalle baladí que adquiera mayor relevancia en la escena que tiene lugar en un furgón policial. Es digna de elogio la fotografía de Bahram Badakhshani, sobria y naturalista, que convierte las laberínticas calles de Teherán en un espacio tan importante como cualquiera de los personajes.
Las actrices, casi todas ellas no profesionales, realizan un trabajo excelente. Nargess Mamizadeh transmite con eficacia la mezcla de entusiasmo y desesperación de una mujer que intenta huir para empezar una nueva vida, mientras que Maryiam Parvin Almani y Fereshteh Sadre Orafaiy aportan dos registros diferentes, el segundo más enérgico, de la misma indefensión frente al sistema. Esta última ofrece la mejor interpretación del elenco como Pari, una mujer que ha huido de la cárcel para poder abortar. Fatemeh Naghavi, por su parte, consigue desde la parquedad que el personaje de Nayer resulte doloroso, porque su estatismo le hace ser más un espejo de la realidad que la rodea que una presencia en sí misma. El resto del reparto cumple con buena nota, contribuyendo a ese tono casi documental que preside toda la película.
El círculo es una película que por momentos roza el sobresaliente, un drama duro que es un instrumento de denuncia sin renunciar a la calidad artística. Con un epílogo demoledor, se trata de un film que deja huella. Ojalá todo ese sector tan comprometido del mundo del cine ponga todo su empeño, ese que dedican a causas mucho más indignas, para que Jafar Panahi, condenado hace poco a un año de cárcel y dos de prohibición de abandonar su país, pueda rodar películas con libertad, la misma que deberían disfrutar las mujeres iraníes.