
EL PICO. 1983. 108´. Color.
Dirección: Eloy de la Iglesia; Guión: Eloy de la Iglesia y Gonzalo Goicoechea; Dirección de fotografía: Hans Burmann; Montaje: José Salcedo; Música: Luis Iriondo; Producción: José Antonio Pérez Giner, para Ópalo Films (España).
Intérpretes: José Luis Manzano (Paco); José Manuel Cervino (Evaristo Torrecuadrada); Javier García (Urko); Luis Iriondo (Martín Aramendía); Lali Espinet (Betty); Enrique San Francisco (Mikel Orbea); Ovidi Montllor (El Cojo); Marta Molins (Pilar); Queta Ariel (Eulalia Torrecuadrada); Pedro Nieva Parola (Teniente Alcántara); Alfred Lucchetti, Guillermo Reinlein, Marta Pérez, Santi Pons.
Sinopsis: Dos jóvenes adolescentes, Paco y Urko, hijos respectivamente de un comandante de la Guardia Civil y de un militante abertzale, mantienen una estrecha amistad pese a proceder de mundos enfrentados. La introducción de ambos en el consumo de heroína desencadenará una espiral de dependencia, delincuencia y destrucción personal que afectará también a sus familias.
Ejemplo de cineasta maldito a la española, Eloy de la Iglesia dirigió, al amparo de las libertades recuperadas tras la muerte del dictador Francisco Franco, una serie de películas en las que retrataba ambientes marginales desde una óptica que mezclaba homosexualidad, militancia política y delincuencia. Varias de esas películas se engloban en una de las corrientes en boga en el cine español de la época, el cine quinqui. Después de Miedo a salir de noche, Navajeros y Colegas, llegó El pico, una de las obras más polémicas y representativas de la España de la Transición. La película aborda dos de los grandes conflictos de la época: la expansión de la drogadicción entre los jóvenes y el conflicto vasco, utilizando ambos elementos como factores que condicionan la vida de sus protagonistas. Las explícitas alusiones a la homosexualidad, tema tabú en nuestra sociedad, hicieron el resto: el estreno del film generó una fuerte controversia, tanto por la crudeza de sus imágenes como por la forma directa con la que mostraba un problema que todavía generaba incomodidad en la España de Naranjito la reconversión industrial. Con todo, y pese al desprecio de la mayor parte de la crítica, el resultado en las taquillas fue excelente, lo que provocó el rodaje de una secuela casi inmediata, con gran parte del equipo implicado en la nueva producción.
A diferencia de lo habitual en el cine quinqui, los jóvenes protagonistas no provienen de ambientes marginales. Son dos niños bien, unidos por la amistad, pero separados por las identidades políticas de sus familias. Es la adicción a la heroína, que se ilustra ya en el primer tercio de la película, lo que sumerge a esos chicos en la marginalidad. La presencia simultánea de la Guardia Civil y del nacionalismo vasco introduce una lectura simbólica en la que Paco, hijo de un comandante de la Benemérita, y Urko, vástago a su vez de un destacado líder abertzale, representan una posibilidad de entendimiento que acaba destruida por circunstancias que los superan. La droga, o más concretamente los devastadores efectos de la adicción, es lo que termina por unir a dos personajes antagónicos en lo ideológico, pero tan incapaces el uno como el otro de entender la problemática de la juventud.
El guión, escrito por Eloy de la Iglesia junto a Gonzalo Goicoechea, apuesta por una narración directa y de fuerte componente melodramático. Quien busque la sutileza, que vea otra película, porque en esta no la va a encontrar ni de refilón. El Pico es un monumento al exceso, que se redime en parte por la intensidad de sus mejores secuencias y por lo honesto de su propuesta. Este es el estilo del director: un cine visceral, preocupado más por provocar una reacción en el espectador que por mantener una distancia analítica que de hecho él mismo (homosexual, comunista militante y heroinómano, como buena parte de los que formaron el equipo técnico y, sobre todo, artístico del film) era incapaz de guardar. Por poner un ejemplo concreto: la película muestra la connivencia entre las fuerzas del orden y los narcotraficantes en Euskadi, una teoría muy enraizada en el independentismo vasco que, como mucho, es una media verdad que se cae con dos argumentos: que en el resto de España, los devastadores efectos de la socialización del consumo de drogas duras, con la consiguiente subida de los delitos violentos, fueron como mínimo iguales que los del País Vasco, y que nadie fue obligado a inyectarse heroína por gente de uniforme. Mantener lo contrario viene a ser un equivalente a la justificación de las violaciones por el vestuario provocativo de sus víctimas. Lo que sí hubo, en todo el país, fue una sociedad empeñada en mirar hacia otro lado respecto a un problema que ya era importante en todo Occidente, lo que dio pie a una desinformación galopante a todos los niveles, un cóctel que terminó por explotar.
Desde el punto de vista formal, El pico mantiene una puesta en escena sobria, cercana al tremendismo que caracteriza buena parte del cine quinqui de los años ochenta. Los barrios urbanos, los bares, las calles y los espacios deteriorados en los que se mueven los personajes transmiten una sensación de abandono, amplificada por el hecho de que, en los 80, Bilbao y sus alrededores eran un ejemplo de fealdad urbanística. La fotografía de Hans Burmann evita idealizar esos ambientes y contribuye a crear una atmósfera opresiva, acorde con la acelerada degradación de los protagonistas. El montaje favorece una narración dinámica, pero no se trata de engañar a nadie, ni de poner paños calientes: en lo técnico, El Pico es desaliñada, cuando no torpe, aunque justo es reconocer que, por las condiciones en las que fue rodada, lo milagroso fue que saliese una película con cara y ojos. La banda sonora, obra de Luis Iriondo, es efectista y más bien pobre en recursos musicales.
En las interpretaciones se mezclan la autenticidad y el buen trabajo de algunos profesionales. José Luis Manzano, actor habitual del cine de Eloy de la Iglesia, exhibe naturalidad como Paco, un joven que lleva su afán de rebeldía por la senda de la autodestrucción. Javier García, como Urko, funciona como contrapunto y aporta credibilidad a la relación de amistad que sostiene la película. En el apartado adulto destaca José Manuel Cervino, cuya voz fue doblada en lo que a mi juicio fue un error tremendo. El mejor actor entre una legión de drogadictos, Cervino supo darle humanidad a su personaje y situarlo lo suficientemente lejos del estereotipo simbólico de la autoridad represora. Luis Iriondo, que da vida al líder abertzale, hace una interpretación floja, mientras que Lali Espinet, la Andrea Albani de las numerosas películas S que la catapultaron a una efímera fama, ofrece un nivel discreto, en parte por culpa de su impostado acento argentino. Cuentan que ella fue la suministradora oficial de heroína en el rodaje, y lo cierto es que esa sustancia, como sucedió con varios de sus compañeros, terminó llevándosela también por delante. Ovidi Montllor está convincente en el papel de El Cojo, un traficante con muchos amigos en la Guardia Civil, Marta Molins no desentona en el rol de su esposa heroinómana, y la interpretación de Pedro Nieva Parola no pasará a la historia. Dejo para el final a Enrique San Francisco porque su personaje, alter ego de Eloy de la Iglesia, rompe con la honestidad de la película, dado que esta le atribuye un rol redentor respecto a Paco/José Luis Manzano que, según declaraciones a posteriori del propio director, también es una verdad a medias. Dicho lo cual, la interpretación de San Francisco posee el descaro tan propio de él.
En definitiva, El pico es una película irregular en muchos aspectos, especialmente por su tendencia al exceso dramático, pero posee una fuerza innegable. Su valor histórico, más que el cinematográfico, reside en la valentía con la que abordó problemas sociales que todavía estaban lejos de resolverse: la heroína, la marginalidad juvenil, la violencia política y la crisis de referentes de una parte de la juventud española. Todavía hoy es un film provocador que genera debate.