
ANORA. 2024. 137´. Color.
Dirección: Sean Baker; Guión: Sean Baker; Director de fotografía: Drew Daniels; Montaje: Sean Baker; Música: Joseph Capalbo; Diseño de producción: Stephen Phelps; Dirección artística: Ryan Scott Fitzgerald; Producción: Sean Baker, Alex Coco y Samantha Quan, para FilmNation Entertainment-Cre Film (EE.UU.).
Intérpretes: Mikey Madison (Anora “Ani” Mikheeva); Mark Eydelshteyn (Ivan “Vanya” Zakharov); Yura Borisov (Igor); Karren Karagulian (Toros); Vache Tovmasyan (Garnik); Luna Sofía Miranda (Lulu); Lindsey Normington (Diamond); Alena Gurevich (Klara); Ivy Wolk (Brooke); Darya Ekamasova (Galina Zakharova); Alexei Serebryakov (Nikolai Zakharov); Paolo Fulgencio, Ella Rubin, Anton Bitter, Morgan Charlton, Artyom Trubnikov, Mickey O´Hagan, Maria Tichinskaya, Vlad Mamai, Ross Brodar, Emily Weider.
Sinopsis: Anora, es una joven prostituta que trabaja en un club de Nueva York. Su vida cambia cuando conoce a Ivan, el hijo de un poderoso empresario ruso.
Aunque lleva años catalogado como la gran esperanza blanca del indie estadounidense, confieso que la filmografía de Sean Baker, autor en lo más estricto del término que se encarga de casi todo en sus películas, me era desconocida hasta ver Anora. Film difícil de clasificar, que consiguió la dupla mágica: Palma de Oro en Cannes y Óscar a la mejor película, estatuilla que se unió a otras cuatro, tres de ellas para Baker en las categorías de director, guionista y editor. Conviene relativizar tamaño triunfo en una época en la que el cine vive la mayor crisis creativa de su historia, pero había que comprobar si Baker es una luz en la oscuridad, o bien otro fenómeno inflado de corto recorrido. Vista la película, me quedo con la primera de esas opciones.
En Anora, Sean Baker se centra en dos personajes situados en los extremos de la sociedad para construir una película que tiene tanto de tributo a la screwball comedy como de drama amargo sobre el dinero, el deseo, el vacío existencial y las relaciones de poder. El director neoyorquino, que demuestra conocer bien los recovecos étnicos de su enorme ciudad, convierte la historia de una joven que parece la protagonista de un cuento de hadas contemporáneo en una reflexión, tirando a agria, sobre la fragilidad de los sueños cuando chocan con la realidad, y sobre lo bien que está montado el sistema para que todos cumplamos sin chistar con el rol que se nos ha asignado.
Ani no cuadra con el cliché contemporáneo de la heroína inmaculada y víctima inocente de la sociedad machista, ni con el de prostituta objeto de trata al que se reduce a todo el colectivo al que pertenece desde una visión más castradora y moralista que de amparo a las profesionales del sexo. Sean Baker la presenta como una joven de su época, obviamente de baja extracción social, que se prostituye para ganarse la vida. Una noche cualquiera en el club se convertirá en su particular cuento de la Cenicienta, pero el mundo real es inmisericorde con quienes todavía creen en los cuentos.
La primera parte de la película funciona como una explosión de energía, porque es, digamos, la parte bonita del cuento. La relación entre Ani e Ivan avanza a una velocidad vertiginosa, entre fiestas, lujo, drogas y esa sensación constante de irrealidad que, sin embargo, constituye el día a día de las jóvenes élites económicas. Baker filma ese universo con una mezcla de fascinación e ironía: el dinero parece capaz de conseguirlo todo, pero sólo mientras el conjunto se mantenga dentro de los límites aceptables por esas élites. La boda improvisada en Las Vegas actúa como el punto de máxima ilusión y también como el momento en que la película empieza a desmontar su propio sueño romántico.
Uno de los grandes aciertos de Anora es su capacidad para cambiar de tono sin perder coherencia. Lo que comienza como una comedia frenética cercana a los clásicos de los años 30 termina por transformarse en un relato mucho más tenso, incluso trágico por momentos, aunque la presencia del trío de mafiosos otorga a esa parte un tono bufo que aleja al relato de la facilona moralina progre. La llegada de la familia de Ivan introduce una estructura de poder mucho más clara: frente a Ani aparece un mundo de privilegios económicos donde las personas pueden convertirse en problemas que hay que resolver. El mundo al que ella jamás debe pertenecer. El gran éxito del capitalismo, ya sea en América, Europa, China o Rusia, es hacernos creer que la lucha de clases es algo que pertenece a otra época.
Sean Baker filma la historia con una puesta en escena nerviosa, excesiva y videoclipera en lo que a las fiestas se refiere, aunque cercana a sus personajes, que combina momentos de caos con escenas de marcado aire intimista. La cámara acompaña a Ani sin juzgarla, observando tanto su fuerza como sus momentos de vulnerabilidad. La fotografía de Drew Daniels aprovecha los contrastes entre los espacios luminosos y excesivos del lujo y los ambientes más cotidianos de Brooklyn, reforzando la distancia entre las fantasías que vende el dinero y la vida real de quienes quedan fuera de ellas. Anora es una película sobre una ilusión que dura poco, pero también sobre la necesidad de tener esperanza… porque el plano final nos enseña lo que sucede cuando se pierde. Sean Baker no ridiculiza los deseos de su protagonista ni presenta su búsqueda de una vida mejor como una ingenuidad condenable; lo que hace es mostrar cómo esos deseos chocan con estructuras mucho más poderosas que las personas que intentan escapar de ellas. Ani se ciega ante la exhibición del lujo, pero quién no lo haría. La película habla de amor, pero sobre todo de dinero; habla de libertad, pero mucho más de dependencia; habla de una fantasía romántica, pero sobre todo de cómo la realidad es un muro que, por mucho que queramos, no se va a mover. Como todo cuento, Anora tiene moraleja, dos en este caso: la primera, la expuse en el tercer párrafo; la segunda, es que nunca hay que poner a un príncipe ante la disyuntiva de dejar de serlo, en especial si ese príncipe es un soberano imbécil.
Mikey Madison realiza una interpretación extraordinaria, construyendo un personaje lleno de matices. El pequeño personaje que tenía en Érase una vez en Hollywood era todo lo que conocía de ella, por lo que su actuación en Anora supone una verdadera revelación. Su Ani puede ser impulsiva, divertida, agresiva y vulnerable en cuestión de segundos, y la actriz consigue transmitir todas esas contradicciones sin que ninguna parezca falsa, incluso su impetuosa, por no decir histérica, reacción ante la visita indeseada de los lacayos enviados por sus suegros, que se basa en la creencia de tener un poder, una influencia sobre los acontecimientos, que más tarde comprobaremos que no era tal. Mark Eydelshteyn aporta a Ivan una mezcla inquietante de inmadurez y privilegio: un joven que parece tenerlo todo, pero cuya libertad depende completamente del poder económico de su familia. Un niñato rico y carente de seso, por resumir. Yura Borisov destaca especialmente como Igor, el hierático sicario, un personaje que podría haber sido simplemente una pieza del conflicto y que acaba revelando una humanidad inesperada, al pasar de testigo mudo a actor principal del mismo. Con todo, la nota más alta, después de la de Mikey Madison, le corresponde a Karren Karagulian, impagable hombre para todo que es a la vez un profesional de los pies a la cabeza y uno de esos gangsters descacharrantes de las películas de Kusturica. Antológica es la respuesta de su personaje cuando le dicen que busque el rastro de Vanya en las redes sociales: «No tengo Instagram, soy un adulto». Completa el trío otro que también se luce, Vache Tovmasyan. Del resto, Darya Ekamasova acojona, que es para lo que está su personaje, símbolo del poder económico, y Luna Sofía Miranda, stripper auténtica antes de su aparición en la película, demuestra que puede tener un buen porvenir como actriz.
Con una mezcla bien lograda de humor, crudeza y sensibilidad, Anora me ha convencido de manera rotunda, y deja claro que hay talento en Sean Baker. Es una película vibrante, incómoda a diestra y siniestra, y profundamente humana, capaz de hacer reír al espectador mientras lo conduce hacia una reflexión mucho más dolorosa sobre las diferencias de clase y la dificultad de encontrar un lugar propio en un mundo donde todo tiene un precio. Ah, y en contra de lo que algunos dicen, no se hace larga. Dejad de ver vídeos de dos minutos como máximo y descubriréis un mundo lleno de maravillas. Decir, por último, que no puedo converger con quienes afirman que Anora es el reverso de Pretty woman, porque nunca he conseguido ver entera esa cosa. Quizá algún día lo haga.