Por aquello de aclarar conceptos desde el principio, es preciso decir que para disfrutar con esta película hay que dejarse llevar, porque la trama es un combate a muerte contra la lógica y la suspensión de la incredulidad queda fuera de la ecuación desde el mismo prólogo, en el que una joven que pierde un autobús de excursionistas en los Alpes suizos acaba brutalmente asesinada luego de acceder a un apartado chalet. Añado que quienes acusan de excesivamente autorreferencial al Dario Argento ochentero no yerran en exceso el tiro, porque este film tiene bastante de nueva versión de Suspiria. Phenomena pertenece a la etapa más desatada de Dario Argento, donde su cine abandona casi por completo la lógica para entregarse a una fantasía macabra sin filtros. Si en Suspiria el relato era endeble, aquí directamente se disuelve en una acumulación de ideas tan sugestivas como inconexas: telepatía entomológica, asesinos deformes, monos vengativos y un clímax cercano al delirio.
El guion carece de cohesión, con personajes que entran y salen sin desarrollo y situaciones que rozan lo absurdo. Argento no parece interesado en construir una intriga sólida, sino en encadenar escenas de fuerte impacto visual y conceptual. La investigación de los crímenes, que en el giallo clásico funcionaba como eje estructural, aquí es poco más que un pretexto. Aun así, esa falta de lógica puede leerse como una apuesta por lo onírico: la película avanza como una pesadilla caprichosa, donde cada elemento responde más a una intuición estética que a una necesidad narrativa. Quizá consciente de esta endeblez literaria, Argento recurre a la acumulación de elementos: su propia obra precedente, el terror paranormal, el slasher de los 80, que es a la vez causa y consecuencia en el terror italiano, el gore (en algunas escenas, Argento parece poseído por el espíritu de Lucio Fulci) o los filmes de terror con coartada científica. Además, Phenomena evidencia un progresivo alejamiento del giallo clásico; aunque conserva elementos del subgénero (asesinatos, investigación, identidad del asesino oculta mediante el recurrente uso de la cámara subjetiva), los mezcla con componentes fantásticos y casi de cuento macabro, ampliando su universo hacia un terror más híbrido. Esta tendencia ya estaba presente en Suspiria, pero aquí se radicaliza hasta lo extravagante. Muestra de ello es un final que sólo puede explicarse desde el delirio.
Sin embargo, Argento compensa estas carencias con una puesta en escena hipnótica. La fotografía de Romano Albani, de corte más naturalista que la empleada en las obras mayores del director, construye paisajes de una belleza inquietante, donde la naturaleza —bosques, insectos, niebla— adquiere un protagonismo casi sobrenatural. A ello se suma la música, firmada en parte por Goblin y Claudio Simonetti, que alterna pasajes atmosféricos con irrupciones de rock contundente, generando un contraste tan desconcertante como efectivo. Todo contribuye a crear una atmósfera única, a medio camino entre el cuento de hadas oscuro y el horror más grotesco. Eso sí, sutilezas, las justas: la música de Goblin es estridente e invasiva, mientras que la presencia de canciones de bandas punteras del heavy metal de los 80, como Iron Maiden o Motorhead, sólo se entiende desde el punto de vista comercial, pues la masiva audiencia metalera suponía una buena parte de la clientela de los films de terror en aquellos años. Cosa distinta es que esas canciones encajen en la película, porque eso no sucede ni de lejos.
Jennifer Connelly, que nunca se ha mostrado demasiado entusiasta al recordar su participación en Phenomena, aporta una presencia etérea que encaja bien con el tono irreal del conjunto, aunque su personaje, por mucho que mezcle una presencia casi virginal con ese poder que tiene sobre los invertebrados, carece de un verdadero arco dramático. Por su parte, Donald Pleasence compone un entomólogo excéntrico y ambiguo, cuya relación con el mundo de los insectos refuerza el carácter extraño del film. Aunque este tipo de personaje estaba demasiado presente en la carrera de Pleasence, nunca dejó de ser un actor de primer nivel, y su interpretación es la mejor del elenco. Dentro del reparto de Phenomena, hay varias presencias vinculadas previamente al cine de Dario Argento, aunque no todas con el mismo peso. La más destacada es Daria Nicolodi, colaboradora habitual del director tanto delante como detrás de la cámara. Nicolodi fue co-guionista de Suspiria y actriz en títulos clave como Rojo oscuro, además de aparecer en Inferno. Su presencia en Phenomena refuerza esa continuidad creativa dentro del universo argentiniano, si bien aquí se deja llevar por el desquiciamiento de la mujer a la que interpreta en el largo clímax de la película. También aparece Fiore Argento, hija del director, que ya había trabajado con él en Inferno, consolidando así una colaboración familiar recurrente en su filmografía. Patrick Bauchau, cuyo personaje apenas tiene peso en la historia, no parece enterarse muy bien de lo que estaba sucediendo, mientras que Dalila Di Lazzaro se muestra correcta como inflexible directora de la escuela.
En resumen, Phenomena es una película que no aburre, pero en la que los defectos de Dario Argento como cineasta se imponen a sus virtudes. La forma está muy bien, pero el fondo flaquea de lo lindo.