CHAPLIN. ESPÍRITU GITANO. 2024. 90´. Color.
Dirección: Carmen Chaplin; Guión: Carmen Chaplin, Ashim Bhalla, Isaki Lacuesta y Amaia Ramírez; Dirección de fotografía: Kenneth Oribe; Montaje: Julia Juániz; Música: Nathaniel Méchaly; Diseño de producción: Silvia Martínez; Producción: Carmen Chaplin, Stany Coppet, Dolores Chaplin, Ashim Bhalla, Nano Arrieta y Michael J. Chaplin, para Kwanon Films-Wave of Humanity-Basque Films-Atlántika Films (España-Países Bajos-Reino Unido).
Intérpretes: Michael J. Chaplin, Charles Chaplin (material de archivo), Victoria Chaplin, Geraldine Chaplin, Jane Chaplin, Christopher Chaplin, Lita Cabellut, Johnny Depp, Emir Kusturica, Tony Gatlif, Stochelo Rosenberg, Farruquito, Akilles Coppet Chaplin.
Sinopsis: Documental que explora la conexión de la familia de Charles Chaplin con el pueblo romaní, indagando en las raíces culturales del cineasta y en cómo estas pudieron influir en su vida y en su obra.
Para un buen número de aficionados al cine, el nombre de Carmen Chaplin había permanecido en un discreto segundo plano, eclipsado inevitablemente por el peso del apellido que porta. Una guadianesca trayectoria como actriz, sin títulos demasiado destacables, y tres cortometrajes sin apenas recorrido eran su bagaje hasta que asumió la realización de un documental de corte familiar. Con Chaplin: Espíritu gitano, la directora se propone arrojar luz sobre un aspecto poco explorado de la biografía de su abuelo, alejándose del retrato convencional del genio para adentrarse en una dimensión identitaria y cultural menos transitada. El resultado es un documental de vocación íntima que, sin embargo, no termina de desprenderse de cierta sensación de cautela reverencial. Con todo, la buena acogida recibida en el festival de San Sebastián y la dimensión internacional de este trabajo suponen un espaldarazo para la carrera de la nieta del genio.
No hace falta insistir en la dificultad de aportar algo verdaderamente novedoso sobre una figura tan estudiada como la de Charles Chaplin. A diferencia de otras biografías centradas en su ascenso artístico o en sus conflictos políticos, aquí el eje se sitúa en la posible herencia romaní del cineasta. Esta premisa, sugerente en teoría, obliga a la directora a moverse en un terreno a medio camino entre la investigación histórica y la evocación personal, sin que ninguna de las dos vertientes llegue a imponerse con claridad. El respaldo familiar, como ocurría en otros proyectos de parecida naturaleza, facilita el acceso a testimonios y archivos valiosos, pero también parece limitar la profundidad crítica de un relato que parte de un hecho desconocido hasta ahora: que Charles Chaplin, a tenor del contenido de una carta que le envió un hombre de origen romaní llamado Jack Hill, no había nacido en los suburbios de Londres, como él mismo suponía, sino en un campamento gitano a las afueras de Birmingham. Chaplin, pese a no ocultar sus raíces a quienes más de cerca le conocieron, guardó bajo llave esa carta, encontrada por sus herederos después de su fallecimiento.
Hubo, como bien apunta el documental, un Chaplin anterior al mito: el niño marcado por la pobreza en el Londres victoriano, hijo de artistas de variedades y criado en un entorno precario, con el abandono de su padre alcohólico y la inestabilidad mental de su madre como mejor explicación para una infancia llena de privaciones, que moldeó su sensibilidad. En ese contexto, la posible conexión con el mundo gitano se presenta más como una intuición cultural que como una certeza documentada. La película traza paralelismos entre la figura del vagabundo —su icónico Charlot— y la tradición nómada, subrayando temas como el desarraigo, la marginalidad o la capacidad de superación de las penurias. Sin embargo, estos vínculos, aunque sugerentes, se apoyan más en la interpretación que en pruebas concluyentes. Muchas veces, y esta película es una muestra, se elige lo que se quiere encontrat y, después, se busca.
El metraje se sostiene fundamentalmente sobre material de archivo y entrevistas, entre las que destaca la presencia de Michael Chaplin, cuya cercanía aporta calidez, así como intervenciones puntuales de figuras como Johnny Depp o el gran director Emir Kusturica, retratista del pueblo gitano en buena parte de su obra, que refuerzan el atractivo mediático del conjunto. Es en esos momentos, cuando la película se deja llevar por la memoria familiar y la admiración compartida, donde encuentra su mayor autenticidad. Por el contrario, las recreaciones animadas y ciertos pasajes más ensayísticos tienden a diluir el foco y a ralentizar el ritmo. Volviendo a Michael, gran eje de la narración, en cierto modo el film ilustra el regreso a los orígenes del hijo descarriado, que ya en la ancianidad afronta de un modo más sereno el doloroso hecho de haber sido una decepción para su padre.
La película discurre con una cadencia pausada, casi contemplativa, que puede resultar envolvente para el espectador predispuesto, pero también algo irregular en su desarrollo. Se echa en falta una mayor contundencia a la hora de articular su tesis principal, así como una mirada más incisiva que trascienda el homenaje. El trabajo técnico es solvente, y la música de Nathaniel Méchaly exhibe lo mejor de la cultura gitana y acentúa el tono evocador de la película.
Son muchos los documentales dedicados a Charles Chaplin, y este aporta un ángulo singular, aunque no del todo desarrollado. Chaplin: Espíritu gitano funciona como una aproximación sensible y curiosa a una faceta poco conocida del cineasta, pero se queda a medio camino entre la investigación reveladora y el tributo familiar. Interesante como complemento, pues tiene el mérito de explicar, aunque no de documentar de un modo exhaustivo, un aspecto desconocido de la vida de Charles Chaplin, pero queda lejos de convertirse en la obra definitiva sobre el mito.