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ASSAULT ON WALL STREET. 2013. 98´. Color.
Dirección: Uwe Boll; Guión: Uwe Boll; Director de fotografía: Mathias Neumann; Montaje: Thomas Sabinsky; Diseño de producción: Geoff Wallace; Música: Jessica de Rooij; Dirección artística: Tara Arnett; Producción: Daniel Clarke, para Lynne Peak Productions (Canadá.-EE.UU.).
Intérpretes: Dominic Purcell (Jim Baxford); Erin Karpluk (Rosie Baxford); Edward Furlong (Sean); John Heard (Jeremy Stancroft); Keith David (Freddie); Michael Paré (Frank); Eric Roberts (Abogado); Lochlyn Munro (Robert Canworth); Tyron Leitso (Spalding Smith); Mike Dopud, Barclay Hope, Heather Feeney, Michaela Mann, Carrie Genzel, Jerry Trimble, Clint Howard.
Sinopsis: Un vigilante de seguridad ve cómo sus ahorros se esfuman justo cuando su esposa debe afrontar un caro tratamiento contra el cáncer.
Al margen de sus denostadas adaptaciones cinematográficas de videojuegos, que en los albores del internet estilo circo romano que hoy tan bien conocemos le granjearon el calificativo de peor director del mundo, Uwe Boll ha levantado distintos proyectos de naturaleza más comprometida, entre los cuales se encuentra la que en opinión de muchos es su obra más lograda, Asalto a Wall Street, lectura visceral de las consecuencias de la crisis financiera de 2008. Sin llegar a generar ningún entusiasmo crítico, en buena parte porque el grueso de la profesión ignoró la película por llevar la firma de Boll, no fueron escasos los espectadores que aplaudieron un film honesto y de calado, que demostró que el director alemán era capaz de realizar obras de una calidad mucho mayor de la que se le suponía.
El colapso financiero de 2008, de alcance mundial y cuyas secuelas todavía se arrastran, dio pie a numerosas películas, algunas de ellas de un nivel muy alto. Mientras la mayoría de esos films abordaron las causas de la crisis, así como sus consecuencias a gran escala, pocas obras descendieron a ras de suelo para mostrar el efecto que ese desastre, cuyo origen no fue otro que la codicia de unos cuantos, y el nulo control ejercido sobre ellos por quienes estaban ahí para eso, tuvo en muchos pequeños ahorradores, a los que la situación arrastró a la ruina. Ahí entra Uwe Boll, que toma como punto de partida en su guión los esquemas impuestos por los films de justicieros urbanos desde la seminal Death Wish, estrenada a mediados de los años 70: los malos, que en este caso pueblan lujosas oficinas de Manhattan, aprietan más allá de los límites de lo soportable al tipo equivocado, y por ello sufrirán su venganza. Asalto a Wall Street es innegablemente maniquea, pero como en esta historia es tan obvio quiénes representan el mal, no por ello la película deja de funcionar a nivel narrativo, pese a que la desmesura característica del director asome por doquier. La historia es entretenida y enérgica, y el mayor inconveniente que puede ponérsele es que Uwe Boll opta por un final abierto que, además de estar cogido por los pelos, rompe con la naturaleza expiatoria del relato.
En la parte técnica, existen decisiones en la puesta en escena que, más que discutibles, son erróneas. En todo momento, Uwe Boll juega a ser moderno, muchas veces forzando demasiado su enfoque. Uno no acaba de ver el motivo por el que muchos diálogos se ilustran mediante la técnica del barrido, que puede ser un modo de huir del típico plano-contraplano que, sin embargo, termina por resultar cargante por reiteración. De igual modo, en varias escenas funciona bien la apuesta por la música electrónica, compuesta por Jessica de Rooij, pero en el clímax, ya de por sí recargado en lo visual, se opta por la estridencia, con lo cual la banda sonora invade el relato, más que acompañarlo. En general, Uwe Boll es tan sutil como un puñetazo en el estómago, pero esta vez, debido a que su desordenado estilo está al servicio de una buena causa, a la que no perjudica un punto de vista tan radical, y a que se nota que el director se tomó más tiempo que otras veces en el intento de elaborar un producto digno, el resultado es una buena película. Lástima del final, repito. Ya he mencionado que Asalto a Wall Street asume los códigos de los films de justicieros, pero hay otra obra a la que remite en muchos aspectos: Un día de furia. Ese epílogo propuesto por Boll es, además de incoherente, lo que priva a su película de heredar el halo trágico que sí poseía el film de Joel Schumacher.
El reparto incluye estrellas de la televisión, viejas glorias, habituales del cine de Uwe Boll, e intérpretes que son, o fueron, dos de las tres cosas. Dominic Purcell es un actor discreto, pero es justo reconocer que le pone empeño a su trabajo y resulta convincente como víctima convertida en verdugo. El peso de la película recae sobre sus hombros, y Purcell lo soporta por la energía que imprime a su personaje, que tampoco es nada fuera de lo normal sobre el papel. Erin Karpluk, buena actriz que ha desarrollado gran parte de su carrera en la televisión, realiza un trabajo más que digno en la piel de una mujer marcada por la desgracia, pero que posee una naturaleza casi angelical que aporta un contraste muy adecuado a un film marcadamente masculino. Edward Furlong, antaño niño prodigio hoy convertido en adulto castigado por la vida, interpreta al mejor amigo del protagonista de manera correcta, dándole a su personaje parte de su propio poso de derrota. El mejor actor del elenco, John Heard, da vida al tiburón despiadado de Wall Street, y lo hace con su habitual buen hacer, luciéndose en su escena final con un monólogo que describe muy bien cómo piensan los tipos de su clase. El muy prolífico Keith David da un toque de calidad a un rol muy esquemático, y el compinche habitual de Boll Michael Paré cumple en el papel del otro amigo policía del protagonista.
Ante películas como Asalto a Wall Street, el riesgo de decir que es una mierda porque la dirige Uwe Boll, o una maravilla precisamente por lo mismo, es notorio. Ni una cosa, ni la otra. Una buena, y necesaria, película, eso sí lo es.