
LES NOCES ROUGES. 1973. 95´. Color.
Dirección: Claude Chabrol; Guión: Claude Chabrol; Dirección de fotografía: Jean Rabier; Montaje: Monique y Jacques Gaillard; Música: Pierre Jansen; Diseño de producción: Guy Littaye; Producción: André Génovès, para Les Films de la Boétie- Canaria Films-Italian International Film (Francia-Italia).
Intérpretes: Stéphane Audran (Lucienne Delamare); Michel Piccoli (Pierre Maury); Claude Piéplu (Paul Delamare); Clotilde Joano (Clotilde Maury); Eliana De Santis (Hélène); François Robert (Auriol); Daniel Lecourtois (Prefecto); Pippo Merisi, Ermanno Casanova, Henri Berger.
Sinopsis: Lucienne es la esposa de un importante político francés de provincias. Engaña a su marido con Pierre, inmerso en un matrimonio desgraciado.
Relaciones sangrientas se enmarca en una época, la comprendida entre el final de la década de los 60 y la primera mitad de los años 70, en la que vieron la luz varias de las obras mayores de Claude Chabrol, un cineasta surgido en los albores de la Nouvelle Vague, pero cuyos intereses se apartan del estilo de los tótems de dicho movimiento. Muy influido por Hitchcock y el cine negro, Chabrol es conocido por mostrar el lado oscuro, o directamente homicida, de la burguesía francesa de provincias. Tanto en su estreno como ahora, no faltan quienes consideran que esta película no se halla entre las mejores del director, pero sí es representativa de lo mejor de su manera de hacer cine.
El gran tema de la película, y también de la obra de Claude Chabrol, es retratar la podredumbre que subyace bajo la capa de prosperidad económica, buenas maneras y gusto exquisito de los burgueses. A través de una crítica social que el director no se esfuerza en ocultar, inspirada en un hecho real acaecido en el país vecino pocos años antes, el film desnuda las taras de todo un colectivo a partir de un pequeño grupo de personajes con los que se muestra inmisericorde: Pierre y Lucienne, la pareja infiel, es esclava del deseo y la lujuria; Paul, el político de alto rango y marido de Lucienne, es un cínico que, bajo su manto de prócer de la comunidad, lo sacrifica todo, incluyendo su matrimonio, con tal de satisfacer su codicia, mientras que Clotilde, la esposa de Pierre, es la abulia personificada, un ser incapacitado para disfrutar de la vida. Por su parte, Hélène, la hija preadolescente de Lucienne, no se sabe muy bien si es corta de pura inocencia, o un ser perverso y taimado, pero en todo caso es el factor clave en el desenlace de la historia. Chabrol ilustra la pasión que existe entre los amantes con una cercanía casi jocosa, porque se trata de dos personas ya en la mediana edad y con una envidiable posición social, que cuando están solas se comportan como dos quinceañeras, incluso en la manera en la que ocultan su romance frente a miradas indiscretas. Tiene su gracia que, en la asamblea local, en la que ambos están presentes, al analizar las señales de intrusión en el viejo palacio que utilizan Pierre y Lucienne para sus escapadas amatorias bajo techo, las autoridades responsabilicen de las pequeñas alteraciones en el menaje y la decoración a unos muchachos de la zona. Tampoco se queda corto, en cuanto a una ironía presente desde la frase de Esquilo que aparece en pantalla con anterioridad a los títulos de crédito, que esas dos personas tan respetables, y a la vez tan lujuriosas, no encuentren mejor forma de hallar la felicidad que mediante el homicidio.
Ya he mencionado que el influjo de Hitchcock es poderoso en la obra de Chabrol, y en Relaciones sangrientas, la huella del maestro londinense está en muchas escenas. Otra influencia obvia es Perdición, el genial film que hizo Billy Wilder a partir de la novela de James M. Cain, aunque es preciso señalar que, en el film de Chabrol, lo que empuja a la pareja de amantes al asesinato no es el dinero, sino el sexo. El director se rodea, una vez más, de su equipo técnico de siempre, algunos de cuyos miembros, como el editor Jacques Gaillard, le acompañaban desde su ópera prima, El bello Sergio. Destaca la fotografía de Jean Rabier, que capta la suntuosidad de los salones y el sol de la campiña, pero también el gris del amanecer en invierno y las miserias que afloran en la oscuridad de la madrugada. Pierre Jansen compone una banda sonora de creciente dramatismo, utilizando las disonancias pero de un modo sutil, lejos del primitivismo empleado en El carnicero. En lo literario, la película aprueba con creces: el relato es lúcido y avanza con fluidez, los diálogos eluden la trascendencia pero son verosímiles y proporcionan la información necesaria respecto a lo que no se dice, y existe coherencia narrativa en todo momento. La mayor objeción que puede ponérsele al film en este aspecto es que, en el epílogo, Chabrol le otorga a la historia una forma de cuento moral que, a mi parecer, chirría.
Michel Piccoli no formaba parte de la troupe de Claude Chabrol, aunque ya había trabajado a sus órdenes en La década prodigiosa. Desde su reconocido laconismo, este gran actor transmite cómo Pierre se deja llevar por lo libidinoso hasta llegar al asesinato. En su trabajo, el espectador capta a la perfección el contraste entre la intachable imagen pública de ese prestigioso y elegante burgués, y su verdadera naturaleza, que aflora en la intimidad. Stéphane Audran, musa de Chabrol desde hacía más de una década, comunica, por medio de su particular belleza y su intensa mirada, el mundo interior de una mujer que se casó con el dinero, pero a la que lo que de verdad la mueve es el sexo. Su rostro en el plano del instante en que su personaje se sabe perdido es, en verdad, el espejo del alma. Claude Piéplu, actor a quien muchos recuerdan por su presencia en diversos films protagonizados por Louis de Funès, interpreta a un cínico integral, que bajo su fachada de hombre íntegro esconde a otro miembro de ese extenso clan internacional que considera que el servicio público empieza por uno mismo. Que el personaje sea impotente, y que asuma con tanta entereza la infidelidad de su esposa mientras siga siendo discreta, humilla a la mujer y, en cierto modo, precipita la tragedia. Piéplu hace un trabajo notable, a la altura del de sus compañeros. Clotilde Joano, en una ironía del destino, interpreta un personaje carente de vida mientras la suya, en la vida real, se estaba apagando. Su papel es muy secundario, pero lo desempeña con acierto. La joven Eliana de Santis consigue ser ambigua, mientras François Robert, en uno de sus escasos trabajos en la gran pantalla, cumple en el rol de investigador.
Relaciones sangrientas es una película notable que refleja a la perfección el estilo de su autor.