MY DINNER WITH ANDRÉ. 1981. 110´. Color.
Dirección: Louis Malle; Guión: Wallace Shawn y André Gregory; Director de fotografía: Jeri Sopanen; Montaje: Suzanne Baron; Música: Allen Shawn; Diseño de producción: David Mitchell; Producción: George W. George y Beverly Karp, para Saga Productions Inc.- The Andre Company (EE.UU.-Francia).
Intérpretes: Wallace Shawn y André Gregory (Ellos mismos); Jean Lenauer, Roy Butler.
Sinopsis: Dos antiguos amigos del mundo del teatro se reúnen en un restaurante.
Dentro de su desigual periplo estadounidense, Louis Malle cosechó un rotundo éxito con Atlantic City, film que le volvió a situar en un lugar alto de la lista de cineastas de prestigio. El siguiente proyecto del director francés tuvo un corte más teatral y minimalista: Mi cena con André, rodado en dos semanas y nacido de la complicidad entre André Gregory, director escénico que había decidido regresar a las tablas después de varios años de retiro, y el actor y dramaturgo Wallace Shawn. Pese a su naturaleza de obra de cámara, destinada a un público intelectual y vacía de expectativas comerciales, Mi cena con André continúa siendo una de las películas mejor valoradas por los admiradores de Louis Malle, entre los que me incluyo.
No soy demasiado amigo de los films cuyo encanto se basa en lo que dicen unos personajes que se pasan todo el metraje hablando, pero esas reticencias admiten excepciones. En este caso, al margen de un prólogo y un epílogo protagonizados por Wallace Shawn, toda la obra acontece en un espacio único, el comedor de un restaurante de postín, y se centra en la larga conversación entre Shawn y un viejo conocido suyo del teatro, André Gregory. En el prólogo, el estadounidense afirma tener muy pocas ganas de reencontrarse con alguien a quien estuvo ligado en términos amistosos y profesionales años atrás, pero con el que había perdido el contacto. Parte de esa pereza estaba provocada por su propia situación, agobiado por las estrecheces económicas ante la falta de apoyo a sus obras como dramaturgo y las pocas ofertas que recibía en su faceta de actor. Tampoco ayuda el hecho de que, en los últimos tiempos, conocidos comunes le hubieran advertido de que Gregory era un nido de extravagancias. Shawn luce ropa modesta y transita por un barrio más bien deprimente hasta coger el metro, lleno de grafitis, que le llevará a una cita a la que finalmente acude porque, como su novia trabaja a esas horas, tampoco tiene nada mejor que hacer. Al llegar al lujoso establecimiento, los empleados le miran como lo harían con un intruso. Allí le espera André, cuya posición económica es mucho más desahogada que la suya y parece ser cliente habitual del lugar.
El atractivo de la propuesta radica en la complicidad del espectador con un proyecto minimalista y discursivo, y también por el interés que despierte en él la conversación entre los dos personajes protagonistas, apenas interrumpida por la presencia de los camareros al traer o retirar los platos. He de decir que, durante la primera mitad de la película, conversación no es que haya mucha, sino que se trata de un extenso monólogo de André Gregory sobre las causas de su retiro profesional, apenas salpicado por los interrogantes que le plantea Shawn mientras explica su historia. Como suele suceder con quienes no tienen ni van a tener jamás dificultades económicas, las disquisiciones de Gregory son ultramundanas y por momentos rayan la pedantería, aunque aportan dos elementos capitales: la idea de que su pérdida de interés hacia el teatro estaba provocada por la impostura de este arte cuando en la vida real toda persona ya debe actuar muchísimo de por sí, y en la recreación de los experimentos sobre la dramaturgia en los que participó en Europa, cuya clave estaba en el hecho de que los actores no fuesen otra cosa que su propio personaje… que es precisamente lo que hacen los protagonistas de esta película, que gana interés cuando Shawn aporta sus puntos de vista y se crea un debate de indiscutible calado filosófico. Tanto, que algunas de las reflexiones de los personajes sobre la alienación provocada por la tecnología tienen más sentido ahora que cuando se estrenó el film.
Louis Malle no se centra en exclusiva en el plano-contraplano, que es la forma usual de filmar conversaciones en pantalla, sino que muchas veces sitúa su cámara de manera que podamos ver la reacción del personaje que ejerce de oyente, utilizando con frecuencia los espejos que adornan el comedor del restaurante. Mi cena con André es teatro, pero el trayecto final en taxi de Wallace Shawn de regreso a su hogar, con su voz en off recordando su pasado en aquellos barrios tan alejados de su actual residencia, y la música de Erik Satie como contrapunto, es cine de altura. Jeri Sopanen, excelente camarógrafo de documentales, ilumina con estilo el lujoso salón, pero destaca en especial al mostrar el contraste entre el gris barrio donde vive Shawn, y el Manhattan cinematográfico donde se ubica el restaurante.
Si la idea, como ya se ha dicho, es que los personajes no actúen, el objetivo se vio cumplido, porque Shawn y Gregory hablan y gesticulan con absoluta naturalidad. Hay riqueza intelectual en sus argumentos, y atención a los puntos de vista diferentes que les llegan desde el otro lado de la mesa. El arte de la conversación, hoy prácticamente extinguido. En Mi cena con André se dicen muchas cosas, algunas banales e incluso absurdas, pero no escasean las que incitan a la reflexión y me mueven a recomendar una obra que exige un alto grado de implicación del espectador, pero le recompensa con algo que muchas veces se nos escapa con el rutinario trasiego de los días: una mirada más allá del propio ombligo, de las noticias y de lo que nos es impuesto. Un espacio de paz y pensamiento libre, siempre necesario, y más en esta época.