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TARDES DE SOLEDAD. 2024. 123´. Color.
Dirección: Albert Serra; Guión: Albert Serra; Dirección de fotografía: Artur Tort; Montaje: Albert Serra y Artur Tort; Música: Marc Verdaguer y Ferran Font; Producción: Montse Triola, Albert Serra, Luis Ferrón, Pedro Palacios, Marta Lacima Ligero, Ricard Sales, Pierre-Oliver Bardet, Marta Vieira Alves y Joaquim Sapinho, para LaCima Producciones- Tardes de Soledad- Andergraun Films-Rosa Filmes-RTVE-3Cat-RTP-Idéale Audience- Arte France Cinéma (España-Francia-Portugal).
Intérpretes: Andrés Roca Rey, Francisco Manuel Durán Viruta, Antonio Gutiérrez Chacón, Francisco Gómez, Roberto Domínguez, Manuel Lara Larita.
Sinopsis: Crónica de los momentos álgidos de la temporada taurina del diestro Andrés Roca Rey.
Director catalán que desde hace años concentra el grueso de su trabajo en Francia, país en el que goza de mayor reconocimiento que en España, Albert Serra ha logrado el que es por ahora el mayor éxito de su trayectoria profesional con Tardes de soledad, documental que versa sobre una de las grandes figuras de la tauromaquia contemporánea, el matador peruano Andrés Roca Rey. Semejante temática era un pasaporte directo a la controversia, factor que, a juzgar por las declaraciones públicas del realizador nacido en Banyoles, no le asusta en exceso. La crítica cinematográfica alabó la película de un modo casi unánime, mientras que las audiencias se mostraron mucho más divididas, seguramente porque lo que juzgaban no era el film en sí mismo, sino los toros. Más allá de las opiniones de cada cual (mi intención es hablar de cine, pero para que nadie se lleve a engaño, mi actitud frente a la tauromaquia tampoco la voy a esconder), Tardes de soledad ha obtenido diversos premios, entre ellos la Concha de Oro en el festival de San Sebastián, en cuya ceremonia de clausura se dio uno de esos momentos impagables tan de estos tiempos, como fue el papelón del actual ministro de Cultura, furibundo antitaurino, mientras Serra recogía el máximo galardón del certamen. Los que viven de la política, e insisten en imponer su visión del mundo como la única posible, necesitan de vez en cuando que la realidad les dé una lección.
Entrando en materia, Serra no ha hecho un documental sobre la tauromaquia, sino sobre el recorrido íntimo de un torero que está en lo más alto del escalafón en su gremio, a lo largo de su gira por las plazas más emblemáticas de España. Reconozco que no soy aficionado a los toros, y por ello me faltan los elementos de juicio sobre este espectáculo que puedan tener los entendidos, pero como películas he visto unas cuantas, vamos al lío. Diré, por sacarme el tema de encima, que la verdad sobre la que durante mucho tiempo se llamó fiesta nacional se encuentra en la extensa zona gris que existe entre los toros son un asesinato y la tauromaquia es cultura, porque ambos irreconciliables bandos tienen parte de razón. Ignorar la historia, la liturgia y el valor de quienes se ponen delante de un toro, reduciendo la tauromaquia a un baño de sangre, me parece tan erróneo como ocultar que el sufrimiento del animal durante la lidia es mayúsculo, y desde muchísimos puntos de vista alejados del fundamentalismo vegano, desagradable. Por concluir, que no soy aficionado a las corridas de toros (sí al léxico taurino, que me parece de gran riqueza en estos tiempos de deterioro acelerado de la lengua española… y de todas las otras), pero estoy en contra de su abolición, porque me siento aún más lejos de quienes se empeñan en prohibir aquello que les disgusta. Dicho lo cual, paso al cine.
La apuesta de Serra es arriesgada, y en ella está la grandeza y la miseria de la película. No hay otra cosa en Tardes de soledad que las vivencias de Andrés Roca Rey y su cuadrilla, dentro y fuera de los ruedos de los principales cosos taurinos de España. El director propone una visión única de la tauromaquia, que proporciona al espectador una experiencia cercana a la del propio diestro, con un esquema narrativo que sobre el albero ofrece el aspecto visual de un duelo entre el matador y las reses que le toca lidiar. No existe nada más, y ahí, repito, se encuentra lo mejor y lo peor de la película. Lo mejor, porque Serra brinda al respetable un film-experiencia, que prescinde de todo elemento externo a la del matador y quienes le acompañan en el ruedo. Serra se arrima, por lo que es de alabar su valentía, pero de tanto arrimarse, Tardes de soledad carece de perspectiva. El continuo primer plano, ya no sólo en la plaza, sino en el propio vehículo que transporta a Roca Rey y su séquito, o en los hoteles, en los que el diestro se entrega a los preparativos de su faena, termina por resultar extenuante. Por ello, me permito decir que Tardes de soledad es un documental sólo hasta cierto punto, porque lo que Serra, en calidad de director, guionista y coeditor, refleja, pero, y sobre todo, lo que excluye, tiene mucho más de elección personal que de reportaje. En el film hay un torero, su cuadrilla y varios toros, lo cual es mucho, pero no lo es todo. Vemos como si estuviéramos allí la cruel agonía de las reses, el valor del torero, que más de una vez es arrollado por esas enormes moles cuya bravura también alabo, porque mueren embistiendo, y vemos la labor de los miembros de la cuadrilla. El resto, lo oímos: al público, convertido en masa sin rostro, a los aficionados que vitorean al matador cuando abandona la plaza, y en especial a los acompañantes de Roca Rey, pues el diestro es hombre de muy pocas palabras. También escuchamos una música que se decanta por lo lúgubre, tanto en lo que respecta a la banda sonora original como a las piezas ajenas que se escuchan, obra de Sibelius, Saint-Saëns y Jefferson Airplane. El título del film ya deja claras las intenciones de su director; a su estrella, no la conocemos por lo que dice, sino por su rostro concentrado que se tensa hasta casi los límites de la enajenación en el clímax de su faena, en la estudiosa relajación con la que observa el trabajo de sus colegas de oficio, o en la larga retahíla de rituales que sigue antes de poner rumbo a la plaza.
Tardes de soledad, por mucho que uno cuestione su puesta en escena, es muy lograda en lo técnico, tanto en lo que respecta a la fotografía, siempre fiel al propósito de acentuar lo sustantivo y difuminar el resto, como en el montaje. Más allá de la opinión que cada persona tenga sobre la tauromaquia, Albert Serra ha hecho una película relevante, alcanzando el cénit de su trayectoria hasta el momento. Visto el film, uno no sabe si su director está a favor o en contra de los toros: él expone, a su particular modo, y no toma al espectador por imbécil, lo cual es de agradecer.