
Luego de varios años de, como mucho, pasar por delante de sus puertas, anoche entré en el Gran Teatre del Liceu para asistir al concierto de Ludovico Einaudi, músico italiano que desde hace unos años forma parte de mi más estrecho círculo de preferencias por la profundidad de su sonido y la belleza que es capaz de transmitir a través de su don para crear melodías perdurables. Con el tiempo justo llegué al Liceu, dada mi natural impuntualidad y la gincana en que las obras han convertido el lado Llobregat de la Rambla. Pero llegué, justo antes de que Einaudi, con ropa oscura y sombrero, apareciera en el escenario.
Escuchando a Ludovico Einaudi el mal, el dolor o el estrés quedan muy lejos. Lo he vivido en la intimidad del hogar, y todavía más en directo, a pesar de las muchas toses y de lo pesadas que se ponen ciertas personas con el móvil. En el segundo de sus conciertos en Barcelona, Einaudi prescindió de artificios y recursos escénicos que distrajeran al personal: sólo él y las límpidas notas que extraía de su piano. Una extensa suite, que mezclaba clásicos y piezas más desconocidas del autor, dio inicio al concierto. Al acabar, un servidor ya estaba en otro mundo, muy distinto del de fuera y, por supuesto, mucho mejor. Canciones como Una mattina o la fundamental Experience alargaron esa placentera sensación, que se contagió al resto de los presentes, un tanto fríos al inicio, a medida que se sucedían piezas que no hacían más que confirmar la maestría de un artista que se dirigió al público, con timidez y en inglés, para comentar que esta gira a piano solo, en la que presenta su último disco, le permitía mostrar su faceta más introspectiva, y presentar sus composiciones de un modo puro, como si de grabados pictóricos se tratara. La excelente acústica del teatro permitió apreciar con total nitidez los matices con los que Einaudi engrandecía la experiencia y dejaba claro que la etiqueta de compositor minimalista no es la más inexacta que puede ponérsele, pero se queda corta. Después del bis de rigor, el público, ya entregado, exigió a Ludovico Einaudi una última pieza en medio de una atronadora, a la par que merecida, ovación. Con maneras humildes, el italiano complació a los espectadores antes de despedirse a lo grande. Después de su actuación, lo de fuera ya parecía más soportable. En verdad, mucha más gente debería escuchar la música de Ludovico Einaudi.
Una composición a mi juicio magistral:
Canto a un mundo que desaparece: