
TOIVON TUOLLA PUOLEN. 2017. 98´. Color.
Dirección: Aki Kaurismaki; Guión: Aki Kaurismaki; Dirección de fotografía: Timo Salminen; Montaje: Samu Heikkila; Música: Canciones de Jukka Salmi, Tuomari Nurmio, Toshitake Shinohara, etc; Dirección artística: Markku Patila; Producción: Aki Kaurismaki, para Sputnik-Oy Bufo Ab (Finlandia-Alemania)
Intérpretes: Sherwan Haji (Khaled); Sakari Kuosmanen (Wikström); Simon Hussein Al-Bazoon (Mazdak); Ilkka Koivula (Calamnius); Janne Hyytiainen (Nyrhinen); Nuppu Koivu (Mirja); Kaija Pakarinen (Esposa de Wikström); Kati Outinen (Agente de inmigración); Tuomari Nurmio, Maria Jarvenhelmi, Tommi Eronen, Milka Ahlroth, Elias Westerberg, Lauri Untamo, Niroz Haji.
Sinopsis: Un inmigrante sirio llega a Finlandia y solicita asilo político. Su vida se cruza con la de un pequeño empresario, que decide cerrar su negocio de venta de ropa y pasarse a la hostelería.
El otro lado de la esperanza puso fin al paréntesis más largo que el finlandés Aki Kaurismaki ha empleado entre dos largometrajes hasta la fecha. Casi seis años transcurrieron entre el estreno de Le Havre y el de esta película, con la que comparte mensaje social y sentido del humor. Pocos cineastas poseen un estilo tan marcado como Kaurismaki, y por ello a esas alturas del cuento el factor sorpresa no formaba parte de la ecuación. Pese a ello, la crítica acogió con entusiasmo el regreso del director escandinavo, hasta el punto de premiarle con el Oso de Plata en la Berlinale. Por lo que a mí respecta, considero que El otro lado de la esperanza es una buena película, que sin embargo no debe figurar entre las mejores obras de Kaurismaki.
El film desarrolla dos historias en paralelo, que convergen en el tercio final: la de Khaled, un inmigrante de origen sirio, que llega a Helsinki como polizón en un carguero, y la de Wikström, un representante textil que, una vez roto su matrimonio, decide cambiar de negocio y abrir un bar-restaurante en la capital finlandesa. En esta subtrama hallamos al Kaurismaki más reconocible, con su laconismo, su humor cáustico y su visión antiglamourosa de lo que es el cine. Ahí, tanto el director como sus seguidores se encuentran en territorio fértil, pues el primero domina los resortes de la narración, y los segundos encuentran lo que iban a buscar. La historia de Khaled se mueve por derroteros más trillados por el cine con conciencia social, aunque en favor de Kaurismaki hay que decir que, a pesar de que cae en el prejuicio de romantizar al inmigrante venido de un territorio asolado por la destrucción, hay honestidad intelectual en su manera de desarrollar la trama, algo que concuerda con su trayectoria personal. Por concretar: Kaurismaki habla a través de su cine, sin necesidad de soltar proclamas cada vez que le invitan a algún sitio, ni de arrogarse una superioridad moral que no le corresponde, porque sus opiniones sobre política internacional no tienen por qué tener más fundamento que las de un conductor de autobús. Y, como tampoco ha ido al malvado Hollywood a dirigir taquillazos, por lo menos hay que otorgarle esa coherencia de la que tantos carecen. Añado que, aunque la compasión puede ser la puerta de entrada del zorro al gallinero, la que exhibe Kaurismaki y extiende a los personajes principales de la película es, cuanto menos, sincera. Otra cosa es que uno tenga la sensación, antes de que las historias del inmigrante y del pequeño empresario converjan, de que el director se mueve como vez en el agua cuando quien protagoniza la escena es Wikström, y más forzado cuando el centro de la narración es Khaled. La explicación es sencilla: siempre se habla con más propiedad de aquello que se conoce bien.
Como queda claro a poco que se conozca su obra, Aki Kaurismaki ama a los perdedores, sin que ello se traduzca en la mirada bobalicona a las capas más desfavorecidas de la sociedad propia de los pijos desclasados. El finlandés cáustico y socarrón es, en verdad, un humanista, aunque uno piense que su modo de dirigir El otro lado de la esperanza exhala cierta languidez y deja un poso de piloto automático. Todos nos hacemos mayores, también Aki Kaurismaki. Dicho lo cual, el retrato del Helsinki menos de postal es tan brillante como suele, gracias a la espléndida iluminación de Timo Salminen, y el humor negro marca de la casa salva las escenas más tópicas. Como era de esperar, hay frases lapidarias, situaciones absurdas, agresiones gratuitas, bares, cigarrillos por doquier y alcohol en cantidad, incluso entre los personajes de religión musulmana, lo cual no gustará a todo el mundo, pero al menos se aleja del estereotipo. El deseo de Kaurismaki de ofrecer una puerta abierta a un futuro mejor para sus personajes, todos ellos alejados de lo que hoy en día se entiende por éxito social, no se traduce en un final impostado. Khaled, que se mueve entre la perplejidad que le provoca el choque entre el Helsinki del extrarradio y los lugares que antes había conocido, el deseo de salir adelante y el claro propósito de reencontrarse con su hermana, de la que se separó en uno de esos campos de refugiados en los que siempre acaban los de su clase, es un superviviente nato. Wikström es un tipo lacónico, que busca reconstruirse antes de que la vida, como a casi todo el mundo, se lo lleve por delante. Los empleados del establecimiento que regenta el empresario son quienes más aportan en cuanto al contrapunto humorístico de una historia que, mirada desde otro prisma, estaría más cerca de la tragedia que de cualquier otra cosa. En este aspecto, la transformación del típico bar finlandés en retaurante oriental es espléndida, y sin pretenderlo define mucho mejor lo que es perder la esencia que infinidad de estudios sobre gentrificación y otras catástrofes de la vida contemporánea.
Esta vez, a diferencia de lo que sucede en la mayor parte de su filmografía, el arsenal de canciones que Kaurismaki utiliza para ilustrar y explicar su película se centra, al margen del comentado interludio japonés, en artistas finlandeses, lo que hace perder universalidad a la propuesta, aunque la melomanía del director continúa dando buenos frutos.
Sherwan Haji, intérprete de origen kurdo, da vida a Khaled, en la que fue su excepcional puesta de largo en la gran pantalla. Por mucho que la construcción de su personaje no se sustraiga a ciertos lugares comunes, el trabajo de Haji dota, a pesar de su inexperiencia, de personalidad a un hombre que, a pesar de su condición de rol-símbolo, es creíble en su condición de individuo. Sakari Kuosmanen, a quien recordamos como miembro de los Leningrad Cowboys, hace gala del estoicismo marca de la casa en la piel de un sujeto que decide dar un giro a su vida antes de que la derrota sea absoluta. Otros dos habituales del universo Kaurismaki, Ilkka Koivula y Janne Hyytiainen, bordan sus surrealistas personajes de empleados de hostelería, y una recién llegada a ese planeta, Nuppu Koivu, completa el trío sin desentonar. Kati Outinen, otra presencia recurrente en las películas de Kaurismaki, se hace cargo de uno de los personajes más claramente dramáticos, el de agente de inmigración, mientras que Tuomari Nurmio brinda a su personaje el mismo desparpajo del que hace gala como músico. Decir, por último, que Kaurismaki unió realidad y ficción al contratar a Niroz Haji, hermana de Sherwan, para dar vida a su vez a la de Khaled.
El otro lado de la esperanza no decepcionará a los fans de Aki Kaurismaki, y gustará a quienes no estén familiarizados con su peculiar universo y carezcan de complejos, pero no cabe incluirla, repito, entre lo mejor de la filmografía del cineasta finlandés más internacional.