
SO THIS IS LOVE. 1928. 60´. B/N.
Dirección: Frank Capra; Guión: Elmer Harris y Rex Taylor, basado en la historia original de Norman Springer; Dirección de fotografía: Ray June; Montaje: Arthur Roberts; Dirección artística: Robert E. Lee; Producción: Harry Cohn, para Columbia Pictures (EE.UU.).
Intérpretes: Shirley Mason (Hilda Jenson); William Collier, Jr. (Jerry McGuire); Johnnie Walker (Spike Mullins); Ernie Adams (Flash Tracy); Carl Gerard (Otto); William H. Strauss (Katz); Jean Laverty, Jack Perry, Pat McKee, Charles Sullivan.
Sinopsis: Una dependienta está enamorada del boxeador más famoso del barrio, mientras un tímido diseñador la ama en silencio.
Siete largometrajes rodó Frank Capra en 1928, sin duda el año más prolífico de su carrera profesional. Por orden cronológico, el segundo de ellos fue La virtud del amor, comedia romántica producida por Columbia Pictures que aborda un triángulo amoroso clásico. Sin ser la obra más destacable de la etapa muda del director, sí estamos ante una película de visionado agradable, narrada de manera competente y escrita con gracia, que delataba a un cineasta en alza.
No hay otra pretensión en La virtud del amor que la de entretener al público, disciplina en la que Frank Capra fue un maestro. La comedia siempre fue el género en el que este director se movió con mayor soltura, y esta cualidad ya se aprecia en obras tempranas como la que aquí se reseña. Falta el aspecto social presente en muchas de las películas más memorables de Capra, pero el estilo vitalista y la agilidad narrativa que le caracteriza se dejan ver en cada escena. En el prólogo, una modesta dependienta observa embelesada el cartel anunciador de un combate de boxeo en el que pelea Spike Mullins, el tipo más chulo del barrio. Un temperamento bien distinto tiene Jerry, un apocado diseñador que está secretamente enamorado de la dependienta. Los dos hombres emprenderán una desigual rivalidad por los favores de una joven que vence la natural inclinación genética a preferir al hombre seguro de sí mismo que vence en las peleas al comprobar que este es un ególatra irredento, con aires de matón e incapaz de amar a nadie que no sea la imagen que ve al mirarse al espejo. El factor clave que desencadena que las preferencias románticas de Hilda, la joven dependienta, sufran un cambio tan radical es un elemento omnipresente en la filmografía de Capra, como es la compasión. En la mejor escena de la película, la del baile en la fiesta de boxeadores, que el diseñador abandona humillado por su rival (excelente el plano general que muestra en la acera a los compinches del matón burlándose del hombre que se aleja de espaldas por la calzada, caminando con lentitud), Hilda toma partido definitivo por el tipo de buen corazón que la ama de forma sincera. La posterior secuencia en casa del modisto marca el cambio de tono de un film que, hasta entonces, se ha movido cerca de los límites del drama, cuando no dentro de ellos, pues a partir de ahí la narración toma el camino de la comedia pura. Como ejemplo, el combate boxístico entre Mullins y Jerry, en el que se huye de toda solemnidad y está más cerca de Keaton que de los dramas pugilísticos clásicos.
Como de costumbre, Capra consigue un alto ritmo narrativo gracias a su dominio de las claves de la comedia y a la agilidad del montaje. Director de maneras sencillas pero enormemente hábil para filmar escenas en interiores, despliega lo mejor de sí en la escena en la que Hilda, para evitar que el bravucón Mullins destroce a Jerry en el combate, se mete en su vestuario sin otra finalidad que provocarle una indigestión y dejarle a merced de un hombre que, por mucho que lleve varios meses entrenando su físico para dejar de ser un blandengue, es carne de hospital si la pelea se desarrolla de acuerdo a la lógica. Esos planos del matón sucumbiendo a la gula son impagables, y hacen que el tópico desenlace resulte más gracioso.
Encabeza el trío protagonista Shirley Mason, actriz de amplísima experiencia en el cine que interpretó aquí uno de sus últimos papeles importantes antes de que la llegada del sonoro se llevara por delante su carrera. Mason, que como dato curioso era hermana en la vida real de la actriz que protagonizó el anterior filme de Capra, Viola Dana, destila gracia y simpatía en un rol puramente cómico, transmitiendo bien la metamorfosis sentimental de un personaje que pasa de fantasear con la foto del boxeador en el cartel, o de hacerle ojitos en el baile hasta que se fija en ella, despreciando al hombre que la ha llevado allí, a hacer lo posible para que pierda el combate fingiendo que le colma de atenciones. William Buster Collier, Jr., actor hoy olvidado que fue importante en la época muda y los primeros años del sonoro, desempeña el rol más dramático del trío, y lo hace con solvencia, siendo capaz de comunicar en toda su dimensión la zozobra de su personaje cuando es humillado en público, y a la vez de no perder pie cuando el film adopta un tono más cómico. Johnnie Walker, un galán de los años 20 que volvería a trabajar para Capra más adelante, se presta con entusiasmo a desempeñar un papel con cierto tono autoparódico, y lo hace bastante bien. El resto de intérpretes no tienen demasiado peso en el relato, aunque es preciso destacar a Ernie Adams, eterno secundario del Hollywood clásico, que da vida al antiguo púgil que adiestra a Jerry en las técnicas del boxeo.
La virtud del amor no está entre lo mejor de Frank Capra, pero sí es una muestra de sus grandes dotes para la comedia, pues se trata de un film simpático que se ve en un suspiro.